«A la luz de una lumbre»

«A la luz de una lumbre»
El edificio de enfrente puede que guarde los mismos secretos que el tuyo.

Está sentado en su balcón. Las luces del salón están apagadas y en la calle no hay alumbrado público. Está totalmente a oscuras. Piensa que nadie se puede percatar de su presencia. Con su mano ahuecada tapa la llama del cigarrillo para no desvelar su presencia, truco que aprendió mientras hacía la guardias en la mili. En noches como aquellas, en las que se siente solo y abandonado, se suele acomodar allí, en la silla de brazos de la terraza, para observar el vecindario. Lo hace para sentirse acompañado, imaginando que forma parte de la vida de cada uno de ellos.

El edificio que tiene enfrente es de la misma altura que el suyo, tres plantas. Una noche más puede ver a todas las personas que allí viven. Todas tienen las luces encendidas y se muestran, como si de un programa de telerrealidad se tratara. Ellos no le ven. Algo busca.

Del bolsillo de la bata saca la ajada libreta de seguimiento. Observa, comprueba y anota metódico: 

  • Primero A: siguen trabajando en sus ordenadores, cada uno por su lado. Se odian.
  • La chica del primero B: baila, canta y disfruta, mientras se peina la cabellera y utiliza el secador como micrófono. Una posibilidad.
  • Los viejitos del segundo A: fieles a Pasapalabra, no se levantarán a preparar la cena hasta que el programa no termine. Demasiado sencillo.
  • Segundo B: Siempre hay un colgado en las comunidades, este es el de aquí. Como cada quince días, está limpiando la vitrina de su colección de Playmobil. ¡Buag!
  • Tercero A: Ahí está la parejita, serie de abdominales, después glúteos, planchas… ¡Así están! Demasiado.
  • Tercero B: Acaba de apagarse la luz. No se ve nada, salvo… ¡Sí! Veo la lumbre de su cigarro. ¿Qué hace? ¿Me observa? –Aquello le llama la atención. Deja de escribir y, escondiéndose aún más en sus sombras afina la mirada…

Sabe que está ahí, pero no logra verla. De repente la luz de esa terraza se enciende y se apaga. Apenas un par de segundos, pero le dio el tiempo para ver que ella le amenazaba con un cuchillo y le hacía el gesto de cortarle la garganta. Él se asusta, deja la libreta, se acobarda y se refugia dentro de su salón, corre las cortinas. Se sienta en su sofá tembloroso, y, aún a oscuras, llama a su psiquiatra. Acaba de descubrir que no es el único sicópata que se refugia y amenaza tras la lumbre de un cigarro. 

Gracias por leerme.

«Breve tratado: ¡se me va la pinza!, ¡se me va la pinza!, ¡se me…fue!»

«Breve tratado: ¡se me va la pinza!, ¡se me va la pinza!, ¡se me…fue!»
Volver a la calma es lo que busco.

Ya se que no te he descubierto nada nuevo. Con cierta frecuencia se me va la perola y el acelere del día a día se adueña de mi cuerpo. Comienzo a respirar aceleradamente, mi corazón aumenta de palpitaciones…, hasta que los ojos comienzan a sobresalir del cristal de mis gafas. Muchas de mis mañana son así. ¿La culpa?, el querer llegar a todo y faltarme tiempo para hacerlo. 

Pero todos andamos así, inmersos en un ritmo de vida frenético en el que hay días en los que de la lista de tareas que traía de casa no he podido hacer ninguna, porque —tal y como dice una compañera— he estado toda la mañana ejerciendo de bombero: «¡Fuego aquí!, ¡fuego allá!, maquíllate, maquíllate…» (si lo has leído cantando, es porque ya tienes una edad y tienes la cabeza tan ida como la mía. Si no entiendes la broma busca en youtube a MECANO).

Es por todo ello que, tras cantar la canción citada, decido retomar un poco las riendas y ofrecerte (-me) estos breves, tontos y por todo el mundo conocidos, consejos para aflojar el acelere e intentar evitar que no se nos vaya tanto la pinza. A ver si lo consigo.

