«Cuidarte toda la vida»

«Cuidarte toda la vida»

Hay historias que tienen su origen en esquinas extrañas. La de Ana y Juan puede ser una de ellas, pues desde jóvenes ambos habían sentido una conexión especial.  A medida que crecían juntos, la amistad se transformó en algo más profundo.

Un día, Juan decidió expresar sus sentimientos a Ana. Con un ramo de flores en la mano, nervios en el estómago, y una chocolatina en la otra, se presentó en la puerta de su gimnasio para confesar su amor. Allí mismo, con el desparpajo que le caracterizaba, le propuso cuidar de ella toda la vida. Ana, con una sonrisa radiante, aceptó emocionada. 

Desde aquel momento, Juan se esforzó por demostrar su compromiso. No se trataba solo de palabras, sino de acciones cotidianas que reflejaran su deseo de cuidar y amar a Ana para siempre. Juntos enfrentaron los desafíos de la vida, apoyándose mutuamente en cada paso.

Juan se convirtió en el confidente de Ana, escuchando cada uno de sus sueños y temores. Siempre estaba ahí para brindarle consuelo en los momentos difíciles y celebrar con ella los momentos felices y los éxitos que ambos iban cosechando. La conexión entre ellos creció aún más fuerte con el tiempo.

A medida que pasaban los años, Juan no dejaba de sorprender a Ana con pequeños gestos de amor: un mensaje, un caramelo, esperarla a la salida del trabajo… Le preparaba el desayuno cada mañana, le dejaba notas de amor escondidas por la casa y organizaba citas sorpresa que revivían la chispa de su relación. Cuidar de Ana se había convertido en la razón de su existencia.

El amor entre ambos no conocía límites, y su deseo de cuidar el uno del otro trascendía el paso del tiempo, envejeciendo juntos.

Juan cumplió su promesa de cuidar de ella toda la vida, y Ana nunca dejó de sentirse agradecida por tener a alguien tan dedicado a su lado.

En su vejez, ambos se sentaban juntos en la terraza, que años atrás habían decorado con sumo cuidado. Con una copa de vino en las manos, recordaban el paso de los años que compartían, las experiencias vividas, las risas, las sorpresas que se regalaban. Sus arrugas contaban historias de una vida plena, llena de amor, compañerismo y el cumplimiento de un deseo sincero: cuidar el uno del otro toda la vida.

Gracias por leerme.

«Un misterio entre las sombras»

«Un misterio entre las sombras»

Las noches oscuras y lúgubres dan un ambiente tétrico a su paso. Él camina en medio de callejones estrechos, ahora desiertos. Sus pasos resuenan con un eco profundo, que rebotan entre las fachadas de las destartaladas casas. Se detiene. Escucha. Entre las sombras descubre que hay otra sombra moviéndose furtivamente tras él. 

Del otro lado de la calle, oculta tras el tronco de un gran Laurel de Indias, María, una mujer de cabello oscuro y ojos penetrantes, al sentir cómo su objetivo la ha detectado, se detiene, respira hondo para calmar su corazón, y asegurar no hacer ruido. Lanza una mirada nerviosa a su alrededor. Comprueba que Juan ha parado su marcha. ¿La escuchó?

Parece que no. Juan retoma sus pasos con determinación. María, manteniendo siempre una distancia calculada, hace lo propio.

Las luces parpadeantes de la ciudad arrojan sombras inquietantes sobre las paredes de ladrillo, aumentando la sensación de intriga.

Juan, convencido de que estaba siendo perseguido, acelera el paso, sintiendo el corazón latir con fuerza en su pecho. En su mente, imaginaba los peores escenarios y se preguntaba quién podía estar detrás de él y por qué.

María, por otro lado, tenía una expresión seria en su rostro, pero sus ojos reflejaban una mezcla de determinación y nostalgia. Se mantenía a distancia, siguiendo cada uno de los movimientos de Juan, recordando momentos compartidos y susurrando palabras que solo él podía escuchar.

