«Una vela para amar y cuidarse»

«Una vela para amar y cuidarse»

Parece que las noches frías y oscuras de invierno están llegando a su fin. María se encontraba sola en su acogedor apartamento. El viento aullaba afuera, y la lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas. Se sentía abrumada por la soledad y la tristeza, anhelando la compañía de alguien especial que ya no estaba a su lado.

En un intento por reconfortarse, María encendió una vela, esa que él le había regalado, y se sentó frente a ella, para compartir, con sus propios fantasmas, una copa de vino. 

La centelleante luz llenó la habitación, disipando en parte la oscuridad que envolvía el corazón de María. Mientras observaba las llamas titilantes, sus pensamientos vagaron hacia los momentos felices que había compartido tiempo atrás.

Recordó las largas conversaciones en las noches de verano, las risas compartidas bajo el cálido sol y los abrazos reconfortantes en los momentos difíciles. La vela parecía iluminar esos recuerdos, haciéndolos brillar con una intensidad reconfortante.

Sin embargo, junto con los recuerdos felices, también vinieron los momentos de dolor y nostalgia. María recordaba la sensación de vacío que había experimentado. Echaba terriblemente de menos su abrazo y anhelaba sentir su presencia a su lado una vez más. La vela parecía capturar esos sentimientos de añoranza y transformarlos en una luz de esperanza.

A medida que las llamas bailaban, María se dio cuenta de que aunque ya no estuviera físicamente presente, el amor que compartían seguía ardiendo. Era un fuego que nunca se extinguiría, una llama eterna que iluminaba su camino incluso en los momentos más oscuros. 

Decidió que, en lugar de dejarse consumir por la tristeza y la soledad, honraría el amor que compartían buscando los buenos momentos y llevando consigo la luz viva en su corazón. 

Con esa determinación en mente, María apagó la vela, pero la luz de su amor seguía brillando en su interior. Sabía que aunque la noche fuera oscura, siempre habría una luz que la guiaría hacia adelante: la luz de aquel precioso amor verdadero.

Gracias por leerme.

«La procesión va por dentro»

«La procesión va por dentro»

Son días de recogimiento. Cada año, durante la Semana Santa, el pueblo se sumerge en la solemnidad y la devoción. Las procesiones llenan las calles con el sonido de los tambores y cantos religiosos, mientras que las figuras de los pasos de Semana Santa siguen su lento y solemne camino. Para muchos, es un momento de reflexión y de comunión con la fe. Para Victor, es un recordatorio de su propio vía crucis personal, un peso que carga en silencio.

En su mente, Victor compara cada estación del vía crucis con los desafíos que enfrenta en su vida, pues imagina que cada estación de ese camino sagrado parece reflejar momentos cruciales de sus propias luchas y tribulaciones.

Victor, como si en una primera estación estuviese, recuerda los momentos en los que siente que la vida le condena con desafíos insuperables. Expectante no puede evitar relacionar la carga de la cruz con el peso de sus propios problemas. 

Para él, la primera caída, es sinónimo de esos momentos en los que tropezó y se  encuentra en el suelo, agotado y desanimado, preguntándose si podrá volver a levantarse.

También se da cuenta de que tiene la fortuna de contar con amigos, familiares y seres queridos que le brindan apoyo incondicional en los momentos más difíciles, que le  ayudan, a veces sin saberlo, que comparten su carga y le recuerdan que no está solo.

Pero hay algo diferente en esta Semana Santa. Al final la esperanza y la creencia en la resurrección es lo que prima. En este sentido Victor recuerda aquella mirada cálida, esa preciosa y gentil sonrisa, ese abrazo que echa en falta, esa paz que se consigue tras un minuto de estar juntos, esa paz que Victor anhela, no se encuentra al son de bandas de cornetas y tambores.

Esa calma, esa paz que muchos intentan demostrar en las calles, falseando y actuando frente a los demás en cada procesión o en las estaciones del via crucis, esa es la que Victor lleva por dentro, la que no enseña más que a ella, pues no es sino en el amor, la confianza y la comprensión, personal primero y de aquellos que lo rodean después, donde Victor, y cada uno de nosotros, puede liberarse o sustentar la carga que llevamos dentro.

Gracias por leerme.