  1. Contar hasta 10: Créeme, no se hacerlo, al menos con ese objetivo, aunque me consta que hay personas a las que les funciona. Yo no soy capaz de evadirme.
  2. Pensar en otra cosa: Esto sí. Tengo cierta facilidad para soñar así que, cuando me están dando la paliza y noto que se me va acelerando el pulso, en ocasiones, logro alcanzar el botón mute y desconecto la atención. Intentar recordar lo que me dijeron se convierte luego  en un problema, que vuelve a producirme estrés.
  3. Ser objetivo y ver las cosas con distancia: ¡claro!, pero para eso ¡¡¡hay que tomar distancia!!! El ya y el ahora, en el que estamos metidos, sobre todo desde el invento del «guasap» no ayudan mucho.
  4. Comer bien: Ya ves, en esto soy un hacha. Quizás demasiado. Reconozco que cuando ando así, perdiendo la pinza, me da por comer y, claro, eso se nota. 
  5. Salir al campo, a la playa…: Aunque y hace algún tiempo que no lo publico, no hay nada que me relaja más que salir a caminar. Sobre todo por la montaña, ya sabes, «las cabras siempre tiran pal monte». Quizás este sea el motivo por el que me parezco a «Dora, la exploradora». 
  6. Identificar las señales: Esto lo aprendemos desde la escuela de conductores, pues es un poco de lo mismo. Tenemos que aplicar lo que la vida nos enseña, lo que el día a día nos da como bagaje. 
  7. Mantener el buen humor: Fíjate tú que, por suerte, este se me agudiza. Para mi es una buena válvula de escape e intento reírme, primero de mi sombra y luego de todas las payasadas, que digo y escribo. Para muestra este botón. 

No se tú, yo intento aplicarme esta lista. En ocasiones consigo volver a la calma y en otras no. Quizás puedas darme alguno más. Si me lo permites, antes de darte la palabra, me gustaría recomendarte que tengas presente otra idea. 

Cuando haya pasado el momento crítico, cuando tus chacras estén de nuevo en su sitio y la tranquilidad se vuelva a apoderar de tu ser, no olvides felicitarte. Ten presente que lo has hecho bien, y que la próxima vez lo harás mejor. Por último, si tu problema es derivado de relaciones con otras personas, no guardes rencor: no vale la pena. Sólo conseguirás sentirte mal durante más tiempo.

Ahora sí, es tu turno: ¿Qué cosas haces para mantener o recuperar la calma? ¿Aplicas alguno de los consejos anteriores? ¿Qué otro nos recomiendas? ¡¡¡Venga, que estamos esperando!!! No me pongas de los nervios jejejeje.

Gracias por leerme. 

«Y se marchó, y a su barco le llamó…»

Un lugar dónde perderse, donde escapar, donde soñar…

Desde el rompeolas puedo ver el embate del mar. El choque del agua contra las piedras, que le impiden el paso, llama mi atención. Como fruto de la contienda se dibujan en la nada unas curiosas figuras que, utilizando la espuma, las gotas y la sal, como instrumento de pintura, saltan por el aire y desaparecen. Tanto su sonido, como el va y viene del mar hacen que me siente a disfrutar del momento, de la paz del lugar y del agolpe, cual galerna descontrolada, de mis propios pensamientos. 

Mis ideas viajan, saltan, por cada una de esas piedras que hoy protegen la costa. Entiendo que están ahí, porque han sido colocadas a fin de dar cobijo a los que nos encontramos de este lado, a los que tenemos los pies en la tierra. Con ello impedimos el azote de las olas, la invasión de la costa, la fuga de la arena…

La maresía refresca mi cara, a la vez que empaña mis gafas, retornándome a la realidad del duro e incómodo asiento en el que me encuentro. Caigo en la cuenta. La húmeda y negra escollera es metáfora de vida. 

Desde esta posición ahora la observo con otros ojos. Veo como el espigón impide la desgarradora entrada del mar, pero también imposibilita la fascinante salida de sueños y deseos de aventura. Adentrarse en el mar siempre es sinónimo de periplos emocionantes. Ahora me doy cuenta. Es hora de cambiar de perspectiva. Es el momento ideo para comenzar un reposo y cambiar el punto de vista. 

Es hora de dejar esta esquina, por lo menos hasta septiembre, y tomar un merecido descanso. Espero que tú disfrutes del tuyo y que nos volvamos a ver por aquí. 

Gracias por leerme.

P.D. Si quieres verme no mires al malecón, ya te he dicho que sentarse aquí incomoda, búscame en el mar, o en el chiringuito, por aquello de huir del solajero.

«Veintitrés polvos y una barrica de vino»

«Veintitrés polvos y una barrica de vino»
Se puede debatir, hablar, contar… sobre cualquier espacio, pero hacerlo sobre una barrica, tiene su aquel.

