«Entre luces, sombras y el contoneo de tu cintura»

Entre luces y sombras disfruto del juego de mi imaginación. (Foto sacada con mi móvil)

El juego de luces y sombras que se conjugan en este pasillo poco iluminado, siempre produce un efecto alucinante en lo que estamos mirando; ese efecto es aún mayor si lo que vemos es fruto de nuestra imaginación. Al menos eso me pasa cada vez que te veo avanzar por el pasillo.

En muchas ocasiones, como la de hoy, tú no me ves. No sabes que te estoy mirando, pues tu paso está siguiendo esas luces y esas sombras que te llevan en dirección opuesta a la que yo estoy. Pero estoy, apoyado en mi esquina, acariciando la incipiente barba, imaginando que en el siguiente sonido de tu tacón te vas a dar la vuelta para buscarme. Estoy, esperando y disfrutando de ese breve momento de disfrute que me da observarte.

Con mi mirada, deseosa de encontrarse con la tuya, admiro el contoneo de tu cintura y solo puedo ponerme a silbar tus pasos, siempre al ritmo que acompasan tus caderas. Cuando ya te pierdo de vista —al final las sombras son más que las luces—, con la musiquilla que he creado en mi cabeza, sigo mi camino, como tú, entre mis propias luces y mis propias sombras.

Quién sabe, quizás, algún día, logremos caminar en el mismo sentido, apagando y encendiendo esas luces y esas sombras que hoy nos separan.

Gracias por leerme. 

«Por una cadena en el tobillo»

Por disfrutar de una cadena en el tobillo soy capaz de cualquier cosa.

Lo deseó desde el mismo momento en el que la vio doblar la pierna y lucir aquella cadena en el tobillo. 

Ella era nueva en el grupo, esta era la segunda o tercera vez que salía con ellos. Desde el primer momento a él le gustaban sus ojos, su risa, su saber estar…, pero aquel día… Todo se agitó. Era cierto que tenía cierto fetichismo por los tobillos. Cuando estos estaban decorados con algún tatuaje o una cadena como aquella su deseo se incrementaba.

Ella debió notar algo, pues en varias ocasiones lo rozó, como dándole pequeñas patadas llamando su atención. Sin duda lo había conseguido. 

Como las cervezas se habían acabado él se ofreció a bajar al 24 horas. Ella se ofreció voluntaria en acompañarlo. Los silbidos, bromas y alientos, del resto del grupo, los acompañaron hasta la puerta. Todos habían notado que algo se estaba gestando entre estos dos.

El ascensor se les hizo pequeño cuando ella, sin previo aviso, levantó su pierna mostrando el tobillo.

—No has parado de mirarla.

Él se ruborizó. 

—¿Te gusta? —dijo ella mientras la acariciaba con su mano, manteniendo la postura de yoga que había asumido.

Él asintió.

—¿Quieres tocarla?

No pudo resistirse. La agarró del muslo, permitiendo que la pierna de ella lo rodeara y aprisionara. Dejó que se lo comiera a besos. Era lo que más deseaba en aquel momento. Aunque su mano no alcanzara a rozar aquel tobillo. Sabía que estaba allí y eso solo hacía la situación aún más excitante.

El ascensor llegó al garaje. en cuanto la puerta se abrió fueron dando tumbos de un lado a otro de la pared hasta que lograron llegar al coche. 

Una vez dentro del habitáculo todo lo puesto sobró. Todo, salvo la pequeña cadena que decoraba aquel tobillo y que por fin el pudo acariciar, besar, chupar, manosear… Y hasta hoy, soñar.

Gracias por leerme.

«Amor inolvidable»

Hay sentimientos que no podemos olvidar

Era nuestro sueño inolvidable pasar la vida juntos, comprarnos aquella casa en las afueras de la ciudad, criar a nuestros hijos, viajar…, ser felices. Así nos lo habíamos prometido hace ya mucho tiempo.

Levanto la vista y veo la pared llena de fotos, en la que, como si fuera un expositor, todos esos recuerdos son mostrados a mi mente. ¿Lo conseguimos?

Ahora te miro. Siempre estás a mi lado, sentado en ese abombado y viejo sofá. No te reconozco. No sé si eres tú. No me acuerdo de tu nombre, y sé que a ti te pasa lo mismo, pero cada vez que coges mi mano y me sonríes, una mariposa recorre mi estómago.

