«Aquellos ojos verdes»

«Aquellos ojos verdes»
Quizás coja el cielo ese color por tus ojos.

El día se levantó gris, por lo menos en mi cabeza. Desconocía el motivo, pues nada más abrir las cortinas las primeras luces indicaban de que el sol iba a brillar con fuerza. Un par de horas después todo se descolocó, y el motivo de la turbulencia cogió forma.

Hay días así. Todos pasamos jornadas que deseamos que acaben pronto. Y lo normal es que lo hagan. En mi caso, en este caso, así llevamos varios días. Gris sobre gris.

En ocasiones como estas, para despejarme e intentar aclarar mis ideas, salgo a caminar, voy a nadar, cojo un libro, toco la guitarra. Por desgracia estos días no he podido hacer nada de eso, pero hoy quiero escribir y quiero cantar. ¡Vaya!, me viene a la cabeza un famoso bolero de Los Panchos: Aquellos ojos verdes, de mirada serena, dejaron en mi alma…

Es así. Hay miradas que llegan antes que la persona que las ordena. Hay ojos, en este caso verdes, que alumbran el camino, como un semáforo que permite el paso, y que, cuando te miran, transmiten la felicidad, las ganas de vivir, el entusiasmo por una profesión, el deseo de ayudar, la necesidad de compartir…, la razón de su ser.

Los tuyos daban los buenos días cada mañana. Tu sonrisa los acompañaba y se adelantaba a la lista de preguntas que cada día traías todas anotadas. Tus ganas por seguir, por aprender, por entregar lo mejor de ti, por enseñar, eran señal inequívoca de que no nos habíamos equivocado contigo. 

Hoy escribo estas letras a la vez que canto ese bolero. Te lo dedico, hoy y a partir de ahora, cada vez que lo escuche o lo toque en mi guitarra me vendrás al recuerdo. Sonríe cuando lo oigas, pero eso sí, tenemos que hacer un trato: allí donde estés tendrás que esperarnos. Algún día serás tú la que nos abras la puerta, la que nos acojas con un abrazo, con un juego, con el baile de Jeruzalema, con tus retos tontos con los que tanto nos reíamos, con tus sueños de ser feliz, con tu ukelele y tu timple, con tus perros o montada a caballo… Con todo lo que has aprendido seguro que nos sorprenderás. 

Ahora que ya no estas aquí, a nosotros nos toca mirar a lo alto, buscar en el infinito el reflejo de tus ojos verdes, esos de los que habla el bolero. Ese que ahora te canto.

Adiós maestra. ¡Hasta siempre mi niña! Un beso al cielo.

Gracias por leerme.