«El hombre de la poción mágica»

«El hombre de la poción mágica»

Hay pueblos que tienen una vida muy bulliciosa, en los que, además, viven personajes curiosos que producen un efecto increíble, dando de qué hablar y generando chismes entre sus habitantes, que sin duda alientan esas vivencias. Pedro es uno de esos habitantes, de uno de esos pueblos. 

Aunque te parezca un poco locura, la vida de nuestro Pedro cambió, de manera sorprendente, cuando se bebió, de un solo trago, una antigua poción mágica que se encontró apartada en una tienda de curiosidades. él pensaba que era un licor, pero en realidad era un bebedizo con el que mejorar su suerte en el amor. 

Tan pronto como bebió aquel mejunje, Pedro notó un cambio instantáneo en su vida amorosa. Todas las mujeres del pueblo parecían enamorarse locamente de él. Se tropezaban entre sí por la oportunidad de compartir un momento con el nuevo y encantador Pedro. 

Pedro, que antes luchaba por conseguir una cita, ahora tenía un dilema diferente: ¡demasiadas citas! Las mujeres lo invitaban a cenar, a pasear, e incluso lo perseguían por el mercado, la fama de Pedro se propagó rápidamente. 

Sin embargo, entre el tumulto de admiradoras, había una mujer, Clara, que siempre había tenido un lugar especial en su corazón para Pedro. Desde hacía mucho tiempo, la mujer había guardado en secreto su amor, pero ahora, con la poción haciendo estragos en el pueblo, sentía que su oportunidad estaba perdida.

Mientras las otras mujeres se peleaban por la atención de Pedro, Clara observaba desde la distancia. Ella sabía que el corazón de Pedro no podía ser conquistado tan fácilmente.

Clara decidió tomarse aquel asunto con humor y comenzó a organizar pequeñas sorpresas con las que sorprenderlo: le dejaba mensajes en su mesa, le dedicaba alguna canción, lo sorprendía con caramelos…

Aunque todas las mujeres estaban cautivadas por el encanto de Pedro, él no podía dejar de notar las ocurrencias de Clara que simplemente se divertía siendo ella misma.

Una vez libre del efecto de la poción, Pedro se dio cuenta de que lo que realmente buscaba no era la atención masiva, sino una conexión auténtica. Se río de la ironía del destino y recibió el amor de Clara, agradecido de tener a alguien que lo apoyara, ayudara y amara,  por quien realmente era.

Desde ese momento, en aquel pintoresco pueblo, la historia de Pedro y Clara se convirtió en la comedia romántica más comentada y cuchicheada de todas, donde el encanto y la conexión verdadera supera cualquier poción mágica.

Gracias por leerme.

«Una triste soledad»

«Una triste soledad»

Aunque muchos no lo creen, Juan es un hombre con el alma solitaria. Apenas lo demuestra, pues casi todo el día está embutido en una bulliciosa actividad, en la que se coloca una especie de máscara y disimula su existencia. 

Vive en un pequeño apartamento, rodeado de otros pequeños apartamentos habitados por personas que no conoce, con las que a veces se tropieza en el ascensor y con las que no habla nada más allá de un simple saludo o una triste despedida. 

Aunque la ciudad en la que vive está llena de vida y muchos consideran que Juan tiene una gran actividad, lo que yo sé de él, es que Juan se siente aislado y solo.

Ese sentimiento comenzó años atrás. Sin un motivo aparente, sino fruto del día a día, que le encaminó a tener, fuera del ámbito laboral, una existencia monótona y vacía.

Pasa sus días trabajando en la oficina, y cuando por las noches regresa a su casa lo hace en solitario. Se abraza a esa soledad y deja que su cabeza viaje por el mundo de los sueños y los deseos, que, de alguna manera, le aportan ilusión. 

Recostado en su sofá recuerda como hace tiempo la había mirado con ternura deseando conocerla, y eso logró hacerlo. Con el paso de los años llegaron a hacerse amigos, de esos que nunca se abandonan, de los que basta una mirada para saber que algo pasa y que el otro necesita ayuda; entonces se juntaban.

Llegaron a enamorarse, a enamorarse mucho, si eso es posible grduarlo. Pasaban horas acurrucados, hablando, riendo, noches en vela y en una conversación constante. Juan pensó que todo aquello era un sueño. 

Ahora que no puede llegar a ella, sigue soñando con hacerlo, pero acompañado de su soledad, esa que nadie conoce, esa que cada mañana disfraza y esconde, esperando recuperar la conexión que siempre han tenido, que se mantiene oculta a la vuelta de la esquina, esperando, y que ambos saben que puede traerles luz, paz y calor a esos corazones que ahora se sienten solos, en una triste soledad.

