«Poder hablar»

«Poder hablar»

Hay momentos en los que uno debe saber cuándo es buen momento para callarse. Hay otros en los que hay que responder. Luis lo sabía. Por eso, cuando Claudia lo había convocado para  tomar un café acudió extrañado a la cita, pues sabía que no era muy normal la insistencia de ella por quedar. Tenían una conversación pendiente y sospechaba que ella había decidido que ese era el momento para acometerla.

Tras un rato de hablar sobre temas banales, Claudia atacó. Comenzó a echarle en cara sus más que plausibles intenciones de mantener relaciones con Clara, su amiga. 

Luis intentó hablar, exponer su postura, su forma de ver lo ocurrido. No pudo. Fue entonces cuando decidió callar. Aguantó los argumentos basados en frases sacadas de contexto, en suposiciones, en comparaciones…, pues sabía que de nada servía que él narrara el porqué de aquellas palabras o aquellos comentarios, pues ella ya había tomado partido y había acudido a aquella cita para desahogarse y contar lo que le estaba molestando. 

A Luis le dolió cuando Claudia le dijo que ahora dudaba de las cosas que tiempo atrás él le había dicho. Todas habían sido sinceras y, sin que ella lo supiera, aún tenían plena validez, pues sus sentimientos, pese al tiempo transcurrido, en nada habían cambiado. 

Se quedó con las ganas de decirle que el intento de relación con Clara no tenía los visos y la oscura intencionalidad que ella le estaba dando. Se quedó con las ganas de comentarle que la única pasión que tenía era ella y que, Clara, aunque sonara mal, era solo una excusa para poder acercarse más a ella.

Por esos derroteros fue el café que Luis se tomó conmigo. Descargó, me contó lo que no puedo contarle a Claudia y me soltó las cosas que no se atrevió a narrarle a ella. Quizás lo hizo para desahogarse pero creo que él quiso que yo lo contará. Espero que puedan volver a hablar. 

Gracias por leerme.

«La sonrisa de Papá Noel»

El frío es considerable. Fuera de la casa hay una fuerte ventisca que los meteorólogos, como es habitual, no supieron predecir. Según habían comentado en el telediario “la confabulación de una serie de circunstancias particulares y poco comunes han producido esta situación de baja presiones y, por lo tanto…”, aquella tremenda tormenta de nieve y viento.

Todo estaba preparado. El trineo de Papá Noél estaba cargado hasta los topes, los renos peinados y engarzados en sus posiciones. Rudolf, como guía de todos ellos, se mostraba impaciente, pues sabía que un retraso de aquella magnitud podría provocar una catástrofe a nivel mundial.

En el puesto de mando los elfos encargados de autorizar el despegue suspiraban y daban pequeños golpecitos a las pantallas y radares de la base, a la espera de descubrir, o incluso provocar con su toque mágico, una pequeña ventana de buen tiempo, que permitiera la salida y el comienzo del gran reparto de regalos de Papá Noel. Por el momento, esa situación no se daba. La preocupación era inmensa.

En la gran cabaña, el ambiente era otro. El viejo barbudo, conocedor de la inclemencia del tiempo y de las pocas posibilidades que tenía de volar, se arrimó a mamá Noel y buscó su calor. Parecía mentira cómo, aún con los años que habían pasado juntos, era capaz de seducir y realizar aquellas singulares posturas. 

Tras el escarceo amoroso, Papá Noel, comenzó a silbar y su adorable esposa comprendió que había llegado el momento. Solo tenía un minuto para el despegue, así que no le importó hacer el viaje con los pantalones como los llevaba, del revés, pese al gran cachondeo y vítores que les profirieron todos los elfos tras el gran beso, con lengua, que se dieron como despedida en el portal de su casa. La gran sonrisa posorgasmo era la señal.¡Despegaban! La magia daba comienzo.

Gracias por leerme. ¡FELIZ NAVIDAD! 

#cuentosdeNavidad

«El caballito de mar»

«El caballito de mar»
Escondido, solo para tus ojos está el caballito de mar.

Me gusta surfear las olas. Hace que me sienta libre. Sentir el calor del sol sobre los hombros mientras los pies permanecen fríos, son un binomio de sensaciones que no a todas las personas nos gusta sentir.

Tú te relajas en la arena, leyendo, escuchando música, sobre la ajada toalla que siempre llevamos en el coche. No importa el tiempo que haga. Disfrutas de la tranquilidad de la tarde, del calor del sol o del fresco de la tarde, mientras a mi me dejas cabalgar sobre la espuma blanca. Tu caballito de mar me llamas.