La persecución continuó por callejones y pasadizos, hasta que llegaron a un pequeño parque apartado. La oscuridad y el silencio del lugar solo aumentaban la tensión en el aire. 

—¡¿Por qué me sigues?! —gritó Juan, con los nervios a flor de piel.

Las palabras resonaron en el aire, creando un silencio momentáneo. De repente, ambos se dieron cuenta de la absurda situación en la que se encontraban. Salieron de las sombras y se miraron mutuamente. En ese momento, la tensión se desvaneció, dejando espacio para la emoción.

En medio de aquel parque solitario, lejos de las miradas indiscretas, María y Juan se abrazaron. La noche, que había comenzado con misterio y suspense, se convirtió en un momento íntimo y especial para ambos, revelando que a veces, detrás del misterio, se esconde la necesidad de conexión y comprensión.

Gracias por leerme.

«Una armadura para Alex»

«Una armadura para Alex»

Nada más levantarse de la cama, desayunar y asearse, Alex se coloca su armadura invisible para poder enfrentar el día que le espera por delante. 

Cuando se mira al espejo, suspira profundamente y desea que hoy este acero, oculto a los ojos de los demás, cumpla con su función y le proteja.

Con el paso del tiempo, y los devenires de su vida, el chico había aprendido a construir esa gran coraza invisible a los ojos de los demás, para protegerse de las heridas que el día a día y las personas podían infligirle. Aún así, se mueve por el mundo con cautela, siempre manteniendo una distancia segura de los demás, evitando que alguien pudiera ver a través de su fachada de seguridad. 

Un día, en una cafetería del centro de la ciudad, sus ojos se posaron en una chica llamada Laura. Ella era radiante, preciosa, delicada y fuerte como una mariposa, con una sorprendente sonrisa que iluminaba y abarcaba todo el local. Aunque Alex intentaba mantener su distancia, no pudo evitar sentir una conexión instantánea con ella. 

A pesar de sus intentos por mantenerse protegido, el destino tenía otros planes. Alex y Laura comenzaron a encontrarse con frecuencia en diferentes lugares y, cada vez que ella hablaba, sus palabras resonaban en el corazón de Alex de una manera que la armadura no podía contener. 

Laura, con su naturaleza amable y su personalidad vibrante, comenzó a desarmar poco a poco las defensas invisibles que Alex había erigido durante tantos años y tanto cuidado.

A medida que pasaba el tiempo, la conexión entre Alex y Laura se intensificaba. Sus conversaciones profundizaban, y sus miradas decían más que mil palabras.

Alex no podía evitar enamorarse de ella. La complicada danza entre la armadura y las palabras de Laura, que la desarmaban, se volvía más evidente con cada encuentro. 

En su lucha interna, Alex se encontraba dividido entre la necesidad de protegerse y el deseo de abrir su corazón a la posibilidad del amor.

Al regresar a casa después de cada encuentro con Laura, se enfrentaba a la tarea de reconstruir la armadura que ella había desmantelado con su presencia. Cada pieza caída era recogida con cuidado, cada grieta era reparada con esmero, en un esfuerzo desesperado por mantener a raya la vulnerabilidad. Hasta el mismo yunque en el que trabajaba se mostraba lleno de marcas, cicatrices, antiguas heridas y golpes.

Alex no podía evitar la esperanza de que ella pudiera ver a través de su armadura y apreciar la persona que se ocultaba detrás. 

El proceso de desarme y reconstrucción se volvió una rutina constante en su vida, una lucha entre la autenticidad y la autoprotección.

En este juego de emociones, Alex se dio cuenta de que el amor no siempre sigue el guión que uno espera. A veces, las barreras que construimos para protegernos pueden ser las mismas que nos impiden encontrar la felicidad. Y así, mientras seguía luchando con su armadura invisible, Alex continuaba su viaje, preguntándose si algún día encontraría la valentía necesaria para dejarla completamente atrás y permitir que el amor floreciera en su vida.

Gracias por leerme.

