«Sueño cumplido con sabor a fresa y nata»

Jugar con las fresas y nata

La cena, como cada vez que el grupo se reunía, era la algarabía que todos esperaban. Entre risas y bromas, gritos y retos, terminaron jugando con las fresas y la nata que acompañaban, a modo de decoración, los platos de los postres, activando ciertos sentimientos y miradas ya casi olvidadas. Fuera llovía. Lo hacía con ganas, así que la ronda de chupitos, que suavizaba la llegada de la cuenta, se convirtió en algo más larga de lo esperado. Uno, dos, tres…

Alguno de los asistentes, los que tenían familia en casa esperando, o el coche más cerca, se despidieron con cierta desazón, todo aparentaba que la cosa no iba a terminar ahí. Quedó la cuadrilla de siempre.

Alguien propuso ir a tomar copas a una cafetería cercana, aunque con el palo de agua que caía, era obligatorio ir en los coches. Ellos dos decidieron ir juntos. Él no había bebido casi nada y ella, según sus propias palabras, necesitaba un poco de aire. El alcohol se le había subido, un poco, a la cabeza.

A mitad del camino una llamada alertaba de que la otra mitad de los que quedaban, habían decidido retirarse. Quedaron los dos solos.

—¿Qué hacemos?, ¿dónde vamos? —consultó él.

—A mí así no me dejas. No puedo coger el coche. Necesito que se me pase un poco. Vamos donde tú quieras.

Sin tener muy claro adónde ir, giró el volante para internarse en las calles de la urbanización. A lo lejos había un descampado desde el que se divisa el paisaje, ahora velado por la constante cortina de agua. La música que sonaba en la radio parecía ir acorde al ritmo que la lluvia marcaba.

Nada más parar el motor del coche, ella, sin mediar palabra, lo aferró del cuello, atrayéndole hasta sus labios y su cuerpo. No podía contar las veces que habían soñado con aquella situación.

Gracias por leerme.

«Una película de amor y sexo»

Hay citas que surgen porque sí y otras que están programadas en todos o en algunos de sus detalles. Hoy era una de esas últimas ocasiones.
     Habían acordado acompañar al grupo al cine, para ver la película de la que tanto tiempo llevaban tiempo hablando, para luego, inventando alguna excusa simple, marcharse cada uno por su lado. El objetivo final era volver a encontrarse, a solas, lejos de las incomodas miradas ajenas.
Tras la película el grupo se reunió en la cafetería. Él, de vez en cuando, le lanzaba pequeños órdagos, palabras clave, bromas y comentarios, que ellos solo entendían, para intentar ponerla nerviosa, seducirla y excitarla. Nada más terminar la primera de las cervezas que habían pedido, bastó una leve señal de ella, con esa mirada que tenía en la que a él tanto le gustaba perderse, para decidir que había llegado el momento. Tras las bromas, besos de despedida y la firme promesa de quedar otro día, cada uno cumplió con lo pactado y se marcharon en direcciones opuestas en busca de sus coches.

 

Diez minutos más tarde ella abría la puerta del coche de él, pidiéndole que apagara la luz interna del vehículo. No hubo tiempo para ninguna palabra más. En un santiamén sus lenguas se fundieron, en un cálido abrazo, logrando cumplir el mayor deseo de ambos, saciar el deseo del otro, viviendo apasionados, como actores principales, la historia más secreta que hasta ahora habían protagonizado.
Gracias por leerme.

«La habitación 404»

El mensaje que
le envió fue corto e intrigante.

—Imagina por un
momento que estoy en la habitación 404. ¿Vendrías ahora que ellas duermen la
siesta?
Nada más leerlo
su cuerpo se perturbó. Ella había ido con sus amigas a pasar un fin de semana
de sol, piscina y chicas. Su marido se había quedado en casa con sus hijos y su
amante, en teoría, estaba de Rodríguez. «¿De verdad que estaba en aquel hotel?».
No se lo pensó.
Las chicas
dormían en la cama balinesa que habían reservado. Con cuidado, para no hacer
ruido, se enredó en su pareo, intentando tapar el temblor de sus piernas y la
excitación que marcaban sus erizados pezones. Se dirigió directamente a la 404.
No le hizo falta
tocar. Nada más llegar la puerta se abrió, como si su ocupante estuviera
esperándola tras la mirilla.
—¡Estás loco!
¡Qué haces aquí?! — le recriminó nada más cerrar la puerta tras ella. Él no
contestó. Se acercó con decisión, la atrajo contra su cuerpo y la besó con
absoluta devoción. 
Ella se rindió a lo inevitable durante más de una hora, hasta
que sus amigas llamaron una y otra vez a su teléfono al no saber dónde estaba.

