«Tan solo media luz»

Te imaginas que una luz te lleve a una historia para adulos.

Aquella luz encendida era la señal acordada. Sin hacer ruido abrí la cancela y entré. Como esperaba, la puerta de la vivienda también estaba abierta. Ella me esperaba en el umbral.

El abrazo con el que me recibió resultó cautivador, como aquellos que se daban en las películas antiguas. Hacían mucho tiempo que no nos veíamos a solas. La excusa de entregarme aquel papel era perfecta e inofensiva. La puerta se cerró.

Con la emoción del momento las llaves del coche se me cayeron al suelo y cuando me agaché para recogerlas, lo hice sin darme cuenta de que ella también lo hacía. Sin querer nos dimos un cabezazo por el que ambos caímos al suelo. Ella quedó sobre mi, con sus piernas abiertas sobre una de las mías.

Su blusa, medio abierta, mostró uno de sus pechos protegido por un precioso sujetador negro de encajes. Ella se dio cuenta de hacia dónde iba mi mirada. Lejos de apartarse sonrió y sus gruesos labios se abalanzaron sobre mi boca. No pude evitarlo.

Una de mis manos se apoderó de su pecho mientras la otra la asía por la nuca para evitar que se despegara de mi boca. Al mismo tiempo sus caderas empezaron a moverse sobre mi pierna. No costó nada desprendernos de nuestras ropas.

Allí mismo hicimos el amor. Cambiamos de posición constantemente; los dos queríamos dominar la situación y los dos queríamos ser dominados por la ocasión. Ambos jadeábamos desenfrenadamente sin poder decir una sola palabra hasta que alcanzamos el orgasmo casi a la vez. Al terminar, nos quedamos acostados sobre aquella alfombra durante unos minutos más, hasta que, por fin, reunimos las fuerzas necesarias para recuperar nuestras ropas y con ellas nuestras vidas.

Ahora cualquier excusa es buena para vernos a solas, tan solo tengo que esperar la señal, ver aquella luz encendida, para saber que está sola en casa y poder volver a abrazarla.

Gracias por leerme.

«Solo amigos, no te confundas»

Hay noches locas y noches locas. No te confundas.

Parece mentira que tras todo el tiempo que había transcurrido, aún le excite tener aquellos recuerdos.

Recordó cuando, por la fuerza del momento y la torpeza de sus temblorosos dedos, le saltó dos de los botones de aquella sensual camisa transparente; rompió el enganche del carísimo y perturbador sujetador que ella se había puesto; le rajó las fabulosas medias de rejilla, haciéndole una carrera que iba desde la cintura hasta la punta del dedo gordo; le estropeó, con sus caricias, los treinta y cinco euros de peluquería y le borró, con sus besos, los otros veinticinco de maquillaje, arruinándole así las tres horas de acicale.

Rió cuando revivió el momento en el que ella rompía la cadena, que llevaba colgada de su muñeca, al tratar de desabrocharle el apretado cinto del pantalón. Volvió a doblarse de dolor, cuando le pareció sentir de nuevo, aquel rodillazo que, sin querer, ella le había propinado en sus partes, al intentar dejarle espacio libre para que se colocara a su lado en el asiento delantero del coche. Un escalofrío recorrió su espalda cuando volvió a sentir el movimiento del coche, calle abajo, al quitarse sin querer, el freno de mano… y ellos gritando, no de pasión.

Si existen las noches locas, sin duda, aquella fue una de ellas. Menos mal que aún somos amigos y no, no te confundas, hace tiempo que no nos pasa nada de esto.

Gracias por leerme.

«Como si de la Cenicienta se tratara»

En esas ocasiones en las que la casa amanece como si de una leonera se tratara, me acuerdo de la buena de la Cenicienta, que siempre estaba hacendosa y no paraba de trabajar, limpiar y ordenar el hogar de su madrastra.

El pasado fin de semana, tras llegar cargado con la compra realizada en el supermercado y descargar en la cocina las cinco o seis bolsas grandes, las dos garrafas de agua, una de detergente para lavadora y otra de aceite tuve esa comentada sensación, sobre todo cuando miré para el fregadero y pude ver la pila de copas, vasos, calderos, sartenes…, fruto de la cena/baile acontecida la noche anterior en el salón de casa. que allí se acumulaban.

Como estaba solo nada mejor que poner un poco de rock en el equipo de música y comenzar la lidia.

En primer lugar colocar la compra; latas de atún, café, fruta, verduras… En mi cabeza retumbaba la musiquilla de mi época como maestro de Educación Infantil: “A recoger, a ordenar, cada cosita en su lugar…”

Como segunda tarea toca ordenar lavavajillas, como si de un “juego de Tetris” se tratara, en un vago intento de que quepan más cosas. Menos mal que lo tengo. ¡En marcha! Trabajo que me ahorro.

