«Un aplauso a la superación»

Hay historias y sentimientos que hacen falta que alguien nos los enseñen.

(NOTA ACLARATORIA: El presente texto es presentado al Concurso historias de superación”, que con motivo de la celebración, del Día Mundial contra el Cáncer, el día 4 de febrero, es organizado por Iberdrola España, S.A.U. “@Iberdrola”, en colaboración con la página web www.zendalibros.com@zendalibros”. Por medio del presente, si el texto fuera elegido como ganador o finalista de dicho concurso, me comprometo a donar el importe económico del premio, a la “Asociación Niños con cáncer Pequeño Valiente” (@APUPeqValiente ‏). Creo que tus “Me gusta”, “Comentarios”, “tweets”,“retuits” y “…”, ayudarán. Puedes hacerlo usando el hashtag #historiasdesuperación).

Habían pasado muchas semanas desde que su padre no iba al colegio a recogerlo. Verlo aquella tarde allí, sin esperarlo, apoyado contra al muro, hablando con el resto de familiares, fue una grata sorpresa para él.

Salió corriendo para abrazarlo, sin mirar atrás, sin escuchar los comentarios de sus compañeros. Su madre, lo contuvo para que no se abalanzara a lo loco sobre él y lo quebrará. Acababan de darle el alta en el hospital y aún estaba muy débil.

A la mañana siguiente, más sonriente que nunca, Carlos entró por el patio del colegio. No entendía muy bien lo que pasaba, pero el resto de sus compañeros de clase, lo miraban y señalaban. Comenzaron a hacerle burlas.

—¡¿Qué pasa palillo?! —le dijo uno.

—¡Hola calvorotas! —saludó otro.

—Si viene un viento, seguro que tu padre sale volando —indicó un tercero.

Aquellas palabras eran cortantes. Se metían con él utilizando la profunda huella que la larga enfermedad había dejado en su padre. Cuando lo comprendió, salió corriendo hasta refugiarse en el cuarto de baño.

Uno de los profesores lo vio todo. Acudió en su ayuda y se sentó, para hablar con él, al otro lado de la cerrada puerta del servicio de chicos.

—¿Sabes que mi padre también pasó por la misma enfermedad que el tuyo? —le dijo para poder empezar a levantarle el ánimo—. Los niños son muy crueles. También lo fueron conmigo, Pero lo que en realidad pasa es que no saben lo que ocurre. Hablar de ello te ayudará y, lo que es más importante, ayudará a tu padre —aquellas palabras hizo que Carlos se sorprendiera— ¡Sal!, ya verás, te tengo una sorpresa.

El timbre que daba comienzo a las clases sonó en ese preciso instante y, sin saber muy bien porqué, Carlos hizo caso al docente que, ofreciéndole su mano, lo acompañó hasta el pequeño salón de actos del colegio.

Allí estaban reunidos todos sus compañeros y profesorado. No sabía qué estaba pasando, pues nadie se lo había dicho, pero su padre destacaba, con su reluciente y brillante calva —como a él le gustaba calificarla—, fruto de los efectos de la quimioterápia, presidiendo la mesa situada en lo alto del escenario.

La luz ya estaba apagada. Nadie lo vio entrar. Se sentó donde el profesor le dijo.

La charla duró cerca de una hora. Su padre narró cómo fue el proceso de su enfermedad desde que se le detectó, acompañando su exposición con infinidad de fotos.

El silencio reinante en la sala era abrumador. Carlos observaba las caras. Muchos lloraban, otros no podían ni pestañear, algunos mantenían la boca abierta sin poder tragar saliva.

Cuando terminó el salón parecía un erial. Todos los presentes mantenían el silencio. Ninguno se atrevía a moverse. El solitario aplauso de uno de los asistentes rompió el mutismo reinante en la sala. Pronto se le unió otro, y otro…, hasta que todos se pusieron en pie ofreciendo su reconocimiento con una gran ovación.

El maestro, que en todo momento había permanecido al lado de Carlos, lo empujó para que acudiera al lado de su padre. Sus compañeros, al verlo subir las escaleras al escenario, volvieron a estallar alentándolo entre vítores y piropos. Nunca más volvería a bajar la cabeza.

Gracias por leerme.

«Evaluar el primer trimestre»

¿Qué evalúas cuando evalúas? Aquí mi propuesta,.

