«Aquel anhelo»

«Aquel anhelo»

Hoy es una de esas tardes tranquilas de primavera. El sol comienza a despedirse en el horizonte y las olas del mar susurran en calma melodías de paz. 

Como muchas tardes Valeria termina su paseo a la orilla del mar y se sienta en el rompeolas para escuchar y contemplar la puesta de sol, arrullada por ese suave ritmo de la marea. 

La breve brisa marina acaricia su rostro y el sonido del océano como compañía, marca el ritmo del remolino de pensamientos que la embargan, todos ellos dirigidos a un único destino: su amor secreto.

Valeria guarda en lo más profundo de su corazón un sentimiento intenso y puro hacia alguien que el resto de su mundo desconoce. Es un amor clandestino, tejido en sus sueños y esperanzas más íntimas, pero silenciado por el miedo al juicio de los demás.

Mientras observa cómo las olas besan la costa, cierra los ojos y deja que los recuerdos la envuelvan. 

Con cariño recuerda aquel primer encuentro, una casualidad que parecía destinada a suceder. Con pasión revive el último, donde sus miradas se encontraron y un destello de complicidad encendió una chispa difícil de apagar. 

Con el susurro del mar como cómplice, Valeria deja que sus sentimientos fluyan libremente. Su cuerpo se agita. Quisiera poder gritar su amor desde lo alto de las montañas, hacer eco en el cielo y resonar en cada rincón del universo. Pero por ahora, se contenta con suspirar al viento, dejando que el océano lleve sus sentimientos hacia el horizonte lejano, anhelando en silencio el próximo encuentro.

Gracias por leerme.

«Una tarde de compras»

«Una tarde de compras»

Hoy es una tarde fría de invierno donde el aire se llena del susurro del viento, el petricor domina el ambiente y el crujir de las hojas secas caídas bajo los pies hace un curioso efecto musical. 

En el bullicioso supermercado, entre pasillos llenos de productos y carritos de compra, dos almas destinadas a encontrarse están a punto de tener un encuentro fortuito. 

Lucas, un joven de cabello oscuro y ojos avellana, está en busca de algo para cenar esta noche. Camina por los pasillos, observando las estanterías con atención, cuando sus ojos se posan en los congelados. Mientras se acerca, nota que una chica de cabello rizado y una sonrisa encantadora estaba examinando las opciones de pizzas congeladas.

Sin saber por qué, Lucas se encontró caminando hacia ella. Cuando estaba a punto de alcanzarla, tal y como ocurre en alguna película, ambos extendieron la mano para tomar una de las mismas pizzas, rozando sus dedos en el proceso. Un ligero escalofrío recorrió sus cuerpos, y sus miradas se encontraron en un instante de conexión fugaz pero palpable.

—¡Vaya! Parece que tenemos los mismos gustos —dijo Lucas con una sonrisa nerviosa.

La chica rió suavemente y asintió. —Parece que sí. Supongo que eso significa que tenemos buen gusto.

Se presentaron. A partir de ese momento, la conversación fluyó con naturalidad,a compañándose en la compra, mientras comparaban los alimentos que escogían, intercambiando recomendaciones y anécdotas de sus vidas. Descubrieron que tenían mucho en común, desde sus gustos culinarios hasta sus pasatiempos.

El tiempo se detuvo mientras compartían risas y confidencias en medio del pasillo de congelados. No importaba el frío que los rodeaba, porque entre ellos había una calidez reconfortante que los envolvía. Se sentían cómodos el uno con el otro, como si se conocieran desde hace mucho tiempo.

Cuando finalmente se dirigieron juntos hacia la caja registradora, continuando su conversación animada. Intercambiaron números de teléfono con la promesa de volver a encontrarse pronto y acompañarse cada vez que les fuera posible.

Mientras salían del supermercado, Lucas y Sofía se despidieron con una sonrisa. Ninguno de los dos quería marcharse, ninguno de los dos quería que el otro se marchara. Aunque habían entrado en el supermercado como extraños, salían de él con la certeza de que habían encontrado algo especial el uno en el otro. 

Y así, entre los pasillos congelados de un supermercado, comenzó una historia de amor que prometía llenar sus vidas de calidez y felicidad.

Gracias por leerme.

«Persiguiendo un sueño»

«Persiguiendo un sueño»

Parece el comienzo del clásico sueño, quizás lo sea, pero como en ellos el cielo está despejado y la noche se presenta estrellada.