Copas de vino, agua y combinados tocan hacerlas a mano. Para ello nada mejor que colocar, tal y como me enseñó mi santa madre, un paño sobre el poyo de la cocina y así poder aumentar la zona de sacado sin peligro de choques y roturas.

La cuarta fase de la operación limpieza y orden, se inicia con los calderos y sartenes, que por aquello de no perder la capa de antiadherente, o por manía de viejo que empiezo a tener, prefiero limpiar también a mano. Todos colocados boca abajo.

Tras algo más de una hora, ya te dije que aquella cocina parecía otra cosa menos cocina, solo falta barrer, así que pillado infragante llegó el resto de la tribu, justo en el momento en que todo parecía estar terminado. ¡Que oportunos!, seguro que estaban esperando a que terminara.

Ahora el paisaje es otro. Así que nada más apagar la música que tanto colaboró en mantener el ritmo de trabajo y regresar a la cocina para regocijarme en el trabajo bien hecho, descubro dentro del fregadero, ¡y sin lavar! la cafetera que alguien dejó allí con clara intención, como diciendo: “Ceniciento, ya que estás, ¡toma!, no te creas que has terminado”. ¡Ya le vale a la madrastra!

Gracias por leerme.

«Sueño cumplido con sabor a fresa y nata»

Jugar con las fresas y nata

La cena, como cada vez que el grupo se reunía, era la algarabía que todos esperaban. Entre risas y bromas, gritos y retos, terminaron jugando con las fresas y la nata que acompañaban, a modo de decoración, los platos de los postres, activando ciertos sentimientos y miradas ya casi olvidadas. Fuera llovía. Lo hacía con ganas, así que la ronda de chupitos, que suavizaba la llegada de la cuenta, se convirtió en algo más larga de lo esperado. Uno, dos, tres…

Alguno de los asistentes, los que tenían familia en casa esperando, o el coche más cerca, se despidieron con cierta desazón, todo aparentaba que la cosa no iba a terminar ahí. Quedó la cuadrilla de siempre.

Alguien propuso ir a tomar copas a una cafetería cercana, aunque con el palo de agua que caía, era obligatorio ir en los coches. Ellos dos decidieron ir juntos. Él no había bebido casi nada y ella, según sus propias palabras, necesitaba un poco de aire. El alcohol se le había subido, un poco, a la cabeza.

A mitad del camino una llamada alertaba de que la otra mitad de los que quedaban, habían decidido retirarse. Quedaron los dos solos.

—¿Qué hacemos?, ¿dónde vamos? —consultó él.

—A mí así no me dejas. No puedo coger el coche. Necesito que se me pase un poco. Vamos donde tú quieras.

Sin tener muy claro adónde ir, giró el volante para internarse en las calles de la urbanización. A lo lejos había un descampado desde el que se divisa el paisaje, ahora velado por la constante cortina de agua. La música que sonaba en la radio parecía ir acorde al ritmo que la lluvia marcaba.

Nada más parar el motor del coche, ella, sin mediar palabra, lo aferró del cuello, atrayéndole hasta sus labios y su cuerpo. No podía contar las veces que habían soñado con aquella situación.

Gracias por leerme.

«Por un mensaje»

CARTEL DE LA AUTOPISTA

Hecha con mi móvil. CARTEL DE LA AUTOPISTA. 

Le había bastado ver la foto que él había mandado por WhatsApp, con el mensaje que aquella semana lucia el cartel de la autopista, para imaginar qué quería hacer nada más verlo. ¿Se atrevería? Sabía que él la había compartido como una broma, como una de tantas, pero ella no quería perder aquella oportunidad y, por primera vez, ser la que diera el primer paso.
Habían quedado para salir. Él pasaría a recogerla. El acuerdo era verse debajo de la puerta de su casa. Nada más llegar hizo una llamada perdida, según lo pactado, y espero. Al instante, con la excusa de ir con retraso, un mensaje de texto lo invitaba a subir.
Cuando la puerta del piso se abrió ella no se cortó. Lo miró directamente a los ojos despojándose del albornoz que cubría su cuerpo. La cara de él fue todo un poema, era para haberla grabado. Se había quedado parado. Jamás se hubiera esperado aquello. Ella tragó en seco. Jamás pensó que se atrevería ha hacer una cosa así. Con una voz tenue rompió el hielo:
—Me dijiste que si te necesitaba que…
Él no espero a que terminara la frase. Con una de sus manos la atrajo hacia sí para besarla, mientras que con la otra cerraba la puerta tras de sí. Y es que hay historias que nacen por un mensaje.
Gracias por leerme.