«En plan latiguillo castigador»

«En plan latiguillo castigador»
En plan esperando a que pase el tiempo

Hoy estoy en plan criticón. Es decir que tengo ganas de no sé, ponerme en plan pesado o solo en plan…, ya sabes…, juguetón con las palabras.

Esta muletilla, «en plan», que parece ser la más usada actualmente, en plan para todo, me tiene muy cansado. Se escucha por todos lados, no solo a los adolescentes que la usan en plan genérico, sino también a los adultos que se les empieza a pegar, en plan gracioso, y que repiten en plan sin darse cuenta, hasta la saciedad.

Mis hijos la usan. Mi alumnado la usa. Ayer fui a una charla y una parte del público participante también la usaba en plan comodín, en cada frase, daba igual si era al comienzo como al final, en plan, no sé que decir y necesito ganar tiempo para pensar, pero en plan, no tengo nada que decir y digo en plan.

Lo mejor de todo es que, estudiada un poco más a fondo, en plan intentando entender la expresión, vemos que “en plan” puede significar “o sea” en un vago intento de explicar lo que el interlocutor está diciendo, en plan aclaratorio, como si utilizara unas comillas. De la misma forma, «en plan», también puede utilizarse para poner énfasis o relieve, en plan destacar algo que se quiere decir…

De cualquier manera, debo afirmarte, por si aún no te habías dado cuenta, de que esta muletilla me pone un poco de los nervios, en plan sacarme de mis casillas del todo, por lo que te ruego que si alguna vez escuchas que la utilizo, en plan un par de veces seguidas, cojas el latiguillo, y me refiero al otro, no al sinónimo de muletilla, y me azotes en plan duro con él. Sabes que me gusta, pero en plan castigo verdadero hasta ahora no lo han hecho. Mientras seguiremos viendo pasar el tiempo a ver sí ocurre algo, en plan emocionante.

Gracias por leerme.

«El tatuaje que me gustaría tener colgado en el salón»

«El tatuaje que me gusta en el salón»
¡Esa espalda!

«Amor de madre», así rezaría el tatuaje de mi antebrazo derecho si yo hubiera sido legionario. En el izquierdo seguro que me hubiera plasmado el escudo del tercio en el que presté servicio. Nada de eso es real, aunque quizás —y lo dejo a la imaginación de quién hoy pasa por esta esquina— algún día comentaremos el tatoo de la nalga izquierda. Vamos que como siga así me hago toda una colección de tatuajes.

Lo sorprendente de esto, no es la gente que le apasiona y le gusta decorar su cuerpo con los tatuajes, lo que me tiene loco, desde hace un par de semanas que lo escuché por la radio, es la gente que se dedica a coleccionar la piel tatuada de personas ya fallecidas. 

¿Cómo se te quedó el cuerpo? A mi se me tatuó un signo de interrogación en todo el rostro que me ha llevado a investigar un poco más sobre el tema. ¿Te imaginas tener en tu salón, o en la cabecera de la cama, un cuadro con la piel tatuada de la espalda de un Yacuza? ¡Sería flipante! seguro que tu ligue le prestaría más atención que a ti.

Pues resulta que, esto que a mi me resulta tan estrambótico, ya lo hacía el japonés Fukushi Masaichi (1878-1956). Este buen señor, médico de profesión, era el propietario de la mayor colección mundial de tatuajes arrancados de cadáveres —en este enlace te dejo más información, que sé que eres…—. ¿Te imaginas cenar en la casa del buen doctor y cuando no hay nada de qué hablar él inicie la conversación diciendo: «Y dime querido, ¿llevas algún tatuaje?».

Por lo que parece, la extirpación de tatuajes a fallecidos era una práctica más habitual de lo que yo pudiera pensar. Hay más colecciones en museos e instituciones de varios países europeos.

También parece que en el ámbito de la marina mercante, muchos tripulantes de épocas ya pasadas, completamente analfabetos, que embarcaban de barco en barco, sin que sus propios compañeros conocieran su nombre de pila o su mote, era práctica habitual, cuando uno de ellos fallecía, que su cuerpo fuera lanzado al mar, pero no sin que antes el cocinero o el médico del barco cortase algún tatuaje o marca para poder llevarla a puerto, con el objeto de mostrarla y confirmar la identidad del fallecido.