Ya hace frío. El gemelo derecho empieza a darme avisos de que es hora de retirarme, si no quiero sufrir uno de esos dolorosos calambres que tanto perjudican dentro del agua.

Desde la distancia del mar te miro. Andas paseando en la playa. Me buscas de soslayo. Imagino que también tienes ganas de marcharte. No hay tiempo que perder, yo también tengo ganas de ir a buscarte. Sin esperarlo viene una serie perfecta para dejar un buen sabor de boca y cerrar el día. Cabalgo esa última ola que me llevará hasta tu lado.

Me esperas como lo haces siempre, con la toalla abierta y tus brazos dispuestos para recibirme con un fuerte apretón que me recompensa del esfuerzo hecho. Eres genial. Tu cuerpo hace que vuelva a sentir el calor dentro de mi. Una vez más susurras con sumo cariño ese apodo que me has puesto “mi caballito de mar”, mientras retiras mi melena para ayudarme a quitar el traje de neopreno. 

En tu muñeca veo el tatoo que nos une. Como siempre, espero a que tus manos me sequen y tu dedo busque el roce de mi tatuaje, escondido bajo mi bikini. Ese que solo ves tú.

Gracias por leerme. 

«La señal de la felicidad está en el meñique»

«La señal de la felicidad está en el meñique»
Ese hilo rojo que nos une, pero que a la vez nos permite movilidad.

Siento un pequeño tirón invisible en mi dedo. Noto que me buscas con tu mirada. Así que levanto la cabeza y hago lo mismo. Allí estás, mostrándome lo que, desde esta distancia, parece ser una camiseta. Alzo mi mano y la abano en señal de que me gusta.

Ahora que me desconcentré te sigo unos instantes. Tú te giras. Vuelves a mirarme. Me mandas un beso. Yo babeo mientras acaricio mi dedo meñique.

Desde que llegaste a mi vida siento que no puedo perderte de vista ni un momento. Hemos descubierto que el famoso hilo de color rojo, del que habla la tradición japonesa, une nuestros dedos meñiques y nos atrae con fuerza. 

Caminas, te pierdes entre el barullo y yo vuelvo a mi escrito.

Venimos de vidas distintas, de espacios y momentos distantes, que, por aquello de ese hilo o por una jugada del destino —me da igual como quieran llamarlo—, nos hemos unido. 

Hoy nos apetecía pasar un día diferente, aprovechar el buen tiempo, disfrutar del aire libre, de nuestra libertad, tú de tus amigas y yo de mi escritura, pero juntos. Así que aquí estoy.

Vuelvo a levantar la vista. Te observo desde la distancia, sentado en esta terraza de bar, mientras tú, y las locas de tus amigas, aprovechan el mercadillo de este hermoso pueblo para pasar un par de horas rebuscando y rebuscando, entre estand y estand de artesano del cuero, cobre, cristal, oro, plata, bronce, lana, cartón… ¡Qué se yo!, para mi la lista es interminable.

Sin duda eso te divierte. A mi no me gusta nada. Me aburre, como a ti lo hace que yo me quede aquí sentado escribiendo y leyendo estas y otras lineas. Pero así estamos, disfrutando cada uno de su espacio. Eso me encanta. El hilo que nos une, también nos deja espacio para movernos.

Lo que mas me gusta es mirarte. No me importa decírtelo. Me encanta ver cómo disfrutas probándote todos esos pendientes, argollas, anillos y pulseras; revolviendo toda esa ropa; descolocando todos esos bolsos…, para después comprar poco o nada, y hacer lo mismo en el siguiente puesto, y en el otro, y en el otro…

Me gusta que te gires, que me busques con tu mirada, que me enseñes tu meñique para indicarme que quieres un beso, que me muestres lo que vas a comprarte. Me gusta que me busques con la mirada, aunque yo no te vea, para comprobar que yo también estoy disfrutando de mi momento. Pero lo que más me gusta es cuando regresas, cuando agarras uno de mis dedos meñiques, o ambos, para pedirme que levante mi cara y así darme un beso de bienvenida. 

Gracias por leerme. 

«Espejito, espejito mágico»

«Espejito, espejito mágico»
Los espejos siempre encierran secretos.

