«Ciento cincuenta»

«Ciento cincuenta»
Un edredón con retales, como su vida.

Hay historias cortas, largas, duraderas…, y otras que tienen un número exacto. Por ejemplo ciento cincuenta. Esta es una de ellas. 

El edredón que cubre los sueños está hecho a mano. Lo hizo hace mucho tiempo su madre, con  ciento cincuenta centímetros de viejos retales de vidas pasadas, que desde entonces disfrutan de esa segunda oportunidad. Es multicolor, como la vida de sus dueños. Es abrigado, como el cuerpo de el y sedoso como la piel de ella. 

Ahora cubre una cama más larga y más ancha que la cálida tela, por lo que es utilizado, doblado a la mitad, a modo de protectora decoración. 

A la hora de dormir solo abriga uno de los cuerpos. El otro saca del armario otra manta para no tener que compartir el calor.

Hay historias que, como la de ellos, solo duran ciento cincuenta, en este caso, palabras. Las que ya no intercambian.

Gracias por leerme. 

«Al son de la música»

«Al son de la música»
En muchas ocasiones siempre hay una música que marca nuestra banda sonora.

Puntual, como suelo ser, estoy con la radio del coche encendida a la espera de que bajes. He decidido tomarme un par de minutos, para intentar de que no notes las ganas que tengo de verte, antes de hacer la llamada perdida, que habíamos convenido, para que supieras que ya estoy esperando y así bajes a mi encuentro. Después de tanto tiempo, ¡por fin!, hemos quedado para cenar.

Parado en la salida del garaje de tu edificio tengo la mirada ausente a la vez que canturreo la canción que suena en la radio. 

Al ver que ya pasan un par de minutos de la hora acordada, marco tu número —no me cuesta hacerlo, lo tengo en favoritos— y cuelgo. Ahora toca esperar. La música calma mis nervios. 

Suena aquella vieja canción de los Estopa que tan buenos recuerdos me trae. Imágenes de verano, de fiesta, de chicos y chicas disfrutando de la vida con algarabía y displicencia, como si no hubiera un mañana. Ya estamos maduros pero los recuerdos están ahí y hoy, aquella forma de ver la vida, sigue latiendo dentro de mi.

Veo que la luz de tu portal se enciende. Ya estás a punto de llegar. Me bajo del coche. ¡Tengo ganas de verte! ¿Ya lo he dicho?

Me apoyo en el coche y espero hasta que la puerta del edificio se abre. Lo primero que asoma es una pierna, pero lo hace en el preciso instante en el que suena el estribillo «Por la raja de tu falda…», como si fuera tu banda sonora. «¡Ay, mi madre!», no puedo pensar otra cosa. Mi imaginación vuela y…, se estrella. 

La que hace su aparición es la señora del cuarto, en bata, que me hace una carantoña al fijarse en cómo recojo la baba que se me había caído, al ver semejante muslamen. 

Tú vienes detrás, radiante, como siempre, con esas botas que tanto me gustan y con cara de «¿Qué te pasó?». «Entra en el coche, no tardes, que te vas a descojonar, en cuanto te lo cuente». ¡Fuerte imaginación más calenturienta la mía!

Gracias por leerme. 

«Brindis al cielo»

«Brindis al cielo»
A través de tus ojos, un brindis al cielo.

Antes de cenar le gustaba sentarse en la terraza. 

Repochada en el sillón de mimbre blanco, con las piernas estiradas y colocadas sobre la pequeña mesa de cristal a juego, disfrutaba de esos minutos que le había ganado al tiempo. Además de respirar profundamente, para encontrar un momento de tranquilidad en su ajetreada vida, le gustaba jugar con los efectos ópticos que hacía el vino al hacerlo danzar en el interior de su copa. Habían días que la usaba de prismáticos, algunos como caleidoscopio, intentando cambiar el grosor, tamaño y forma de los problemas del día. Otras veces usaba aquella copa, cargada de ese vino canario afrutado que tanto le gustaba, como un pozo sin fondo en el que intentar ahogar unas penas que sabían nadar.

El ruido del interior de la vivienda hizo que, por un momento, se distrajera de su paz. Con calma, cerró la puerta corredera quedándose fuera. El aire fresco de la noche en la cara y el gusto delicioso de los aromas de flores y frutales, enjuagados en su paladar tras un potente sorbo a aquel néctar, hizo que su corazón volara más allá de ese instante. Se descubrió sonriendo, sintiendo aquellas otras manos, ahora lejanas, jugando entre sus dedos, su cuello, sus labios, sus brazos o sus muslos.

