«Para dar seguridad»

Extraída y retocada con mi móvil

Parece mentira, pero esto de estar vigilando a los amigos de lo ajeno es realmente una complicación. Tanto es así que hasta tenemos que colocar cadenas y candados a todo lo que nos rodea, con el fin de que los desaprensivos no se lleven nuestras queridas pertenencias.
Un buen ejemplo de ello lo tenemos en Luis —nombre imaginario por aquello de guardar la identidad— que, como todas las mañanas, llega a trabajar, montado en su bici azul.
Por un pequeño problema de espacio debe aparcarla fuera de la oficina, junto a la puerta, y encadenada a una vieja farola. Aprovecha que uno de los conserjes, cuando abre las dependencias, le presta la cadena para que la asegure, pese a que él pasa casi toda la mañana apoyado en la pared del zaguán.
Una tarde, por aquellas cosas del destino Luis salió para realizar una diligencia laboral y claro, se desplazó montado en ella. A su regreso, ya cercana la hora de cerrar se decidió por meterla en el interior del edificio, aprovechando que el «segurita» no estaba, pero oculta en el hueco debajo de la escalera, para evitar el más que seguro reproche del encargado del orden y la seguridad del recinto.
Fue el último en salir del edificio. Se acercó a donde había dejado la bici pero algo llamó su atención. Al girarse hacia la puerta vio que esta estaba formalmente cerrada, con cadena y candado, así que, ¿podrías llamar a un cerrajero, que no se dónde tengo el teléfono y no puedo salir? —¡ups! que vergüenza, acabo de desvelar la identidad de Luis— Gracias por leerme, y ayudarme.

«El hombre calvo del banco del parque»

Extraído, sin permiso, de San Google
El hombre calvo que siempre está sentado en la
misma esquina del banco de la entrada del parque, siempre llega antes que yo. Todas
las mañanas le doy los buenos días, nada más cruzar el portón de la entrada, y
él responde de la misma manera.
En muchas ocasiones, cuando mis pensamientos me
abandonan, me dedico a mirarlo de lejos, disimulando, para que no crea que lo espío.
Me sorprende verlo allí sentado, casi toda la mañana, sin hacer nada.
A eso de las once, como un reloj, saca su bocata y,
en un par de mordiscos, lo devora, ayudado de los sorbos prolongados que
arremete a la cañita del pequeño envase de zumo, con el que lo acompaña.
Pasa las horas perdido, aburrido, mirando a la
nada. A veces, se levanta, como el que no quiere la cosa, y empieza a pasear,
siempre por los alrededores de su banco, no se aleja más de diez o doce metros,
como el que esta esperando a que alguien llegue, para así poder atenderlo. Mientras
eso ocurre veo como la vida se le escapa. Para poder entretenerse se pasea la mano
derecha por su calva, como si estuviera pensando en algo fundamental. Quizás esté trabajando, quizás, por eso no tiene pelos.

«Una de Hitchcock»

Camino por una calle fría y ruidosa de la sorprendente Nueva York. El juego de luces, los edificios y las esquinas conocidas me transportan a revivir la escena de una película ya vista.
La calle está desierta. El ruido de mis pasos inundan, por el efecto del sempiterno eco, cada uno de mis pasos. Las luces de las farolas balancean a las sombras como queriendo jugar con ellas, imitando a las lejanas olas. A pocos metros un hombre alto y muy robusto, vestido todo de negro, sale de un zaguán haciendo mucho ruido. Sobre su hombro derecho lleva una pesada carga. Pese a su duro aspecto, se ve sorprendido por mi presencia. Sin duda no me esperaba. 
Se queda parado, a medio paso entre la puerta de la que ha salido y de un conjunto de cubos de basura, metálicos, que parecían ser su destino.
Al verlo me detengo. La media luz que alumbra la escena me permite ver con aparente claridad su torcida nariz, sin duda rota en alguna pelea callejera, y la cicatriz que le atraviesa la comisura de los labios. 
Él recoloca sobre su hombro la pesada carga alargada, protegida por una gran bolsa negra de basura, y emite lo que pretende ser, sin lograrlo, una sonrisa. Sin dejar de mirarme avanza el par de pasos y la deja caer sobre el suelo. El estruendo es seco y potente. Se sacude las palmas de las manos y, cuando observa que estoy mirando el estirado bulto que acaba de soltar, se lleva el dedo gordo a la garganta y, atravesándome con su mirada se lo pasa de un lado a otro realizando el conocido gesto amenazador. Tras lo cual se marcha.
Acobardado, antes de continuar mi camino, vuelvo a mirar el bulto del suelo. O mi imaginación me ha jugado una mala pasada o aquí huele a muerto. Y es que en esta ciudad se graban muchas películas.
Imagen de mi móvil, saca el pasado octubre cerca de Central Park.

