«Como en la letra de una vieja canción»

«Como en la letra de una vieja canción»
siempre hay viejas canciones cantadas sobre viejas historias.

Como si de un personaje de la vieja letra de una canción se tratara, aquel borracho con babas, se mantiene acodado en la barra del bar. No está muy claro si es él el que la aguanta o es ella la que, con la marca hecha en la madera, le facilita sostén tras tantas horas allí de pie.

Varios son los intentos que ha realizado para asaltar a las chicas que ahora bailan a su alrededor en una especie de aquelarre que, para nada, pretende convocar su espíritu. Él se acerca, dice algunas palabras con doble intención, un par de piropos y retorna a la misma posición solicitando al camarero otra ronda de chupitos de color rosa con los que brindarlas. 

Al otro lado del bar la cosa no mejora. Un apretado traje verde, ya entrado en años, y con las bembas, pómulos, cejas, pechos y…, hinchados por tanta silicona, se menea con intención sugerente. Es difícil imaginar si la transición la tiene concluida. 

Según las lenguas del lugar, llegó de Barcelona, tras pasar tiempo prostituyéndose para lograr huir de un pasado oscuro en su país de origen. Tras operarse, recaló en esta tierra y ahora pasea por entre aquellas mesas intentando dar un toque de glamour. Conoce a todo el mundo. Se siente la diva, la más divina de todo el garito. Se muestra como tal y así la tratan.

A diferencia del otro elemento, ella se acerca al público y la gente le habla, le ríe las gracias. Ella busca las miradas, el contacto de las pieles de los clientes, habituales o no, se insinúa. En los nuevos pone su mira y coquetea. Saca la lengua con lascivia y mordisquea su labio intentando provocar al personal. 

Se pone a bailar con las chicas. Ahora el borracho la mira a ella también. En el centro, como si sus pies fueran la punta de un clavo, que sostiene el baile de trompo,.gira alrededor de ellas hasta que mantiene la mirada del chico que las acompaña. Se acerca a él. Le acaricia el rostro, lo mira con deseo y… «Nos vamos viejo, esta gente está hecha de otra pasta», dice girando la cara y mirando al viejo borracho que derretido por sus palabras eleva el cuerpo. 

El hombre ve cumplido sus sueños. Su decrépita compañera no se olvida de él. Con cariño se dan un pequeño pico en los labios. Ella lo agarra del brazo y con la mirada alzada, para mostrar el orgullo de estar con su hombre, comienza el taconeo. Se despide de todas las mesas. Ante todo lo importante es no perder la compostura.

Ambos se marchan tarareando. Y es que, si Ana Belén estuviera aquí, ya tendría historia y letra para justificar su vieja canción, sin necesidad de sentarse a ningún viejo piano. 

Gracias por leerme.

«La versión de Iván del cuento de Pedro y el lobo»

«La versión de Iván del cuento de Pedro y el lobo»
Siempre hay un lobo que nos acecha

A Iván siempre le han gustado los cuentos. Sus mejores recuerdos de niñez son aquellos en los que revive los momentos en los que su abuela lo sentaba sobre el regazo para narrarle las viejas historias. 

Su favorito era el cuento de Pedro y el lobo. Siempre había imaginado la cara de los vecinos de aquel pueblo, cuando el protagonista avisaba de la llegada del lobo, una y otra vez, y como siempre picaban. También le hacía una gracia especial el día que ya no le hicieron caso y ¡zas!, apareció el lobo.

Iván se imaginaba aquello y a solas en su cuarto, planeaba momentos y ocasiones para emular a Pedro. Tanto era así que en no pocas ocasiones, entraba en el edificio gritando y alterado. Subía las escaleras a toda prisa vociferando algún aviso y siempre generando alarma entre el vecindario.

Cuando lo hacía, su abuela gritaba su nombre y se enfadaba mucho con él. Pero no era suficiente. Aquellos pequeños avisos no le causaban temor e Iván, pasados unos días, ideaba otra manera de alterar al vecindario. Así ocurría semana tras semana. Su abuela lo rependía, lo acusaba, le mostraba el dedo acusador, pero el chico siempre hacía de las suyas.

