«Amor inolvidable»

Hay sentimientos que no podemos olvidar

Era nuestro sueño inolvidable pasar la vida juntos, comprarnos aquella casa en las afueras de la ciudad, criar a nuestros hijos, viajar…, ser felices. Así nos lo habíamos prometido hace ya mucho tiempo.

Levanto la vista y veo la pared llena de fotos, en la que, como si fuera un expositor, todos esos recuerdos son mostrados a mi mente. ¿Lo conseguimos?

Ahora te miro. Siempre estás a mi lado, sentado en ese abombado y viejo sofá. No te reconozco. No sé si eres tú. No me acuerdo de tu nombre, y sé que a ti te pasa lo mismo, pero cada vez que coges mi mano y me sonríes, una mariposa recorre mi estómago.

Gracias por leerme.

«Perfectos desconocidos, o de como perder la cabeza con el móvil»

Imagina que pierdes el móvil. Yo te aseguro que perdería la cabeza.

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de ver la película «Perfectos desconocidos» en este link podrás saber algo más de ella—. Básicamente, trata de que en una cena de amigos surge la idea de ver qué pasaría si todos dejaran sus móviles encima de la mesa, al alcance de los demás. Todas las llamadas, SMS, Whatsapps, notificaciones de Instagram o Facebook, debían ser compartidas al instante en voz alta. Según ellos, aceptan el juego porque ninguno tenía nada que ocultar.

Como te podrás imaginar, al tratarse de una comedia, surgen un montón de situaciones que dejan al descubierto relaciones, sentimientos, secretos íntimos… Pero “tranqui” que si no lo has visto no te voy a revelar nada más, ni realizaré ninguna crítica a la misma. Sí te digo que me reí mucho. ¿La has visto? ¿Qué te pareció?

Esa película me llevó a reflexionar sobre el uso que le doy a mi móvil. ¿Te has planteado el que le haces tú? Desde entonces me fijo en lo que hacen otras personas y veo que muchas lo dejamos boca abajo, arpa que no se vea la pantalla. ¿No te da eso que pensar?

Mi smartphone guarda y lo uso para todo, imagino que como tú y como los protagonistas de la película. En él podrías descubrir:

  1. Fotos familiares y de amigos.

  2. Fotos comprometedoras. No mías, de otros.

  3. Videos de eventos increíbles.

  4. Vídeos de todo tipo. No míos, de otros.

  5. Conversaciones guardadas.

  6. Conversaciones comprometedoras. No mías, de otros.

  7. Borradores de textos pendientes de publicar.

  8. Textos sorprendentes. No míos, de otros.

Por si fuera poco, uso mi móvil, además de para llamar —cada vez somos menos los que usan esa posibilidad—, para: pagar, sacar dinero, comprar entradas, usarlas, redes sociales, escribir, leer… Sin él me vería manco. ¡Qué necesario se ha vuelto! Aquí ya hablé del “guasap”.

Como verás, y como dicen en un principio los protagonistas de la película, no tengo nada, o casi, que ocultar en mi móvil. Podría dejarlo encima de la mesa. Otra cosa es que lo haga desbloqueado.

¿Qué cosas guardas en tu móvil? ¿Te atreverías a enseñarlo abiertamente? ¿Que NO enseñarías?

Gracias por leerme.

«Fanfic de Robinson Crusoe»

una gan historia sobre la complejidad humana, las relaciones…

(NOTA ACLARATORIA: El presente relato corresponde a la tercera semana de los «52 retos de escritura para el 2018» planteado por LITERUP, que puedes seguir en las redes sociales con el #52RetosLiterup. En este caso la condición a cumplir es: «Piensa en tu libro favorito e imagina un fanfic, pero con animales.» Podrás leer los otros relatos que he escrito si pinchas aquí).

Aquel bullicio le llamó mucho la atención. Protegido como estaba tras los matorrales, vio que en la que el consideraba su playa, acababan de desembarcar una treintena de peligrosas hormigas caníbales. Sus sospechas por la presencia puntual de otros seres en la isla se hacían realidad. además, aquel grupo, parecía estar dispuesto a comerse a los dos prisioneros que arrastraban.