«Los tronos empiezan a temblar»

Foto desde el móvil, a las puertas de edificio oficial.
Luisa llevaba
tiempo sentada cómodamente en su sillón. Sin duda alguna era la reina del lugar
ya que, desde su poltrona, podía gobernar todo y a todos los que la rodeaban.
Pero las cosas no siempre son así. O al menos últimamente parece que, con tanto
movimiento social, solicitudes de independencia…, algo está cambiando.
Un buen día, sintió un temblor bajo sus pies. Parecía que el firme
sustento que la aguantaba se desquebrajaba y todo su mundo empezaba a
tambalearse.
       Para su sorpresa, poco a poco las
cosas comenzaron a cambiar de sitio, primero de manera tímida, luego más
drásticamente, como le corresponde a un terremoto. Hasta las posiciones de las
personas empezaron a modificarse. Todos se reposicionaban. Ella no quería ser
menos así que, para intentar disimular, y quedar bien con los que ahora iban a
tomar las riendas, comenzó a deshacerse de pequeñas suciedades, que escondió
bajo la alfombra, y de los grandes trastos, que dejó en cualquier sitio,
mientras afirmaba, despreocupada, que no eran de ella. Sus conocidos lo
señalaban y decían: “…se parece con tu…”. “Se parece pero no”.

Menos mal que hablo de un abandonado sofá y no de política.

«Cuestión de venganza»

Extraída, sin permiso, de San Google.

Le deseé que tuviera un buen turno, como lo hacía cada noche al
darle el cambio.

Bajé la escalera. Llevaba la sonrisa guardada en mi interior. «Este cabrón se va a enterar». 
Salí del edificio. Mis pensamientos seguían clavados en el impresentable de mi compañero.  «Te dan asco cuando nos llegan partidos. ¡Te vas a cagar!». Caminé calle arriba.
A lo lejos vi a una chica en bicicleta. No lo pensé. Ella sería la víctima. Corrí hasta casi alcanzarla, mis pensamientos seguían su propio viaje: «la descuartizaré y lo salpicaré todo para que a este tio… ».
―Se ve que iba corriendo y no vio el tranvía ―dijo el inspector al forense de guardia mientras este vomitaba.

«¿Y si te como a besos?»

Imagen del blog elunicosentimiento.
El sol calentaba nuestro camino mientras la luminosidad de tu sonrisa abarrotaba mi corazón. 
Con mucha emoción sentía tu presencia a mi lado, no era normal tenerte tan cerca. El roce de tu mano contra la mía aceleraba mi respiración, las risas compenetradas decoraban la conversación y la profundidad de tus ojos penetrando en los míos inundaban mi alma.
De fondo, la decoración áspera y muchas veces horripilante de los grafitis, los desagradables, los hechos con desprecio y maldad, rompían el halo en el que nos veíamos envueltos.
Por un momento deseé que aquel marco cambiara, buscaba algo especial, un escenario que significará algo, un lugar para recordar por siempre, que me permitiera tener la excusa para poder acercarme a ti y coger tu mano. Sorprendido, aquella simple ilusión se hizo realidad.
El dibujo de la pared cambió. Las feas letras y firmas sin sentido se convirtieron en un mensaje que, negro sobre blanco, aclaraban y resumían la declaración de intenciones que en mi mente se apelotonaban. Paré en seco. Te miré y fuiste tú la que comprendiste el mensaje.

«And the winner is…»

Teatro Campos, Bizkaia

Luego cruzó el pasillo, bajo al sótano y mató al prisionero. Tras aquello cayó el telón. 

