«Hora de acurrucar silencios»

«Hora de acurrucar silencios»
Hay silencios que dicen mas que muchas palabras.

Cada una de ellas salió de su casa con una excusa distinta. El destino quería que aquella noche el encuentro fuera sin esperarlo, por casualidad. A veces es así como mejor salen estas cosas.

Caminaron juntas por la calle. La noche cerrada hizo bajar la temperatura por lo que las dos se aferraron al brazo cálido de la otra. 

Los coches estaban en direcciones contrarias, pero sus pies caminaron juntos. El pacto era sencillo: «Me acompañas al mío y yo te alcanzo al tuyo».

La cháchara comenzó con risas, las mismas que se traían por el camino que ya habían recorrido; y no me refiero al de la calle que acababan de caminar, sino al de los años que llevaban juntas.

Sentadas en el interior del coche las dos amigas estuvieron un rato largo hablando de sus cosas. El trabajo ocupó un pequeño espacio de tiempo, los hijos otro, pero las parejas la gran parte de la conversa; y no porque quisieran ponerlos verdes. Cada uno de ellas era distinto a la otra, pero la costumbre hacía que siempre terminaran hablando de lo mismo. La una alababa la pareja de la otra, pero al final ninguna estaba segura de querer cambiarla.

Ella, no importa cual de las dos, comenzó a llorar. Ella, la otra, la atrae con dulzura hasta sus brazos. La aferra. La acurruca, protegida con cariño entre sus brazos. La deja que llore. Sabe perfectamente, pues le ha pasado en alguna ocasión, que hay palabras y sentimientos que no salen, que son como fuegos internos que queman, pero que taponan las vías, y que ahogan, y que duelen, y que no se sabe cuándo o cómo van a salir. Ahora necesita llorar. No le apetece contarlo.

Ella, la otra, no pregunta. Sabe que aún no es el momento de ser contado. Recuerda lo que, según dicen, una vez dijo Gabriel García Marquez. Decide cumplirlo. «Y si un día no tienes ganas de hablar con nadie, llámame, estaremos en silencio.»

Gracias por leerme.

«La nueva casa»

«La nueva casa»
En casa siempre hay una esquina que…

Como en los cuentos, hay casas que parecen estar hechas de chocolate, galletas y fruta escarchada. Así era la suya, la que había construido con tanto esfuerzo y dedicación, soñando con aquel sillón, aquella mesa o esa estantería.

Por fin había juntado todas las piezas e Isabel ya dormía en ella. Pero no todo el camino que había recorrido hasta allí era sabroso y apetitoso. El tiempo que le había llevado conseguir su objetivo, estaba cargado de grandes lotes de salazón, acidez y sin sabores.

Aquella noche, cuando por fin pudo cerrar la puerta y sentirse a resguardo en su nuevo hogar, las estrellas dieron un nuevo brillo. Al pasar la llave respiró hondo. No contó su historia a nadie, pero el suspiro de satisfacción que emitió llegó hasta más allá de su propia galaxia, llenando el cielo de una nueva ilusión.

La puerta que cerraba era, en realidad, una nueva apertura, un nuevo comienzo del que esperaba toda la felicidad que una persona puede desear. Su nueva casa era un símbolo, un nuevo campo en el que comenzar a luchar cada una de las nuevas batallas que la vida le deparaba,

Ya segura, y acostada en su cama, otro suspiro, antes de cerrar los ojos, llenó cada una de las estancias de su nueva casa. Pero esta vez el hálito no era de ella.

Las estrellas le habían devuelto la ilusión que ella misma había manifestado y, del otro lado de aquellas paredes de golosina, otro espíritu luchador, que había intuido la tranquilidad que ella sentía ahora mismo, le enviaba, en forma de deseo de buenas noches, un halo de energía para poder ayudarla a recargar su potente fuerza. 

Como en los cuentos, hay casas que parecen estar hechas de chocolate, galletas y fruta escarchada, porque hay personas que merecen que la vida las trate con dulzura; que los abrazos, besos y arrumacos que reciban, aunque sean desde la distancia, sepan a canela, azúcar, regaliz…, con los que llenar paredes, puertas y ventanas de su casa, de cariño, paz y felicidad.

Gracias por leerme.