«El secreto de la concha»

«El secreto de la concha»

Los ojos de Marcos reflejan el azul profundo del mar. Muchas tardes, al salir del trabajo, o cuando la casa se le hace pequeña, se acerca a la costa, donde la brisa salada y el murmullo de las olas generan la banda sonora de su vida. 

Marcos encuentra consuelo y reflexión junto a la orilla del mar, caminando, observando el devenir de las olas y lanzando piedras al agua, para embobarse y  contabilizar el rebote que éstas realizan contra las olas.

En su cabeza, en cada piedra que lanza al mar, Marcos hace que lleve consigo un peso invisible, simbolizando las dificultades y preocupaciones que carga en su corazón. Con cada uno de esos lanzamientos, siente cómo esas piedras rebotan en la superficie del agua, llevándose consigo un poco del peso que le agobia. Esa es su manera de liberar tensiones, de dejar que el mar haga navegar, y hundir en la distancia, sus problemas. Quizás sea su manera de purificarse.

Una tarde, mientras el sol se sumerge en el horizonte y las olas juguetean en la orilla, Marcos sintió que era el momento de lanzar una última piedra antes de marcharse a casa. Sin embargo, al mirarla detenidamente, notó que era diferente. En lugar de ser un simple guijarro, se encontró con una pequeña concha entre la arena.

Como si de una atracción se tratara, la contempló con detenimiento y cariño. Esta concha representaba algo mucho más precioso para Marcos, podría ser Elena. Su preciosa y bella Elena. 

Ella había llegado a su vida, como lo acababa de hacer aquel pequeño caparazón,  sin querer, como una suave brisa, trayendo consigo la calma y la alegría. 

Juntos también se habían enfrentado a tempestades, y algunas de esas tormentas habían dejado cicatrices en sus corazones. Todo ello les había servido para crecer y mejorar su relación. 

Marcos miró la concha. Indeciso, sobre si debía lanzarla o no al mar como las demás piedras. Pensativo, se descubrió acariciándola, tal y como acaricia el rostro de Elena. 

Temía perderla, pero al mismo tiempo, sabía que dejarla ir podría significar liberarse de las cargas del pasado. Marcos cerró los ojos, sintiendo la brisa marina acariciar su rostro, y tomó una decisión.

En lugar de lanzar la concha al mar, la guardó cuidadosamente en su bolsillo. Sabía que no podía deshacerse de la única cosa que le daba esperanza y motivación para seguir adelante. 

La concha se convirtió en su recordatorio de que, a pesar de las dificultades, él estaba dispuesto a luchar por el amor que compartía con Elena.

Los días pasaron. Marcos continuó lanzando piedras al mar para liberar sus tensiones, pero siempre guardaba la concha como un símbolo de perseverancia y amor. A medida que enfrentaban nuevas olas de desafíos juntos, la concha se convirtió en un faro que lo guiaba a través de las tormentas.

El mar, testigo silencioso de la historia de Marcos, seguía susurrando secretos de esperanza en las olas que acariciaban la orilla. Y así, con la concha guardada en su bolsillo y en su corazón, Marcos continuó enfrentando la vida con valentía, sabiendo que el amor verdadero era un tesoro que merecía ser protegido y preservado.

Gracias por leerme.

«Persiguiendo un sueño»

«Persiguiendo un sueño»

Parece el comienzo del clásico sueño, quizás lo sea, pero como en ellos el cielo está despejado y la noche se presenta estrellada.

Marta se sumerge en un sueño profundo, llevada por el suave balanceo de los brazos de Morfeo, que creando ondas en el inconsciente la hace viajar al lugar fronterizo en el que la realidad y la fantasía se vuelven borrosas. Maravilloso lugar.

En su ensoñación, Marta se encuentra al volante de su viejo coche. Persigue a su amado, por estrechas carreteras de montaña, interminables curvas de asfalto, que la deslizan en la penumbra de un lado al otro.

