«Amor inolvidable»

Hay sentimientos que no podemos olvidar

Era nuestro sueño inolvidable pasar la vida juntos, comprarnos aquella casa en las afueras de la ciudad, criar a nuestros hijos, viajar…, ser felices. Así nos lo habíamos prometido hace ya mucho tiempo.

Levanto la vista y veo la pared llena de fotos, en la que, como si fuera un expositor, todos esos recuerdos son mostrados a mi mente. ¿Lo conseguimos?

Ahora te miro. Siempre estás a mi lado, sentado en ese abombado y viejo sofá. No te reconozco. No sé si eres tú. No me acuerdo de tu nombre, y sé que a ti te pasa lo mismo, pero cada vez que coges mi mano y me sonríes, una mariposa recorre mi estómago.

Gracias por leerme.

«Motivos dudosos de un insomnio»

¿Duermes bien?

Pese a la época del año en la que estaba, Ana aún pasaba frío por las noches. Tapaba su cuerpo no solo con las sábanas «abrigaditas» que tanto le gustaban, sino que además aún mantenía el edredón nórdico y el pijama de franela. Pero no le era suficiente. Le costaba conciliar el sueño y, cuando lo hacía, este solo duraba hasta la media noche, después se desvelaba y comenzaba su periplo nocturno.

En ocasiones veía llegar el amanecer sin volver a pegar ojo. Otras noches, superada por la incomodidad que le proporcionaban sus ronroneantes ideas y la propia cama, se atrevía a levantarse e ir a la cocina, sin hacer ruido para no despertar a su marido, y así calentar, como pócima casera, un vaso de leche con el que recomponer su interior e intentar volver a conciliar el sueño. Este solía ser el mejor remedio, aunque había noches, como aquella, en la que eso no le era suficiente.

Sus ojeras, el cansancio, el mal humor y el rictus de su cara empezaban a trasladarse a su corazón. Apenas hablaba y rara vez sonreía. Había llevado a entrar en un círculo vicioso.

Según había leído, en una de esas revistas que ojeaba en la peluquería, los motivos del insomnio dependían de la hora en la que se producía. Así, podía deberse a distintas causas:

  • De 23:00 a 1:00: Por culpa de una decepción emocional.

  • De 1:00 a 3:00: Relacionado con la ira.

  • De 3:00 a 5:00: Asociado con la tristeza.

  • De 5:00 a 7:00: Por un bloqueo emocional.

Recordó aquellos datos y el nerviosismo se volvió a apoderar de ella, haciéndola dar un giro más en la cama. Debía plantarle cara a aquel insomnio. Quizás su caso fuera de difícil solución, pues su falta de sueño lo sufría a todas horas. Quizás debería pedir ayuda. Quizás debería cambiar de vida. Quizás debería buscar más besos y abrazos, y menos recriminaciones y explicaciones. Quizás su caso fuera de más fácil solución, pues quien podía ayudarle yacía a su lado sin saber lo que le estaba ocurriendo. Quizás solo tenía que hablarle.

Gracias por leerme.

PD: ¿Duermes bien? ¿Cómo lo haces? ¿Qué ronronea tus sueños?

«Tan solo media luz»

Te imaginas que una luz te lleve a una historia para adulos.

Aquella luz encendida era la señal acordada. Sin hacer ruido abrí la cancela y entré. Como esperaba, la puerta de la vivienda también estaba abierta. Ella me esperaba en el umbral.

El abrazo con el que me recibió resultó cautivador, como aquellos que se daban en las películas antiguas. Hacían mucho tiempo que no nos veíamos a solas. La excusa de entregarme aquel papel era perfecta e inofensiva. La puerta se cerró.

Con la emoción del momento las llaves del coche se me cayeron al suelo y cuando me agaché para recogerlas, lo hice sin darme cuenta de que ella también lo hacía. Sin querer nos dimos un cabezazo por el que ambos caímos al suelo. Ella quedó sobre mi, con sus piernas abiertas sobre una de las mías.

Su blusa, medio abierta, mostró uno de sus pechos protegido por un precioso sujetador negro de encajes. Ella se dio cuenta de hacia dónde iba mi mirada. Lejos de apartarse sonrió y sus gruesos labios se abalanzaron sobre mi boca. No pude evitarlo.

Una de mis manos se apoderó de su pecho mientras la otra la asía por la nuca para evitar que se despegara de mi boca. Al mismo tiempo sus caderas empezaron a moverse sobre mi pierna. No costó nada desprendernos de nuestras ropas.

Allí mismo hicimos el amor. Cambiamos de posición constantemente; los dos queríamos dominar la situación y los dos queríamos ser dominados por la ocasión. Ambos jadeábamos desenfrenadamente sin poder decir una sola palabra hasta que alcanzamos el orgasmo casi a la vez. Al terminar, nos quedamos acostados sobre aquella alfombra durante unos minutos más, hasta que, por fin, reunimos las fuerzas necesarias para recuperar nuestras ropas y con ellas nuestras vidas.

