«Aquella acertada decisión»

Hay veces en que parece que no sabemos si ir o ir. Yo que tú iría. Ya dirás adónde.

¿De qué decisión no te has arrepentido nunca?

Como sé que te gustan mis batallitas, hoy te voy a contar una, pero me gustaría que, a cambio, compartieras una de las tuyas.

El septiembre pasado hizo veinte años que pertenezco al glorioso Cuerpo de maestros —sí ya sabes, esos gladiadores de los que te hablaba en este post—. Saqué mis oposiciones tras trabajar durante un par de cursos en la enseñanza privada. Buenos años aquellos, pese al horario, al poco sueldo, la masificación del aula, la fiscalización constante que hacía el propietario del centro… Muchas cosas aprendí que, sin duda, me ayudaron a aprobar esas oposiciones a maestro.

Lo mejor de todo es cómo tomé la decisión de presentarme a los exámenes, que también explica porqué te traigo hoy está historia.

Recuerdo una cena que se organizó con el profesorado del colegio para celebrar el Día del Maestro —ahora diríamos Día del docente. Aunque hoy no es el día, el de verdad, es el que se usa para su celebración oficial, por eso tienes a tus hijos sin cole, y por eso te traigo a colación esta historia—. Como te decía, la cena se prolongó lo suficiente como para terminar tomando unas copas en un bar de La Laguna —ya cerrado y famoso por las parrandas que allí se montaban—.

Como te podrás imaginar, entre el vino consumido durante la comida, los licores para hacer la digestión y los cubatas que nos bebimos en el citado local, a algunos de los presentes se les aflojó bastante la lengua.

Uno de esos, con lengua de estropajo, resultó ser uno de los jefes. En un momento, de lo que yo pensé que era de «exaltación de la amistad», me cogió por banda y comenzó a darme la murga con lo importante que era el trabajo en equipo, lo contentos que estaban conmigo, la importancia de mantener en el espíritu del centro vivo, y bla, bla, bla. Pero cometí un error de concepto, aquel era otro momento, el que se conoce como la «sinceridad del borracho». El fulano me dejo de piedra cuando, después de tanto halago, me confesó que, pese a todo, me tendría como personal eventual tanto tiempo como le fuera posible. «¡Qué cabrón!» pensé en ese instante. En un periquete se me bajó el lote y el destrozó la noche. Pero aquel comentario, sin él pretenderlo ni yo saberlo, me enseñó mucho, colaborando a tomar una de las mejores decisiones de mi vida.

A la mañana siguiente, una vez pasada la resaca —en aquella época, como estaba entrenado en salidas nocturnas, la cosa no iba más allá de las 11:00 o 12:00 de la mañana—y con aquella sinceridad del borracho ya digerida, me fui a una academia y me matriculé, para empezar la preparación de las oposiciones, ese mismo lunes.

Cuando se convocaron las plazas una de mis compañeras más veteranas, que había sido testigo de aquella conversación con el jefe, cada vez que tenía oportunidad, por lo bajini, me repetía «Preséntate a las oposiciones. No hagas como nosotras, pero no se lo digas a nadie.». Yo la miraba, sonreía y decía: «Deja ver, deja ver, que entre el trabajo, la objeción de conciencia, la casa…». Siempre la dejaba hablar y yo, como un zorro, me callaba.

Cuando a los meses le dije que había aprobado y le di las gracias, su abrazo fue enorme uno de los más sinceros que recuerdo —también, por lo bajito me llamo cabronazo jejeje.

Pues aquí estoy, veinte años después, con aquellos «delitos» ya prescritos y recordando que, gracias a la borrachera de uno y a las palabras de la otra, esa fue una de las mejores decisiones de toda mi vida. Hay otras, pero esas las dejamos para otro ratito.

Ahora te toca a ti. ¿Me cuentas una batalla de las tuyas?

Gracias por leerme.

«¡Oh capitán!, ¡mi capitán!»

Foto sacada con mi móvil a principio s de mes en SETUBAL-Portugal.

«¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!,
nuestro terrible viaje ha terminado,
el barco ha sobrevivido a todos los escollos…»

Entre los versos de Walt Whitman se esconde la escena del capitán que tras superar grandes problemas, es traído por su hijo a su tierra para morir.

