«Breve tratado: Hoy me quedo en chandal»

«Breve tratado: Hoy me quedo en chandal»
El chandal da mucho juego

Lo bueno que tiene esta esquina por la que ahora andas es que, al ser virtual, siempre te puedes dar un paseo para  cotillear y compartir estos pequeños momentos. 

¿Cómo llevas el encierro? Yo, en general muy bien. Aún no me estoy subiendo por las paredes ni tengo ganas locas y desenfrenadas de salir y, como además de teletrabajando, siempre estoy haciendo cosas, que me mantienen ocupado y entretenido, parece que el tiempo pasa más o menos rápido. Esto también puede ser debido a la comodidad con la que me siento. Nunca he pasado tanto tiempo en chandal como en estos estos días. 

Espero no equivocarme si digo que creo que a ti te pasa lo mismo, salvo que seas profe de Educación física. Estos juegan en otra liga, y lo extraño es verlos «vestidos de persona».

Esta prenda, en principio deportiva, tiene una historia curiosa. En este enlace te la dejo, por si te entra curiosidad. Pero un chandal, uno de esos de estar en casa, no es un chandal cualquiera. Mejor dicho, lo que vale es cualquiera, evidentemente con excepciones.

A priori puedo distinguir los siguientes tipos:

  1. Chandal desparejado. Este es el más típico para estar en casa. Da igual el color del pantalón y de su chaqueta. Puede ser de distinto tipo, marca, modelo o forma. Estar desteñido, agujereado, descosido, roto…, todo eso da igual. La única condición, que se cumple en todos los casos, es: el elástico no puede apretar.
  2. Chandal sudadera y pantalón. Aunque también suelen no corresponder, puesto que ambas piezas se compran por separado y de manera independiente, quien lo usa en casa lo hace combinando los colores y, por supuesto, cien por cien algodón, ya que la premisa sigue siendo la comodidad. Es común que la sudadera se cambie por un polar. Con este modelo, `se puede recibir´.
  3. Chandal de marca. De todo hay en la viña del Señor y para estar con comodidad en casa hay quien no lo concibe si no es con un chandal de marca y, por supuesto, bien emparejado. No se puede perder el glamour ni en casa. ¿y si viene alguien? ¿y si te ve el vecindario?…,`¡vamos ni loco!´.
  4. Chandal «me la trae del todo floja». Este modelo es muy difícil de definir. Se parece mucho al primer caso pero, en esta ocasión, el abandono supera la comodidad. El pantalón suele ser de una o dos tallas más, por aquello de que la cruz no apriete los correspondientes `arcos del triunfo´. La chaqueta no solo es de otra marca, año y modelo, incluso suele ser de otra persona u otra época ya pasada. Su uso se defiende bajo la frase `es que con el puesto estoy tan…´.
  5. Chandal tatuado. Este modelo ya no tiene parangón con ningún otro modelo. Es el mismo chandal que te regalaron cuando cumpliste los catorce años y todavía te sirve. Es el que usas desde entonces, el que lo miras poniéndole ojitos y dices `Pues me queda genial´ y `aún no está viejo´. Ya es parte de ti. Lo llevas pegado a tu piel.

Como hago en ocasiones ahora es tu turno de compartir tus pensamientos. ¿Qué chandal usas en casa? Dinos la verdad, desde que empezó esta cuarentena ¿te lo has cambiado alguna vez? ¿Con qué modelo te identificas más? ¿Qué otro modelo propondrías?

Gracias por leerme.

«Con la esperanza de recordarte»

«Con la esperanza de recordarte»
Historia escrita

Aquellas hojas, que ahora volaban hacía un lugar desconocido, eran el fiel reflejo de toda su vida.  Contaban su historia.

Llevaba tiempo acariciándolas, alimentándolas palabra a palabra, mimándolas frase a frase, construyéndolas una a una. Eran su proyecto final. Una pomposa despedida que, sin duda, darían mucho que hablar, pues serían el recuerdo perpetuo de un trabajo bien hecho.

Había pasado muchas horas en vela componiendo cada párrafo, cada recuerdo, antes de que estos se desvanecieran por culpa de la enfermedad que hacía tiempo le rondaba. O por los efectos secundarios de los potentes fármacos que tomaba.

Quería terminar aquel último libro con la narración de un gran amor, una historia inacabada. Pero la poderosa niebla de la enfermedad ya bloqueaba su conciencia. 

Sus hijos siempre le habían recomendado abandonar el páramo, volver a la civilización, donde seguro encontraría el apoyo y la ayuda de los seres queridos.

Él, ermitaño convencido, se había negado. Necesitaba pasar a solas, escribiendo sus memorias, aquella historia en concreto, y cuidando del huerto, aquellos últimos meses que le habían dado antes de… 

Trastabilló de la manera más tonta. Había olvidado atarse los zapatos, aquella nubes grises que se formaban en su mente, le hacían olvidar muchas cosas.

Los folios impresos con toda la historia escrita, volaron por los aires.

El golpe contra la piedra fue sonoro. Se mantuvo un rato consciente en el suelo, impávido, viendo volar las páginas, imaginándolas libres.

Antes de cerrar los ojos para siempre, recordó su aroma, el suave tacto de su piel, la delicadeza de su voz,  su preciosa sonrisa, sus hermosos ojos…, lo que sentía por ella.

Esperanza, esa era la palabra que faltaba para concluir la historia y que ya no encontraría. El nombre selló sus ojos para siempre.

Gracias por leerme. 

«En boca cerrada…»

«En boca cerrada...»
Contar una historia puede no ser fácil.

Jose lanzó un guante. Lo hizo en forma de esquema, dibujado en una pizarra, disparado en un mensaje de Twiter, para ver si alguna de las habladoras pillaban el concepto.

El tumulto se hacía cada vez mayor. Las presentes hablaban y hablaban. Emitían juicios, manifestaban opiniones —estaban en su derecho, decían—, adelantaban acontecimientos. Conocían lo que había pasado porque alguien les había contado alguna pequeña parte de la historia, pero no porque lo hubieran vivido en primera persona o porque fueran expertas en alguno de los temas que ahora estaban de moda.

Entre todas hilvanaban una historia compuesta de creencias personales, ideas sacadas de contexto, habladurías y razonamientos espurios y poco fiables.

Jose las dejó continuar. Les dejaba con su verborréico discurso. De vez en cuando, cuando encontraba un pequeño espacio entre palabra y palabra, les lanzaba un órdago en forma de pregunta, que las pillaba descuidadas y hacía tambalear las bases de la historia que se estaban inventando. Pero ahí seguían. Bla, bla, bla. Argumentando. Bla, bla, bla. Con sus bocazas abiertas emitiendo sus juicios de valor.

Al rato Jose, les contó alguna verdad, vivida en primera persona y que, las de boca la abierta cargada de mentiras, desconocían, pues solo hablaban de oídas. La historia que se inventaban volvía a sacudirse. 

Eso no era bastante para detenerlas. Daban un nuevo giro, un nuevo quiebro, una nueva mentira o verdad inventada, porque se las había contado «nosequiencita» y volvían a levantar su castillo de naipes.

En realidad a ellas no les importaba la historia, no les interesaba, solo querían escuchar su bla, bla, bla. 

Jose volvió a su pizarra, a su esquema y les dibujó el camino. Así que mejor, si no saben de lo que están hablando, ¡cierren la boca!

Gracias por leerme.