«Retos estúpidos para hacer durante el confinamiento»

«Retos estúpidos para hacer durante el confinamiento»
El reto de la barba.

Una reunión. Dos horas, o casi, de cháchara. Tres amigos reunidos. Cuatro cervezas cada uno… Hay cosas que no cambian, aunque estemos en pleno confinamiento. Bueno sí, una sola, el cónclave es por videollamada. Las tonterías de las que hablan, y las que hacen, suelen ser las mismas que hacían hace algo más de veinte años.

—Venga, ¿a ver quién la tiene más larga?

—¡Qué necesidad!

—Es buen momento. Total nadie nos va a ver.

(Hay que avisar al lector que, cuando cuatro colgados se reúnen en una videollamada, sin nadie más que los observe, y con la confianza de los años, delante de las cámaras puede pasar cualquier cosa.)

—Pues yo ya llevo un par de días sin…, así que estoy con ventaja.

(De fondo se oyen aullidos.)

—Sí, pero…, para la mierda que tienes.

(De fondo se oyen risas.)

….

La historia fue más o menos así. En un momentito, los cuatro tontos se vinieron arriba, probablemente fruto del aburrimiento, no de las cuatro cervezas, y el estúpido reto quedó firmado con un brindis virtual. 

Así que en esas estamos. Con el reto más que aceptado. Esperando a ver quién aguanta más, quién la tiene más larga después de este confinamiento.

Si te digo la verdad hace días que me pica. No tengo por costumbre hacer estás cosas, más bien lo contrario pero, un reto es un reto, y en época de aburriendo, y con las cervezas encima, aquello parecía buena idea. Ahora empiezo a dudarlo, pero aquí me tienes, sin afeitar desde hace ya una semana, esperando a ver quién tiene la barba más larga. 

Como es natural para poder ganar este reto hay que aguantar sin pasarse la maquinilla, así que, ahora mismo, estoy a medio camino entre: Pierce Brosnan, en el rodaje de Spinning man —por lo canositos que asoman los pelos—, Tom Hanks, en el Náufrago —porque empiezo a hablar con Wilson—, y el oso Yogi, ¡hey, hey, hey!

Se de otras personas que ya están retándose para hacerse un mismo tatuaje; ir caminando a la Virgen de no se dónde; organizar una fiesta, de esas que hacen historia… ¿Has pensado en algún reto? ¿A qué me retarías? ¿Cómo llevas tu barba?

Gracias por leerme.

«Breve tratado: Hoy me quedo en chandal»

«Breve tratado: Hoy me quedo en chandal»
El chandal da mucho juego

Lo bueno que tiene esta esquina por la que ahora andas es que, al ser virtual, siempre te puedes dar un paseo para  cotillear y compartir estos pequeños momentos. 

¿Cómo llevas el encierro? Yo, en general muy bien. Aún no me estoy subiendo por las paredes ni tengo ganas locas y desenfrenadas de salir y, como además de teletrabajando, siempre estoy haciendo cosas, que me mantienen ocupado y entretenido, parece que el tiempo pasa más o menos rápido. Esto también puede ser debido a la comodidad con la que me siento. Nunca he pasado tanto tiempo en chandal como en estos estos días. 

Espero no equivocarme si digo que creo que a ti te pasa lo mismo, salvo que seas profe de Educación física. Estos juegan en otra liga, y lo extraño es verlos «vestidos de persona».

Esta prenda, en principio deportiva, tiene una historia curiosa. En este enlace te la dejo, por si te entra curiosidad. Pero un chandal, uno de esos de estar en casa, no es un chandal cualquiera. Mejor dicho, lo que vale es cualquiera, evidentemente con excepciones.

A priori puedo distinguir los siguientes tipos:

