«Perdido en tu cuerpo»

Estoy seguro de que he calculado bien tus medidas, pero ahora que tengo tu cuerpo delante, y tus voluptuosas curvas al alcance de mis manos y de mis labios, veo que en algún momento he fallado. No importa. Me gustas así, con la sinuosidad de tu cuerpo.

Los botones de tu camisa, a punto de estallar, resisten. Ya no se si lo que quiero es abrocharlos, desabrocharlos o rasgarlos para que salten por los aires y permitan escapar tus senos de esa prisión en la que se me antoja que se ha convertido la blusa. 

Me aferro a tu cuerpo. Me acerco a tu cuello y huelo ese perfume que te han puesto hoy. Según dicen atrae mucho. A mi no me hace falta ninguna fórmula química para sentirme atrapado a tu lado. Así, tal cual, ya me gustas, pero es cierto que tiene un aroma que…

De igual manera, tu boca aún mantiene el carmín fresco. Sin duda es de buena marca y los que más entienden de esto dicen que es perfecto para la ocasión. Lástima que no lo hayas elegido tú. 

Tus zapatos veraniegos, el estampado de la falda y los encajes de la camisa, combinan a la perfección con el bolso y demás complementos escogidos. ¿Entiendes ahora el motivo por el que no puedo quitarte los ojos de encima? Me siento a tu lado. Te contemplo.

Mis manos buscan una excusa y recorren otra vez tu cuerpo, alisando cada uno de los pequeños pliegues que se marcan en tu ropa. Te ayudo a sentarte bien en ese incómodo taburete y te abro las piernas. Una vez más no puedo resistirme a recorrer con la yema de mis dedos el interior de tus muslos, con la excusa de abrir ligeramente la falda por su abertura y permitir que el viandante contemple el carnoso color de tu piel de plástico. En ocasiones ser escaparatista, y trabajar preparando maniquíes tras el cristal que otros miran, esconde un peligroso fetichismo.

Gracias por leerme.

«Unas entradas para el teatro»

Parece que el dicho “El que espera, desespera”, se está cumpliendo. 

Mi amiga Ana lleva días con un par de entradas compradas para el teatro, esperando hasta encontrar un buen momento para invitar a Marcos a que la acompañe.

En realidad hace más de una semana que no habla con él y no sabe qué hacer. Ella desearía que él le mandase un mensaje, para así poder encontrar la excusa de hablarle e invitarlo. 

“¿Por qué no me ha escrito, si la última vez que hablamos, quedamos en que lo haría?”, me pregunta con desazón esperando a que yo le dé una respuesta que evidentemente no tengo.

Yo le insisto en que se lance y que dé el primer paso, aunque estoy convencido de que no se atreverá. Ella es de las que cree que debe ser él quien la ronde, “¡¿Qué va a pensar?!”, me comenta sorprendida cuando le traslado mi propuesta. Aún así noto que lo piensa. 

Por lo que percibo creo que lo que le gustaría es que la invitación a acompañarla fuera algo disimulado, que surgiera de una conversación normal, sin aparente objetivo, como sin querer, para así poder aparentar lo que en realidad no es: que se muere de ganas de estar con él, que está desesperada por tener algo más que una simple conversación o una simple cita para ir al teatro, que quiere algo más que un rollete.

Pues aquí está, con las entradas del teatro en las manos, impaciente, golpeando con ellas sobre la mesa, esperando con impaciencia esa llamada que parece que no llega y con unas ganas locas de demostrar que son una excusa para poder tener una noche distinta. Una noche en el teatro o…

Gracias por leerme.

«Poder hablar»

«Poder hablar»

Hay momentos en los que uno debe saber cuándo es buen momento para callarse. Hay otros en los que hay que responder. Luis lo sabía. Por eso, cuando Claudia lo había convocado para  tomar un café acudió extrañado a la cita, pues sabía que no era muy normal la insistencia de ella por quedar. Tenían una conversación pendiente y sospechaba que ella había decidido que ese era el momento para acometerla.

Tras un rato de hablar sobre temas banales, Claudia atacó. Comenzó a echarle en cara sus más que plausibles intenciones de mantener relaciones con Clara, su amiga. 