Tras la muerte del primero, el otro, un ratón de piel oscura, ágiles patas y simpática naricilla, logró huir en su dirección. Sin saber muy bien el motivo, pues a Robison Crusoe, como al resto de los elefantes, los ratones le dan algo de miedo, decide ayudarlo.

Arma en mano y a pesar de contar con la desventaja numérica, pero con el poder de la sorpresa a su favor, se enfrenta a las hormigas caníbales, escachando a alguna de ellas con sus potentes patas y haciendo huir a las demás.

El agradecimiento del pequeño ratón es enorme, así que Robinson decide acogerlo como su criado, llamándolo Viernes, por ser el día en el que estaban.

Los días y meses pasan en la isla. Viernes, poco a poco, aprende a hablar, a comportarse, a cumplir sus tareas…, pero sobre todo, Robison empieza a valorarlo y a no tenerle miedo.

Gracias por leerme.

«¿Te encerrarías conmigo en un ascensor?»

Solo mirar este ascensor, tiemblo.

¿Sientes claustrofobia? ¿Alguna vez te has quedado encerrado o encerrada en un ascensor? ¿Qué es lo que te pasa en una situación así? ¿Te encerrarías conmigo en un ascensor?

Te confieso que tengo pánico a quedarme encerrado en uno. En situaciones normales subo y bajo las escaleras, las veces que hagan falta y los pisos que hagan falta, no me importa.

Como en todo, siempre hay una excepción. A primera hora de la mañana, cuando llego al trabajo y aparcamos el coche, en la planta menos dos, como reconozco que no tengo fuerzas para subir andando hasta la zona en la que tenemos el fichaje, me monto en él, eso sí, miro de reojo las luces del tablero de mando. Después sí que subo hasta la cuarta planta, a pata.

Intentar describir lo que siento en una crisis de claustrofobia no es fácil. Veamos:
«Cuando me he quedado encerrado mi cuerpo empieza a sentir un pequeño sudor, que va mojando mi frente. La respiración empieza a entrecortarse y parece que se me cierra la garganta, impidiendo la entrada de aire. El sudor continua espalda abajo y eriza mi vello. Mi mente se obnubila y soy incapaz de razonar. Las contracciones musculares se hacen visibles y no puedo parar de moverme. La respiración se acelera. El corazón cada vez palpita con más ritmo. Al principio, poco a poco, intentando mantener la compostura, me quito la chaqueta, me remango las mangas de la camisa…; después, con avidez, desabrocho los botones que me oprimen y el jadeo empieza a hacer su presencia. Mis manos no paran de tocar. Me descontrolo. Recuerdo chillar, aullar, gemir y, por último…».

¡Ups! yo quería hablar de las sensaciones de la claustrofobia, pero al parecer, las mentes sucias que están leyendo esto, despacio y en voz alta, están pensando en otra cosa.

Gracias por leerme.

«¡Oh capitán!, ¡mi capitán!»

Foto sacada con mi móvil a principio s de mes en SETUBAL-Portugal.

«¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!,
nuestro terrible viaje ha terminado,
el barco ha sobrevivido a todos los escollos…»

Entre los versos de Walt Whitman se esconde la escena del capitán que tras superar grandes problemas, es traído por su hijo a su tierra para morir.

Este viejo marino que en la foto canta feliz en nuestra compañía me recordó ese poema tan famoso por la escena final de la película «El club de los poetas muertos».

Nuestro amigo, escondido tras el cristal de las empañadas copas de cerveza y ron, que sin orden ni mesura mezcla y alterna, esconde su talento en una potente garganta que, por culpa de los excesos, ahora se le anuda en torno a la lengua, impidiéndole casi el habla.

En los momentos en los que nuestras voces e instrumentos ganan el silencio, él grita a los siete vientos los nombres de mares y puertos que ha visitado, los nombres de barcos que hacía tiempo pilotaba, o el de las mujeres que había deshonrado y el de las cicatrices que en su cuerpo había bautizado.

