«Cuidarte toda la vida»

«Cuidarte toda la vida»

Hay historias que tienen su origen en esquinas extrañas. La de Ana y Juan puede ser una de ellas, pues desde jóvenes ambos habían sentido una conexión especial.  A medida que crecían juntos, la amistad se transformó en algo más profundo.

Un día, Juan decidió expresar sus sentimientos a Ana. Con un ramo de flores en la mano, nervios en el estómago, y una chocolatina en la otra, se presentó en la puerta de su gimnasio para confesar su amor. Allí mismo, con el desparpajo que le caracterizaba, le propuso cuidar de ella toda la vida. Ana, con una sonrisa radiante, aceptó emocionada. 

Desde aquel momento, Juan se esforzó por demostrar su compromiso. No se trataba solo de palabras, sino de acciones cotidianas que reflejaran su deseo de cuidar y amar a Ana para siempre. Juntos enfrentaron los desafíos de la vida, apoyándose mutuamente en cada paso.

Juan se convirtió en el confidente de Ana, escuchando cada uno de sus sueños y temores. Siempre estaba ahí para brindarle consuelo en los momentos difíciles y celebrar con ella los momentos felices y los éxitos que ambos iban cosechando. La conexión entre ellos creció aún más fuerte con el tiempo.

A medida que pasaban los años, Juan no dejaba de sorprender a Ana con pequeños gestos de amor: un mensaje, un caramelo, esperarla a la salida del trabajo… Le preparaba el desayuno cada mañana, le dejaba notas de amor escondidas por la casa y organizaba citas sorpresa que revivían la chispa de su relación. Cuidar de Ana se había convertido en la razón de su existencia.

El amor entre ambos no conocía límites, y su deseo de cuidar el uno del otro trascendía el paso del tiempo, envejeciendo juntos.

Juan cumplió su promesa de cuidar de ella toda la vida, y Ana nunca dejó de sentirse agradecida por tener a alguien tan dedicado a su lado.

En su vejez, ambos se sentaban juntos en la terraza, que años atrás habían decorado con sumo cuidado. Con una copa de vino en las manos, recordaban el paso de los años que compartían, las experiencias vividas, las risas, las sorpresas que se regalaban. Sus arrugas contaban historias de una vida plena, llena de amor, compañerismo y el cumplimiento de un deseo sincero: cuidar el uno del otro toda la vida.

Gracias por leerme.

«Un misterio entre las sombras»

«Un misterio entre las sombras»

Las noches oscuras y lúgubres dan un ambiente tétrico a su paso. Él camina en medio de callejones estrechos, ahora desiertos. Sus pasos resuenan con un eco profundo, que rebotan entre las fachadas de las destartaladas casas. Se detiene. Escucha. Entre las sombras descubre que hay otra sombra moviéndose furtivamente tras él. 

Del otro lado de la calle, oculta tras el tronco de un gran Laurel de Indias, María, una mujer de cabello oscuro y ojos penetrantes, al sentir cómo su objetivo la ha detectado, se detiene, respira hondo para calmar su corazón, y asegurar no hacer ruido. Lanza una mirada nerviosa a su alrededor. Comprueba que Juan ha parado su marcha. ¿La escuchó?

Parece que no. Juan retoma sus pasos con determinación. María, manteniendo siempre una distancia calculada, hace lo propio.

Las luces parpadeantes de la ciudad arrojan sombras inquietantes sobre las paredes de ladrillo, aumentando la sensación de intriga.

Juan, convencido de que estaba siendo perseguido, acelera el paso, sintiendo el corazón latir con fuerza en su pecho. En su mente, imaginaba los peores escenarios y se preguntaba quién podía estar detrás de él y por qué.

María, por otro lado, tenía una expresión seria en su rostro, pero sus ojos reflejaban una mezcla de determinación y nostalgia. Se mantenía a distancia, siguiendo cada uno de los movimientos de Juan, recordando momentos compartidos y susurrando palabras que solo él podía escuchar.

La persecución continuó por callejones y pasadizos, hasta que llegaron a un pequeño parque apartado. La oscuridad y el silencio del lugar solo aumentaban la tensión en el aire. 

—¡¿Por qué me sigues?! —gritó Juan, con los nervios a flor de piel.