Luis intentó hablar, exponer su postura, su forma de ver lo ocurrido. No pudo. Fue entonces cuando decidió callar. Aguantó los argumentos basados en frases sacadas de contexto, en suposiciones, en comparaciones…, pues sabía que de nada servía que él narrara el porqué de aquellas palabras o aquellos comentarios, pues ella ya había tomado partido y había acudido a aquella cita para desahogarse y contar lo que le estaba molestando. 

A Luis le dolió cuando Claudia le dijo que ahora dudaba de las cosas que tiempo atrás él le había dicho. Todas habían sido sinceras y, sin que ella lo supiera, aún tenían plena validez, pues sus sentimientos, pese al tiempo transcurrido, en nada habían cambiado. 

Se quedó con las ganas de decirle que el intento de relación con Clara no tenía los visos y la oscura intencionalidad que ella le estaba dando. Se quedó con las ganas de comentarle que la única pasión que tenía era ella y que, Clara, aunque sonara mal, era solo una excusa para poder acercarse más a ella.

Por esos derroteros fue el café que Luis se tomó conmigo. Descargó, me contó lo que no puedo contarle a Claudia y me soltó las cosas que no se atrevió a narrarle a ella. Quizás lo hizo para desahogarse pero creo que él quiso que yo lo contará. Espero que puedan volver a hablar. 

Gracias por leerme.

«Tomar un buen café caliente»

El café me gusta tomarlo caliente como a las…

El café me gusta solo, caliente y amargo. Hay quién dice que así mismo es la vida. Quien piensa de esta manera, no siempre acierta.

El pequeño apartamento en el que ahora vive tiene grandes ventajas. Si le preguntas a él, sin duda te dará dos: Se limpia fácilmente y dispone de una fantástica terraza en la que se sienta todos los días a disfrutar de un buen café. Lo hace como yo: solo, caliente y amargo, como la vida misma. 

Aquel día, se disponía a desayunar en la terraza mientras se ponía al día con lo ocurrido en el mundo leyendo Twitter. El timbre sonó y eso le molestó, no le gustan las tostadas frías y, por supuesto, tampoco el café.

La mirilla le devolvió una imagen que no se esperaba. La vecina rubia. 

–Perdona que te moleste. Es que he dejado las llaves de mi apartamento puestas en la cerradura, cerré sin querer y… Ya sabes, mi ex dice que es porque soy rubia.

No supe qué decir. Aquella mujer me ponía nervioso. Habíamos coincidido un par de veces en el garaje, pero como nunca uso el ascensor, apenas cruzábamos un intento de saludo con la cabeza. Otros días, la escuchaba en la terraza: hablando por teléfono, o regando las plantas, o tomando el sol… Reconozco que en alguna ocasión me subí a la silla para espiarla por encima del muro.

–Tranquila, tu eres la vecina rubia y yo el vecino colgado –comté de manera estúpida– ¿Qué quieres hacer?

–Si no te es mucha molestia, creo que podría saltar por tu balcón y así poder entrar en mi casa… Dejé la puerta abierta, salí a regar las plantas del pasillo y la corriente de aire… –su cabeza bajó y entonces me di cuenta, hasta ese momento solo me había fijado en los labios carnosos de su boca, que estaba en bikini.

Allí me quedé, embutido aún en mi pijama, con la cafetera en la mano enfriándose y con la mirada puesta en sus pechos, calentándome.

–Genial –atiné a decir– ¿Te apetece un café?

Desde ese día, siempre que podemos, nuestro gusto por el café ha cambiado. Ya no lo tomamos solos, sino juntos, ni amargo, sino acompañados de risas y carantoñas. Lo que sí que ha aumentado es lo caliente del momento.

Gracias por leerme.

«Unos churros con sorpresa»

Para una tarde como hoy, vienen bien unos churros. La sorpresa…

Llego a casa para verlo. Hoy vengo para hacerlo sonreír. Es algo más tarde de lo normal, por lo que no me extraña que no abra la puerta. Normalmente compartimos un café, en lo que Juana, la señora que lo cuida por la mañana, termina de recoger y se marcha; pero hoy se me ha hecho tarde. No pasa nada estará durmiendo. Si hay algo que en todos estos años hemos aprendido es a respetar que, para él, como lo era para ella, la siesta después de comer es imperdonable. 

Entro sigiloso. Miro hacia el salón y puedo verlo en su posición natural, despatarrado en el sillón. Mantiene la cabeza ladeada, apoyada en el orejero, su cara seria, quizás más de lo habitual. Una manta le cubre los pies para que no coja frío. Me gusta verlo así, relajado, sobre todo pensando el día que es hoy.

