«A la luz de una lumbre»

«A la luz de una lumbre»
El edificio de enfrente puede que guarde los mismos secretos que el tuyo.

Está sentado en su balcón. Las luces del salón están apagadas y en la calle no hay alumbrado público. Está totalmente a oscuras. Piensa que nadie se puede percatar de su presencia. Con su mano ahuecada tapa la llama del cigarrillo para no desvelar su presencia, truco que aprendió mientras hacía la guardias en la mili. En noches como aquellas, en las que se siente solo y abandonado, se suele acomodar allí, en la silla de brazos de la terraza, para observar el vecindario. Lo hace para sentirse acompañado, imaginando que forma parte de la vida de cada uno de ellos.

El edificio que tiene enfrente es de la misma altura que el suyo, tres plantas. Una noche más puede ver a todas las personas que allí viven. Todas tienen las luces encendidas y se muestran, como si de un programa de telerrealidad se tratara. Ellos no le ven. Algo busca.

Del bolsillo de la bata saca la ajada libreta de seguimiento. Observa, comprueba y anota metódico: 

  • Primero A: siguen trabajando en sus ordenadores, cada uno por su lado. Se odian.
  • La chica del primero B: baila, canta y disfruta, mientras se peina la cabellera y utiliza el secador como micrófono. Una posibilidad.
  • Los viejitos del segundo A: fieles a Pasapalabra, no se levantarán a preparar la cena hasta que el programa no termine. Demasiado sencillo.
  • Segundo B: Siempre hay un colgado en las comunidades, este es el de aquí. Como cada quince días, está limpiando la vitrina de su colección de Playmobil. ¡Buag!
  • Tercero A: Ahí está la parejita, serie de abdominales, después glúteos, planchas… ¡Así están! Demasiado.
  • Tercero B: Acaba de apagarse la luz. No se ve nada, salvo… ¡Sí! Veo la lumbre de su cigarro. ¿Qué hace? ¿Me observa? –Aquello le llama la atención. Deja de escribir y, escondiéndose aún más en sus sombras afina la mirada…

Sabe que está ahí, pero no logra verla. De repente la luz de esa terraza se enciende y se apaga. Apenas un par de segundos, pero le dio el tiempo para ver que ella le amenazaba con un cuchillo y le hacía el gesto de cortarle la garganta. Él se asusta, deja la libreta, se acobarda y se refugia dentro de su salón, corre las cortinas. Se sienta en su sofá tembloroso, y, aún a oscuras, llama a su psiquiatra. Acaba de descubrir que no es el único sicópata que se refugia y amenaza tras la lumbre de un cigarro. 

Gracias por leerme.

«Breve tratado: ¡se me va la pinza!, ¡se me va la pinza!, ¡se me…fue!»

«Breve tratado: ¡se me va la pinza!, ¡se me va la pinza!, ¡se me…fue!»
Volver a la calma es lo que busco.

Ya se que no te he descubierto nada nuevo. Con cierta frecuencia se me va la perola y el acelere del día a día se adueña de mi cuerpo. Comienzo a respirar aceleradamente, mi corazón aumenta de palpitaciones…, hasta que los ojos comienzan a sobresalir del cristal de mis gafas. Muchas de mis mañana son así. ¿La culpa?, el querer llegar a todo y faltarme tiempo para hacerlo. 

Pero todos andamos así, inmersos en un ritmo de vida frenético en el que hay días en los que de la lista de tareas que traía de casa no he podido hacer ninguna, porque —tal y como dice una compañera— he estado toda la mañana ejerciendo de bombero: «¡Fuego aquí!, ¡fuego allá!, maquíllate, maquíllate…» (si lo has leído cantando, es porque ya tienes una edad y tienes la cabeza tan ida como la mía. Si no entiendes la broma busca en youtube a MECANO).

Es por todo ello que, tras cantar la canción citada, decido retomar un poco las riendas y ofrecerte (-me) estos breves, tontos y por todo el mundo conocidos, consejos para aflojar el acelere e intentar evitar que no se nos vaya tanto la pinza. A ver si lo consigo.

