«El gigante duerme»

Sobre
su colchón de piedra y tapado con sus sábanas de verde vegetación,
el Roque aparece vigilante. Mantiene sus ojos cerrados, la
respiración sosegada y el tic-tac de su corazón a un ritmo
apaciguado. Duerme. Al menos así lo vemos desde este lado. Lo que se
vive por dentro es otra cosa. Si bajamos la voz, acercamos el oído y
nos concentramos un poco, podemos escuchar los pensamientos de esa
mole.
Mi
boca está sellada. Cierro los ojos y mantengo la respiración.
Quiero gritar, salir corriendo, quizás huir, pero siento que no
puedo mover ni brazos ni piernas. Esto me come por dentro. Para
soportarlo intento concentrar mis pensamientos, controlarme,
autorregular mi propia circulación interna. Hay pájaros que vienen
y van. Sobrevuelan mi persona y preguntan, con su característico
piar o graznido, según el caso, el porqué de mi pasividad. «No
puedo» les contesto, «las personas que se agitan a mi alrededor
dependen de que sus suelos no se desquebrajen para seguir viviendo,
cultivando, existiendo». Les pido otra cosa «No te vayas».
«Acompáñame». «No me dejes». «Abrázame». Pero como no puedo
hablar en alto no me oyen y se marchan.  
Y ahí
sigue la gran piedra. Impasible, aguantando, mientras narra una historia que nadie
escucha. Hasta el día que reviente. 
Gracias por leerme.

«Y se hizo una luz»

Foto de mi móvil
Aprovecho que veo luz para levantarme. Aunque lo hago extrañado, algo asustado y a regañadientes. ¿Qué hace esa lámpara ahí? ¿Quién la ha puesto? ¿Quién la ha encendido? Yo no.
Desde la distancia la observo con detenimiento. Es la primera vez que la veo. 
Es una lámpara sencilla, de esas de pie. Seguro que tienes una en tu casa, aunque es posible que no parecida, ni igual. Eso no importa. No sé porqué está encendida. No se oye nada. No hay nadie. Esto es muy extraño.
Nos separan diez metros y te aseguro que hace un rato ahí no había nada. Un frío perturbador recorre mis venas, lo que hace que se erice el vello de mis brazos. Por curiosidad me acerco, aunque vigilante.

A tan solo un metro de distancia no puedo descubrir nada, pero cuando estiro mi mano para tocar la tulipa, lo entiendo todo. No debo asustarme, ya sé lo que ocurre. No recordaba de que a veces, en mi cerebro se enciende una bombilla, una idea. ¡Caray!, ¡he tenido una idea! Pero perdóname por estas letras. Tener una buena idea es poco habitual y me apetecía contarlo. 

«El increíble cuarto de aperos»

Foto sacada con mi móvil, en las medianías de La Orotava
Antonio había heredado aquella finca. Su tío, que en paz descanse, se la había dejado con el firme propósito de que se encargara de ella y la cuidase con el mismo mimo y afecto que él lo había hecho durante tantos años. Había fallecido sin descendientes directos por lo que Antonio era la persona que había tenido el honor de heredarla.
Una vez allí, en sus posesiones recordó como siendo niño, su familiar siempre le contaba historias sobre aquellas tierras, sobre lo importante que era cuidarlas y preservarlas de las avaricias ajenas. 
Estaba como siempre, en barbecho. Por mucho esfuerzo que hizo no pudo recordarla cultivada de papas o vides, como era tradición en aquellas medianías.
Evocó a su tío sentado en aquel mismo muro contemplando el pequeño y singular cuarto de aperos. Cuando iban juntos no hacían otra cosa. En su mente le pareció escuchar una vieja  conversación:
—Algún día me meteré en ese ascensor y ya no regresaré —le dijo en una ocasión, señalando la puerta del ascensor que cerraba aquellas cuatro paredes.
—¿Adónde irás tío?
—Al sitio que deba ir. Arriba o abajo. Pero lo importante, lo que tú debes tener presente, es que nadie entre, si no le toca. Y que vigiles, para que nadie salga, aunque crea que le toca.
Aquellas palabras siempre le habían intrigado.
Antonio tenía las llaves del candado. Se acercó y abrió, esperando encontrar viejas azadas y herramientas oxidadas por el paso del tiempo y la humedad. No había nada de eso. En la pared derecha solo dos luces una señalando arriba y otra hacia abajo. 

La puerta cerró bruscamente y el guardián desapareció para siempre sin saberse si fue al cielo o al infierno. Hay puertas que es mejor no cruzar.

