«El barbero no es nada sin navajas»

«El barbero no es nada sin navajas»

La historia de Julio es la típica historia familiar. Su bisabuelo fue barbero, allá en Cuba, donde tuvo que emigrar. Su abuelo, fue barbero, y sirvió a las órdenes de los nacionales, salvándose de las trincheras y de las balas por este motivo. Su padre, barbero por convicción, heredó la barbería, que con tanto esfuerzo habían logrado fundar en su pequeña ciudad.

Él, no tuvo más remedió, pues decían que era un zoquete en los estudios, para los de verdad, y se hizo barbero. Pero no como sus familiares, él pudo estudiar el oficio; primero aquí, en su pueblo, en lo que llamaban un FP2 de peluquería, aunque él decía que era barbero. Después fue a Londres, adonde tuvo que emigrar en busca de otro idioma que le hiciera más competitivo. Allí sí que aprendió. La city es otra cosa y los pelos de los hombres, y los de las mujeres, se tratan de otra manera. 

El juego de navajas, ahora enmarcadas, eran parte de la herencia. Eso y la enfermedad mental que, según su esposa, padecía y que le hacía escuchar risas extrañas.

Aquel otoño, junto con la llegada de las primeras lluvias, empezaron a ocurrir los asesinatos.  Todos tenían el mismo modus operandi. La víctima una mujer; la causa de la muerte, un profundo tajo en el cuello, de lado a lado, como una gran sonrisa.

Julio, el barbero, se convirtió rápidamente en sospechoso, pues siempre andaba presumiendo de lo afiladas que estaban sus navajas y de lo hábil que era rasurando y…, bueno, presumía de todo eso que hace un buen barbero, incluso de las mujeres que se ligaba tras su trabajo.

La policía apareció una tarde en la barbería. Aunque ya estaba cerrada, a través de la puerta se veía con claridad que alguien estaba sentado en el sillín. Parecía dormido. Parecía Julio. Con una toalla que le tapaba la cara, como las que se ponen tras un buen afeitado. Todos esperaban lo peor. 

La mujer de julio gritaba desesperada desde la calle. Hicieron falta tres agentes para poder agarrarla. Quería derribar la puerta y comprobar si aquel cuerpo era su marido. Oía risas. Era imposible, pero era. Ella asegurada que él era el asesino. Que lo sabía por cómo había cambiado su mirada, por como reía, por cómo afilaba las viejas navajas que antes lucían como parte de un cuadro. En el revuelo la mujer metió la mano en el bolsillo y un chorro de líquido viscoso manó tras cortarse. Gritó desesperada al ver que, ahora todos, sabían la verdad y podían ver sus cuernos.  Por eso lo mató, aunque nadie supiera entender su respuesta.

Gracias por leerme. 

«Entre luces, sombras y el contoneo de tu cintura»

Entre luces y sombras disfruto del juego de mi imaginación. (Foto sacada con mi móvil)

El juego de luces y sombras que se conjugan en este pasillo poco iluminado, siempre produce un efecto alucinante en lo que estamos mirando; ese efecto es aún mayor si lo que vemos es fruto de nuestra imaginación. Al menos eso me pasa cada vez que te veo avanzar por el pasillo.

En muchas ocasiones, como la de hoy, tú no me ves. No sabes que te estoy mirando, pues tu paso está siguiendo esas luces y esas sombras que te llevan en dirección opuesta a la que yo estoy. Pero estoy, apoyado en mi esquina, acariciando la incipiente barba, imaginando que en el siguiente sonido de tu tacón te vas a dar la vuelta para buscarme. Estoy, esperando y disfrutando de ese breve momento de disfrute que me da observarte.

Con mi mirada, deseosa de encontrarse con la tuya, admiro el contoneo de tu cintura y solo puedo ponerme a silbar tus pasos, siempre al ritmo que acompasan tus caderas. Cuando ya te pierdo de vista —al final las sombras son más que las luces—, con la musiquilla que he creado en mi cabeza, sigo mi camino, como tú, entre mis propias luces y mis propias sombras.