Este viejo marino que en la foto canta feliz en nuestra compañía me recordó ese poema tan famoso por la escena final de la película «El club de los poetas muertos».

Nuestro amigo, escondido tras el cristal de las empañadas copas de cerveza y ron, que sin orden ni mesura mezcla y alterna, esconde su talento en una potente garganta que, por culpa de los excesos, ahora se le anuda en torno a la lengua, impidiéndole casi el habla.

En los momentos en los que nuestras voces e instrumentos ganan el silencio, él grita a los siete vientos los nombres de mares y puertos que ha visitado, los nombres de barcos que hacía tiempo pilotaba, o el de las mujeres que había deshonrado y el de las cicatrices que en su cuerpo había bautizado.

Según parece su vida está unida a la vieja piratería, al contrabando y el trapicheo. Una historia llena de aventuras vividas en ultramar, entre las antiguas colonias y que ahora, en un vago intento de ahogar sus recuerdos en el alcohol, estos le salen a relucir, pues saben nadar.

Las viejas trovas que cantamos le hacen llorar y emocionarse, hasta que en un momento, acompañado del fiel escudero, que a ritmo de pandereta celebra sus gritos y hazañas, se pone en pie sobre la mesa iniciando el recitado del célebre poema, cual reclamo de honores, anunciando así su retirada a la espera de tiempos mejores.

Foto sacada con mi móvil a principio s de mes en SETUBAL-Portugal.

«¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! Levántate y escucha las campanas;
 levántate —por ti la enseña ondea— por ti suena el clarín;
por ti son las guirnaldas y festones —por ti se apiñan gentes en la orilla;
por ti claman, la inquieta masa a ti se vuelve ansiosa.»

Gracias por leerme.

«Una comida familiar o la llegada del Apocalipsis»

Cargando el apocalipsis

Cuando se convoca una comida familiar y toda, o casi toda, la familia se reúne en torno a un mantel, se sabe cómo se empieza pero no cómo, ni cuándo se acaba.

El libro del Apocalipsis habla de cuatro jinetes, que montados sobre cuatro caballos de diferentes colores, son liberados poco a poco sobre la Tierra originando distintos acontecimientos. De igual manera, una comida familiar puede ser azotada por dichos jinetes que en sus caballos pueden ejercer su oficio. De esta manera y comparando las dos citaciones anteriores, nos podemos encontrar con que:

1.- Montados sobre CABALLO BLANCOel jinete de la victoria—, los patriarcas, que orgullosos de que la familia estuviera junta colaboraba en reunirnos a todos en casa de «la madrina» de los más pequeñajos de la casa.

2.- Sobre el CABALLO BERMEJOel jinete de la guerra,«la madrina», que con lenguaviperina aprovecha la más mínima oportunidad para atacar a todo bicho viviente —incluso se atrevió a retarme sobre este blog—, levantando polvo mientras aireaba historias de su juventud, y la de otras, en las que las gallinas parecían tener cierta relevancia.

3.- Los que galopaban sobre el CABALLO NEGROel jinete del hambre—, como la ingente cantidad de comida fue abrumadora, estos no tuvieron mucha suerte, aunque si se les notó el intentó de hacer de las suyas colocando obstáculos para que la barbacoa encendiera, sin tener que llegar al extremo de avisar a los bomberos por la cantidad de humo que se acumuló en el porche, o sirviendo el buen vino en vasos de plástico ¡habrase visto!, menos mal que el consorte sufridor y buena persona —o casi— dotó de copas —todas distintas, eso sí—, a tan nutrida y selecta concurrencia. Referencia especial al selecto ron, traído de tierras cubanas, según se informó, pero embotellado, por lo menos, en Casteldefels, según se descubrió en la etiqueta, que teía un sabor que se dejaba querer.

4.- Desbancada sobre la silla del CABALLO BAYO el jinete de la muerte—, quedó «lamadrina», que intento tras intento al final logró, pero en esta ocasión por otros motivos, que su comadre se desplomara sobre un sofá superada por la presencia de sangre y dolor.

