«Un día de pesca muy especial»

¿Has ido alguna vez de pesca?

Con los pies a remojo, mientras pescaban, continuaban hablando de sus cosas, a la vez que intercalaban miradas, sonrisas y saludos con los transeúntes que se paraban para observarles con curiosidad. 

Los tímidos peces se acercaban para olisquear el engodo y, poco a poco, irlo mordisqueando. Ellos movían con suavidad sus anzuelos.

—¿Tú estás seguro de que esto se hace así?

—Pero por supuesto, llevo años pescando en río y no puede haber mucha diferencia.

—¿Y porqué la gente nos mira y se ríe?

—Imagino que la envidia debe corroerlos. ¡Ya verás!, ¡no les hagas caso!, debemos mantener la calma para no asustar a los peces. Tu sonríe y que sigan su camino. ¡Pedazo guiso haremos con éstos pequeñines una vez los cojamos a todos!

—Buenos días caballeros —dijo una voz femenina que se les acercó—, soy la encargada del negocio, ¿saben ustedes que esto es un establecimiento de pedicura? 

Gracias por leerme.

«Pedir perdón»

«ESPERO QUE ME PERDONES» Fue lo primero que vio, al levantarse, nada más abrir las cortinas de su habitación.
Estaba seguro de que el día anterior aquella frase, escrita con una elaborada caligrafía, en espray negro, sobre la pared blanca del muro lindero del solar, no estaba.
Nada más leerla, sabía, a ciencia cierta, que la pintada en cuestión estaba dirigida a él. Además de por lo obvio, estaba enfrente de su casa, porque justo antes de irse a acostar, y en aquel preciso lugar, tras una discusión más que notable, había roto con su pareja.
Aún con las ventanas de su cuarto cerradas, escuchó a su padre vociferar indignado desde la calle:
—¡Sinvergüenzas! ¡Quién habrá hecho esta mariconada!
Su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, acompañada de un comentario en voz baja, que cambió el malestar con el que se había levantado.
—¡Ay!, si tu supieras.
Gracias por leerme.

 

«Con una caricia»

Poco antes de que los domingos fueran tan grises y amargos, poco antes de que su último aliento de vida tuviera deseos de escapar por la comisura de los labios, Juan era feliz.
Entre sus mejores características cabía destacar que era buen estudiante, amable con las personas mayores, educado con sus amistades, cariñoso con sus familiares, agradecido con quienes lo cuidaban… Quizás por eso pedía y se le concedía. Tenía todo lo que un niño podía querer y necesitar, salvo la enfermedad, esa había llegado sin permiso. Era de las peores, de las que te debilita poco a poco. Quizás por eso pedía y se le concedía.

Como todos los domingos, su madre lo visitó en la zona de aislamiento del hospital, donde estaba ingresado. Él volvió a pedir: «Quiero ser una estrella». Ella, con todo su amor, en una caricia le cerró los ojos. El amargo deseo se concedió.
Gracias por leerme.

«El fin de la egocéntrica»

Imagino que lo hace sin querer, sin darse cuenta, pero desde luego lleva tiempo haciéndolo y ahora, con la edad, parece que esa tendencia suya, de intentar convertirse en el centro del mundo, se está intensificando.
Cada vez que nos reunimos intenta, por todos los medios, convertirse en la protagonista de todo aquello que acontece. Si alguien cuenta un viaje, el de ella es mejor, si alguno tiene una azaña divertida que compartir, la de ella lo es más… Y así con todo.
Los demás empiezan a darse cuenta. Yo llevo tiempo observándolo pero, para no reforzar su ego y para mantener la fiesta en paz, prefiero no comentar nada. 
Quiere ser el centro de todo: en una boda la novia, en un bautizo el bebé y en un entierro la difunda. Pero lo siento, no hay tiempo para más. A llegado la hora de cambiar de actores, escenarios, historia…

Gracias por leerme.

«Hacia la otra vida»

La vieja mecedora que tengo en el porche de casa, es como una máquina del tiempo. Me balanceo en ella, mientras disfruto de la lectura, unas caladas a la pipa, una agradable bebida, y me traslada a otra existencia. Hoy la tarde está fresca y da gusto estar aquí.
Mi vida pasa ante mí de manera fugaz, como imágenes de resumen de una película que pondrán en breve en la televisión: trabajo fijo, un matrimonio, dos hijos, tres nietos…, toda una vida.
En mi balanceo noto como mis ojos se van cerrando. Mi cuerpo se afloja, se relaja. Me duermo.
En el duermevela inicial veo pasar al vecino, que se despide con la mano. Se va de viaje por Asia. Solo. Él y su mochila. 
Mis párpados caen, el balanceo se detiene. Mi máquina del tiempo me dice que ha llegado la hora. Ya sé cómo viviré mi próxima vida.