Quién sabe, quizás, algún día, logremos caminar en el mismo sentido, apagando y encendiendo esas luces y esas sombras que hoy nos separan.

Gracias por leerme. 

«Pasear por una ciudad a ritmo de jazz»

Una ciudad sin saxofonista e imaginación , no es una ciudad de cuento.
(Foto hecha con mi móvil).

Las ciudades que parecen ser construidas con ladrillos sacados de los cuentos, siempre guardan entre sus esquinas misterios y personajes que en pocas ocasiones nos paramos a observar. 

Tallín es una de esas ciudades que parece estar edificadas con el mismo encantamiento con el que se escriben los cuentos de hadas.

Este verano, entre sus calles, encontré una especie de duende que, protegido tras el frío y oxidado metal de su saxofón, echaba notas al aire intentando invocar algún sortilegio.

La historia de este personaje puede ser bien distinta, pero por el sonido de las notas que al aire lanzaba, entendí rápidamente la que él estaba contando. Entendí que era uno de los guardianes de la ciudad.

Su intención, con aquella música embriagadora, que bien podía corresponder a un concierto de John Coltrane, no era otra cosa que dar un apoyo al viento, que soplaba cual brisa ligera ahuyentando nubarrones.

La ciudad estaba llena de turistas que, como nosotros, paseaban por sus mágicas calles, disfrutaban de sus maravillosas murallas, reían entre los jardines… Él, habitante de un mundo paralelo, con sus luces y sus sombras, sus estados de lucidez y alucinación, inseparables y dependientes el uno del otro, hacía que su música invocara al viento para que fuera el encargado de amedrentar las negras nubes con las que los dioses, u otros seres de ese imaginativo mundo, pretendían estropear el día.

Así fue. Durante nuestra estancia lo tropezamos por varias esquinas de aquella ciudad de cuento, pocos parecíamos verlo, pero él sonreía y deleitaba con su música a todos los transeúntes —nada que ver con otros.

Y es que los ladrillos, o las letras, con los que se construyen las ciudades y los personajes de los cuentos están hechos de fantasía, ilusión y ganas de encontrar un mundo mejor, y si este suena a ritmo de jazz, pues mejor que mejor.

Gracias por leerme.

«Un brindis por Los Finados»

NOCHE DE FINADOS, NOCHE DE HALLOWEEN. Foto sacada con mi móvil en casa de mis amigos Vanesa y Manu. 

Parece mentira que después de tanto tiempo sin hacerlo mi hermano Juan nos haya vuelto a reunir para retomar la celebración de Los Finados.

Cuando la abuela Juana vivía, como era muy amante de las tradiciones, esta cita era obligatoria. Cada año convocaba, a toda la familia, la tarde del 1 de noviembre, en el patio de su casa. Allí asábamos castañas y comíamos higos pasados, queso… Todo ello bañado con vino dulce y anís.

Juan ahora vivía en la casa de la abuela. No hacia más de un mes que se había mudado y en su mensaje, nos decía que estaba seguro de que a la vieja Juana le hubiera gustado que nos reuniéramos todos allí, justo aquel día.

No faltó nadie a la convocatoria. 

Cuando estábamos todos, los niños disfrazados por el Halloween y los mayores recordando historias de la casa, Juan hizo tintinear una copa y pidió que nos calláramos.

—¿Recuerdan cuando la abuela Juana nos reunía aquí para contarnos sus historias? —todos los hermanos asentimos a la vez que mirábamos el banco de obra en el que la vieja solía sentarse— Hoy estamos aquí por ella, por su recuerdo, y por todos los que ya no están. Ella me lo pidió.

En ese preciso momento todas la luces de la casa se apagaron. Nos sobresaltamos. Los niños gritaron y se agarraron a las faldas de sus madres. 

La única luz que quedó encendida era la que proporciona la vela que, a modo de tenebrosa decoración, Juan había colocado junto a una calavera, justo en el lugar en el  que se sentaba la vieja.

