«Hablarle al mar»

«Hablarle al mar»

Despedirse no es fácil si lo compartido fue sincero y duró en el tiempo. Así al menos me lo contó Pepe –nombre escogido al azar– el día que lo vi sentado sobre las rocas del rompeolas.

–¿Qué haces? –le consulté nada más reconocerlo de espaldas.

–Esperar el momento –contestó él sin apenas mimarme. Extrañado me senté a su lado. 

Durante mucho tiempo nada hablamos. Parecía que el mar nos tenía embelesados en su suave batir. Al rato él rompió el silencio.

–Me apena no haberla besado más –afirmó mientras giraba su cara para mirarme–. Quizás debí hacerle más caso, o hablarle más, o susurrarle más, o… –entonces me di cuenta de que aquel hombre, pese a sus años de entereza y trabajo duro, lloraba.

No supe qué decirle. No dije ni una sola palabra. Mientras los dos seguíamos mirando las olas, mi mano se posó sobre su hombro para intentar apoyarlo. Allí se quedó un buen rato. 

Cuando noté que sus lágrimas dejaban de fluir, que su aliento recuperaba la normalidad, me atreví a preguntar. 

–¿Por qué estás así? ¿Qué te ha pasado para encontrarte de esta manera?

Él suspiró. Tomó aire y dijo:

–El año acaba de terminar y lamento tantas cosas que pude haber hecho y no hice. Sobre todo en lo que se refiere a mi relación con ella.

–Pero aún estás a tiempo. La vida sigue y…

–Lo hemos dejado –dijo tajante mientras se ponía en pie.

Me sorprendió su respuesta. Tanto que no dije nada. También me levanté. Me quedé allí parado, a su lado. Los dos mirábamos el mar. Su poder. Sin decir nada y cumpliendo el extraño ritual del día primero del año nos metimos en el mar. Ya solucionaremos el problema en otro momento. FELIZ AÑO NUEVO.

Gracias por leerme.

«La sonrisa de Papá Noel»

El frío es considerable. Fuera de la casa hay una fuerte ventisca que los meteorólogos, como es habitual, no supieron predecir. Según habían comentado en el telediario “la confabulación de una serie de circunstancias particulares y poco comunes han producido esta situación de baja presiones y, por lo tanto…”, aquella tremenda tormenta de nieve y viento.

Todo estaba preparado. El trineo de Papá Noél estaba cargado hasta los topes, los renos peinados y engarzados en sus posiciones. Rudolf, como guía de todos ellos, se mostraba impaciente, pues sabía que un retraso de aquella magnitud podría provocar una catástrofe a nivel mundial.

En el puesto de mando los elfos encargados de autorizar el despegue suspiraban y daban pequeños golpecitos a las pantallas y radares de la base, a la espera de descubrir, o incluso provocar con su toque mágico, una pequeña ventana de buen tiempo, que permitiera la salida y el comienzo del gran reparto de regalos de Papá Noel. Por el momento, esa situación no se daba. La preocupación era inmensa.

En la gran cabaña, el ambiente era otro. El viejo barbudo, conocedor de la inclemencia del tiempo y de las pocas posibilidades que tenía de volar, se arrimó a mamá Noel y buscó su calor. Parecía mentira cómo, aún con los años que habían pasado juntos, era capaz de seducir y realizar aquellas singulares posturas. 

Tras el escarceo amoroso, Papá Noel, comenzó a silbar y su adorable esposa comprendió que había llegado el momento. Solo tenía un minuto para el despegue, así que no le importó hacer el viaje con los pantalones como los llevaba, del revés, pese al gran cachondeo y vítores que les profirieron todos los elfos tras el gran beso, con lengua, que se dieron como despedida en el portal de su casa. La gran sonrisa posorgasmo era la señal.¡Despegaban! La magia daba comienzo.

Gracias por leerme. ¡FELIZ NAVIDAD! 

#cuentosdeNavidad

«Una aparición inesperada»

«Una aparición inesperada»

Al parecer él no lo vio venir. Iba vestido con su traje de corbata de color oscuro y su sombrero Fedora, negro y de ala mediana, para más indicaciones. Cruzó la calle sin darse cuenta del coche que, a velocidad ordinaria, subía en dirección a la carretera general, hasta casi colisionar con él. Por suerte no lo hizo. El hombre miró al coche, no hizo ni un gesto de desaprobación o de enfado, tampoco infirió ningún exabrupto o gesto hiriente. Nada, como si no le hubiera importado, solo fijó la mirada en la acompañante del conductor.

Las luces de la noche apenas alumbran la calle. La escasez de estas hace que las sombras superen con creces los momentos de claridad. Conducir así no es fácil.

Tras el grito que dio la acompañante el conductor no tuvo más remedio que frenar. Lo hizo en seco, a lo bruto, en un acto reflejo, sobresaltado por el chillido de su pareja.

No venía nadie detrás, ¡menos mal!, eso facilitó la inoportuna maniobra, que realizó bruscamente tras el susto recibido.

–¡¡Pero…, se puede saber por qué coño…!! –gritó altamente sorprendido.

–¿No lo has visto? –contestó ella con voz temblorosa.

–¿El qué?

–¡A mi padre!