«Virus me visita de nuevo»

«Virus me visita de nuevo»
Menuda carga.

No es la primera vez que Virus viene de visita —En esta ocasión me cogió desprevenido y, en esta otra, un poco más relajado—. Siempre lo hace de golpe, sin avisar, entrando por debajo de la puerta como si esta fuera su casa. ¡Menuda desfachatez! 

Lo peor de todo no es que no hay más remedio que convivir con él. ¡No!. Lo peor, sin duda alguna, es que una vez dentro, aposentado, se empeña en querer salir.

Cuando esto ocurre, su intento de escapar, ya no es por una rendija de una ventana, o por el ligero vano que queda entre la puerta de casa y su marco. ¡No! El quiere fugarse por los orificios corporales, a toda costa, sin pedir permiso, a lo bestia.

Virus es así. Impredecible. Los que ya empezamos a peinar canas no olvidamos, con cierto resquemor y asco, a la niña del Exorcista. Recordamos como aquella jovenzuela —si no tienes tanta memoria, pinchando aquí podrás encontrar un buen resumen— lograba dar vueltas a su cabeza, soltar una tira de improperios, mientras subía por las paredes, a la vez que de su cuerpo salía un líquido verde que… —¡Vale, vale!, mejor no sigo, por este camino. Ya sé que sabes de lo que estoy hablando—. 

Pues Virus se parece mucho, por lo menos en ese tono aceitunado de hacerse visible, a ese ser que habitaba en el interior de Regan, y que tanto nos asqueó y tan bien recordamos a todos los que hemos visto la película.

Así que nada. En esas he estado. Ocupado en atender a este «inquilino inesperado» que tantos mal sabores deja.

Gracias por leerme. 

«La caja de bombones. Un solitario cuento de Navidad»

«La caja de bombones. Un solitario cuento de Navidad»
¿Te apetece un bombón? llámame jejeje

Son muchas las veces que María abrió aquella caja de bombones sin tocar ninguno de ellos. Cada vez que lo hacía recordaba a Forest Gump repitiendo la célebre frase: «La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar». 

Pero era Navidad. Estaba deprimida. Necesitaba algo que la estimulara para olvidar su soledad y aquella triste estancia en el salón, del pequeño apartamento ocupado, en la planta baja de la casa de sus padres. Se decidió. Al fin y al cabo los bombones eran de ella y siempre dicen que el chocolate le sube el ánimo a cualquiera.

El primer bombón que se llevó a la boca le sorprendió. Le supo a beso. A esos labios cálidos que andaba buscando y que, hasta el momento, no se había atrevido a descubrir. No se conformó.

Cogió otro de aquellos bombones. Lo disfrutó sobremanera ya que, al estar relleno de crema de cacahuete, le rememoró un potente abrazo. Ese que llevaba tiempo deseando y que, por su indecisión, no había recibido. Quería más.

Tras media caja devorada, descubrió que el siguiente de aquellos bombones le sabía a lujuria. El siguiente bombón que tomó, le supo a deseo. Otro a desenfreno. El otro a… Cerró los ojos y disfrutó de aquello lo que, en persona, no se había atrevido a solicitar. Al fin y al cabo, era Navidad.

Volvió en sí tras encenderse las luces del árbol, gracias al interruptor programable que tenía colocado.

Tras terminar toda la caja, saciada de bombones, con el estómago lleno, descubrió que el protagonista de la película tenía razón, los chocolates estaban llenos de sorpresas. Pero ella seguía sin encontrar la fuerza que necesitaba para coger el teléfono y llamar al bombón que le faltaba para empezar a sonreír y pasar una verdadera Navidad. Aquel año seguiría sola, aunque entre sus deseos de año nuevo

Gracias por leerme. 

«Una cuestión de bolas»

«Una cuestión de bolas»
¿Bolas?

Pues al parecer la cosa hoy va de bolas; que por cierto viene bien en esta época del año.

Sin duda alguna escuchar que alguien te diga que te va a «coger por las bolas» es muy desagradable, aunque no pegue mucho con los supuestos buenos propósitos que empiezan a inundar el ambiente festivo que empezamos a tener a nuestro alrededor.

Una buena respuesta a ese comentario tan soez, que no pasará desapercibida y que probablemente genere un efecto belicoso por la otra parte, sería «no me toques las bolas». No es la idea de este relato esquinero de hoy.