Ahora cualquier excusa es buena para vernos a solas, tan solo tengo que esperar la señal, ver aquella luz encendida, para saber que está sola en casa y poder volver a abrazarla.

Gracias por leerme.

«Sueño cumplido con sabor a fresa y nata»

Jugar con las fresas y nata

La cena, como cada vez que el grupo se reunía, era la algarabía que todos esperaban. Entre risas y bromas, gritos y retos, terminaron jugando con las fresas y la nata que acompañaban, a modo de decoración, los platos de los postres, activando ciertos sentimientos y miradas ya casi olvidadas. Fuera llovía. Lo hacía con ganas, así que la ronda de chupitos, que suavizaba la llegada de la cuenta, se convirtió en algo más larga de lo esperado. Uno, dos, tres…

Alguno de los asistentes, los que tenían familia en casa esperando, o el coche más cerca, se despidieron con cierta desazón, todo aparentaba que la cosa no iba a terminar ahí. Quedó la cuadrilla de siempre.

Alguien propuso ir a tomar copas a una cafetería cercana, aunque con el palo de agua que caía, era obligatorio ir en los coches. Ellos dos decidieron ir juntos. Él no había bebido casi nada y ella, según sus propias palabras, necesitaba un poco de aire. El alcohol se le había subido, un poco, a la cabeza.

A mitad del camino una llamada alertaba de que la otra mitad de los que quedaban, habían decidido retirarse. Quedaron los dos solos.

—¿Qué hacemos?, ¿dónde vamos? —consultó él.

—A mí así no me dejas. No puedo coger el coche. Necesito que se me pase un poco. Vamos donde tú quieras.

Sin tener muy claro adónde ir, giró el volante para internarse en las calles de la urbanización. A lo lejos había un descampado desde el que se divisa el paisaje, ahora velado por la constante cortina de agua. La música que sonaba en la radio parecía ir acorde al ritmo que la lluvia marcaba.

Nada más parar el motor del coche, ella, sin mediar palabra, lo aferró del cuello, atrayéndole hasta sus labios y su cuerpo. No podía contar las veces que habían soñado con aquella situación.

Gracias por leerme.

«Una película de amor y sexo»

Hay citas que surgen porque sí y otras que están programadas en todos o en algunos de sus detalles. Hoy era una de esas últimas ocasiones.
     Habían acordado acompañar al grupo al cine, para ver la película de la que tanto tiempo llevaban tiempo hablando, para luego, inventando alguna excusa simple, marcharse cada uno por su lado. El objetivo final era volver a encontrarse, a solas, lejos de las incomodas miradas ajenas.
Tras la película el grupo se reunió en la cafetería. Él, de vez en cuando, le lanzaba pequeños órdagos, palabras clave, bromas y comentarios, que ellos solo entendían, para intentar ponerla nerviosa, seducirla y excitarla. Nada más terminar la primera de las cervezas que habían pedido, bastó una leve señal de ella, con esa mirada que tenía en la que a él tanto le gustaba perderse, para decidir que había llegado el momento. Tras las bromas, besos de despedida y la firme promesa de quedar otro día, cada uno cumplió con lo pactado y se marcharon en direcciones opuestas en busca de sus coches.

 

Diez minutos más tarde ella abría la puerta del coche de él, pidiéndole que apagara la luz interna del vehículo. No hubo tiempo para ninguna palabra más. En un santiamén sus lenguas se fundieron, en un cálido abrazo, logrando cumplir el mayor deseo de ambos, saciar el deseo del otro, viviendo apasionados, como actores principales, la historia más secreta que hasta ahora habían protagonizado.
Gracias por leerme.

«La habitación 404»

El mensaje que
le envió fue corto e intrigante.

—Imagina por un
momento que estoy en la habitación 404. ¿Vendrías ahora que ellas duermen la
siesta?
Nada más leerlo
su cuerpo se perturbó. Ella había ido con sus amigas a pasar un fin de semana
de sol, piscina y chicas. Su marido se había quedado en casa con sus hijos y su
amante, en teoría, estaba de Rodríguez. «¿De verdad que estaba en aquel hotel?».
No se lo pensó.
Las chicas
dormían en la cama balinesa que habían reservado. Con cuidado, para no hacer
ruido, se enredó en su pareo, intentando tapar el temblor de sus piernas y la
excitación que marcaban sus erizados pezones. Se dirigió directamente a la 404.
No le hizo falta
tocar. Nada más llegar la puerta se abrió, como si su ocupante estuviera
esperándola tras la mirilla.
—¡Estás loco!
¡Qué haces aquí?! — le recriminó nada más cerrar la puerta tras ella. Él no
contestó. Se acercó con decisión, la atrajo contra su cuerpo y la besó con
absoluta devoción. 
Ella se rindió a lo inevitable durante más de una hora, hasta
que sus amigas llamaron una y otra vez a su teléfono al no saber dónde estaba.