Las luces de los faros iluminan la oscuridad, mientras Marta acelera para cerrar la brecha entre ella y el hombre que ocupaba sus pensamientos. Sin embargo, por más que pisa el acelerador, Pedro siempre permanece a una distancia inalcanzable. La carretera parece extenderse hasta el infinito, y el corazón de Marta late con fuerza en su pecho, lleno de ansias y esperanza. Quiere llegar a él y no puede.

El paisaje cambia a su alrededor, pero la sensación de no poder alcanzarlo persiste. El bosque cada vez se hace más frondoso. En su sueño van apareciendo otros personajes que le hablan, la entretienen, le impiden llegar. Los campos de flores se suceden como preciosos destellos brillantes que marcan su sueño, su frenético viaje onírico. 

A pesar de sus esfuerzos, Pedro continúa siendo una figura fugaz en el horizonte, un anhelo constante que se resiste a ser capturado.

Finalmente, exhausta pero determinada, Marta logra que su coche se acerque lo suficiente para que Pedro detenga su marcha. Los dos vehículos se emparejan en un rincón tranquilo de aquel sueño surrealista. Están en un mirador. Las estrellas forman una cúpula perfecta en lo alto. 

Marta baja de su coche, con el corazón latiendo con fuerza, y se acerca a Pedro, cuya figura se vuelve más nítida a medida que ella avanza.

En ese momento, Andrés sonríe y le tiende la mano. «No me escapo, Marta. Siempre he estado aquí contigo», dijo con una voz cálida y reconfortante. Marta se da cuenta de que la persecución no era necesaria, que su amor no se encontraba en algún lugar lejano, sino dentro de sí misma y junto a la realidad que comparten.

Despertó con una sensación de paz y entendimiento. La moraleja del sueño resonó en su corazón: a veces, lo que más deseamos y anhelamos no está fuera de nuestro alcance, sino que ya está presente en nuestras vidas. No es necesario perseguir nuestros sueños con desesperación, sino reconocer y valorar lo que realmente importa, apreciando el momento presente y construyendo el futuro con amor y confianza. 

Marta decidió llevar consigo esa lección, sabiendo que el amor verdadero no se escapa, sino que se cultiva y crece cada día, cuando ambos se cuidan.

Gracias por leerme.

«Queridos Reyes Magos»

«Queridos Reyes Magos»

Queridos Reyes Magos,

Espero que a la recepción de esta carta sus majestades se encuentren bien y rodeados de la magia y la alegría que les caracteriza. 

En esta noche tan especial, me dirijo a ustedes, desde esta humilde esquina,con un deseo que va más allá de los regalos materiales. 

Mi mayor anhelo es la posibilidad de que las personas que pasan por aquí puedan continuar, para siempre, con la persona que más quieren y que ellas, a su vez, deseen compartir ese mismo deseo.

En este mundo ahora tan convulso, lleno de cambios y experiencias, las personas que han encontrado a alguien especial, alguien cuya presencia ilumina su vida, se merecen ser correspondidas y acompañadas en ese querer. Estoy seguro que a su lado, han experimentado momentos mágicos y han descubierto la verdadera esencia del amor. 

Por tanto, es mi deseo más profundo que todos podamos seguir compartiendo risas, sueños y experiencias a lo largo de toda nuestra existencia.

Espero que la llama que les une se mantenga encendida con fuerza y ​​resplandor a medida que avanzan en la vida. 

Quiero que puedan superar juntos los desafíos que se presenten en su camino y celebrar los triunfos con alegría compartida. Que cada día sea un regalo valioso que cada cual pueda atesorar en su corazón.

Queridos Reyes Magos, confío en la magia que ustedes representan y en la capacidad que tienen para hacer realidad los deseos más sinceros. 

Es por ello que deseo con todo mi corazón que las personas amadas también compartan este anhelo y que juntos construyan un futuro lleno de amor, complicidad y felicidad eterna.

Gracias por escuchar mis sueños, por ser los mensajeros de la magia en estos días tan especiales. 

Espero que esta carta llegue a sus manos como una expresión honesta de mis sentimientos y de mis más profundos deseos para el futuro.

Gracias por leerme.