Hay tardes que surgen de la nada, a las que se les saca un placer inesperado, con gente interesante y conversación sorprendente. O al menos eso pensaron cuando se juntaron aquellos cuatro, igual que el número de botellas de vino que podían meterse, si así se lo propusieran, entre pecho y espalda. Otra cosa sería el estado final de cada uno después de hacerlo. ¿Arreglarían el mundo? bueno, seguro que lo intentarían. 

Aquel día la velada empezó con un comentario, algo subido de todo, que derivó en un apasionado debate sobre el amor, la infidelidad, las relaciones amorosas y los tríos. 

La anfitriona, a colación del parloteo, recordó un cuento que había devorado no hacía mucho. Su lectura en voz alta fue el detonante para toda la conversación posterior.

Según su autor —lo siento pero no recuerdo su nombre—, cada persona tiene veintitrés polvos que echar en toda la vida. En el último te mueres. Por eso los protagonistas de ese lugar imaginario guardan celibato y practicaban la abstinencia como norma general. Al menos hasta encontrar a la persona que consideran ideal, y así hacer el amor para morir juntos. ¡Ilusos!, ¿y si la parte contraria ya ha tenido dos, tres, doce, o veintidós relaciones anteriores?

Hoy te propongo que abramos el mismo debate, así, ¡a palo seco!: ¿Qué te parece la idea? ¿veintitrés polvos? ¿Alguna explicación para ese número tan concreto? ¿Todos con la misma persona? ¿Cuentan cada uno de ellos o se refiere solo a aquellos polvos que, de una manera u otra, te han marcado? En este sentido ¿cuántos has echado?, ¿cuántos te quedan?, ¿alguna noche libre?  —jejeje, por si cuela—. Supongamos que llevas años con la misma pareja ¿cómo cuentas los polvos? ¿Todos ellos lo son? ¿Contarías esos entre los veintitrés que el autor propone? ¿Estarías perdiendo otras oportunidades?

Como dije al principio, arreglar el mundo es fácil, basta con sentarte, rodeado de buena gente, abrir un par de botellas de vino y empezar  a disparar a diestro y siniestro. 

En el grupo de la barrica, y los veintitrés polvos, esperamos tus respuestas.

Gracias por leerme.

«Breve tratado: ¡Somos una panda de borregos —y borregas—!»

«Breve tratado: ¡somos una panda de borregos —y borregas—!»
En muchas ocasiones nos comportamos como estos animales. Allí donde nos indican vamos…

Esta misma mañana, mientras iba en el coche escuchando las noticias, me acordaba de la canción de Chino Bayo, Así me gusta a mi (esta si, esta no)pinchando aquí podrás escucharla—. Recordaba como, tan solo hace unos años, en cuanto sonaba esta música y letra incomprensible, todos saltábamos en los bares o las terrazas de verano, para repetir, como borregos, y como pudiéramos la letra. No importa lo que dice, si es que dice algo, no importaba nada, es un tema pegadizo y ahí que íbamos. 

Ahora, aunque sin música, veo que pasa un poco igual. Si reflexionas un poco verás que, en muchas ocasiones nos estamos comportando como auténticos borregos —y borregas— en nuestro día a día. Veamos unas cuántas creencias que nos hacen ser así:

  1. Creer que todos nuestros problemas se deben a que algo o alguien las provoca. No reflexionamos, no calibramos nuestros actos y no admitimos que nuestras acciones traen consecuencias.
  2. Relacionada con la anterior, creemos que nuestros problemas se van a resolver por una intervención divina, o cuando algo o alguien decida que es el momento de que se resuelva.  Son aquellas personas que se quedan a la espera, rezando, deseando…, no actuando.
  3. Criticamos a otros, por el hecho de que realizan actividades, comienzan negocios, aventuras, viajes… Pero tu te quedas en casa sentado —o sentada—. Si esas personas fallan usamos la típica frase de: lo ves, ya lo decía yo. Si les va bien: ¡qué suerte tuvo, pero…!
  4. Borregos —o borregas— son aquellos que consumen gran cantidad de tele basura. Ver los males de otros, los cotilleos, como venden su vida…, les alienta y refuerza sus tristes vidas ya que pueden criticar libremente al famosillo —o famosila, casposo o casposa— de turno. 
  5. Son de un partido político concreto, leen un periódico concreto, una radio en concreto y claro, creen todo lo que dicen los representantes de sus siglas sin contrastar, sin leer, sin buscar, por muy asombroso que parezca, que aquello que están escuchando es verdad o mentira.