Era feliz, no lo dudaba, pero le faltaba volver a sentir la emoción que él le suministraba. Miro al interior. Su familia se mantenía tranquila. 

Cogió el teléfono móvil y presa del deseo se dejó llevar. Mandó un mensaje pidiendo un cita. En aquel instante un rayo de luna pareció descubrir sus intenciones y le indicó un suave guiño. Como si el embrujo fuera así sellado, la respuesta no tardó en llegar. Su preciosa sonrisa recobró tensión y, brindando al cielo, se felicitó por mantener su corazón activo. Apuró la copa. Remojó sus labios y saboreó los del otro en ellos. Pronto lo haría en persona.

Con otro ánimo entró en casa y con la ilusión de volver a verlo, sirvió la cena.

Gracias por leerme.

«En diagonales opuestas»

«En diagonales opuestas»
Como piezas de un juego de ajedrez.

Como si de piezas de un juego de ajedrez se trataran, siempre aparecen erguidos, orgullos de su ser. Están colocados justo al lado de la realeza y claro, esto les hace entender que tienen una distinción de las que no gozan el resto de los miembros de la corte. 

Cada vez que tienen una oportunidad se miran en el espejo e intentan distinguirse de los demás con su altiva personalidad. Pero ambos, tanto él como ella, tienen las mismas circunstancias y el mismo problema.

Hace ya mucho tiempo que el Rey, cansado de esas actitudes, de los chismes, cuchicheos y cuentos de la corte, que ambos iban derramando por todas las esquinas, les separó sus vidas eternamente. A su Majestad le importó poco que fueran almas gemelas, que tuvieran movimientos parecidos, que estuvieran enamorados.

Ella sería la dueña del Blanco, mientras él se convertiría el señor del Negro. La condena sería eterna, inapelable.

En cumplimiento de esa sentencia mientras una se mueve, el otro tiene que esperar. No pueden verse, no pueden rozarse, da igual si sus movimientos son rápidos o lentos, distantes o cercanos, sus vidas jamás volverían a cruzarse. Aunque me consta que de reojo, siempre se observan.

Así es la vida de los alfiles, jamás se tocan, pues sus vidas son diagonalmente distintas, en diferentes colores. Como nuestra propia vida hay personas que, sabiendo que están ahí, jamás volvemos a tropezarnos con ellas. Esto es, tanto para la bueno, como para lo malo.

Gracias por leerme. 

«Si tuviera la lámpara de Aladino»

Lámpara maravillosa
Con lo fácil que sería tener una lámpara maravillosa, frotar y pedir un deseo.

Cuando Aladino encontró la lámpara maravillosa consiguió tres deseos. Con ellos quería mejorar su vida. En verdad esto no fue así. Los tres deseos le llevaban a intentar conseguir el amor de la bella hija del Sultán. «¡Qué fácil sería todo con una lámpara de esas!». pensó Alberto mientras se dirigía a los vestuarios de su gimnasio.

Nada más coger su bolso miró el teléfono. No había ningún mensaje. Recordó lo que había escrito. 

A ultima hora de la mañana había mandado un mensaje —un poco como lo hacía Aladino, pero en versión moderna—, en el que describía su deseo y ganas de volver a ver, a aquella chica que lo traía de cabeza. 

En muchas ocasiones se encontraban de casualidad, así que, en esta ocasión, y como hacía ya días que no se veían, intentó ayudar un poco al azar, contándole por dónde iba a estar, la hora a la que terminaba… No recibió un no cerrado, o quizás él no quiso entenderlo así. Toda la tarde la paso deseando que llegara el momento.

Lejos de pensar que la falta de mensaje era que se encontraría solo, en la ducha fantaseaba con que, seguramente, ella lo estaría esperando, para sorprenderlo, apoyada sobre su coche. Muchas eran las películas que había visto en las que esto sucedía así. ¿Porqué no iba a pasarle él?

Mientras caminaba hacía la salida, intentó quitarse aquella estúpida idea de la cabeza. 

Recordaba perfectamente el mensaje que había escrito. Le había dicho que pediría a las estrellas que aquel deseo de verla se le cumpliera esa misma noche.

Antes de atravesar la puerta de salida, volvió a consultar su teléfono móvil. Nada. En el fondo sabía que tras superar aquella puerta seguiría igual, solo, y tendría que marcharse a casa con las ganas de volver a verla. 