Marta se sumerge en un sueño profundo, llevada por el suave balanceo de los brazos de Morfeo, que creando ondas en el inconsciente la hace viajar al lugar fronterizo en el que la realidad y la fantasía se vuelven borrosas. Maravilloso lugar.

En su ensoñación, Marta se encuentra al volante de su viejo coche. Persigue a su amado, por estrechas carreteras de montaña, interminables curvas de asfalto, que la deslizan en la penumbra de un lado al otro.

Las luces de los faros iluminan la oscuridad, mientras Marta acelera para cerrar la brecha entre ella y el hombre que ocupaba sus pensamientos. Sin embargo, por más que pisa el acelerador, Pedro siempre permanece a una distancia inalcanzable. La carretera parece extenderse hasta el infinito, y el corazón de Marta late con fuerza en su pecho, lleno de ansias y esperanza. Quiere llegar a él y no puede.

El paisaje cambia a su alrededor, pero la sensación de no poder alcanzarlo persiste. El bosque cada vez se hace más frondoso. En su sueño van apareciendo otros personajes que le hablan, la entretienen, le impiden llegar. Los campos de flores se suceden como preciosos destellos brillantes que marcan su sueño, su frenético viaje onírico. 

A pesar de sus esfuerzos, Pedro continúa siendo una figura fugaz en el horizonte, un anhelo constante que se resiste a ser capturado.

Finalmente, exhausta pero determinada, Marta logra que su coche se acerque lo suficiente para que Pedro detenga su marcha. Los dos vehículos se emparejan en un rincón tranquilo de aquel sueño surrealista. Están en un mirador. Las estrellas forman una cúpula perfecta en lo alto. 

Marta baja de su coche, con el corazón latiendo con fuerza, y se acerca a Pedro, cuya figura se vuelve más nítida a medida que ella avanza.

En ese momento, Andrés sonríe y le tiende la mano. «No me escapo, Marta. Siempre he estado aquí contigo», dijo con una voz cálida y reconfortante. Marta se da cuenta de que la persecución no era necesaria, que su amor no se encontraba en algún lugar lejano, sino dentro de sí misma y junto a la realidad que comparten.

Despertó con una sensación de paz y entendimiento. La moraleja del sueño resonó en su corazón: a veces, lo que más deseamos y anhelamos no está fuera de nuestro alcance, sino que ya está presente en nuestras vidas. No es necesario perseguir nuestros sueños con desesperación, sino reconocer y valorar lo que realmente importa, apreciando el momento presente y construyendo el futuro con amor y confianza. 

Marta decidió llevar consigo esa lección, sabiendo que el amor verdadero no se escapa, sino que se cultiva y crece cada día, cuando ambos se cuidan.

Gracias por leerme.

«Juicio de amor»

Hace rato que aquel inusual juicio había empezado. En él, se desarrollaba lo que muchos consideraban un desafío a las convenciones de la justicia y al normal desarrollo de la sociedad. 

Mi cliente, Laura, estaba siendo acusada de un delito peculiar: estar enamorada y querer estar con su amada para cuidarla. Como su abogado, me embarqué en la tarea de presentar alegaciones que demostraran la inocencia de Laura ante estas acusaciones tan inusuales.

Era mi turno. En un intento de aplicar todos mis conocimientos sobre comunicación verbal y lenguaje gestual, aprendidos tiempo atrás, pero mejorados no hace mucho, con la inestimable ayuda de una coach, imposté mi voz para que sonara firme y segura. Con talante empático, levanté mi vista, di dos pasos en la sala para dirigirme al jurado, e inicié mi narración sobre la historia de amor entre Laura y su amada.

Describí cómo su relación se había forjado en la complicidad y en el profundo deseo de cuidarse mutuamente, en encontrarse en momentos de paz, que ambas se dedicaban, y en la certeza de que estaban hechas la una para la otra. 

Enfaticé la belleza y autenticidad de este amor, resalté que el deseo de Laura de estar con su amada era simplemente una expresión natural de afecto, sinceridad y compromiso. Para todo ello, presentaba pruebas, mostré cartas y mensajes de amor que evidenciaban dedicación, reflejaban la ternura y una conexión profunda entre Laura y su amada. 