  1. Contar hasta 10: Créeme, no se hacerlo, al menos con ese objetivo, aunque me consta que hay personas a las que les funciona. Yo no soy capaz de evadirme.
  2. Pensar en otra cosa: Esto sí. Tengo cierta facilidad para soñar así que, cuando me están dando la paliza y noto que se me va acelerando el pulso, en ocasiones, logro alcanzar el botón mute y desconecto la atención. Intentar recordar lo que me dijeron se convierte luego  en un problema, que vuelve a producirme estrés.
  3. Ser objetivo y ver las cosas con distancia: ¡claro!, pero para eso ¡¡¡hay que tomar distancia!!! El ya y el ahora, en el que estamos metidos, sobre todo desde el invento del «guasap» no ayudan mucho.
  4. Comer bien: Ya ves, en esto soy un hacha. Quizás demasiado. Reconozco que cuando ando así, perdiendo la pinza, me da por comer y, claro, eso se nota. 
  5. Salir al campo, a la playa…: Aunque y hace algún tiempo que no lo publico, no hay nada que me relaja más que salir a caminar. Sobre todo por la montaña, ya sabes, «las cabras siempre tiran pal monte». Quizás este sea el motivo por el que me parezco a «Dora, la exploradora». 
  6. Identificar las señales: Esto lo aprendemos desde la escuela de conductores, pues es un poco de lo mismo. Tenemos que aplicar lo que la vida nos enseña, lo que el día a día nos da como bagaje. 
  7. Mantener el buen humor: Fíjate tú que, por suerte, este se me agudiza. Para mi es una buena válvula de escape e intento reírme, primero de mi sombra y luego de todas las payasadas, que digo y escribo. Para muestra este botón. 

No se tú, yo intento aplicarme esta lista. En ocasiones consigo volver a la calma y en otras no. Quizás puedas darme alguno más. Si me lo permites, antes de darte la palabra, me gustaría recomendarte que tengas presente otra idea. 

Cuando haya pasado el momento crítico, cuando tus chacras estén de nuevo en su sitio y la tranquilidad se vuelva a apoderar de tu ser, no olvides felicitarte. Ten presente que lo has hecho bien, y que la próxima vez lo harás mejor. Por último, si tu problema es derivado de relaciones con otras personas, no guardes rencor: no vale la pena. Sólo conseguirás sentirte mal durante más tiempo.

Ahora sí, es tu turno: ¿Qué cosas haces para mantener o recuperar la calma? ¿Aplicas alguno de los consejos anteriores? ¿Qué otro nos recomiendas? ¡¡¡Venga, que estamos esperando!!! No me pongas de los nervios jejejeje.

Gracias por leerme. 

«Y se marchó, y a su barco le llamó…»

Un lugar dónde perderse, donde escapar, donde soñar…

Desde el rompeolas puedo ver el embate del mar. El choque del agua contra las piedras, que le impiden el paso, llama mi atención. Como fruto de la contienda se dibujan en la nada unas curiosas figuras que, utilizando la espuma, las gotas y la sal, como instrumento de pintura, saltan por el aire y desaparecen. Tanto su sonido, como el va y viene del mar hacen que me siente a disfrutar del momento, de la paz del lugar y del agolpe, cual galerna descontrolada, de mis propios pensamientos. 

Mis ideas viajan, saltan, por cada una de esas piedras que hoy protegen la costa. Entiendo que están ahí, porque han sido colocadas a fin de dar cobijo a los que nos encontramos de este lado, a los que tenemos los pies en la tierra. Con ello impedimos el azote de las olas, la invasión de la costa, la fuga de la arena…

La maresía refresca mi cara, a la vez que empaña mis gafas, retornándome a la realidad del duro e incómodo asiento en el que me encuentro. Caigo en la cuenta. La húmeda y negra escollera es metáfora de vida. 

Desde esta posición ahora la observo con otros ojos. Veo como el espigón impide la desgarradora entrada del mar, pero también imposibilita la fascinante salida de sueños y deseos de aventura. Adentrarse en el mar siempre es sinónimo de periplos emocionantes. Ahora me doy cuenta. Es hora de cambiar de perspectiva. Es el momento ideo para comenzar un reposo y cambiar el punto de vista. 

Es hora de dejar esta esquina, por lo menos hasta septiembre, y tomar un merecido descanso. Espero que tú disfrutes del tuyo y que nos volvamos a ver por aquí. 

Gracias por leerme.

P.D. Si quieres verme no mires al malecón, ya te he dicho que sentarse aquí incomoda, búscame en el mar, o en el chiringuito, por aquello de huir del solajero.