Todos vimos la sombra que proyectó. Sin duda aquella era la silueta de la abuela Juana, que, una vez más, se había acercado hasta el patio para asustar a los más pequeños. 

Lo más sorprendente fueron las palabras de mi hermano.

—Lo ves abuela. Todos aquí. Tu tradición seguirá viva mientras tú nos acompañes.—En ese momento, la luz de la casa volvió. Ninguno de los presentes supo que decir, salvo Juan, que parecía tenerlo todo preparado—. ¡Por los finados!, ¡por la abuela! Por mantener la costumbre de reunirnos este día —dijo levantando la copa, para sellar un juramento a modo de brindis. En ese instante supimos que habíamos vendido nuestra alma para siempre.

Gracias por leerme.

PD. La noche de Los Finados «Los Finaos» es una tradición muy antigua de las Islas Canarias que ahora se mezcla con el Halloween. A mi modo de ver, ni malo ni bueno, es fruto de la globalización y la hiperconectividad a la que estamos sujetos. 

Si quieres saber algo más busca en la agenda cultural hay un montón de actividades.Esta, del Museo  de Historia y Antropología, está muy bien.

Si te apetece recordar alguna de mis fiestas de Halloween, aquí te dejo un enlace, aunque si busca en esta esquina alguna más descubrirás.

«Amor inolvidable»

Hay sentimientos que no podemos olvidar

Era nuestro sueño inolvidable pasar la vida juntos, comprarnos aquella casa en las afueras de la ciudad, criar a nuestros hijos, viajar…, ser felices. Así nos lo habíamos prometido hace ya mucho tiempo.

Levanto la vista y veo la pared llena de fotos, en la que, como si fuera un expositor, todos esos recuerdos son mostrados a mi mente. ¿Lo conseguimos?

Ahora te miro. Siempre estás a mi lado, sentado en ese abombado y viejo sofá. No te reconozco. No sé si eres tú. No me acuerdo de tu nombre, y sé que a ti te pasa lo mismo, pero cada vez que coges mi mano y me sonríes, una mariposa recorre mi estómago.

Gracias por leerme.

«Perfectos desconocidos, o de como perder la cabeza con el móvil»

Imagina que pierdes el móvil. Yo te aseguro que perdería la cabeza.

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de ver la película «Perfectos desconocidos» en este link podrás saber algo más de ella—. Básicamente, trata de que en una cena de amigos surge la idea de ver qué pasaría si todos dejaran sus móviles encima de la mesa, al alcance de los demás. Todas las llamadas, SMS, Whatsapps, notificaciones de Instagram o Facebook, debían ser compartidas al instante en voz alta. Según ellos, aceptan el juego porque ninguno tenía nada que ocultar.

Como te podrás imaginar, al tratarse de una comedia, surgen un montón de situaciones que dejan al descubierto relaciones, sentimientos, secretos íntimos… Pero “tranqui” que si no lo has visto no te voy a revelar nada más, ni realizaré ninguna crítica a la misma. Sí te digo que me reí mucho. ¿La has visto? ¿Qué te pareció?

Esa película me llevó a reflexionar sobre el uso que le doy a mi móvil. ¿Te has planteado el que le haces tú? Desde entonces me fijo en lo que hacen otras personas y veo que muchas lo dejamos boca abajo, arpa que no se vea la pantalla. ¿No te da eso que pensar?

Mi smartphone guarda y lo uso para todo, imagino que como tú y como los protagonistas de la película. En él podrías descubrir:

  1. Fotos familiares y de amigos.

  2. Fotos comprometedoras. No mías, de otros.

  3. Videos de eventos increíbles.

  4. Vídeos de todo tipo. No míos, de otros.

  5. Conversaciones guardadas.

  6. Conversaciones comprometedoras. No mías, de otros.

  7. Borradores de textos pendientes de publicar.

  8. Textos sorprendentes. No míos, de otros.

Por si fuera poco, uso mi móvil, además de para llamar —cada vez somos menos los que usan esa posibilidad—, para: pagar, sacar dinero, comprar entradas, usarlas, redes sociales, escribir, leer… Sin él me vería manco. ¡Qué necesario se ha vuelto! Aquí ya hablé del “guasap”.