  1. Chandal desparejado. Este es el más típico para estar en casa. Da igual el color del pantalón y de su chaqueta. Puede ser de distinto tipo, marca, modelo o forma. Estar desteñido, agujereado, descosido, roto…, todo eso da igual. La única condición, que se cumple en todos los casos, es: el elástico no puede apretar.
  2. Chandal sudadera y pantalón. Aunque también suelen no corresponder, puesto que ambas piezas se compran por separado y de manera independiente, quien lo usa en casa lo hace combinando los colores y, por supuesto, cien por cien algodón, ya que la premisa sigue siendo la comodidad. Es común que la sudadera se cambie por un polar. Con este modelo, `se puede recibir´.
  3. Chandal de marca. De todo hay en la viña del Señor y para estar con comodidad en casa hay quien no lo concibe si no es con un chandal de marca y, por supuesto, bien emparejado. No se puede perder el glamour ni en casa. ¿y si viene alguien? ¿y si te ve el vecindario?…,`¡vamos ni loco!´.
  4. Chandal «me la trae del todo floja». Este modelo es muy difícil de definir. Se parece mucho al primer caso pero, en esta ocasión, el abandono supera la comodidad. El pantalón suele ser de una o dos tallas más, por aquello de que la cruz no apriete los correspondientes `arcos del triunfo´. La chaqueta no solo es de otra marca, año y modelo, incluso suele ser de otra persona u otra época ya pasada. Su uso se defiende bajo la frase `es que con el puesto estoy tan…´.
  5. Chandal tatuado. Este modelo ya no tiene parangón con ningún otro modelo. Es el mismo chandal que te regalaron cuando cumpliste los catorce años y todavía te sirve. Es el que usas desde entonces, el que lo miras poniéndole ojitos y dices `Pues me queda genial´ y `aún no está viejo´. Ya es parte de ti. Lo llevas pegado a tu piel.

Como hago en ocasiones ahora es tu turno de compartir tus pensamientos. ¿Qué chandal usas en casa? Dinos la verdad, desde que empezó esta cuarentena ¿te lo has cambiado alguna vez? ¿Con qué modelo te identificas más? ¿Qué otro modelo propondrías?

Gracias por leerme.

«Con la esperanza de recordarte»

«Con la esperanza de recordarte»
Historia escrita

Aquellas hojas, que ahora volaban hacía un lugar desconocido, eran el fiel reflejo de toda su vida.  Contaban su historia.

Llevaba tiempo acariciándolas, alimentándolas palabra a palabra, mimándolas frase a frase, construyéndolas una a una. Eran su proyecto final. Una pomposa despedida que, sin duda, darían mucho que hablar, pues serían el recuerdo perpetuo de un trabajo bien hecho.

Había pasado muchas horas en vela componiendo cada párrafo, cada recuerdo, antes de que estos se desvanecieran por culpa de la enfermedad que hacía tiempo le rondaba. O por los efectos secundarios de los potentes fármacos que tomaba.

Quería terminar aquel último libro con la narración de un gran amor, una historia inacabada. Pero la poderosa niebla de la enfermedad ya bloqueaba su conciencia. 

Sus hijos siempre le habían recomendado abandonar el páramo, volver a la civilización, donde seguro encontraría el apoyo y la ayuda de los seres queridos.

Él, ermitaño convencido, se había negado. Necesitaba pasar a solas, escribiendo sus memorias, aquella historia en concreto, y cuidando del huerto, aquellos últimos meses que le habían dado antes de… 

Trastabilló de la manera más tonta. Había olvidado atarse los zapatos, aquella nubes grises que se formaban en su mente, le hacían olvidar muchas cosas.

Los folios impresos con toda la historia escrita, volaron por los aires.

El golpe contra la piedra fue sonoro. Se mantuvo un rato consciente en el suelo, impávido, viendo volar las páginas, imaginándolas libres.

Antes de cerrar los ojos para siempre, recordó su aroma, el suave tacto de su piel, la delicadeza de su voz,  su preciosa sonrisa, sus hermosos ojos…, lo que sentía por ella.

Esperanza, esa era la palabra que faltaba para concluir la historia y que ya no encontraría. El nombre selló sus ojos para siempre.

Gracias por leerme. 

«En boca cerrada…»

«En boca cerrada...»
Contar una historia puede no ser fácil.

Jose lanzó un guante. Lo hizo en forma de esquema, dibujado en una pizarra, disparado en un mensaje de Twiter, para ver si alguna de las habladoras pillaban el concepto.

El tumulto se hacía cada vez mayor. Las presentes hablaban y hablaban. Emitían juicios, manifestaban opiniones —estaban en su derecho, decían—, adelantaban acontecimientos. Conocían lo que había pasado porque alguien les había contado alguna pequeña parte de la historia, pero no porque lo hubieran vivido en primera persona o porque fueran expertas en alguno de los temas que ahora estaban de moda.

