«La insidiosa»

«La insidiosa»

Él: Divorciado. Enamorado de ella.

Ella: Casada. Loca por Él. Incapaz de dejar a su marido.

Amiga: Con necesidad de cariño.

Marido: Tu amigo es guay. Me cae bien.

Ella: Quiere pasar más tiempo con Él, pero sin que su marido se entere.

Él: Necesito verte más. 

Amiga: Pues a mi me gusta. 

Ella: Los presenta.

Él: La idea le gusta.

Marido: Hacen buena pareja. (No se entera de lo que pasa.)

Ella: Me encargo.

Él: ¿Cuándo quedamos?

Amiga: ¿Una cena? ¿Los cuatro?… ¿Qué me pongo?

Ella y Marido: Los dejan solos tomando copas.

Él y Amiga: Se enrollan. 

Ella: Se pone celosa. Queda con Él.

Él y Ella: Se enrollan.

Ella: No me importa si la haces feliz. Si eres feliz.

Marido: Queden ustedes, no puedo.

Amiga: ¡Qué bien me siento! Que bueno tenerlos en casa. Ahora vengo. No tardo.

Ella y Él: Se enrollan.

Todos felices, o casi.

Gracias por leerme.

«La señal de la felicidad está en el meñique»

«La señal de la felicidad está en el meñique»
Ese hilo rojo que nos une, pero que a la vez nos permite movilidad.

Siento un pequeño tirón invisible en mi dedo. Noto que me buscas con tu mirada. Así que levanto la cabeza y hago lo mismo. Allí estás, mostrándome lo que, desde esta distancia, parece ser una camiseta. Alzo mi mano y la abano en señal de que me gusta.

Ahora que me desconcentré te sigo unos instantes. Tú te giras. Vuelves a mirarme. Me mandas un beso. Yo babeo mientras acaricio mi dedo meñique.

Desde que llegaste a mi vida siento que no puedo perderte de vista ni un momento. Hemos descubierto que el famoso hilo de color rojo, del que habla la tradición japonesa, une nuestros dedos meñiques y nos atrae con fuerza. 

Caminas, te pierdes entre el barullo y yo vuelvo a mi escrito.

Venimos de vidas distintas, de espacios y momentos distantes, que, por aquello de ese hilo o por una jugada del destino —me da igual como quieran llamarlo—, nos hemos unido. 

Hoy nos apetecía pasar un día diferente, aprovechar el buen tiempo, disfrutar del aire libre, de nuestra libertad, tú de tus amigas y yo de mi escritura, pero juntos. Así que aquí estoy.

Vuelvo a levantar la vista. Te observo desde la distancia, sentado en esta terraza de bar, mientras tú, y las locas de tus amigas, aprovechan el mercadillo de este hermoso pueblo para pasar un par de horas rebuscando y rebuscando, entre estand y estand de artesano del cuero, cobre, cristal, oro, plata, bronce, lana, cartón… ¡Qué se yo!, para mi la lista es interminable.

Sin duda eso te divierte. A mi no me gusta nada. Me aburre, como a ti lo hace que yo me quede aquí sentado escribiendo y leyendo estas y otras lineas. Pero así estamos, disfrutando cada uno de su espacio. Eso me encanta. El hilo que nos une, también nos deja espacio para movernos.

Lo que mas me gusta es mirarte. No me importa decírtelo. Me encanta ver cómo disfrutas probándote todos esos pendientes, argollas, anillos y pulseras; revolviendo toda esa ropa; descolocando todos esos bolsos…, para después comprar poco o nada, y hacer lo mismo en el siguiente puesto, y en el otro, y en el otro…

Me gusta que te gires, que me busques con tu mirada, que me enseñes tu meñique para indicarme que quieres un beso, que me muestres lo que vas a comprarte. Me gusta que me busques con la mirada, aunque yo no te vea, para comprobar que yo también estoy disfrutando de mi momento. Pero lo que más me gusta es cuando regresas, cuando agarras uno de mis dedos meñiques, o ambos, para pedirme que levante mi cara y así darme un beso de bienvenida. 

