«La insidiosa»

«La insidiosa»

Él: Divorciado. Enamorado de ella.

Ella: Casada. Loca por Él. Incapaz de dejar a su marido.

Amiga: Con necesidad de cariño.

Marido: Tu amigo es guay. Me cae bien.

Ella: Quiere pasar más tiempo con Él, pero sin que su marido se entere.

Él: Necesito verte más. 

Amiga: Pues a mi me gusta. 

Ella: Los presenta.

Él: La idea le gusta.

Marido: Hacen buena pareja. (No se entera de lo que pasa.)

Ella: Me encargo.

Él: ¿Cuándo quedamos?

Amiga: ¿Una cena? ¿Los cuatro?… ¿Qué me pongo?

Ella y Marido: Los dejan solos tomando copas.

Él y Amiga: Se enrollan. 

Ella: Se pone celosa. Queda con Él.

Él y Ella: Se enrollan.

Ella: No me importa si la haces feliz. Si eres feliz.

Marido: Queden ustedes, no puedo.

Amiga: ¡Qué bien me siento! Que bueno tenerlos en casa. Ahora vengo. No tardo.

Ella y Él: Se enrollan.

Todos felices, o casi.

Gracias por leerme.

«The human library»

«The human library»
Se puede leer de distintas maneras.

Lo cierto es que esta tarde no tengo nada que hacer. Parece que la cabeza me va a explotar. Hoy amaneció embotada con un montón de ideas, proyectos, preocupaciones…, y no les veo salida. A estas horas, así sigo. Lo mejor que puedo hacer es salir y pasear, a ver si el aire y escuchar otros sonidos ayudan. 

En mi caminata urbana me sorprende un nuevo local. Tiene la pinta de una pequeña cafetería mezclada con una librería. Desde los grandes ventanales que dan a la calle puedo ver cómo en cada mesa hay parejas hablando. Pero algo me llama la atención. Quizás sean sus gestos, o las expresiones de sus caras, o los pequeños carteles que cada uno de ellos tiene delante. Desde aquí puedo leer: mendigo, ramera, refugiado, bipolar… No me lo pienso. Mi curiosidad puede más. Entro. 

Al fondo a la derecha, cerca de los baños, ¡como no!, veo la única persona que no está acompañada. La dependienta, que acude a saludarme nada más verme entrar, con ojos de ¿qué coño es este sitio?, me invita a sentarme con él y descubrirlo por mi mismo. 

Miro al tipo de arriba a abajo. Lo hago con desagrado. Su aspecto es bastante desagradable. Es un fulano flaco, malencarado, con los cachetes llenos de hoyos, probablemente marcas de viruela… Nada mas acercarme se levanta y saluda afable.

Tras un rato de cháchara descubro que me encuentro muy a gusto a su lado. He olvidado mis pequeños problemas y estoy asombrado de la vida tan interesante que este astrofísico tiene. Lo había jugado por su portada, como si fuera un libro, pero ahora…

Gracias por leerme. 

PD. Esta historia está inspirada tras la lectura de este artículo. Aunque te parezca increíble, a mi al menos me lo pareció, las bibliotecas humanas existen, lo que me lleva a la fantástica conclusión de que no está todo inventado. Aún hay esperanzas. 

«La señal de la felicidad está en el meñique»

«La señal de la felicidad está en el meñique»
Ese hilo rojo que nos une, pero que a la vez nos permite movilidad.

Siento un pequeño tirón invisible en mi dedo. Noto que me buscas con tu mirada. Así que levanto la cabeza y hago lo mismo. Allí estás, mostrándome lo que, desde esta distancia, parece ser una camiseta. Alzo mi mano y la abano en señal de que me gusta.

Ahora que me desconcentré te sigo unos instantes. Tú te giras. Vuelves a mirarme. Me mandas un beso. Yo babeo mientras acaricio mi dedo meñique.

Desde que llegaste a mi vida siento que no puedo perderte de vista ni un momento. Hemos descubierto que el famoso hilo de color rojo, del que habla la tradición japonesa, une nuestros dedos meñiques y nos atrae con fuerza. 

Caminas, te pierdes entre el barullo y yo vuelvo a mi escrito.

Venimos de vidas distintas, de espacios y momentos distantes, que, por aquello de ese hilo o por una jugada del destino —me da igual como quieran llamarlo—, nos hemos unido. 

Hoy nos apetecía pasar un día diferente, aprovechar el buen tiempo, disfrutar del aire libre, de nuestra libertad, tú de tus amigas y yo de mi escritura, pero juntos. Así que aquí estoy.

