«En memoria de Eduard Punset»

«En memoria de Eduard Punset»
El poder de un genio.

Tristemente ayer falleció este gran pensador y comunicador. Me caía bien. Siempre que lo veía en la televisión me llamaba la atención y paraba un rato a escucharlo. Me parecía muy simpática la forma que tenía de hablar, con su acento catalán cerrado y tan característico, que a veces me costaba entender —normal con mis pocas luces—; me hacía mucha gracia verlo con esos pelos de sabio, genialidad que después demostraba nada más abrir la boca. Me parecía una persona locuaz, clara de ideas por complejas que estas fueran. Sin duda un personaje curioso, inteligente con el que podrías estar de acuerdo o no con sus argumentaciones, pero con el que, al menos yo, me hubiera gustado haber compartido una buena botella de vino, para dejarme embriagar de su sabiduría

Tal y como he hecho otras veces, con su permiso —es posible que pueda dármelo. El afirmaba que no estaba demostrado que fuera a morir, ya que las personas somos átomos y los átomos nunca desaparecen—, hoy invento un relato con los títulos de alguna de sus obras, por si te inspira y te animas a leer alguna. 

Con «La Salida de la Crisis», «La España impertinente: Un país entero frente a su mayor reto», esta España mía, esta España nuestra —que cantara Cecilia—, comenzó a «Adaptarse a la marea: la selección natural en los negocios» mirando «Cara a cara con la vida, la mente y el universo»

Por fin, con «El viaje a la felicidad: las nuevas claves científicas» se comienza a pensar que «El alma está en el cerebro: radiografía de la máquina de pensar» temiendo —o al menos eso esperamos unos cuantos— «El cambio climático» ya que muchos, los poderosos, los que pueden solucionarlo, siguen dando «Excusas para no pensar: cómo nos enfrentamos a las incertidumbres de nuestra vida» y así, así, no hay manera. 

Si seguimos dejando la gran pregunta sin resolver «¿Por qué somos como somos?», sino le damos ya respuesta, seguiremos en la disyuntiva de ser una «España: Sociedad Cerrada, Sociedad Abierta», un país que sigue vagando, a la espera del «Manual para sobrevivir en el siglo XXI. Galaxia Gutemberg»

Gracias por leerme. DEP.

PD: Más info sobre este genio, pinchandoen su entrada de Wikipedia o eneste interesante artículo de El País.

«Consejos para la declaración de la renta»

La declaración de la renta, ¡qué gran momento!

La declaración de la renta, junto con la muerte, es de esas cosas de las que los mortales no podemos escapar. Para más inri, hacer la declaración de la renta, siempre está en la lista de tareas que no nos apetece hacer, justo por encima de madrugar un domingo, para limpiar la casa después de una juerga el sábado por la noche y por debajo de atender a los niños que a las tres de la madrugada cuando se despiertan con vómitos y diarreas.

Otro año más la campaña de la declaración de la renta llegó cargada de noticias, chistes e infinidad de consejos y tutoriales que intentan facilitar la labor de todos aquellos que, por suerte, no tenemos que hacerla en Panamá, ni en Andorra, ni en…

Como somos pocos los que tenemos un amigo asesor fiscal que te haga la declaración de la renta como tiene que ser, muchos vamos buscando recibir buenos consejos. Por el momento, lo mejor que he escuchado es aquel que afirma «No hagas caso de los consejos de barbacoa, barra de bar y máquina de café…». En todos esos lugares se oye aquello de «…no hombre, que no pasa nada», «Para qué incluyes eso», «Pero si ni la miran», «Acepta el borrador y ya está»…

Mientras eso ocurre, y como entiendo que cabe la posibilidad de que pretendas ir a que te hagan la declaración de la renta a una asesoría, a la propia hacienda, al banco…, es importante pensar de qué manera tienes que ir vestido. 

Un contable, te recomendaría ir desaliñado, para que piensen que estás en la ruina. Si haces la consulta a tu abogado te dirá lo contrario. Creo que te diría algo así como: «No dejes que te intimiden, usa tu mejor traje y la corbata más elegante que tengas, de esta manera darás buena presencia y darás credibilidad». 