Parece que hoy me estoy enredando las bolas. Puede incluso que pienses que «no doy pie con bola», ya que al parecer me está costando desenredar este ovillo, por no volver a decir bola, de lana en la que se esta convirtiendo este texto. Puede incluso que hasta me digas que eres tú quien está «hasta las bolas».

Para serte del todo sincero decirte que de las bolas que quiero hablar, no on de esas que se citan o insinúan en esas expresiones. Hoy te quiero nombrar las bolas de mi madre. 

Si la conoces, crees que sabes a lo que me refiero, pero tampoco me refiero a esa bolas, sino lo que en verdad quiero resaltar es una de sus manualidades que, como decía al principio, tienen mucho que ver con estas fiestas.

El árbol de Navidad de mi casa está decorado con las bolas que hizo mi madre. cOn las que lleva haciendo ya unos cuantos años y de las que siempre nos regala alguna para ir aumentando la colección. 

Hechas a mano, una a una, con cariño y precisión extrema, cada una de ellas es distinta a las otras; decorada con piedras, lazos, nudos o cualquier pequeño detalle que ha caído en sus manos durante todo este año. ¿No me digas que no es para «darle bola» y presumir de ello? 

Pues ya plantado el árbol, con tanta bola y tanta coba, como verás sí que tenía que ver con esta época. ¿Como has decorado tu árbol? ¿Tienes alguna pequeña tradición al hacerlo? ¿Te apetece ver mis bolas?

«Una cuestión de bolas»
¡¡¡Por la bolas de mi madre!!!

Gracias por leerme.

«En plan latiguillo castigador»

«En plan latiguillo castigador»
En plan esperando a que pase el tiempo

Hoy estoy en plan criticón. Es decir que tengo ganas de no sé, ponerme en plan pesado o solo en plan…, ya sabes…, juguetón con las palabras.

Esta muletilla, «en plan», que parece ser la más usada actualmente, en plan para todo, me tiene muy cansado. Se escucha por todos lados, no solo a los adolescentes que la usan en plan genérico, sino también a los adultos que se les empieza a pegar, en plan gracioso, y que repiten en plan sin darse cuenta, hasta la saciedad.

Mis hijos la usan. Mi alumnado la usa. Ayer fui a una charla y una parte del público participante también la usaba en plan comodín, en cada frase, daba igual si era al comienzo como al final, en plan, no sé que decir y necesito ganar tiempo para pensar, pero en plan, no tengo nada que decir y digo en plan.

Lo mejor de todo es que, estudiada un poco más a fondo, en plan intentando entender la expresión, vemos que “en plan” puede significar “o sea” en un vago intento de explicar lo que el interlocutor está diciendo, en plan aclaratorio, como si utilizara unas comillas. De la misma forma, «en plan», también puede utilizarse para poner énfasis o relieve, en plan destacar algo que se quiere decir…

De cualquier manera, debo afirmarte, por si aún no te habías dado cuenta, de que esta muletilla me pone un poco de los nervios, en plan sacarme de mis casillas del todo, por lo que te ruego que si alguna vez escuchas que la utilizo, en plan un par de veces seguidas, cojas el latiguillo, y me refiero al otro, no al sinónimo de muletilla, y me azotes en plan duro con él. Sabes que me gusta, pero en plan castigo verdadero hasta ahora no lo han hecho. Mientras seguiremos viendo pasar el tiempo a ver sí ocurre algo, en plan emocionante.

Gracias por leerme.

«El tatuaje que me gustaría tener colgado en el salón»

«El tatuaje que me gusta en el salón»
¡Esa espalda!

«Amor de madre», así rezaría el tatuaje de mi antebrazo derecho si yo hubiera sido legionario. En el izquierdo seguro que me hubiera plasmado el escudo del tercio en el que presté servicio. Nada de eso es real, aunque quizás —y lo dejo a la imaginación de quién hoy pasa por esta esquina— algún día comentaremos el tatoo de la nalga izquierda. Vamos que como siga así me hago toda una colección de tatuajes.

Lo sorprendente de esto, no es la gente que le apasiona y le gusta decorar su cuerpo con los tatuajes, lo que me tiene loco, desde hace un par de semanas que lo escuché por la radio, es la gente que se dedica a coleccionar la piel tatuada de personas ya fallecidas. 