Gracias por
leerme.

«La dura realidad»

«La dura realidad»
(Historia de dos. Cap. VIII)
(Si no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Extraído, sin permiso, de San Google
Tal y como había ocurrido en mis primers intentos para acercarme a ella, acudí al bar en varias ocasiones, para intentar verla. La diferencia, en esta ocasión, era que tanto los habituales, como los empleados, sabian quién era yo y qué estaba haciendo allí.
—¿Qué —preguntó el tercer día de mi asistencia continua a la barra— esperando a la Patricia?
La vergüenza casi me come. Claro que estaba esperándola, y él lo sabía. En realidad todos los asistentes lo sabían. De hecho, estaba convencido de que yo era el hazme reir y la comidilla de aquellos que ahora miraban de soslayo.
—Sí, bueno, a ver si se deja ver —intenté argumentar demostrando un poco de indiferencia.
—Pues por lo que he escuchado de los chicos —afirmó a la vez que meneaba la cabeza, para señalar, con su mentón, al trío que se encontraba cómodamente al otro lado de la barra, y de los que me sonaban sus caras por verlos por allí— en el facebook ha colgado unas fotos muy chulas. Está de viaje.
El alma se me calló al suelo. No sabía donde meterme. Sin duda estaba haciendo el ridículo, intentando volver a verla.
—Por lo que veo no sabías nada —continuó el camarero—. Bueno, tranquilo. Ya sabrás que es una chica bastante especial y que es ella la que marca el ritmo —dicho lo cual se dio la vuelta y se marchó directo al trío. Seguro que a contárselos todo.
Sin duda soy un imbécil. Aquí clavado. Enamorado hasta las trancas de… la chica más fantástica que jamás he conocido y ella se ha marchado de viaje y no me había dicho nada.

«Esperando»

(Historia
de dos. Cap. VII)
(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Extraída de San Google
Desde el momento en el que nos
despedimos supe que aquello iba a ocurrir. Me quedé colgado de ella.
Sentía su olor en mi mano, en mi ropa. 
Tras la cena volvimos a su
edificio, de manos, riéndonos, disfrutando de cada paso que dábamos
juntos. Habíamos hecho el amor y estaba deseando volver a sentir su
cuerpo junto al mío.
Al llegar al portal con su
arrebatadora sonrisa se colocó entre la puerta de acceso y mi
cuerpo. Sus cachetes seguían sonrosados y sus labios lucían los
restos de un desgastado carmín que yo me había propuesto eliminar
con mis besos. No me dio mucho juego.
―Ha
sido fantástico ―afirmó
mientras enlazaba sus dedos entre mi cabellera y acercaba su boca a
la mia―. Mañana tenemos que trabajar así que creo que debemos
parar aquí.
Aquello
fue un bofetón en toda regla. La erección que pugnaba en mi
bragueta se vio estrangulada de inmediato. Aún así decidí hacer el
intento.
―Yo
había pensado que…
―Sé
lo que habías pensado, puedo sentirlo ―dijo mientras bajaba una de
sus manos para asir mi pene sobre la tela del pantalón―, pero de
verdad que no lo creo prudente.
Me
besó con devoción, con sobrado ardor, pero su sabor era el de la
despedida. De inmediato supe que aquella noche, no había nada más
que hacer.
Sin
darme un momento para reaccionar, sentí como la puerta se abría
tras de sí y ella la cruzaba sin dejarme hablar. Quería suplicar,
rogarle… mi cuerpo no era mio, le pertenecía por completo. Allí
quedé, abandonado, tras aquel cristal mientras la veía avanzar por
aquel pasillo. Ella, segura de si misma, como siempre, se dirigió al
ascensor y no se giró.
Hace
dos días de aquello. Pienso en ella y el corazón se me acelera.
Estoy desesperado. Hoy intentaré volver al bar.