Gracias por leerme.

«El teatro de la vida»

«El teatro de la vida»

El telón acaba de abrirse. Sobre el escenario un hombre de pie, hierático, con sus brazos en jarras. En el fondo una luz azul ayuda a que su silueta se vea con intriga, en una mezcla a partes iguales, de ternura, misterio e intensidad,

No suena ningún aplauso. podría tratarse de un ensayo, la sala parece que está vacía.

El sujeto comienza a moverse por el escenario. Al acercarse a la esquina derecha de las tablas, la luz cambia y un fuerte resplandor ocupa todo el espacio y lo deslumbra. Se queja. Se protege, se agacha. Le cuesta, pero sale de allí ahuyentado por la intensidad de la luz y la molestia que esta le ocasiona.

Ahora se dirige a la zona izquierda. Parece que titubea. Mira con cierta inquietud. Protege sus ojos para no volverse a ver sorprendido por un haz de luz.

En esta ocasión, es atacado por un estridente ruido. Tiene que proteger sus oídos con ambas manos, pero la fuerza del volumen hace que caiga al suelo. Se arrastra. De nuevo logra huir. El escándalo cesa. Se reincorpora. Vuelve al centro de la escena. 

Mira hacia ambos lados. Observa a su alrededor. Hay resplandores molestos y ruidos rechinantes. Aquel escenario se ha vuelto en la representación de la misma vida.

Mira hacia atrás. Algo ha llamado su atención. Un grupo de escandalosos actores avanza hacia su lugar. Lo rodean. Unos le agradan, otros lo empujan, algunos lo atraen, o lo mueven, o lo descolocan…. Se mueven en círculo a su alrededor. Más ruido. Más incomodidad. 

De repente todo se apaga y silencia. El actor queda en el centro. Es iluminado por un tenue haz de luz. En el centro de la sala, en el centro del pasillo de la platea, un foco blanco ilumina a una persona que aparece allí. Está de pie. Es ella. Él se da cuenta. Es el sitio al que quiere ir, en el que quiere estar, en el que encuentra paz. ¿Llegará? Cae el telón. 

Gracias por leerme.

«Me gusta que te fijes en mí»

«Me gusta que te fijes en mí»

Me he dado cuenta, me miras de reojo. Sabes que yo también lo hago, pues, en no pocas ocasiones, nuestras miradas se han tropezado y ambos hemos intentado huir del emocionante brillo que sentimos, sí, ese destello que se pone en nuestras pupilas cuando nos acercamos. Ese sentimiento hace que sea casi imposible separarnos, pero en tan solo un par de segundos, nos sonreímos, con cierta picardía, y apartamos la vista. Luego seguro que volverá a ocurrir. 

Hoy has ido un poco más allá. Me has dejado descolocado, pero muy emocionado, me gusta que te fijes en mí. Me gusta que me lo hagas saber, como yo mismo suelo hacerlo contigo. 

Has levantado la vista y te has dado cuenta de que me corté el pelo. Te he gustado y eso se nota. Además, no te has avergonzado de lo que sientes y me has dicho lo guapo que estoy. Gracias. Tú también lo estás. 

Por si fuera poco, al cabo de un rato, tu mirada ha recorrido mi cuerpo y me has piropeado por cómo voy vestido. Sin duda esta forma de vestir, la que ahora le dicen casual, me favorece, y a tí te ha gustado. 

Me asombraste cuando te fijaste en mis nuevas gafas de color. No pensé que te darías cuenta del cambio que hice y, sin duda, estas que ahora llevo son las que más te gustan. 

Además de todo eso, y por si fuera poco, hoy me has felicitado por lo bien que lo he hecho en el trabajo, por lo fantástico que estoy siendo contigo, por lo agradable que ha sido nuestra conversación, por nuestra mensajería cómplice cargada de emoción y, a veces, de erotismo, por nuestras risas y la confianza que tenemos en nuestras confidencias. Me has agradecido el esfuerzo que estoy haciendo. Gracias a tí también. Te las mereces. 

Ahora entiendo el motivo por el que siempre estaremos juntos. Hoy estamos a la par, estamos en paz. Me encanta cuando me cuido, me trato bien y me digo cosas bonitas. 

Gracias por leerme.