Terminó el primer trimestre y es la hora de evaluar. No me refiero a las notas de tu alumnado, que eso sé que ya lo has hecho, sino a ti mismo. Te propongo replantear aquellas propuestas y deseos que habías pensado al comienzo del curso y que yo comentaba en este post.

Para ello puedes utilizar este listado de pequeños consejos, que he ido cogiendo de aquí y de allí, y ver si los cumples. Espero que te sirvan. Ya nos contarás.

Para mejorar la labor docente del día a día tienes que:

  1. Ser realista y crítico contigo mismo y con tu trabajo.

  2. Para que tus propuestas tengan éxito debes prepararlas correctamente. No dejes espacio a la improvisación, aunque sí a la creatividad y a la imaginación.

  3. Ponlas en marcha no hables y hables… Coloca fecha de comienzo, publicítalo y da el paso.

  4. Acepta los consejos y recomendaciones de las personas que te rodean. En ellos incluyo al resto de docentes. Es una lástima que nos cueste tanto aceptar sus opiniones.

  5. No busques excusas después de una mala actuación. Evita culpar de tus malos resultados a tu entorno más próximo.

  6. Aprende de los errores. Utiliza ese conocimiento en tu propio beneficio.

  7. Practica la humildad, valora y reconoce el esfuerzo y actuación de los demás. Las familias, el alumnado, pero sobre todo ten presente que tus compañeros y compañeras de claustro no son tus rivales.

  8. La enseñanza es el equilibrio entre inteligencia intelectual (lo que enseñas sobre tu asignatura) y la inteligencia emocional (la capacidad de manejar, entender y gestionar las emociones).

  9. Sé agradecido. No olvides la importancia y lo mágica que es la palabra gracias. También para usarla con tu alumnado.

  10. Procura aprender en cada clase algo de tu grupo. No olvides que una sesión lectiva es una clase para enseñar, pero también es una magnífica oportunidad para aprender.

Seguro que me faltan muchas más. ¿Podrías compartir alguna de ellas? ¿Qué me propondrías para mejorar? Desde tu experiencia docente o de vida, ¿qué consejo nos darías? ¿Cómo te gustaría que fuera la maestra o maestro de tus hijos?

¡Feliz Navidad!

Gracias por leerme

«Aquella acertada decisión»

Hay veces en que parece que no sabemos si ir o ir. Yo que tú iría. Ya dirás adónde.

¿De qué decisión no te has arrepentido nunca?

Como sé que te gustan mis batallitas, hoy te voy a contar una, pero me gustaría que, a cambio, compartieras una de las tuyas.

El septiembre pasado hizo veinte años que pertenezco al glorioso Cuerpo de maestros —sí ya sabes, esos gladiadores de los que te hablaba en este post—. Saqué mis oposiciones tras trabajar durante un par de cursos en la enseñanza privada. Buenos años aquellos, pese al horario, al poco sueldo, la masificación del aula, la fiscalización constante que hacía el propietario del centro… Muchas cosas aprendí que, sin duda, me ayudaron a aprobar esas oposiciones a maestro.

Lo mejor de todo es cómo tomé la decisión de presentarme a los exámenes, que también explica porqué te traigo hoy está historia.

Recuerdo una cena que se organizó con el profesorado del colegio para celebrar el Día del Maestro —ahora diríamos Día del docente. Aunque hoy no es el día, el de verdad, es el que se usa para su celebración oficial, por eso tienes a tus hijos sin cole, y por eso te traigo a colación esta historia—. Como te decía, la cena se prolongó lo suficiente como para terminar tomando unas copas en un bar de La Laguna —ya cerrado y famoso por las parrandas que allí se montaban—.

Como te podrás imaginar, entre el vino consumido durante la comida, los licores para hacer la digestión y los cubatas que nos bebimos en el citado local, a algunos de los presentes se les aflojó bastante la lengua.