«La realidad»

(Historia
de dos. Cap. VI)
(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Imagen sacada de San Google.
Estaba alucinando en colores. Me
había enrollado con Patricia, de una manera que jamás me la había
podido imaginar. Allí estaba, acostado sobre su cama. Con los ojos
abiertos de par en par y mis brazos doblados sujetando mi cabeza. El
temblor de la pierna ya había desaparecido. Estaba totalmente
relajado. Disfrutaba de la fragancia que había en aquel cuarto.
Habíamos hecho el amor. Tras un
breve instante acurrucada sobre mi pecho, ella se había retirado al
baño y yo me había quedado allí. Me sentía orgulloso, hinchado
por el logro conseguido, por la meta alcanzada. Justo en ese momento
me asaltó una duda: «¿Me había enrollado con ella, o más bien
había sido ella la que me había seducido?».
Qué estúpido me parecía ahora
mi orgullo masculino y mis ensoñaciones. ¡Claro que había sido
ella! Viajando un poco atrás en mi memoria, me di cuenta de todo:
ella se había acercado a la barra del bar, ella me había invitado a
la primera cerveza, ella me llevó a su casa… ella. Siempre había
sido ella la que manejaba toda la situación. Quizás sea eso lo que
más me gusta.
Bueno, para darme un poco de
ánimos, me aferré a la idea de que yo había puesto un granito de
arena. No en vano había pasado largas tardes montando guardia en
aquel tugurio, al que a Patricia le gusta acudir, hasta poder
encontrármela.
―Vaya,
el señorito está cómodo.
Su
voz se apoderó de mis sentidos y me devolvió a la realidad. La miré
asombrado. Si antes me parecía la mujer más atractiva del mundo,
ahora me resultaba radiante.
―Bueno
hago lo que puedo ―le contesté mientras hice el ademán de
acomodarme sobre su almohada.
―Pues
de eso nada, monada ―decretó mientras me lanzaba mis pantalones
vaqueros a la cara―. ¡Vístete que nos vamos! Tengo un hambre que
no veo ―ahora se había sentado a mi lado y con mucha suavidad me
ayudó a apartar la ropa de mi cara― Me apetece una buena
hamburguesa ―tras lo cual me besó. ¿Quién puede resistirse a
eso?

«La hora de la verdad»

«La
hora de la verdad»
(Historia
de dos. Cap. V)

(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
La suave fragancia que desprendía
su salón me penetró por todos los poros de mi piel. Se veía que
era un apartamento pequeño, donde todo estaba inmaculadamente
colocado. La decoración rezumaba una mezcla perfecta de buen gusto,
modernidad y delicadeza.
Me temblaba todo el cuerpo.
―¿Qué te pasa? ―dijo
mientras se quitaba su chaqueta y la colgaba en un perchero de pie
que tenía nada más entrar a la derecha.
―No
me lo vas a creer, pero me tiembla una pierna ―contesté muy
sincero.
―¡Pobre! ―se burlo mientras
me acariciaba la cara con una mano, a la vez que rozaba su cuerpo
contra mi antebrazo hasta colocarse justo delante mio―, puedes
estar seguro de que no voy ha hacerte nada, que no te dejes,
claro―continuó diciendo de manera socarrona hasta que se separó
del todo y abrió los brazos―. ¡Bienvenido a mi pequeño reíno!
―dijo mientras giraba sobre sí misma―. Aquí tienes el salón
comedor, ahí la cocina, tras aquella puerta el cuarto de baño y
allí el dormitorio.
Su coqueteo, o más bien
insinuación, me había dejado sin palabras.
―Bonito.
―¿Perdona?, muy bonito. ¿Una
cerveza?
No me lo podía creer. ¡Estaba
en su casa!
―Sí claro ―contesté
mientras la observaba de espaldas.
En lo que ella atravesaba la
barra americana, que separaba su pequeña cocina del salón,
aproveché para dirigirme a la esquina dónde, una gran pantalla de
un MAC reinaba sobre una mesa de cristal. Curioseé las fotos que
tenía colgadas en la pared: recuerdos de viajes, esquiando, con
amigas, noches de carnaval… Había un poco de todo, pedazos de una
vida, todos ellos, que seguro tendrían una razón especial para
estar allí y que yo deseaba compartir.
―¿Te gusta lo que ves? ―giré
sobresaltado. Apenas tenía su rostro a unos centímetros.
―Sí ―afirmé con mis ojos
clavados en los de ella.
Noté como, sin apartarse, una
sonrisa se dibujaba en la comisura de sus labios.
―Hablaba de las fotos.
―Yo no.
La besé. Fue un impulso, un instinto animal, una necesidad primaria que tuve que cumplir y que
no pensé para nada, si lo hubiera hecho seguro que no me habría
atrevido. 
Sus labios me recibieron cálidos, parecían que me
estuvieran esperando. Fue un beso largo, tierno, dado con cariño,
como si ambos, y no yo solo, lo hubiésemos estado deseado durante
largo tiempo.
Ahora, más que la pierna, me
temblaba todo el cuerpo. Mis manos buscaron su rostro para asirlo.
Necesitaba sentir el contacto de su piel bajo la yema de mis dedos,
necesitaba enrollar sus largos tirabuzones entre mis dedos. Deseaba
poseerla. Me había enamorado.