«La magia de un día de Reyes»

«La magia de un día de Reyes»
Magia siempre presente.

Las princesas duermen tranquilas hasta que la luz de las estrellas les abren los ojos y pueden empezar a soñar. A compartir su magia.

Esa es la sensación que tuve cuando, el día de Reyes, mi princesa, la pequeña de la casa, la enana…, mi niña, nos sorprendió a todos sacando de la manga, como si de una experta prestidigitadora se tratase, un sobre de regalo para cada uno. En sus ojos estaba ese refulgir característico de la emoción. 

Hasta ahora los Reyes Magos seguían en su trono. Los secretos, las palabras conspiradoras, las señas…, todo se mantenía igual., cuando se acercaba la fecha. Todos creímos que la magia, se mantenía oculta dentro de su botella de cristal, esperando a ser abierta para sorprender, un año mas, a cada uno de la familia.

Fue ella la que este año nos sorprendió a todos, con su entereza, con su sonrisa complice y con sus ganas de compartir la magia que durante todos estos años aprendió. Ahora la utiliza en su favor para mantener la tradición de esta fabulosa noche.

Mi sobre, mi regalo, de color rojo, como el rojo fuego que emana de su gran y potente corazón, o el de los colores que acudieron a matizar y dar vida a sus mofletes, guardaba una frase, que, si me lo permites, me la quedo para mi. Solo te cuento de que, en pocas palabras, expresó todo el amor que lleva dentro, todo el amor que sentimos el uno por el otro. 

No lo pude evitar. Las lágrimas corrieron por mi cara, al igual que ahora que te lo cuento, como el agua de los riachuelos, ladera abajo, dejando ese pequeño surco y la sonrisa de la tierra cuando el líquido elemento esperado llega.

La niña ya no es tan niña. Crece pero con la magia enseñada y con la ilusión de que mantener este bello juego, regalando unas palabras de afecto, es expresar amor y sinceridad a las personas que te rodean.

Gracias por leerme.  

«Una cuestión de bolas»

«Una cuestión de bolas»
¿Bolas?

Pues al parecer la cosa hoy va de bolas; que por cierto viene bien en esta época del año.

Sin duda alguna escuchar que alguien te diga que te va a «coger por las bolas» es muy desagradable, aunque no pegue mucho con los supuestos buenos propósitos que empiezan a inundar el ambiente festivo que empezamos a tener a nuestro alrededor.

Una buena respuesta a ese comentario tan soez, que no pasará desapercibida y que probablemente genere un efecto belicoso por la otra parte, sería «no me toques las bolas». No es la idea de este relato esquinero de hoy.

Parece que hoy me estoy enredando las bolas. Puede incluso que pienses que «no doy pie con bola», ya que al parecer me está costando desenredar este ovillo, por no volver a decir bola, de lana en la que se esta convirtiendo este texto. Puede incluso que hasta me digas que eres tú quien está «hasta las bolas».

Para serte del todo sincero decirte que de las bolas que quiero hablar, no on de esas que se citan o insinúan en esas expresiones. Hoy te quiero nombrar las bolas de mi madre. 

Si la conoces, crees que sabes a lo que me refiero, pero tampoco me refiero a esa bolas, sino lo que en verdad quiero resaltar es una de sus manualidades que, como decía al principio, tienen mucho que ver con estas fiestas.

El árbol de Navidad de mi casa está decorado con las bolas que hizo mi madre. cOn las que lleva haciendo ya unos cuantos años y de las que siempre nos regala alguna para ir aumentando la colección. 

Hechas a mano, una a una, con cariño y precisión extrema, cada una de ellas es distinta a las otras; decorada con piedras, lazos, nudos o cualquier pequeño detalle que ha caído en sus manos durante todo este año. ¿No me digas que no es para «darle bola» y presumir de ello? 

Pues ya plantado el árbol, con tanta bola y tanta coba, como verás sí que tenía que ver con esta época. ¿Como has decorado tu árbol? ¿Tienes alguna pequeña tradición al hacerlo? ¿Te apetece ver mis bolas?

«Una cuestión de bolas»
¡¡¡Por la bolas de mi madre!!!

Gracias por leerme.

«Un cuento de Navidad»

Navidad esa época en la que hacemos realidad tantos sueños.

Uno, dos, tres, cuatro… Cada vez que salimos de excursión me paso la mañana contándolos. Hoy no es un día diferente, sobre todo viendo la cantidad de gente que hay en las calles al estar tan cerca la Navidad.

Todo el mundo va como loco de aquí para allá. Cargan bolsas, paquetes y regalos. Nadie parece percatarse de nuestra presencia, aunque mantenemos una fila bien hecha, pero somos lo bastante ruidosos como para que se nos oiga. Vamos charloteando, encandilados por tantas luces, tanto adorno y…, tanta gente. La primera evaluación ya termina —aquí puedes recordar algo—, así que hoy toca disfrutar de otras experiencias, de ese aroma que siempre dejan los cuentos de Navidad. 

El camino hacía el portal es corto y fácil de recorrer, pero nada más salir del colegio, los niñas y niños que me acompañan, ya preguntan los consabidos: «¿falta mucho?», «¿cuándo llegamos?». Un clásico de cada salida fuera de las paredes y el orden del día a día.

El pesebre que visitamos es modesto. En verdad tampoco nos interesa mucho, lo que vamos es a entregar las cartas a los Pajes de los Reyes Magos, que allí se encuentran esperándolas como en cada Navidad. «Seguro que son de mentira» dice uno de los chicos mientras los señala, «Claro que sí, los de verdad están muy ocupados preparándolo todo», responde una de las niñas con su tierna inocencia.

En cuanto llegamos y los vemos de cerca, los ojos se les abren como dos grandes contraventanas que saludan a los rayos del sol cada mañana. La esperanza y la ilusión les embriaga.

Uno a uno, por orden de lista, van pasando por sus regazos. Los Pajes les saludan por su nombre. Ellos se asombran. 

Ahora las voces y los comentarios que hacen empiezan a cambiar el tono y el discurso: «¡Maestro, que son los de verdad!», dice el pequeño Juan mientras agita las dos manos nervioso. «¡Sí!, ¡nos conocen!» contesta la simpática Ana. «¡Saben quién soy!», sentencia Elisa… Los demás del grupo, los que esperan su turno, emiten un suspiro de asombro mientras abren sus bocas, para ya no cerrarlas hasta el regreso al colegio. Con ganas esperan su minuto en la intimidad con los Pajes. Ahora no hablan, tiemblan, babean, se agitan. Los nervios están a flor de piel, incluso cuando les toca dejar paso al siguiente compañero. 

A veces, para que la magia de la Navidad se haga realidad basta con mantener un pequeño orden y entregar, a las manos adecuadas, una lista de nombres. ¡FELIZ NAVIDAD!

Gracias por leerme.