«En diagonales opuestas»

«En diagonales opuestas»
Como piezas de un juego de ajedrez.

Como si de piezas de un juego de ajedrez se trataran, siempre aparecen erguidos, orgullos de su ser. Están colocados justo al lado de la realeza y claro, esto les hace entender que tienen una distinción de las que no gozan el resto de los miembros de la corte. 

Cada vez que tienen una oportunidad se miran en el espejo e intentan distinguirse de los demás con su altiva personalidad. Pero ambos, tanto él como ella, tienen las mismas circunstancias y el mismo problema.

Hace ya mucho tiempo que el Rey, cansado de esas actitudes, de los chismes, cuchicheos y cuentos de la corte, que ambos iban derramando por todas las esquinas, les separó sus vidas eternamente. A su Majestad le importó poco que fueran almas gemelas, que tuvieran movimientos parecidos, que estuvieran enamorados.

Ella sería la dueña del Blanco, mientras él se convertiría el señor del Negro. La condena sería eterna, inapelable.

En cumplimiento de esa sentencia mientras una se mueve, el otro tiene que esperar. No pueden verse, no pueden rozarse, da igual si sus movimientos son rápidos o lentos, distantes o cercanos, sus vidas jamás volverían a cruzarse. Aunque me consta que de reojo, siempre se observan.

Así es la vida de los alfiles, jamás se tocan, pues sus vidas son diagonalmente distintas, en diferentes colores. Como nuestra propia vida hay personas que, sabiendo que están ahí, jamás volvemos a tropezarnos con ellas. Esto es, tanto para la bueno, como para lo malo.

Gracias por leerme. 

«Si tuviera la lámpara de Aladino»

Lámpara maravillosa
Con lo fácil que sería tener una lámpara maravillosa, frotar y pedir un deseo.

Cuando Aladino encontró la lámpara maravillosa consiguió tres deseos. Con ellos quería mejorar su vida. En verdad esto no fue así. Los tres deseos le llevaban a intentar conseguir el amor de la bella hija del Sultán. «¡Qué fácil sería todo con una lámpara de esas!». pensó Alberto mientras se dirigía a los vestuarios de su gimnasio.

Nada más coger su bolso miró el teléfono. No había ningún mensaje. Recordó lo que había escrito. 

A ultima hora de la mañana había mandado un mensaje —un poco como lo hacía Aladino, pero en versión moderna—, en el que describía su deseo y ganas de volver a ver, a aquella chica que lo traía de cabeza. 

En muchas ocasiones se encontraban de casualidad, así que, en esta ocasión, y como hacía ya días que no se veían, intentó ayudar un poco al azar, contándole por dónde iba a estar, la hora a la que terminaba… No recibió un no cerrado, o quizás él no quiso entenderlo así. Toda la tarde la paso deseando que llegara el momento.

Lejos de pensar que la falta de mensaje era que se encontraría solo, en la ducha fantaseaba con que, seguramente, ella lo estaría esperando, para sorprenderlo, apoyada sobre su coche. Muchas eran las películas que había visto en las que esto sucedía así. ¿Porqué no iba a pasarle él?

Mientras caminaba hacía la salida, intentó quitarse aquella estúpida idea de la cabeza. 

Recordaba perfectamente el mensaje que había escrito. Le había dicho que pediría a las estrellas que aquel deseo de verla se le cumpliera esa misma noche.

Antes de atravesar la puerta de salida, volvió a consultar su teléfono móvil. Nada. En el fondo sabía que tras superar aquella puerta seguiría igual, solo, y tendría que marcharse a casa con las ganas de volver a verla. 

La noche despejada le ayudó a ver las estrellas. En su mente recuperó la idea que todo el día le había rondado la cabeza y pensó en la posibilidad de frotar alguna de ellas, tal y como lo haría Aladino, para conseguir su deseo.

Su coche estaba enfrente. Esperó unos minutos. «Igual se le había hecho algo tarde», pensó iluso. Nada. Volvió a mirar el móvil. Nada. Se marchó a casa. 

Desde entonces no sabe nada de ella. Nada. Quizás no deseó con la suficiente fuerza su propio deseo, o quizás eso solo funciones con una lámpara como la de Aladino.

Gracias por leerme.

«Breve tratado: Dame un beso, ¿cuál quieres?»

«Breve tratado: Dame un beso, ¿cuál quieres?»
Mil y un beso.