«Una tarde de sofá»

«Una tarde de sofá»

Hoy no es una tarde normal. Acaban de llegar a casa después de disfrutar de un maravilloso almuerzo al aire libre en el que, una vez más, la complicidad, la conversación entretenida y las risas marcaron el tiempo, la parálisis del tiempo. 

El sol se filtra suavemente a través de las cortinas, pintando el salón con tonos cálidos y acogedores. Tienen un par de horas antes de seguir con sus quehaceres así que decidieron dedicar ese tiempo a disfrutar de la compañía del otro, en la comodidad de su hogar, sin nadie que les molestara.

Tras quitarse los zapatos, soltarse el cinturón y desabrocharse el incómodo botón superior del pantalón, Daniel se acerca a la sala de estar. Laura ya está allí, acomodada en el sofá, ojeando su teléfono móvil antes de ponerlo en silencio para poder disfrutar del momento. Él la observa con ternura. Ella se recuesta y le pide que le alcance otro cojín, aunque este está a su alcance. Lo que en realidad le está pidiendo es que se acerque a ella.

Daniel entiende el reclamo. Sin despegar su mirada se sienta a su lado, y se acerca para acariciar el rostro. «¿Estás cómoda?», dijo con una sonrisa. Laura asintió. 

Con cariño le permitió acomodarse sobre ella. Lo acurrucó contra su pecho.Sin necesidad de palabras, compartiendo el silencio cómodo y la familiaridad que solo el tiempo juntos puede construir. Suena una música suave de fondo.

A medida que la tarde avanza continuaron abrazados mientras compartían risas, besos, caricias y cháchara. Sus manos se encuentran y aprietan de vez en cuando, como si necesitaran reafirmar la conexión que siempre ha existido entre ellos.

Laura apoya la cabeza en el hombro de Daniel, disfrutando del roce suave de su cabello. Con las luces tenues y el sonido relajante, se pierden en un estado de plenitud compartida, donde el tiempo, otra vez el tiempo, se desvanece, se detiene.

Daniel desliza suavemente los dedos por el cabello de Laura, disfrutando de cada caricia. Laura sonríe, feliz y relajada, sintiendo la calidez del gesto. No necesitan palabras para expresar lo agradecidos que están por tenerse el uno al otro. Aún así se dan las gracias.

La tarde se desliza hacia la noche, y las luces de la ciudad se encienden afuera. 

Laura y Daniel continuaron en su pequeña burbuja de amor, todo el tiempo posible, donde el mundo exterior queda excluido por un momento. Se miran a los ojos con esa chispa de complicidad que solo el amor verdadero puede crear, hasta su próximo encuentro, hasta conseguir otra tarde perfecta.

Gracias por leerme.

«Juicio de amor»

Hace rato que aquel inusual juicio había empezado. En él, se desarrollaba lo que muchos consideraban un desafío a las convenciones de la justicia y al normal desarrollo de la sociedad. 

Mi cliente, Laura, estaba siendo acusada de un delito peculiar: estar enamorada y querer estar con su amada para cuidarla. Como su abogado, me embarqué en la tarea de presentar alegaciones que demostraran la inocencia de Laura ante estas acusaciones tan inusuales.

Era mi turno. En un intento de aplicar todos mis conocimientos sobre comunicación verbal y lenguaje gestual, aprendidos tiempo atrás, pero mejorados no hace mucho, con la inestimable ayuda de una coach, imposté mi voz para que sonara firme y segura. Con talante empático, levanté mi vista, di dos pasos en la sala para dirigirme al jurado, e inicié mi narración sobre la historia de amor entre Laura y su amada.

Describí cómo su relación se había forjado en la complicidad y en el profundo deseo de cuidarse mutuamente, en encontrarse en momentos de paz, que ambas se dedicaban, y en la certeza de que estaban hechas la una para la otra. 

Enfaticé la belleza y autenticidad de este amor, resalté que el deseo de Laura de estar con su amada era simplemente una expresión natural de afecto, sinceridad y compromiso. Para todo ello, presentaba pruebas, mostré cartas y mensajes de amor que evidenciaban dedicación, reflejaban la ternura y una conexión profunda entre Laura y su amada. 

