«Relato de una posesión infernal»

Según parece hay momentos en los que nuestros cuerpos pretenden ser ocupados por…

El trayecto se preveía tranquilo aunque con los sobresaltos típicos de un viaje. Todo cambió de repente.

Una de las usuarias del transporte, justo la que estaba sentada a mi izquierda, comenzó a bostezar. Las primeras bocanadas no llamaron mi atención, pues es normal hacerlo una o dos veces a esas horas de la mañana, pero aquella casmodia era excesiva.

Dejé de escuchar música. Me interesé por su estado. Algo no iba bien.

—Estoy bien. Me pasa a veces. No puedo parar. Lo siento.

Los otros pasajeros se incorporaron al desasosiego creado. Su alegato a nuestra preocupación, acompañado de los constantes ruidos por sus desmayos, fue tan sorprendente como inesperado.

—¿Alguno sabe hacer un rezado? —nos preguntó muy convencida de sus palabras. Los otros nos miramos con cara de asombro. Nos quedamos estupefactos.

Alguna broma sobre la posesión infernal surgió que a ella no le hizo gracia. Seguía con sus bostezos y se agarraba el estómago.

—No sabemos hacer eso, ¿podemos ayudarla de alguna otra manera?

—No, pero les aviso que es muy posible que en algún momento vomite. Ya me ha ocurrido.

El silencio se hizo. No había otro sitio libre en todo el transporte. No pudía cambiarme de asiento. El resto del viaje se hizo absoluto silencio. Todos los presentes la observaban de reojo, a la espera de acontecimientos.

Sabemos que, nada más llegar al destino, vomitó, librándose así de su mal.

Este acontecimiento llamó mi atención y, por lo que he leído, hay síntomas físicos, relacionados con los nueve orificios del cuerpo, que dependen de la presencia o influencia de fantasmas, demonios, diablos, energías negativas… La persona se libra de ese intento de posesión al sentir como si un gas saliera, en forma de tos, bostezos, eructos, estornudos…, según el orificio corporal involucrado.

¿Te has preguntado por qué se responde «Jesús», entre otras, cuando alguien estornuda? ¿Crees en estas posesiones? ¿Sufres o has sufrido alguna vez alguna de ellos? ¿sabes hacer un rezado? ¿Crees en ellos?

Este mundo de lo paranormal, ya tratado en otra ocasión, es, sin duda, una buena fuente de inspiración de relatos.

Gracias por leerme.

«Recordando una vieja historia de una rama de orégano»

Si es del campo tiene un sabor exquisito

Dar clase en una escuela unitaria tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Con el tiempo las cosas positivas pesan más en nuestra memoria y se reviven con alegría los pequeños acontecimientos del día a día.

Hace unos días me tropecé con uno de esos recuerdos. En mi aula estaba Miguel (nombre ficticio). Tenía 14 años y, de manera excepcional, estaba matriculado en sexto curso de Educación Primaria. Cuento esto para que te hagas una composición de cómo era. A esas edad, Miguel debería estar cursando 2.º de la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria), pero tenía un desfase tan grande que, aún sin ser diagnosticado como alumno de Educación Especial, no habría logrado ni leer ni escribir con soltura. Y no es que tuviera un retraso, o fuera, con perdón, más bobo que los demás, es que su entorno no era facilitador de estos aprendizajes.

La primera vez que lo vi supe con lo que iba a lidiar.

Era 1 de septiembre y yo me incorporaba a mi nueva escuela. Aparqué mi coche en la puerta del aula y de entre los brezos de mi derecha, puro monte, oí unos fuertes gruñidos, como los que emiten los osos en el Pirineo. Un jóven, sucio, descuidado, con camiseta raída y con más pelo que el que sería su docente, salió como animal enfurecido para averiguar quién era yo, y qué hacía allí.

—Soy el nuevo maestro —contesté bastante intimidado.

Pos yo soy eh Miguel ¡eh! —dijo dedo índice en alto— ¿Cuándo pega la escuela?

Me costó entender la frase. Él quería saber qué día empezábamos las clases. Tras indicarle desapareció de la misma manera, sin previo aviso, chillando como un poseso, para volver a refugiarse en el monte, como animal en celo.

Lo volví a ver el mismo día de comienzo de clase. Su madre lo traía a empujones por la calle. Llevaba ropa limpia y medio bote de gomina en la cabeza. El olor a Nenuco llegó antes que él. El resto de los niños rieron al verlo.

—Ya verá maestro —dijo una de ellas—, es más bruto que un arado y no sabe nada de nada.

La madre se presentó. El chico cabizbajo y totalmente dócil, no como la primera vez que nos encontramos, me tendió una bolsa plástica de supermercado, que en algún momento tuvo que haber sido de color blanco.

Tome maestro. Pá usté. E oriégano.

Mi cara tuvo que ser bastante clara ya que en seguida el muchacho aclaró.

Lo cojo ar lado de mi casa. ¡E naturá! Se cría solo con lluvia y meado de la perra.