Al final, terminamos semialcoholizados, pero queriéndonos y abrazándonos más que nunca, con la serie proposición de no dejar pasar tanto tiempo para repetir una de estas, esta vez en el norte, que Invernalia también existe y además de jinetes del apocalipsis, podemos aportar trolls y otros animales salvajes.

¿Cómo son tus reuniones familiares? ¿También se desbocan los caballos? ¿Algún consejo?…

Gracias por leerme.

«Desayuno compartido en un gallinero»

DESAYUNO COMPARTIDO EN UN GALLINERO

El desayuno compartido, al igual que el resto de las comidas que se toman a bordo, es uno de los momentos considerados por las agencias de viajes, como una fabulosa oportunidad que se les brinda a los cruceristas para conocer a otras personas —en este post encontrarás más de mi cruceroPersonaje novelero que soy, no me lo iba a perder, así que decidí que quería vivir que se siente, sentado en una mesa con totales desconocidos.

Como soy madrugador, una de esas mañanas de navegación, acudí al comedor compartido. Muy amable el maître me dio los buenos días, me preguntó si estaba solo y me acompañó a una de esas mesas compartidas.

Fui el último en llegar, por lo que todas las miradas y saludos se dirigieron a mi persona. «Hello guys» Acerté a decir con mi oxidado inglés madrugador y de medianías. ¡Ups! quizás no fue del todo apropiado echando un primer ojo a mis compañeros de mantel.

Empezando por mi derecha las cuatro clásicas señoras de color, made in USA, con sus pelucas, sus grandes senos, su kilo y medio por centímetro cuadrado de maquillaje…, que me sonrieron muy amablemente, mientras me escrutaban de arriba a abajo. No pararon de cotorrear y de comer ingentes cantidades de todo.

A su lado, una cacatúa con pinta de ricachona viuda y ojos lascivos, que enseguida se lanzó a tenderme la mano para presentarse, o enseñarme sus grandes anillos y reloj de oro, y sacarme hasta el número del DNI desde el primer asalto «Hello, my name´s… I´m from Utah. Where do you from?». Y yo sin tomar café, que va. Contesté como pude, antes de sentarme. Esta comía en plan sanote: fruta, avena, zanahoria cruda…

Los siguientes eran una pareja de gays, de los que vivieron la movida de los 80 a tope en San Francisco, se les notaba el casque de sus cuerpos, con sus plumas al cuello y todo. El tembleque de sus manos apenas les dejaba comer. Hasta que se lanzaron el tercer Bloody Mary, a partir de ahí se convirtieron en otra cosa. No veas como me reí. Hasta bailaron y cantaron a duo.

Por último una pareja, española ella con acento de película del oeste, y de Dallas el, con sombrero vaquero y todo, que les dio por bendecir la mesa. Imagínate la cara de todos los demás, ya con la fruta —bueno la viuda la tenía entre los labios operados, mientras me miraba, para mí que… (esa puede ser otra historia)—, o los huevos, o los pancakes, o todo junto en la boca, como las cuatro chicas de oro. Que va…

Total que me pido un típico desayuno yankie, con mantequilla de cacahuete y todo, y allí estaba yo. intentando desayunar mientras que el personal intentaba sonsacarme el porqué desayunaba solo, cómo era posible que un canario estuviera en aquel barco, qué había visitado, qué iba a visitar… y yo sin tomar café. Que va…

Tras más de hora y media en aquella mesa, la barriguita llena, pero la cabeza como un bombo, no esperé a que el resto terminara. Esto de conocer gente debe de hacerse de otra manera, o yo no estoy preparado para tanta novelería. Necesitaba despejarme y relajarme así que me fui a la barra del bar a tomarme un café solo, doble y repensar que esto de compartir manteles con tanto gallinero puede ser, más que aconsejable, un verdadero suplicio del que no tengo necesidad. Paso del café, tráigame dos bloody Mary.