Por todo ello, no se de qué me asombro. Esta visto que poseer una colección de tatuajes es algo normal.

Acabo de tomar la decisión de preparar una pared en mi casa, a fin de decorarla con los tatuajes que tengas a bien donarme. Tu ya sabes cual me gusta.

Gracias por leerme.

P.D: Te advierto que el tatuaje que me dejes en herencia, pienso envasarlo al vacío. Por aquello del tufillo.

«El barbero no es nada sin navajas»

«El barbero no es nada sin navajas»

La historia de Julio es la típica historia familiar. Su bisabuelo fue barbero, allá en Cuba, donde tuvo que emigrar. Su abuelo, fue barbero, y sirvió a las órdenes de los nacionales, salvándose de las trincheras y de las balas por este motivo. Su padre, barbero por convicción, heredó la barbería, que con tanto esfuerzo habían logrado fundar en su pequeña ciudad.

Él, no tuvo más remedió, pues decían que era un zoquete en los estudios, para los de verdad, y se hizo barbero. Pero no como sus familiares, él pudo estudiar el oficio; primero aquí, en su pueblo, en lo que llamaban un FP2 de peluquería, aunque él decía que era barbero. Después fue a Londres, adonde tuvo que emigrar en busca de otro idioma que le hiciera más competitivo. Allí sí que aprendió. La city es otra cosa y los pelos de los hombres, y los de las mujeres, se tratan de otra manera. 

El juego de navajas, ahora enmarcadas, eran parte de la herencia. Eso y la enfermedad mental que, según su esposa, padecía y que le hacía escuchar risas extrañas.

Aquel otoño, junto con la llegada de las primeras lluvias, empezaron a ocurrir los asesinatos.  Todos tenían el mismo modus operandi. La víctima una mujer; la causa de la muerte, un profundo tajo en el cuello, de lado a lado, como una gran sonrisa.

Julio, el barbero, se convirtió rápidamente en sospechoso, pues siempre andaba presumiendo de lo afiladas que estaban sus navajas y de lo hábil que era rasurando y…, bueno, presumía de todo eso que hace un buen barbero, incluso de las mujeres que se ligaba tras su trabajo.

La policía apareció una tarde en la barbería. Aunque ya estaba cerrada, a través de la puerta se veía con claridad que alguien estaba sentado en el sillín. Parecía dormido. Parecía Julio. Con una toalla que le tapaba la cara, como las que se ponen tras un buen afeitado. Todos esperaban lo peor. 

La mujer de julio gritaba desesperada desde la calle. Hicieron falta tres agentes para poder agarrarla. Quería derribar la puerta y comprobar si aquel cuerpo era su marido. Oía risas. Era imposible, pero era. Ella asegurada que él era el asesino. Que lo sabía por cómo había cambiado su mirada, por como reía, por cómo afilaba las viejas navajas que antes lucían como parte de un cuadro. En el revuelo la mujer metió la mano en el bolsillo y un chorro de líquido viscoso manó tras cortarse. Gritó desesperada al ver que, ahora todos, sabían la verdad y podían ver sus cuernos.  Por eso lo mató, aunque nadie supiera entender su respuesta.

Gracias por leerme. 

«Popeye el marino soy»

«Popeye el marino soy»
«Popeye el marino soy»

Soy de esa generación que creció viendo cómo, entre otras cosas, el experto marino, de nombre Popeye, de un puñetazo abría y se zampaba, con la pipa colgando a un lado de la boca, toda una lata de espinacas.

Uno de mis recuerdos y experiencias más importantes de la infancia es un curso de vela que hice en el antiguo, y hoy en día abandonado, Balneario. Allí también probé por primera vez las espinacas. Recuerdo que el cocinero nos gritaba ¡Vamos marineros!, ¡espinacas!, ¡como Popeye!, mientras nos sacudía un buen cucharón del potingue verde al que hacía referencia.  