Gracias por leerme.

«Motivos dudosos de un insomnio»

¿Duermes bien?

Pese a la época del año en la que estaba, Ana aún pasaba frío por las noches. Tapaba su cuerpo no solo con las sábanas «abrigaditas» que tanto le gustaban, sino que además aún mantenía el edredón nórdico y el pijama de franela. Pero no le era suficiente. Le costaba conciliar el sueño y, cuando lo hacía, este solo duraba hasta la media noche, después se desvelaba y comenzaba su periplo nocturno.

En ocasiones veía llegar el amanecer sin volver a pegar ojo. Otras noches, superada por la incomodidad que le proporcionaban sus ronroneantes ideas y la propia cama, se atrevía a levantarse e ir a la cocina, sin hacer ruido para no despertar a su marido, y así calentar, como pócima casera, un vaso de leche con el que recomponer su interior e intentar volver a conciliar el sueño. Este solía ser el mejor remedio, aunque había noches, como aquella, en la que eso no le era suficiente.

Sus ojeras, el cansancio, el mal humor y el rictus de su cara empezaban a trasladarse a su corazón. Apenas hablaba y rara vez sonreía. Había llevado a entrar en un círculo vicioso.

Según había leído, en una de esas revistas que ojeaba en la peluquería, los motivos del insomnio dependían de la hora en la que se producía. Así, podía deberse a distintas causas:

  • De 23:00 a 1:00: Por culpa de una decepción emocional.

  • De 1:00 a 3:00: Relacionado con la ira.

  • De 3:00 a 5:00: Asociado con la tristeza.

  • De 5:00 a 7:00: Por un bloqueo emocional.

Recordó aquellos datos y el nerviosismo se volvió a apoderar de ella, haciéndola dar un giro más en la cama. Debía plantarle cara a aquel insomnio. Quizás su caso fuera de difícil solución, pues su falta de sueño lo sufría a todas horas. Quizás debería pedir ayuda. Quizás debería cambiar de vida. Quizás debería buscar más besos y abrazos, y menos recriminaciones y explicaciones. Quizás su caso fuera de más fácil solución, pues quien podía ayudarle yacía a su lado sin saber lo que le estaba ocurriendo. Quizás solo tenía que hablarle.

Gracias por leerme.

PD: ¿Duermes bien? ¿Cómo lo haces? ¿Qué ronronea tus sueños?

«Tan solo media luz»

Te imaginas que una luz te lleve a una historia para adulos.

Aquella luz encendida era la señal acordada. Sin hacer ruido abrí la cancela y entré. Como esperaba, la puerta de la vivienda también estaba abierta. Ella me esperaba en el umbral.

El abrazo con el que me recibió resultó cautivador, como aquellos que se daban en las películas antiguas. Hacían mucho tiempo que no nos veíamos a solas. La excusa de entregarme aquel papel era perfecta e inofensiva. La puerta se cerró.

Con la emoción del momento las llaves del coche se me cayeron al suelo y cuando me agaché para recogerlas, lo hice sin darme cuenta de que ella también lo hacía. Sin querer nos dimos un cabezazo por el que ambos caímos al suelo. Ella quedó sobre mi, con sus piernas abiertas sobre una de las mías.

Su blusa, medio abierta, mostró uno de sus pechos protegido por un precioso sujetador negro de encajes. Ella se dio cuenta de hacia dónde iba mi mirada. Lejos de apartarse sonrió y sus gruesos labios se abalanzaron sobre mi boca. No pude evitarlo.

Una de mis manos se apoderó de su pecho mientras la otra la asía por la nuca para evitar que se despegara de mi boca. Al mismo tiempo sus caderas empezaron a moverse sobre mi pierna. No costó nada desprendernos de nuestras ropas.

Allí mismo hicimos el amor. Cambiamos de posición constantemente; los dos queríamos dominar la situación y los dos queríamos ser dominados por la ocasión. Ambos jadeábamos desenfrenadamente sin poder decir una sola palabra hasta que alcanzamos el orgasmo casi a la vez. Al terminar, nos quedamos acostados sobre aquella alfombra durante unos minutos más, hasta que, por fin, reunimos las fuerzas necesarias para recuperar nuestras ropas y con ellas nuestras vidas.

