«Aquel anhelo»

«Aquel anhelo»

Hoy es una de esas tardes tranquilas de primavera. El sol comienza a despedirse en el horizonte y las olas del mar susurran en calma melodías de paz. 

Como muchas tardes Valeria termina su paseo a la orilla del mar y se sienta en el rompeolas para escuchar y contemplar la puesta de sol, arrullada por ese suave ritmo de la marea. 

La breve brisa marina acaricia su rostro y el sonido del océano como compañía, marca el ritmo del remolino de pensamientos que la embargan, todos ellos dirigidos a un único destino: su amor secreto.

Valeria guarda en lo más profundo de su corazón un sentimiento intenso y puro hacia alguien que el resto de su mundo desconoce. Es un amor clandestino, tejido en sus sueños y esperanzas más íntimas, pero silenciado por el miedo al juicio de los demás.

Mientras observa cómo las olas besan la costa, cierra los ojos y deja que los recuerdos la envuelvan. 

Con cariño recuerda aquel primer encuentro, una casualidad que parecía destinada a suceder. Con pasión revive el último, donde sus miradas se encontraron y un destello de complicidad encendió una chispa difícil de apagar. 

Con el susurro del mar como cómplice, Valeria deja que sus sentimientos fluyan libremente. Su cuerpo se agita. Quisiera poder gritar su amor desde lo alto de las montañas, hacer eco en el cielo y resonar en cada rincón del universo. Pero por ahora, se contenta con suspirar al viento, dejando que el océano lleve sus sentimientos hacia el horizonte lejano, anhelando en silencio el próximo encuentro.

Gracias por leerme.

«Una tarde de compras»

«Una tarde de compras»

Hoy es una tarde fría de invierno donde el aire se llena del susurro del viento, el petricor domina el ambiente y el crujir de las hojas secas caídas bajo los pies hace un curioso efecto musical. 

En el bullicioso supermercado, entre pasillos llenos de productos y carritos de compra, dos almas destinadas a encontrarse están a punto de tener un encuentro fortuito. 

Lucas, un joven de cabello oscuro y ojos avellana, está en busca de algo para cenar esta noche. Camina por los pasillos, observando las estanterías con atención, cuando sus ojos se posan en los congelados. Mientras se acerca, nota que una chica de cabello rizado y una sonrisa encantadora estaba examinando las opciones de pizzas congeladas.

Sin saber por qué, Lucas se encontró caminando hacia ella. Cuando estaba a punto de alcanzarla, tal y como ocurre en alguna película, ambos extendieron la mano para tomar una de las mismas pizzas, rozando sus dedos en el proceso. Un ligero escalofrío recorrió sus cuerpos, y sus miradas se encontraron en un instante de conexión fugaz pero palpable.

—¡Vaya! Parece que tenemos los mismos gustos —dijo Lucas con una sonrisa nerviosa.

La chica rió suavemente y asintió. —Parece que sí. Supongo que eso significa que tenemos buen gusto.

Se presentaron. A partir de ese momento, la conversación fluyó con naturalidad,a compañándose en la compra, mientras comparaban los alimentos que escogían, intercambiando recomendaciones y anécdotas de sus vidas. Descubrieron que tenían mucho en común, desde sus gustos culinarios hasta sus pasatiempos.

El tiempo se detuvo mientras compartían risas y confidencias en medio del pasillo de congelados. No importaba el frío que los rodeaba, porque entre ellos había una calidez reconfortante que los envolvía. Se sentían cómodos el uno con el otro, como si se conocieran desde hace mucho tiempo.

Cuando finalmente se dirigieron juntos hacia la caja registradora, continuando su conversación animada. Intercambiaron números de teléfono con la promesa de volver a encontrarse pronto y acompañarse cada vez que les fuera posible.