Vuelvo a levantar la vista. Te observo desde la distancia, sentado en esta terraza de bar, mientras tú, y las locas de tus amigas, aprovechan el mercadillo de este hermoso pueblo para pasar un par de horas rebuscando y rebuscando, entre estand y estand de artesano del cuero, cobre, cristal, oro, plata, bronce, lana, cartón… ¡Qué se yo!, para mi la lista es interminable.

Sin duda eso te divierte. A mi no me gusta nada. Me aburre, como a ti lo hace que yo me quede aquí sentado escribiendo y leyendo estas y otras lineas. Pero así estamos, disfrutando cada uno de su espacio. Eso me encanta. El hilo que nos une, también nos deja espacio para movernos.

Lo que mas me gusta es mirarte. No me importa decírtelo. Me encanta ver cómo disfrutas probándote todos esos pendientes, argollas, anillos y pulseras; revolviendo toda esa ropa; descolocando todos esos bolsos…, para después comprar poco o nada, y hacer lo mismo en el siguiente puesto, y en el otro, y en el otro…

Me gusta que te gires, que me busques con tu mirada, que me enseñes tu meñique para indicarme que quieres un beso, que me muestres lo que vas a comprarte. Me gusta que me busques con la mirada, aunque yo no te vea, para comprobar que yo también estoy disfrutando de mi momento. Pero lo que más me gusta es cuando regresas, cuando agarras uno de mis dedos meñiques, o ambos, para pedirme que levante mi cara y así darme un beso de bienvenida. 

Gracias por leerme. 

«Veintitrés polvos y una barrica de vino»

«Veintitrés polvos y una barrica de vino»
Se puede debatir, hablar, contar… sobre cualquier espacio, pero hacerlo sobre una barrica, tiene su aquel.

Hay tardes que surgen de la nada, a las que se les saca un placer inesperado, con gente interesante y conversación sorprendente. O al menos eso pensaron cuando se juntaron aquellos cuatro, igual que el número de botellas de vino que podían meterse, si así se lo propusieran, entre pecho y espalda. Otra cosa sería el estado final de cada uno después de hacerlo. ¿Arreglarían el mundo? bueno, seguro que lo intentarían. 

Aquel día la velada empezó con un comentario, algo subido de todo, que derivó en un apasionado debate sobre el amor, la infidelidad, las relaciones amorosas y los tríos. 

La anfitriona, a colación del parloteo, recordó un cuento que había devorado no hacía mucho. Su lectura en voz alta fue el detonante para toda la conversación posterior.

Según su autor —lo siento pero no recuerdo su nombre—, cada persona tiene veintitrés polvos que echar en toda la vida. En el último te mueres. Por eso los protagonistas de ese lugar imaginario guardan celibato y practicaban la abstinencia como norma general. Al menos hasta encontrar a la persona que consideran ideal, y así hacer el amor para morir juntos. ¡Ilusos!, ¿y si la parte contraria ya ha tenido dos, tres, doce, o veintidós relaciones anteriores?

Hoy te propongo que abramos el mismo debate, así, ¡a palo seco!: ¿Qué te parece la idea? ¿veintitrés polvos? ¿Alguna explicación para ese número tan concreto? ¿Todos con la misma persona? ¿Cuentan cada uno de ellos o se refiere solo a aquellos polvos que, de una manera u otra, te han marcado? En este sentido ¿cuántos has echado?, ¿cuántos te quedan?, ¿alguna noche libre?  —jejeje, por si cuela—. Supongamos que llevas años con la misma pareja ¿cómo cuentas los polvos? ¿Todos ellos lo son? ¿Contarías esos entre los veintitrés que el autor propone? ¿Estarías perdiendo otras oportunidades?

Como dije al principio, arreglar el mundo es fácil, basta con sentarte, rodeado de buena gente, abrir un par de botellas de vino y empezar  a disparar a diestro y siniestro. 

En el grupo de la barrica, y los veintitrés polvos, esperamos tus respuestas.

Gracias por leerme.

«La leyenda de Naira y Airam»

«La leyenda de Naira y Airam»
Hay historias que jamás se han contado.

Guayota bramaba. Estaba enfadado. La tierra tembló como no lo había hecho hasta el momento. Una poderosa lengua de fuego surgió desde las profundidades. El largo río de fuego y lava vomitado corrió ladera abajo destruyendo todo a su paso. La tierra se partió. 

Naira sintió el temblor bajo sus pies. No temió por ella, pero sus pensamientos, en un instante, viajaron con sus ojos a la búsqueda de Airam. 