¿Cómo se te quedó el cuerpo? A mi se me tatuó un signo de interrogación en todo el rostro que me ha llevado a investigar un poco más sobre el tema. ¿Te imaginas tener en tu salón, o en la cabecera de la cama, un cuadro con la piel tatuada de la espalda de un Yacuza? ¡Sería flipante! seguro que tu ligue le prestaría más atención que a ti.

Pues resulta que, esto que a mi me resulta tan estrambótico, ya lo hacía el japonés Fukushi Masaichi (1878-1956). Este buen señor, médico de profesión, era el propietario de la mayor colección mundial de tatuajes arrancados de cadáveres —en este enlace te dejo más información, que sé que eres…—. ¿Te imaginas cenar en la casa del buen doctor y cuando no hay nada de qué hablar él inicie la conversación diciendo: «Y dime querido, ¿llevas algún tatuaje?».

Por lo que parece, la extirpación de tatuajes a fallecidos era una práctica más habitual de lo que yo pudiera pensar. Hay más colecciones en museos e instituciones de varios países europeos.

También parece que en el ámbito de la marina mercante, muchos tripulantes de épocas ya pasadas, completamente analfabetos, que embarcaban de barco en barco, sin que sus propios compañeros conocieran su nombre de pila o su mote, era práctica habitual, cuando uno de ellos fallecía, que su cuerpo fuera lanzado al mar, pero no sin que antes el cocinero o el médico del barco cortase algún tatuaje o marca para poder llevarla a puerto, con el objeto de mostrarla y confirmar la identidad del fallecido.

Por todo ello, no se de qué me asombro. Esta visto que poseer una colección de tatuajes es algo normal.

Acabo de tomar la decisión de preparar una pared en mi casa, a fin de decorarla con los tatuajes que tengas a bien donarme. Tu ya sabes cual me gusta.

Gracias por leerme.

P.D: Te advierto que el tatuaje que me dejes en herencia, pienso envasarlo al vacío. Por aquello del tufillo.

«Popeye el marino soy»

«Popeye el marino soy»
«Popeye el marino soy»

Soy de esa generación que creció viendo cómo, entre otras cosas, el experto marino, de nombre Popeye, de un puñetazo abría y se zampaba, con la pipa colgando a un lado de la boca, toda una lata de espinacas.

Uno de mis recuerdos y experiencias más importantes de la infancia es un curso de vela que hice en el antiguo, y hoy en día abandonado, Balneario. Allí también probé por primera vez las espinacas. Recuerdo que el cocinero nos gritaba ¡Vamos marineros!, ¡espinacas!, ¡como Popeye!, mientras nos sacudía un buen cucharón del potingue verde al que hacía referencia.  

Creo que aquel curso de vela fue de una semana de duración con pernoctación incluida. Toda una experiencia en la que me quedé prendado de aquel barquito, una pequeña bañera con vela —un Optimist—, que me hacía sentir como Popeye, o como un auténtico pirata surcando los mares.

Mi experiencia marinera no terminó ahí. Con el tiempo realicé otros cursos. Incluso ya empezada la Universidad, hice alguno en la Escuela Náutica de la propia Universidad de La Laguna.

En una ocasión invité a mi amigo Edu —nombre figurado, que él es muy tímido, y el más `normal´ del grupo— a navegar. El otro día lo rememorábamos. Recuerdo como lo dejé agarrando el barco —en aquella ocasión creo que era un Vaurien—, mientras yo devolvía la cuna a su sitio y cuando regresé, te aseguró que no habían pasado más de dos minutos, el ya había volcado tres veces y eso que estaba con un dos palmos de agua. ¡Bien nos reímos! El afirmaba que aquello era mucho para él, que no tenía que ver nada con Popeye. Intentó dejarme allí, varado, menos mal que me subí, cacé escotas y empezamos a navegar rumbo a la nada, para asombro de Edu, que cumplía las órdenes más por miedo que por confianza. Lo mejor es que tuvimos que regresar a puerto remando con el timón, y con las manos por la borda, porque nos quedamos sin viento, y sin barco de apoyo.