Mientras salían del supermercado, Lucas y Sofía se despidieron con una sonrisa. Ninguno de los dos quería marcharse, ninguno de los dos quería que el otro se marchara. Aunque habían entrado en el supermercado como extraños, salían de él con la certeza de que habían encontrado algo especial el uno en el otro. 

Y así, entre los pasillos congelados de un supermercado, comenzó una historia de amor que prometía llenar sus vidas de calidez y felicidad.

Gracias por leerme.

«Una armadura para Alex»

«Una armadura para Alex»

Nada más levantarse de la cama, desayunar y asearse, Alex se coloca su armadura invisible para poder enfrentar el día que le espera por delante. 

Cuando se mira al espejo, suspira profundamente y desea que hoy este acero, oculto a los ojos de los demás, cumpla con su función y le proteja.

Con el paso del tiempo, y los devenires de su vida, el chico había aprendido a construir esa gran coraza invisible a los ojos de los demás, para protegerse de las heridas que el día a día y las personas podían infligirle. Aún así, se mueve por el mundo con cautela, siempre manteniendo una distancia segura de los demás, evitando que alguien pudiera ver a través de su fachada de seguridad. 

Un día, en una cafetería del centro de la ciudad, sus ojos se posaron en una chica llamada Laura. Ella era radiante, preciosa, delicada y fuerte como una mariposa, con una sorprendente sonrisa que iluminaba y abarcaba todo el local. Aunque Alex intentaba mantener su distancia, no pudo evitar sentir una conexión instantánea con ella. 

A pesar de sus intentos por mantenerse protegido, el destino tenía otros planes. Alex y Laura comenzaron a encontrarse con frecuencia en diferentes lugares y, cada vez que ella hablaba, sus palabras resonaban en el corazón de Alex de una manera que la armadura no podía contener. 

Laura, con su naturaleza amable y su personalidad vibrante, comenzó a desarmar poco a poco las defensas invisibles que Alex había erigido durante tantos años y tanto cuidado.

A medida que pasaba el tiempo, la conexión entre Alex y Laura se intensificaba. Sus conversaciones profundizaban, y sus miradas decían más que mil palabras.

Alex no podía evitar enamorarse de ella. La complicada danza entre la armadura y las palabras de Laura, que la desarmaban, se volvía más evidente con cada encuentro. 

En su lucha interna, Alex se encontraba dividido entre la necesidad de protegerse y el deseo de abrir su corazón a la posibilidad del amor.

Al regresar a casa después de cada encuentro con Laura, se enfrentaba a la tarea de reconstruir la armadura que ella había desmantelado con su presencia. Cada pieza caída era recogida con cuidado, cada grieta era reparada con esmero, en un esfuerzo desesperado por mantener a raya la vulnerabilidad. Hasta el mismo yunque en el que trabajaba se mostraba lleno de marcas, cicatrices, antiguas heridas y golpes.

Alex no podía evitar la esperanza de que ella pudiera ver a través de su armadura y apreciar la persona que se ocultaba detrás. 

El proceso de desarme y reconstrucción se volvió una rutina constante en su vida, una lucha entre la autenticidad y la autoprotección.

En este juego de emociones, Alex se dio cuenta de que el amor no siempre sigue el guión que uno espera. A veces, las barreras que construimos para protegernos pueden ser las mismas que nos impiden encontrar la felicidad. Y así, mientras seguía luchando con su armadura invisible, Alex continuaba su viaje, preguntándose si algún día encontraría la valentía necesaria para dejarla completamente atrás y permitir que el amor floreciera en su vida.

Gracias por leerme.

«El secreto de la concha»

«El secreto de la concha»

Los ojos de Marcos reflejan el azul profundo del mar. Muchas tardes, al salir del trabajo, o cuando la casa se le hace pequeña, se acerca a la costa, donde la brisa salada y el murmullo de las olas generan la banda sonora de su vida. 