Como era de esperar, tal y como había pasado con el lobo de Pedro, llegó el día en el que Iván entró al edificio necesitando asistencia. Todos reconocieron su voz y nadie le hizo caso. Al ver lo ocurrido, y comparándose con el cuento de Pedro y el lobo, Iván se enfadó de verdad. Llenó la papelera del descansillo de entrada con papeles y plásticos para luego  prenderles fuego. Nadie lo vio venir, aunque él había avisado.

Un humo negro y denso lo ocupó todo. Los vecinos, asustados por el ataque, tuvieron que abandonar sus casas. La llegada de los bomberos, alertados por la columna negruzca fue el detonante de aquel gran desastre. 

Su abuela, a partir de entonces, dejó de llamarlo por su nombre y, desde aquel día, lo bautizó como Hijo de Putin.

Así nos va. 

Gracias por leerme.

P.D.: No a la guerra.

«Tomar un buen café caliente»

El café me gusta tomarlo caliente como a las…

El café me gusta solo, caliente y amargo. Hay quién dice que así mismo es la vida. Quien piensa de esta manera, no siempre acierta.

El pequeño apartamento en el que ahora vive tiene grandes ventajas. Si le preguntas a él, sin duda te dará dos: Se limpia fácilmente y dispone de una fantástica terraza en la que se sienta todos los días a disfrutar de un buen café. Lo hace como yo: solo, caliente y amargo, como la vida misma. 

Aquel día, se disponía a desayunar en la terraza mientras se ponía al día con lo ocurrido en el mundo leyendo Twitter. El timbre sonó y eso le molestó, no le gustan las tostadas frías y, por supuesto, tampoco el café.

La mirilla le devolvió una imagen que no se esperaba. La vecina rubia. 

–Perdona que te moleste. Es que he dejado las llaves de mi apartamento puestas en la cerradura, cerré sin querer y… Ya sabes, mi ex dice que es porque soy rubia.

No supe qué decir. Aquella mujer me ponía nervioso. Habíamos coincidido un par de veces en el garaje, pero como nunca uso el ascensor, apenas cruzábamos un intento de saludo con la cabeza. Otros días, la escuchaba en la terraza: hablando por teléfono, o regando las plantas, o tomando el sol… Reconozco que en alguna ocasión me subí a la silla para espiarla por encima del muro.

–Tranquila, tu eres la vecina rubia y yo el vecino colgado –comté de manera estúpida– ¿Qué quieres hacer?

–Si no te es mucha molestia, creo que podría saltar por tu balcón y así poder entrar en mi casa… Dejé la puerta abierta, salí a regar las plantas del pasillo y la corriente de aire… –su cabeza bajó y entonces me di cuenta, hasta ese momento solo me había fijado en los labios carnosos de su boca, que estaba en bikini.

Allí me quedé, embutido aún en mi pijama, con la cafetera en la mano enfriándose y con la mirada puesta en sus pechos, calentándome.

–Genial –atiné a decir– ¿Te apetece un café?

Desde ese día, siempre que podemos, nuestro gusto por el café ha cambiado. Ya no lo tomamos solos, sino juntos, ni amargo, sino acompañados de risas y carantoñas. Lo que sí que ha aumentado es lo caliente del momento.

Gracias por leerme.

«Hablarle al mar»

«Hablarle al mar»

Despedirse no es fácil si lo compartido fue sincero y duró en el tiempo. Así al menos me lo contó Pepe –nombre escogido al azar– el día que lo vi sentado sobre las rocas del rompeolas.

–¿Qué haces? –le consulté nada más reconocerlo de espaldas.

–Esperar el momento –contestó él sin apenas mimarme. Extrañado me senté a su lado. 

Durante mucho tiempo nada hablamos. Parecía que el mar nos tenía embelesados en su suave batir. Al rato él rompió el silencio.

–Me apena no haberla besado más –afirmó mientras giraba su cara para mirarme–. Quizás debí hacerle más caso, o hablarle más, o susurrarle más, o… –entonces me di cuenta de que aquel hombre, pese a sus años de entereza y trabajo duro, lloraba.

No supe qué decirle. No dije ni una sola palabra. Mientras los dos seguíamos mirando las olas, mi mano se posó sobre su hombro para intentar apoyarlo. Allí se quedó un buen rato. 