Según parece su vida está unida a la vieja piratería, al contrabando y el trapicheo. Una historia llena de aventuras vividas en ultramar, entre las antiguas colonias y que ahora, en un vago intento de ahogar sus recuerdos en el alcohol, estos le salen a relucir, pues saben nadar.

Las viejas trovas que cantamos le hacen llorar y emocionarse, hasta que en un momento, acompañado del fiel escudero, que a ritmo de pandereta celebra sus gritos y hazañas, se pone en pie sobre la mesa iniciando el recitado del célebre poema, cual reclamo de honores, anunciando así su retirada a la espera de tiempos mejores.

Foto sacada con mi móvil a principio s de mes en SETUBAL-Portugal.

«¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! Levántate y escucha las campanas;
 levántate —por ti la enseña ondea— por ti suena el clarín;
por ti son las guirnaldas y festones —por ti se apiñan gentes en la orilla;
por ti claman, la inquieta masa a ti se vuelve ansiosa.»

Gracias por leerme.

«Cien besos en el recuerdo»

 

Descubrir aquella foto supuso para él un viaje inesperado al pasado. De repente sintió
como su cuerpo era absorbido, por el gran sumidero del tiempo, hasta ser depositado en su casa, cuarenta años atrás.
     Desde este lado del tiempo podía ver cómo aquel niño, de apenas cinco o seis años de edad, caminaba hacia el abuelo, atendiendo a su reclamo.
El viejo estaba sentado en una de las sillas del salón. Reía y hacía grandes aspavientos, todos dedicados a llamar la atención del chico. Se notaba
que había bebido.
         Al llegar a su lado, el hombre le preguntó:
         ―¿Cuánto me quieres?
       ―Mucho abuelo ―respondió el niño sin saber qué esperar a cambio.
         ­―Del uno al cien, ¿cuánto? ―volvió a insistir el hombre.
         ―Cien.
        ―Pues dame cien besos, cincuenta aquí y los otros aquí ―dijo el hombre indicando con su dedo índice, amarillo por el tabaco, ambos cachetes.
         Como escupido por una fuerza centrífuga, contraria a la que lo atrajo hacía aquella reminiscencia de su pasado infantil, dejó al niño en el besuqueo y él volvió a recuperar su cuerpo, edad y cordura actual. El recuerdo de los cien besos al abuelo, siempre quedará como uno de los momentos más felices de mi infancia.
Gracias por leerme.

«¿Te hago pensar?»

Un buen día se encontraron. Así, sin más, tímidamente se dieron la mano y comenzaron un camino juntos. Ninguno de los dos sabía dónde iba, pero parecía que querían recorrerlo juntos, conscientes de las dificultades que les aguardaban tras los distintos recodos y esperando tropezar con las piedras que siempre dificultan el paso. Pero también conocedores de la ilusión y la esperanza que les llegaba por estar juntos. 
Tras varios kilómetros recorridos llegaron al temido precipicio. Todo fueron idas y venidas, dudas y aciertos, preguntas sin respuestas, brújulas que señalaban a todos lados salvo al norte, pero les había llegado el momento. 
Juntos, tal y como habían llegado hasta allí, acordaron saltar. Contaron hasta tres. Él saltó estirando la mano para ayudarla a cumplir la palabra dada. Ella, en el preciso y fatídico instante en el que ya no hay marcha atrás, decidió dar un paso atrás y quedarse mirando. Él comenzó a dar vueltas en el aire. No sabía el porqué de aquella ruptura. Sin duda las respuestas tardaría en encontrarlas, pero ella nunca se haría las preguntas adecuadas. 

Gracias por leerme.