Gracias por
leerme.

«La dura realidad»

«La dura realidad»
(Historia de dos. Cap. VIII)
(Si no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Extraído, sin permiso, de San Google
Tal y como había ocurrido en mis primers intentos para acercarme a ella, acudí al bar en varias ocasiones, para intentar verla. La diferencia, en esta ocasión, era que tanto los habituales, como los empleados, sabian quién era yo y qué estaba haciendo allí.
—¿Qué —preguntó el tercer día de mi asistencia continua a la barra— esperando a la Patricia?
La vergüenza casi me come. Claro que estaba esperándola, y él lo sabía. En realidad todos los asistentes lo sabían. De hecho, estaba convencido de que yo era el hazme reir y la comidilla de aquellos que ahora miraban de soslayo.
—Sí, bueno, a ver si se deja ver —intenté argumentar demostrando un poco de indiferencia.
—Pues por lo que he escuchado de los chicos —afirmó a la vez que meneaba la cabeza, para señalar, con su mentón, al trío que se encontraba cómodamente al otro lado de la barra, y de los que me sonaban sus caras por verlos por allí— en el facebook ha colgado unas fotos muy chulas. Está de viaje.
El alma se me calló al suelo. No sabía donde meterme. Sin duda estaba haciendo el ridículo, intentando volver a verla.
—Por lo que veo no sabías nada —continuó el camarero—. Bueno, tranquilo. Ya sabrás que es una chica bastante especial y que es ella la que marca el ritmo —dicho lo cual se dio la vuelta y se marchó directo al trío. Seguro que a contárselos todo.
Sin duda soy un imbécil. Aquí clavado. Enamorado hasta las trancas de… la chica más fantástica que jamás he conocido y ella se ha marchado de viaje y no me había dicho nada.

«Esperando»

(Historia
de dos. Cap. VII)
(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Extraída de San Google
Desde el momento en el que nos
despedimos supe que aquello iba a ocurrir. Me quedé colgado de ella.
Sentía su olor en mi mano, en mi ropa. 
Tras la cena volvimos a su
edificio, de manos, riéndonos, disfrutando de cada paso que dábamos
juntos. Habíamos hecho el amor y estaba deseando volver a sentir su
cuerpo junto al mío.
Al llegar al portal con su
arrebatadora sonrisa se colocó entre la puerta de acceso y mi
cuerpo. Sus cachetes seguían sonrosados y sus labios lucían los
restos de un desgastado carmín que yo me había propuesto eliminar
con mis besos. No me dio mucho juego.
―Ha
sido fantástico ―afirmó
mientras enlazaba sus dedos entre mi cabellera y acercaba su boca a
la mia―. Mañana tenemos que trabajar así que creo que debemos
parar aquí.
Aquello
fue un bofetón en toda regla. La erección que pugnaba en mi
bragueta se vio estrangulada de inmediato. Aún así decidí hacer el
intento.
―Yo
había pensado que…
―Sé
lo que habías pensado, puedo sentirlo ―dijo mientras bajaba una de
sus manos para asir mi pene sobre la tela del pantalón―, pero de
verdad que no lo creo prudente.
Me
besó con devoción, con sobrado ardor, pero su sabor era el de la
despedida. De inmediato supe que aquella noche, no había nada más
que hacer.
Sin
darme un momento para reaccionar, sentí como la puerta se abría
tras de sí y ella la cruzaba sin dejarme hablar. Quería suplicar,
rogarle… mi cuerpo no era mio, le pertenecía por completo. Allí
quedé, abandonado, tras aquel cristal mientras la veía avanzar por
aquel pasillo. Ella, segura de si misma, como siempre, se dirigió al
ascensor y no se giró.
Hace
dos días de aquello. Pienso en ella y el corazón se me acelera.
Estoy desesperado. Hoy intentaré volver al bar.