Gracias por leerme.Desayuno

«Modo tío sufridor activado»

Modo tío activado, pero no soporto los llanto

El modo «tío sufridor» es una aplicación gratuita que he tenido que descargarme recientemente. A modo de resumen te comento que consiste en permitir que tu hermana y cuñado te la metan doblada, haciéndote creer que eres la persona ideal para quedarte con sus hijos de uno y cuatro años, durante un fin de semana, ¡sí!, durante todo un fin de semana (viernes, sábado y domingo), para ellos poderse ir de farra a una boda.

Desde el primer momento tuve que haber sospechado que aquello era un malware. Sobre todo cuando te dicen: «¡Tranquilo!, yo te preparo las cosas, te las meto en mi coche y ya te quedas con él, y de fondo, como de música ambiente, se escucha una suave risa.»

No veas como iba el coche. Parecía un carromato de los que salían rumbo al oeste americano: dos sillas de retención infantil, una sillita de paseo, mochila para transporte a cuestas de niño, bolso de ella, bolso de él —no te cuento lo que llevaban los bolsos porque me quedo sin espacio— , patineta para ella…

Una vez montados en el burro, ¿qué haces? Pues nada, ¡arre burro! Le di al play de la app y todo para delante, que ya saldrá el sol por algún lado. La citada aplicación comenzó entonces su cuenta particular.

Minuto 1: Cuando los niños se dan cuenta de que soy yo el que conduce y que su madre escabulle el bulto, a la sordina, comienza el llanto. ¿Tengo que pasar así 36 kilómetros? —se oyen risas— suerte que están recién salidos del cole, agotados, y que no hayan dormido siesta ayuda. Se duermen.

30 minutos más tarde: Llegamos a casa. Se despiertan. Llanto. El pequeñajo se calla si está en brazos. Amen ¿quieres brazos? ¡toma brazos!, pero no llores. ¡A ver cómo bajo todo esto y no me quedo baldado! Escucho unas risas. 

Esa tarde: Nos vamos de paseo. En el coche llanto. Paseando por la calle se calla. ¡Venga hoy haremos kilómetros! Las risas vuelven a sonar.

Noche: Ducha = llanto. Cena = llanto. Vómito = llanto. Duermen… Descansamos hasta el próximo llanto. —Risas? ¿Quién ríe?— Me habían avisado de que el pequeño se despertaba a las 3:00 para tomarse el biberón —que resulta repetir el ciclo: vómito = llanto = brazos = más risas (esto empieza a preocuparme ¿de verdad las escucho?— pero no que la niña tenía el síndrome “mamá te echo de menos y por eso llora a cada hora para recordarlo”.

Sábado: Amanecida. 6:00 y ya en la tele sentado. Llanto, brazos, biberón, brazos, vómito, risas, llanto, brazos, risas, brasos, brazos, brazos… kilómetros, kilómetros… Así todo el día, para qué cansarte. Lo de las risas se vuelve preocupante. ¿Soy el único que las escucha?

Noche: Ducha = llanto. Cena = llanto. Vómito = llanto. Duermen… Descansamos hasta el próximo llanto. Las risas siguen. El biberón se adelanta es la 1:00. Vómito = llanto = brazos = más que risas ya es descojono. A las 3:00 se repite todo, no me extraña el pobre no ha comido. Preparo el biberón —vómito = llanto = brazos = más risas ¡Ahora sí!, miro el móvil, creo que la aplicación es la que emite esas risas. ¿Se ríe de mí?— La niña sigue recordando a sus padres a cada hora: las dos, las tres, las cuatro… Las risas van acorde.

Domingo: “Sí mi amor, mamá y papá vienen hoy.” Ahora el que se ríe soy yo. Para evitar los llantos ya lo tengo claro, brazos, brazos, brazos… Los vómitos también los evito, ¡Hoy a dieta! Según Aena el avión llega a las 15:30. A las 15:00 recibo un mensaje de mi hermana: “El vuelo se ha adelantado, cosa rara. Ya estoy en el aeropuerto. Te esperamos.”. Mi respuesta es clara: “Yo también estoy en el Aeropuerto”.

En menos de lo que sale un vómito, entrego niña, niño y pertrechos a sus desconsolados propietarios. Aún no se han montado en el coche cuando nosotros ya estamos en la autopista camino de casa. Esa tarde ninguno de los cuatro dijo uno sola palabra. Silencio total.