Creo que aquel curso de vela fue de una semana de duración con pernoctación incluida. Toda una experiencia en la que me quedé prendado de aquel barquito, una pequeña bañera con vela —un Optimist—, que me hacía sentir como Popeye, o como un auténtico pirata surcando los mares.

Mi experiencia marinera no terminó ahí. Con el tiempo realicé otros cursos. Incluso ya empezada la Universidad, hice alguno en la Escuela Náutica de la propia Universidad de La Laguna.

En una ocasión invité a mi amigo Edu —nombre figurado, que él es muy tímido, y el más `normal´ del grupo— a navegar. El otro día lo rememorábamos. Recuerdo como lo dejé agarrando el barco —en aquella ocasión creo que era un Vaurien—, mientras yo devolvía la cuna a su sitio y cuando regresé, te aseguró que no habían pasado más de dos minutos, el ya había volcado tres veces y eso que estaba con un dos palmos de agua. ¡Bien nos reímos! El afirmaba que aquello era mucho para él, que no tenía que ver nada con Popeye. Intentó dejarme allí, varado, menos mal que me subí, cacé escotas y empezamos a navegar rumbo a la nada, para asombro de Edu, que cumplía las órdenes más por miedo que por confianza. Lo mejor es que tuvimos que regresar a puerto remando con el timón, y con las manos por la borda, porque nos quedamos sin viento, y sin barco de apoyo.

Con el paso del tiempo, las fiestas, el trabajo, los niños…, salir a navegar se fue quedando atrás. Aunque en casa siempre me lo recordaban y yo miraba con desconsuelo a los pequeños barcos abandonar la seguridad de sus muelles.

Las cosas del destino hacen que mi hijo ahora entrene, al menos un día a la semana, en el CIDEMAT. Así que…, ¡¿novelero yo?!, si es que solo hace falta que me enseñes un mechero para prenderme fuego, o como le ocurría a Popeye, lata de espinacas y todo para dentro. 

La vida son estas pequeñas cosas. He vuelto a navegar —para serte sincero estoy empezando de cero—, con la sensación de que es como montar en bici. El As de Guía me salió en un momento, cazar el foque es un juego de niños y orzar es parte de mi propia naturaleza. 

¿Sabes quién soy? FOTO DE @marhidalgow_ (Mar Hidalgo Willis)

Y, por si fuera poco, siguiendo los buenos consejos del amigo Popeye, he aumentado mi ingesta de espinacas, que con esto de la crisis de los cincuenta, empiezo a necesitar suplementos. Si no te lo crees este sábado y domingo pongo proa al horizonte ¿te atreves?

Gracias por leerme.

«China está a miles de kilómetros»

«China está a miles de kilómetros»
China está lejos, pero tú…

China está lejos. Muy lejos. Para Raul, China es inalcanzable. O al menos eso dice él, que hasta el momento, y que yo sepa, nunca ha programado visitar esos lares.

Por el contrario Ana es distinta. Ella sí ha visitado China, recorrido sus calles y descubierto la Gran muralla. En su momento le prometió una foto desde allí, ya que sabía, con total certeza, que cuando su sombra pisara sus primeros adoquines y su mirada levantara la vista, para perderse en su serpenteante figura, sus preciosos ojos verdes, esos que hacen que Raul pierda el tino, la llevarían a recordarlo, aún estando tan lejos, pero tan unidos a la vez.

Ana y Raul se conocieron por culpa del caprichoso destino, pero conectaron por eso hilo no visible que les hacía hacerse cómplices con una sola mirada que, de inmediato, acompañaban con un guiño, una broma, una risa. Entonces, algo cambió, aunque ambos siguieran enlazados, ella anunció su viaje, su viaje a China.

Fue él el que entonces la sorprendió, regalándole el primer sabor a fruta fresca de aquellas latitudes. Desde entonces Raul ve en la carne de los lichis, los jugosos labios de Ana prestándose a probar aquel manjar del sur de China. Ella recuerda el momento, se ruboriza y sonríe, echándolo de menos y, quizás, deseando que fueran los labios de él.