Las palabras resonaron en el aire, creando un silencio momentáneo. De repente, ambos se dieron cuenta de la absurda situación en la que se encontraban. Salieron de las sombras y se miraron mutuamente. En ese momento, la tensión se desvaneció, dejando espacio para la emoción.

En medio de aquel parque solitario, lejos de las miradas indiscretas, María y Juan se abrazaron. La noche, que había comenzado con misterio y suspense, se convirtió en un momento íntimo y especial para ambos, revelando que a veces, detrás del misterio, se esconde la necesidad de conexión y comprensión.

Gracias por leerme.

«Una armadura para Alex»

«Una armadura para Alex»

Nada más levantarse de la cama, desayunar y asearse, Alex se coloca su armadura invisible para poder enfrentar el día que le espera por delante. 

Cuando se mira al espejo, suspira profundamente y desea que hoy este acero, oculto a los ojos de los demás, cumpla con su función y le proteja.

Con el paso del tiempo, y los devenires de su vida, el chico había aprendido a construir esa gran coraza invisible a los ojos de los demás, para protegerse de las heridas que el día a día y las personas podían infligirle. Aún así, se mueve por el mundo con cautela, siempre manteniendo una distancia segura de los demás, evitando que alguien pudiera ver a través de su fachada de seguridad. 

Un día, en una cafetería del centro de la ciudad, sus ojos se posaron en una chica llamada Laura. Ella era radiante, preciosa, delicada y fuerte como una mariposa, con una sorprendente sonrisa que iluminaba y abarcaba todo el local. Aunque Alex intentaba mantener su distancia, no pudo evitar sentir una conexión instantánea con ella. 

A pesar de sus intentos por mantenerse protegido, el destino tenía otros planes. Alex y Laura comenzaron a encontrarse con frecuencia en diferentes lugares y, cada vez que ella hablaba, sus palabras resonaban en el corazón de Alex de una manera que la armadura no podía contener. 

Laura, con su naturaleza amable y su personalidad vibrante, comenzó a desarmar poco a poco las defensas invisibles que Alex había erigido durante tantos años y tanto cuidado.

A medida que pasaba el tiempo, la conexión entre Alex y Laura se intensificaba. Sus conversaciones profundizaban, y sus miradas decían más que mil palabras.

Alex no podía evitar enamorarse de ella. La complicada danza entre la armadura y las palabras de Laura, que la desarmaban, se volvía más evidente con cada encuentro. 

En su lucha interna, Alex se encontraba dividido entre la necesidad de protegerse y el deseo de abrir su corazón a la posibilidad del amor.

Al regresar a casa después de cada encuentro con Laura, se enfrentaba a la tarea de reconstruir la armadura que ella había desmantelado con su presencia. Cada pieza caída era recogida con cuidado, cada grieta era reparada con esmero, en un esfuerzo desesperado por mantener a raya la vulnerabilidad. Hasta el mismo yunque en el que trabajaba se mostraba lleno de marcas, cicatrices, antiguas heridas y golpes.

Alex no podía evitar la esperanza de que ella pudiera ver a través de su armadura y apreciar la persona que se ocultaba detrás. 

El proceso de desarme y reconstrucción se volvió una rutina constante en su vida, una lucha entre la autenticidad y la autoprotección.

En este juego de emociones, Alex se dio cuenta de que el amor no siempre sigue el guión que uno espera. A veces, las barreras que construimos para protegernos pueden ser las mismas que nos impiden encontrar la felicidad. Y así, mientras seguía luchando con su armadura invisible, Alex continuaba su viaje, preguntándose si algún día encontraría la valentía necesaria para dejarla completamente atrás y permitir que el amor floreciera en su vida.

Gracias por leerme.

«Persiguiendo un sueño»

«Persiguiendo un sueño»

Parece el comienzo del clásico sueño, quizás lo sea, pero como en ellos el cielo está despejado y la noche se presenta estrellada.

Marta se sumerge en un sueño profundo, llevada por el suave balanceo de los brazos de Morfeo, que creando ondas en el inconsciente la hace viajar al lugar fronterizo en el que la realidad y la fantasía se vuelven borrosas. Maravilloso lugar.