Con el paso del tiempo, las fiestas, el trabajo, los niños…, salir a navegar se fue quedando atrás. Aunque en casa siempre me lo recordaban y yo miraba con desconsuelo a los pequeños barcos abandonar la seguridad de sus muelles.

Las cosas del destino hacen que mi hijo ahora entrene, al menos un día a la semana, en el CIDEMAT. Así que…, ¡¿novelero yo?!, si es que solo hace falta que me enseñes un mechero para prenderme fuego, o como le ocurría a Popeye, lata de espinacas y todo para dentro. 

La vida son estas pequeñas cosas. He vuelto a navegar —para serte sincero estoy empezando de cero—, con la sensación de que es como montar en bici. El As de Guía me salió en un momento, cazar el foque es un juego de niños y orzar es parte de mi propia naturaleza. 

¿Sabes quién soy? FOTO DE @marhidalgow_ (Mar Hidalgo Willis)

Y, por si fuera poco, siguiendo los buenos consejos del amigo Popeye, he aumentado mi ingesta de espinacas, que con esto de la crisis de los cincuenta, empiezo a necesitar suplementos. Si no te lo crees este sábado y domingo pongo proa al horizonte ¿te atreves?

Gracias por leerme.

«El arte prerrenacentista. Boberías y otras ocurrencias en su nombre»

El arte prerenacentista
«El Cristo burlado», de Cimabue. FUENTE ABC

Hoy casi no acudo a esta cita semanal. No te preocupes, no he tenido ningún percance. Estoy llegando de revisar el alborotado trastero, en el que tengo guardadas todas las cosas de mi abuela. ¿El motivo? Sabes que yo, en esto del arte ando más bien algo cortito —no creo que te haga falta que te recuerde esta entrada—, pero ayer me enteré que una señora francesa acaba de vender un cuadro, atribuido a un tal Cimabue, al parecer uno de los pintores prerrenacentistas más importantes del S. XIII —famoso en su casa a la hora del almuerzo—, por seis millones de euros, ¡que barbaridad! 

Según leí en la prensa —si tienes curiosidad aquí tienes más información—, la señora en cuestión lleva años con el cuadro, pintado sobre madera —vaya cosa fea—, en su casa, decorando la cocina, o el pasillo situado entre el salón y la cocina, según otras informaciones. Al parecer ni ella misma sabe cómo llegó a ella, ni el valor que el mismo tenía, aunque sí que me extraña que lo haya llevado a tasar a una casa de subasta.

Así que, pensando que a lo mejor había suerte, empecé a abrir cajas para ver qué contenían, e intentar batir todos los récords habidos sobre la subasta de artículos ingeniosos de época prerrenacentista, o casi.

1.- La escupidera del abuelo. Es de metal, bastante oxidado. ¿Igual también es prerrenacentista? Por lo que recuerdo el viejo ya era viejo…

2.- La chancla del pie derecho de mi abuela. Solo estaba esa. La del pie izquierdo recuerdo que, siendo yo niño, salió por la ventana, en una ataque de ira. Era con la que me sacudía cuando hacía alguna diablura. ¿Esta otra tendrá algún valor? ¿Pasa por una del S. XIII? Aquí sí que tengo mis dudas.

3.- Una copa menstrual. A priori no sé qué hace esto aquí, pero si la Pedroche las ha puesto de moda será por algo, así que esta, que por lo menos tiene sus cincuenta años…, me la quedé. Lo sé no tiene mucha pinta de prerrenacentista pero oye, ¡vaya usted a saber!, que la madera está bastante oscurilla.

4.- ¡Un cuadro! Esta sí que es la joya de la corona y `pá mi´ que sí da el pego de prerrenacentista. ¡Pintado sobre madera! esto sí es la bomba… Espero que no importe que sea de la Virgen de Candelaria, no sé, igual el tal Cimabue, también estuvo por aquí y… ¿Crees que colará?

5.- Un juego de pañales de tela. Tienen mis iniciales, algo borradas. Con un poco de suerte los hago pasar por los que usó Guillermo Cabrera Infante, que no es prerrenacentista, pero sí famoso. Están algo amarillentos, imagino que del tiempo y no de la pesada carga que tuvieron que aguantar.

Bueno, he encontrado más cosas que seguro tienen valor. No voy a comentarlas todas. Mañana mismo les saco foto y las mando a la casa de subastas Sotheby’s o a la Christie’s de Londres, que, como son la competencia, les saco un pellizco. Ya te contaré. 