A día de hoy, todos somos felices. Me he borrado la aplicación del móvil y tengo una orden judicial que me libera durante, al menos, diez años y un día, de volver a quedarme con mis sobrinos, a no ser que el pago sea sustancioso. Las voces desaparecieron, llegué a la conclusión de que, o era una enfermedad mental transitoria, o mi propia estampa la que se reía de mi y de lo gilipollas que soy. El niño, el pobre que no tiene culpa de nada, fue a su pediatra y de ahí a un especialista y le han diagnosticado una enfermedad celíaca, que decidió debutar en mi casa, por aquello de descojonarse del mundo. A día hoy está en fase de recuperación y los vómitos han remitido.

Gracias por leerme.

PD. Enano, nada de esto importa, te queremos.

«¿Quién manosea mis toallas?»

¿Quién es esta toalla?

Lo más sorprendente de decirle a mis amistades y conocidos que en las pasadas vacaciones he estado de crucero es que todo el mundo me pregunta lo mismo «¿Qué animales te hicieron con las toallas?». Así que todo el muno parece conocer que con un par de toallas de baño, o de manos, los incansables tripulantes asignados a los camarotes son capaces de representar una serie de animales, como si de pobladores del arca de Noé se tratara.

Al parecer es una tradición del todo extendida en este tipo de vacaciones, ya que personas que han viajado con distintas navieras relatan el mismo acontecimiento. Por si no lo sabes, la cosa es que, normalmente a tu regreso al camarote tras la cena, el espectáculo, la visita al casino, el paso por el pub y las copas tomadas, sobre tu cama te sorprende la representación de un animal.

El encuentro puede ser bastante guasón. Todos, los adultos primero, nos lanzamos a la caza y captura de la foto del susodicho espécimen antes de que se desarme por completo. Por norma general puedes encontrar todo tipo de animales: cangrejos, elefantes cisnes…, y un largo etcétera que te sorprenderá (si tienes más curiosidad aquí te dejo el enlace a un video de cómo hacer alguno de esos bichos).

Sí, no negaré que es curioso, pero lo que más me sorprende es la aparente amabilidad con la que los asistentes de camarotes, aún con la práctica que tienen por la fuerza de la costumbre, realizan tal adorno, ya que les lleva tiempo e imagino que hartura, sobre todo cuando tienes tantos camarotes que limpiar y ordenar, por la mañana, para volver a preparar para la noche; «perder el tiempo» en hacer esos animalejos, con el fin de caer bien, sorprender al inquilino en cuestión para poder ganarse una propina no debe resultar tan gracioso como nos parece a nosotros encontrarlo.

En fin, que como de todo se aprende, veo que las toallas, además de su parecido con las calculadoras —¿no conoces el chiste de en qué se parecen una calculadora y una toalla?, ¡ups! pincha aquí, pero te aviso que es muy basto—, sirven para más cosas, aunque estas sean entretener a unos míseros cruceristas, que además ya viajan con las propinas pagadas.

¿Has hecho algún crucero? ¿Conocías esto de las toallas? ¿Qué animales te hicieron? ¿Qué te parece esta «tradición»?…

P.D. Las toallas manoseadas no son las mismas con las que te secas. Lo digo para conocimiento de las personas escrupulosas que pasean por esta esquina. :)

Gracias por leerme.

«De aprendiz de agricultor a activo veraneante»

«De aprendiz de agricultor a activo veraneante»

A la fecha en la que estamos ya he decidido convertirme en un aprendiz de agricultor e imitar las artes y labores que por esta época hay que acometer.

En aquellos pagos en los que se cultiva cereal, durante todo el verano se cuida del campo. Los agricultores quitan, a mano, una a una, las malas hierbas; observan hojas y brotes, para evitar plagas, enfermedades…; y, como no, adoran al sol, que les dará el calor que sus plantas y cultivos necesitan para crecer y madurar sanos y fuertes, a fin de que todo transcurra convenientemente, durante este periodo estival, para que en septiembre se pueda dar comienzo a una nueva época de cosecha.