«La insidiosa»

«La insidiosa»

Él: Divorciado. Enamorado de ella.

Ella: Casada. Loca por Él. Incapaz de dejar a su marido.

Amiga: Con necesidad de cariño.

Marido: Tu amigo es guay. Me cae bien.

Ella: Quiere pasar más tiempo con Él, pero sin que su marido se entere.

Él: Necesito verte más. 

Amiga: Pues a mi me gusta. 

Ella: Los presenta.

Él: La idea le gusta.

Marido: Hacen buena pareja. (No se entera de lo que pasa.)

Ella: Me encargo.

Él: ¿Cuándo quedamos?

Amiga: ¿Una cena? ¿Los cuatro?… ¿Qué me pongo?

Ella y Marido: Los dejan solos tomando copas.

Él y Amiga: Se enrollan. 

Ella: Se pone celosa. Queda con Él.

Él y Ella: Se enrollan.

Ella: No me importa si la haces feliz. Si eres feliz.

Marido: Queden ustedes, no puedo.

Amiga: ¡Qué bien me siento! Que bueno tenerlos en casa. Ahora vengo. No tardo.

Ella y Él: Se enrollan.

Todos felices, o casi.

Gracias por leerme.

«Veintitrés polvos y una barrica de vino»

«Veintitrés polvos y una barrica de vino»
Se puede debatir, hablar, contar… sobre cualquier espacio, pero hacerlo sobre una barrica, tiene su aquel.

Hay tardes que surgen de la nada, a las que se les saca un placer inesperado, con gente interesante y conversación sorprendente. O al menos eso pensaron cuando se juntaron aquellos cuatro, igual que el número de botellas de vino que podían meterse, si así se lo propusieran, entre pecho y espalda. Otra cosa sería el estado final de cada uno después de hacerlo. ¿Arreglarían el mundo? bueno, seguro que lo intentarían. 

Aquel día la velada empezó con un comentario, algo subido de todo, que derivó en un apasionado debate sobre el amor, la infidelidad, las relaciones amorosas y los tríos. 

La anfitriona, a colación del parloteo, recordó un cuento que había devorado no hacía mucho. Su lectura en voz alta fue el detonante para toda la conversación posterior.

Según su autor —lo siento pero no recuerdo su nombre—, cada persona tiene veintitrés polvos que echar en toda la vida. En el último te mueres. Por eso los protagonistas de ese lugar imaginario guardan celibato y practicaban la abstinencia como norma general. Al menos hasta encontrar a la persona que consideran ideal, y así hacer el amor para morir juntos. ¡Ilusos!, ¿y si la parte contraria ya ha tenido dos, tres, doce, o veintidós relaciones anteriores?

Hoy te propongo que abramos el mismo debate, así, ¡a palo seco!: ¿Qué te parece la idea? ¿veintitrés polvos? ¿Alguna explicación para ese número tan concreto? ¿Todos con la misma persona? ¿Cuentan cada uno de ellos o se refiere solo a aquellos polvos que, de una manera u otra, te han marcado? En este sentido ¿cuántos has echado?, ¿cuántos te quedan?, ¿alguna noche libre?  —jejeje, por si cuela—. Supongamos que llevas años con la misma pareja ¿cómo cuentas los polvos? ¿Todos ellos lo son? ¿Contarías esos entre los veintitrés que el autor propone? ¿Estarías perdiendo otras oportunidades?

Como dije al principio, arreglar el mundo es fácil, basta con sentarte, rodeado de buena gente, abrir un par de botellas de vino y empezar  a disparar a diestro y siniestro. 

En el grupo de la barrica, y los veintitrés polvos, esperamos tus respuestas.

Gracias por leerme.

«Espejito, espejito mágico»

«Espejito, espejito mágico»
Los espejos siempre encierran secretos.

Lucía siempre escuchó cuentos de brujas y hadas. Tanto fue así que consiguió su propio espejo mágico. ¡Si!, uno de esos que vive en los cuentos, que devuelve a su dueña la imagen que quiere, o la que tiene que ver, aunque en realidad…

Cada mañana, nada más levantarse, Lucía se mira, se deleita, se saluda con mucho cariño. Cada noche se sienta frente a él y comienza el ritual de cepillarse el pelo, al menos cien pasadas por cada lado, tal como le hacían a Blancanieves, o la princesa de…, da igual. Eso que tanto había visto y escuchado en los cuentos.