En su ensoñación, Marta se encuentra al volante de su viejo coche. Persigue a su amado, por estrechas carreteras de montaña, interminables curvas de asfalto, que la deslizan en la penumbra de un lado al otro.

Las luces de los faros iluminan la oscuridad, mientras Marta acelera para cerrar la brecha entre ella y el hombre que ocupaba sus pensamientos. Sin embargo, por más que pisa el acelerador, Pedro siempre permanece a una distancia inalcanzable. La carretera parece extenderse hasta el infinito, y el corazón de Marta late con fuerza en su pecho, lleno de ansias y esperanza. Quiere llegar a él y no puede.

El paisaje cambia a su alrededor, pero la sensación de no poder alcanzarlo persiste. El bosque cada vez se hace más frondoso. En su sueño van apareciendo otros personajes que le hablan, la entretienen, le impiden llegar. Los campos de flores se suceden como preciosos destellos brillantes que marcan su sueño, su frenético viaje onírico. 

A pesar de sus esfuerzos, Pedro continúa siendo una figura fugaz en el horizonte, un anhelo constante que se resiste a ser capturado.

Finalmente, exhausta pero determinada, Marta logra que su coche se acerque lo suficiente para que Pedro detenga su marcha. Los dos vehículos se emparejan en un rincón tranquilo de aquel sueño surrealista. Están en un mirador. Las estrellas forman una cúpula perfecta en lo alto. 

Marta baja de su coche, con el corazón latiendo con fuerza, y se acerca a Pedro, cuya figura se vuelve más nítida a medida que ella avanza.

En ese momento, Andrés sonríe y le tiende la mano. «No me escapo, Marta. Siempre he estado aquí contigo», dijo con una voz cálida y reconfortante. Marta se da cuenta de que la persecución no era necesaria, que su amor no se encontraba en algún lugar lejano, sino dentro de sí misma y junto a la realidad que comparten.

Despertó con una sensación de paz y entendimiento. La moraleja del sueño resonó en su corazón: a veces, lo que más deseamos y anhelamos no está fuera de nuestro alcance, sino que ya está presente en nuestras vidas. No es necesario perseguir nuestros sueños con desesperación, sino reconocer y valorar lo que realmente importa, apreciando el momento presente y construyendo el futuro con amor y confianza. 

Marta decidió llevar consigo esa lección, sabiendo que el amor verdadero no se escapa, sino que se cultiva y crece cada día, cuando ambos se cuidan.

Gracias por leerme.

«Buenas noches»

«Buenas noches»

Me gusta dar las buenas noches. Pero de esas que se dan de manera apretada, con las yemas de los dedos acariciando la espalda, de arriba a abajo, o acariciando ese pequeño hueco que se forma al final de ella. 

Para conseguir esto hay que estar preparado y, sin duda, preparar el ambiente. Para ello, antes de ir a la cama, debes asegurarte de que la habitación está limpia, ordenada y cómoda. Añadir algunas luces suaves o velas para crear una atmósfera relajante, es un detalle importante que puedes dejar de lado. Perfumar la almohada, con ese espray aroma lavanda,  que te regalaron, contribuirá a que ambos se sientan más relajados y felices.

Elige sábanas suaves y cómodas y asegúrate de que la temperatura de la habitación sea agradable para ambos, para que no haya distracciones por frío o calor.

El siguiente paso puede ser elegir la posición adecuada, esa que puede marcar la diferencia. Sin duda, para mi gusto, lo mejor es aquella que permita a ambos abrazarse de manera natural. La posición de la cuchara suele ser popular para esto, pero también puedes buscar otras opciones.

Por lo que sé me consta que antes de dormir es costumbre visitar las redes sociales, dar “likes” y retuitear comentarios. Si me lo permites creo que es el momento de desconectar todos los dispositivos, disminuir la exposición a pantallas para así permitir concentrarse el uno en el otro. Si quieres léele algo en voz alta, ¿esta historia?

Es el momento de dedicar unos minutos el uno al otro, de relajarse juntos, de hablar de lo que les depara el día de mañana, de compartir pensamientos agradables o simplemente disfrutar del silencio. Eso sí, abrazados, con esas cosquillitas en la espalda que me consta que tanto les gusta a ambos. De esta manera verán que poco a poco llega el abrazo sincero, el que  libera oxitocina, la «hormona del amor», la que promueve la felicidad y reduce el estrés.