Gracias por leerme. 

«En el cuarto trastero»

«En el cuarto trastero»
Hay esquinas que guardan secretos.

Sabía que ella había acudido a una reunión, así que hice lo posible para poder coincidir en la escalera. Tras el abrazo inicial, y dado que no paraba de pasar gente que nos interrumpía con saludos, comentarios…, le ofrecí que me siguiera para que pudiéramos hablar más tranquilamente. 

En un primer momento nos arrimamos a la pared, alejados del paso de la gente y, en cuanto vi que ya no venía nadie, saqué la llave del trastero, que llevaba preparada en el bolsillo, y la incité a seguirme sin que otros ojos nos vieran. Ella no lo pensó y me siguió. 

—Pero bueno, ¡¿dónde me has traído?! —dijo mostrando una falsa extrañeza.

—A nuestro trastero, como podrás ver un lugar encantador —comenté levantando las manos para presentar el espacio—. ¿No querías que habláramos con tranquilidad?

—Sí, pero ¿y si viene alguien?

Con la típica sonrisa picarona que suelo poner, pasé el cerrojo interior de la puerta y mostré el llavero. Contesté a su comentario. 

—Esta es la única llave que está al alcance del personal. Nadie puede entrar. 

Ella sonrió y me dio la espalda. 

Con paso lento recorrió el habitáculo paseando las yemas de sus dedos sobre la gran mesa que tenemos colocada en el centro de la habitación. No tardó en girarse y tentarme.

—Así que aquí estaremos tranquilos. 

—Claro —contesté mientras empecé a recorrer los escasos tres pasos que nos separaban—. Ya te digo que nadie puede entrar. 

Me senté sobre la mesa mientras la miraba. Ella volvió a alejarse y se acercó a la ventana. La abrió ligeramente

—¿Hace mucho calor o me lo parece? —dijo mientras volvía hacia mi posición manteniendo su mirada. 

—Creo que la temperatura está aumentando —contesté asiéndola por la cintura y atrayéndola.

—Entonces queríamos estar a solas para… —susurró sobre mi lado izquierdo mientras acariciaba  mi pelo y su lengua recorría el lóbulo de mi oreja.

No lo pensé. La besé con todas las ganas que llevaba acumulada mientras le desprendía aquel traje.

Gracias por leerme.

«La cuenta atrás»

«La cuenta atrás»
Intentar contar para relajarse. A veces funciona. Otras no.

Llegó al portal de su edificio con desgana. Ya hacía mucho tiempo que lo hacía así. Pero también iba así a trabajar. Quedaba con sus amistades así. Vivía así. Triste.

Tras pasar el umbral de la puerta de la calle, enfiló, con mucha desolación, el tramo de escaleras que la llevaban hasta su casa. Tenía que armarse de valor para subir aquellos diez escalones y llegar por fin a casa. En ella él la esperaba. Era su cuenta atrás para cargarse de una energía que no tenía y disimular.

Probablemente ya tendría la cena hecha, la mesa puesta, seleccionada una película, o el capítulo de la serie que estaban viendo, y todo preparado para recibirla con entusiasmo. Ella mentalmente recorría los escalones de uno en uno. Eran solo diez, pero nada más verlo sabía que se le hacían eternos.

Armada de valor alzó el pie derecho y comenzó la ascensión. Uno.

A cada paso que daba tomaba aire, se transmitía tranquilidad y se iba llenando de valor. ¿Por qué le pasaba aquello? Dos. Tres. 

Sabía que contar hasta diez amansaba y calmaba la furia que a veces uno lleva dentro, que sin querer a veces sacamos y que nos impide pensar con claridad. Cuatro. Cinco. 

Aquel recorrido no servía de ayuda. Ya no lo quería. ¿Qué hacía allí? Seis. Siete. 

Sabía que no tenía ganas de estar con él, pero la costumbre… Ocho. Nueve. 