A su espejo le hacía sus preguntas, consultaba sus movimientos, buscaba su sueño. Por fin consiguió que un chico se convirtiera en su pretendiente. Parecía el típico príncipe azul: atractivo, trabajador, con futuro, simpático, hacendoso…

Ella lo fue engatusando. Las armas de mujer eran su especialidad y, cada mañana y cada tarde, recargaba sus energías contemplándose en aquel espejo, que le devolvía las instrucciones necesarias para poder tejer la fina tela de araña con que atraparlo. 

Los días pasaban con sosiego. Ella conseguía quedar con él un día, para después dejarlo olvidado durante cinco, escribir un mensaje alentador al sexto y… Era una auténtica experta en el arte del enamoramiento.

El día llegó. Él no dejaba de pensar en ella y de aquella propuesta de cena que sin duda se presentaba como la culminación de la fase de enamoramiento en la que estaban viviendo para, a partir de aquel día, empezar una auténtica relación. 

La invitación era en casa de ella. Él tenía que llevar el vino y, según las propias palabras de Lucía, ella lo ponía todo, incluso el postre. Esto último se lo dijo usando un tono lujurioso.

Cuando llegó a su casa cumplió con el protocolo. En todo momento se comportó como el caballero que era. Sirvió el vino, degustó de la sabrosa cena que Lucía le había preparado. Ella se insinuó y con pequeños juegos y artimañas lo llevó hasta su habitación. 

Tras el primer beso, las constantes carantoñas y abrazos, Lucía descubrió que había olvidado tapar su espejo mágico y, como ocurre en todos los cuentos, este devolvió su verdadera imagen. 

El chico se percató enseguida y, como si de una cenicienta se tratara, salió corriendo de la casa, al descubrir que, en realidad, su tan apreciada lucía, era una víbora dispuesta a todo por conseguirlo. 

Logró escapar de sus brazos, sabe que no le convenía mantener esa relación con ella, pero, aún en día, la sigue añorando, no ha logrado olvidarla, ni saber dónde perdió uno de sus zapatos. 

Gracias por leerme. 

«Breve tratado: ¡Somos una panda de borregos —y borregas—!»

«Breve tratado: ¡somos una panda de borregos —y borregas—!»
En muchas ocasiones nos comportamos como estos animales. Allí donde nos indican vamos…

Esta misma mañana, mientras iba en el coche escuchando las noticias, me acordaba de la canción de Chino Bayo, Así me gusta a mi (esta si, esta no)pinchando aquí podrás escucharla—. Recordaba como, tan solo hace unos años, en cuanto sonaba esta música y letra incomprensible, todos saltábamos en los bares o las terrazas de verano, para repetir, como borregos, y como pudiéramos la letra. No importa lo que dice, si es que dice algo, no importaba nada, es un tema pegadizo y ahí que íbamos. 

Ahora, aunque sin música, veo que pasa un poco igual. Si reflexionas un poco verás que, en muchas ocasiones nos estamos comportando como auténticos borregos —y borregas— en nuestro día a día. Veamos unas cuántas creencias que nos hacen ser así:

  1. Creer que todos nuestros problemas se deben a que algo o alguien las provoca. No reflexionamos, no calibramos nuestros actos y no admitimos que nuestras acciones traen consecuencias.
  2. Relacionada con la anterior, creemos que nuestros problemas se van a resolver por una intervención divina, o cuando algo o alguien decida que es el momento de que se resuelva.  Son aquellas personas que se quedan a la espera, rezando, deseando…, no actuando.
  3. Criticamos a otros, por el hecho de que realizan actividades, comienzan negocios, aventuras, viajes… Pero tu te quedas en casa sentado —o sentada—. Si esas personas fallan usamos la típica frase de: lo ves, ya lo decía yo. Si les va bien: ¡qué suerte tuvo, pero…!
  4. Borregos —o borregas— son aquellos que consumen gran cantidad de tele basura. Ver los males de otros, los cotilleos, como venden su vida…, les alienta y refuerza sus tristes vidas ya que pueden criticar libremente al famosillo —o famosila, casposo o casposa— de turno. 
  5. Son de un partido político concreto, leen un periódico concreto, una radio en concreto y claro, creen todo lo que dicen los representantes de sus siglas sin contrastar, sin leer, sin buscar, por muy asombroso que parezca, que aquello que están escuchando es verdad o mentira.