También sé que no hace falta, pero dale las gracias, por ser la persona que es, por estar siempre ahí, por no dejarte en ningún momento, por su apoyo, por su disconformidad. 

Parece que ya está cerrando los ojos. Deja que duerma. Bésale en la frente y acompaña sus sueños. Estoy seguro que mañana tendrán un lindo despertar.

Gracias por leerme.

«Un cosquilleo en la piel»

«Un cosquilleo en la piel»

Mi amiga Rosa trabaja con Daniel, desde hace algún tiempo, en un gran estudio de arquitectura. Hasta el momento sólo habían intercambiado un par de frases, al cruzarse en el ascensor o en el café. No habían tenido la oportunidad de intimar algo más.

En la última reunión de coordinación de todo el equipo, para sorpresa de ambos, el jefe los seleccionó para colaborar en un ambicioso proyecto de diseño de un rascacielos innovador. Ese fue el pistoletazo de salida para la formación de un gran equipo. la consigna que les dieron fue: ¡Que erice la piel del que lo vea!

A medida que pasaban horas juntos, sus vidas también comenzaron a entrelazarse pues era inevitable hablar de todo un poco. Así,  aquella relación especial comenzó a florecer.

Rosa, que ocupa el puesto de líder del proyecto, es una arquitecta talentosa, conocida por su creatividad, dedicación, compromiso y atención a los detalles. Daniel, por su parte, es un ingeniero estructural que aporta una perspectiva técnica y sólida al proyecto. A medida que trabajan juntos, han empezado a darse cuenta de que sus habilidades se  complementan de una manera asombrosa, creándose una química entre ellos cada vez más evidente. Comparten conversaciones, sueños, esperanzas y desafíos. Cada día, su vínculo se fortalece más, y comienzan a apoyarse el uno del otro, no sólo en términos profesionales, sino también emocionales. 

Rosa me cuenta que, en una de esas largas jornadas de trabajo, sus manos se rozaron de manera accidental. Fue un contacto inesperado, fugaz, pero ese simple roce desató una avalancha de emociones. Ambos sintieron un cosquilleo eléctrico en la piel y se miraron sorprendidos por la intensidad de la conexión. Se dieron cuenta de los sentimientos que habían estado creciendo entre ambos eran mutuos, y que no podían ignorar lo que estaba sucediendo entre ellos. 

Así que, a medida que avanzaban en el proyecto, sus manos se rozaban cada vez con más frecuencia, ya no de manera accidental. Cada contacto era como una chispa que encendía una llama más ardiente en sus corazones. 

Cuando completaron su proyecto, el rascacielos que habían diseñado juntos, vieron que aquello era una representación física de su conexión y su colaboración. Pero lo más importante es que habían construido un vínculo, sólido y duradero, que trascendía las estructuras de acero y hormigón. Sus manos, que una vez se habían rozado de manera accidental en la oficina, ahora se entrelazan de manera intencional, creando un lazo que perdurará mucho más allá de cualquier proyecto arquitectónico.

Rosa y Daniel descubrieron que el contacto de sus manos no solo genera un cosquilleo en la piel, sino también un calor en el corazón que los mantiene unidos para siempre.

Gracias por leerme.

«El sabor de los sueños»

«El sabor de los sueños»

Agustín disfruta de las sorpresas, de los regalos de la vida. Le encanta darlos y le fascina recibirlos, si son sin esperarlos pues mucho mejor. La otra noche, acordándose de un cuento que hace tiempo leyó, recordó a qué saben los sueños, aunque dicha narración trataba de la luna.

Él y Marta se habían citado para tomar algo. La temperatura de aquella tarde-noche era perfecta y la vista desde la terraza, en la que se habían citado, era perfecta. Por lo demás, nada les preocupaba, sabían que estar juntos era un disfrute para los dos, un verdadero regalo de la vida, pues cada vez que lo hacían la cháchara nunca paraba, la magia les invadía, las risas les acompañaban y el tiempo se les pasaba volando, haciéndoles disfrutar todo ello de cada segundo, deseando que la noche nunca acabara. Si hay algo que los define, es que cumplen con ese meme que el día anterior habían visto en Instagram: “Las cinco C de una relación: Conexión, Contacto, Cariño, Confianza y Comunicación”

Mientras hablaban no podían parar de mirarse, de rozarse con el brazo, las rodillas, los pies o, incluso, buscar de manera deliberada, la mano o la pierna del otro, para rozarla o acariciarla. Así estuvieron todo el tiempo que les fue posible. La cita fue un regalo de la vida. Un momento de encuentro y de paz que ambos disfrutaron de una manera maravillosa, provocándoles mostrar una gran sonrisa, no solo en su rostro, sino también en la energía que cada uno irradia cuando se encuentra con el otro y hacen cosas juntos. 