«La realidad»

(Historia
de dos. Cap. VI)
(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Imagen sacada de San Google.
Estaba alucinando en colores. Me
había enrollado con Patricia, de una manera que jamás me la había
podido imaginar. Allí estaba, acostado sobre su cama. Con los ojos
abiertos de par en par y mis brazos doblados sujetando mi cabeza. El
temblor de la pierna ya había desaparecido. Estaba totalmente
relajado. Disfrutaba de la fragancia que había en aquel cuarto.
Habíamos hecho el amor. Tras un
breve instante acurrucada sobre mi pecho, ella se había retirado al
baño y yo me había quedado allí. Me sentía orgulloso, hinchado
por el logro conseguido, por la meta alcanzada. Justo en ese momento
me asaltó una duda: «¿Me había enrollado con ella, o más bien
había sido ella la que me había seducido?».
Qué estúpido me parecía ahora
mi orgullo masculino y mis ensoñaciones. ¡Claro que había sido
ella! Viajando un poco atrás en mi memoria, me di cuenta de todo:
ella se había acercado a la barra del bar, ella me había invitado a
la primera cerveza, ella me llevó a su casa… ella. Siempre había
sido ella la que manejaba toda la situación. Quizás sea eso lo que
más me gusta.
Bueno, para darme un poco de
ánimos, me aferré a la idea de que yo había puesto un granito de
arena. No en vano había pasado largas tardes montando guardia en
aquel tugurio, al que a Patricia le gusta acudir, hasta poder
encontrármela.
―Vaya,
el señorito está cómodo.
Su
voz se apoderó de mis sentidos y me devolvió a la realidad. La miré
asombrado. Si antes me parecía la mujer más atractiva del mundo,
ahora me resultaba radiante.
―Bueno
hago lo que puedo ―le contesté mientras hice el ademán de
acomodarme sobre su almohada.
―Pues
de eso nada, monada ―decretó mientras me lanzaba mis pantalones
vaqueros a la cara―. ¡Vístete que nos vamos! Tengo un hambre que
no veo ―ahora se había sentado a mi lado y con mucha suavidad me
ayudó a apartar la ropa de mi cara― Me apetece una buena
hamburguesa ―tras lo cual me besó. ¿Quién puede resistirse a
eso?

«La hora de la verdad»

«La
hora de la verdad»
(Historia
de dos. Cap. V)

(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
La suave fragancia que desprendía
su salón me penetró por todos los poros de mi piel. Se veía que
era un apartamento pequeño, donde todo estaba inmaculadamente
colocado. La decoración rezumaba una mezcla perfecta de buen gusto,
modernidad y delicadeza.
Me temblaba todo el cuerpo.
―¿Qué te pasa? ―dijo
mientras se quitaba su chaqueta y la colgaba en un perchero de pie
que tenía nada más entrar a la derecha.
―No
me lo vas a creer, pero me tiembla una pierna ―contesté muy
sincero.
―¡Pobre! ―se burlo mientras
me acariciaba la cara con una mano, a la vez que rozaba su cuerpo
contra mi antebrazo hasta colocarse justo delante mio―, puedes
estar seguro de que no voy ha hacerte nada, que no te dejes,
claro―continuó diciendo de manera socarrona hasta que se separó
del todo y abrió los brazos―. ¡Bienvenido a mi pequeño reíno!
―dijo mientras giraba sobre sí misma―. Aquí tienes el salón
comedor, ahí la cocina, tras aquella puerta el cuarto de baño y
allí el dormitorio.
Su coqueteo, o más bien
insinuación, me había dejado sin palabras.
―Bonito.
―¿Perdona?, muy bonito. ¿Una
cerveza?
No me lo podía creer. ¡Estaba
en su casa!
―Sí claro ―contesté
mientras la observaba de espaldas.
En lo que ella atravesaba la
barra americana, que separaba su pequeña cocina del salón,
aproveché para dirigirme a la esquina dónde, una gran pantalla de
un MAC reinaba sobre una mesa de cristal. Curioseé las fotos que
tenía colgadas en la pared: recuerdos de viajes, esquiando, con
amigas, noches de carnaval… Había un poco de todo, pedazos de una
vida, todos ellos, que seguro tendrían una razón especial para
estar allí y que yo deseaba compartir.
―¿Te gusta lo que ves? ―giré
sobresaltado. Apenas tenía su rostro a unos centímetros.
―Sí ―afirmé con mis ojos
clavados en los de ella.
Noté como, sin apartarse, una
sonrisa se dibujaba en la comisura de sus labios.
―Hablaba de las fotos.
―Yo no.
La besé. Fue un impulso, un instinto animal, una necesidad primaria que tuve que cumplir y que
no pensé para nada, si lo hubiera hecho seguro que no me habría
atrevido. 
Sus labios me recibieron cálidos, parecían que me
estuvieran esperando. Fue un beso largo, tierno, dado con cariño,
como si ambos, y no yo solo, lo hubiésemos estado deseado durante
largo tiempo.
Ahora, más que la pierna, me
temblaba todo el cuerpo. Mis manos buscaron su rostro para asirlo.
Necesitaba sentir el contacto de su piel bajo la yema de mis dedos,
necesitaba enrollar sus largos tirabuzones entre mis dedos. Deseaba
poseerla. Me había enamorado.