Apenas tuvo tiempo de verlo. Justo en el momento en el que ella miraba a lo alto de la cima, donde su amado velaba por el ganado, la tierra se abrió y el muchacho cayó en la cicatriz que el dios de las profundidades había abierto. Era el castigo por haberlo despreciado. 

La muchacha corrió al lugar. La carcajada vengativa de Guayota, se sintió en todas las islas. Aquel ser se vengaba de la más bella muchacha por un amor no correspondido. 

Las lágrimas de la chica manaban de sus ojos y caían en la cima abierta en el suelo, suplicando por la vida de su amado. Nada pudo hacer. 

Cuando pasó el peligro otras mujeres fueron en su consuelo. Ellas tampoco lograron apaciguar el doloroso llanto de la chica. Este era tan fuerte, y tan desgarrado, que hasta el propio Guayota sintió pena y se arrepintió de lo que había hecho. Pero ya no podía dar marcha atrás. 

Naira jamás volvió a ver a su amado, pese a que iba cada día a llorarle, a suplicar al gran ser que vivía en las profundidades de la tierra que le devolviera la libertad, que se lo entregara de nuevo.

Con el tiempo, la ayuda de la lava, el sol, y cuentan que las lágrimas que cada día la muchacha dejaba caer en aquel agujero, creció un hermoso y fornido cedro en el que todos dicían reconocer las facciones de Airam.

Naira no está segura de que sea él, pero al menos, reconoce que, si es así, el muchacho logró hacer honor a su nombre y consiguió la tan ansiada libertad, en su propia tierra. 

FELIZ DÍA DE CANARIAS. 

Gracias por leerme.

«Espejito, espejito mágico»

«Espejito, espejito mágico»
Los espejos siempre encierran secretos.

Lucía siempre escuchó cuentos de brujas y hadas. Tanto fue así que consiguió su propio espejo mágico. ¡Si!, uno de esos que vive en los cuentos, que devuelve a su dueña la imagen que quiere, o la que tiene que ver, aunque en realidad…

Cada mañana, nada más levantarse, Lucía se mira, se deleita, se saluda con mucho cariño. Cada noche se sienta frente a él y comienza el ritual de cepillarse el pelo, al menos cien pasadas por cada lado, tal como le hacían a Blancanieves, o la princesa de…, da igual. Eso que tanto había visto y escuchado en los cuentos.

A su espejo le hacía sus preguntas, consultaba sus movimientos, buscaba su sueño. Por fin consiguió que un chico se convirtiera en su pretendiente. Parecía el típico príncipe azul: atractivo, trabajador, con futuro, simpático, hacendoso…

Ella lo fue engatusando. Las armas de mujer eran su especialidad y, cada mañana y cada tarde, recargaba sus energías contemplándose en aquel espejo, que le devolvía las instrucciones necesarias para poder tejer la fina tela de araña con que atraparlo. 

Los días pasaban con sosiego. Ella conseguía quedar con él un día, para después dejarlo olvidado durante cinco, escribir un mensaje alentador al sexto y… Era una auténtica experta en el arte del enamoramiento.

El día llegó. Él no dejaba de pensar en ella y de aquella propuesta de cena que sin duda se presentaba como la culminación de la fase de enamoramiento en la que estaban viviendo para, a partir de aquel día, empezar una auténtica relación. 

La invitación era en casa de ella. Él tenía que llevar el vino y, según las propias palabras de Lucía, ella lo ponía todo, incluso el postre. Esto último se lo dijo usando un tono lujurioso.

Cuando llegó a su casa cumplió con el protocolo. En todo momento se comportó como el caballero que era. Sirvió el vino, degustó de la sabrosa cena que Lucía le había preparado. Ella se insinuó y con pequeños juegos y artimañas lo llevó hasta su habitación. 

Tras el primer beso, las constantes carantoñas y abrazos, Lucía descubrió que había olvidado tapar su espejo mágico y, como ocurre en todos los cuentos, este devolvió su verdadera imagen. 

El chico se percató enseguida y, como si de una cenicienta se tratara, salió corriendo de la casa, al descubrir que, en realidad, su tan apreciada lucía, era una víbora dispuesta a todo por conseguirlo. 

Logró escapar de sus brazos, sabe que no le convenía mantener esa relación con ella, pero, aún en día, la sigue añorando, no ha logrado olvidarla, ni saber dónde perdió uno de sus zapatos. 

Gracias por leerme. 

«La evolución de los Pokemon»

«La evolución de los Pokemon»
Me han llamado Pokemon.

Acompañar todas las mañanas al alumnado más pequeño a sus clases te coloca en el punto de mira de todos ellos. Debes estar dispuesto y preparado a la mayor de las espontanidades y comentarios curiosos. 