Como verás, y como dicen en un principio los protagonistas de la película, no tengo nada, o casi, que ocultar en mi móvil. Podría dejarlo encima de la mesa. Otra cosa es que lo haga desbloqueado.

¿Qué cosas guardas en tu móvil? ¿Te atreverías a enseñarlo abiertamente? ¿Que NO enseñarías?

Gracias por leerme.

«Fanfic de Robinson Crusoe»

una gan historia sobre la complejidad humana, las relaciones…

(NOTA ACLARATORIA: El presente relato corresponde a la tercera semana de los «52 retos de escritura para el 2018» planteado por LITERUP, que puedes seguir en las redes sociales con el #52RetosLiterup. En este caso la condición a cumplir es: «Piensa en tu libro favorito e imagina un fanfic, pero con animales.» Podrás leer los otros relatos que he escrito si pinchas aquí).

Aquel bullicio le llamó mucho la atención. Protegido como estaba tras los matorrales, vio que en la que el consideraba su playa, acababan de desembarcar una treintena de peligrosas hormigas caníbales. Sus sospechas por la presencia puntual de otros seres en la isla se hacían realidad. además, aquel grupo, parecía estar dispuesto a comerse a los dos prisioneros que arrastraban.

Tras la muerte del primero, el otro, un ratón de piel oscura, ágiles patas y simpática naricilla, logró huir en su dirección. Sin saber muy bien el motivo, pues a Robison Crusoe, como al resto de los elefantes, los ratones le dan algo de miedo, decide ayudarlo.

Arma en mano y a pesar de contar con la desventaja numérica, pero con el poder de la sorpresa a su favor, se enfrenta a las hormigas caníbales, escachando a alguna de ellas con sus potentes patas y haciendo huir a las demás.

El agradecimiento del pequeño ratón es enorme, así que Robinson decide acogerlo como su criado, llamándolo Viernes, por ser el día en el que estaban.

Los días y meses pasan en la isla. Viernes, poco a poco, aprende a hablar, a comportarse, a cumplir sus tareas…, pero sobre todo, Robison empieza a valorarlo y a no tenerle miedo.

Gracias por leerme.

«¿Te encerrarías conmigo en un ascensor?»

Solo mirar este ascensor, tiemblo.

¿Sientes claustrofobia? ¿Alguna vez te has quedado encerrado o encerrada en un ascensor? ¿Qué es lo que te pasa en una situación así? ¿Te encerrarías conmigo en un ascensor?

Te confieso que tengo pánico a quedarme encerrado en uno. En situaciones normales subo y bajo las escaleras, las veces que hagan falta y los pisos que hagan falta, no me importa.

Como en todo, siempre hay una excepción. A primera hora de la mañana, cuando llego al trabajo y aparcamos el coche, en la planta menos dos, como reconozco que no tengo fuerzas para subir andando hasta la zona en la que tenemos el fichaje, me monto en él, eso sí, miro de reojo las luces del tablero de mando. Después sí que subo hasta la cuarta planta, a pata.

Intentar describir lo que siento en una crisis de claustrofobia no es fácil. Veamos:
«Cuando me he quedado encerrado mi cuerpo empieza a sentir un pequeño sudor, que va mojando mi frente. La respiración empieza a entrecortarse y parece que se me cierra la garganta, impidiendo la entrada de aire. El sudor continua espalda abajo y eriza mi vello. Mi mente se obnubila y soy incapaz de razonar. Las contracciones musculares se hacen visibles y no puedo parar de moverme. La respiración se acelera. El corazón cada vez palpita con más ritmo. Al principio, poco a poco, intentando mantener la compostura, me quito la chaqueta, me remango las mangas de la camisa…; después, con avidez, desabrocho los botones que me oprimen y el jadeo empieza a hacer su presencia. Mis manos no paran de tocar. Me descontrolo. Recuerdo chillar, aullar, gemir y, por último…».