Cuando noté que sus lágrimas dejaban de fluir, que su aliento recuperaba la normalidad, me atreví a preguntar. 

–¿Por qué estás así? ¿Qué te ha pasado para encontrarte de esta manera?

Él suspiró. Tomó aire y dijo:

–El año acaba de terminar y lamento tantas cosas que pude haber hecho y no hice. Sobre todo en lo que se refiere a mi relación con ella.

–Pero aún estás a tiempo. La vida sigue y…

–Lo hemos dejado –dijo tajante mientras se ponía en pie.

Me sorprendió su respuesta. Tanto que no dije nada. También me levanté. Me quedé allí parado, a su lado. Los dos mirábamos el mar. Su poder. Sin decir nada y cumpliendo el extraño ritual del día primero del año nos metimos en el mar. Ya solucionaremos el problema en otro momento. FELIZ AÑO NUEVO.

Gracias por leerme.

«La sonrisa de Papá Noel»

El frío es considerable. Fuera de la casa hay una fuerte ventisca que los meteorólogos, como es habitual, no supieron predecir. Según habían comentado en el telediario “la confabulación de una serie de circunstancias particulares y poco comunes han producido esta situación de baja presiones y, por lo tanto…”, aquella tremenda tormenta de nieve y viento.

Todo estaba preparado. El trineo de Papá Noél estaba cargado hasta los topes, los renos peinados y engarzados en sus posiciones. Rudolf, como guía de todos ellos, se mostraba impaciente, pues sabía que un retraso de aquella magnitud podría provocar una catástrofe a nivel mundial.

En el puesto de mando los elfos encargados de autorizar el despegue suspiraban y daban pequeños golpecitos a las pantallas y radares de la base, a la espera de descubrir, o incluso provocar con su toque mágico, una pequeña ventana de buen tiempo, que permitiera la salida y el comienzo del gran reparto de regalos de Papá Noel. Por el momento, esa situación no se daba. La preocupación era inmensa.

En la gran cabaña, el ambiente era otro. El viejo barbudo, conocedor de la inclemencia del tiempo y de las pocas posibilidades que tenía de volar, se arrimó a mamá Noel y buscó su calor. Parecía mentira cómo, aún con los años que habían pasado juntos, era capaz de seducir y realizar aquellas singulares posturas. 

Tras el escarceo amoroso, Papá Noel, comenzó a silbar y su adorable esposa comprendió que había llegado el momento. Solo tenía un minuto para el despegue, así que no le importó hacer el viaje con los pantalones como los llevaba, del revés, pese al gran cachondeo y vítores que les profirieron todos los elfos tras el gran beso, con lengua, que se dieron como despedida en el portal de su casa. La gran sonrisa posorgasmo era la señal.¡Despegaban! La magia daba comienzo.

Gracias por leerme. ¡FELIZ NAVIDAD! 

#cuentosdeNavidad

«Unos churros con sorpresa»

Para una tarde como hoy, vienen bien unos churros. La sorpresa…

Llego a casa para verlo. Hoy vengo para hacerlo sonreír. Es algo más tarde de lo normal, por lo que no me extraña que no abra la puerta. Normalmente compartimos un café, en lo que Juana, la señora que lo cuida por la mañana, termina de recoger y se marcha; pero hoy se me ha hecho tarde. No pasa nada estará durmiendo. Si hay algo que en todos estos años hemos aprendido es a respetar que, para él, como lo era para ella, la siesta después de comer es imperdonable. 

Entro sigiloso. Miro hacia el salón y puedo verlo en su posición natural, despatarrado en el sillón. Mantiene la cabeza ladeada, apoyada en el orejero, su cara seria, quizás más de lo habitual. Una manta le cubre los pies para que no coja frío. Me gusta verlo así, relajado, sobre todo pensando el día que es hoy.

Vengo dispuesto a celebrarlo. Ella siempre lo hacía y, como sé que esta mañana se lo nombró a Juana, he decidido hacer algo parecido a lo que ella le preparaba. Una merienda con churros.