Como te decía, y en contra de lo que pueda pensar o hacer la mismísima señora Cifuentes, yo necesito tomarme unas vacaciones y dedicar mi tiempo a las labores, citadas anteriormente, de mantenimiento y cuidado de esta finca. Imagino que tú también necesitas descansar de mis desvaríos y locuras, aunque sin duda tu solución tiene mas fácil remedio. Yo me he encabezonado a seguir con este página y salga el sol por donde salga, lo seguiré intentando, hasta que me canse o se me ocurra alguna otra idiotez en la que invertir las noches de los jueves.

Me marcho hasta septiembre. Te dejo con la promesa de traer nuevas historias, algunos proyectos y muchas ganas volver a verte pasear y detenerte un rato en esta esquina.

¿Planes de verano? Como ya te medio conté en este post, entre mis tareas para el verano, ya tengo varias actividades decididas que, sin duda, serán una buena fuente de alimentación para esta surtida esquina. Otros planes menos importantes simplemente dejaré que surjan y espero que muchos, atractivos y divertidos, me vayan sorprendiendo por el camino.

Lo dicho, disfruta mucho tú también y nos vemos el 7 de septiembre, que es el primer jueves del mes, al que acudiré sin falta a nuestra cita. XOXOXOX

GRACIAS POR LEERME.

«Organizar mis aficiones no es cosa de niños»

Este pasado fin de semana, por fin, tuve tiempo para empezar a organizar lo que será una de mis aficiones para cuando me jubile.

Llámame loco. No pasa nada, ya sé que lo estoy. Seguro que dirás que soy un exagerado y que aún me queda mucho tiempo, tampoco pasa nada, pero es que estoy convencido de que los buenos planes hay que irlos construyendo con tiempo y cariño.

Tengo una gran lista de cosas que hacer en mi tiempo libre (montañismo, escribir, hacer deporte…, las otras locuras que ya conoces) y lo que quiero es irlas perfeccionándolas y organizándolas poco a poco para que, cuando llegue el momento, tenga tiempo para todo y no se me quede ningún sueño por cumplir. Así que, ¿por qué no empezar ahora?

Si me conoces lo suficiente, y si no te voy a revelar uno de mis secretos, soy un fanático de los Playmóbil, aunque no llego a rozar es estatus de friki. Sí, de esos maravillosos y pequeños muñequitos semiarticulados que rememoran profesiones, deportes, momentos de la historia… De hecho llevo siempre uno colgado en mi mochila, ¿no te habías dado cuenta?

Me crié con ellos, solo jugaba con ellos. Tenía cientos y como me gustan mucho, cuando fui padre seguí comprando alguno más para mis hijos. Ahora que ya ellos se hacen mayores las cajas se están apilando en una esquina llenándose de polvo.

Unido a todo ello, hace un par de meses, mi madre, que como todas las madres es casi perfecta, sabedora de mi devoción, descubrió en casa una bolsa que guardaba, como quien atesora una reliquia familiar, una bolsa con algunos de ellos. Cuando abrí aquel empaque mis ojos se pusieron como platos y a mí volvieron recuerdos de la infancia, momentos de luchas y batallas vividas con aquellos pequeños esbirros. Todos recuerdos y momentos muy felices. En ese momento decidí cual iba a ser el futuro de esos pequeños supervivientes.

Por fin tengo la vitrina y por fin, e empezado a limpiarlos, armarlos y colocarlos en el lugar de honor que, por historia y cariño, les corresponde en mi salón.

Por ahora será solo una colección discreta de los mejores, los más originales, los que encuentre de colección, los que pueda ir tuneando, pero, en un futuro no muy lejano, cuando me jubile, se convertirán en auténticos dioramas que representen momentos de la historia…

Ahora, cuando me siento en el sofá y miro para aquella esquina, mi cara se ilumina, me sonrío yo solo. El niño que está atrapado en el reflejo de esa vitrina disfruta de lo que ve y, con ese sentimiento, mi camino del día a día se hace más feliz y agradable. Hoy toca compartirlo contigo.

Gracias por leerme

«Otra historia para “El flautista de Hamelín”»

Sacada desde mi móvil en la Calle Castillo.