«Superando mis miedos»

(Historia
de dos. Cap. IV)
(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
El frío líquido bajo por mi
garganta refrescando y aminorando mi sonrojez. Ella seguía con sus
ojos clavados en mí.
―Esta buenísima.
―¿Quién yo? ―dijo mientras
exhibía una risita pícara―. Gracias.
― Bueno, eso también ―admití
mientras los colores volvieron a invadir mi rostro―, pero hablaba
de la cerveza.
Yo mismo me sorprendí de lo
audaz y rápida de mi respuesta. Ella rió abiertamente siguiendo el
juego que habíamos planteado.
Volvimos a chocar nuestras copas
y continuamos hablando un buen rato. Recuerdo que lo hicimos de todo
un poco: de nuestros trabajos, de las amistades comunes, de
aficiones… Estábamos a gusto enseñando al otro todo nuestro
perfil.
El camarero entrometido hacía
acto de aparición de vez en cuando, unas veces para intercambiar con
ella alguna palabra o broma y otra para sustituir las cañas vacías
por otras recién tiradas.
La tarde se pasó en un
santiamén. Llegado el final de la tercera cerveza decidí que era
hora de marcharme.
―Tengo que irme. Tengo un
hambre que no veo y mañana me levanto temprano…
―¿Vamos a cenar?
―interrumpió― Conozco un sitio aquí al lado muy barato y que
está… como yo.
Ambos reímos. Yo me quedé
mirándola. Era una chica sorprendente, más de lo que mi imaginación
podía pensar. Me gustaba todo de ella: Su larga y ondulada cabellera
negra, su amplia sonrisa enmarcando dientes perfectos, sus simpáticas
pecas que jalonaban sus colorados cachetes… No sabía qué hacer.
Esta maldita timidez no me dejaba reaccionar, o quizás era su
deliciosa mirada.
Volví en mí cuando su mano
asió la mía.
―Esta bien listillo ―dijo
tirando de mi― Nos vamos. Me muero de hambre.
Ambos nos levantamos. El
camarero había dejado la cuenta encima de la barra así que me
apresuré a cogerla.
―Yo invito ―dije mientras
ella le plantaba dos besos al entrometido y éste le correspondía
con algún comentario, seguramente sobre mí, que la hizo reír.
Apenas caminamos cinco minutos.
Ella llevaba su bolso y su pesado maletín del trabajo. Paramos en el
portal de un edificio. Colocó la maleta, con mucho cuidado en el
escalón de la entrada y sacó unas llaves de su bolso.
―¿Dónde vamos? ―pregunté.
―A mi casa. ¿No pretenderás
que cargue con este muerto ―dijo señalando su pesada maleta?
Volví a sonrojarme.
―Pero no íbamos a cenar.
―Sí, en mi casa ―afirmó
mientras abría el portal y me indicaba el camino―, ¿o te da
miedo?

«El encuentro» (Historia de dos. Cap. III)

(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)


Mantuve su mirada como pude. No
fue tarea fácil. Sus grandes ojos negros me penetraban inquisidores.
Las palabras se atropellaban en mi mente, pero chocaban contra mis
cerrados labios. Había llegado el momento que estaba deseando y no
sabía qué contestar.
―Te
buscaba ―Aquellas palabras me sorprendieron a mi mismo. ¡No era lo
que quería decir! Un calor intenso subió por mi cara y noté como,
de repente, mis ojos se abrían como platos y todo mi cuerpo se puso
de un rojo intenso. Patricia también se sorprendió.
―¡Vaya!
No te andas con rodeos.
―En
realidad no era eso lo que yo quería…―ella riéndose me
interrumpió.
―No
seas cobarde ―afirmó mientras posaba su mano en mi brazo
izquierdo―, es lo que has dicho así que ahora me lo vas a
explicar.
Con
su natural descaro y seguridad habitual, se giró hacia los vecinos
de barra. Tras intercambiar con ellos unos breves comentarios y
alguna risotada, logró que el que estaba a mi lado se levantará
para dejarle el taburete libre. Una vez hecha dueña de él, llamó
al camarero por su nombre y le solicitó una caña de cerveza.
―¿Quieres
una? ―me dijo a la vez que volvía su cuerpo hacia mi. Bastó un
breve movimiento de mi ojos para que ella volviera a tomar la
iniciativa― ¡Que sean dos! ―El camarero, que ya estaba de
espaldas tirando la primera agarró otra copa sin contestarle. 
Nuevamente me miró directa a los ojos―. Pues aquí estoy.

