«El duelo»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
—¡Cuánta fuerza y qué poca puntería! —graznó aquel pirata cojo, de pata de palo, con parche en el ojo…, recién salido de una canción de Sabina—, sobre todo teniendo en cuenta tu tamaño —dijo golpeando su espada sobre la cabeza del pequeño que lo miraba boquiabierto.
—Hago lo que puedo —balbuceó el niño al ver que la tripulación reía con mucho desparpajo ante el error que él había cometido y la ocurrencia de su capitán.
—Ya veo chiquitín, pero ahora me toca a mí. Es lo que tienen los duelos.
El niño temblaba. Sabía que la vida podía irle en ello.

El hombretón cargó e hizo su disparo. La baba resbaló fallando. La tripulación se rió de él, pero ahora, desde la distancia, y viendo la actitud que el fiero capitán mantiene con el chico, todos saben que erró adrede en el duelo de escupitajos. Se había encariñado del enano.

«¿En qué piensas cuando ves golondrinas pasar?»

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Si había algo que le gustaba era quedarse quieto y mirar al cielo. Esperaba. No le importaba de que fueran días con tal de ver pasar las golondrinas. Era su mayor afición.
El verano había concluido, o al menos estaba a punto de hacerlo, y sabía, por esa experiencia que se aprende con los años, que solo tenía que sentarse y esperar. Ya faltaba poco para ver su vuelo. 
Mirando a lo azul vio pasar pasar las aves, con su señorial vuelo y su forma característica,  mezcladas entre nubes con forma de letras, o que parecían textos completos, algunas con tendencia a convertirse en sueños alcanzables y unas pocas, más altas, intocables…, pero todas con el mismo carácter de nuevos proyectos por realizar.

Tras su letargo estival había llegado el momento de retomar el camino, pretendía cumplir con todos esos nuevos retos avistados. Inequívocamente cada uno tiene sus propias golondrinas.

«La línea errónea»

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Pintando aquellos extraños bisontes comenzó a sentir una extraña sensación en la garganta. sabia que algo no iba bien aunque siguió concentrado en su trabajo, al fin y al cabo le atraían mucho aquellos encargos, tan fuera de lo común.
Decidió terminar de perfilar todo el contorno del imponente animal, que ahora tenía entre manos, para luego toser. Era el primero de una larga serie de carraspeos.
Según pasaban los minutos, notaba como la fiebre comenzaba a subir mientras su cuerpo respondía con sudoración, sensación de frío… Tenía que parar. Volvió a toser ahora lo hacía de manera continuada.

Justo en el momento en el que estaba rematando la tan característica frente, un potente golpe de tos hizo que su firme mano se desviara del trazado marcado para cometer el peor error de su vida laboral. Aquella espalda, aquel tatuaje, ya nunca sería lo que pretendía ser. 

«Apostando fuerte»

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Se dirige a la jaula de los leones para demostrarles cuánto se equivocan. Carlos, aunque está convencido de lo que va ha hacer, se acerca a la puerta con cierto resquemor. La fiera lo mira deseosa. Estira sus patas, emite un leve gemido y se relame con ímpetu ante la presencia cercana del chico.
Desde las gradas, los escandalosos babuinos, chillan y vitorean a Maxi. Está claro que han apostado por la fuerza de las fauces, cinco a uno, contra las caricias del muchacho.
Carlos abre la reja y entra. No pierde de vista los ojos del animal, cree poder controlarlo.

Maxi ruge, como tantas veces. Hace temblar al graderío. Los monos contienen sus alaridos a la espera del derramamiento de sangre. Maxi salta. Carlos grita. El león, panza arriba, disfruta las cosquillas como un minino cualquiera. De todos es sabido que los leones no pican entre horas.

«Con anhelo»

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En realidad esto del amor no tenía ninguna lógica. O al menos eso pensó al oír aquel sermón. 
El cura hablaba, sin sabida experiencia, pero con seguridad pasmosa, de la entrega incondicional de dos personas, la una a la otra, que aquel acto significada; del sacrificio de las necesidades personales, a favor de las del otro cónyuge; de la fidelidad; y de un montón de sentimientos relacionados todos con el sacramento del matrimonio, entremezclados con un juramento de entrega total «…en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza…».
Los contrayentes escuchaban aquella retahíla y se miraban de soslayo ensimismados. 
Los asistentes parecían felices, esperando expectantes la llegada del deseado sí, quiero. Todos menos una.

Ella estaba allí sin querer estar. Lo hacía porque su marido era amigo del novio. De vez en cuando sonreía y, mirando de reojo a su esposo, anhelaba el divorcio.