La noche despejada le ayudó a ver las estrellas. En su mente recuperó la idea que todo el día le había rondado la cabeza y pensó en la posibilidad de frotar alguna de ellas, tal y como lo haría Aladino, para conseguir su deseo.

Su coche estaba enfrente. Esperó unos minutos. «Igual se le había hecho algo tarde», pensó iluso. Nada. Volvió a mirar el móvil. Nada. Se marchó a casa. 

Desde entonces no sabe nada de ella. Nada. Quizás no deseó con la suficiente fuerza su propio deseo, o quizás eso solo funciones con una lámpara como la de Aladino.

Gracias por leerme.

«Breve tratado: Dame un beso, ¿cuál quieres?»

«Breve tratado: Dame un beso, ¿cuál quieres?»
Mil y un beso.

Son varias las ocasiones que he escrito sobre los besos. Cada una de ellas con un sentido distinto y usando un tipo de beso distinto («Por el sabor de un beso», «Cien besos en el recuerdo» o «¿Y si te como a besos?»). Estos recuerdos me llevan a tratar, con un poco más de detalle, este apasionante tema. Llámame besucón si quieres, pero a mi me gustan. A ti también.

Gracias a los besos conectamos con la otra persona, con su intimidad y con la nuestra. Hacen despertar sensaciones y sentimientos. Algunos de ellos son capaces de ponernos la piel de gallina, hacen que nuestras piernas se pongan a temblar, sentimos mariposas en el estómago, otros nos hacen perder el sentido, algunos nos llegan a lo más profundo y los hay que… ¡Uf!, esos son de película. ¡Qué ganas tengo de darte un beso!

Repasemos algunos tipos de besos:

  1. El beso en la mejilla. Sin duda el que más usamos para saludarnos. En Canarias solemos dar uno, en la península dos, en Holanda tres… Todo depende de lo que hayamos aprendido y nuestras propias costumbres.
  2. El beso en la mano. Ya muy en desuso. Se utiliza en ambientes muy formales, como de mucha educación o respeto, en actos oficiales… En el día a día ya es muy raro, aunque si vemos una película clásica, o queremos convertirnos en un gran galán…, siempre será una opción para sorprender.
  3. El beso en la frente. Creo que es la máxima expresión del respeto y admiración hacia la persona a la que se le da. Lo damos a nuestros mayores, en momentos y a personas muy especiales, de manera poco frecuente, para no hacerlos levantarse, como saludo o despedida, con mucho sentimiento.
  4. El beso al aire. Es de despedida, pero cuando esta ya se ha hecho o estamos distanciados en el espacio. Puede acompañarse de la mano, como si lo lanzases. La persona que lo recibe, además, puede simular cogerlo con su mano, y posarlo en dónde le apetezca.
  5. El pico. Es un beso en los labios, pero sin mucho contacto, sin mucha acción. Puede ser amistoso o antesala de algo más intenso. Entre amistades o familia, es señal de mucha confianza, de hermandad e incluso de atracción física.
  6. El beso esquimal. Un atractivo juego, de una acción divertida, sexual o no. Los labios no se tocan, la nariz de uno entra en contacto con la nariz de la otra persona.
  7. Con lengua. Sin duda uno de los más populares y conocidos. Centro de la pasión, de el atracción y del deseo sexual. También lo llaman beso francés. Las lenguas son las que toman el papel principal. El resto viene más tarde.
  8. El beso broche. Es apasionado, con la intención de generar deseo. Se consigue cuando uno de los dos sujeta con sus labios los de su amante, los aprisiona suavemente. Queda a la espera de provocar la verdadera explosión.
  9. En la oreja. Diseñado para estimular las zonas erógenas. Puede tratarse de un simple juego, de un preludio. Basta con pasear la punta de la lengua y…
  10. Beso en el cuello. Como pasa con el anterior, este es también considerado como afrodisíaco, preparatorio para las relaciones íntimas. Puede acabar en chupetón, y este en problema o risas entre familiares y amistades.

Me quedan muchos en el tintero, algunos más salvajes, más sensuales, más eróticos…, que otros. Como en algunas ocasiones te cedo el turno y espero tus comentarios, en esta esquina o en facebook, como prefieras. 

¿Qué beso es el que más te gusta? ¿Con cuál sueñas? ¿Dónde te gusta que te besen?…

Gracias por leerme.