—¡Buenos días Pokemón! —me saluda la niña que entra pizpireta todas las mañanas. Yo la miro con estracheza, para nada esperaba un saludo así, pero antes de preguntarle a qué viene el apelativo, levanta el brazo, abre su mano y muestra la aplastada campanilla violeta que lleva en su interior.  

—¿Te gusta esta flor? Pues no es para tí. ¡Es para mi maestra! —se ríe con picardía, pues sabe que le voy a poner morritos, y sigue su camino. La madre levanta los hombros, en señal de asombro, me sonríe algo azorada y me dice que después me cuenta.

Comenzamos a caminar. En cuanto me incorporo a la fila, escucho ¡pitas, pitas, pitas! Me río. Es la broma que tengo con ellos, como si fueran pollitos, para que caminen. Se lo han aprendido y me están vacilando. Así, ¿cómo mantengo el orden?

La pequeña vuelve. Se pega a mi y me mira atenta. 

—Director, menos mal que no te pareces a Pikachu —espero de esta poder enterarme de la fijación por los Pokemon.

—Pues no lo sabía, ¿eso es bueno o es malo? 

—Yo creo que es bueno. Ese es el Pokemon más bobo del mundo.

Sale corriendo. Logro que me escuche antes de que la pierda de vista. Me contesta a trompicones.

—Porque Pikachu siempre dice pika pika y nunca se rasca.

Me quedo como estaba. Sin duda me hace gracia. Deduzco que mezcló mis pitas, pitas, con el pika, pika. 

A la salida, la madre es una de las primeras. La niña se acerca, en cuanto su maestra le da permiso. Besa a su madre y me mira. La madre se dirige a mi.

—Que sepas que lo de Pokemon es un piropo. Ella dice que en este mundo solo hay dos de esos bichos que todo lo pueden, su abuelo y el director de su cole, que es una evolución superpoderosa.

—¡Sí! —interviene la niña, mientras tira del brazo de su madre para marcharse, algo avergonzada porque la madre ha desvelado su secreto—, pero las flores son para mi maestra.

Ambos adultos reímos. Ellas se marchan y yo me quedo con mis poderes plantado en la puerta. 

Gracias por leerme. 

«En el cuarto trastero»

«En el cuarto trastero»
Hay esquinas que guardan secretos.

Sabía que ella había acudido a una reunión, así que hice lo posible para poder coincidir en la escalera. Tras el abrazo inicial, y dado que no paraba de pasar gente que nos interrumpía con saludos, comentarios…, le ofrecí que me siguiera para que pudiéramos hablar más tranquilamente. 

En un primer momento nos arrimamos a la pared, alejados del paso de la gente y, en cuanto vi que ya no venía nadie, saqué la llave del trastero, que llevaba preparada en el bolsillo, y la incité a seguirme sin que otros ojos nos vieran. Ella no lo pensó y me siguió. 

—Pero bueno, ¡¿dónde me has traído?! —dijo mostrando una falsa extrañeza.

—A nuestro trastero, como podrás ver un lugar encantador —comenté levantando las manos para presentar el espacio—. ¿No querías que habláramos con tranquilidad?

—Sí, pero ¿y si viene alguien?

Con la típica sonrisa picarona que suelo poner, pasé el cerrojo interior de la puerta y mostré el llavero. Contesté a su comentario. 

—Esta es la única llave que está al alcance del personal. Nadie puede entrar. 

Ella sonrió y me dio la espalda. 

Con paso lento recorrió el habitáculo paseando las yemas de sus dedos sobre la gran mesa que tenemos colocada en el centro de la habitación. No tardó en girarse y tentarme.

—Así que aquí estaremos tranquilos. 

—Claro —contesté mientras empecé a recorrer los escasos tres pasos que nos separaban—. Ya te digo que nadie puede entrar. 

Me senté sobre la mesa mientras la miraba. Ella volvió a alejarse y se acercó a la ventana. La abrió ligeramente

—¿Hace mucho calor o me lo parece? —dijo mientras volvía hacia mi posición manteniendo su mirada. 

—Creo que la temperatura está aumentando —contesté asiéndola por la cintura y atrayéndola.

—Entonces queríamos estar a solas para… —susurró sobre mi lado izquierdo mientras acariciaba  mi pelo y su lengua recorría el lóbulo de mi oreja.

No lo pensé. La besé con todas las ganas que llevaba acumulada mientras le desprendía aquel traje.

Gracias por leerme.

«La cuenta atrás»

«La cuenta atrás»
Intentar contar para relajarse. A veces funciona. Otras no.