Ya hace unos meses que esto ocurrió. Él lo intentó le dijo que no fuera, que no lo dejara, que ya, si eso, él la llevaría… Como era de esperar Ana no hizo caso y se marchó, dejándolo atrás, mirándolo por el espejo retrovisor, pero con la promesa de que lo volvería a ver. China era solo un lugar, solo un viaje. El tiempo demostró que era un abandono.

Lo peor no son los kilómetros que le separan de China. Ella regresó y Raul intentó tirar del hilo que los unía para volver a reír junto a ella. Pero el hilo es largo, se enrolla, se anuda…, los aleja. La distancia realmente dolorosa, no es la que les separa de aquel país, sino la que le dificulta llegar a Ana y no porque ella esté lejos, sino porque, como ocurre con China, ella también levantó, en su momento, una muralla tras la que esconderse y que Raul ahora no puede traspasar. Para ello le hubiera hecho falta aquella foto que ella nunca le mandó.

Gracias por leerme.

«La lluvia deseada parece no venir»

«La lluvia deseada parece no venir»
La lluvia y su repiqueteo es inspirador.

Los días pasan esperando la lluvia. El cielo parece nublarse, taparse con su capa gris amenazadora para, minutos más tarde, volver a desvestirse y mostrar, de nuevo, el bello traje de cielo azul que rematado con un sol picón y pegajoso, es claro síntoma de lluvia.

Desde mi ventana los veo. Caminando. Lejos, pero acercándose a buen paso. Hacen aspavientos y elevan el tono de su voz. Desde aquí casi los oigo. Los dos hombres caminan al unísono con ritmo firme y constante. Ambos van vestidos igual, con traje negro y, como si de un uniforme laboral se tratara, llevan la misma gabardina, que por la fuerza del calor ahora cargan en el brazo izquierdo, mientras que, con el derecho, acompasan sus andares con un largo paraguas, también oscuro, que hacen bailar entre sus manos marcando el ritmo de sus pasos. Se ve que ellos también esperaban a la lluvia. 

Casi han llegado a la altura de mi casa. Con un extraño gesto se han parado y, la atravesada conversación que traían, desde el final de la calle, ha cesado. Se convierte en una malintencionada mirada. Yo, de pie tras mi ventana, aferrado a la taza del café que suelo tomarme a estas horas, mientras busco ideas sobre las que escribir, siento sus ojos clavarse en mi figura. Tengo la sensación de que me están estudiando. Ojalá lloviera de repente.

Pese a la distancia, a la seguridad que dan mis muros, al cobijo que da mi techo, siento cómo esos extraños personajes me estudian. Me da vergüenza mirarlos, y, por un momento, doblego mi mirada. Sabedor que no estoy haciendo nada malo retomo la posición de mi cabeza y aquellos dos ya no están ahí. 

Un ligero golpeteo, parecido al tamborileo que ejercitan las yemas de los dedos sobre la madera para indicar un redoble, se escucha tras la ventana. No puede ser que me estén tocando. Miro. El repiqueteo continúa. Remiro. El ruido va en aumento. No los veo. Los hombres no están. Dudo, ¿eran nubes o malos pensamientos?, lo cierto es que la lluvia ya no me deja verlos. Bendita lluvia.

Gracias por leerme.

«El tío gilipollas vuelve al ataque»

«El tío gilipollas vuelve al ataque»
SOy gilipollas y este un tonto a mi lado.

Hace dos años y unos pocos días que publiqué una entrada en esta esquina titulada «Modo tío sufridor, activado» (Si eres de las pocas personas que no te reíste de mi, por aquel entonces, ahora tienes una nueva oportunidad para hacerlo). 

Debo ser gilipollas. Corrijo, ¡soy gilipollas! Pese a que por aquel entonces aseguré de que tenía una orden judicial, que me eximía de quedarme con mis sobrinos, al menos, durante diez años y un día, mañana volveré a picar ya que me he comprometido ha quedarme con ellos todo el fin de semana. Sí, ¡todo el fin de semana! Después lo que sufrí. Entiendes ahora porqué digo que soy gilipollas. Eso o que en el fondo quiero a los enanos. Bueno, o ambas cosas, que no tienen porque estar separadas. 

