«Brindis al cielo»

«Brindis al cielo»
A través de tus ojos, un brindis al cielo.

Antes de cenar le gustaba sentarse en la terraza. 

Repochada en el sillón de mimbre blanco, con las piernas estiradas y colocadas sobre la pequeña mesa de cristal a juego, disfrutaba de esos minutos que le había ganado al tiempo. Además de respirar profundamente, para encontrar un momento de tranquilidad en su ajetreada vida, le gustaba jugar con los efectos ópticos que hacía el vino al hacerlo danzar en el interior de su copa. Habían días que la usaba de prismáticos, algunos como caleidoscopio, intentando cambiar el grosor, tamaño y forma de los problemas del día. Otras veces usaba aquella copa, cargada de ese vino canario afrutado que tanto le gustaba, como un pozo sin fondo en el que intentar ahogar unas penas que sabían nadar.

El ruido del interior de la vivienda hizo que, por un momento, se distrajera de su paz. Con calma, cerró la puerta corredera quedándose fuera. El aire fresco de la noche en la cara y el gusto delicioso de los aromas de flores y frutales, enjuagados en su paladar tras un potente sorbo a aquel néctar, hizo que su corazón volara más allá de ese instante. Se descubrió sonriendo, sintiendo aquellas otras manos, ahora lejanas, jugando entre sus dedos, su cuello, sus labios, sus brazos o sus muslos.

Era feliz, no lo dudaba, pero le faltaba volver a sentir la emoción que él le suministraba. Miro al interior. Su familia se mantenía tranquila. 

Cogió el teléfono móvil y presa del deseo se dejó llevar. Mandó un mensaje pidiendo un cita. En aquel instante un rayo de luna pareció descubrir sus intenciones y le indicó un suave guiño. Como si el embrujo fuera así sellado, la respuesta no tardó en llegar. Su preciosa sonrisa recobró tensión y, brindando al cielo, se felicitó por mantener su corazón activo. Apuró la copa. Remojó sus labios y saboreó los del otro en ellos. Pronto lo haría en persona.

Con otro ánimo entró en casa y con la ilusión de volver a verlo, sirvió la cena.

Gracias por leerme.

«Un llanto de dolor»

El llanto es una vía de escape
El llanto es una vía de escape

El fuerte sonido de un llanto aterrador me provoca un escalofriante sobresalto. Un niño llora desconsolada y sonoramente. Dejo lo que estoy haciendo y salgo, todo lo rápido que puedo, del despacho a la caza del origen del mismo. 

Un maestro y una maestra acompañan a uno de los alumnos —8 o 9 años—. Imagino que algo grave pasó. Están en la puerta del cuarto de baño. No tienen forma de calmarlo. Le hablan, le piden calma, que respire, que les mire a los ojos… No hay manera. Intentan averiguar qué ha pasado. Les pregunto. Ninguno de los dos sabe, pero las lágrimas brotan de sus ojos a borbotones.

Busco sangre —suele ser la primera opción de tal lastimera situación—, no veo; quizás alguna trilladura de un dedo en una puerta —también posible, aunque menos probable—. Nada, sus manos están intactas. Él sigue llorando.

Los maestros que le atienden insisten, le preguntan qué pasa. Como respuesta un grito de dolor.

Veo cómo abren el grifo del agua. Lavarles la cara ayuda a intentar recuperar la calma. Nada. él sigue llorando. Se percata de mi presencia y me mira. Vuelve a lanzar un desgarro. Aparentemente está bien. No veo que se toque en ningún lado, no parece que se haya dado un golpe o que se hubiera caído, o doblado una pierna, o…

—¡Bueno!, ¡ya está bien! —alzo la voz— ¡Respira! ¡Deja de llorar! —ordeno.

El hace un gran esfuerzo. Aspira sus mocos. Respira profundamente. Parece que vuelve en sí y empieza a recuperar la calma.

—¿Podemos saber qué te pasa? —le pregunto mientras me agacho para estar a su altura y mirarlo.

Entre sollozos, se lleva las manos al pecho, con una voz muy suave y dolorida, me contesta:

—Es que tengo una especie de flechazo acá —indica con claridad su corazón—. M. me dejó y no puedo olvidarla.

Las cosas del amor no correspondido. ¡FELIZ SAN VALENTÍN!

Gracias por leerme.

«Chocolate caliente para tres»

Caliente no solo el chocolate.

Cuando el frío aprieta una de las formas más reconfortantes de entrar en calor es una buena taza de chocolate caliente. Si esta, además, se toma en buena compañía, pues mejor.

Con ese deseo los tres se acercaron a la terraza interior de aquel pequeño hotel de ciudad que, por todo aquello de la crisis, había reconvertido su patio interior en una cafetería abierta al público de la calle, no solo para sus clientes.

Eligieron una mesa situada en una esquina, azocada del fuerte y frio viento que se colaba por el edificio, cerca de la puerta de acceso a las habitaciones de la planta baja, y al abrigo del calor de una de esas estufas de pie que tanto están de moda entre los bares que tienen terraza al aire libre.

El sitio es un lugar acogedor. La decoración navideña, que pronto desaparecerá, hace que el entorno sea el típico espacio en el que, sin dudarlo, te quedarías una temporada a relajarte. Ese fue uno de los argumentos que utilizó una de las chicas. La otra, aprovechó la ocasión para empezar a lanzar propuestas y bromas que, como el chocolate, se notaban bastante calientes por lo que la conversación se convirtió en un reto constante de frases picantes y cargadas de erotismo.

El chico estiró sus brazos, uno hacia cada chica, por debajo de la mesa hasta conseguir rozar las rodillas de ambas. Las dos lo miraron de soslayo, aunque no se habían dado cuenta del doble juego que en secreto, y protegido por el mantel, llevaba a cabo. Las humeantes tazas de chocolate entonces pasaron a un segundo plano y toda la conversación giró en torno a los sueños eróticos que a unas y al otro le gustarían cumplir. Se ganó la palma, pues en él coincidieron los tres, el pasar una tarde de pasión en un hotel como aquel.

Con la excusa de tener que ir al baño, él se levantó y se ausentó. Las chicas siguieron con sus risas, bromas y desafíos.

El chico no tardó en regresar. Sin sentarse apuró el líquido de su taza, tiró una tarjeta electrónica, que daba acceso a una de las habitaciones de aquella misma planta, sobre la mesa, y les lanzó el mismo reto con el que solo hacía unos instantes ellas mismas estaban jugando «Mucho lirirli y poco larala. A ver de qué somos capaces».

Las miró desafiantes. Una de ellas se levantó casi de inmediato. Cogió la tarjeta y le mantuvo la mirada de manera lasciva.

Ambos giraron su cabeza casi al unísono para encuestar a la otra amiga. Ya no era solo el chocolate lo que estaba caliente.

Los tres se dirigieron a la habitación con el férreo conocimiento de que lo que pasaría en aquella habitación era solo cosa de ellos.

Gracias por leerme.