Mi cara seguro que fué un poema. La madre cortó, con un cogotazo al chico, toda opción de réplica, obligándolo a entrar en el aula.

—No le haga caso maestro, ¡Es más bruto que un arado! ¡Este chico no sirve ni pa coger pinocha! Pá mi que es medio bobo…

Miguel terminó el curso con más pena que gloria. Fueron más los días que faltó a clase que los que acudió. Excusas para todos los gustos: recoger las papas, ir de cacería, recoger pinocha, ayudar en una obra… Ni que decir tiene que no tuve posibilidad de enseñarle a leer. No sé qué será de él. Solo espero que, tras este tiempo, siga criando productos ecológicos.

Seguro que tienes una historia parecida. O mejor. ¿Nos la cuentas? Si lo haces yo me animaré y me lanzaré con alguna otra.

Gracias por leerme.

«Por el color de la igualdad»

Un día para recordar que todas las personas somos iguales.

Parece mentira que tras toda una eternidad de existencia de esta humanidad, todavía hoy en día, y quizás este año con más fuerza que nunca, haya que dedicar ríos de tinta, esfuerzos y gritos a luchar por la igualdad de la mujer ante los hombres.

La vida de cada uno de nosotros, sin importar que seamos hombres o mujeres, siempre ha estado guiada y rodeada de mujeres. Aún así, nuestra casposa sociedad, es incapaz de establecer normas y leyes que, por otro lado no deberían ser necesarias, nos igualen como personas.

Nada más nacer necesité del abrazo, del pecho y del calor de mi madre para sobrevivir. Ella, junto a mi abuela, nos criaron a mi, a mi hermano y a mis hermanas. Somos quienes somos gracias a ellas. Eres quien eres gracias a las mujeres de tu vida y probablemente a otras muchas que quizás ni siquiera conoces, o no recuerdes, y que han hecho mucho por ti y por todos nosotros.

Hoy, día en el que las calles se visten de malva, visualizamos esa lucha por la igualdad. Por si no lo recuerdas se rememora el incendio de una fábrica textil en Nueva York, en el que murieron 129 mujeres que, encerradas en su interior, luchaban por sus derechos.

Según dicen esas empleadas estaban trabajando con telas de color violeta y de ahí el asociar este color con el de la lucha feminista.

Otra versión, del porqué de este color como símbolo, dice que se elige al ser el resultado de la mezcla del azul y el rosa, considerándose así como el color de la igualdad.

Ahora que lo pienso es un color que me encanta, sobre todo por lo que puede significar.

Significado de la palabra VIOLETA

Sea como fuere, hoy 8 de marzo celebramos el Día Internacional de la Mujer desde que en 1975 la ONU lo proclamara. Así que aquí les dejo este mi pequeño reconocimiento.

Gracias por leerme.

PD: Como en otras ocasiones te propongo que juegues conmigo y des tu propio significado a cada una de las letras de la palabra «VIOLETA». ¿Te atreves? ¿Qué significa para ti el violeta?

«Tan solo media luz»

Te imaginas que una luz te lleve a una historia para adulos.

Aquella luz encendida era la señal acordada. Sin hacer ruido abrí la cancela y entré. Como esperaba, la puerta de la vivienda también estaba abierta. Ella me esperaba en el umbral.

El abrazo con el que me recibió resultó cautivador, como aquellos que se daban en las películas antiguas. Hacían mucho tiempo que no nos veíamos a solas. La excusa de entregarme aquel papel era perfecta e inofensiva. La puerta se cerró.

Con la emoción del momento las llaves del coche se me cayeron al suelo y cuando me agaché para recogerlas, lo hice sin darme cuenta de que ella también lo hacía. Sin querer nos dimos un cabezazo por el que ambos caímos al suelo. Ella quedó sobre mi, con sus piernas abiertas sobre una de las mías.

Su blusa, medio abierta, mostró uno de sus pechos protegido por un precioso sujetador negro de encajes. Ella se dio cuenta de hacia dónde iba mi mirada. Lejos de apartarse sonrió y sus gruesos labios se abalanzaron sobre mi boca. No pude evitarlo.

Una de mis manos se apoderó de su pecho mientras la otra la asía por la nuca para evitar que se despegara de mi boca. Al mismo tiempo sus caderas empezaron a moverse sobre mi pierna. No costó nada desprendernos de nuestras ropas.

Allí mismo hicimos el amor. Cambiamos de posición constantemente; los dos queríamos dominar la situación y los dos queríamos ser dominados por la ocasión. Ambos jadeábamos desenfrenadamente sin poder decir una sola palabra hasta que alcanzamos el orgasmo casi a la vez. Al terminar, nos quedamos acostados sobre aquella alfombra durante unos minutos más, hasta que, por fin, reunimos las fuerzas necesarias para recuperar nuestras ropas y con ellas nuestras vidas.

Ahora cualquier excusa es buena para vernos a solas, tan solo tengo que esperar la señal, ver aquella luz encendida, para saber que está sola en casa y poder volver a abrazarla.

Gracias por leerme.