Tras el buen rato que pasaron, la despedida se alargó. Siempre les pasa lo mismo, el tiempo se les hace poco y encuentran un motivo para volver a acercarse, para iniciar un nuevo tema de conversación o para volver a cogerse de las manos. 

En aquella ocasión lo que estiró el momento fue uno de esos abrazos que, como ellos ya han descubierto hace tiempo, también como regalo de vida, son la única cosa en el mundo que cuanto más apretado es, más alivio da.

En segundo lugar, pudieron recordar que los sueños, como la luna, tienen un sabor especial, en este caso, para ellos, el de los labios del otro. Para Agustín y Marta, el sabor de los sueños es el mismo que el de los besos apasionados de dos personas que se quieren con locura. Ellos. 

Gracias por leerme.

«Piensa en mí»

«Piensa en mí»

El día amanece normal. Su despertador conecta la música y suena la increíble y desgarrada voz de Luz Casal “Si tienes un hondo penar / piensa en mí; / si tienes ganas de llorar / Piensa en mí…” Inevitablemente su primer pensamiento, incluso antes de salir de cama, es viajar hasta ella. No era por culpa de la canción, eso fue pura coincidencia, estas ensoñaciones también son algo normal. Sin saber muy bien cómo, o el motivo, desde hace tiempo, desde hace bastante tiempo, ese es un sentimiento cotidiano. 

Según llega al trabajo la rutina laboral lo embarga. Su mente se transforma en una máquina eficaz de elevar informes, cuadrar balances, establecer relaciones, enlazar valoraciones y establecer coordinaciones. Toda su mente está preparada para dar lo mejor de sí, en su ámbito laboral. Hasta que ella vuelve a su mente, otra vez en forma de canción “Ya ves que venero / tu imagen divina, / tu párvula boca / que siendo tan niña, / me enseñó a besar…”

Es en ese momento cuando se descoloca. Necesita coger aire y volver a concentrarse. Se da cuenta de que acaba de llegar el momento de ir a la cafetería de la esquina, sentarse en la terraza y esperar a que le traigan su desayuno, que ya no necesita pedir, pues la camarera conoce sus gustos. 

Nada más hacerlo algo vuelve a activar sus sentidos. “…Piensa en mí / cuando sufras, / cuando llores / también piensa en mí…”. De forma inesperada la voz de Luz vuelve a sonar y con ella el perfume que más le gusta. Ella vuelve a aparecer. 

–¿Puedo sentarme? 

–Sabes que sí. 

–¿Cómo sabías que iba a venir?

–Llevo toda la mañana presintiéndote. Te estaba esperando. Porque cada vez que intentamos alejarnos, nos unimos más.

Y así fue, como aquella tarde terminó tal y como comenzó la mañana, pensando el uno en el otro, deseando retomar la letra de su canción: “…cuando quieras / quitarme la vida, / no la quiero para nada, / para nada me sirve sin ti.”

Gracias por leerme.

«La visita soñada»

«La visita soñada»

No sé de dónde vienes a estas horas. Me has sorprendido. Si te soy sincero esta noche no te esperaba. Tampoco me sobresalto cuando siento que me despiertas acariciando mi cara. No puede ser otra persona más que tú. Así que, aquí estás. Has venido sin esperarte, sin avisar, sin anunciarte. No hace falta que lo hagas. Lo sabes. Tu espacio, tu burbuja, siempre tiene las puertas abiertas a la espera de que quieras cruzar el umbral. Aquí te relajas, aquí eres, aquí estás, aquí somos. 

Abro los ojos para verte. Hablas en un susurro por lo que no te escucho bien, pero entiendo que dices que tenías ganas de estar a mi lado, de pasar la noche tranquila, relajada y alejada de los problemas habituales. 