Sí, sé que no sabes qué estoy contando, pero esta pareja se conoció precisamente así, en una merienda con churros, hace más de cincuenta años. Ella, cada aniversario, se los preparaba, era su manera de recordar y festejar tantos años de compañía, precariedades…, felicidad. Pero ella ya no está. No quiero que pase este día sin sus recuerdos, su celebración y, por supuesto, sus churros. 

Lo tengo todo preparado. En cuanto vea la bandeja de churros echará una gran sonrisa. Aún duerme así que, cuidadoso para no sobresaltarlo, me acerco. Tiene la cabeza cambiada de posición y en la cara ahora le luce un brillo especial, distinto al habitual, no parece el refunfuñón en el que se había convertido en los últimos meses, desde que ella… 

Le toco suavemente el hombro. Veo que entre sus manos hay una foto de ella. Lo llamo. No contesta. Ahora entiendo su sonrisa. 

El sorprendido soy yo. Ahora se que ellos vuelven a estar juntos, igual que al principio, con una ronda de churros. 

Gracias por leerme. 

«Lanza de sirena»

Una imagen que inspira

Hace ya mucho tiempo, quizás fuera un verano o dos antes de que la pandemia nos encerrara y cambiara nuestras rutinas, comencé a soñar con sirenas. El detonante lo tengo situado. Todo empezó cuando estuve sentado en el muro contra el que rompen las olas en la isla de Mikonos. Recuerdo que a mi espalda lucían todopoderosos los llamativos molinos de viento, a la derecha el pueblo de casas blancas, cúpulas, puertas y ventanas azules. Enfrente el mar.

Como digo, estaba embelesado con el vaivén de las olas. Los distintos recuerdos, sentimientos y vivencias del viaje se empezaron a golpear en mi mente ahora relajada. La imaginación hizo el resto. Una serie de neuronas comenzaron a conectarse entre sí. Las distintas sinapsis, en principio de ideas sueltas, sinsentido, comenzaron a detonarse, a fluir unas contra otras, a unir ideas, separar momentos y recolocar palabras sueltas: ruinas, guerra, sirenas, armas, escudos, templos, soldados, aquella plaza, historia, amor, amistad…

La maresía dejaba un olor suave en el ambiente. Poco a poco los turistas se iban retirando y la historia llegó. Mi móvil, fiel compañero grabó las primeras ideas, las que poco tiempo después compondrían la escaleta de esta nueva historia que, sin querer, se armó en mi cabeza. Tenía el lugar, o al menos uno de ellos, dos de los protagonistas, un ser mitológico, dos momentos en el tiempo, una trama, un par de giros… Ahora solo faltaba escribir.

Años después, superado el parón obligatorio en el que nos hemos vuelto, por fin, ve la luz. «Lanza de sirena» es una historia de aventuras, de las que entretiene. Creo, que ayudará a pasar un buen rato, disfrutando de una lectura amena, ágil, aunque te lo pases saltando de la Segunda Guerra Mundial a la actualidad, o viceversa. Todo es lo que parece, hasta que dejará de serlo, desvelándose ese secreto que el mar, ese mar que contemplaba en las Islas Griegas, me brindaron la historia. 

Solo espero que la disfrutes, que te guste leerla, tanto como a mi escribirla. Así, quizás, me anime a seguir escribiendo. Aunque esto es fácil de conseguir. Aún así, ¡ve corriendo a tu librería!

Gracias por leerme.

«Si tuviera la lámpara de Aladino»

Lámpara maravillosa
Con lo fácil que sería tener una lámpara maravillosa, frotar y pedir un deseo.

Cuando Aladino encontró la lámpara maravillosa consiguió tres deseos. Con ellos quería mejorar su vida. En verdad esto no fue así. Los tres deseos le llevaban a intentar conseguir el amor de la bella hija del Sultán. «¡Qué fácil sería todo con una lámpara de esas!». pensó Alberto mientras se dirigía a los vestuarios de su gimnasio.

Nada más coger su bolso miró el teléfono. No había ningún mensaje. Recordó lo que había escrito. 

A ultima hora de la mañana había mandado un mensaje —un poco como lo hacía Aladino, pero en versión moderna—, en el que describía su deseo y ganas de volver a ver, a aquella chica que lo traía de cabeza. 