Uno de esos, con lengua de estropajo, resultó ser uno de los jefes. En un momento, de lo que yo pensé que era de «exaltación de la amistad», me cogió por banda y comenzó a darme la murga con lo importante que era el trabajo en equipo, lo contentos que estaban conmigo, la importancia de mantener en el espíritu del centro vivo, y bla, bla, bla. Pero cometí un error de concepto, aquel era otro momento, el que se conoce como la «sinceridad del borracho». El fulano me dejo de piedra cuando, después de tanto halago, me confesó que, pese a todo, me tendría como personal eventual tanto tiempo como le fuera posible. «¡Qué cabrón!» pensé en ese instante. En un periquete se me bajó el lote y el destrozó la noche. Pero aquel comentario, sin él pretenderlo ni yo saberlo, me enseñó mucho, colaborando a tomar una de las mejores decisiones de mi vida.

A la mañana siguiente, una vez pasada la resaca —en aquella época, como estaba entrenado en salidas nocturnas, la cosa no iba más allá de las 11:00 o 12:00 de la mañana—y con aquella sinceridad del borracho ya digerida, me fui a una academia y me matriculé, para empezar la preparación de las oposiciones, ese mismo lunes.

Cuando se convocaron las plazas una de mis compañeras más veteranas, que había sido testigo de aquella conversación con el jefe, cada vez que tenía oportunidad, por lo bajini, me repetía «Preséntate a las oposiciones. No hagas como nosotras, pero no se lo digas a nadie.». Yo la miraba, sonreía y decía: «Deja ver, deja ver, que entre el trabajo, la objeción de conciencia, la casa…». Siempre la dejaba hablar y yo, como un zorro, me callaba.

Cuando a los meses le dije que había aprobado y le di las gracias, su abrazo fue enorme uno de los más sinceros que recuerdo —también, por lo bajito me llamo cabronazo jejeje.

Pues aquí estoy, veinte años después, con aquellos «delitos» ya prescritos y recordando que, gracias a la borrachera de uno y a las palabras de la otra, esa fue una de las mejores decisiones de toda mi vida. Hay otras, pero esas las dejamos para otro ratito.

Ahora te toca a ti. ¿Me cuentas una batalla de las tuyas?

Gracias por leerme.

«Un estuche cargado de ilusión»

Estuche

No hace falta que te lo recuerde. Lo sé. Pero no puedo resistirme. Ya casi llevas una semana en el cole y dentro de pocos días llegarán, cargados de energía, entre otras cosas, tus verdaderos compañeros de viaje.

Sé que has cumplido algunas de las recomendaciones que escribí para el verano (puedes repasarlas en este post) pero ahora, que ya tienes la clase limpia y ordenada, empiezas a ver de cerca la cruda realidad, has de plantearte que debes enfrentarte a todo un curso escolar. Para ello nada mejor que cargar tu estuche con los mejores materiales escolares que puedas encontrar:

  1. UNA TIJERA: para poder recortar todos los malos rollos y entrar en clase feliz y contento. En buena medida de eso dependerá tu existencia.

  2. CUADERNO DE NOTAS: donde puedas tener todo registrado. Empiezas a tener una edad en la que más vale tener maña que falta de memoria.

  3. BOLÍGRAFO VERDE: para reforzar lo positivo frente a lo negativo. Si no conoces la “Técnica del bolígrafo verde” puedes consultarla aquí.

  4. ROTULADORES (al menos 24 colores): para llenar la clase de colorido, alegría y entusiasmo, en todas las tareas y proyectos que acometas.

  5. PLASTILINA DE COLORES: que te ayude a modelar confianza.

  6. REGLA: todo tu alumnado es genial. Trátalos iguales, con el mismo rasero.

  7. AFILADOR CON DEPÓSITO: para sacar la mejor punta a todo lo que hagas y no desperdiciar nada.

  8. LÁPICES DE COLORES: para ayudar a colorear la mejor de las sonrisas entre todos los docentes con los que compartes tantas cosas maravillosas.

  9. SOBRES: que abran vías de comunicación con la familia. Son una parte esencial de tu trabajo y sin ellas no puedes existir.

  10. CERAS DE COLORES, PEGAMENTO DE BARRA, BLOC DE MANUALIDADES y BLOC CARTULINAS: Con los que animar a tu alumnado a realizar grandes creaciones llenas de emociones positivas, sueños e ilusión.

La lista continúa. De eso estoy seguro. Ayúdame a hacerlo. ¿De qué me olvidado? ¿Cuál sería tu imprescindible? ¿Qué aportarías? Espero tus respuestas.

FELIZ CURSO 2017/2018.

Gracias por leerme.