Gracias por leerme

«UNA RONDA DE CINCUENTA AÑOS»

Foto de mi capa.
La ronda empieza. Todo preparado.

El silencio de la noche queda roto al sonar los tres golpes de pandereta. La música empieza a sonar. La ronda se inicia. Al ritmo de las bandurrias, laudes y guitarras las dos lineas de los jóvenes estudiantes, se mecen a su son. 

Despierta, niña, despierta,

despierta si estás dormida

y escucha las dulces notas,

que pasa la estudiantina. (…)

Frente a ellos, las luces de las ventanas del edificio están todas apagadas. Poco a poco se encienden. Todas menos las de tercero B.

El vecindario empieza a tomar vida, pese a lo avanzada de la noche. A nadie parece molestarle. Al terminar suenan vítores y aplausos. De todos lados menos de las chicas del tercero B. Sus luces siguen apagadas. Menos mal que una buena señora descuelga, en la cesta que usa para izar el pan, un par de botellas de vino para ayudarnos a afinar las gargantas. Vítores y piropos para ella.

Ya la ronda llega aquí, firulirulí. 

A cantarte amores va, firulirulá. 

Sal a tu ventana, que mi canto es para tí

sal napolitana, firulí, firulí, firulí, firulírulá. (…)

El novato, siempre atento y servicial —más le vale—, nada más empezar el segundo tema, corre a tocar el portero. No despegará su dedo, por orden y gracia de su padrino, hasta que las chicas del tercero B, despierten y se asomen al balcón.

Parece que lo ha logrado. Las luces del piso se encienden. La tuna sonriente avanza un par de pasos. El que organiza —de cuyo nombre mejor no acordarme— hincha su pecho. Quiere seducir a una de las tres chicas que viven en aquel piso de estudiantes. Las cortinas parecen moverse. El balcón se abre. Todos cantan afinados, sonrientes, con la cabeza alta, esperando verlas aparecer. ¿Son tan guapas como dice? El público los anima y mira con envidia hacia el lugar al que está dedicada la ronda.

Una rociada de agua cae sobre sus cabezas y, tras ella, un gran alarido rompe el encanto.

Un hombre alto, gordo y con un profuso bigote los insulta. Ahora el publico ríe y ellos corren despavoridos calle abajo antes de que el susodicha cumpla su promesa de llamar a la policía municipal. Al día siguiente nos enteramos que el padre había venido de visita. Es lo que tiene dar una sorpresa. Da igual, la intención, el victimismo y un poco de desfachatez del que hacen gala los tunos —todo publicidad— entran en juego y la seducción se produce.

(…) Pero quiero volver a vivir aquellos tiempos 

Imágenes de ayer que están en mi pensamiento 

Y quiero revivir aquellas noches de luna 

Que cantando con la tuna me sentía yo feliz (…)  

Así suena el estribillo de aquella canción que siempre me ha puesto los pelos de punta. Quizás a ti, que hoy pasas por esta esquina, te sorprenda verla decorada con las cintas y los escudos de mi capa. Puede que te parezca extraño, pero es que hoy empiezan los fastos de la celebración del CINCUENTA ANIVERSARIO de la fundación de mi muy querida TUNA DE MEDICINA, de los cuales soy testigo de la mitad de ellos.

Durante todo este tiempo, muchas son las anécdotas, muchas las historias. Algunas ya narrada en otra ocasión —«Parranderos de parranda» o «¡¿QUIÉN DOMINA?!»— o simpáticas, como la que antecede y algunas pocas inconfesables, que siempre nos quedaran en el recuerdo.

Puedo asegurarte que, después de todo este tiempo, lo mejor de todo es saber que esta feliz etapa de mi vida sigue ahí, esperando. La hermandad es para siempre y las experiencias vividas y el compañerismo existente también es para siempre. Prueba de ello estos cincuenta años y los que vienen. 

VI Certamen de Tunas Ciudad de Santa Cruz - 50 Aniversario Tuna de Medicina
Cartel oficial del VI Certamen de Tunas Ciudad de Santa Cruz – 50 Aniversario Tuna de Medicina

¡AUPA TUNA!

Gracias por leerme.