Ahora cualquier excusa es buena para vernos a solas, tan solo tengo que esperar la señal, ver aquella luz encendida, para saber que está sola en casa y poder volver a abrazarla.

Gracias por leerme.

«Sueño cumplido con sabor a fresa y nata»

Jugar con las fresas y nata

La cena, como cada vez que el grupo se reunía, era la algarabía que todos esperaban. Entre risas y bromas, gritos y retos, terminaron jugando con las fresas y la nata que acompañaban, a modo de decoración, los platos de los postres, activando ciertos sentimientos y miradas ya casi olvidadas. Fuera llovía. Lo hacía con ganas, así que la ronda de chupitos, que suavizaba la llegada de la cuenta, se convirtió en algo más larga de lo esperado. Uno, dos, tres…

Alguno de los asistentes, los que tenían familia en casa esperando, o el coche más cerca, se despidieron con cierta desazón, todo aparentaba que la cosa no iba a terminar ahí. Quedó la cuadrilla de siempre.

Alguien propuso ir a tomar copas a una cafetería cercana, aunque con el palo de agua que caía, era obligatorio ir en los coches. Ellos dos decidieron ir juntos. Él no había bebido casi nada y ella, según sus propias palabras, necesitaba un poco de aire. El alcohol se le había subido, un poco, a la cabeza.

A mitad del camino una llamada alertaba de que la otra mitad de los que quedaban, habían decidido retirarse. Quedaron los dos solos.

—¿Qué hacemos?, ¿dónde vamos? —consultó él.

—A mí así no me dejas. No puedo coger el coche. Necesito que se me pase un poco. Vamos donde tú quieras.

Sin tener muy claro adónde ir, giró el volante para internarse en las calles de la urbanización. A lo lejos había un descampado desde el que se divisa el paisaje, ahora velado por la constante cortina de agua. La música que sonaba en la radio parecía ir acorde al ritmo que la lluvia marcaba.

Nada más parar el motor del coche, ella, sin mediar palabra, lo aferró del cuello, atrayéndole hasta sus labios y su cuerpo. No podía contar las veces que habían soñado con aquella situación.

Gracias por leerme.

«Una película de amor y sexo»

Hay citas que surgen porque sí y otras que están programadas en todos o en algunos de sus detalles. Hoy era una de esas últimas ocasiones.
     Habían acordado acompañar al grupo al cine, para ver la película de la que tanto tiempo llevaban tiempo hablando, para luego, inventando alguna excusa simple, marcharse cada uno por su lado. El objetivo final era volver a encontrarse, a solas, lejos de las incomodas miradas ajenas.
Tras la película el grupo se reunió en la cafetería. Él, de vez en cuando, le lanzaba pequeños órdagos, palabras clave, bromas y comentarios, que ellos solo entendían, para intentar ponerla nerviosa, seducirla y excitarla. Nada más terminar la primera de las cervezas que habían pedido, bastó una leve señal de ella, con esa mirada que tenía en la que a él tanto le gustaba perderse, para decidir que había llegado el momento. Tras las bromas, besos de despedida y la firme promesa de quedar otro día, cada uno cumplió con lo pactado y se marcharon en direcciones opuestas en busca de sus coches.

 

Diez minutos más tarde ella abría la puerta del coche de él, pidiéndole que apagara la luz interna del vehículo. No hubo tiempo para ninguna palabra más. En un santiamén sus lenguas se fundieron, en un cálido abrazo, logrando cumplir el mayor deseo de ambos, saciar el deseo del otro, viviendo apasionados, como actores principales, la historia más secreta que hasta ahora habían protagonizado.
Gracias por leerme.

«La habitación 404»

El mensaje que
le envió fue corto e intrigante.

—Imagina por un
momento que estoy en la habitación 404. ¿Vendrías ahora que ellas duermen la
siesta?
Nada más leerlo
su cuerpo se perturbó. Ella había ido con sus amigas a pasar un fin de semana
de sol, piscina y chicas. Su marido se había quedado en casa con sus hijos y su
amante, en teoría, estaba de Rodríguez. «¿De verdad que estaba en aquel hotel?».
No se lo pensó.
Las chicas
dormían en la cama balinesa que habían reservado. Con cuidado, para no hacer
ruido, se enredó en su pareo, intentando tapar el temblor de sus piernas y la
excitación que marcaban sus erizados pezones. Se dirigió directamente a la 404.
No le hizo falta
tocar. Nada más llegar la puerta se abrió, como si su ocupante estuviera
esperándola tras la mirilla.
—¡Estás loco!
¡Qué haces aquí?! — le recriminó nada más cerrar la puerta tras ella. Él no
contestó. Se acercó con decisión, la atrajo contra su cuerpo y la besó con
absoluta devoción. 
Ella se rindió a lo inevitable durante más de una hora, hasta
que sus amigas llamaron una y otra vez a su teléfono al no saber dónde estaba.