«El último combate»

Hecha con mi móvil. Puerto de la Cruz.
Tenía los
grandes guantes rojos enfundados y bien ceñidos a sus muñecas. Los calzones,
que a priori lucían una talla más de la que en verdad llevaba, le daban la
soltura y ligereza que necesitaba para poder moverse con agilidad sobre el
cuadrilátero. Su piel aparentaba sudorosa, húmeda, quizás por culpa de los
repetitivos saltos con la comba que le ayudaba a calentar. Su mirada estaba
perdida, vacía.
            A su alrededor el ruido era
ensordecedor. Pero no había gritos, ni ánimos, no identificaba voces humanas.

           Cuando sonó la campanada supo que el
combate había terminado. Por fin, su alma de boxeador, dejaría de luchar
encerrada dentro de aquel cuerpo de cera.

«Para dar seguridad»

Extraída y retocada con mi móvil

Parece mentira, pero esto de estar vigilando a los amigos de lo ajeno es realmente una complicación. Tanto es así que hasta tenemos que colocar cadenas y candados a todo lo que nos rodea, con el fin de que los desaprensivos no se lleven nuestras queridas pertenencias.
Un buen ejemplo de ello lo tenemos en Luis —nombre imaginario por aquello de guardar la identidad— que, como todas las mañanas, llega a trabajar, montado en su bici azul.
Por un pequeño problema de espacio debe aparcarla fuera de la oficina, junto a la puerta, y encadenada a una vieja farola. Aprovecha que uno de los conserjes, cuando abre las dependencias, le presta la cadena para que la asegure, pese a que él pasa casi toda la mañana apoyado en la pared del zaguán.
Una tarde, por aquellas cosas del destino Luis salió para realizar una diligencia laboral y claro, se desplazó montado en ella. A su regreso, ya cercana la hora de cerrar se decidió por meterla en el interior del edificio, aprovechando que el «segurita» no estaba, pero oculta en el hueco debajo de la escalera, para evitar el más que seguro reproche del encargado del orden y la seguridad del recinto.
Fue el último en salir del edificio. Se acercó a donde había dejado la bici pero algo llamó su atención. Al girarse hacia la puerta vio que esta estaba formalmente cerrada, con cadena y candado, así que, ¿podrías llamar a un cerrajero, que no se dónde tengo el teléfono y no puedo salir? —¡ups! que vergüenza, acabo de desvelar la identidad de Luis— Gracias por leerme, y ayudarme.

«El hombre calvo del banco del parque»

Extraído, sin permiso, de San Google
El hombre calvo que siempre está sentado en la
misma esquina del banco de la entrada del parque, siempre llega antes que yo. Todas
las mañanas le doy los buenos días, nada más cruzar el portón de la entrada, y
él responde de la misma manera.
En muchas ocasiones, cuando mis pensamientos me
abandonan, me dedico a mirarlo de lejos, disimulando, para que no crea que lo espío.
Me sorprende verlo allí sentado, casi toda la mañana, sin hacer nada.
A eso de las once, como un reloj, saca su bocata y,
en un par de mordiscos, lo devora, ayudado de los sorbos prolongados que
arremete a la cañita del pequeño envase de zumo, con el que lo acompaña.
Pasa las horas perdido, aburrido, mirando a la
nada. A veces, se levanta, como el que no quiere la cosa, y empieza a pasear,
siempre por los alrededores de su banco, no se aleja más de diez o doce metros,
como el que esta esperando a que alguien llegue, para así poder atenderlo. Mientras
eso ocurre veo como la vida se le escapa. Para poder entretenerse se pasea la mano
derecha por su calva, como si estuviera pensando en algo fundamental. Quizás esté trabajando, quizás, por eso no tiene pelos.

«Una de Hitchcock»