Pinté un cuadro de una relación en la que el deseo de cuidado se basaba en la comprensión mutua y la voluntad de estar presentes, la una para la otra en todo momento. Aquel era un amor con un valor incalculable, que ninguna de ellas había vivido, hasta el momento presente. Debían mantenerlo.

«Honorables miembros del jurado», expresé haciendo hincapié en mi tono de voz, «lo que tenemos aquí no es un delito, sino un amor que ha resistido la prueba del tiempo. Laura busca ser una fuente de apoyo y cariño en la vida de su amada». Seguí hablando durante un buen rato, aportando pruebas, curiosidades y particularidades que apoyaban el amor entre ellas. 

Terminé mis alegaciones pidiendo al jurado que miraran más allá de la apariencia inusual del caso, y que reconocieran el amor verdadero entre Laura y su amada. 

Argumenté que, en lugar de condenar a alguien por amar apasionadamente, deberíamos celebrar la rareza y la belleza de un amor que, aunque diferente, merecía ser respetado y protegido.

Al final del juicio, el jurado se enfrentó a la tarea de decidir si el amor apasionado de Laura constituía un delito. 

Mi esperanza era que, al presentar la narrativa positiva de la relación, pudieran ver más allá de los estigmas sociales y declarar a mi cliente inocente de los cargos absurdos a los que se enfrentaba.

Gracias por leerme.

«Secretos de ventana»

«Secretos de ventana»

Hay noches, cielos y ventanas que están pensadas para anhelar. Al menos a esa conclusión llegó Laura, una mujer apasionada y llena de vida, al pasar más de una hora con la mirada perdida tras el vidrio de la ventana de su dormitorio, contemplando el brillo de esta babosa luna de diciembre. 

Laura tiene un corazón enorme, precioso, de esos que enamoran nada más acercarse a ella, que late con fuerza cada vez que piensa en Carlos, que le sonríe cuando lo ve de lejos, y que balbucea sus latidos de emoción cuando él la roza con sus manos. Carlos es su amante secreto. 

Hoy es una de esas noches en las que Laura sufre en silencio. La veo con la cara pegada al cristal de su ventana, triste, ausente, intentando justificar y encontrar una razón de porqué se siente así, de porqué mantiene esos sentimientos hacia Carlos. Lamenta no haber quedado hoy con él. No pudo hacerlo. Sabe que él la esperaba, que también la echa de menos y en falta, que la busca para cuidarla y darle todo aquello que ella, sin saberlo, pues nunca lo ha tenido, necesita.

Los días pasan lentos cuando él no está cerca. Hoy es uno de esos. Por eso lo sueña tras la ventana, deseando que cada momento compartido, ahora convertido en un tesoro, guardado con celo en el cofre de sus recuerdos, vuelvan a ella, a erizarle la piel como en el momento en el que lo vivieron en primera persona.

Carlos es un tipo encantador, con mirada profunda que revela un alma apasionada, loco por ella. Juntos comparten risas y susurros bajo la luna, pero sus vidas se mantienen separadas, aunque el uno en el otro, encuentran un oasis de amor, paz y complicidad. 

A pesar de la intensidad de sus sentimientos, Laura no se atreve a expresar lo que su corazón anhela. Tiene miedo de que las palabras y sentimientos rompan el delicado equilibrio en el que vive. 

Le gusta cuando él le escribe. Aunque no lo reconoce, o no lo hace como le gustaría hacerlo, como tampoco admite la desazón que le asalta cuando coge el móvil para descubrir que él no le ha escrito. Eso le pone nerviosa, “¿Qué está haciendo?”. No quiere perderlo. Sonríe por dentro cuando descubre sus mensajes.

Las noches así son difíciles para Laura. Se encuentra sola en su habitación, mirando fijamente la luna desde su ventana. Susurros de deseo escapaban de sus labios, pero las palabras nunca llegan a un mensaje que Carlos desea recibir. 

Él anda igual, tras su propio cristal. Dolido por no verla, por no saber nada de ella, por querer abrazarla, acariciarla y no poder hacerlo. Un suspiro se escapa de sus labios mientras, entre sus manos, sostiene aquel reloj que ella le regaló y que rara vez se quita. Siente la textura rugosa del metal, como la que ahora mismo forma los tejidos de su corazón. Se pregunta si Laura está pensando en él. La idea de que no sea así lo abate. 