Al parecer el plan y las condiciones del préstamo, son menos exigentes que la vez pasada. La celiaquía del pequeño (tres años) está «controlada» —esto significa que ya sabemos qué puede comer y qué no, y, por lo tanto, no vomita como si fuera la niña del exorcista, que fue lo que ocurrió la otra vez, cada vez que le enchufaba el biberón con gofio, o un pedazo de pan…—. Por otro lado, la mayor (cinco años) es consciente de lo que va a ocurrir y la figura de apego a su madre, en teoría, está más superada. «Los niños no lloran» dice la madre… ¡ya veremos! Yo recuerdo verlos, como dice el padre, con la boca tipo buzón y los ojos achinados del esfuerzo por tanto llanto.

De todas formas, no me fío un pelo. Si has leído el escrito anterior —tienes el link más arriba—, la otra vez comencé, según empezó el fin de semana, a escuchar unas risitas en mi cabeza, probablemente fruto de una locura transitoria, que espero ya tener superada, por lo que, esta vez, pienso estar bien atento a todo lo que suceda y, bajo ningún concepto, dejarme liar —(jejeje), ¡ehhhh!,  ¡no empecemos!—. El plan es el siguiente:

Viernes tarde: Recojo a los niños en el cole. Para ello tengo un carnet que me autoriza, pijos que son en ese cole. Vamos a casa. Paseo para cansarlos. Ducha, cena —(jejeje) ¡Sí, lo sé!, que el niño es celiaco!; tortillita francesa y a la cama. —Por cierto no le digan nada a mi hermana pero tengo un bote de jarabe antihistamínico, recomendado por una farmacéutica amiga, que los hace dormir como benditos (jejeje), ¡ups!, pero solo será suministrado en caso de extrema necesidad y por si…, bueno, según indica el prospecto, no para otro fin. 

Sábado: Madrugar. En esto ya estoy sobre aviso, por ser tío gilipollas que lo he admitido. ¡Todos para la playa! Nada mejor que coman un fisco de arena —¿Le hace daño a los celiacos?, (jejeje) espero que no—. Ducha, almuerzo, siesta, parque, ducha relajante, jarabe —¡ups! error del teclado, quise decir ‘a dormir’.

Domingo: Madrugar —¿ves por lo que digo lo de gilipollas? ¡dos días seguidos!—. Se repetirá el plan del sábado. Menos por la pequeña salvedad de que, como la madre de las criaturas llega a las 15:10 es muy probable que desde las 12:00 la esté esperando, cual tío gilipollas,  con los brazos abiertos, en el aeropuerto. Imagino que tendré la suerte de que la compañía aérea adelante la llegada de todos sus vuelos, para así compensar el daño que nos ha causado estos años atrás (jejeje). En caso contrario, (jejeje) es muy probable, que el bote de jarabe me lo haya tomado yo y verás a este tío gilipollas, totalmente dormido en uno de los incómodos bancos de la sala de espera del aeropuerto, mientras mis sobrinos saltan sobre mi. Si llegara el caso, te ruego que les des de comer, pero recuerda que el enano, es celiaco, y yo el tío más gilipollas que has visto nunca.

¡Ya les contaré!

Gracias por leerme. 

«El arte prerrenacentista. Boberías y otras ocurrencias en su nombre»

El arte prerenacentista
«El Cristo burlado», de Cimabue. FUENTE ABC

Hoy casi no acudo a esta cita semanal. No te preocupes, no he tenido ningún percance. Estoy llegando de revisar el alborotado trastero, en el que tengo guardadas todas las cosas de mi abuela. ¿El motivo? Sabes que yo, en esto del arte ando más bien algo cortito —no creo que te haga falta que te recuerde esta entrada—, pero ayer me enteré que una señora francesa acaba de vender un cuadro, atribuido a un tal Cimabue, al parecer uno de los pintores prerrenacentistas más importantes del S. XIII —famoso en su casa a la hora del almuerzo—, por seis millones de euros, ¡que barbaridad! 