¿Recuerdas la historia de «El flautista de Hamelín»?: “Cuentan que hace mucho tiempo, había un hermoso pueblo llamado Hamelín, en el que sus habitantes vivían muy felices. Un día sucedió algo muy extraño, todas las calles fueron invadidas por miles de ratones que iban arrasando con toda la comida. Ante la gravedad de la situación, los gobernantes de la ciudad, convocaron al Consejo y ofrecieron cien monedas de oro a quien nos libre de aquella plaga de ratones.

El joven se ofreció a ayudarles. Armado con su flauta mágica empezó a pasear por las calles haciendo sonar una hermosa melodía que parecía encantar a los ratones. Los ratones empezaron a salir de sus escondrijos para seguirle. El flautista se alejó de la ciudad hasta llegar a un río, donde todos los ratones perecieron ahogados...”.

El otro día paseaba por Santa Cruz cuando el sonido de una flauta me atrajo hacia ella cual ratón. El resto de los ratones, ahora convertidos en caminantes atareados en sus gestiones, sus móviles, sus prisas y sus agobios, parecían no escuchar aquella música. Todos seguían de largo. Yo, en cambio, tenía tiempo para parar cinco minutos y observar.

El personaje realmente tocaba mal aquel instrumento, pero el esfuerzo que estaba haciendo para intentar sacar unos euros, era realmente poderoso. Sus ropas, su pelo y la suciedad que lo rodeaba tampoco le ayudaba demasiado en su recolecta. Hasta que un grupo de niños, atraídos por la música, pararon para deleitarse.

El grupo de padres y madres que los acompañaba, quince o veinte metros más atrás, distraídos con sus charlas y bromas, al llegar a la altura del flautista, les alentaron para continuar la marcha. Los niños y niñas solicitaron monedas para lanzar sobre la pequeña manta que presidía el suelo, a modo de alfombrilla de entrada al hogar. Los adultos aportaron el canon. Los niños dicharacheros depositaron las más que probables pequeñas cantidades en el lugar indicado. El hombre agradeció el gesto.

El grupo continuó su camino y yo quedé con la foto para mi INSTAGRAM y la entrada para este blog, mientras pensaba que la historia de Hamelín fue otra, aunque le podemos encontrar cierto parecido y distinto final.

Gracias por leerme.

«Sueño cumplido con sabor a fresa y nata»

Jugar con las fresas y nata

La cena, como cada vez que el grupo se reunía, era la algarabía que todos esperaban. Entre risas y bromas, gritos y retos, terminaron jugando con las fresas y la nata que acompañaban, a modo de decoración, los platos de los postres, activando ciertos sentimientos y miradas ya casi olvidadas. Fuera llovía. Lo hacía con ganas, así que la ronda de chupitos, que suavizaba la llegada de la cuenta, se convirtió en algo más larga de lo esperado. Uno, dos, tres…

Alguno de los asistentes, los que tenían familia en casa esperando, o el coche más cerca, se despidieron con cierta desazón, todo aparentaba que la cosa no iba a terminar ahí. Quedó la cuadrilla de siempre.

Alguien propuso ir a tomar copas a una cafetería cercana, aunque con el palo de agua que caía, era obligatorio ir en los coches. Ellos dos decidieron ir juntos. Él no había bebido casi nada y ella, según sus propias palabras, necesitaba un poco de aire. El alcohol se le había subido, un poco, a la cabeza.

A mitad del camino una llamada alertaba de que la otra mitad de los que quedaban, habían decidido retirarse. Quedaron los dos solos.

—¿Qué hacemos?, ¿dónde vamos? —consultó él.

—A mí así no me dejas. No puedo coger el coche. Necesito que se me pase un poco. Vamos donde tú quieras.

Sin tener muy claro adónde ir, giró el volante para internarse en las calles de la urbanización. A lo lejos había un descampado desde el que se divisa el paisaje, ahora velado por la constante cortina de agua. La música que sonaba en la radio parecía ir acorde al ritmo que la lluvia marcaba.

Nada más parar el motor del coche, ella, sin mediar palabra, lo aferró del cuello, atrayéndole hasta sus labios y su cuerpo. No podía contar las veces que habían soñado con aquella situación.

Gracias por leerme.