Si me lo preguntas a mi, te recordaría la historia de la recién casada que hablaba con su esposo tras veinte años de matrimonio: 

«Cuando estaba a punto de casarme contigo, le pregunté a mi madre qué ponerme en la noche de bodas. Ella me dijo: 

—Ponte una bata gruesa, de franela, que te llegue hasta los tobillos, eso hará que te respete.

Pero cuando le pregunté a mí mejor amiga, me dio el consejo opuesto:

—Ponte la ropa interior más pequeña, transparente y sensual que tengas, hará que te desee.»

Puede que aún no hayas entendido la moraleja de esta historia, pero si lo piensas detenidamente verás que, en una noche de bodas, como en la declaración de la renta, no importa cómo te vistas o los consejos que te den por ahí, sin duda te van a fundir —por decirlo finamente y no usar otro verbo que empieza con «f»— de igual manera. 

Gracias por leerme.

PD. Yo ya presenté la mía y me salió a devolver (2,47 euros). Estoy que lo flipo.

«UNA RONDA DE CINCUENTA AÑOS»

Foto de mi capa.
La ronda empieza. Todo preparado.

El silencio de la noche queda roto al sonar los tres golpes de pandereta. La música empieza a sonar. La ronda se inicia. Al ritmo de las bandurrias, laudes y guitarras las dos lineas de los jóvenes estudiantes, se mecen a su son. 

Despierta, niña, despierta,

despierta si estás dormida

y escucha las dulces notas,

que pasa la estudiantina. (…)

Frente a ellos, las luces de las ventanas del edificio están todas apagadas. Poco a poco se encienden. Todas menos las de tercero B.

El vecindario empieza a tomar vida, pese a lo avanzada de la noche. A nadie parece molestarle. Al terminar suenan vítores y aplausos. De todos lados menos de las chicas del tercero B. Sus luces siguen apagadas. Menos mal que una buena señora descuelga, en la cesta que usa para izar el pan, un par de botellas de vino para ayudarnos a afinar las gargantas. Vítores y piropos para ella.

Ya la ronda llega aquí, firulirulí. 

A cantarte amores va, firulirulá. 

Sal a tu ventana, que mi canto es para tí

sal napolitana, firulí, firulí, firulí, firulírulá. (…)

El novato, siempre atento y servicial —más le vale—, nada más empezar el segundo tema, corre a tocar el portero. No despegará su dedo, por orden y gracia de su padrino, hasta que las chicas del tercero B, despierten y se asomen al balcón.

Parece que lo ha logrado. Las luces del piso se encienden. La tuna sonriente avanza un par de pasos. El que organiza —de cuyo nombre mejor no acordarme— hincha su pecho. Quiere seducir a una de las tres chicas que viven en aquel piso de estudiantes. Las cortinas parecen moverse. El balcón se abre. Todos cantan afinados, sonrientes, con la cabeza alta, esperando verlas aparecer. ¿Son tan guapas como dice? El público los anima y mira con envidia hacia el lugar al que está dedicada la ronda.

Una rociada de agua cae sobre sus cabezas y, tras ella, un gran alarido rompe el encanto.

Un hombre alto, gordo y con un profuso bigote los insulta. Ahora el publico ríe y ellos corren despavoridos calle abajo antes de que el susodicha cumpla su promesa de llamar a la policía municipal. Al día siguiente nos enteramos que el padre había venido de visita. Es lo que tiene dar una sorpresa. Da igual, la intención, el victimismo y un poco de desfachatez del que hacen gala los tunos —todo publicidad— entran en juego y la seducción se produce.

(…) Pero quiero volver a vivir aquellos tiempos 

Imágenes de ayer que están en mi pensamiento 

Y quiero revivir aquellas noches de luna 

Que cantando con la tuna me sentía yo feliz (…)  

Así suena el estribillo de aquella canción que siempre me ha puesto los pelos de punta. Quizás a ti, que hoy pasas por esta esquina, te sorprenda verla decorada con las cintas y los escudos de mi capa. Puede que te parezca extraño, pero es que hoy empiezan los fastos de la celebración del CINCUENTA ANIVERSARIO de la fundación de mi muy querida TUNA DE MEDICINA, de los cuales soy testigo de la mitad de ellos.