Entre todas hilvanaban una historia compuesta de creencias personales, ideas sacadas de contexto, habladurías y razonamientos espurios y poco fiables.

Jose las dejó continuar. Les dejaba con su verborréico discurso. De vez en cuando, cuando encontraba un pequeño espacio entre palabra y palabra, les lanzaba un órdago en forma de pregunta, que las pillaba descuidadas y hacía tambalear las bases de la historia que se estaban inventando. Pero ahí seguían. Bla, bla, bla. Argumentando. Bla, bla, bla. Con sus bocazas abiertas emitiendo sus juicios de valor.

Al rato Jose, les contó alguna verdad, vivida en primera persona y que, las de boca la abierta cargada de mentiras, desconocían, pues solo hablaban de oídas. La historia que se inventaban volvía a sacudirse. 

Eso no era bastante para detenerlas. Daban un nuevo giro, un nuevo quiebro, una nueva mentira o verdad inventada, porque se las había contado «nosequiencita» y volvían a levantar su castillo de naipes.

En realidad a ellas no les importaba la historia, no les interesaba, solo querían escuchar su bla, bla, bla. 

Jose volvió a su pizarra, a su esquema y les dibujó el camino. Así que mejor, si no saben de lo que están hablando, ¡cierren la boca!

Gracias por leerme.

«La nueva casa»

«La nueva casa»
En casa siempre hay una esquina que…

Como en los cuentos, hay casas que parecen estar hechas de chocolate, galletas y fruta escarchada. Así era la suya, la que había construido con tanto esfuerzo y dedicación, soñando con aquel sillón, aquella mesa o esa estantería.

Por fin había juntado todas las piezas e Isabel ya dormía en ella. Pero no todo el camino que había recorrido hasta allí era sabroso y apetitoso. El tiempo que le había llevado conseguir su objetivo, estaba cargado de grandes lotes de salazón, acidez y sin sabores.

Aquella noche, cuando por fin pudo cerrar la puerta y sentirse a resguardo en su nuevo hogar, las estrellas dieron un nuevo brillo. Al pasar la llave respiró hondo. No contó su historia a nadie, pero el suspiro de satisfacción que emitió llegó hasta más allá de su propia galaxia, llenando el cielo de una nueva ilusión.

La puerta que cerraba era, en realidad, una nueva apertura, un nuevo comienzo del que esperaba toda la felicidad que una persona puede desear. Su nueva casa era un símbolo, un nuevo campo en el que comenzar a luchar cada una de las nuevas batallas que la vida le deparaba,

Ya segura, y acostada en su cama, otro suspiro, antes de cerrar los ojos, llenó cada una de las estancias de su nueva casa. Pero esta vez el hálito no era de ella.

Las estrellas le habían devuelto la ilusión que ella misma había manifestado y, del otro lado de aquellas paredes de golosina, otro espíritu luchador, que había intuido la tranquilidad que ella sentía ahora mismo, le enviaba, en forma de deseo de buenas noches, un halo de energía para poder ayudarla a recargar su potente fuerza. 

Como en los cuentos, hay casas que parecen estar hechas de chocolate, galletas y fruta escarchada, porque hay personas que merecen que la vida las trate con dulzura; que los abrazos, besos y arrumacos que reciban, aunque sean desde la distancia, sepan a canela, azúcar, regaliz…, con los que llenar paredes, puertas y ventanas de su casa, de cariño, paz y felicidad.

Gracias por leerme.

«MISTERIO ENTRE MUROS»

«MISTERIO ENTRE MUROS»
Cada casa tiene su historia y tras sus muros…

Estoy seguro de que cada uno de nosotros espera tener en su casa un lugar de paz, un refugio al que llegar y poder descansar, amar, estar y esconder nuestras pequeñas y, a veces, misteriosas historias. Pero no todas las casas son así.

Ahora que estás de paseo por esta esquina descubrirás que no estoy a tu lado. Hoy toca presentar esta recopilación de leyendas, algunas de fantasmas, otras de pequeños misterios, otras de…

Esas historias misteriosas que cada uno de nosotros vive en nuestras casas, me han llevado a colaborar, junto a otros autores y autoras, y con la, como siempre, gran coordinación de DIEGO PUN EDICIONES, en un nuevo número de su colección LEYENDAS CANARIAS.