Marcos encuentra consuelo y reflexión junto a la orilla del mar, caminando, observando el devenir de las olas y lanzando piedras al agua, para embobarse y  contabilizar el rebote que éstas realizan contra las olas.

En su cabeza, en cada piedra que lanza al mar, Marcos hace que lleve consigo un peso invisible, simbolizando las dificultades y preocupaciones que carga en su corazón. Con cada uno de esos lanzamientos, siente cómo esas piedras rebotan en la superficie del agua, llevándose consigo un poco del peso que le agobia. Esa es su manera de liberar tensiones, de dejar que el mar haga navegar, y hundir en la distancia, sus problemas. Quizás sea su manera de purificarse.

Una tarde, mientras el sol se sumerge en el horizonte y las olas juguetean en la orilla, Marcos sintió que era el momento de lanzar una última piedra antes de marcharse a casa. Sin embargo, al mirarla detenidamente, notó que era diferente. En lugar de ser un simple guijarro, se encontró con una pequeña concha entre la arena.

Como si de una atracción se tratara, la contempló con detenimiento y cariño. Esta concha representaba algo mucho más precioso para Marcos, podría ser Elena. Su preciosa y bella Elena. 

Ella había llegado a su vida, como lo acababa de hacer aquel pequeño caparazón,  sin querer, como una suave brisa, trayendo consigo la calma y la alegría. 

Juntos también se habían enfrentado a tempestades, y algunas de esas tormentas habían dejado cicatrices en sus corazones. Todo ello les había servido para crecer y mejorar su relación. 

Marcos miró la concha. Indeciso, sobre si debía lanzarla o no al mar como las demás piedras. Pensativo, se descubrió acariciándola, tal y como acaricia el rostro de Elena. 

Temía perderla, pero al mismo tiempo, sabía que dejarla ir podría significar liberarse de las cargas del pasado. Marcos cerró los ojos, sintiendo la brisa marina acariciar su rostro, y tomó una decisión.

En lugar de lanzar la concha al mar, la guardó cuidadosamente en su bolsillo. Sabía que no podía deshacerse de la única cosa que le daba esperanza y motivación para seguir adelante. 

La concha se convirtió en su recordatorio de que, a pesar de las dificultades, él estaba dispuesto a luchar por el amor que compartía con Elena.

Los días pasaron. Marcos continuó lanzando piedras al mar para liberar sus tensiones, pero siempre guardaba la concha como un símbolo de perseverancia y amor. A medida que enfrentaban nuevas olas de desafíos juntos, la concha se convirtió en un faro que lo guiaba a través de las tormentas.

El mar, testigo silencioso de la historia de Marcos, seguía susurrando secretos de esperanza en las olas que acariciaban la orilla. Y así, con la concha guardada en su bolsillo y en su corazón, Marcos continuó enfrentando la vida con valentía, sabiendo que el amor verdadero era un tesoro que merecía ser protegido y preservado.

Gracias por leerme.

«Una tarde de sofá»

«Una tarde de sofá»

Hoy no es una tarde normal. Acaban de llegar a casa después de disfrutar de un maravilloso almuerzo al aire libre en el que, una vez más, la complicidad, la conversación entretenida y las risas marcaron el tiempo, la parálisis del tiempo. 

El sol se filtra suavemente a través de las cortinas, pintando el salón con tonos cálidos y acogedores. Tienen un par de horas antes de seguir con sus quehaceres así que decidieron dedicar ese tiempo a disfrutar de la compañía del otro, en la comodidad de su hogar, sin nadie que les molestara.

Tras quitarse los zapatos, soltarse el cinturón y desabrocharse el incómodo botón superior del pantalón, Daniel se acerca a la sala de estar. Laura ya está allí, acomodada en el sofá, ojeando su teléfono móvil antes de ponerlo en silencio para poder disfrutar del momento. Él la observa con ternura. Ella se recuesta y le pide que le alcance otro cojín, aunque este está a su alcance. Lo que en realidad le está pidiendo es que se acerque a ella.