«El gilipollas que vive arriba»

«El gilipollas que vive arriba»
El pobre pato no tiene la culpa

Pues no me cabe la menor duda de que el que vive arriba, en muchas ocasiones, es un auténtico gilipollas. Pero tranquilidad, no armemos alboroto, creo, estoy casi seguro al cien por cien, de que él lo sabe. Además se acepta. O se aguanta como puede.  

Como buen gilipollas, parece creerse más que nadie. Se pasea por el barrio, bien arreglado y contoneándose como si en aquel triste paseo le fuera la vida. Camina erguido y colma de caricias a todo aquel que lo alaga y regocija, campando a sus anchas, puede que hasta sin saberlo o sin creerlo, pues piensa que esas lisonjeras palabras y gestos vacíos de contenido son dados por su ser, en vez de por su interés. 

Pero ahí va el gilipollas, caminando entre fantasmagóricas ocurrencias y sueños inalcanzables, a los que él cree que va a poder llegar. Yo lo vigilo desde mi privilegiada situación. Intento avisarle, mandarle mensajes de advertencia para que pueda solucionar esa triste situación, pues considero que es de urgencia hacerle caer en la agónica situación de soledad en la que está inscrito y de la que no se ha dado cuenta, por su propia gilipollez.

Lo peor no es que te traten como si fueras un gilipollas, sino que acabes creyéndote que eres gilipollas. De esta manera, serás un gilipollas.

Créeme cuando te digo que estoy totalmente seguro de que él lo sabe; pues ese gilipollas ya te he dicho que vive arriba, en mi cabeza y lo soporto todos los días. Ya ves, menudo panorama. A ver como coño arreglo yo esto, o al menos, a ver si consigo disimularlo, para que tú no me lo notes, que para gilipolladas ya tengo las mías andando a sus anchas por mi triste totorota.

Gracias por leerme.

«Josué y los muros de Jericó»

Josué conoce las palabras de la Biblia. No cree en ella, pero la ha leído. En sus conversaciones sale a relucir cierto conocimiento de las letras e historias que allí se narran. Ha aprendido de ellas. 

En el momento en el que está, se contempla a sí mismo como si uno de los habitantes del mismísimo Jericó se tratara. Se defiende de sus enemigos con un basto muro de arcilla. Ladrillos que está construyendo con sus manos, a base de amasar su propia confianza, sus deseos y sueños, mensajes positivos y buenos momentos. Pero él no es Jericó y sus intenciones y forma de ser son totalmente distintas a las de esos antiguos seres.

Reconoce que el muro que levanta a su alrededor es invisible. Al menos eso pretende. Aunque es consciente de que ya hay quién ha chocado contra él. 

Por momentos, la pared defensiva, es dura como la piedra. Impide el paso de las malas palabras, de las personas tóxicas, que siempre nos rodean, de los malos recuerdos o de aquellas experiencias que ya amenazan con ser negativas antes de vivirse. Pero entre esas excelentes piedras, se esconde un secreto, y que no era contemplado en el de los habitantes de Jericó.

 Por momentos, entre algunas de las teselas por las que está formado ese muro imaginario, tocando los ladrillos adecuados, o diciendo las palabras correctas, la pared es totalmente permeable, te permite el paso. En esos espacios el muro aparece acuoso, dúctil, maleable. Lo construye así a posta, para que la leyenda pueda cumplirse. Al fin y al cabo, Josúe no pretende aislarse, solo defenderse de unos pocos. Conoce la historia y sabe que, al final, los habitantes de Jericó cayeron vencidos al caer su propio muro. Él no lucha en ninguna batalla contra nadie, bueno, quizás sí, contra sí mismo, se prepara para ser y estar feliz.  

Desde lo alto de la torre principal se puede ver cómo van llegando.  Los que chocan, los que no pueden avanzar, dan vueltas sin saber alrededor del muro. Gritan, chillan, patalean.

También están los otros. Quizás sean lo menos. Pero están. Los ve y los espera. 

En ese grupo Josué te ha colocado. Tú lo sabes. Él puede ver como te apartas del bullicio para que nadie te vea. Con cariño, con cuidado, tal y como sabes hacerlo, haces tocar la trompeta y el muro se abre. Lo hace sólo para tí. Te permite entrar, pues eres de esas personas que valen la pena. Las que aportan, las que a él le importan. 

