«Al son de la música»

«Al son de la música»
En muchas ocasiones siempre hay una música que marca nuestra banda sonora.

Puntual, como suelo ser, estoy con la radio del coche encendida a la espera de que bajes. He decidido tomarme un par de minutos, para intentar de que no notes las ganas que tengo de verte, antes de hacer la llamada perdida, que habíamos convenido, para que supieras que ya estoy esperando y así bajes a mi encuentro. Después de tanto tiempo, ¡por fin!, hemos quedado para cenar.

Parado en la salida del garaje de tu edificio tengo la mirada ausente a la vez que canturreo la canción que suena en la radio. 

Al ver que ya pasan un par de minutos de la hora acordada, marco tu número —no me cuesta hacerlo, lo tengo en favoritos— y cuelgo. Ahora toca esperar. La música calma mis nervios. 

Suena aquella vieja canción de los Estopa que tan buenos recuerdos me trae. Imágenes de verano, de fiesta, de chicos y chicas disfrutando de la vida con algarabía y displicencia, como si no hubiera un mañana. Ya estamos maduros pero los recuerdos están ahí y hoy, aquella forma de ver la vida, sigue latiendo dentro de mi.

Veo que la luz de tu portal se enciende. Ya estás a punto de llegar. Me bajo del coche. ¡Tengo ganas de verte! ¿Ya lo he dicho?

Me apoyo en el coche y espero hasta que la puerta del edificio se abre. Lo primero que asoma es una pierna, pero lo hace en el preciso instante en el que suena el estribillo «Por la raja de tu falda…», como si fuera tu banda sonora. «¡Ay, mi madre!», no puedo pensar otra cosa. Mi imaginación vuela y…, se estrella. 

La que hace su aparición es la señora del cuarto, en bata, que me hace una carantoña al fijarse en cómo recojo la baba que se me había caído, al ver semejante muslamen. 

Tú vienes detrás, radiante, como siempre, con esas botas que tanto me gustan y con cara de «¿Qué te pasó?». «Entra en el coche, no tardes, que te vas a descojonar, en cuanto te lo cuente». ¡Fuerte imaginación más calenturienta la mía!

Gracias por leerme. 

«Lo que la conciencia esconde»

«Lo que la conciencia esconde»
Hay sofás que son como las conciencias de sus dueños.

Walter es un tipo que no ha tenido mucha suerte en su vida. Puede presumir de eso y de tener la sana costumbre de intentar ayudar siempre a los demás. No importa lo que ello suponga.

Hay días —quizás sean la mayoría— que se sienta en su nuevo sofá, botellín de cerveza en mano y camisa desabrochada, para permitir que su panza se dilate, a esperar que la vida pase. Cuando bebe más de tres cervezas seguidas —también la mayoría de las veces—, suele protestar por los trenes que ha dejado pasar y que le hubiera gustado coger. Ya no hay vuelta atrás. Su conciencia siempre ha mandado.

Su sofá nuevo es como esa vida que ahora disfruta. Lo compró barato, de segunda mano, por su atractiva apariencia, pero empieza a notar lo incómodo que es. Sobre todo el lado en el que ya lleva rato sentado. Intenta ahuecar es cojín. Hay algo en él que le resulta extraño.

No tiene nada mejor que hacer así que, aprovechando que tiene las pequeñas tijeras cortaúñas sobre la mesita de centro, se afana en ir descosiendo el hilo. No le cuesta mucho trabajo. Aquel sofá debe tener más de treinta años y tanto la tela como las puntadas que las unen están bastante pasadas.

No cabe en sí. 

De dentro del incómodo cojín hacen su aparición un sinfín de billetes. La risa nerviosa hace que se atragante con el último buche de cerveza que le dio al botellín. No puede creer lo que esta viendo. Dando saltos de alegría tropieza con la caja de pizza que esta tirada en el suelo, pisa la pequeña punta curva de la tijera, que con la emoción había dejado caer al suelo, y trastrabilla con tan mala suerte que se golpea la sien con la esquina de la mesa. Queda inconsciente.

Se despierta a media tarde. Lo único que recuerda es la voz de su conciencia. Así no puede vivir tranquilo. Mientras contempla el dinero, abre otra cerveza, aprovechando que se la pone en la frente para que el frío baje la hinchazón. Una pena. Sabe que si se lo queda no dormirá tranquilo. Llama a la tienda.

Gracias por leerme.