Daniel entiende el reclamo. Sin despegar su mirada se sienta a su lado, y se acerca para acariciar el rostro. «¿Estás cómoda?», dijo con una sonrisa. Laura asintió. 

Con cariño le permitió acomodarse sobre ella. Lo acurrucó contra su pecho.Sin necesidad de palabras, compartiendo el silencio cómodo y la familiaridad que solo el tiempo juntos puede construir. Suena una música suave de fondo.

A medida que la tarde avanza continuaron abrazados mientras compartían risas, besos, caricias y cháchara. Sus manos se encuentran y aprietan de vez en cuando, como si necesitaran reafirmar la conexión que siempre ha existido entre ellos.

Laura apoya la cabeza en el hombro de Daniel, disfrutando del roce suave de su cabello. Con las luces tenues y el sonido relajante, se pierden en un estado de plenitud compartida, donde el tiempo, otra vez el tiempo, se desvanece, se detiene.

Daniel desliza suavemente los dedos por el cabello de Laura, disfrutando de cada caricia. Laura sonríe, feliz y relajada, sintiendo la calidez del gesto. No necesitan palabras para expresar lo agradecidos que están por tenerse el uno al otro. Aún así se dan las gracias.

La tarde se desliza hacia la noche, y las luces de la ciudad se encienden afuera. 

Laura y Daniel continuaron en su pequeña burbuja de amor, todo el tiempo posible, donde el mundo exterior queda excluido por un momento. Se miran a los ojos con esa chispa de complicidad que solo el amor verdadero puede crear, hasta su próximo encuentro, hasta conseguir otra tarde perfecta.

Gracias por leerme.

«Juicio de amor»

Hace rato que aquel inusual juicio había empezado. En él, se desarrollaba lo que muchos consideraban un desafío a las convenciones de la justicia y al normal desarrollo de la sociedad. 

Mi cliente, Laura, estaba siendo acusada de un delito peculiar: estar enamorada y querer estar con su amada para cuidarla. Como su abogado, me embarqué en la tarea de presentar alegaciones que demostraran la inocencia de Laura ante estas acusaciones tan inusuales.

Era mi turno. En un intento de aplicar todos mis conocimientos sobre comunicación verbal y lenguaje gestual, aprendidos tiempo atrás, pero mejorados no hace mucho, con la inestimable ayuda de una coach, imposté mi voz para que sonara firme y segura. Con talante empático, levanté mi vista, di dos pasos en la sala para dirigirme al jurado, e inicié mi narración sobre la historia de amor entre Laura y su amada.

Describí cómo su relación se había forjado en la complicidad y en el profundo deseo de cuidarse mutuamente, en encontrarse en momentos de paz, que ambas se dedicaban, y en la certeza de que estaban hechas la una para la otra. 

Enfaticé la belleza y autenticidad de este amor, resalté que el deseo de Laura de estar con su amada era simplemente una expresión natural de afecto, sinceridad y compromiso. Para todo ello, presentaba pruebas, mostré cartas y mensajes de amor que evidenciaban dedicación, reflejaban la ternura y una conexión profunda entre Laura y su amada. 

Pinté un cuadro de una relación en la que el deseo de cuidado se basaba en la comprensión mutua y la voluntad de estar presentes, la una para la otra en todo momento. Aquel era un amor con un valor incalculable, que ninguna de ellas había vivido, hasta el momento presente. Debían mantenerlo.

«Honorables miembros del jurado», expresé haciendo hincapié en mi tono de voz, «lo que tenemos aquí no es un delito, sino un amor que ha resistido la prueba del tiempo. Laura busca ser una fuente de apoyo y cariño en la vida de su amada». Seguí hablando durante un buen rato, aportando pruebas, curiosidades y particularidades que apoyaban el amor entre ellas. 