Josúe te abraza. Tú recoges el calor de su cuerpo, devolviéndole el apretón. Agradeces ese beso en la frente. También le besas. Juntos más fuertes, juntos para siempre. 

Gracias por leerme.

«Si el mar fuera yo»

«Si el mar fuera yo»

Poco hablo de mi. A veces mis historias, estas que lees en esta esquina, intuyen alguno de mis rasgos o de las cosas que hago. Tanto es así que hay quien lee y siempre se pregunta si lo que escribo es real o inventado, vivido en mis propias carnes o imaginado. Sabes que nunca respondo esa consulta. Sobre este respecto estoy convencido de que cada cual debe sacar sus propias conjeturas. 

Creo que por ello, hoy hablaré de mi. Así que sí, lo de hoy puede que sea verdad.

Para empezar debes perdóname si, como dice la canción, en estas líneas me apetece compararme con el mar… Si es así, si disculpas mi atrevimiento, tú serás el cielo. De esta manera ambos seremos igual de azules. 

No puedo mentirte, soy como el mar, calmo o bravío.

Me conoces bien, por lo que no te extraña ver cómo hay días en los que me levanto como una ola espumosa, cargada de energía, fuerza y belleza. Otros, por el contrario, me despierto en calma, acunando al ritmo del vaivén de mis propias olas, ahora convertidas en palabras. En ambos casos, nada garantiza el final de la jornada. 

Hay días que, como todos, en los que jugamos en la orilla, o nadamos sin preocupaciones. Otros, por el contrario, me rompo chocando mis olas contra las rocas o los acantilados de la vida, de la costa. Pero somos agua, somos y soy mar. Tarde o temprano el líquido elemento vuelve a la calma, recupera su espacio y su latir. 

También lloro, a veces me ayuda. Las lágrimas se convierten en esas gotas rebosantes que salpican, que bañan el desasosiego para ocupar el espacio que otros sentimientos han dejado vacío. Pero como el fuerte oleaje también pasa.

Siempre vuelvo al mar. Me gusta buscar la calma, aún cuando está embravecido, buscar la paz en el horizonte con mi mirada, encontrarte en él. Allí estás. Siempre estás.

Sí, me gusta jugar a ser el mar, a mojarnos juntos, mecerte en mis brazos, que notes mis caricias, que me ayudes a calmar la tempestad y que estés conmigo, también en la arena, al refugio del abrazo sobre mi pecho, pues toda galerna pasa. 

Gracias por leerme.

«En una caja de fósforos»

«En una caja de fósforos»

Desde hace tiempo sospecho que tener una caja de fósforos es un bien preciado. Su utilidad no es discutible, sobre todo cuando llega la oscuridad y las cerillas que guarda se hacen necesarias para encender velas, a fin de donar esa pequeña luminosidad cálida, con la que espantar sombras y fantasmas, en las que ya empiezan a ser frías noches de invierno. 

Pero las cajas de fósforos no son todas iguales. Algunas guardan pequeños secretos. Otras grandes sorpresas.

La que yo tengo no solo acoge pequeños deseos que se activan con el rozamiento, en forma de chasquido luminoso, sino que intento conseguir que dentro de ella encienda la flama de la ilusión. La mía propia.

Mi pequeña caja de fósforos se está convirtiendo en un espacio en el que cada pequeña fogata que prende puede convertirse en un deseo distinto, en un momento de paz o en una lucha por seguir adelante, en un sueño por perseguir o una visita inesperada. Cada uno de los oníricos pensamientos que se encienden, en el que puede que me acompañes, se llenan de esperanza por conseguir la felicidad, en la que, la tranquilidad y la paz, sean la tónica reinante.

Creo que cada uno de nosotros somos una caja de fósforos, o al menos llevamos una dentro. Podemos encendernos de manera distinta, y según nos rocen, apagarnos si nos soplan adecuadamente o si la suave caricia de los dedos, pasados por un tibio beso, logra colarse en entre nuestro cuerpo y la llama que alberga.

En mi caso, vivir en una caja de fósforos, es una suerte, ya que el simple roce del estar, hace que la magia se encienda. Eso tiene sus ventajas. Es un espacio que se convierte, que se reconvierte, se transforma, se enciende o apaga según los estados de ánimos, según la visita, la música que suene, o las velas que se enciendan. En mi caso, es una burbuja, un pequeño espacio lleno de paz que aleja el ruido, permite hablar, escuchar y sentir. Sobre todo sentir.

Gracias por leerme.