El público quedó impávido, estaba impactado. La obra estaba ideada para hacer pensar a los asistentes que el protagonista se salvaba, nada más lejos de la realidad, por lo que aquel final sorprendió a todos.
De manera tímida, empezaron los aplausos. Uno a uno, los espectadores comenzaron a levantarse de sus asientos, a la vez que iban aumentando el nivel y constancia de las palmadas, de un leve chismorreo inicial, con apenas unas pocas personas aplaudiendo, pasaron a una importante ovación, que producía un sonido semejante al que produce la lluvia durante la tormenta.
Los actores salieron. Se dieron la mano y reverenciaron sus cabezas. Todos menos uno, que yacía en un charco de sangre.
Sortearon el premio. El teatro a oscuras. Los asistentes expectantes. El foco  principal comenzó a moverse rápidamente, y sin sentido, por toda la sala. De repente paró sobre un apuesto cuarentón. El resto del público estallo, de nuevo, en ovación. El hombre orgulloso saludaba sonriente. Nadie informó al ganador de que haría el papel de víctima.

«Los zapatitos de la señorita Rita»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.

Todos tenemos unos zapatos que nos gustan más que otros. Esto puede
ser porque con ellos nos sentimos cómodos, porque su color combina
con nuestra ropa favorita o porque lo hacen con el color de nuestros
ojos.

A la señorita Rita le gustaban aquellos viejos zapatos verdes
porque con ellos era capaz de pensar.

Cada
vez que tenía una duda, o simplemente estaba ociosa en casa, se dirigía
a la zapatera y, con mucho celo, los sacaba cariñosamente de su
caja. Antes de ponérselos les pasaba un paño, con el fin de
quitarles las pocas manchas o marcas que pudieran tener, pero con una
delicadeza difícil de imaginar.
Hoy
era uno de esos días. Cuando logró quedarse sola en casa, cumplió
con el ritual que ella misma se había marcado y se embutió en
ellos.
Durante
los primeros instantes siempre pasaba lo mismo, nada. Pero tras unos
pasos alrededor de la mesa de la cocina, o de la del comedor, o tras
recorrer el pasillo varias veces, arriba y abajo, las ideas empezaban
a fluir y con ellas las respuestas que necesitaba.

 ¿Puede
un objeto tener el poder de iluminarnos?

«Es hora de tomar decisiones»

Extraía, sin permiso, de San Google.
Y así, tontamente, acabe pegándome un tiro. Figurado, claro está. Soy un cobarde y no creo que valga la pena quitarse de en medio usando como excusa un par de imprevistos: mi mujer me abandonó, me despidieron del trabajo, se rompió la junta de la culata del coche, mi hijo abandona sus estudios, la niña se queda embarazada del gandul de su novio, la calefacción de casa se estropeó hace quince días…
Ahora, enroscado en el sofá y abrigado con la manta que me regalaron los de Cruz Roja, no me queda otra que tomar una decisión sobre qué hacer con mi puñetera vida. 
Tendré que luchar.

«El hombre invisible»

(Imagen de LIU BOLÍN, extraída de San Google sin permiso)

La cola pasaba la esquina. Todos los asistentes al evento aguardaban su momento mientas parloteaban de sus cosas con sus iguales. El acontecimiento prometía, la velada era de gala. Cientos de personas en una rigurosa fila, guardada por agentes de la organización y vallas protectoras que los separaban del resto de los viandantes, esperaban ansiosos el comienzo de la fiesta.

Los no elegidos vociferaban y aclamaban fanáticamente a los protagonistas. Apoyados sobres los fríos hierros de color amarillo, observaban la alfombra roja que marcaba el camino para que los deseados cruzaran, los apenas veinte metros que les separaban de las portezuelas de sus vehículos, hasta las grandes cristaleras que daban acceso al interior del cine.

Todos esperaban el pistoletazo de salida que daba comienzo a tan magno espectáculo de luces, música, famosos…, que se había preparado, todos menos uno.
(Liu Bolin es un artista, escultor y fotógrafo nacido en 1973 en Shandong, China. Es conocido, sobre todo, por sus fotografías donde se mimetiza, en el marco de situaciones urbanas, con el entorno. Más info en: http://es.wikipedia.org/wiki/Liu_Bolin)