Gracias por
leerme.

«La dura realidad»

«La dura realidad»
(Historia de dos. Cap. VIII)
(Si no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Extraído, sin permiso, de San Google
Tal y como había ocurrido en mis primers intentos para acercarme a ella, acudí al bar en varias ocasiones, para intentar verla. La diferencia, en esta ocasión, era que tanto los habituales, como los empleados, sabian quién era yo y qué estaba haciendo allí.
—¿Qué —preguntó el tercer día de mi asistencia continua a la barra— esperando a la Patricia?
La vergüenza casi me come. Claro que estaba esperándola, y él lo sabía. En realidad todos los asistentes lo sabían. De hecho, estaba convencido de que yo era el hazme reir y la comidilla de aquellos que ahora miraban de soslayo.
—Sí, bueno, a ver si se deja ver —intenté argumentar demostrando un poco de indiferencia.
—Pues por lo que he escuchado de los chicos —afirmó a la vez que meneaba la cabeza, para señalar, con su mentón, al trío que se encontraba cómodamente al otro lado de la barra, y de los que me sonaban sus caras por verlos por allí— en el facebook ha colgado unas fotos muy chulas. Está de viaje.
El alma se me calló al suelo. No sabía donde meterme. Sin duda estaba haciendo el ridículo, intentando volver a verla.
—Por lo que veo no sabías nada —continuó el camarero—. Bueno, tranquilo. Ya sabrás que es una chica bastante especial y que es ella la que marca el ritmo —dicho lo cual se dio la vuelta y se marchó directo al trío. Seguro que a contárselos todo.
Sin duda soy un imbécil. Aquí clavado. Enamorado hasta las trancas de… la chica más fantástica que jamás he conocido y ella se ha marchado de viaje y no me había dicho nada.

«Esperando»

(Historia
de dos. Cap. VII)
(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Extraída de San Google
Desde el momento en el que nos
despedimos supe que aquello iba a ocurrir. Me quedé colgado de ella.
Sentía su olor en mi mano, en mi ropa. 
Tras la cena volvimos a su
edificio, de manos, riéndonos, disfrutando de cada paso que dábamos
juntos. Habíamos hecho el amor y estaba deseando volver a sentir su
cuerpo junto al mío.
Al llegar al portal con su
arrebatadora sonrisa se colocó entre la puerta de acceso y mi
cuerpo. Sus cachetes seguían sonrosados y sus labios lucían los
restos de un desgastado carmín que yo me había propuesto eliminar
con mis besos. No me dio mucho juego.
―Ha
sido fantástico ―afirmó
mientras enlazaba sus dedos entre mi cabellera y acercaba su boca a
la mia―. Mañana tenemos que trabajar así que creo que debemos
parar aquí.
Aquello
fue un bofetón en toda regla. La erección que pugnaba en mi
bragueta se vio estrangulada de inmediato. Aún así decidí hacer el
intento.
―Yo
había pensado que…
―Sé
lo que habías pensado, puedo sentirlo ―dijo mientras bajaba una de
sus manos para asir mi pene sobre la tela del pantalón―, pero de
verdad que no lo creo prudente.
Me
besó con devoción, con sobrado ardor, pero su sabor era el de la
despedida. De inmediato supe que aquella noche, no había nada más
que hacer.
Sin
darme un momento para reaccionar, sentí como la puerta se abría
tras de sí y ella la cruzaba sin dejarme hablar. Quería suplicar,
rogarle… mi cuerpo no era mio, le pertenecía por completo. Allí
quedé, abandonado, tras aquel cristal mientras la veía avanzar por
aquel pasillo. Ella, segura de si misma, como siempre, se dirigió al
ascensor y no se giró.
Hace
dos días de aquello. Pienso en ella y el corazón se me acelera.
Estoy desesperado. Hoy intentaré volver al bar.