«Reflexiones sobre la paternidad»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.
Nuestros mismos ojos, idéntico color y brillo. Parecida la forma de las orejas, quizás algo más puntiagudas. Mi mismo corte de cara, aunque con la nariz algo más chata. El pelo ensortijado, tirando a negro —esa característica no es de ninguno de los dos. Ambos lo tenemos castaño—. Dedos afilados y elegantes, como los de la madre.
La dejé hablar.
—No cabe duda, es nuestro —dijo mi esposa con una extraña sonrisa mientras me miraba para convencerme.
No podía creer lo que estaba intentando hacer. Mantuve la calma, me armé de valor y busqué la pregunta más adecuada.
—¿Qué me dices del color de piel?
—¿Qué? —dijo ella como si nada.
—¡Es verde! ¡El niño es verde!
—Tranquilo. ¡Al menos no es negro! Siempre podremos decir que es una extraña enfermedad, o la genética, los antepasados…
—Mari, no estoy seguro de que lo de la abducción fuera un extraño sueño.

«Con valor inmaterial»

Y allí sigue, en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.

cine, el barco pirata y la nave espacial, ocupando un espacio privilegiado en nuestro cuarto trastero. 

Parece mentira que aquel objeto tan insignificante pueda cobrar tanta importancia como para continuar guardado durante todos estos años y ahora, al verlo, tener deseos de cogerlo y de seguir conservándolo.
En cuanto lo vi acudió a mi memoria simpáticos recuerdos. La recordé siempre sonriente, feliz, como una niña pequeña. Le divertía jugar con ella, sacarla —a pasear decía ella—, mientras todos chillábamos y reíamos espantados, porque sabíamos que aquello era parte de su juego.
Disfrutaba, lo veía en el brillo de sus ojos, cuando la lavaba, cuando la cepillaba para sacarle brillo, pero sobre todo le resultaba muy divertido darle los buenos días por la mañana y ponérsela.
La dentadura de la abuela es una de esas cosas que siempre tendrá valor. 

«La siniestra mujer blanca»

Todas las mañanas, ya avanzada la jornada, entra en el banco como
Extraída, sin permiso, de San Google.

una suave, misteriosa y silenciosa sombra. Su mirada esta perdida, pero eso no le impide dirigirse hasta mi puerta, plantarse bajo el quicio, hacer un extraño giro de su cuello e emitir un flojo y desvalido buenos días, seguido de una siniestra sonrisa.

Su rostro es pálido, blanco, como el de muerte. Sus ojos, abiertos sin parpadeos y grandes como platos, reflejan el brillo de las lámparas y la nada en sus pupilas.
Autómatamente, cuando recibe mi saludo como respuesta, hace un giro sobre sus tacones, casi militar, y se marcha decidida hacía la siguiente mesa. Allí repite la misma operación, sigue el mismo proceso, como una actuación bien ensayada.
Desde mi posición la observo, como lo haría un buen oteador. Sus primeros minutos de trabajo están dedicados a este ritual. El resto del día nadie lo sabe.

«La última carrera»

Hoy se ha levantado pletórico de energía, como lo hace una persona

(Imagen publicada por El Pais el 10/01/2014)

como él, un auténtico atleta que, además, presume de tener más de mil medallas en su haber.

Está entusiasmado, con el nerviosismo propio del joven que se enfrenta a su primer reto, pese a tener más de noventa años. Lo hace convencido de conseguir su nueva meta, su última carrera.
Sus familiares y amigos lo esperan para animarlo, para darle las agradecidas fuerzas que siempre vienen bien para superar el reto, su último escollo. Tras largos ratos de reflexión personal, de encontrarse consigo mismo, ha decidido que esta será la última competición a la que va a enfrentarse, pero, sin duda, la más importante.
Los asistentes lo saludan. Todos lo rodean. Saben que la decisión ha sido difícil, puede que alguno no la entienda, pero la respetan. Se saca fotos. Levanta la copa y brinda por su eutanasia.
PD: en honor a Emiel Pauwels, el atleta más longevo del mundo, que a sus noventa y cinco años, y con una enfermedad incurable, decidió aplicar su derecho y poner fin, dignamente, a su vida. 
Más info en: http://elpais.com/sociedad/2014/01/10/actualidad/1389379895_610557.html

«La nueva especie animal»

(Extraída, sin permiso, de San Google)
Ayer, una vez más, quedé profundamente sorprendido al abrir la gaveta que guarda los calcetines. ¿Cómo es posible que tenga seis unidades divorciados, o viudos, de sus respectivas medias naranjas? ¿Dónde han ido a parar los ausentes?
Imagino que el proceso que sigue el calcetín en tu casa es muy parecido al de la mía. A saber: me los quito en el cuarto de baño. Tras ducharme, me pongo el pijama y recojo toda la ropa del suelo para llevarla a la cesta de la ropa sucia, que está junto a la lavadora. La distancia no es mucha. Me aseguro de que estén bien estirados y que los oscuros vayan a la cesta de la ropa oscura o de color. Una vez lavados se tienden. Se recogen y se emparejan ¡aquí está el problema! ¿Dónde está el compañero de éste? 
Deben haber animales carnívoros, herbívoros, omnívoros y «tejívoros», mi lavadora.