Seguro que hay más, ahora te dejo que compartas algún ejemplo, pero, para completar el círculo, que empezaba con lo que esta mañana escuchaba en la radio, mientras me venía esa canción a la cabeza, me identifiqué como un borrego.

Piensa un poco. Hace un poco nos vacunaban, después no. Antes era solo para los menores de 55 años, ahora mejor para los mayores de 60. Ayer nos vacunaban, hoy no… 

Ya te digo, ¡como borregos vamos! Y todos cantando esa cancioncita: 

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano. 

Cuéntame, ¿cómo lo ves? ¿Consideras que nos hemos vuelto unos borregos —y borregas—? ¿En qué otras situaciones podemos identificarlos?

Gracias por leerme.  

«No me dejas dormir»

Yo solo quería dormir

No se qué es lo que te pasa pero acabas de despertarme. Te noto intranquila, nerviosa, dando muchas vueltas, tirando del edredón, creo que hasta hablas en sueños. Tranquila, no pasa nada. Voy un momento al baño y regreso. Enseguida te acurruco. Intentaremos retomar los brazos del bueno de Morfeo en un momento. 

Los minutos pasan y me doy cuenta de que no hay manera. Sigues despierta y no me dejas dormir. Mantienes los pies fríos y lo que es peor, por mucho que intento apretar mi cuerpo contra el tuyo, para darte calor, vas huyendo y separándote poco a poco de mi. El frio que ahora mismo sientes también me molesta. ¿Por qué me destapas? Así no hay manera de que podamos calentarnos. Así no hay manera de volver a conciliar el sueño. 

Abro los ojos. Veo los tuyos. ¿Por qué me miras? Me sorprendes. Estás radiante. Eres preciosa. El resplandor de tus ojos es casi cegador, con tus grandes pupilas llenas de luz y con la mirada fija en mi. Aún así quiero que me dejes descansar. Lo intento. No lo consigo.

Esto no puede funcionar así. ¿No tienes sueño? Yo me muero de ganas por volver a dormir ¿Quieres decirme algo? La verdad es que yo no tengo ganas de hablar. Me gustaría poder darme la vuelta, cerrar los ojos y recuperar aquel sueño que hasta hace un momento me arrullaba. 

Los minutos pasan. No contestas mis preguntas pero parece que te has dado cuenta. Ahora eres tú la que se acerca. Siento tu aliento en mi cuello, pero en vez de notar el cálido vaho del deseo noto un escalofrío. Me has vuelto a destapar. ¿Por qué? ¡Estate quieta! 

Recoloco el edredón en su sitio. Me acurruco asiendo la almohada con fuerza, como si de un ancla se tratara y tu la marea que quiere llevarme a la deriva.

Parece que tu voz me ronronea, que me canta, ¿me acunas? Por fin me entiendes. Ahora te pones de mi lado. Poco a poco eres consciente de que estas no son horas. De que por mucho que quieras brillar en la noche, y velar por mis suelos, debes hacerlo en silencio, dejándome tranquilo. Me has incordiado, me has desvelado un buen rato, aún así sabes que me gusta verte, que agradezco este rato de tu compañía. ¡Que bella eres Luna llena! Ya me duermo.

Gracias por leerme. 

«Lo que la conciencia esconde»

«Lo que la conciencia esconde»
Hay sofás que son como las conciencias de sus dueños.

Walter es un tipo que no ha tenido mucha suerte en su vida. Puede presumir de eso y de tener la sana costumbre de intentar ayudar siempre a los demás. No importa lo que ello suponga.

Hay días —quizás sean la mayoría— que se sienta en su nuevo sofá, botellín de cerveza en mano y camisa desabrochada, para permitir que su panza se dilate, a esperar que la vida pase. Cuando bebe más de tres cervezas seguidas —también la mayoría de las veces—, suele protestar por los trenes que ha dejado pasar y que le hubiera gustado coger. Ya no hay vuelta atrás. Su conciencia siempre ha mandado.

Su sofá nuevo es como esa vida que ahora disfruta. Lo compró barato, de segunda mano, por su atractiva apariencia, pero empieza a notar lo incómodo que es. Sobre todo el lado en el que ya lleva rato sentado. Intenta ahuecar es cojín. Hay algo en él que le resulta extraño.

No tiene nada mejor que hacer así que, aprovechando que tiene las pequeñas tijeras cortaúñas sobre la mesita de centro, se afana en ir descosiendo el hilo. No le cuesta mucho trabajo. Aquel sofá debe tener más de treinta años y tanto la tela como las puntadas que las unen están bastante pasadas.