Encendes la pequeña luz de la mesita de noche, me encandilas, aún así me regocijo en la apasionante visión que es contemplar cómo te desvistes. Lo haces despacio, disfrutando del momento, de mi mirada. No has traído pijama. Ya veo que has improvisado totalmente esta visita. Sabes dónde tengo los míos, por lo que no me sorprende que decidas abrir la gaveta para coger una de mis partes de arriba. Te observo con detalle. Me gusta cuando haces estas cosas y te dejas llevar por el erotismo que sabes me provoca tu cuerpo y tu persona.

Siento cómo te agachas y retomas, en silencio, ese que siempre hace que nos besemos, la caricia de mi cara. Siento tus labios sobre los míos.

Con suavidad me musitas que te haga hueco en mi lecho. Normalmente te acuestas del otro lado de la cama, pero esta noche, no se bien el motivo, te apetece meterte en mi lado. No hay problema. Eso también me gusta. Con tranquilidad me aparto para dejar el espacio que me solicitas. Siento el frío del otro lado en mi espalda, hace que vuelva en mi, ya veo que lo que te apetecía era el calor.

Pero una noche más todo se desvanece, y lo que parecía un sueño, se confirma como triste realidad.

Gracias por leerme.

«Una camiseta para dos»

«Una camiseta para dos»

Esta tarde llueve. Lo hace con ganas. Julia llega empapada a casa. En la puerta es recibida por Antón, como siempre, con mucho mimo. Nada más verla le acerca unos calcetines calentitos, para que pueda descalzarse, una toalla para que pueda secarse el pelo y una camiseta de manga larga, de las de él, la que a ella le gusta, para que pueda desvestirse. Esa relación que tienen les permite ciertos privilegios que en otros casos ninguno de los dos se atrevería a asumir. 

Igual de mimada que es recibida en el umbral, también lo es en el resto de la casa. Julia accede al cuarto de baño, no sin antes acariciarle la mejilla a Antón, darle un beso y agradecer la bienvenida, no solo por la ropa para el cambio, sino por haber preparado la mesa y tener todo listo para recibirla: velas, mantel, un centro de flores, dos copas de vino, algo de comer… música ambiente.

Al salir del cuarto de baño, ella se queda parada en la puerta. Lo contempla. Sonríe, mientras asombrada mueve la cabeza negando sus propios sentimientos. Piensa: «Qué voy a hacer contigo». Él, sentado cómodamente en el sofá, anda distraído con el móvil, no se da cuenta de lo sucedido y de que Julia, con su cotidiano sigilo, se acerca. 

Justo cuando está frente de él, Antón contempla aquel par de piernas que la larga camiseta no es capaz de tapar. Sorprendido levanta la cabeza. la mira directamente a los ojos. También le sonríe. La desea y ella lo sabe. 

Julia lo despoja del móvil, que deja suavemente sobre la mesa y, a horcajadas se sienta sobre él. Vuelve a acariciarle el rostro. Él, apocado, se deja hacer. Con suavidad coloca sus manos y acaricia los muslos que ahora han quedado al descubierto. Ella lo abraza con fuerza. Ël responde de la misma manera. Ninguno de los dos dice nada. No hace falta. Saben qué es lo que quieren.

Julia se despega. Con tranquilidad le besa la oreja, el cuello, lame su cachete, para después besarlo con pasión e introducir su lengua en su boca, buscando la humedad de la de él. Antón cierra los ojos. Es incapaz de abrirlos. Quiere disfrutar de ese maravilloso momento en el que ella deja caer su pelo sobre su cara. Le chifla ese hormigueo, le gusta cómo le eriza todo el cuerpo. Sus manos buscan la espalda. La cosquillea paseando las yemas de sus dedos sobre la ahora cálida piel de su pareja. Ella se arquea. Su cuerpo se excita y le deja hacer. Sus manos exploran el cuerpo mientras continúan besándose. 

Los olores y sabores de aquellos dos cuerpos se entremezclan. La única testigo de aquel encuentro será aquella larga camiseta, que a partir de aquel momento, deseará volver a ocupar el cuerpo de su nueva dueña para revivir los apasionados momentos.   

Gracias por leerme.