P.D.: Me quedo, a la espera, con el beso que quiero darte.

«Hora de acurrucar silencios»

«Hora de acurrucar silencios»
Hay silencios que dicen mas que muchas palabras.

Cada una de ellas salió de su casa con una excusa distinta. El destino quería que aquella noche el encuentro fuera sin esperarlo, por casualidad. A veces es así como mejor salen estas cosas.

Caminaron juntas por la calle. La noche cerrada hizo bajar la temperatura por lo que las dos se aferraron al brazo cálido de la otra. 

Los coches estaban en direcciones contrarias, pero sus pies caminaron juntos. El pacto era sencillo: «Me acompañas al mío y yo te alcanzo al tuyo».

La cháchara comenzó con risas, las mismas que se traían por el camino que ya habían recorrido; y no me refiero al de la calle que acababan de caminar, sino al de los años que llevaban juntas.

Sentadas en el interior del coche las dos amigas estuvieron un rato largo hablando de sus cosas. El trabajo ocupó un pequeño espacio de tiempo, los hijos otro, pero las parejas la gran parte de la conversa; y no porque quisieran ponerlos verdes. Cada uno de ellas era distinto a la otra, pero la costumbre hacía que siempre terminaran hablando de lo mismo. La una alababa la pareja de la otra, pero al final ninguna estaba segura de querer cambiarla.

Ella, no importa cual de las dos, comenzó a llorar. Ella, la otra, la atrae con dulzura hasta sus brazos. La aferra. La acurruca, protegida con cariño entre sus brazos. La deja que llore. Sabe perfectamente, pues le ha pasado en alguna ocasión, que hay palabras y sentimientos que no salen, que son como fuegos internos que queman, pero que taponan las vías, y que ahogan, y que duelen, y que no se sabe cuándo o cómo van a salir. Ahora necesita llorar. No le apetece contarlo.

Ella, la otra, no pregunta. Sabe que aún no es el momento de ser contado. Recuerda lo que, según dicen, una vez dijo Gabriel García Marquez. Decide cumplirlo. «Y si un día no tienes ganas de hablar con nadie, llámame, estaremos en silencio.»

Gracias por leerme.

«El recrujir de la madera»

El recrujir de la madera.
Uno de los mejores sitios para vivir y contar historias.

Soy consciente de la primera vez que me senté en este banco. En aquella ocasión me restrepé sobre las duras bandas de madera que lo conforman a la espera de que, según decían las lenguas, alguien llegara. Parece mentira, treinta años después he vuelto y te recuerdo al crujir la madera.

Por aquellos entonces, los chicos y chicas de nuestra edad, contaban que sentarse en un banco de La Rambla, dejando libre el de enfrente, era buena manera de ligar. Supuestamente era una señal. Si alguien pasaba y le gustabas se sentaba en él y ahí podía empezar todo.

Aquel día decidí probar suerte. Yo estaba solo, entretenido con un paquete de pipas. Tu y tus tres amigas, enfilaron el paso de peatones, atravesaron el asfalto a la carrera y fueron directas, por el centro de la amplia acera que caracteriza esta vía, hacia donde yo estaba. Mis sentidos se pusieron en alerta. Apenas tuve tiempo de mirarlas a las cuatro. Tus ojos me apresaron.

Una de tus amigas se sentó fugaz, entre risas y bromas. Tú, con la excusa de que llegaban tarde, le ordenaste levantarse y, de soslayo, giraste la cara para sonreírme. Supe que serías mía.

Han pasado muchos años. Estuvimos juntos una temporada hasta que el destino giró nuestras vidas. La magia del banco hizo su efecto y hoy, como digo, he vuelto a sentarme en él.

Al percibir cierto revuelo, mis anhelos me abandonan y la mirada supera nuestro banco, atraviesa la calle y te veo salir. El banco cruje al levantarme.

En esta ocasión otras maderas rodean tu cuerpo y a mi solo me queda el recuerdo de esa primera vez que te vi. Hoy será última. Te vas abrazada por tu caja de pino. Tu sonrisa quedará conmigo.

«Con tres palabras»

«Con tres palabras»
Hay gestos o palabras que pueden cambiarlo todo.

Él pensaba que no había momento más especial que aquel. Tres gestos, tres palabras, lo cambiaron todo. 

La tenía a su lado, mirándola profundamente, deseando besarla con pasión. Ella no se lo permitía. 