«On/Off»

“El masajista no tardó en reconocer aquel lunar bajo la nuca. Tenía la misma forma y color que los otros de su especie. Por seguridad calló. Prefirió no decir nada, continuar con su trabajo y esperar hasta que el paciente estuviera más relajado. Así lo cogería desprevenido. 
Tras treinta minutos de manoseo, y una vez comprobada que la respiración del susodicho se había ralentizado, fruto de su labor, decidió actuar. Pasó sus hábiles dedos sobre la mancha hasta descubrir la rugosidad característica. La apretó con seguridad y sin dilación se apartó. Tras un leve gemido el ser se apagó y las pequeñas compuertas que escondía en la espalda se abrieron, dejando el interior al descubierto”
Imagina que la estúpida historia anterior es cierta. ¿Qué nos encontraríamos? Premiaré la originalidad o la mayor estupidez.
Gracias por leerme.

«Una Gioconda en la pared»

La había visto en varias ocasiones pero, hasta hoy, no me había llamado la atención. Me encontraba a una distancia prudente, algo más de cien metros. Me fijé en ella al pasar con el coche y parecía que me mirara, que me quería decir algo. Ahora, que ya estaba aparcado, caí en cuenta que me dirigía directamente hacia su retrato. 
En mi interior algo invoca su nombre. Me hace caminar y dirigir mis pasos hacia el lugar donde esa imagen aparece estampada en la pared. 
Como decía, observante desde la distancia que nos separa, me quede sorprendido cuando una chica, de media edad, que venía corriendo calzada con sus zapatillas de “runner” actuó de manera muy rápida. Sin percatarse de mi presencia y asumiendo que nadie la miraba, literalmente se abalanzó contra la pintura impresa en la pared. Pensé que, a esa velocidad y determinación, el impacto iba a ser tan potente que su cuerpo se entromparía, como lo hace un huevo al ser lanzado en idéntica situación, desparramando sus sesos, interiores y líquidos por todo el lugar, cual yema y clara. Nada de lo esperado ocurrió. La chica desapareció al instante. 
Mi cara reflejó el sobrecogimiento de mi cuerpo. Aquello no era posible. Nadie más lo había visto, la calle estaba desierta. 
Me dirigí hacia La Gioconda. Toque su impregnada tez para comprobar que la pared era real. Dura como el cemento. 
«¿Y porqué no?» pensé. Quizás es la entrada al mundo mágico e ideal que todos deseamos visitar. Me alejé ganando distancia y, con el mismo empuje y decisión que lució la chica, me lancé contra aquella mujer.

Las gafas, los dientes y mi moral saltaron por los aires o se estamparon en aquel muro. La próxima vez me aseguraré de tener pagada mi licencia de superhéroe. 
Gracias por leerme.

«El gigante duerme»

Sobre
su colchón de piedra y tapado con sus sábanas de verde vegetación,
el Roque aparece vigilante. Mantiene sus ojos cerrados, la
respiración sosegada y el tic-tac de su corazón a un ritmo
apaciguado. Duerme. Al menos así lo vemos desde este lado. Lo que se
vive por dentro es otra cosa. Si bajamos la voz, acercamos el oído y
nos concentramos un poco, podemos escuchar los pensamientos de esa
mole.
Mi
boca está sellada. Cierro los ojos y mantengo la respiración.
Quiero gritar, salir corriendo, quizás huir, pero siento que no
puedo mover ni brazos ni piernas. Esto me come por dentro. Para
soportarlo intento concentrar mis pensamientos, controlarme,
autorregular mi propia circulación interna. Hay pájaros que vienen
y van. Sobrevuelan mi persona y preguntan, con su característico
piar o graznido, según el caso, el porqué de mi pasividad. «No
puedo» les contesto, «las personas que se agitan a mi alrededor
dependen de que sus suelos no se desquebrajen para seguir viviendo,
cultivando, existiendo». Les pido otra cosa «No te vayas».
«Acompáñame». «No me dejes». «Abrázame». Pero como no puedo
hablar en alto no me oyen y se marchan.  
Y ahí
sigue la gran piedra. Impasible, aguantando, mientras narra una historia que nadie
escucha. Hasta el día que reviente. 
Gracias por leerme.