Vengo dispuesto a celebrarlo. Ella siempre lo hacía y, como sé que esta mañana se lo nombró a Juana, he decidido hacer algo parecido a lo que ella le preparaba. Una merienda con churros.

Sí, sé que no sabes qué estoy contando, pero esta pareja se conoció precisamente así, en una merienda con churros, hace más de cincuenta años. Ella, cada aniversario, se los preparaba, era su manera de recordar y festejar tantos años de compañía, precariedades…, felicidad. Pero ella ya no está. No quiero que pase este día sin sus recuerdos, su celebración y, por supuesto, sus churros. 

Lo tengo todo preparado. En cuanto vea la bandeja de churros echará una gran sonrisa. Aún duerme así que, cuidadoso para no sobresaltarlo, me acerco. Tiene la cabeza cambiada de posición y en la cara ahora le luce un brillo especial, distinto al habitual, no parece el refunfuñón en el que se había convertido en los últimos meses, desde que ella… 

Le toco suavemente el hombro. Veo que entre sus manos hay una foto de ella. Lo llamo. No contesta. Ahora entiendo su sonrisa. 

El sorprendido soy yo. Ahora se que ellos vuelven a estar juntos, igual que al principio, con una ronda de churros. 

Gracias por leerme. 

«En una de esas encerronas»

No es normal en mi, pero en esta ocasión decidí que podía llegar tarde a la reunión. La semana fue dura y, sinceramente, aunque tampoco es normal en mi, no me apetece nada acudir a esta fiesta. 

La anfitriona me recibe con los brazos abiertos. Siempre lo hace. Nos conocemos desde hace mucho tiempo y siempre hemos tenido una relación…, digamos muy cercana.

Al parecer su marido no está hoy. Está de viaje de trabajo y, aunque en un primer momento habían pensado suspender la velada de hoy, él insistió en que no había necesidad de hacerlo. Nos haría una videollamada en cuanto tuviera un hueco y así podríamos brindar, meternos con él llamándolo cornudo, pringado…, y toda esas cosas que se le dice a un amigo mientas uno se bebe su ginebra, se sienta en su sofá, se ríe de sus tonterías…, abraza a su mujer…

Por lo que veo ya estamos todos. Conozco a la mayoría salvo a una pareja —son los primeros en saludarme— y a dos compañeras de trabajo de mi amiga. Ella me las presenta. «Son tu tipo» —me dice al oido, como si yo tuviera un tipo de mujer definido—. Mientras esto ocurre, siento cómo su mano se desliza por mi espalda hasta darme un suave, pero seguro, pellizco en mi nalga derecha.  No es la primera vez que lo hace. De hecho… Ellas sonríen. «Así que tú eres el famoso amigo» dice la más pechugona, mientras me planta dos besos. «Ya teníamos ganas de conocerte», dice la otra acercándose a mi boca peligrosamente, para, en el último momento, «hacerme una cobra» y besarme en la mejilla, asegurándose que sus carnosos labios se posan en mi piel. 

No puedo negarlo, estoy muy sorprendido. Miro a mi amiga. Ella hace una mueca muy sexi con su boca y se marcha. Creo que acabo de caer en una gran encerrona.

Mi teoría se ve confirmada en cuanto nos sentamos en la mesa. La cena es tipo bufé, servida sobre una mesa auxiliar, mientras que, en la del comedor, ya están distribuidos, con un pequeño cartel, enlazado en la servilleta, el asiento de cada cual.

Como no, toca sentarme en el centro de las dos. Mi amiga, siempre atenta, a elegido su sitio justo enfrente de mi. «No pienso dejar que estas dos víboras abusen de ti, cariño», manifiesta mientas se sienta, asegurándose que muestra generosamente el escote de su traje. Ellas ríen. Ella estira su pie descalzo y con cara de deseo me acaricia la pernera del pantalón. 

Sin duda estoy en una encerrona y no se cómo escapar de esta. Perdón, ahora que lo pienso, no sé si quiero escapar de esta. La próxima vez tendré que hacerle más caso a mi sexto —y no a mi sexo— sentido.

Gracias por leerme. 

«La insidiosa»

«La insidiosa»

Él: Divorciado. Enamorado de ella.