Lucía siempre escuchó cuentos de brujas y hadas. Tanto fue así que consiguió su propio espejo mágico. ¡Si!, uno de esos que vive en los cuentos, que devuelve a su dueña la imagen que quiere, o la que tiene que ver, aunque en realidad…

Cada mañana, nada más levantarse, Lucía se mira, se deleita, se saluda con mucho cariño. Cada noche se sienta frente a él y comienza el ritual de cepillarse el pelo, al menos cien pasadas por cada lado, tal como le hacían a Blancanieves, o la princesa de…, da igual. Eso que tanto había visto y escuchado en los cuentos.

A su espejo le hacía sus preguntas, consultaba sus movimientos, buscaba su sueño. Por fin consiguió que un chico se convirtiera en su pretendiente. Parecía el típico príncipe azul: atractivo, trabajador, con futuro, simpático, hacendoso…

Ella lo fue engatusando. Las armas de mujer eran su especialidad y, cada mañana y cada tarde, recargaba sus energías contemplándose en aquel espejo, que le devolvía las instrucciones necesarias para poder tejer la fina tela de araña con que atraparlo. 

Los días pasaban con sosiego. Ella conseguía quedar con él un día, para después dejarlo olvidado durante cinco, escribir un mensaje alentador al sexto y… Era una auténtica experta en el arte del enamoramiento.

El día llegó. Él no dejaba de pensar en ella y de aquella propuesta de cena que sin duda se presentaba como la culminación de la fase de enamoramiento en la que estaban viviendo para, a partir de aquel día, empezar una auténtica relación. 

La invitación era en casa de ella. Él tenía que llevar el vino y, según las propias palabras de Lucía, ella lo ponía todo, incluso el postre. Esto último se lo dijo usando un tono lujurioso.

Cuando llegó a su casa cumplió con el protocolo. En todo momento se comportó como el caballero que era. Sirvió el vino, degustó de la sabrosa cena que Lucía le había preparado. Ella se insinuó y con pequeños juegos y artimañas lo llevó hasta su habitación. 

Tras el primer beso, las constantes carantoñas y abrazos, Lucía descubrió que había olvidado tapar su espejo mágico y, como ocurre en todos los cuentos, este devolvió su verdadera imagen. 

El chico se percató enseguida y, como si de una cenicienta se tratara, salió corriendo de la casa, al descubrir que, en realidad, su tan apreciada lucía, era una víbora dispuesta a todo por conseguirlo. 

Logró escapar de sus brazos, sabe que no le convenía mantener esa relación con ella, pero, aún en día, la sigue añorando, no ha logrado olvidarla, ni saber dónde perdió uno de sus zapatos. 

Gracias por leerme. 

«Brindis al cielo»

«Brindis al cielo»
A través de tus ojos, un brindis al cielo.

Antes de cenar le gustaba sentarse en la terraza. 

Repochada en el sillón de mimbre blanco, con las piernas estiradas y colocadas sobre la pequeña mesa de cristal a juego, disfrutaba de esos minutos que le había ganado al tiempo. Además de respirar profundamente, para encontrar un momento de tranquilidad en su ajetreada vida, le gustaba jugar con los efectos ópticos que hacía el vino al hacerlo danzar en el interior de su copa. Habían días que la usaba de prismáticos, algunos como caleidoscopio, intentando cambiar el grosor, tamaño y forma de los problemas del día. Otras veces usaba aquella copa, cargada de ese vino canario afrutado que tanto le gustaba, como un pozo sin fondo en el que intentar ahogar unas penas que sabían nadar.

El ruido del interior de la vivienda hizo que, por un momento, se distrajera de su paz. Con calma, cerró la puerta corredera quedándose fuera. El aire fresco de la noche en la cara y el gusto delicioso de los aromas de flores y frutales, enjuagados en su paladar tras un potente sorbo a aquel néctar, hizo que su corazón volara más allá de ese instante. Se descubrió sonriendo, sintiendo aquellas otras manos, ahora lejanas, jugando entre sus dedos, su cuello, sus labios, sus brazos o sus muslos.

Era feliz, no lo dudaba, pero le faltaba volver a sentir la emoción que él le suministraba. Miro al interior. Su familia se mantenía tranquila. 

Cogió el teléfono móvil y presa del deseo se dejó llevar. Mandó un mensaje pidiendo un cita. En aquel instante un rayo de luna pareció descubrir sus intenciones y le indicó un suave guiño. Como si el embrujo fuera así sellado, la respuesta no tardó en llegar. Su preciosa sonrisa recobró tensión y, brindando al cielo, se felicitó por mantener su corazón activo. Apuró la copa. Remojó sus labios y saboreó los del otro en ellos. Pronto lo haría en persona.

Con otro ánimo entró en casa y con la ilusión de volver a verlo, sirvió la cena.

Gracias por leerme.