«La historia de los jueves»

—¿Sushi? ¿Vino?

«La historia de los jueves»

Aunque no me creas todas las noches de los jueves tienen el mismo comienzo. La palabra clave es la comida japonesa. Aunque más bien es solo una excusa. Con ella se abre la opción de mantener una noche de conversación y, como fin último, de sexo. Quizás hasta que salga el sol o, hasta encontrar un motivo para saltar de la cama y no regresar hasta la semana que viene.

Hoy es jueves. ¡Hoy toca!

Mantengo mi atención puesta en el sonido del timbre de la puerta. Me gusta no perder detalle. Es una vez en semana así que…, lo tomo como el capítulo de mi serie favorita. Pero de las de antes. De las que te quedabas con la miel en la boca y las ganas de saber qué le ocurriría a los protagonistas.

El recibimiento es un tímido «Hola», manteniendo las distancias, retirando la antipática mascarilla,. Luego se cruza un «¿Puedo pasar?». Y pasa. 

Un apasionado beso, normalmente acompañado de un fuerte golpe contra la pared, fruto de las ganas acumuladas, viene junto a una pequeña patada que ayuda a empujar la puerta para lograr su cierre. La agradable sensación de volver a sentir su lengua húmeda mitiga el pequeño sobresalto. Es que no hay nada tan intenso como verse una vez por semana. 

Descorchar la botella de vino, el suave paladar de la comida japonesa, la agradable conversación con la que se narra el día a día de todo lo vivido en este tiempo sin contacto, junto con los juegos de manos y las caricias, dan paso a que el ambiente se vaya cargando de erotismo. Desde este lado ya se nota fluir el deseo. Las risas, los susurros, las miradas, los suspiros…, los silencios. 

El momento no se hace esperar. El postre llega y la onza de chocolate no es suficiente para paliar el sabor a jueves. Es día de degustar otro cuerpo, otra energía.

El traqueteo del cabecero de la cama contra la pared es, al principio, suave. Poco a poco sube su intensidad y mantiene el ritmo de los empellones. Pequeños gritos, algunos gemidos, muchísimas risas; todo hace que el ambiente ayude a la búsqueda del deseo de una relación inconfesable, de una relación de solo los jueves. Todos los jueves y hoy ¡toca!

Me alegro por mi vecina. Yo, desde mi piso, con estas paredes tan finas, también disfruto de su historia. Por eso me gustan los jueves.

Gracias por leerme.

«Con tres palabras»

«Con tres palabras»
Hay gestos o palabras que pueden cambiarlo todo.

Él pensaba que no había momento más especial que aquel. Tres gestos, tres palabras, lo cambiaron todo. 

La tenía a su lado, mirándola profundamente, deseando besarla con pasión. Ella no se lo permitía. 

La conversación era fluida, privada y cómplice siendo estos los factores que hacían que aquellos momentos fueran únicos. 

Ella dio un paso. Estiró su mano derecha para acariciar suavemente la cabeza de él. Mientras lo hacía continuó hablando. El ronroneó como un gato.

De nuevo ella tomó la iniciativa. Lo atrajo hacia su lado hasta lograr situar su boca junto a la oreja.  Sus labios susurraron anhelos, mientras la lengua húmeda le erizaba todo el vello al deslizarse por los pliegues. Él se dejó hacer. 

La mano derecha de la chica continuó empeñada en la caricia perpetua del pelo, mientras, la otra, comenzó un suave recorrido hacia la entrepierna. Ahora sí que el viaje, a lo más profundo del deseo, estaba iniciado. 

Los jadeos de ambos se entremezclaron. La excitación fue en aumento. Las manos del chico, que hasta el momento temblaban al no esperar aquella reacción, comenzaron su propia búsqueda. 

El cuerpo de ella comenzó a dejarse tocar. Las manos de él, ahora algo más firmes, encontraron el suave tacto de la seda que conformaba la ropa interior.

Ella seguía jugando con su lengua y él correspondía de igual manera. Ahora los dos cuerpos palpitaban al unísono, con espasmos que buscaban el placer.

Las manos continuaron su trabajo, soltaron botones, corchetes, eliminaron sedas y camisas… Al fin las dos bocas se encontraron y, por fin, sus lenguas pudieron explorar los cuerpos que hasta ese momento habían quedados vetados por la amenaza de la llegada del amanecer que siempre les devolvía a sus distintas realidades.

La historia estaba ahí, escrita para ella, leída para él, con el claro compromiso del respeto mutuo y de repetirla.

Cuando pudieran, y este ya es otro sueño, sería en un hotel, con cama grande y sábanas blancas y, quien sabe, quizás con algo de champán extra con el que poder engañar momentáneamente las vidas paralelas y la salida del sol.

Gracias por leerme.

«Con la lluvia llegó la tormenta»

La lluvia puede atraer historias.

La lluvia comenzó suave, como una ligera cortina de seda mecida por el aire. El utilizó aquella tenue inclemencia atmosférica como inocente excusa para no marcharse. 

—¿No pretenderás que me moje? —le consultó enmarcando una suave sonrisa y manteniendo la mirada clavada en su compañera.

Ella sonrió, sin pensarlo, aceptó el envite que creía que él le había lanzado y aferró sus manos a su cuello para atraer su cara y besarlo.

—No se qué tienes, pero…, ¡me vuelves loca! —fue la frase con la que intentó justificar su actuación. Volvió a besarlo.

Era la primera vez que lo hacían. La escena era como las de las películas: la lluvia, la puerta del pequeño adosado abierta, ellos dos en el umbral besándose, y fuera… Fuera el cielo reforzó la situación abriendo, a más no poder, la llave que controla el flujo de la lluvia. De repente la suave llovizna se convirtió en un todo un torrente.

—Ahora sí que ya no te vas.

La chica, sin despegar sus labios de los de él, utilizó su pie izquierdo para tantear el quicio de la puerta y cerrarla de una patada. El, simplemente, se dejaba hacer. Por fin había llegado el momento de cumplir uno de sus sueños. 

Tras recorrer varios metros, caminando de espaldas, al ritmo que marcaban las potentes gotas de lluvia golpeando contra los cristales, entre abrazos, besos y tocamientos, a trompicones, se dejaron caer sobre el sofá.

La chaqueta quedó abandonada a su suerte a medio camino; la mochila, con el ordenador y los documentos con los que habían estado trabajando, se había convertido en una bulto en mitad del pasillo. La ropa comenzaba a sobrar. Las temblorosas manos de ambos hacían lo que podían para tantear la mejor manera de soltar aquel apretado cinturón, desabrochar los botones de las camisas o desenganchar los corchetes del sujetador.

El momento era ese, igual no habría otro. Jadeaban, disfrutaban…

Mañana, tras la lluvia, ya tendrían tiempo de arrepentirse o de reorganizar sus tormentosas vidas y familias.

Gracias por leerme.