Son varias las ocasiones que he escrito sobre los besos. Cada una de ellas con un sentido distinto y usando un tipo de beso distinto («Por el sabor de un beso», «Cien besos en el recuerdo» o «¿Y si te como a besos?»). Estos recuerdos me llevan a tratar, con un poco más de detalle, este apasionante tema. Llámame besucón si quieres, pero a mi me gustan. A ti también.

Gracias a los besos conectamos con la otra persona, con su intimidad y con la nuestra. Hacen despertar sensaciones y sentimientos. Algunos de ellos son capaces de ponernos la piel de gallina, hacen que nuestras piernas se pongan a temblar, sentimos mariposas en el estómago, otros nos hacen perder el sentido, algunos nos llegan a lo más profundo y los hay que… ¡Uf!, esos son de película. ¡Qué ganas tengo de darte un beso!

Repasemos algunos tipos de besos:

  1. El beso en la mejilla. Sin duda el que más usamos para saludarnos. En Canarias solemos dar uno, en la península dos, en Holanda tres… Todo depende de lo que hayamos aprendido y nuestras propias costumbres.
  2. El beso en la mano. Ya muy en desuso. Se utiliza en ambientes muy formales, como de mucha educación o respeto, en actos oficiales… En el día a día ya es muy raro, aunque si vemos una película clásica, o queremos convertirnos en un gran galán…, siempre será una opción para sorprender.
  3. El beso en la frente. Creo que es la máxima expresión del respeto y admiración hacia la persona a la que se le da. Lo damos a nuestros mayores, en momentos y a personas muy especiales, de manera poco frecuente, para no hacerlos levantarse, como saludo o despedida, con mucho sentimiento.
  4. El beso al aire. Es de despedida, pero cuando esta ya se ha hecho o estamos distanciados en el espacio. Puede acompañarse de la mano, como si lo lanzases. La persona que lo recibe, además, puede simular cogerlo con su mano, y posarlo en dónde le apetezca.
  5. El pico. Es un beso en los labios, pero sin mucho contacto, sin mucha acción. Puede ser amistoso o antesala de algo más intenso. Entre amistades o familia, es señal de mucha confianza, de hermandad e incluso de atracción física.
  6. El beso esquimal. Un atractivo juego, de una acción divertida, sexual o no. Los labios no se tocan, la nariz de uno entra en contacto con la nariz de la otra persona.
  7. Con lengua. Sin duda uno de los más populares y conocidos. Centro de la pasión, de el atracción y del deseo sexual. También lo llaman beso francés. Las lenguas son las que toman el papel principal. El resto viene más tarde.
  8. El beso broche. Es apasionado, con la intención de generar deseo. Se consigue cuando uno de los dos sujeta con sus labios los de su amante, los aprisiona suavemente. Queda a la espera de provocar la verdadera explosión.
  9. En la oreja. Diseñado para estimular las zonas erógenas. Puede tratarse de un simple juego, de un preludio. Basta con pasear la punta de la lengua y…
  10. Beso en el cuello. Como pasa con el anterior, este es también considerado como afrodisíaco, preparatorio para las relaciones íntimas. Puede acabar en chupetón, y este en problema o risas entre familiares y amistades.

Me quedan muchos en el tintero, algunos más salvajes, más sensuales, más eróticos…, que otros. Como en algunas ocasiones te cedo el turno y espero tus comentarios, en esta esquina o en facebook, como prefieras. 

¿Qué beso es el que más te gusta? ¿Con cuál sueñas? ¿Dónde te gusta que te besen?…

Gracias por leerme.

P.D.: Me quedo, a la espera, con el beso que quiero darte.

«Hora de acurrucar silencios»

«Hora de acurrucar silencios»
Hay silencios que dicen mas que muchas palabras.

Cada una de ellas salió de su casa con una excusa distinta. El destino quería que aquella noche el encuentro fuera sin esperarlo, por casualidad. A veces es así como mejor salen estas cosas.

Caminaron juntas por la calle. La noche cerrada hizo bajar la temperatura por lo que las dos se aferraron al brazo cálido de la otra. 

Los coches estaban en direcciones contrarias, pero sus pies caminaron juntos. El pacto era sencillo: «Me acompañas al mío y yo te alcanzo al tuyo».

La cháchara comenzó con risas, las mismas que se traían por el camino que ya habían recorrido; y no me refiero al de la calle que acababan de caminar, sino al de los años que llevaban juntas.

Sentadas en el interior del coche las dos amigas estuvieron un rato largo hablando de sus cosas. El trabajo ocupó un pequeño espacio de tiempo, los hijos otro, pero las parejas la gran parte de la conversa; y no porque quisieran ponerlos verdes. Cada uno de ellas era distinto a la otra, pero la costumbre hacía que siempre terminaran hablando de lo mismo. La una alababa la pareja de la otra, pero al final ninguna estaba segura de querer cambiarla.