No cabe en sí. 

De dentro del incómodo cojín hacen su aparición un sinfín de billetes. La risa nerviosa hace que se atragante con el último buche de cerveza que le dio al botellín. No puede creer lo que esta viendo. Dando saltos de alegría tropieza con la caja de pizza que esta tirada en el suelo, pisa la pequeña punta curva de la tijera, que con la emoción había dejado caer al suelo, y trastrabilla con tan mala suerte que se golpea la sien con la esquina de la mesa. Queda inconsciente.

Se despierta a media tarde. Lo único que recuerda es la voz de su conciencia. Así no puede vivir tranquilo. Mientras contempla el dinero, abre otra cerveza, aprovechando que se la pone en la frente para que el frío baje la hinchazón. Una pena. Sabe que si se lo queda no dormirá tranquilo. Llama a la tienda.

Gracias por leerme.

PD. Este cuento está basado en una historia real que un día escuché en la radio. Como otras llamó mi atención y la anoté en la lista de historias estrambóticas, a la espera de ser escrita. Hoy ha salido esto, quizás mañana escribiría otra cosa. Si quieres más información, si quieres conocer el final de la verdadera historia, puedes consultarla aquí.

«Noche de fin de año»

«Noche de fin de año»
Las esperanzas puestas en el nuevo año, en el nuevo camino a recorrer.

Ya hemos terminado la cena. La sobremesa es agradable, pese a no tener la fiesta que solemos organizar para recibir al nuevo año. 

Por un momento me quedo en silencio y atiendo las palabras de…

—Es bonito compartir en familia y esperar todos juntos a comer las doce uvas —opina la voz interior. 

—Pero qué dices, ¡pringao! —interrumpe otra voz dentro de mi cabeza—, lo que estamos esperando es ver a la Pedroche, con lo buena que esta.

—Bueno, si, vale, es guapa, pero lo más importante es la…

—¡¿Porqué no te callas?! jajajaja, siempre diciendo chorradas.

Levanto mi dedo. Miro para ambos lados y las dos voces callan. Estos siempre andan en una continua discusión. ¿Que quiénes son? Mis dos lados, el bueno y el malo. Es difícil ponerlos de acuerdo. Menos mal que son discusiones internas y que los que están a mi alrededor no los oyen, aunque a veces, cuando me descuido, ven mis gestos hacia ellos.

Comienzan las campanadas.

Empezamos a comer uvas y, con ellas, los deseos para este nuevo año se hacen patentes, con las distintas propuestas que cada uno de ellos.

UNA: Mastico con ganas.

—Ver más a las amistades —dice la una.

—Quiero fiestaaaaaaa —contraataca la otra.

DOS: Hay que ponerle ritmo a la masticación.

—Quitarnos las mascarillas.

—Ponernos antifaz y a bailar.

TRES: Se me acumulan pieles y pipas en la boca.

—Abrazar y besar más.

—Esooooooo toqueteo y libre albedrío, que ya es hora, ¡coño!

CUATRO: El bolo aumenta de tamaño.

—Reir todo lo posible.

—Descojonarnos de la vida, y de mi el primero.

CINCO: Esto no baja.

—Hacer dieta.

—Si, pero entre comilona y comilona.

SEIS: Toso.

—Ir más al gimnasio.

—Y a la playa, al monte, a navegar, a surfear, a…, ¡no pares sigue, sigue…!

SIETE: Sigo tosiendo. Siento golpes en la espalda.

OCHO: Me falta el aire. Ya no oigo ni las voces interiores.

NUEVE: Todo se nubla. Más golpes. Más presión. Menos aire… Unos gritos.

—¡Chachoooooo!

—¡Pero tíooooo!, que coño haces, ¡respira joder!

DIEZ: Siento una presión en el pecho. Algo o alguien me aprieta desde atrás con fuerza.

ONCE: El bolo, ahora convertido en misil de largo alcance, impacta contra la pared contraria. Se queda pegado mientras abro los ojos y veo como resbala poco a poco.

DOCE: Recupero el aire. Mejor me siento. Todos me miran con cara de susto. Las voces retoman la palabra.

—¿Estás bien? Que susto, pensé que…

—¡Capullo!, que casi nos matas.

Un grito rompe el silencio y las caras circunspectas del respetable: ¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!

Bueno, parece que en mitad de la historia me atraganté con tanta uva, tanta palabra y tanta tontería interior.

Me consta que no me comí todas las uvas, pero al menos, juntando de un lado y de otro, tengo los doce deseos que me hacen falta para este nuevo año.