Terminé mis alegaciones pidiendo al jurado que miraran más allá de la apariencia inusual del caso, y que reconocieran el amor verdadero entre Laura y su amada. 

Argumenté que, en lugar de condenar a alguien por amar apasionadamente, deberíamos celebrar la rareza y la belleza de un amor que, aunque diferente, merecía ser respetado y protegido.

Al final del juicio, el jurado se enfrentó a la tarea de decidir si el amor apasionado de Laura constituía un delito. 

Mi esperanza era que, al presentar la narrativa positiva de la relación, pudieran ver más allá de los estigmas sociales y declarar a mi cliente inocente de los cargos absurdos a los que se enfrentaba.

Gracias por leerme.

«Secretos de ventana»

«Secretos de ventana»

Hay noches, cielos y ventanas que están pensadas para anhelar. Al menos a esa conclusión llegó Laura, una mujer apasionada y llena de vida, al pasar más de una hora con la mirada perdida tras el vidrio de la ventana de su dormitorio, contemplando el brillo de esta babosa luna de diciembre. 

Laura tiene un corazón enorme, precioso, de esos que enamoran nada más acercarse a ella, que late con fuerza cada vez que piensa en Carlos, que le sonríe cuando lo ve de lejos, y que balbucea sus latidos de emoción cuando él la roza con sus manos. Carlos es su amante secreto. 

Hoy es una de esas noches en las que Laura sufre en silencio. La veo con la cara pegada al cristal de su ventana, triste, ausente, intentando justificar y encontrar una razón de porqué se siente así, de porqué mantiene esos sentimientos hacia Carlos. Lamenta no haber quedado hoy con él. No pudo hacerlo. Sabe que él la esperaba, que también la echa de menos y en falta, que la busca para cuidarla y darle todo aquello que ella, sin saberlo, pues nunca lo ha tenido, necesita.

Los días pasan lentos cuando él no está cerca. Hoy es uno de esos. Por eso lo sueña tras la ventana, deseando que cada momento compartido, ahora convertido en un tesoro, guardado con celo en el cofre de sus recuerdos, vuelvan a ella, a erizarle la piel como en el momento en el que lo vivieron en primera persona.

Carlos es un tipo encantador, con mirada profunda que revela un alma apasionada, loco por ella. Juntos comparten risas y susurros bajo la luna, pero sus vidas se mantienen separadas, aunque el uno en el otro, encuentran un oasis de amor, paz y complicidad. 

A pesar de la intensidad de sus sentimientos, Laura no se atreve a expresar lo que su corazón anhela. Tiene miedo de que las palabras y sentimientos rompan el delicado equilibrio en el que vive. 

Le gusta cuando él le escribe. Aunque no lo reconoce, o no lo hace como le gustaría hacerlo, como tampoco admite la desazón que le asalta cuando coge el móvil para descubrir que él no le ha escrito. Eso le pone nerviosa, “¿Qué está haciendo?”. No quiere perderlo. Sonríe por dentro cuando descubre sus mensajes.

Las noches así son difíciles para Laura. Se encuentra sola en su habitación, mirando fijamente la luna desde su ventana. Susurros de deseo escapaban de sus labios, pero las palabras nunca llegan a un mensaje que Carlos desea recibir. 

Él anda igual, tras su propio cristal. Dolido por no verla, por no saber nada de ella, por querer abrazarla, acariciarla y no poder hacerlo. Un suspiro se escapa de sus labios mientras, entre sus manos, sostiene aquel reloj que ella le regaló y que rara vez se quita. Siente la textura rugosa del metal, como la que ahora mismo forma los tejidos de su corazón. Se pregunta si Laura está pensando en él. La idea de que no sea así lo abate. 

Es una noche fría y estrellada. Laura se mantiene en su ventana mirando el cielo. La luna, testigo silencioso de su dolor, le recuerda a Carlos. Cierra los ojos con fuerza, deseando que las palabras, esas que no puede decir, encuentren su camino hacia él. Una lágrima cae por su rostro. 