Ella, no importa cual de las dos, comenzó a llorar. Ella, la otra, la atrae con dulzura hasta sus brazos. La aferra. La acurruca, protegida con cariño entre sus brazos. La deja que llore. Sabe perfectamente, pues le ha pasado en alguna ocasión, que hay palabras y sentimientos que no salen, que son como fuegos internos que queman, pero que taponan las vías, y que ahogan, y que duelen, y que no se sabe cuándo o cómo van a salir. Ahora necesita llorar. No le apetece contarlo.

Ella, la otra, no pregunta. Sabe que aún no es el momento de ser contado. Recuerda lo que, según dicen, una vez dijo Gabriel García Marquez. Decide cumplirlo. «Y si un día no tienes ganas de hablar con nadie, llámame, estaremos en silencio.»

Gracias por leerme.

«El recrujir de la madera»

El recrujir de la madera.
Uno de los mejores sitios para vivir y contar historias.

Soy consciente de la primera vez que me senté en este banco. En aquella ocasión me restrepé sobre las duras bandas de madera que lo conforman a la espera de que, según decían las lenguas, alguien llegara. Parece mentira, treinta años después he vuelto y te recuerdo al crujir la madera.

Por aquellos entonces, los chicos y chicas de nuestra edad, contaban que sentarse en un banco de La Rambla, dejando libre el de enfrente, era buena manera de ligar. Supuestamente era una señal. Si alguien pasaba y le gustabas se sentaba en él y ahí podía empezar todo.

Aquel día decidí probar suerte. Yo estaba solo, entretenido con un paquete de pipas. Tu y tus tres amigas, enfilaron el paso de peatones, atravesaron el asfalto a la carrera y fueron directas, por el centro de la amplia acera que caracteriza esta vía, hacia donde yo estaba. Mis sentidos se pusieron en alerta. Apenas tuve tiempo de mirarlas a las cuatro. Tus ojos me apresaron.

Una de tus amigas se sentó fugaz, entre risas y bromas. Tú, con la excusa de que llegaban tarde, le ordenaste levantarse y, de soslayo, giraste la cara para sonreírme. Supe que serías mía.

Han pasado muchos años. Estuvimos juntos una temporada hasta que el destino giró nuestras vidas. La magia del banco hizo su efecto y hoy, como digo, he vuelto a sentarme en él.

Al percibir cierto revuelo, mis anhelos me abandonan y la mirada supera nuestro banco, atraviesa la calle y te veo salir. El banco cruje al levantarme.

En esta ocasión otras maderas rodean tu cuerpo y a mi solo me queda el recuerdo de esa primera vez que te vi. Hoy será última. Te vas abrazada por tu caja de pino. Tu sonrisa quedará conmigo.

«Con tres palabras»

«Con tres palabras»
Hay gestos o palabras que pueden cambiarlo todo.

Él pensaba que no había momento más especial que aquel. Tres gestos, tres palabras, lo cambiaron todo. 

La tenía a su lado, mirándola profundamente, deseando besarla con pasión. Ella no se lo permitía. 

La conversación era fluida, privada y cómplice siendo estos los factores que hacían que aquellos momentos fueran únicos. 

Ella dio un paso. Estiró su mano derecha para acariciar suavemente la cabeza de él. Mientras lo hacía continuó hablando. El ronroneó como un gato.

De nuevo ella tomó la iniciativa. Lo atrajo hacia su lado hasta lograr situar su boca junto a la oreja.  Sus labios susurraron anhelos, mientras la lengua húmeda le erizaba todo el vello al deslizarse por los pliegues. Él se dejó hacer. 

La mano derecha de la chica continuó empeñada en la caricia perpetua del pelo, mientras, la otra, comenzó un suave recorrido hacia la entrepierna. Ahora sí que el viaje, a lo más profundo del deseo, estaba iniciado. 

Los jadeos de ambos se entremezclaron. La excitación fue en aumento. Las manos del chico, que hasta el momento temblaban al no esperar aquella reacción, comenzaron su propia búsqueda. 

El cuerpo de ella comenzó a dejarse tocar. Las manos de él, ahora algo más firmes, encontraron el suave tacto de la seda que conformaba la ropa interior.

Ella seguía jugando con su lengua y él correspondía de igual manera. Ahora los dos cuerpos palpitaban al unísono, con espasmos que buscaban el placer.