Ella: Casada. Loca por Él. Incapaz de dejar a su marido.

Amiga: Con necesidad de cariño.

Marido: Tu amigo es guay. Me cae bien.

Ella: Quiere pasar más tiempo con Él, pero sin que su marido se entere.

Él: Necesito verte más. 

Amiga: Pues a mi me gusta. 

Ella: Los presenta.

Él: La idea le gusta.

Marido: Hacen buena pareja. (No se entera de lo que pasa.)

Ella: Me encargo.

Él: ¿Cuándo quedamos?

Amiga: ¿Una cena? ¿Los cuatro?… ¿Qué me pongo?

Ella y Marido: Los dejan solos tomando copas.

Él y Amiga: Se enrollan. 

Ella: Se pone celosa. Queda con Él.

Él y Ella: Se enrollan.

Ella: No me importa si la haces feliz. Si eres feliz.

Marido: Queden ustedes, no puedo.

Amiga: ¡Qué bien me siento! Que bueno tenerlos en casa. Ahora vengo. No tardo.

Ella y Él: Se enrollan.

Todos felices, o casi.

Gracias por leerme.

«La señal de la felicidad está en el meñique»

«La señal de la felicidad está en el meñique»
Ese hilo rojo que nos une, pero que a la vez nos permite movilidad.

Siento un pequeño tirón invisible en mi dedo. Noto que me buscas con tu mirada. Así que levanto la cabeza y hago lo mismo. Allí estás, mostrándome lo que, desde esta distancia, parece ser una camiseta. Alzo mi mano y la abano en señal de que me gusta.

Ahora que me desconcentré te sigo unos instantes. Tú te giras. Vuelves a mirarme. Me mandas un beso. Yo babeo mientras acaricio mi dedo meñique.

Desde que llegaste a mi vida siento que no puedo perderte de vista ni un momento. Hemos descubierto que el famoso hilo de color rojo, del que habla la tradición japonesa, une nuestros dedos meñiques y nos atrae con fuerza. 

Caminas, te pierdes entre el barullo y yo vuelvo a mi escrito.

Venimos de vidas distintas, de espacios y momentos distantes, que, por aquello de ese hilo o por una jugada del destino —me da igual como quieran llamarlo—, nos hemos unido. 

Hoy nos apetecía pasar un día diferente, aprovechar el buen tiempo, disfrutar del aire libre, de nuestra libertad, tú de tus amigas y yo de mi escritura, pero juntos. Así que aquí estoy.

Vuelvo a levantar la vista. Te observo desde la distancia, sentado en esta terraza de bar, mientras tú, y las locas de tus amigas, aprovechan el mercadillo de este hermoso pueblo para pasar un par de horas rebuscando y rebuscando, entre estand y estand de artesano del cuero, cobre, cristal, oro, plata, bronce, lana, cartón… ¡Qué se yo!, para mi la lista es interminable.

Sin duda eso te divierte. A mi no me gusta nada. Me aburre, como a ti lo hace que yo me quede aquí sentado escribiendo y leyendo estas y otras lineas. Pero así estamos, disfrutando cada uno de su espacio. Eso me encanta. El hilo que nos une, también nos deja espacio para movernos.

Lo que mas me gusta es mirarte. No me importa decírtelo. Me encanta ver cómo disfrutas probándote todos esos pendientes, argollas, anillos y pulseras; revolviendo toda esa ropa; descolocando todos esos bolsos…, para después comprar poco o nada, y hacer lo mismo en el siguiente puesto, y en el otro, y en el otro…

Me gusta que te gires, que me busques con tu mirada, que me enseñes tu meñique para indicarme que quieres un beso, que me muestres lo que vas a comprarte. Me gusta que me busques con la mirada, aunque yo no te vea, para comprobar que yo también estoy disfrutando de mi momento. Pero lo que más me gusta es cuando regresas, cuando agarras uno de mis dedos meñiques, o ambos, para pedirme que levante mi cara y así darme un beso de bienvenida. 

Gracias por leerme. 

«En el cuarto trastero»

«En el cuarto trastero»
Hay esquinas que guardan secretos.

Sabía que ella había acudido a una reunión, así que hice lo posible para poder coincidir en la escalera. Tras el abrazo inicial, y dado que no paraba de pasar gente que nos interrumpía con saludos, comentarios…, le ofrecí que me siguiera para que pudiéramos hablar más tranquilamente. 