Es una noche fría y estrellada. Laura se mantiene en su ventana mirando el cielo. La luna, testigo silencioso de su dolor, le recuerda a Carlos. Cierra los ojos con fuerza, deseando que las palabras, esas que no puede decir, encuentren su camino hacia él. Una lágrima cae por su rostro. 

Así, en el silencio de la noche, en el secreto que guarda tras su ventana, Laura continúa su espera, llevando consigo el peso de sus palabras no dichas y la esperanza de que el destino les permita encontrarse de nuevo.

Gracias por leerme.

«Con ese beso en la frente»

«Con ese beso en la frente»

Mi abuela siempre me contó que quién besa en la frente ama de verdad, incluso cuando no hay más remedio que seguir amando para siempre. 

Tras compartir toda una vida juntos Valeria y Andrés, con una preciosa historia de años a sus espaldas, riendo, llorando y enfrentándose juntos a todas las adversidades que la vida les había presentado, se tropezaron con el nuevo reto que se les había puesto por delante. Era el momento de volver a demostrar que su amor era profundo y verdadero. Había llegado el momento definitivo en el que sentir y demostrar que era verdad que se habían convertido en el apoyo mutuo que anhelaban y que necesitan para sobrellevar los desafíos del tiempo.

Pero, como suele suceder en la vida, los caminos de ambos tomaron un rumbo inesperado. Andrés había recibido una oportunidad única de trabajo en el extranjero. Era un sueño hecho realidad, pero también significaba dejar atrás todo lo que conocía y amaba. Valeria, aunque emocionada por él, sintió un nudo en la garganta al enterarse, pues sabía que la relación de ambos podría sufrir cambios irremediablemente.

El día de la despedida llegó. Sus manos entrelazadas y sus miradas llenas de amor reflejaban la tristeza que sentían en su interior. 

El tiempo pareció detenerse mientras esperaban en silencio la llamada para embarcar. No querían dejar ir ese momento, querían detener el tiempo y permanecer juntos para siempre, como tantas veces habían hecho. Pero la realidad era implacable y el anuncio de la salida del vuelo finalmente llegó.

Con lágrimas en los ojos, Andrés se giró hacia Valeria y la abrazó con fuerza. Sus corazones latían al unísono, compartiendo el dolor de la despedida. Sus palabras se ahogaron en un mar de emociones, y solo pudieron susurrar promesas de amor eterno.

El último abrazo se volvió un recuerdo imborrable. Sus ojos se encontraron y, en ese instante, supieron que era hora de decir adiós. Con manos temblorosas, Andrés se inclinó hacia adelante y depositó un profundo beso en la frente de Valeria. Sus labios rozaron su piel una última vez, llenos de amor y tristeza.

Valeria abrió los ojos débilmente y miró a Andrés con ternura. Sabía que ese beso era una despedida, un último acto de amor antes de partir. Sin decir una palabra, sus ojos hablaron por ellos, comunicando el agradecimiento por el amor compartido y la promesa de que siempre estarían conectados. Nada, ni el tiempo ni la distancia les robaría aquel amor eterno. 

Gracias por leerme.

P.D.: Llega el momento de darte ese beso en la frente. Es hora de descansar y desconectar un poco. Si todo va bien, regresaré en septiembre por esta esquina. Si te apetece nos vemos entonces. FELIZ VERANO.

«Una llave bajo el felpudo»

«Una llave bajo el felpudo»

Le había dicho mil veces que siempre tendría la puerta de su casa abierta para ella. Le dejaba señales, le indicaba opciones, la invitaba a café o a estar un rato juntos. Nada de aquello surtía el efecto deseado. Uno de aquellos días le señaló el felpudo situado en la entrada, mostrándole el pequeño agujero dónde él había escondido una llave de la puerta de su casa. Ella podía usarla cada vez que quisiera.  

Los días pasaban. Él se sentía nervioso, quería que ella se sintiera cómoda visitándolo y se preguntaba si ella simplemente había pasado por alto acudir a verlo. El tiempo se le hizo eterno mientras imaginaba diferentes motivos en su cabeza por los que ella ya no quería estar con él. 

Finalmente, después de una semana dura de trabajo, desmotivado por el tiempo que llevaban sin estar juntos, agobiado por el día a día, y superado por el sentimiento de soledad, al abrir la puerta de su casa, se encontró con un escenario que bien podría estar sacado de uno de sus propios sueños. 