Las manos continuaron su trabajo, soltaron botones, corchetes, eliminaron sedas y camisas… Al fin las dos bocas se encontraron y, por fin, sus lenguas pudieron explorar los cuerpos que hasta ese momento habían quedados vetados por la amenaza de la llegada del amanecer que siempre les devolvía a sus distintas realidades.

La historia estaba ahí, escrita para ella, leída para él, con el claro compromiso del respeto mutuo y de repetirla.

Cuando pudieran, y este ya es otro sueño, sería en un hotel, con cama grande y sábanas blancas y, quien sabe, quizás con algo de champán extra con el que poder engañar momentáneamente las vidas paralelas y la salida del sol.

Gracias por leerme.

«Tu escote apresa mi mirada»

«Tu escote apresa mi mirada»
Hay escotes pensados para…

La llamada de la directora del colegio de mi hijo me extrañó mucho. Me citaba en su despacho para, según dejó dicho en el buzón de voz, `tratar asuntos relacionados con su educación´. ¿Qué habría ocurrido? Jamás me había llamado para una reunión así, aunque sí que, en muchas ocasiones, me había reunido con ella, ya que tengo la costumbre de colaborar con el cole en diversas actividades, nos habíamos tomado algún café en el bar de la esquina, compartido unas bromas en el hall de la entrada…

La reunión era para aquella misma tarde. Por supuesto, aplacé todas las citas que tenía y acudí.

La puerta de acceso estaba cerrada. La aporreé con los nudillos. Al momento apareció su silueta tras la puerta acristalada. No pude evitar fijarme en su escote por el que, sin duda, me gustaría perderme. `Que bien le queda ese vestido de flores´, pensé.

Abrió la puerta con una amplia sonrisa.

—Perdona, estoy sola en el cole y…, bueno, me da miedo tener la puerta abierta. 

Su saludo vino acompañado de dos besos y un agradable abrazo.

—Pasa, que ganas tenía de verte —dijo mientras volvía a girar la llave para cerrar la puerta.

Aquella frase hizo que un cosquilleo recorriera todo mi cuerpo erizándome los vellos. 

—Pues si te digo la verdad, yo también, además me parece muy erótico esto de que la directora del cole me llame a su despacho —contesté mientras giré para mirarla a la cara. Mis ojos volvieron a su escote—, y más si eres tú.

Se quedó parada. Ella no esperaba aquella respuesta. Yo tampoco. Simplemente salió de mi boca. Mis manos también fueron por su cuenta. La cogieron por la cintura. Ella no apartó ni un solo momento sus ojos. Facilitó el acercamiento. 

El primer beso fue despacio, dubitativo, con ternura, apenas un leve roce de labios. Nada que ver con los siguientes. La pasión nos llevó a golpearnos de pared en pared mientras ella nos dirigía, a trompicones, hacia el sofá de la sala de espera. Nuestras manos no daban a basto para recorrer cada centímetro del cuerpo contrario al que, con tanto ánimo, nos habíamos aferrado. Su boca era ardiente, su lengua húmeda, su escote… Por fin me perdí en él.

Gracias por leerme. 

«Distancia social o de cómo separarnos en el espacio»

«Distancia social o de cómo separarnos en el espacio»
Parece aquel bolero: Debemos separarnos, no me preguntes más…

Desde pequeño siempre escuché el concepto de distancia. Del primero que tengo recuerdos, aunque muy probablemente no lo entendí, es que la distancia entre dos puntos equivale a la longitud del segmento de recta que los une, expresado numéricamente. Distancia entre dos puntos. Dados dos puntos cualesquiera A(x1,y1), B(x2,y2), definimos la distancia entre ellos, d(A,B), como la longitud del segmento que los separa.

Ya pasados los dieciocho años, aprendí el significado de la distancia de seguridad entre vehículos en el sentido de considerarla como una separación protectora vital para evitar una colisión por alcance. ¿Te acuerdas? En esas clases nos indicaban que para evitar un accidente por alcance son necesarios, al menos, dos segundos de diferencia entre vehículos. Para calcular esa distancia necesaria de separación nos bastaba con aplicar una fórmula que consistía en ir pronunciando ‘1101, 1102…’ respecto a un punto fijo en la vía. Pero había que tener mucho cuidado pues dos segundos pueden ser insuficientes ante frenadas muy fuertes, con mal tiempo o con el asfalto mojado. Otra distancia que es difícil de calcular.

En estos días, nos toca volver a aprender de distancias. En este caso de distancia social, entendiendo por esta la que nos separa físicamente, a fin de evitar, en la medida de lo posible, el contagio por COVID´19. 

