«Evaluar el primer trimestre»

¿Qué evalúas cuando evalúas? Aquí mi propuesta,.

Terminó el primer trimestre y es la hora de evaluar. No me refiero a las notas de tu alumnado, que eso sé que ya lo has hecho, sino a ti mismo. Te propongo replantear aquellas propuestas y deseos que habías pensado al comienzo del curso y que yo comentaba en este post.

Para ello puedes utilizar este listado de pequeños consejos, que he ido cogiendo de aquí y de allí, y ver si los cumples. Espero que te sirvan. Ya nos contarás.

Para mejorar la labor docente del día a día tienes que:

  1. Ser realista y crítico contigo mismo y con tu trabajo.

  2. Para que tus propuestas tengan éxito debes prepararlas correctamente. No dejes espacio a la improvisación, aunque sí a la creatividad y a la imaginación.

  3. Ponlas en marcha no hables y hables… Coloca fecha de comienzo, publicítalo y da el paso.

  4. Acepta los consejos y recomendaciones de las personas que te rodean. En ellos incluyo al resto de docentes. Es una lástima que nos cueste tanto aceptar sus opiniones.

  5. No busques excusas después de una mala actuación. Evita culpar de tus malos resultados a tu entorno más próximo.

  6. Aprende de los errores. Utiliza ese conocimiento en tu propio beneficio.

  7. Practica la humildad, valora y reconoce el esfuerzo y actuación de los demás. Las familias, el alumnado, pero sobre todo ten presente que tus compañeros y compañeras de claustro no son tus rivales.

  8. La enseñanza es el equilibrio entre inteligencia intelectual (lo que enseñas sobre tu asignatura) y la inteligencia emocional (la capacidad de manejar, entender y gestionar las emociones).

  9. Sé agradecido. No olvides la importancia y lo mágica que es la palabra gracias. También para usarla con tu alumnado.

  10. Procura aprender en cada clase algo de tu grupo. No olvides que una sesión lectiva es una clase para enseñar, pero también es una magnífica oportunidad para aprender.

Seguro que me faltan muchas más. ¿Podrías compartir alguna de ellas? ¿Qué me propondrías para mejorar? Desde tu experiencia docente o de vida, ¿qué consejo nos darías? ¿Cómo te gustaría que fuera la maestra o maestro de tus hijos?

¡Feliz Navidad!

Gracias por leerme

«Solo amigos, no te confundas»

Hay noches locas y noches locas. No te confundas.

Parece mentira que tras todo el tiempo que había transcurrido, aún le excite tener aquellos recuerdos.

Recordó cuando, por la fuerza del momento y la torpeza de sus temblorosos dedos, le saltó dos de los botones de aquella sensual camisa transparente; rompió el enganche del carísimo y perturbador sujetador que ella se había puesto; le rajó las fabulosas medias de rejilla, haciéndole una carrera que iba desde la cintura hasta la punta del dedo gordo; le estropeó, con sus caricias, los treinta y cinco euros de peluquería y le borró, con sus besos, los otros veinticinco de maquillaje, arruinándole así las tres horas de acicale.

Rió cuando revivió el momento en el que ella rompía la cadena, que llevaba colgada de su muñeca, al tratar de desabrocharle el apretado cinto del pantalón. Volvió a doblarse de dolor, cuando le pareció sentir de nuevo, aquel rodillazo que, sin querer, ella le había propinado en sus partes, al intentar dejarle espacio libre para que se colocara a su lado en el asiento delantero del coche. Un escalofrío recorrió su espalda cuando volvió a sentir el movimiento del coche, calle abajo, al quitarse sin querer, el freno de mano… y ellos gritando, no de pasión.

Si existen las noches locas, sin duda, aquella fue una de ellas. Menos mal que aún somos amigos y no, no te confundas, hace tiempo que no nos pasa nada de esto.

Gracias por leerme.

«Aquella acertada decisión»

Hay veces en que parece que no sabemos si ir o ir. Yo que tú iría. Ya dirás adónde.

¿De qué decisión no te has arrepentido nunca?

Como sé que te gustan mis batallitas, hoy te voy a contar una, pero me gustaría que, a cambio, compartieras una de las tuyas.

El septiembre pasado hizo veinte años que pertenezco al glorioso Cuerpo de maestros —sí ya sabes, esos gladiadores de los que te hablaba en este post—. Saqué mis oposiciones tras trabajar durante un par de cursos en la enseñanza privada. Buenos años aquellos, pese al horario, al poco sueldo, la masificación del aula, la fiscalización constante que hacía el propietario del centro… Muchas cosas aprendí que, sin duda, me ayudaron a aprobar esas oposiciones a maestro.

Lo mejor de todo es cómo tomé la decisión de presentarme a los exámenes, que también explica porqué te traigo hoy está historia.

Recuerdo una cena que se organizó con el profesorado del colegio para celebrar el Día del Maestro —ahora diríamos Día del docente. Aunque hoy no es el día, el de verdad, es el que se usa para su celebración oficial, por eso tienes a tus hijos sin cole, y por eso te traigo a colación esta historia—. Como te decía, la cena se prolongó lo suficiente como para terminar tomando unas copas en un bar de La Laguna —ya cerrado y famoso por las parrandas que allí se montaban—.

Como te podrás imaginar, entre el vino consumido durante la comida, los licores para hacer la digestión y los cubatas que nos bebimos en el citado local, a algunos de los presentes se les aflojó bastante la lengua.

Uno de esos, con lengua de estropajo, resultó ser uno de los jefes. En un momento, de lo que yo pensé que era de «exaltación de la amistad», me cogió por banda y comenzó a darme la murga con lo importante que era el trabajo en equipo, lo contentos que estaban conmigo, la importancia de mantener en el espíritu del centro vivo, y bla, bla, bla. Pero cometí un error de concepto, aquel era otro momento, el que se conoce como la «sinceridad del borracho». El fulano me dejo de piedra cuando, después de tanto halago, me confesó que, pese a todo, me tendría como personal eventual tanto tiempo como le fuera posible. «¡Qué cabrón!» pensé en ese instante. En un periquete se me bajó el lote y el destrozó la noche. Pero aquel comentario, sin él pretenderlo ni yo saberlo, me enseñó mucho, colaborando a tomar una de las mejores decisiones de mi vida.

A la mañana siguiente, una vez pasada la resaca —en aquella época, como estaba entrenado en salidas nocturnas, la cosa no iba más allá de las 11:00 o 12:00 de la mañana—y con aquella sinceridad del borracho ya digerida, me fui a una academia y me matriculé, para empezar la preparación de las oposiciones, ese mismo lunes.

Cuando se convocaron las plazas una de mis compañeras más veteranas, que había sido testigo de aquella conversación con el jefe, cada vez que tenía oportunidad, por lo bajini, me repetía «Preséntate a las oposiciones. No hagas como nosotras, pero no se lo digas a nadie.». Yo la miraba, sonreía y decía: «Deja ver, deja ver, que entre el trabajo, la objeción de conciencia, la casa…». Siempre la dejaba hablar y yo, como un zorro, me callaba.

Cuando a los meses le dije que había aprobado y le di las gracias, su abrazo fue enorme uno de los más sinceros que recuerdo —también, por lo bajito me llamo cabronazo jejeje.

Pues aquí estoy, veinte años después, con aquellos «delitos» ya prescritos y recordando que, gracias a la borrachera de uno y a las palabras de la otra, esa fue una de las mejores decisiones de toda mi vida. Hay otras, pero esas las dejamos para otro ratito.

Ahora te toca a ti. ¿Me cuentas una batalla de las tuyas?

Gracias por leerme.