Según leí en la prensa —si tienes curiosidad aquí tienes más información—, la señora en cuestión lleva años con el cuadro, pintado sobre madera —vaya cosa fea—, en su casa, decorando la cocina, o el pasillo situado entre el salón y la cocina, según otras informaciones. Al parecer ni ella misma sabe cómo llegó a ella, ni el valor que el mismo tenía, aunque sí que me extraña que lo haya llevado a tasar a una casa de subasta.

Así que, pensando que a lo mejor había suerte, empecé a abrir cajas para ver qué contenían, e intentar batir todos los récords habidos sobre la subasta de artículos ingeniosos de época prerrenacentista, o casi.

1.- La escupidera del abuelo. Es de metal, bastante oxidado. ¿Igual también es prerrenacentista? Por lo que recuerdo el viejo ya era viejo…

2.- La chancla del pie derecho de mi abuela. Solo estaba esa. La del pie izquierdo recuerdo que, siendo yo niño, salió por la ventana, en una ataque de ira. Era con la que me sacudía cuando hacía alguna diablura. ¿Esta otra tendrá algún valor? ¿Pasa por una del S. XIII? Aquí sí que tengo mis dudas.

3.- Una copa menstrual. A priori no sé qué hace esto aquí, pero si la Pedroche las ha puesto de moda será por algo, así que esta, que por lo menos tiene sus cincuenta años…, me la quedé. Lo sé no tiene mucha pinta de prerrenacentista pero oye, ¡vaya usted a saber!, que la madera está bastante oscurilla.

4.- ¡Un cuadro! Esta sí que es la joya de la corona y `pá mi´ que sí da el pego de prerrenacentista. ¡Pintado sobre madera! esto sí es la bomba… Espero que no importe que sea de la Virgen de Candelaria, no sé, igual el tal Cimabue, también estuvo por aquí y… ¿Crees que colará?

5.- Un juego de pañales de tela. Tienen mis iniciales, algo borradas. Con un poco de suerte los hago pasar por los que usó Guillermo Cabrera Infante, que no es prerrenacentista, pero sí famoso. Están algo amarillentos, imagino que del tiempo y no de la pesada carga que tuvieron que aguantar.

Bueno, he encontrado más cosas que seguro tienen valor. No voy a comentarlas todas. Mañana mismo les saco foto y las mando a la casa de subastas Sotheby’s o a la Christie’s de Londres, que, como son la competencia, les saco un pellizco. Ya te contaré. 

Gracias por leerme

«Breve tratado sobre la desilusión»

«Breve tratado sobre la desilusión»
Esperar es deseperar. Con ella llega la desilución

Es muy normal que el sentimiento de desilusión comience cuando alguien, te deja solo, te abandona, no te hace la llamada que tú esperabas, o no te manda el mensaje deseado. Están los que te desilusionan de manera inesperada, pero también hay quien tiene entrenamiento y lo hace poco a poco.

Como animales sociales que somos hay personas que sin esperarlo se nos vuelven necesarios; como la comida, el aire, el agua, el calor. Su compañía, sus palabras, su complicidad…, se nos ofrece desde el minuto uno que las conocemos, creando a su alrededor un mundo lleno de complicidad y dependencia. Lo peor llega cuando, a veces sin saber muy bien como, se van como si nada hubiese ocurrido, en silencio, alejándose con una excusa u otra y te dejan esperando, mirando el teléfono, o la esquina en la que solían quedar… Te dejan con los brazos extendidos. Es aquí donde la desilusión llega y con ella los malos momentos.

La vida no solo consiste en victorias también hay derrotas, quizás hay más de estas que de las primeras, que cada uno supera como puede. En esos casos es cuando debemos empoderarnos e intentar salir del desasosiego lo antes posible.