Camino por una calle fría y ruidosa de la sorprendente Nueva York. El juego de luces, los edificios y las esquinas conocidas me transportan a revivir la escena de una película ya vista.
La calle está desierta. El ruido de mis pasos inundan, por el efecto del sempiterno eco, cada uno de mis pasos. Las luces de las farolas balancean a las sombras como queriendo jugar con ellas, imitando a las lejanas olas. A pocos metros un hombre alto y muy robusto, vestido todo de negro, sale de un zaguán haciendo mucho ruido. Sobre su hombro derecho lleva una pesada carga. Pese a su duro aspecto, se ve sorprendido por mi presencia. Sin duda no me esperaba. 
Se queda parado, a medio paso entre la puerta de la que ha salido y de un conjunto de cubos de basura, metálicos, que parecían ser su destino.
Al verlo me detengo. La media luz que alumbra la escena me permite ver con aparente claridad su torcida nariz, sin duda rota en alguna pelea callejera, y la cicatriz que le atraviesa la comisura de los labios. 
Él recoloca sobre su hombro la pesada carga alargada, protegida por una gran bolsa negra de basura, y emite lo que pretende ser, sin lograrlo, una sonrisa. Sin dejar de mirarme avanza el par de pasos y la deja caer sobre el suelo. El estruendo es seco y potente. Se sacude las palmas de las manos y, cuando observa que estoy mirando el estirado bulto que acaba de soltar, se lleva el dedo gordo a la garganta y, atravesándome con su mirada se lo pasa de un lado a otro realizando el conocido gesto amenazador. Tras lo cual se marcha.
Acobardado, antes de continuar mi camino, vuelvo a mirar el bulto del suelo. O mi imaginación me ha jugado una mala pasada o aquí huele a muerto. Y es que en esta ciudad se graban muchas películas.
Imagen de mi móvil, saca el pasado octubre cerca de Central Park.

«Los tronos empiezan a temblar»

Foto desde el móvil, a las puertas de edificio oficial.
Luisa llevaba
tiempo sentada cómodamente en su sillón. Sin duda alguna era la reina del lugar
ya que, desde su poltrona, podía gobernar todo y a todos los que la rodeaban.
Pero las cosas no siempre son así. O al menos últimamente parece que, con tanto
movimiento social, solicitudes de independencia…, algo está cambiando.
Un buen día, sintió un temblor bajo sus pies. Parecía que el firme
sustento que la aguantaba se desquebrajaba y todo su mundo empezaba a
tambalearse.
       Para su sorpresa, poco a poco las
cosas comenzaron a cambiar de sitio, primero de manera tímida, luego más
drásticamente, como le corresponde a un terremoto. Hasta las posiciones de las
personas empezaron a modificarse. Todos se reposicionaban. Ella no quería ser
menos así que, para intentar disimular, y quedar bien con los que ahora iban a
tomar las riendas, comenzó a deshacerse de pequeñas suciedades, que escondió
bajo la alfombra, y de los grandes trastos, que dejó en cualquier sitio,
mientras afirmaba, despreocupada, que no eran de ella. Sus conocidos lo
señalaban y decían: “…se parece con tu…”. “Se parece pero no”.

Menos mal que hablo de un abandonado sofá y no de política.

«Cuestión de venganza»

Extraída, sin permiso, de San Google.

Le deseé que tuviera un buen turno, como lo hacía cada noche al
darle el cambio.

Bajé la escalera. Llevaba la sonrisa guardada en mi interior. «Este cabrón se va a enterar». 
Salí del edificio. Mis pensamientos seguían clavados en el impresentable de mi compañero.  «Te dan asco cuando nos llegan partidos. ¡Te vas a cagar!». Caminé calle arriba.
A lo lejos vi a una chica en bicicleta. No lo pensé. Ella sería la víctima. Corrí hasta casi alcanzarla, mis pensamientos seguían su propio viaje: «la descuartizaré y lo salpicaré todo para que a este tio… ».
―Se ve que iba corriendo y no vio el tranvía ―dijo el inspector al forense de guardia mientras este vomitaba.

«¿Y si te como a besos?»

Imagen del blog elunicosentimiento.
El sol calentaba nuestro camino mientras la luminosidad de tu sonrisa abarrotaba mi corazón. 
Con mucha emoción sentía tu presencia a mi lado, no era normal tenerte tan cerca. El roce de tu mano contra la mía aceleraba mi respiración, las risas compenetradas decoraban la conversación y la profundidad de tus ojos penetrando en los míos inundaban mi alma.
De fondo, la decoración áspera y muchas veces horripilante de los grafitis, los desagradables, los hechos con desprecio y maldad, rompían el halo en el que nos veíamos envueltos.
Por un momento deseé que aquel marco cambiara, buscaba algo especial, un escenario que significará algo, un lugar para recordar por siempre, que me permitiera tener la excusa para poder acercarme a ti y coger tu mano. Sorprendido, aquella simple ilusión se hizo realidad.
El dibujo de la pared cambió. Las feas letras y firmas sin sentido se convirtieron en un mensaje que, negro sobre blanco, aclaraban y resumían la declaración de intenciones que en mi mente se apelotonaban. Paré en seco. Te miré y fuiste tú la que comprendiste el mensaje.