«Un regalo singular»

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Imagino que a ti, como a todos, el anuncio de este año de la Lotería de Navidad te ha emocionado. A mi sí, y mucho, así que, motivado por ese espíritu de entrega, amistad, y generosidad que lograron transmitir, e ido a cada uno de los bares que frecuento —si ya sé que piensas que son muchos, pero créeme que todos necesarios—, para hacerles un regalo.
Algunos de sus propietarios, o sus camareros mas afines, me han mirado raro, otros me han llamado caradura, a unos pocos no les ha gustado mi idea, pero la gran mayoría se han destornillado de la risa ante mi gentil presente.
A todos ellos les he regalado un sobre rojo, con mi nombre ya escrito, para ahorrarles el trabajo de hacerlo en el supuesto caso de que el número que han intentado venderme, sin éxito, toque. 
Gracias a todos, de verdad. Les quiero mogollón.

«La voz interior»

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Descansaba un poco en el sofá, como lo hacía todas las tardes tras el almuerzo. En el preciso momento en que cerré los ojos, aquella chirriante voz me puso en pie de golpe: «Deberías airearte un poco, deberías airearte un poco, deberías airearte…». La impertinente voz interior me repetía, de manera incesante, aquella frase, una y otra vez, como un gorgoteo constante, todo el rato con la misma cadencia.
Me llevé las manos a la cabeza. Apretar las sienes no parecía llevar a ningún sitio. Ella seguía con su cantinela.
La repetición era sobre la misma superficie, encima del mismo punto de mi cerebro, sin moverse ni un milímetro. El efecto que hacía a mi salud mental era erosivo, corrosivo.
Quería terminar de escucharla, así que, no pude más, le hice caso y me lance por la ventana. Entonces escuché el resto: «…aunque no eres inmortal, idiota».

«Un vago recuerdo»

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Lo apodaban “San
Pedro”. El motivo resultaba evidente: siempre llevaba consigo un manojo de
llaves.
Era costumbre verlo pasear, y hasta jugar, con aquel ramillete metálico, tintineando
entre sus manos a la hora de elegir una de ellas.
Las había de todos los colores, tamaños y formas posibles, por lo que, a
veces, le costaba encontrar la que buscaba. Hoy era un día de esos.
Andaba un poco despistado así que, parado frente a la puerta de su casa,
se puso a rebuscar la llave que necesitaba.
Una llamó poderosamente su atención. Sabía qué abría cada una, pero
aquella, pequeña y casi rumbrienta, no recordaba haberla visto. Sin duda alguna
era la más débil, por lo que pasaba desapercibida entre sus compañeras más
grandes, lustrosas y dentadas.

Tras un rato contemplándola llegó a su memoria un vago recuerdo. Era la
que abría su corazón, ¿cuánto hacía que no la usaba?

«Cuando llegó la hora»

Extraída, sin permiso, de San Google
La
pared de piedra, gastada y húmeda, aparecía llena de rayas. Era el calendario con el que contaba los días que llevaba encerrado entre
aquellas miserables cuatro paredes.
Le
habían dicho que hoy acabaría el sufrimiento. Por fin dejaría de
estar rodeado de insectos, ratas y de su propia pestilencia.
Desnutrido, sucio y magullado, había perdido todo el sentido y las
ganas de vivir que tiempo atrás había demostrado. Ahora se sentía
ilusionado.
El
ruido de los goznes de la puerta chillaron cuando esta fue abierta.
Gran cantidad de luz entró, cegándole por completo.
Lo
sacaron al patio. Había vítores y una gran algarabía. Permitió
que el sol se hundiera en su cuerpo recobrando la vida. Aún con los
ojos cerrados creía saborear la felicidad, el gusto de la libertad,
pero no tuvo en cuenta que corría el año 1792 y que, tal día como
hoy, se estrenaba la guillotina.

«Reflexiones sobre la paternidad»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.
Nuestros mismos ojos, idéntico color y brillo. Parecida la forma de las orejas, quizás algo más puntiagudas. Mi mismo corte de cara, aunque con la nariz algo más chata. El pelo ensortijado, tirando a negro —esa característica no es de ninguno de los dos. Ambos lo tenemos castaño—. Dedos afilados y elegantes, como los de la madre.
La dejé hablar.
—No cabe duda, es nuestro —dijo mi esposa con una extraña sonrisa mientras me miraba para convencerme.
No podía creer lo que estaba intentando hacer. Mantuve la calma, me armé de valor y busqué la pregunta más adecuada.
—¿Qué me dices del color de piel?
—¿Qué? —dijo ella como si nada.
—¡Es verde! ¡El niño es verde!
—Tranquilo. ¡Al menos no es negro! Siempre podremos decir que es una extraña enfermedad, o la genética, los antepasados…
—Mari, no estoy seguro de que lo de la abducción fuera un extraño sueño.