Ya eran muchos los años de casados, las cosas buenas y las malas horas vividas. ¿Dónde iba a ir ella ahora? Una vez más funcionó. Diez. 

Abrió la puerta. El olor a tortilla emanaba de la cocina. Como en muchas ocasiones, para amortiguar el olor a comida que a ella le disgustaba, había una pequeña vela encendida, aroma de vainilla, su favorita, sobre la mesa del salón. Su flama se batía suave y a media altura, síntoma inequívoco de que todo estaba en calma. Ella sintió un pequeño escalofrío.

Junto a la candela una pequeña nota: «La cena está en la cocina. Quedó buenísima. Se que hace tiempo que sufres por dentro. Se que ya no eres feliz, se que no puedo hacerte feliz. Cuídate mucho».

Se sentó de golpe. Lloró siempre. El no volvió nunca.

Gracias por leerme. 

«Ciento cincuenta»

«Ciento cincuenta»
Un edredón con retales, como su vida.

Hay historias cortas, largas, duraderas…, y otras que tienen un número exacto. Por ejemplo ciento cincuenta. Esta es una de ellas. 

El edredón que cubre los sueños está hecho a mano. Lo hizo hace mucho tiempo su madre, con  ciento cincuenta centímetros de viejos retales de vidas pasadas, que desde entonces disfrutan de esa segunda oportunidad. Es multicolor, como la vida de sus dueños. Es abrigado, como el cuerpo de el y sedoso como la piel de ella. 

Ahora cubre una cama más larga y más ancha que la cálida tela, por lo que es utilizado, doblado a la mitad, a modo de protectora decoración. 

A la hora de dormir solo abriga uno de los cuerpos. El otro saca del armario otra manta para no tener que compartir el calor.

Hay historias que, como la de ellos, solo duran ciento cincuenta, en este caso, palabras. Las que ya no intercambian.

Gracias por leerme. 

«Al son de la música»

«Al son de la música»
En muchas ocasiones siempre hay una música que marca nuestra banda sonora.

Puntual, como suelo ser, estoy con la radio del coche encendida a la espera de que bajes. He decidido tomarme un par de minutos, para intentar de que no notes las ganas que tengo de verte, antes de hacer la llamada perdida, que habíamos convenido, para que supieras que ya estoy esperando y así bajes a mi encuentro. Después de tanto tiempo, ¡por fin!, hemos quedado para cenar.

Parado en la salida del garaje de tu edificio tengo la mirada ausente a la vez que canturreo la canción que suena en la radio. 

Al ver que ya pasan un par de minutos de la hora acordada, marco tu número —no me cuesta hacerlo, lo tengo en favoritos— y cuelgo. Ahora toca esperar. La música calma mis nervios. 

Suena aquella vieja canción de los Estopa que tan buenos recuerdos me trae. Imágenes de verano, de fiesta, de chicos y chicas disfrutando de la vida con algarabía y displicencia, como si no hubiera un mañana. Ya estamos maduros pero los recuerdos están ahí y hoy, aquella forma de ver la vida, sigue latiendo dentro de mi.

Veo que la luz de tu portal se enciende. Ya estás a punto de llegar. Me bajo del coche. ¡Tengo ganas de verte! ¿Ya lo he dicho?

Me apoyo en el coche y espero hasta que la puerta del edificio se abre. Lo primero que asoma es una pierna, pero lo hace en el preciso instante en el que suena el estribillo «Por la raja de tu falda…», como si fuera tu banda sonora. «¡Ay, mi madre!», no puedo pensar otra cosa. Mi imaginación vuela y…, se estrella. 

La que hace su aparición es la señora del cuarto, en bata, que me hace una carantoña al fijarse en cómo recojo la baba que se me había caído, al ver semejante muslamen. 

Tú vienes detrás, radiante, como siempre, con esas botas que tanto me gustan y con cara de «¿Qué te pasó?». «Entra en el coche, no tardes, que te vas a descojonar, en cuanto te lo cuente». ¡Fuerte imaginación más calenturienta la mía!