MISTERIO ENTRE MUROS, es una nueva apuesta de esta editorial por la cultura de nuestras islas, por las historias que vivimos, a veces a escondidas tras las puertas de nuestras casas.

«Los muros encierran historias. Tras las ventanas se ocultan personajes. Todas las casas están hechas de palabras. Algunas han construido relatos de misterio, de amores, de pasiones, de seres humanos extraordinarios y fantásticos. En este libro te ofrecemos esas leyendas que han viajado durante siglos, de generación en generación.»

En este libro puedes encontrar dos relatos míos, que espero sean de tu agrado y que, al menos, sirvan para sospechar de que, no todas las casas que nos rodean son lugares normales.

En «La casa del miedo» te cuento la historia de una casa situada en la Santacrucera calle de La Noria, donde sus antiguos habitantes tuvieron una genial idea para deshacerse de los molestos niños que los incordiaban. Aun recuerdo, siendo yo niño, como cambiábamos de acera cuando pasábamos por delante. Ya sabes, por si acaso.

En «La mansión de los Winter», vuelvo a Fuerteventura, tras veinte años de haberme marchado, para narrar la que, probablemente, sea su casa y leyenda más conocida, impregnada de misterio, secretos y medias verdades. Un gran caserón, perdido en el sur, en el que cuentan que…

Muchas gracias a Diego Pun Ediciones, por confiar en mi.

¿Te lo vas a perder? Yo creo que no.

Gracias por leerme.

«Breve tratado sobre El Carajo. Un buen lugar donde reencontrarnos»

«Breve tratado sobre el carajo. Un buen lugar donde reencontrarnos»
¡Al carajo! Dicen eso y te mandan para allá arriba.

Espero que alguna vez te hayan mandado al carajo. Si no es así no tiene sentido que hoy pases por esta esquina. Igual te mando yo. Mira que últimamente tengo cierta facilidad. 

Pero, ya que te quedas, porque la curiosidad te pica, te cuento. El carajo y yo somos grandes conocidos. He estado de visita muchas veces. No me importa reconocerlo; pero también han sido muchas las ocasiones en las que he aumentado la población de tan, en principio, poco coqueto sitio. Una de ellas muy recientemente. Ayer.

Al parecer hay una pequeña teoría —y así puedes descubrirlo si navegas un poco por internet— que pretende situar el origen de «el carajo» en lo más alto del palo mayor de los barcos de vela. De esta manera, «el carajo» se convertiría en sinónimo de «cofa», es decir, el lugar en el que se colocaban los vigías en los antiguos navíos. Pero este aspecto no está recogido por el Diccionario de la Real Academia de la lengua y, tampoco aparece en el Diccionario marítimo de la Armada Española.  

Visto así, la definición de carajo está más encaminada a expresar el rechazo que se tiene por una persona, una idea, un comentario…, que a un sitio físico.

Aún de esta manera, y creo que puedes estar de acuerdo conmigo, «el carajo», parece tener longitud y latitud, aunque no con coordinadas exactas. Cuando mandamos a alguien al carajo, sabemos perfectamente dónde lo enviamos. Queremos perderlo de vista, alejarlo de nuestro campo visual, al menos por una temporada. Ya veremos si lo dejamos o no regresar.

Es por todo ello que «el carajo» debe, como manifestaba al comienzo, de no ser un lugar tan despreciable. Al fin y al cabo, hay mucha gente por allí y, aunque habrá de todo, y para todos los gustos, sin duda se deben de montar buenas parrandas, entre las gilipolleces que suelta una, las perogrulladas del otro y el pifostio —vale aún no está en el diccionario, pero sí se reconoce como término coloquial—, que entre todos organizan.

En fin, que me voy ya «pal carajo», antes de que empieces a reclamarme para que entre en detalle sobre la acepción que también le da la RAE —y por cierto en primer lugar— como término para definir el miembro viril.

¿Has mandado mucha gente al carajo? ¿Te han mandado alguna vez? ¿A que sienta bien mandar a alguien al carajo? 

Gracias por leerme.

«Virus me visita de nuevo»

«Virus me visita de nuevo»
Menuda carga.

No es la primera vez que Virus viene de visita —En esta ocasión me cogió desprevenido y, en esta otra, un poco más relajado—. Siempre lo hace de golpe, sin avisar, entrando por debajo de la puerta como si esta fuera su casa. ¡Menuda desfachatez! 