Llegó al portal de su edificio con desgana. Ya hacía mucho tiempo que lo hacía así. Pero también iba así a trabajar. Quedaba con sus amistades así. Vivía así. Triste.

Tras pasar el umbral de la puerta de la calle, enfiló, con mucha desolación, el tramo de escaleras que la llevaban hasta su casa. Tenía que armarse de valor para subir aquellos diez escalones y llegar por fin a casa. En ella él la esperaba. Era su cuenta atrás para cargarse de una energía que no tenía y disimular.

Probablemente ya tendría la cena hecha, la mesa puesta, seleccionada una película, o el capítulo de la serie que estaban viendo, y todo preparado para recibirla con entusiasmo. Ella mentalmente recorría los escalones de uno en uno. Eran solo diez, pero nada más verlo sabía que se le hacían eternos.

Armada de valor alzó el pie derecho y comenzó la ascensión. Uno.

A cada paso que daba tomaba aire, se transmitía tranquilidad y se iba llenando de valor. ¿Por qué le pasaba aquello? Dos. Tres. 

Sabía que contar hasta diez amansaba y calmaba la furia que a veces uno lleva dentro, que sin querer a veces sacamos y que nos impide pensar con claridad. Cuatro. Cinco. 

Aquel recorrido no servía de ayuda. Ya no lo quería. ¿Qué hacía allí? Seis. Siete. 

Sabía que no tenía ganas de estar con él, pero la costumbre… Ocho. Nueve. 

Ya eran muchos los años de casados, las cosas buenas y las malas horas vividas. ¿Dónde iba a ir ella ahora? Una vez más funcionó. Diez. 

Abrió la puerta. El olor a tortilla emanaba de la cocina. Como en muchas ocasiones, para amortiguar el olor a comida que a ella le disgustaba, había una pequeña vela encendida, aroma de vainilla, su favorita, sobre la mesa del salón. Su flama se batía suave y a media altura, síntoma inequívoco de que todo estaba en calma. Ella sintió un pequeño escalofrío.

Junto a la candela una pequeña nota: «La cena está en la cocina. Quedó buenísima. Se que hace tiempo que sufres por dentro. Se que ya no eres feliz, se que no puedo hacerte feliz. Cuídate mucho».

Se sentó de golpe. Lloró siempre. El no volvió nunca.

Gracias por leerme. 

«No importa que justo hoy no sea tu día»

«No importa que justo hoy no sea tu día»
Hay días que esta esquina se transforma.

No importa que justo hoy no sea tu día. Quería felicitarte. Por eso he parado en esta esquina, para tener un momento de respiro, ahora que nadie nos ve y el ángulo nos protege. Parece mentira, pero no siempre consigo la paz que necesito para poder estar y hablar contigo, por eso celebro haber encontrado este espacio, este pequeño momento, aunque sea así, casi a escondidas, para poder mirarte y darte las felicidades.

Aquí te tengo, en mis manos, sobando la piel que cubre tu alma. Aquí te tengo, acompañando mi fugaz momento de locura que cada día parece ser menos transitoria. Aún así, me acompañas. No me dejas, aunque soy consciente de que más de una vez lo has hecho. 

Hay días que te echo de menos. Otros, cuando podemos, me encanta empaparme de ti, pasar por encima de tu cuerpo que, a modo de páginas, me dejas leer suavemente. En ocasiones acompaño mis dedos por esos pliegues que forman las curvas de tu cuerpo, ahora convertidas en letras, para aprender todo aquello que enseñas, todo lo que se y todo lo que de ti me gustaría saber. 

Te revelaré un secreto. Aún no teniéndote, aún acabada ya nuestra historia, aún no sabiendo cómo empezará la siguiente, hay muchos días, sobre todos en aquellos momentos de soledad, en los que estás presente, sin saberlo, para acompañarme. En esos ratos sueño contigo, te vuelvo a imaginar en mis manos, conmigo en la cama, o en el sofá, o en el coche…, o como ahora, en una esquina esperando a que el tiempo pase, a que los tiempos mejoren o a que comencemos una nueva aventura. Da igual. Lo importante es no perderte. Saber que estás ahí, que puedo recurrir a ti para que me ayudes a pasar los buenos y malos momentos.

Ojalá pudiera tenerte siempre. En todas tus formas, con todas tus bondades, con todas las consecuencias. Por eso quería hablarte. Porque te lo mereces, porque te necesito, porque para mi eres importante.

No importa que justo hoy no sea tu día. Quería felicitarte. Tu día será mañana. Feliz día del libro.

Gracias por leerme.