La conversación era fluida, privada y cómplice siendo estos los factores que hacían que aquellos momentos fueran únicos. 

Ella dio un paso. Estiró su mano derecha para acariciar suavemente la cabeza de él. Mientras lo hacía continuó hablando. El ronroneó como un gato.

De nuevo ella tomó la iniciativa. Lo atrajo hacia su lado hasta lograr situar su boca junto a la oreja.  Sus labios susurraron anhelos, mientras la lengua húmeda le erizaba todo el vello al deslizarse por los pliegues. Él se dejó hacer. 

La mano derecha de la chica continuó empeñada en la caricia perpetua del pelo, mientras, la otra, comenzó un suave recorrido hacia la entrepierna. Ahora sí que el viaje, a lo más profundo del deseo, estaba iniciado. 

Los jadeos de ambos se entremezclaron. La excitación fue en aumento. Las manos del chico, que hasta el momento temblaban al no esperar aquella reacción, comenzaron su propia búsqueda. 

El cuerpo de ella comenzó a dejarse tocar. Las manos de él, ahora algo más firmes, encontraron el suave tacto de la seda que conformaba la ropa interior.

Ella seguía jugando con su lengua y él correspondía de igual manera. Ahora los dos cuerpos palpitaban al unísono, con espasmos que buscaban el placer.

Las manos continuaron su trabajo, soltaron botones, corchetes, eliminaron sedas y camisas… Al fin las dos bocas se encontraron y, por fin, sus lenguas pudieron explorar los cuerpos que hasta ese momento habían quedados vetados por la amenaza de la llegada del amanecer que siempre les devolvía a sus distintas realidades.

La historia estaba ahí, escrita para ella, leída para él, con el claro compromiso del respeto mutuo y de repetirla.

Cuando pudieran, y este ya es otro sueño, sería en un hotel, con cama grande y sábanas blancas y, quien sabe, quizás con algo de champán extra con el que poder engañar momentáneamente las vidas paralelas y la salida del sol.

Gracias por leerme.

«Tu escote apresa mi mirada»

«Tu escote apresa mi mirada»
Hay escotes pensados para…

La llamada de la directora del colegio de mi hijo me extrañó mucho. Me citaba en su despacho para, según dejó dicho en el buzón de voz, `tratar asuntos relacionados con su educación´. ¿Qué habría ocurrido? Jamás me había llamado para una reunión así, aunque sí que, en muchas ocasiones, me había reunido con ella, ya que tengo la costumbre de colaborar con el cole en diversas actividades, nos habíamos tomado algún café en el bar de la esquina, compartido unas bromas en el hall de la entrada…

La reunión era para aquella misma tarde. Por supuesto, aplacé todas las citas que tenía y acudí.

La puerta de acceso estaba cerrada. La aporreé con los nudillos. Al momento apareció su silueta tras la puerta acristalada. No pude evitar fijarme en su escote por el que, sin duda, me gustaría perderme. `Que bien le queda ese vestido de flores´, pensé.

Abrió la puerta con una amplia sonrisa.

—Perdona, estoy sola en el cole y…, bueno, me da miedo tener la puerta abierta. 

Su saludo vino acompañado de dos besos y un agradable abrazo.

—Pasa, que ganas tenía de verte —dijo mientras volvía a girar la llave para cerrar la puerta.

Aquella frase hizo que un cosquilleo recorriera todo mi cuerpo erizándome los vellos. 

—Pues si te digo la verdad, yo también, además me parece muy erótico esto de que la directora del cole me llame a su despacho —contesté mientras giré para mirarla a la cara. Mis ojos volvieron a su escote—, y más si eres tú.

Se quedó parada. Ella no esperaba aquella respuesta. Yo tampoco. Simplemente salió de mi boca. Mis manos también fueron por su cuenta. La cogieron por la cintura. Ella no apartó ni un solo momento sus ojos. Facilitó el acercamiento. 

El primer beso fue despacio, dubitativo, con ternura, apenas un leve roce de labios. Nada que ver con los siguientes. La pasión nos llevó a golpearnos de pared en pared mientras ella nos dirigía, a trompicones, hacia el sofá de la sala de espera. Nuestras manos no daban a basto para recorrer cada centímetro del cuerpo contrario al que, con tanto ánimo, nos habíamos aferrado. Su boca era ardiente, su lengua húmeda, su escote… Por fin me perdí en él.

Gracias por leerme.