¿Qué produce la desilusión? Sin duda muchos factores pero es muy común sentirla por culpa de una amistad desleal, un amor que nos decepciona, un proyecto interrumpido, un familiar que nos falla…

hablando en general, es muy fácil que las cosas no salgan como queremos, pero es muy probable que siempre que sintamos esa desilusión de la que estamos hablando es porque previamente nosotros mismos nos habíamos creado ciertas expectativas alejadas de la realidad. De esta manera, una forma de evitar la desilusión —o la respuesta fácil que darían muchos— sería intentar no esperar nada. ¡Caray! No soy, para nada así, y se que tú tampoco. Nosotros preferimos vivir con esperanza, con ilusión, buscando la magia y la felicidad en cada esquina. Por desgracia en ocasiones con lo que tropezamos es con esa desilusión que siempre intenta neutralizarnos. 

El mayor problema que creo que puede tener la desilusión, es que es un sentimiento que podemos llamar de doble pena: nos desilusiona una situación o persona y, por otro lado, nuestra actitud la perpetúa, llevándonos a la depresión o la renuncia.

Esto nos lleva a reflexionar sobre la aceptación de la situación como vía de solución. Aceptar es reconocer lo que ya está ahí, acoger el mundo tal y como es, en vez de exhortarlo a que sea como debería ser. Por lo tanto también es importante aceptar la decepción, reconocer tranquilamente que esperábamos algo distinto y que nos equivocamos, es vivir en lo real y no en una sucesión de ilusiones y desilusiones. Aceptar no es resignarse, ni someterse, no es renunciar, ni esperar, ni no actuar. 

La desilusión se combate con la aceptación de que la vida siempre será una sucesión de alegrías y decepciones, sin crearnos falsas expectativas ni logros inalcanzables, y en esa lucha debemos mantenernos atentos, pero felices. Y en esa lucha estamos.

¿Qué te desilusiona? ¿Cómo la combates? ¿Has desilusionado ha

 alguien?

Gracias por leerme.

«Volver, volver… ¡volver!»

Recuerdo con claridad la letra de esta maravillosa canción, creo que ranchera, que inmortalizó de manera majestuosa Vicente Fernández (Aquí puedes escucharla). No se me ocurre versos mejores para retomar mis paseos por esta esquina:

«(…) Nos dejamos hace tiempo,

pero me llegó el momento,

de perder.

Tú tenías mucha razón,

le hago caso al corazón,

y me muero por volver (…)»

Con la vuelta al cole, con la retorno a la rutina, en muchos sentidos, empiezo a recuperar mi orden habitual, dejando atrás un verano cargado de emociones dispares que me han ayudado a seguir aprendiendo (tribunal de oposiciones —este fue el culpable de salir corriendo, sin previo aviso, a principios de junio—, curso de formación, playa, montaña, escapadas, cincuenta cumpleaños, fiestas, aventuras locas más allá del mar, conocer personas maravillosas…), todas ellas dignas de tener un rinconcito dedicado en esta esquina, que poco a poco iré completando.

Pero ¿volver?, ¿volver a qué?, ¿por qué hacerlo?

Siempre he escuchado la idea de que la vida es como el mar que, una vez tras otra, nos devuelve a su orilla, en donde la confusión es patente. Basta con separarnos de donde rompen las olas para empezar a descubrir la calma, o el devenir del mar, o la calidez de la arena…, eso depende de dónde quiera situarse cada uno. Otros los compararían con un juego de mesa y retornarían a la casilla de salida. Pero nada de esto es cien por cien cierto. No creo que haya un comienzo y un final. Hay una evolución, unas etapas que vamos cumpliendo con las que nos vamos formando como personas, parejas, amistades…

Ya hace unos días que comencé una de estas nuevas etapas, algunos, incluso yo mismo, he usado el término «volver», pero para nada lo interpreto como una segunda parte, como si retomara algo ya pasado, sino como esa continuidad que el mar produce al llegar a la arena.

¿Sabes lo mejor? Que entre las personas que están en la playa se que estás tu. Así que por eso canto:

“(…) Y volver volver, volver

a tus brazos otra vez,

llegare hasta donde estés

Yo se perder, yo se perder,

quiero volver, volver, volver.”

Pero sobre todo quiero que recuerdes que, un poco en el sentido que dice la canción, ¡me muero de ganas por volver a verte! Espero que quieras seguir acompañándome.

Gracias por leerme.