¡Vaya!, por lo que entiendo, en esta ocasión, en realidad no se habla de una medida física, una distancia entre dos puntos, se hace más hincapié en un alejamiento corpóreo de unos con otros.

Aunque nos dicen de dos metros de separación, lo que en realidad, nos están pidiendo, al menos en esta fase, que no nos toquemos, que evitemos abrazarnos, que no nos besemos…,, con lo que nos gusta. 

Pues en esa estamos, respetando la distancia social a la espera de poder darte ese achuchón que tanto te he prometido y del que tantas ganas tengo. ¿En qué fase podemos?

Gracias por leerme. 

«Con la esperanza de recordarte»

«Con la esperanza de recordarte»
Historia escrita

Aquellas hojas, que ahora volaban hacía un lugar desconocido, eran el fiel reflejo de toda su vida.  Contaban su historia.

Llevaba tiempo acariciándolas, alimentándolas palabra a palabra, mimándolas frase a frase, construyéndolas una a una. Eran su proyecto final. Una pomposa despedida que, sin duda, darían mucho que hablar, pues serían el recuerdo perpetuo de un trabajo bien hecho.

Había pasado muchas horas en vela componiendo cada párrafo, cada recuerdo, antes de que estos se desvanecieran por culpa de la enfermedad que hacía tiempo le rondaba. O por los efectos secundarios de los potentes fármacos que tomaba.

Quería terminar aquel último libro con la narración de un gran amor, una historia inacabada. Pero la poderosa niebla de la enfermedad ya bloqueaba su conciencia. 

Sus hijos siempre le habían recomendado abandonar el páramo, volver a la civilización, donde seguro encontraría el apoyo y la ayuda de los seres queridos.

Él, ermitaño convencido, se había negado. Necesitaba pasar a solas, escribiendo sus memorias, aquella historia en concreto, y cuidando del huerto, aquellos últimos meses que le habían dado antes de… 

Trastabilló de la manera más tonta. Había olvidado atarse los zapatos, aquella nubes grises que se formaban en su mente, le hacían olvidar muchas cosas.

Los folios impresos con toda la historia escrita, volaron por los aires.

El golpe contra la piedra fue sonoro. Se mantuvo un rato consciente en el suelo, impávido, viendo volar las páginas, imaginándolas libres.

Antes de cerrar los ojos para siempre, recordó su aroma, el suave tacto de su piel, la delicadeza de su voz,  su preciosa sonrisa, sus hermosos ojos…, lo que sentía por ella.

Esperanza, esa era la palabra que faltaba para concluir la historia y que ya no encontraría. El nombre selló sus ojos para siempre.

Gracias por leerme. 

«El abrazo que consuela»

«El abrazo que consuela»
¿Me das uno de esos?

Soñar con un abrazo es solo eso, un sueño. Pero, ¿a que es un sueño bonito sentir que puedes estrechar entre tus brazos a esa persona a la que deseas? 

Así estaba él, en un sueño, deseando que llegara ese momento que oníricamente tanta veces había repetido. Quizás enviarle un mensaje lo propiciaría.

Por suerte los abrazos están para darlos, y para recibirlos. Se sabe, en los casos en los que los abrazos son sinceros, y, por lo tanto, dados con cariño, con deseo, son el mejor reconfortante que se puede recibir de otra persona.

Abrazos los hay de muchos tipos —quizás en otra ocasión podamos enumerarlos con detenimiento—, incluso los hay no físicos: son los dados con una mirada insinuadora, con una sonrisa, un gesto cómplice…, o con una conversación que cala en lo más profundo. 

Aquella chiquita, como a él le gustaba llamarla, sabía dar ese tipo de abrazos. Y así él lo recibió.

Quizás por la lejanía, por el tiempo sin verse, aquella conversación supo a uno de esos achuchones que hacen tambalear, sin querer, los cimientos y convertir el paso firme en delicadas huellas marcadas sobre arenas movedizas.

Lo que tuvieron fue un bonito momento, una conversación, que llevaba a mezclar las risas cómplices, las preguntas temerosas, las respuestas cortadas…, con las ganas de verse, de darse, por fin, ese otro tipo de abrazo, el físico, el que les diga la verdad, el que les confirme cómplices para siempre.

Ambos lo alargan en el tiempo. Cada uno a su manera, buscando su propia excusa, su verdadero y rotundo argumento, para alejar el momento, el esperado y a la vez temido reencuentro, porque  ambos saben que tienen un café pendiente, por no llamarlo amor.

Gracias por leerme.