En muchas ocasiones se encontraban de casualidad, así que, en esta ocasión, y como hacía ya días que no se veían, intentó ayudar un poco al azar, contándole por dónde iba a estar, la hora a la que terminaba… No recibió un no cerrado, o quizás él no quiso entenderlo así. Toda la tarde la paso deseando que llegara el momento.

Lejos de pensar que la falta de mensaje era que se encontraría solo, en la ducha fantaseaba con que, seguramente, ella lo estaría esperando, para sorprenderlo, apoyada sobre su coche. Muchas eran las películas que había visto en las que esto sucedía así. ¿Porqué no iba a pasarle él?

Mientras caminaba hacía la salida, intentó quitarse aquella estúpida idea de la cabeza. 

Recordaba perfectamente el mensaje que había escrito. Le había dicho que pediría a las estrellas que aquel deseo de verla se le cumpliera esa misma noche.

Antes de atravesar la puerta de salida, volvió a consultar su teléfono móvil. Nada. En el fondo sabía que tras superar aquella puerta seguiría igual, solo, y tendría que marcharse a casa con las ganas de volver a verla. 

La noche despejada le ayudó a ver las estrellas. En su mente recuperó la idea que todo el día le había rondado la cabeza y pensó en la posibilidad de frotar alguna de ellas, tal y como lo haría Aladino, para conseguir su deseo.

Su coche estaba enfrente. Esperó unos minutos. «Igual se le había hecho algo tarde», pensó iluso. Nada. Volvió a mirar el móvil. Nada. Se marchó a casa. 

Desde entonces no sabe nada de ella. Nada. Quizás no deseó con la suficiente fuerza su propio deseo, o quizás eso solo funciones con una lámpara como la de Aladino.

Gracias por leerme.

«El club de los relatores»


«El club de los relatores»

El correo electrónico que recibí, aquel día de principio de septiembre, era sencillo. La emoción al leerlo me hizo brincar de la emoción.

En solo unas pocas líneas me informaban de que mi relato, «El recrujir de la madera», era uno de las cíen historias escogidas, entre las seiscientos setenta y ocho presentadas, para formar parte de la antología titulada «El club de los relatores». No había ganado, pero era uno de los cien seleccionados en el V Certamen Internacional de Relato Corto La Esfera. ¡Fantástico!

Según cuentan en aquellas líneas, y citó textualmente: «Se ignora el lugar de reunión de lo que se conoce como El Club de los relatores. Tampoco cuándo, ni dónde surgió, ni quién lo dirige. Pero, sin duda, existe y tú formas parte de él. Un colectivo formado por escritores de diversos lugares del mundo que se reúnen para relatar y referir hechos con estética literaria. Cosas que no se habían contado en ningún otro momento o lugar.»

Para mi, para mi ardiente imaginación, la aventura daba comienzo y, con ella la siempre ilusionante espera de ver un texto propio publicado en un libro.

Hoy pensé en publicar en esta esquina dicha historia, puedo hacerlo ya que las bases del concurso me mantienen los derechos sobre la misma, pero creo que ha llegado el momento de jugar un poco. Al fin y al cabo es uno de los objetivos de esta esquina. 

La propuesta que te hago es sencilla. Elige una de las siguientes preguntas y, según tu deseo tendrás una respuesta.

1.-¿Quieres leer todos los relatos de «El club de los relatores? ¡Genial! Ayudarás a mucha gente. En este enlace podrás comprar un ejemplar.

2.-¿Quieres que libere mi relato, y así leerlo gratis? Pues necesito algo de ti. Para hacerlo te propongo superar las ciento cincuenta interacciones en Facebook, ¿qué te cuesta dar un Like y, ya de paso, comentar algo? 

Queda en tus manos. 

Cuando superemos los 150 comentarios, aunque solo sea un «¡venga tío, que quiero leerlo!», libero la historia. ¿Lo conseguiremos?

Quiero agradecer a LA ESFERA CULTURAL su esfuerzo y trabajo por mantenernos activados en la lectura y la escritura. Ya estoy esperando en siguiente reto, que promete ser ¿original? Ya les contaré.

Gracias por leerme.