«Ring, ring, ring»

Extraído, sin permiso, de San Google.

El viejo dicho que había escuchado más de cien veces, en este caso, no tenía razón:«si no hay noticias, son buenas noticias»; o al menos el no lo entendía así.
Cada cinco minutos miraba el teléfono. Estaba encendido, ¡claro que estaba encendido!, siempre lo estaba. Comprobaba el volumen varias veces, sabía que, en el trabajo, tenía que mantenerlo en silencio, pero no podía hacerlo. Esperaba aquella llamada.
De repente el aparato comenzó a sonar, vibrar e iluminarse, de una manera casi diabólica, justo en plena reunión de recortes. Deseaba aquel instante como agua de mayo. Podía ser el inicio de una nueva etapa, de una nueva carrera profesional.
Los asistentes a la junta le recriminaron con la mirada. El se excusó, cargó sus pulmones de aire limpio y se dispuso a contestar.
Número desconocido, ¡bien! Es este —pensó—. ¡A llegado el momento! 
Contestó, pero se desilusionó. Sólo era publicidad.

«Buscando intimidad»

Extraída, sin permiso, de San Google.

Estoy
cansado de que esté ahí, parado frente al espejo, mirándome,
espiando. Como si yo no me diera cuenta. Voy a plantarle cara:
―Tú,
¿qué haces?
―Ya
lo sabes. Esperaba tu pregunta.
―Para
de leerme la mente. Eres un maleducado.
―No
puedo dejar de hacerlo, es un don.
―¿Un
don?, una grosería diría yo. Necesito que pares de hacerlo, que me
dejes tranquilo y necesito que lo hagas ya.
―¿Por
qué te molesta tanto?
―¡Porque
sí! ¿Es que no te das cuenta?, ¡necesito intimidad!
―No
hay nada en ti que no conozca.
―¡Joder!,
mira que te pones pesado. Necesito estar relajado en el baño. ¿De
verdad que no lo entiendes?
―No
querido, el que no lo entiendes eres tú. Tenemos doble personalidad,
vamos juntos a todas partes, no leo tu mente, soy tu otro yo. Si
cagamos lo hacemos juntos.

«Un sentimiento»

Cuentan las viejas historias que, entre los brillos nocturnos del cielo, entre las estrellas más duraderas y viajando entre las más fugaces, siempre se encuentran los más increíbles y formidables sueños que las personas imaginan. 
Anoche Luis, entre sus oníricos pensamientos,  te añoró. Lo hizo reviviendo la última vez que os visteis, sentados uno frente al otro, hablando, riendo y compartiendo aquellas pequeñas historias sin importancia. 
Ha pasado un año, quizás dos, y las noticias que sabe de ti son escasas: algún mensaje, alguna llamada fugaz, un vago recuerdo de tu risa o tu canto… Hoy el recuerdo se hizo más tangible. Recordó los escasos momentos vividos, los pequeños minutos disfrutados y, sobre todo, recordó alguna  mirada cómplice que, en sus sueños, querían tener otros significados. 
Hace tiempo que no te ve. Hace tiempo que no comparte la sensación que provoca tu presencia, por eso soñó: te extraño.

«Cuestión de preferencias»

Extraída de San Google

―Que
se arrime un poco más al borde de la cama, a ver si logramos estar
más cómodos.
―Me
da pena moverlo. ¡Está tan guapo!
―Sí
cariño, pero estoy muy incómodo y además me voy a caer de un
momento a otro.
―¡Chico!,
todo te molesta. A lo mejor deberías irte al sillón del salón.
―¡Pero
bueno!, ¿porqué no lo mandas a él?
―¡Es
que es tan bonito! Y tan bueno.
―Lo
es, lo es, pero yo trabajo mañana, ¡y son las cuatro de la mañana!
Él no hace nada, podrá dormir todo el día.
―Déjalo
hombre, no seas así. Mira lo a gusto está. Y la compañía que me
hace.
―Ya
lo veo, si eso no lo discuto, solo digo que necesito dormir y en esta
posición no puedo.
―¡Vete
al sillón! Él es mi perro y duerme conmigo.

«La respuesta correcta»

―…y
restos de lágrimas en la mejilla.
La
ponencia del decano había terminado con aquella sorprendente frase.
Todos quedamos pensativos observando la última diapositiva. Comenzó
el turno de las preguntas y los comentarios.
―Entonces
se puede afirmar que el sujeto varón murió llorando ―se apuró a
sentenciar Antonio para hacerse notar.
―Puede
―intervino el profesor de manera cortante porque no le gustaban las
afirmaciones hechas a la ligera― aunque no debe usted menospreciar
otros acontecimientos, que también justifican la presencia de esas
lágrimas en el rostro de nuestro sujeto, tales como: una alergia,
obstrucción del lagrimal, irritación…
Antonio
era mi contrincante directo para conseguir aquella plaza de profesor
asociado en la facultad, por eso me atreví a intervenir, sin mucho
pensar, en cuanto el profesor hizo la pregunta clave:
―Entonces,
¿porqué afirmo que esta pareja de momias son Adán y Eva?
―Es
evidente, a él le falta una costilla.