En un primer momento nos arrimamos a la pared, alejados del paso de la gente y, en cuanto vi que ya no venía nadie, saqué la llave del trastero, que llevaba preparada en el bolsillo, y la incité a seguirme sin que otros ojos nos vieran. Ella no lo pensó y me siguió. 

—Pero bueno, ¡¿dónde me has traído?! —dijo mostrando una falsa extrañeza.

—A nuestro trastero, como podrás ver un lugar encantador —comenté levantando las manos para presentar el espacio—. ¿No querías que habláramos con tranquilidad?

—Sí, pero ¿y si viene alguien?

Con la típica sonrisa picarona que suelo poner, pasé el cerrojo interior de la puerta y mostré el llavero. Contesté a su comentario. 

—Esta es la única llave que está al alcance del personal. Nadie puede entrar. 

Ella sonrió y me dio la espalda. 

Con paso lento recorrió el habitáculo paseando las yemas de sus dedos sobre la gran mesa que tenemos colocada en el centro de la habitación. No tardó en girarse y tentarme.

—Así que aquí estaremos tranquilos. 

—Claro —contesté mientras empecé a recorrer los escasos tres pasos que nos separaban—. Ya te digo que nadie puede entrar. 

Me senté sobre la mesa mientras la miraba. Ella volvió a alejarse y se acercó a la ventana. La abrió ligeramente

—¿Hace mucho calor o me lo parece? —dijo mientras volvía hacia mi posición manteniendo su mirada. 

—Creo que la temperatura está aumentando —contesté asiéndola por la cintura y atrayéndola.

—Entonces queríamos estar a solas para… —susurró sobre mi lado izquierdo mientras acariciaba  mi pelo y su lengua recorría el lóbulo de mi oreja.

No lo pensé. La besé con todas las ganas que llevaba acumulada mientras le desprendía aquel traje.

Gracias por leerme.

«La cuenta atrás»

«La cuenta atrás»
Intentar contar para relajarse. A veces funciona. Otras no.

Llegó al portal de su edificio con desgana. Ya hacía mucho tiempo que lo hacía así. Pero también iba así a trabajar. Quedaba con sus amistades así. Vivía así. Triste.

Tras pasar el umbral de la puerta de la calle, enfiló, con mucha desolación, el tramo de escaleras que la llevaban hasta su casa. Tenía que armarse de valor para subir aquellos diez escalones y llegar por fin a casa. En ella él la esperaba. Era su cuenta atrás para cargarse de una energía que no tenía y disimular.

Probablemente ya tendría la cena hecha, la mesa puesta, seleccionada una película, o el capítulo de la serie que estaban viendo, y todo preparado para recibirla con entusiasmo. Ella mentalmente recorría los escalones de uno en uno. Eran solo diez, pero nada más verlo sabía que se le hacían eternos.

Armada de valor alzó el pie derecho y comenzó la ascensión. Uno.

A cada paso que daba tomaba aire, se transmitía tranquilidad y se iba llenando de valor. ¿Por qué le pasaba aquello? Dos. Tres. 

Sabía que contar hasta diez amansaba y calmaba la furia que a veces uno lleva dentro, que sin querer a veces sacamos y que nos impide pensar con claridad. Cuatro. Cinco. 

Aquel recorrido no servía de ayuda. Ya no lo quería. ¿Qué hacía allí? Seis. Siete. 

Sabía que no tenía ganas de estar con él, pero la costumbre… Ocho. Nueve. 

Ya eran muchos los años de casados, las cosas buenas y las malas horas vividas. ¿Dónde iba a ir ella ahora? Una vez más funcionó. Diez. 

Abrió la puerta. El olor a tortilla emanaba de la cocina. Como en muchas ocasiones, para amortiguar el olor a comida que a ella le disgustaba, había una pequeña vela encendida, aroma de vainilla, su favorita, sobre la mesa del salón. Su flama se batía suave y a media altura, síntoma inequívoco de que todo estaba en calma. Ella sintió un pequeño escalofrío.

Junto a la candela una pequeña nota: «La cena está en la cocina. Quedó buenísima. Se que hace tiempo que sufres por dentro. Se que ya no eres feliz, se que no puedo hacerte feliz. Cuídate mucho».

Se sentó de golpe. Lloró siempre. El no volvió nunca.

Gracias por leerme.