Así, en el silencio de la noche, en el secreto que guarda tras su ventana, Laura continúa su espera, llevando consigo el peso de sus palabras no dichas y la esperanza de que el destino les permita encontrarse de nuevo.

Gracias por leerme.

«Un cosquilleo en la piel»

«Un cosquilleo en la piel»

Mi amiga Rosa trabaja con Daniel, desde hace algún tiempo, en un gran estudio de arquitectura. Hasta el momento sólo habían intercambiado un par de frases, al cruzarse en el ascensor o en el café. No habían tenido la oportunidad de intimar algo más.

En la última reunión de coordinación de todo el equipo, para sorpresa de ambos, el jefe los seleccionó para colaborar en un ambicioso proyecto de diseño de un rascacielos innovador. Ese fue el pistoletazo de salida para la formación de un gran equipo. la consigna que les dieron fue: ¡Que erice la piel del que lo vea!

A medida que pasaban horas juntos, sus vidas también comenzaron a entrelazarse pues era inevitable hablar de todo un poco. Así,  aquella relación especial comenzó a florecer.

Rosa, que ocupa el puesto de líder del proyecto, es una arquitecta talentosa, conocida por su creatividad, dedicación, compromiso y atención a los detalles. Daniel, por su parte, es un ingeniero estructural que aporta una perspectiva técnica y sólida al proyecto. A medida que trabajan juntos, han empezado a darse cuenta de que sus habilidades se  complementan de una manera asombrosa, creándose una química entre ellos cada vez más evidente. Comparten conversaciones, sueños, esperanzas y desafíos. Cada día, su vínculo se fortalece más, y comienzan a apoyarse el uno del otro, no sólo en términos profesionales, sino también emocionales. 

Rosa me cuenta que, en una de esas largas jornadas de trabajo, sus manos se rozaron de manera accidental. Fue un contacto inesperado, fugaz, pero ese simple roce desató una avalancha de emociones. Ambos sintieron un cosquilleo eléctrico en la piel y se miraron sorprendidos por la intensidad de la conexión. Se dieron cuenta de los sentimientos que habían estado creciendo entre ambos eran mutuos, y que no podían ignorar lo que estaba sucediendo entre ellos. 

Así que, a medida que avanzaban en el proyecto, sus manos se rozaban cada vez con más frecuencia, ya no de manera accidental. Cada contacto era como una chispa que encendía una llama más ardiente en sus corazones. 

Cuando completaron su proyecto, el rascacielos que habían diseñado juntos, vieron que aquello era una representación física de su conexión y su colaboración. Pero lo más importante es que habían construido un vínculo, sólido y duradero, que trascendía las estructuras de acero y hormigón. Sus manos, que una vez se habían rozado de manera accidental en la oficina, ahora se entrelazan de manera intencional, creando un lazo que perdurará mucho más allá de cualquier proyecto arquitectónico.

Rosa y Daniel descubrieron que el contacto de sus manos no solo genera un cosquilleo en la piel, sino también un calor en el corazón que los mantiene unidos para siempre.

Gracias por leerme.

«Una llave bajo el felpudo»

«Una llave bajo el felpudo»

Le había dicho mil veces que siempre tendría la puerta de su casa abierta para ella. Le dejaba señales, le indicaba opciones, la invitaba a café o a estar un rato juntos. Nada de aquello surtía el efecto deseado. Uno de aquellos días le señaló el felpudo situado en la entrada, mostrándole el pequeño agujero dónde él había escondido una llave de la puerta de su casa. Ella podía usarla cada vez que quisiera.  

Los días pasaban. Él se sentía nervioso, quería que ella se sintiera cómoda visitándolo y se preguntaba si ella simplemente había pasado por alto acudir a verlo. El tiempo se le hizo eterno mientras imaginaba diferentes motivos en su cabeza por los que ella ya no quería estar con él. 