Durante todo este tiempo, muchas son las anécdotas, muchas las historias. Algunas ya narrada en otra ocasión —«Parranderos de parranda» o «¡¿QUIÉN DOMINA?!»— o simpáticas, como la que antecede y algunas pocas inconfesables, que siempre nos quedaran en el recuerdo.

Puedo asegurarte que, después de todo este tiempo, lo mejor de todo es saber que esta feliz etapa de mi vida sigue ahí, esperando. La hermandad es para siempre y las experiencias vividas y el compañerismo existente también es para siempre. Prueba de ello estos cincuenta años y los que vienen. 

VI Certamen de Tunas Ciudad de Santa Cruz - 50 Aniversario Tuna de Medicina
Cartel oficial del VI Certamen de Tunas Ciudad de Santa Cruz – 50 Aniversario Tuna de Medicina

¡AUPA TUNA!

Gracias por leerme.

«La niña guerrera del prado verde»

El prado verde puede que oculte algo no tan agradable.

El prado verde que la rodeaba era inmenso. Cerró los ojos y se imaginó al otro lado de aquel imponente horizonte. El traqueteo comenzó. Ella permanecía acostada, tal y como le habían ordenado. Así que decidió seguir soñando.

Imaginaba encontrarse libre de aquella pertinaz situación, que parecía repetirse. Los hombres que ahora la llevaban, también vestidos de verde y con sus caras tapadas, ya habían lacerado su cuerpo en otra ocasión. Al parecer sin mucho éxito. Tal y como le habían dicho, esperaban que esta fuera la última vez. Para bien o para mal. Solo quería que el dolor y el sufrimiento terminara para siempre.

El transporte paró. Las drogas que utilizaron para inmovilizar su cuerpo ya hacían efecto y apenas podía despegar los párpados. Una potente luz le cegó los ojos. Fue lo último que vio. En su mente siguió vagando por el prado verde que se había imaginado en busca de aquel santo grial que la librara del sufrimiento. Nada era lo que parecía. ¿Cómo había llegado hasta allí?

En lo alto de una de las lomas aparecieron varios jinetes vestidos de negro. Desde la lejanía la increpaban y amenazan con sus armas. Querían matarla. Ella corrió en dirección opuesta.

El martilleo en su cabeza era constante. El galope de los potentes caballos de guerra parecía cada vez más cercano. Sonaban fuertes, potentes, rítmicos, como los tambores que marcan la boga  de los remeros en las galeras. La tierra se estremecía cada vez que una de aquellas pezuñas machacaba el suelo. Eran los esbirros de la misma muerte.

La niña guerrera continuó su huida hacia delante. El bosque estaba cercano y sabía que si lo alcanzaba tendría una oportunidad de salvar su vida. Eso era lo que le había dicho Beatriz. Esa era la esperanza a la que estaba aferrada, la que empujaba sus piernas para seguir corriendo.

Apenas quedaban cincuenta pasos para llegar a la masa forestal. A su espalda sentía que las cabalgaduras estaban a punto de alcanzarla. Trastabilló. En ese instante, una cortina de haces de colores recorrieron el cielo hasta alcanzar la posición de los cuatro jinetes. Estos pararon en seco. La niña, rápida como era, se levantó de un salto y continuó su carrera. En el borde de la espesura le pareció volver a escuchar que Beatriz la llamaba por su nombre. Volvió a caer, esta vez sintió un fuerte dolor en la cabeza.

Le costó despertar. Un breve murmullo, como el de olas del mar en calma que rompen suaves contra la arena, empezó a acariciar sus oídos. No lograba diferenciar las palabras, aunque en su fuero interno reconocía la lengua en la que se decían. La llamaban por su nombre. Diferenció la voz de su madre y la de su salvadora.

—La operación ha sido un éxito —dijo la doctora Beatriz—. Hemos extirpado todo el tumor de su cabeza. En unos días volverá a ser la misma niña guerrera de siempre. Ya la trasladan a su habitación y empezaremos a dejar atrás este verde quirófano, para siempre.

La niña, por dentro, sonrió. Pronto lo haría por fuera.

NOTA ACLARATORIA: Este relato participa en el concurso «Cuentos de aventuras» organizado por Zenda e Iberdrola (mas info aquí), por lo que difundirlo en las redes sociales (Facebook o Twitter) mediante el hashtag #ZendaAventuras igual ayuda a darlo a conocer.

Gracias por leerme.