Pinté un cuadro de una relación en la que el deseo de cuidado se basaba en la comprensión mutua y la voluntad de estar presentes, la una para la otra en todo momento. Aquel era un amor con un valor incalculable, que ninguna de ellas había vivido, hasta el momento presente. Debían mantenerlo.

«Honorables miembros del jurado», expresé haciendo hincapié en mi tono de voz, «lo que tenemos aquí no es un delito, sino un amor que ha resistido la prueba del tiempo. Laura busca ser una fuente de apoyo y cariño en la vida de su amada». Seguí hablando durante un buen rato, aportando pruebas, curiosidades y particularidades que apoyaban el amor entre ellas. 

Terminé mis alegaciones pidiendo al jurado que miraran más allá de la apariencia inusual del caso, y que reconocieran el amor verdadero entre Laura y su amada. 

Argumenté que, en lugar de condenar a alguien por amar apasionadamente, deberíamos celebrar la rareza y la belleza de un amor que, aunque diferente, merecía ser respetado y protegido.

Al final del juicio, el jurado se enfrentó a la tarea de decidir si el amor apasionado de Laura constituía un delito. 

Mi esperanza era que, al presentar la narrativa positiva de la relación, pudieran ver más allá de los estigmas sociales y declarar a mi cliente inocente de los cargos absurdos a los que se enfrentaba.

Gracias por leerme.

«ADIOS MAESTRA CATI»

«ADIOS MAESTRA CATI»

Hoy me vas a permitir que esta esquina se vea de otro color. Hoy nos ha dejado mi querida amiga, compañera y MAESTRA CATI. 

Ya sabía que este momento iba a llegar. La valiente batalla que ella libraba contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), por el momento, solo tiene este desenlace. CATI lo sabía desde el principio, todos los que estábamos a su lado lo sabíamos, pero aún así, enfrentarme al ahora, a este adios, es duro.

Con CATI me unen muchas cosas. La quiero un montón. Le gustaba leer y comentar mis escritos, por lo que hoy no encuentro en mi corazón, en mi interior, más palabras que dedicar este breve momento a recordarla y rendirle un sencillo homenaje por ser una persona extraordinaria, un ser querido por todos, valiente y excepcional, que nos ha dejado un ejemplo y determinación que yo no hubiera tenido.  

CATI, con su coraje, dedicación y simpatía, decidió que la enfermedad la iba a conocer de cerca. La encaró desde el primer momento y nos organizó para fundar TeidELA. Su objetivo: que los afectados, presentes y futuros, no sufrieran la desazón y el desconcierto que tuvo ella cuando le diagnosticaron la enfermedad. Para mí ha sido todo un privilegio ver como ella y su familia, superaban cada piedra del camino, hasta ver cumplir su sueño. 

CATI es más que un ejemplo de fuerza, es una luz brillante que ilumina nuestras vidas con su amor, bondad y positividad inquebrantable. 

A pesar de los desafíos implacables que la ELA le presentó, CATI nunca perdió su sonrisa radiante, ni su deseo de vivir plenamente cada día. Su espíritu indomable y su capacidad para encontrar la alegría en las pequeñas cosas, nos enseñaron lecciones invaluables sobre la resiliencia y el poder de la gratitud. 

En los momentos difíciles, CATI nunca se rindió. Su valentía nos recordaba e inspiraba para valorar la importancia de apreciar cada momento, de abrazar la vida con gratitud y amor incondicional. Nos enseñó a mirar más allá de las limitaciones físicas y a valorar las conexiones humanas, demostrando que el verdadero significado de la vida reside en las relaciones y las huellas que dejamos en el corazón de los demás. Así lo hizo hace apenas unos días, acudiendo a nuestro llamamiento por el DÍA DE SAN ANDRÉS, en el que hicimos ruido con nuestros cacharros, para hacer sonar la voz de las personas que, como CATI, sufren el castigo de la ELA. 