–Pero, ¡qué coño dices!, ¡es que te has vuelto loca!…

El conductor, tras recuperar el aliento y asegurarse de que no venía ningún vehículo, se cayó. Volvió a encender el coche y arrancó, intentando recuperar la calma y la velocidad.

Ella miró hacia atrás. La carretera continuaba a oscuras, con apenas el reflejo de una farola que ahora se alejaba. Estaba segura de lo que había visto. Sus manos seguían temblando. Su estómago se había encogido. Estaba segura que aquel hombre que cruzaba la carretera y la había mirado era su padre. Solo que allí no había nadie y el hombre que suponía haber visto ya hacía más de cuarenta y cinco años que había fallecido.

Gracias por leerme.

«¿Arrepentido de verdad, o solo a medias?»

En noches como la de hoy, si es que se le puede considerar así, no es fácil mirar por la ventana.

Ellos están ahí dentro, hablando, riendo, calentando la cena…, mientras yo me quedo fuera de sus mundos, observando, gracias a los grandes ventanales que ella quiso colocar en la casa.

Comienza el frío. Mis huesos empiezan a notarlo, imagino que por la edad, o porque en realidad no son horas de estar aquí fuera recibiendo todo el sereno de la noche.

Llevo rato parado, mirándolos sin ser visto, oculto tras el árbol del jardín. La falta de luz oculta mi cuerpo –por lo que veo una de las lámparas que ilumina esta zona está fundida. Me dan ganas de intentar arreglarla, pero esa labor no me corresponde, además no sé hacerlo–,  y la ignominia a la que parece que estoy destinado, ayuda a mi invisibilidad. 

Tengo que superar este momento. No puedo seguir así –sobre todo porque tengo que miccionar. Ya sabes, tanto frío…

Tras un pequeño momento de meditación personal, en el que, además de vaciar la vejiga, me relajo al rozar mi cuerpo contra la corteza del árbol, entiendo que no voy a llegar a ningún sitio y algo tengo que hacer para que me perdonen y así poder volver al calorcito interior de la casa. 

Una vez separada el agua del aceite puedo comprender que su enfado tiene razón de ser. Que lo hice mal y que, en verdad, mi comportamiento no fue del todo apropiado.

Como buen animal de compañía bajo las orejas, meto la cola entre las piernas y me acerco a la puerta de corredera de la cocina. 
Basta un pequeño ladrido para que entiendan que tengo frío, que estoy pidiendo perdón. Me dejan entrar, además me acarician las orejas. Mi cola se mueve ágilmente de lado a lado sin poder pararla. Recibo alguna palabra amable.

Parece que no se han enfadado mucho por haber destrozado esa zapatilla. ¡Qué suerte tengo! Desde aquí ya puedo ver la otra. Quizás más tarde…

Gracias por leerme. 

ENTREVISTA EN EL PODCAST: «NADA COMO UN LIBRO»

«Nada como un libro» es un podcast impulsado por la Biblioteca de Canarias sobre los libros y el océano que los rodea, presentado por Juan Carlos Saavedra y Daniel Martín.

En la sección «Tienes un minuto», dirigida especialmente a docentes y educadores, me han entrevistado. Durante un ratito hemos hablado de mis novelas y del proceso de creación. ¿Sabes en qué minuto? Espero que les guste.

Gracias por leerme.

«In memoriam. Almudena Grandes»

Sin duda una de las más grandes.

Siempre pensé que en esto del amor la cronología no importa. Me equivoqué. Esa mujer que ahora miro se muestra variable, como si dentro de ella «Las edades de Lulú (1989)» tomarán distinta forma según el momento. Permíteme que te lo muestre.

Como te cuento esta historia, he decidido que «Te llamaré Viernes (1991)», que eso de “lector” se me queda grande, pues ya sabes que «Malena es un nombre de tango (1994)» y ese conocimiento te da cierta categoría. 

Todo comenzó cuando ella, conocedora como ninguna del «Atlas de geografía humana (1998)», anduvo por los «Los aires difíciles (2002)» de aquella región lejana, alojada en diferentes «Castillos de cartón (2004)», que le dejarían «El corazón helado (2007)». Sufrió mucho hasta que hizo amistad con «Inés y la alegría (2010)», quien le presentó a aquel viejo hombre, conocido por el sobrenombre de «El lector de Julio Verne (2012)»

Con él tropezó varias veces, dándose la casualidad que siempre fue en «Las tres bodas de Manolita (2014)». En todas las ocasiones el encuentro terminaba con «Los besos en el pan (2015)». Esas circunstancias hicieron que su personalidad, tal y como te conté al principio, fuera tan variable. 

Hoy en día es una de «Los pacientes del doctor García (2017)». Ahí la conocí y ahí me sedujo. Lástima que no me diera cuenta antes de que, la susodicha, era «La madre de Frankenstein (2020)». El amor, a estas edades, juega a esas cosas. 

Gracias por leerme.

PD. Tal y como hice cuando falleció Delibes, o Eduardo Punset, o Juan Goytisolo, o Carlos Ruiz Zafón, hoy he jugado con los títulos de las obras de Almudena Grandes, con la que tantas horas pasé leyendo. Ahora te toca a ti leer su obra. Espero que la disfrutes como yo lo he hecho. DEP.