Gracias por leerme.

«Con el cambio de luz»

La noche se
presenta oscura y callada. Una llamada inesperada hace que Raúl deje a un lado
el plan que se había marcado, en el sofá de su salón, para acudir a una pequeña
reunión de viejos compañeros.
Tras los saludos, besos, abrazos y
alegrías por el reencuentro, con la primera cerveza llegan las risas, con la
segunda las bromas y las simpáticas anécdotas de tiempos pasados, con la
tercera una cena que, a modo de picoteo, facilita las chanzas entre unos y
otros.

Con la despedida, y la promesa de no
tardar en volver a reunirse, Raúl se queda a solas con Carmen. Mientras se acompañan
al coche continúan las risas y con ellas un primer beso robado y sorprendente,
que abre la puerta a un festival de fuegos artificiales, en forma de abrazos,
miradas y alguna que otra mordida de labios. Ahora la noche está llena de luz.
Gracias por leerme.

«La mula»

Seguro que alguna vez has visto una mula de carga. Yo, aunque parezca mentira por la época que vivimos, cada mañana tropiezo con una.
Lo primero que llama la atención es el color oscuro de su piel y la gran cantidad de pelo que tiene su cabeza. Su andar es ágil y decidido, pese a llevar atado sobre su grupa, o colgado a un lado, tres bultos, dos de ellos de grandes y pesadas dimensiones, que le hacen caminar ladeado. También llama la atención el paso escorado que luce, motivado por una seria lesión en su pie derecho, que le hace tirar de él, más que adelantar un paso tras otro.

Siempre camina solo, sin recua, siguiendo los pasos de su guía que, algo más rápido, camina unos pasos por delante, sin atarlo. Hay niños que dan libertad a sus padres a cambio que les carguen la mochila del cole. Gracias por leerme.

«Como pompas de jabón»

Extraída, sin permiso, de San Google
Yo paseaba. Ellas disfrutaban de la mañana, dándose un sencillo baño de rayos de sol, en la plaza. En el centro, llamando la atención de los transeúntes, el titiritero juega con sus marionetas; en la esquina de la derecha, un perroflauta lame a su amo; y en lo alto del bordillo de la fuente, un personaje, con nariz de payaso, inventa una enorme pompa de jabón con dos cuerdas enlazadas a sendos palos.
Madre e hija disfrutan del espectáculo. La pequeña, con la boca abierta, quiere salir corriendo y estrellar su cuerpo contra la etérea materia de jabón y agua, pero los preciosos colores que los rayos del sol le devuelven, al atravesar el elemento, se lo impide.

Su madre disfruta con la sonrisa de su hija. Sus pensamientos se atiborran al recordar que su mundo acaba de explotar, como aquella pompa que la niña señala alejada de toda realidad. 

«Un buen desayuno»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google

Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos. A veces lo hacen como haces de luz, otras con forma de pequeñas mariposas multicolares y en algunas ocasiones como pequeños suspiros. Se escabullen por la pequeña rendija que queda entre la puerta y el cálido rebestimiento de paquet que protege el suelo.

Del otro lado, papá y mamá, cazamariposas en manos, los atrapan para que no se escape ninguno de ellos. Saben que aquella es una de las noches del año en la que deben montar guardia.

Amanece. Tras una larga noche en vela creen haberlos cogidos casi todos. Siempre hay alguno que logra escabullirse y jamás será encontrado. 

Los desayunos de los niños están servidos. Ellos se relamen. Mamá y papá se miran satisfechos. Una vez capturados los sueños que intentaban fugarse, se los han mezclado en la leche. Ahora volverán a su sitio y sus hijos continuarán siendo niños.

«En un descanso del trabajo»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Salió a estirar las piernas y a despejar la cabeza. Encendió un pitillo mientras dejaba caer su cuerpo contra la pared, para lograr un punto de apoyo más seguro que el que le ofrecían sus cansadas piernas.
Del otro lado de la calle unos gritos llamaron su atención. Desde su distancia miró mientras apuraba un par de caladas al cigarro.
Una pareja parecían mantener una acalorada discusión. Sin previó aviso él levantó su mano y le cruzó la cara de derecha a izquierda. Ella cayó al suelo, como un pesado saco que es lanzado con desprecio.
Ana no lo pensó. Tiró el cigarro, con una clara señal de odio y desprecio. Comenzó a caminar con paso firme,  dirigiéndose hacia el hombre. 
Se acerco por detrás. Sin decir una sola palabra le rebanó el cuello. Limpió el cuchillo en la misma chaqueta del hombre. 

Relajada volvió al trabajo en la carnicería.