Espero poderlos compartir contigo.

¡FELIZ AÑO NUEVO!

Gracias por leerme. 

«Un tipo normal con una extraña colección»

Hay muchos tipos normales. A primera vista, claro.

Sin dudarlo un segundo Juan —nombre ficticio—, es un tipo normal. Como muchos de nosotros tiene sus manías, sus rarezas, sus costumbres…, pero se le considera un tipo normal. En su casa le reprenden por esa manía que tiene de morderse las uñas, él sale al paso y siempre dice que es por nervios. También lo felicitan por lo buen fotógrafo que es. Aunque se ha pasado a la cámara digital, sigue guardando, en un armario cerrado con llave, los viejos botes de los rollos de fotos. 

Bueno, hasta ahí todo bien.

Juan ahora tiene una nueva pareja, no sabe cómo contarle lo de su afición. Su ex la conocía, no le gustaba, pero como era un tipo normal y lo había conocido así… Ana —nombre ficticio— es distinta, no sabe nada, no se imagina nada. Sinceramente el no cree que ella pueda entender lo que le atrae de esta colección tan personal que tiene.

Juan mantiene una lucha interior. Sabe que necesita ayuda. Por eso me lo ha contado. Por eso me mandó el enlace a la publicación en la que, utilizando otro nombre, hace tiempo, contó su afición. Quiere que le ayudemos a resolver su duda. ¿Le cuenta a Ana lo de su colección o mejor se calla? ¿Crees que debería deshacerse de ella o esconderla? ¿Tú qué harías en su caso?, ¿y si fueras Ana?

Lo mejor de Juan, este tipo normal, es que puede ser cualquiera de nosotros: el frutero, el panadero, el taxista, el maestro… Todo indica que es un tipo normal, salvo por esta pequeña característica que lo hace diferenciarse de los demás: su colección de uñas mordidas.

Gracias por leerme. 

PD. Sí, es algo extraño todo esto, pero si quieres conocer de verdad la historia de este hombre, si quieres ver fotos de su colección, aquí te dejo el enlace. Juan es un tipo normal con una extraña colección y ya sabemos que por esta esquina pasa todo tipo de gente.

«El tipo más triste que conozco»

«El tipo más triste que conozco»
La sonrisa es un bien al que poco caso hacemos.

Agustín lleva tiempo luchando por una sonrisa. Su vida estaba centrada en el trabajo —ahí pocas alegrías recibía últimamente— y en su casa, donde cuidaba de una madre enferma, las labores del hogar… Poco rato tenía para levantar los labios y esbozar una mueca que se pareciera a ese gesto facial que veía en sus compañeros, vecindario… Reír a carcajadas ya era un recuerdo borrado.

Aquella tarde, al salir de la empresa, se distrajo un poco. Sabía que la señora que tenía contratada como auxiliar en casa, mientras él acudía a su puesto de trabajo, hoy le haría una hora más. Se sentó en la terraza del bar de la plaza. Pidió una cerveza, con la intención de dejar pasar el rato, mientras el aire de daba en la cara.

No pasó mucho tiempo cuando, justo en la mesa de enfrente, se sentó una chica. 

Era algo más joven que él: chiquita, rubia, con preciosos ojos y una bonita sonrisa. También pidió una cerveza, pero descartó el vaso, bebía a morro.

No levantó ni un instante la vista de su teléfono móvil. A él ni lo miró, estaba distraída con su pantalla. Agustín no le quitó sus ojos de encima. La observaba con detenimiento. 

Ella movía los dedos rápidamente. Respondía mensajes. Después de cada uno de ellos, esperaba unos segundos, los ojos cambiaban de brillo y hacía una simpática mueca con los labios, tras recibir la respuesta, volvía a mostrar la blanca dentadura, y volvía a escribir. Sin duda alguna su interlocutor hacía que ella sintiera ese cosquilleo que terminaba en aquella preciosa sonrisa que él ya reconocía que era lo que le faltaba.

La chica terminó su bebida, justo en el instante en el que él se levantó de la mesa para volver a ver su sombra gris acompañándole de regreso a su triste vida.

Llegó a casa. Nada había cambiado aunque el recuerdo de la chica de la terraza le hizo plantearse que debía de buscar la manera de cambiar algo en su vida para poder volver a sonreír. Pensó en bajarse alguna App, de esas que tanto se usan ahora, pero en la tienda virtual no encontró ninguna que le convenciera. Ese no era el camino. Tendría que seguir buscando.

Gracias por leerme.