El salón estaba decorado con velas, la mesa central tenía colocado su mantel favorito y una botella de vino, acompañada por dos copas, que la presidían, 

Una música suave –aquella famosa lista de Spotify que a ambos les gustaba –  llenaba el aire, y en el centro de la sala, estaba ella, preciosa, como siempre, con esa radiante sonrisa que a él tanto le cautivaba.

Se acercó a ella, sin palabras, no hacían falta, para abrazarla con fuerza. La emoción y el amor llenaron la habitación mientras los dos se miraban a los ojos. Se besaron.

En ese momento, ambos confirmaron lo que ya sabían, que su amor era especial, que era distinto a todos los demás. 

La llave bajo el felpudo no solo había abierto la puerta de su apartamento, sino también la de sus propios corazones. Había aprendido la importancia de tomar riesgos y de confiar el uno en el otro. 

El tiempo les llevó a continuar con su historia de amor. Cada vez que podían buscaban la manera de sorprenderse el uno al otro, pues aquella era la chispa que los unía. 

A partir de aquel encuentro, siempre recordaron aquel momento mágico en el que una llave bajo el felpudo abrió las puertas hacia su amor inquebrantable.

Gracias por leerme.

«Cuando tus manos me conducen»

Cada vez que salen a dar un paseo, a ella le gusta acomodarse en el asiento del pasajero, y a él conducir. Así ocurre la mayor parte de las veces. Otras, quizás las menos, es al revés.

Nada más poner el coche en marcha, y comenzar el recorrido, él extiende su mano suavemente hacia las de ellas. El gesto siempre va acompañado de una mirada cómplice y solícita. Ella entiende perfectamente la petición y le devuelve la mirada con una sonrisa cálida y complaciente. Con el mismo cariño entrelaza sus dedos con los suyos. 

Este es un gesto sencillo, pero que significa mucho para ambos, pues este simple contacto les ata en el recordatorio de que no importa lo que suceda en el mundo exterior, están juntos y eso es suficiente. Tranquilos continúan su marcha. Si las condiciones del tráfico lo permiten, seguirán así todo el trayecto, hasta que ya no haya más remedio que soltarse. 

Es también muy común que ella acerque su otra mano y acaricie el antebrazo y la mano de él, acompañando el ritmo de la música que suena de la lista de Spotify, que él sabe que a ella le gusta, y que elige conscientemente para darle el gusto, sin necesidad de que ella lo pida. 

Es un momento de disfrute, de tranquilidad, un viaje a la calma. Con ese gesto sus vidas se entrelazan de manera mágica. Comparten palabras, hechos, risas, lágrimas y momentos inolvidables juntos. Pero, sobre todo, disfrutan de la simple pero hermosa conexión que encuentran al darse la mano mientras uno de los dos conduce.

A medida que recorren las carreteras así, comparten sus sueños, sus esperanzas y temores. Hablan sobre el futuro juntos y se animan a perseguir sus metas. A veces, también disfrutan de momentos de silencio reconfortante, de la compañía del otro, mientras los paisajes pasean por la ventana, mientras sus dedos recorren la piel del otro.

Este gesto, se convierte así en un recordatorio constante de que no están solos en su viaje, que caminan juntos, que se tienen el uno al otro, hacia su propio futuro en el que la complicidad que les une es su mejor baza.

Ellos, con sus manos entrelazadas, enfrentándose a cada curva y desafío de la vida, demuestran que los gestos más simples pueden tener el mayor de los significados y que la verdadera felicidad se encuentra en la compañía que ahora tienen a su lado.

Gracias por leerme.

«Hasta las trancas»

Hoy he vuelto a brindar por la vida y la felicidad de las personas. He quedado para tomar café con mi amiga Sofía. Creo que en una entrada anterior ya les hablé de ella, de su historia, de su relación. La verdad es que no estoy muy seguro, porque, por aquello de la Ley de protección de datos personales, le cambié el nombre –o lo estoy haciendo ahora–, el género, la edad, el lugar de residencia.

Me resulta muy simpático que tengamos este tipo de quedadas para hablar, ya que ella no bebe café. A veces se toma un vino, un Martini o un Mojito, pero nunca café.

La cosa es que hemos quedado para hablar. Sofía está enamorada hasta las trancas. Él también lo está de ella. Llevan así mucho tiempo juntos, separados, revueltos, distanciados…, pero hasta las trancas.