Aunque me duele mucho y muy profundamente su partida, me quedo con el regalo de su legado, de su ejemplo, de su lucha diaria y de su amor incondicional por todo lo que hacía.

Te doy las gracias CATI por tu ejemplo, por ser MAESTRA, por ser inspiradora y por enseñarnos a enfrentar la adversidad con gracia y dignidad. Que tu memoria perdure en nuestras mentes y corazones, sirviendo como un faro de esperanza y fortaleza.

Gracias por leerme. DEP.

«Secretos de ventana»

«Secretos de ventana»

Hay noches, cielos y ventanas que están pensadas para anhelar. Al menos a esa conclusión llegó Laura, una mujer apasionada y llena de vida, al pasar más de una hora con la mirada perdida tras el vidrio de la ventana de su dormitorio, contemplando el brillo de esta babosa luna de diciembre. 

Laura tiene un corazón enorme, precioso, de esos que enamoran nada más acercarse a ella, que late con fuerza cada vez que piensa en Carlos, que le sonríe cuando lo ve de lejos, y que balbucea sus latidos de emoción cuando él la roza con sus manos. Carlos es su amante secreto. 

Hoy es una de esas noches en las que Laura sufre en silencio. La veo con la cara pegada al cristal de su ventana, triste, ausente, intentando justificar y encontrar una razón de porqué se siente así, de porqué mantiene esos sentimientos hacia Carlos. Lamenta no haber quedado hoy con él. No pudo hacerlo. Sabe que él la esperaba, que también la echa de menos y en falta, que la busca para cuidarla y darle todo aquello que ella, sin saberlo, pues nunca lo ha tenido, necesita.

Los días pasan lentos cuando él no está cerca. Hoy es uno de esos. Por eso lo sueña tras la ventana, deseando que cada momento compartido, ahora convertido en un tesoro, guardado con celo en el cofre de sus recuerdos, vuelvan a ella, a erizarle la piel como en el momento en el que lo vivieron en primera persona.

Carlos es un tipo encantador, con mirada profunda que revela un alma apasionada, loco por ella. Juntos comparten risas y susurros bajo la luna, pero sus vidas se mantienen separadas, aunque el uno en el otro, encuentran un oasis de amor, paz y complicidad. 

A pesar de la intensidad de sus sentimientos, Laura no se atreve a expresar lo que su corazón anhela. Tiene miedo de que las palabras y sentimientos rompan el delicado equilibrio en el que vive. 

Le gusta cuando él le escribe. Aunque no lo reconoce, o no lo hace como le gustaría hacerlo, como tampoco admite la desazón que le asalta cuando coge el móvil para descubrir que él no le ha escrito. Eso le pone nerviosa, “¿Qué está haciendo?”. No quiere perderlo. Sonríe por dentro cuando descubre sus mensajes.

Las noches así son difíciles para Laura. Se encuentra sola en su habitación, mirando fijamente la luna desde su ventana. Susurros de deseo escapaban de sus labios, pero las palabras nunca llegan a un mensaje que Carlos desea recibir. 

Él anda igual, tras su propio cristal. Dolido por no verla, por no saber nada de ella, por querer abrazarla, acariciarla y no poder hacerlo. Un suspiro se escapa de sus labios mientras, entre sus manos, sostiene aquel reloj que ella le regaló y que rara vez se quita. Siente la textura rugosa del metal, como la que ahora mismo forma los tejidos de su corazón. Se pregunta si Laura está pensando en él. La idea de que no sea así lo abate. 

Es una noche fría y estrellada. Laura se mantiene en su ventana mirando el cielo. La luna, testigo silencioso de su dolor, le recuerda a Carlos. Cierra los ojos con fuerza, deseando que las palabras, esas que no puede decir, encuentren su camino hacia él. Una lágrima cae por su rostro. 

Así, en el silencio de la noche, en el secreto que guarda tras su ventana, Laura continúa su espera, llevando consigo el peso de sus palabras no dichas y la esperanza de que el destino les permita encontrarse de nuevo.

Gracias por leerme.