PD. Este cuento está basado en una historia real que un día escuché en la radio. Como otras llamó mi atención y la anoté en la lista de historias estrambóticas, a la espera de ser escrita. Hoy ha salido esto, quizás mañana escribiría otra cosa. Si quieres más información, si quieres conocer el final de la verdadera historia, puedes consultarla aquí.

«Los acordes de la vieja guitarra»

«Los acordes de la vieja guitarra»
Hoy tocó sacarte de la funda.

Aunque la ventana estaba cerrada, desde el piso de arriba llegaba el soniquete de aquella guitarra. Una tarde mas, el nuevo vecino, con el que yo todavía no había coincidido, templaba las cuerdas de su instrumento y de su garganta, ofreciendo un recital gratuito, que se colaba por el patio interior del edificio, en cada una de las viviendas. 

Sabía que mi vecina de planta aquello le rechinaba. Solía coincidir con su programa de cuchicheo, que según ella, era más instructivo que escuchar aquella vieja y cascada voz. A mi, en cambio, me encantaba. Yo disfrutaba del sentimiento que transmitía y me dejaba embaucar en sus melodías.

Solía cantar tangos, bachatas, cumbias, algún ballenato y boleros, muchos boleros. Sus ritmos me transportaban a otra época, a otros momentos de mi juventud en los que aquella música eran parte de mi día a día. 

Hoy la guitarra sonaba a lamento. Era verdad aquello que dicen de que la música es el reflejo del alma y, por lo que se oía, la de él, en un día como hoy, se mostraba atormentada. 

Disfruté un rato del dolor amargo de las letras de las canciones: «Bésame mucho», «Lo dudo», «Espérame en el cielo», «Tu me acostumbraste», «Noche de ronda», «Dónde estás corazón»… La lista era maravillosa. También me sabía todas aquellas canciones. Tocaba y cantaba una tras otro, sin apenas respiro entre ellas. 

En ese momento sonó: «Si tu me dices ven» ¡Era el momento!

Decidida subí los dos pisos que nos separaban. En la escalera apenas se escuchaba, pero la sensación era que aquellas letras eran una especie de llamada. 

Con mucha cautela, apoyé mi oido sobre la puerta a la espera de que sonará el último de los acordes. Entonces toqué. Él no tardó en abrir.

—Buenas tardes, yo soy…

—¡Pasa! —dijo apartando su cuerpo y dejando el camino libre—, ¿no te acuerdas de mi?, te estaba llamando.

Gracias por leerme.

«Brindis al cielo»

«Brindis al cielo»
A través de tus ojos, un brindis al cielo.

Antes de cenar le gustaba sentarse en la terraza. 

Repochada en el sillón de mimbre blanco, con las piernas estiradas y colocadas sobre la pequeña mesa de cristal a juego, disfrutaba de esos minutos que le había ganado al tiempo. Además de respirar profundamente, para encontrar un momento de tranquilidad en su ajetreada vida, le gustaba jugar con los efectos ópticos que hacía el vino al hacerlo danzar en el interior de su copa. Habían días que la usaba de prismáticos, algunos como caleidoscopio, intentando cambiar el grosor, tamaño y forma de los problemas del día. Otras veces usaba aquella copa, cargada de ese vino canario afrutado que tanto le gustaba, como un pozo sin fondo en el que intentar ahogar unas penas que sabían nadar.

El ruido del interior de la vivienda hizo que, por un momento, se distrajera de su paz. Con calma, cerró la puerta corredera quedándose fuera. El aire fresco de la noche en la cara y el gusto delicioso de los aromas de flores y frutales, enjuagados en su paladar tras un potente sorbo a aquel néctar, hizo que su corazón volara más allá de ese instante. Se descubrió sonriendo, sintiendo aquellas otras manos, ahora lejanas, jugando entre sus dedos, su cuello, sus labios, sus brazos o sus muslos.

Era feliz, no lo dudaba, pero le faltaba volver a sentir la emoción que él le suministraba. Miro al interior. Su familia se mantenía tranquila. 

Cogió el teléfono móvil y presa del deseo se dejó llevar. Mandó un mensaje pidiendo un cita. En aquel instante un rayo de luna pareció descubrir sus intenciones y le indicó un suave guiño. Como si el embrujo fuera así sellado, la respuesta no tardó en llegar. Su preciosa sonrisa recobró tensión y, brindando al cielo, se felicitó por mantener su corazón activo. Apuró la copa. Remojó sus labios y saboreó los del otro en ellos. Pronto lo haría en persona.

Con otro ánimo entró en casa y con la ilusión de volver a verlo, sirvió la cena.

Gracias por leerme.