Se quieren a su manera, a veces como pueden, otras como les dejan, pues cada uno tiene su propia historia que ya les conté. Pero ya les digo que enamorados, lo que se dice enamorados, el uno del otro, lo están, e insisto, hasta las trancas. Por eso hoy quiero dedicarles esta entrada, sobre todo a ella, que se ha sincerado conmigo y contado los sentimientos tan sorprendentes que tiene con él –suponiendo que en esta historia sea él y no ella o ella y no él–, hasta ha llorado. 

Ella me cuenta que tiene los ojos llenos de miradas que le dedica; que nada más encontrarlo, se le llena la boca, los labios y la lengua, de besos que quiere darle; las manos de caricias, que necesitan ser repartidas por todo su cuerpo, haciendo un especial hincapié en sus sonrojadas mejillas, que acaricia con calma cuando están a solas; me narra cómo en sus brazos se le acumulan apretados achuchones que quiere darle contra su cuerpo. Me describe cómo el alma le palpita y se le acelera el cuerpo cuando lo siente cerca. Me sorprende con las ganas locas que tiene de estar con él todo el día, sin poder hacerlo, y de volver a estarlo nada más separarse. Alucino con lo que me detalla sobre las cosas que se dicen, las conversaciones que tienen, algunas a mitad de la noche, los sueños que se dedican, las quedadas a escondidas, las escapadas por sorpresa. Me encanta cuando me dice que tiene miles de pasos de baile, guardados en sus pies para danzar juntos, siempre, toda la vida.

Por todo ello, estoy convencido que hoy es un bonito día para brindar por esa gente que está enamorada hasta las trancas.

Gracias por leerme.

«El valor de una caricia»

«El valor de una caricia»

En un mundo apresurado y agitado, donde el contacto humano a menudo se reduce a breves saludos y apretones de manos, había una mujer llamada Sofía que conocía el valor de las caricias. Sofía era una persona de alma libre y corazón generoso que sabía que las caricias tenían el poder de sanar, conectar y despertar sensaciones inexploradas.

Sofía pasaba su vida abrazando y escuchando a otros con ternura. Para ella, las caricias eran un lenguaje universal que trascendía las barreras de la palabra hablada y comunicaba emociones profundas.

Un día, mientras caminaba por un parque, Sofía notó a un hombre solitario sentado en un banco. Su semblante triste y sus ojos apagados revelan una historia de pesar y soledad. Sofía se acercó sin titubear, dejando que su intuición guiara sus acciones.

Con delicadeza, Sofía posó suavemente su mano sobre el hombro del hombre. Sin pronunciar una palabra, transmitió una conexión silenciosa, un mensaje de apoyo y compasión. El hombre, sorprendido por el gesto inesperado, levantó la mirada y encontró los ojos cálidos y comprensivos de Sofía.

Las caricias de Sofía, llenas de empatía y calidez, despertaron en el hombre una chispa de esperanza. Sintió que había alguien que se preocupaba por él, alguien dispuesto a escuchar sin juzgar, a ofrecer consuelo sin pedir nada a cambio. En ese instante, las heridas emocionales del hombre comenzaron a sanar, y el peso de su soledad se aligeró.

Con suavidad aquel hombre se levantó. Se acercó a Sofía y con suavidad acarició las mejillas de la mujer. El cuerpo de ambos palpitó. 

La mujer, asombrada por recibir de su propia medicina, descubrió que cada caricia era un abrazo sin palabras, un bálsamo para el alma y una invitación a la intimidad emocional, que ella también necesitaba. Las caricias eran el vínculo que unía corazones y creaba lazos indestructibles entre las personas.

Sofía comprendió que no solo era importante, escuchar a las personas, dar caricias, sino también recibirlas y que alguien la escuchara y ayudara a ella. 

La pareja pasaba tiempo así, sintiendo que, a través de aquellos suaves toques, podían transmitirse amor, comprensión y aceptación. 

Las caricias se convirtieron en un recordatorio de que no estaban solos en este vasto mundo, de que el otro estaba dispuesto a estar presente y compartir un momento de conexión profunda, para siempre. Con ellas encontraban la paz y el sosiego para continuar luchando en este mundo apresurado y agitado, donde el contacto humano a menudo se reduce a breves saludos y apretones de manos.

Gracias por leerme.