Seguro que hay más, ahora te dejo que compartas algún ejemplo, pero, para completar el círculo, que empezaba con lo que esta mañana escuchaba en la radio, mientras me venía esa canción a la cabeza, me identifiqué como un borrego.

Piensa un poco. Hace un poco nos vacunaban, después no. Antes era solo para los menores de 55 años, ahora mejor para los mayores de 60. Ayer nos vacunaban, hoy no… 

Ya te digo, ¡como borregos vamos! Y todos cantando esa cancioncita: 

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano. 

Cuéntame, ¿cómo lo ves? ¿Consideras que nos hemos vuelto unos borregos —y borregas—? ¿En qué otras situaciones podemos identificarlos?

Gracias por leerme.  

«No me dejas dormir»

Yo solo quería dormir

No se qué es lo que te pasa pero acabas de despertarme. Te noto intranquila, nerviosa, dando muchas vueltas, tirando del edredón, creo que hasta hablas en sueños. Tranquila, no pasa nada. Voy un momento al baño y regreso. Enseguida te acurruco. Intentaremos retomar los brazos del bueno de Morfeo en un momento. 

Los minutos pasan y me doy cuenta de que no hay manera. Sigues despierta y no me dejas dormir. Mantienes los pies fríos y lo que es peor, por mucho que intento apretar mi cuerpo contra el tuyo, para darte calor, vas huyendo y separándote poco a poco de mi. El frio que ahora mismo sientes también me molesta. ¿Por qué me destapas? Así no hay manera de que podamos calentarnos. Así no hay manera de volver a conciliar el sueño. 

Abro los ojos. Veo los tuyos. ¿Por qué me miras? Me sorprendes. Estás radiante. Eres preciosa. El resplandor de tus ojos es casi cegador, con tus grandes pupilas llenas de luz y con la mirada fija en mi. Aún así quiero que me dejes descansar. Lo intento. No lo consigo.

Esto no puede funcionar así. ¿No tienes sueño? Yo me muero de ganas por volver a dormir ¿Quieres decirme algo? La verdad es que yo no tengo ganas de hablar. Me gustaría poder darme la vuelta, cerrar los ojos y recuperar aquel sueño que hasta hace un momento me arrullaba. 

Los minutos pasan. No contestas mis preguntas pero parece que te has dado cuenta. Ahora eres tú la que se acerca. Siento tu aliento en mi cuello, pero en vez de notar el cálido vaho del deseo noto un escalofrío. Me has vuelto a destapar. ¿Por qué? ¡Estate quieta! 

Recoloco el edredón en su sitio. Me acurruco asiendo la almohada con fuerza, como si de un ancla se tratara y tu la marea que quiere llevarme a la deriva.

Parece que tu voz me ronronea, que me canta, ¿me acunas? Por fin me entiendes. Ahora te pones de mi lado. Poco a poco eres consciente de que estas no son horas. De que por mucho que quieras brillar en la noche, y velar por mis suelos, debes hacerlo en silencio, dejándome tranquilo. Me has incordiado, me has desvelado un buen rato, aún así sabes que me gusta verte, que agradezco este rato de tu compañía. ¡Que bella eres Luna llena! Ya me duermo.

Gracias por leerme. 

«Lo que la conciencia esconde»

«Lo que la conciencia esconde»
Hay sofás que son como las conciencias de sus dueños.

Walter es un tipo que no ha tenido mucha suerte en su vida. Puede presumir de eso y de tener la sana costumbre de intentar ayudar siempre a los demás. No importa lo que ello suponga.

Hay días —quizás sean la mayoría— que se sienta en su nuevo sofá, botellín de cerveza en mano y camisa desabrochada, para permitir que su panza se dilate, a esperar que la vida pase. Cuando bebe más de tres cervezas seguidas —también la mayoría de las veces—, suele protestar por los trenes que ha dejado pasar y que le hubiera gustado coger. Ya no hay vuelta atrás. Su conciencia siempre ha mandado.

Su sofá nuevo es como esa vida que ahora disfruta. Lo compró barato, de segunda mano, por su atractiva apariencia, pero empieza a notar lo incómodo que es. Sobre todo el lado en el que ya lleva rato sentado. Intenta ahuecar es cojín. Hay algo en él que le resulta extraño.