¡Ups! yo quería hablar de las sensaciones de la claustrofobia, pero al parecer, las mentes sucias que están leyendo esto, despacio y en voz alta, están pensando en otra cosa.

Gracias por leerme.

«¡Oh capitán!, ¡mi capitán!»

Foto sacada con mi móvil a principio s de mes en SETUBAL-Portugal.

«¡Oh, capitán!, ¡mi capitán!,
nuestro terrible viaje ha terminado,
el barco ha sobrevivido a todos los escollos…»

Entre los versos de Walt Whitman se esconde la escena del capitán que tras superar grandes problemas, es traído por su hijo a su tierra para morir.

Este viejo marino que en la foto canta feliz en nuestra compañía me recordó ese poema tan famoso por la escena final de la película «El club de los poetas muertos».

Nuestro amigo, escondido tras el cristal de las empañadas copas de cerveza y ron, que sin orden ni mesura mezcla y alterna, esconde su talento en una potente garganta que, por culpa de los excesos, ahora se le anuda en torno a la lengua, impidiéndole casi el habla.

En los momentos en los que nuestras voces e instrumentos ganan el silencio, él grita a los siete vientos los nombres de mares y puertos que ha visitado, los nombres de barcos que hacía tiempo pilotaba, o el de las mujeres que había deshonrado y el de las cicatrices que en su cuerpo había bautizado.

Según parece su vida está unida a la vieja piratería, al contrabando y el trapicheo. Una historia llena de aventuras vividas en ultramar, entre las antiguas colonias y que ahora, en un vago intento de ahogar sus recuerdos en el alcohol, estos le salen a relucir, pues saben nadar.

Las viejas trovas que cantamos le hacen llorar y emocionarse, hasta que en un momento, acompañado del fiel escudero, que a ritmo de pandereta celebra sus gritos y hazañas, se pone en pie sobre la mesa iniciando el recitado del célebre poema, cual reclamo de honores, anunciando así su retirada a la espera de tiempos mejores.

Foto sacada con mi móvil a principio s de mes en SETUBAL-Portugal.

«¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán! Levántate y escucha las campanas;
 levántate —por ti la enseña ondea— por ti suena el clarín;
por ti son las guirnaldas y festones —por ti se apiñan gentes en la orilla;
por ti claman, la inquieta masa a ti se vuelve ansiosa.»

Gracias por leerme.

«Cien besos en el recuerdo»

 

Descubrir aquella foto supuso para él un viaje inesperado al pasado. De repente sintió
como su cuerpo era absorbido, por el gran sumidero del tiempo, hasta ser depositado en su casa, cuarenta años atrás.
     Desde este lado del tiempo podía ver cómo aquel niño, de apenas cinco o seis años de edad, caminaba hacia el abuelo, atendiendo a su reclamo.
El viejo estaba sentado en una de las sillas del salón. Reía y hacía grandes aspavientos, todos dedicados a llamar la atención del chico. Se notaba
que había bebido.
         Al llegar a su lado, el hombre le preguntó:
         ―¿Cuánto me quieres?
       ―Mucho abuelo ―respondió el niño sin saber qué esperar a cambio.
         ­―Del uno al cien, ¿cuánto? ―volvió a insistir el hombre.
         ―Cien.
        ―Pues dame cien besos, cincuenta aquí y los otros aquí ―dijo el hombre indicando con su dedo índice, amarillo por el tabaco, ambos cachetes.
         Como escupido por una fuerza centrífuga, contraria a la que lo atrajo hacía aquella reminiscencia de su pasado infantil, dejó al niño en el besuqueo y él volvió a recuperar su cuerpo, edad y cordura actual. El recuerdo de los cien besos al abuelo, siempre quedará como uno de los momentos más felices de mi infancia.
Gracias por leerme.