Por
un momento no entendí lo que quería decirme. Mi cara debió de
reflejar esa incertidumbre ya que, acto seguido, Patricia explicó su
comentario sin yo tener que abrir la boca.

―¿No
decías que me buscabas? Pues aquí estoy.

―¡Ah!,
que no te había entendido ―contesté con risita nerviosa. Noté
como ella esperaba que yo siguiera hablando así que me armé de
valor y continué―. Pues nada que pasé por la puerta y me acordé
de que el otro día en la cena dijiste que solías venir a este bar
muy a menudo ―el camarero colocó los posavasos, las cañas y un
cuenquito con manises entre nosotros mientras atendía a lo que yo
estaba diciendo. Lo miré inquisidor pero él, lejos de entender que
quería que nos dejase en paz participó en mi charla.

―Pero
eso ya hace tiempo ¿verdad? Lleva algo más de un mes viniendo casi
todos los días ―dicho lo cual se marchó.

―¡¿Ah,
sí?! ―dio Patricia mientras sonreía y dejaba de prestar atención
a su amigo.

Quería
morirme. Aquel entrometido había tirado por los suelos mi coartada
para estar allí. Otra vez me había puesto colorado y desde luego
ella se había dado cuenta.

―Me
parece que la tarde promete ―afirmó mientras acodó su brazo
derecho en la barra.

Yo,
tragando saliva, intenté justificarme.

―La
verdad es que desde la cena me he acordado mucho de ti y solo quería
volver a coincidir contigo…

Volvió
a interrumpirme Esta vez colocó su dedo índice izquierdo sobre mi
boca para callarme. Con la mano derecha levantó su copa y propuso un
brindis.

―¡Por
el encuentro!

«La Merkel»

(Historia
de dos. Cap. II)
(Si no has leído los capítulos
anteriores, pincha aquí)
Con
tantas dudas rondando sobre mi cabeza, decidí esconderme como los
avestruces. Me oculté tras el periódico que mi vecino de barra
había abandonado hacía solo unos instantes. Me acordé de esas
viejas y malas películas de espías en los que los diarios tenían
hechos dos orificios por los que continuar observando al enemigo.
Tenía ganas de verla, pero no me atrevía a descubrirme. Entonces
escuché la conversación.
―Mira,
ya llegó «La
Merkel» ―dijo
mi vecino de barra a su compañero de cañas.
―¿Quién?
―preguntó el susodicho.
―La
Patricia, que ya llegó.
―Ja,
ja, ja ¿Todavía te pica, eh? ¿Cómo la llamaste?
―Ja,
ja, ja «La
Merkel»―ambos volvieron a reír― Es que no hay forma de conquistarla.
Aún
escondido tras las páginas del noticiero, no podía salir de mi
asombro. Aquellos dos hablaban de ella como si estuvieran solos.
―¿Cuándo
fue la última vez que lo intentaste?
―Este
sábado por la noche, pero nada de nada. Es dura de roer, como la
Merkel. No puedo derribar el muro que la rodea. Muchas risitas, muchas bromas, mucha calentura…, pero a la hora de la verdad, nada de nada.
La
curiosidad me pudo. Muy despacio fui bajando el periódico. Quería
verla. Necesitaba mirarla a los ojos para armarme de valor y
acercarme a saludarla. ¿Pero y si era como afirmaban estos dos? Iba
a ser el ridículo.
Mi
mirada se dirigió a la esquina en la que se había acodado ella nada
más entrar. Estaban las personas que había saludado, el camarero,
pero ella…
―¡Vaya!
¿A quién tenemos aquí?
Su
voz resonaba justo a mi derecha. Un hormigueo incómodo recorrió mi
cuerpo y mis piernas comenzaron a temblar. Solté el periódico e
intenté poner mi mejor sonrisa de pocker.
―¡Patricia!
―Su cara se acercó a la mía en busca de un par de besos que por
supuesto no me negué a entregar, tampoco tuve otra opción. Con su
cercanía mis pulmones se llenaron del aroma que desprendían su
negros cabellos recién lavados. Todo yo temblaba.
―¿Qué
haces aquí? ¿Cuánto tiempo? ¿No es que odiabas las barras de los
bares?