No tiene nada mejor que hacer así que, aprovechando que tiene las pequeñas tijeras cortaúñas sobre la mesita de centro, se afana en ir descosiendo el hilo. No le cuesta mucho trabajo. Aquel sofá debe tener más de treinta años y tanto la tela como las puntadas que las unen están bastante pasadas.

No cabe en sí. 

De dentro del incómodo cojín hacen su aparición un sinfín de billetes. La risa nerviosa hace que se atragante con el último buche de cerveza que le dio al botellín. No puede creer lo que esta viendo. Dando saltos de alegría tropieza con la caja de pizza que esta tirada en el suelo, pisa la pequeña punta curva de la tijera, que con la emoción había dejado caer al suelo, y trastrabilla con tan mala suerte que se golpea la sien con la esquina de la mesa. Queda inconsciente.

Se despierta a media tarde. Lo único que recuerda es la voz de su conciencia. Así no puede vivir tranquilo. Mientras contempla el dinero, abre otra cerveza, aprovechando que se la pone en la frente para que el frío baje la hinchazón. Una pena. Sabe que si se lo queda no dormirá tranquilo. Llama a la tienda.

Gracias por leerme.

PD. Este cuento está basado en una historia real que un día escuché en la radio. Como otras llamó mi atención y la anoté en la lista de historias estrambóticas, a la espera de ser escrita. Hoy ha salido esto, quizás mañana escribiría otra cosa. Si quieres más información, si quieres conocer el final de la verdadera historia, puedes consultarla aquí.

«El planazo de don Carnal»

Planazo el de don Carnal
Este es don Carnal.

Lo normal era que don Carnal aprovechara el momento para hacer de las suyas. Invitar a la lujuria, el desenfreno y el pecado, nunca fue tan fácil como en el momento actual. Las redes sociales juegan un interesante papel de apoyo logístico en todo ello y el se maneja bastante bien en esas lides. Pero don Carnal esta semana está un poco de capa caída. 

Vive en un cuarto piso de un edificio bastante normal, de una calle céntrica. Desde su ventana contempla un amplio abanico de actividades y, lo que es mejor, sin ser visto. 

D. Carnal observa la salida del colegio. Niños y niñas salen sonrientes con sus sencillos disfraces. El coronavirus parece que da una tregua y los centros escolares programan pequeñas y muy controladas fiestas de disfraces, marcadas por el uso de las mascarillas, los hidrogeles, los grupos burbuja…

Gira su cabeza y observa la estampa que se vive al otro lado de la calle. El bar de la esquina, el que abre el camino para acceder a la calle peatonal llena de establecimientos, es otro cantar. Desde su casa se escuchan los gritos y el soniquete de la famosa canción de Celia Cruz ¡Azúcar!, ¡no hay cama pá tanta gente! Hay personas en la calle, muchos con peluca, otros con disfraces. Unos pocos bailan y brindan con copas en las manos, mientras las mascarillas protegen del frío inexistente sus gargantas. D. Carnal niega con la cabeza.

Él no entiende mucho de todo esto que está pasando, pero, sin duda, hay algo que no le cuadra en su estrafalaria cabeza. Decide que es momento de averiguarlo.

El primer disfraz que encuentra en la maleta que guarda baja la cama es uno de vieja. Se lo pone, pañuelo negro por la cabeza incluido, y sale a la calle. Decide mantener la mascarilla tapando su boca, con eso se ahorra el maquillaje, y el afeitado que estos días está con la piel sensible. No pierde tiempo, se dirige a la zona de bares.

Luces azules alumbran toda la calle. Por un momento pensó que los propietarios de los bares se habían venido arriba y el Carnaval recobraba su color. No era así.

Varios furgones de la Policía Nacional entran por extremos contrarios de la calle. Acotan el lugar e impiden la huida de los ciudadanos. Todo aquel que está bailando, sin mascarilla…, es identificado y sancionado. D. Carnal, que siempre ha presumido de tener buenos disfraces, quizás por su condición de agente provocador de estas fiestas, pasa por entre ellos. No lo reconocen. Algunos agentes, convencidos de la edad del personaje que ahora representan, incluso lo protegen y ayudan a salir de allí. Sin demora vuelve a su casa y entiende que este no es el año. Decidido, se vuelve a imbuir en el pijama, se sirve una copa de su Irlandés preferido y se enchufa a una serie. ¡Planazo de Carnaval! ¿Cuál es el tuyo?

Gracias por leerme.