Finalmente, después de una semana dura de trabajo, desmotivado por el tiempo que llevaban sin estar juntos, agobiado por el día a día, y superado por el sentimiento de soledad, al abrir la puerta de su casa, se encontró con un escenario que bien podría estar sacado de uno de sus propios sueños. 

El salón estaba decorado con velas, la mesa central tenía colocado su mantel favorito y una botella de vino, acompañada por dos copas, que la presidían, 

Una música suave –aquella famosa lista de Spotify que a ambos les gustaba –  llenaba el aire, y en el centro de la sala, estaba ella, preciosa, como siempre, con esa radiante sonrisa que a él tanto le cautivaba.

Se acercó a ella, sin palabras, no hacían falta, para abrazarla con fuerza. La emoción y el amor llenaron la habitación mientras los dos se miraban a los ojos. Se besaron.

En ese momento, ambos confirmaron lo que ya sabían, que su amor era especial, que era distinto a todos los demás. 

La llave bajo el felpudo no solo había abierto la puerta de su apartamento, sino también la de sus propios corazones. Había aprendido la importancia de tomar riesgos y de confiar el uno en el otro. 

El tiempo les llevó a continuar con su historia de amor. Cada vez que podían buscaban la manera de sorprenderse el uno al otro, pues aquella era la chispa que los unía. 

A partir de aquel encuentro, siempre recordaron aquel momento mágico en el que una llave bajo el felpudo abrió las puertas hacia su amor inquebrantable.

Gracias por leerme.

«Cuando tus manos me conducen»

Cada vez que salen a dar un paseo, a ella le gusta acomodarse en el asiento del pasajero, y a él conducir. Así ocurre la mayor parte de las veces. Otras, quizás las menos, es al revés.

Nada más poner el coche en marcha, y comenzar el recorrido, él extiende su mano suavemente hacia las de ellas. El gesto siempre va acompañado de una mirada cómplice y solícita. Ella entiende perfectamente la petición y le devuelve la mirada con una sonrisa cálida y complaciente. Con el mismo cariño entrelaza sus dedos con los suyos. 

Este es un gesto sencillo, pero que significa mucho para ambos, pues este simple contacto les ata en el recordatorio de que no importa lo que suceda en el mundo exterior, están juntos y eso es suficiente. Tranquilos continúan su marcha. Si las condiciones del tráfico lo permiten, seguirán así todo el trayecto, hasta que ya no haya más remedio que soltarse. 

Es también muy común que ella acerque su otra mano y acaricie el antebrazo y la mano de él, acompañando el ritmo de la música que suena de la lista de Spotify, que él sabe que a ella le gusta, y que elige conscientemente para darle el gusto, sin necesidad de que ella lo pida. 

Es un momento de disfrute, de tranquilidad, un viaje a la calma. Con ese gesto sus vidas se entrelazan de manera mágica. Comparten palabras, hechos, risas, lágrimas y momentos inolvidables juntos. Pero, sobre todo, disfrutan de la simple pero hermosa conexión que encuentran al darse la mano mientras uno de los dos conduce.

A medida que recorren las carreteras así, comparten sus sueños, sus esperanzas y temores. Hablan sobre el futuro juntos y se animan a perseguir sus metas. A veces, también disfrutan de momentos de silencio reconfortante, de la compañía del otro, mientras los paisajes pasean por la ventana, mientras sus dedos recorren la piel del otro.

Este gesto, se convierte así en un recordatorio constante de que no están solos en su viaje, que caminan juntos, que se tienen el uno al otro, hacia su propio futuro en el que la complicidad que les une es su mejor baza.

Ellos, con sus manos entrelazadas, enfrentándose a cada curva y desafío de la vida, demuestran que los gestos más simples pueden tener el mayor de los significados y que la verdadera felicidad se encuentra en la compañía que ahora tienen a su lado.

Gracias por leerme.