«Un aplauso a la superación»

Hay historias y sentimientos que hacen falta que alguien nos los enseñen.

(NOTA ACLARATORIA: El presente texto es presentado al Concurso historias de superación”, que con motivo de la celebración, del Día Mundial contra el Cáncer, el día 4 de febrero, es organizado por Iberdrola España, S.A.U. “@Iberdrola”, en colaboración con la página web www.zendalibros.com@zendalibros”. Por medio del presente, si el texto fuera elegido como ganador o finalista de dicho concurso, me comprometo a donar el importe económico del premio, a la “Asociación Niños con cáncer Pequeño Valiente” (@APUPeqValiente ‏). Creo que tus “Me gusta”, “Comentarios”, “tweets”,“retuits” y “…”, ayudarán. Puedes hacerlo usando el hashtag #historiasdesuperación).

Habían pasado muchas semanas desde que su padre no iba al colegio a recogerlo. Verlo aquella tarde allí, sin esperarlo, apoyado contra al muro, hablando con el resto de familiares, fue una grata sorpresa para él.

Salió corriendo para abrazarlo, sin mirar atrás, sin escuchar los comentarios de sus compañeros. Su madre, lo contuvo para que no se abalanzara a lo loco sobre él y lo quebrará. Acababan de darle el alta en el hospital y aún estaba muy débil.

A la mañana siguiente, más sonriente que nunca, Carlos entró por el patio del colegio. No entendía muy bien lo que pasaba, pero el resto de sus compañeros de clase, lo miraban y señalaban. Comenzaron a hacerle burlas.

—¡¿Qué pasa palillo?! —le dijo uno.

—¡Hola calvorotas! —saludó otro.

—Si viene un viento, seguro que tu padre sale volando —indicó un tercero.

Aquellas palabras eran cortantes. Se metían con él utilizando la profunda huella que la larga enfermedad había dejado en su padre. Cuando lo comprendió, salió corriendo hasta refugiarse en el cuarto de baño.

Uno de los profesores lo vio todo. Acudió en su ayuda y se sentó, para hablar con él, al otro lado de la cerrada puerta del servicio de chicos.

—¿Sabes que mi padre también pasó por la misma enfermedad que el tuyo? —le dijo para poder empezar a levantarle el ánimo—. Los niños son muy crueles. También lo fueron conmigo, Pero lo que en realidad pasa es que no saben lo que ocurre. Hablar de ello te ayudará y, lo que es más importante, ayudará a tu padre —aquellas palabras hizo que Carlos se sorprendiera— ¡Sal!, ya verás, te tengo una sorpresa.

El timbre que daba comienzo a las clases sonó en ese preciso instante y, sin saber muy bien porqué, Carlos hizo caso al docente que, ofreciéndole su mano, lo acompañó hasta el pequeño salón de actos del colegio.

Allí estaban reunidos todos sus compañeros y profesorado. No sabía qué estaba pasando, pues nadie se lo había dicho, pero su padre destacaba, con su reluciente y brillante calva —como a él le gustaba calificarla—, fruto de los efectos de la quimioterápia, presidiendo la mesa situada en lo alto del escenario.

La luz ya estaba apagada. Nadie lo vio entrar. Se sentó donde el profesor le dijo.

La charla duró cerca de una hora. Su padre narró cómo fue el proceso de su enfermedad desde que se le detectó, acompañando su exposición con infinidad de fotos.

El silencio reinante en la sala era abrumador. Carlos observaba las caras. Muchos lloraban, otros no podían ni pestañear, algunos mantenían la boca abierta sin poder tragar saliva.

Cuando terminó el salón parecía un erial. Todos los presentes mantenían el silencio. Ninguno se atrevía a moverse. El solitario aplauso de uno de los asistentes rompió el mutismo reinante en la sala. Pronto se le unió otro, y otro…, hasta que todos se pusieron en pie ofreciendo su reconocimiento con una gran ovación.

El maestro, que en todo momento había permanecido al lado de Carlos, lo empujó para que acudiera al lado de su padre. Sus compañeros, al verlo subir las escaleras al escenario, volvieron a estallar alentándolo entre vítores y piropos. Nunca más volvería a bajar la cabeza.

Gracias por leerme.