Lo peor de todo no es que no hay más remedio que convivir con él. ¡No!. Lo peor, sin duda alguna, es que una vez dentro, aposentado, se empeña en querer salir.

Cuando esto ocurre, su intento de escapar, ya no es por una rendija de una ventana, o por el ligero vano que queda entre la puerta de casa y su marco. ¡No! El quiere fugarse por los orificios corporales, a toda costa, sin pedir permiso, a lo bestia.

Virus es así. Impredecible. Los que ya empezamos a peinar canas no olvidamos, con cierto resquemor y asco, a la niña del Exorcista. Recordamos como aquella jovenzuela —si no tienes tanta memoria, pinchando aquí podrás encontrar un buen resumen— lograba dar vueltas a su cabeza, soltar una tira de improperios, mientras subía por las paredes, a la vez que de su cuerpo salía un líquido verde que… —¡Vale, vale!, mejor no sigo, por este camino. Ya sé que sabes de lo que estoy hablando—. 

Pues Virus se parece mucho, por lo menos en ese tono aceitunado de hacerse visible, a ese ser que habitaba en el interior de Regan, y que tanto nos asqueó y tan bien recordamos a todos los que hemos visto la película.

Así que nada. En esas he estado. Ocupado en atender a este «inquilino inesperado» que tantos mal sabores deja.

Gracias por leerme. 

«El abrazo que consuela»

«El abrazo que consuela»
¿Me das uno de esos?

Soñar con un abrazo es solo eso, un sueño. Pero, ¿a que es un sueño bonito sentir que puedes estrechar entre tus brazos a esa persona a la que deseas? 

Así estaba él, en un sueño, deseando que llegara ese momento que oníricamente tanta veces había repetido. Quizás enviarle un mensaje lo propiciaría.

Por suerte los abrazos están para darlos, y para recibirlos. Se sabe, en los casos en los que los abrazos son sinceros, y, por lo tanto, dados con cariño, con deseo, son el mejor reconfortante que se puede recibir de otra persona.

Abrazos los hay de muchos tipos —quizás en otra ocasión podamos enumerarlos con detenimiento—, incluso los hay no físicos: son los dados con una mirada insinuadora, con una sonrisa, un gesto cómplice…, o con una conversación que cala en lo más profundo. 

Aquella chiquita, como a él le gustaba llamarla, sabía dar ese tipo de abrazos. Y así él lo recibió.

Quizás por la lejanía, por el tiempo sin verse, aquella conversación supo a uno de esos achuchones que hacen tambalear, sin querer, los cimientos y convertir el paso firme en delicadas huellas marcadas sobre arenas movedizas.

Lo que tuvieron fue un bonito momento, una conversación, que llevaba a mezclar las risas cómplices, las preguntas temerosas, las respuestas cortadas…, con las ganas de verse, de darse, por fin, ese otro tipo de abrazo, el físico, el que les diga la verdad, el que les confirme cómplices para siempre.

Ambos lo alargan en el tiempo. Cada uno a su manera, buscando su propia excusa, su verdadero y rotundo argumento, para alejar el momento, el esperado y a la vez temido reencuentro, porque  ambos saben que tienen un café pendiente, por no llamarlo amor.

Gracias por leerme. 

«Un juego o una peligrosa historia»

«Un juego o una peligrosa historia»
Juegos que buscan peligro.

En aquella ocasión el libro había caído bocabajo. Según las normas establecidas debía decidir qué hoja arrancaba. Ella echó a llorar. Aquella historia le parecía formidable y no quería desgarrarla de ninguna manera, pero…

El resto de Marcadores, que así se hacían llamar los participantes de aquel estúpido y peligroso juego, le tendieron el volumen y la pistola. La chica, con manos temblorosas, asió los dos. Era difícil tomar una decisión, ya que el título aparecía tapado.

El libro marcaba el objetivo. Entre sus páginas debía encontrar la relación con su vida, seleccionar el blanco y acabar con…, su historia.

Lo abrió al azar. Leyó con vista rápida y, entre aquellas lineas, descubrió que estaba escrito en primera persona. No podía ser. No estaba preparada para aquello. Calló. Saltó páginas. Buscaba otra referencia, más adecuada. Cuando encontró la palabra «grupo» lo comprendió todo. Tendría que encontrar nuevos compañeros de juego.

Gracias por leerme.