Gracias por leerme. 

«Brindis al cielo»

«Brindis al cielo»
A través de tus ojos, un brindis al cielo.

Antes de cenar le gustaba sentarse en la terraza. 

Repochada en el sillón de mimbre blanco, con las piernas estiradas y colocadas sobre la pequeña mesa de cristal a juego, disfrutaba de esos minutos que le había ganado al tiempo. Además de respirar profundamente, para encontrar un momento de tranquilidad en su ajetreada vida, le gustaba jugar con los efectos ópticos que hacía el vino al hacerlo danzar en el interior de su copa. Habían días que la usaba de prismáticos, algunos como caleidoscopio, intentando cambiar el grosor, tamaño y forma de los problemas del día. Otras veces usaba aquella copa, cargada de ese vino canario afrutado que tanto le gustaba, como un pozo sin fondo en el que intentar ahogar unas penas que sabían nadar.

El ruido del interior de la vivienda hizo que, por un momento, se distrajera de su paz. Con calma, cerró la puerta corredera quedándose fuera. El aire fresco de la noche en la cara y el gusto delicioso de los aromas de flores y frutales, enjuagados en su paladar tras un potente sorbo a aquel néctar, hizo que su corazón volara más allá de ese instante. Se descubrió sonriendo, sintiendo aquellas otras manos, ahora lejanas, jugando entre sus dedos, su cuello, sus labios, sus brazos o sus muslos.

Era feliz, no lo dudaba, pero le faltaba volver a sentir la emoción que él le suministraba. Miro al interior. Su familia se mantenía tranquila. 

Cogió el teléfono móvil y presa del deseo se dejó llevar. Mandó un mensaje pidiendo un cita. En aquel instante un rayo de luna pareció descubrir sus intenciones y le indicó un suave guiño. Como si el embrujo fuera así sellado, la respuesta no tardó en llegar. Su preciosa sonrisa recobró tensión y, brindando al cielo, se felicitó por mantener su corazón activo. Apuró la copa. Remojó sus labios y saboreó los del otro en ellos. Pronto lo haría en persona.

Con otro ánimo entró en casa y con la ilusión de volver a verlo, sirvió la cena.

Gracias por leerme.

«En diagonales opuestas»

«En diagonales opuestas»
Como piezas de un juego de ajedrez.

Como si de piezas de un juego de ajedrez se trataran, siempre aparecen erguidos, orgullos de su ser. Están colocados justo al lado de la realeza y claro, esto les hace entender que tienen una distinción de las que no gozan el resto de los miembros de la corte. 

Cada vez que tienen una oportunidad se miran en el espejo e intentan distinguirse de los demás con su altiva personalidad. Pero ambos, tanto él como ella, tienen las mismas circunstancias y el mismo problema.

Hace ya mucho tiempo que el Rey, cansado de esas actitudes, de los chismes, cuchicheos y cuentos de la corte, que ambos iban derramando por todas las esquinas, les separó sus vidas eternamente. A su Majestad le importó poco que fueran almas gemelas, que tuvieran movimientos parecidos, que estuvieran enamorados.

Ella sería la dueña del Blanco, mientras él se convertiría el señor del Negro. La condena sería eterna, inapelable.

En cumplimiento de esa sentencia mientras una se mueve, el otro tiene que esperar. No pueden verse, no pueden rozarse, da igual si sus movimientos son rápidos o lentos, distantes o cercanos, sus vidas jamás volverían a cruzarse. Aunque me consta que de reojo, siempre se observan.

Así es la vida de los alfiles, jamás se tocan, pues sus vidas son diagonalmente distintas, en diferentes colores. Como nuestra propia vida hay personas que, sabiendo que están ahí, jamás volvemos a tropezarnos con ellas. Esto es, tanto para la bueno, como para lo malo.

Gracias por leerme. 

«Si tuviera la lámpara de Aladino»

Lámpara maravillosa
Con lo fácil que sería tener una lámpara maravillosa, frotar y pedir un deseo.

Cuando Aladino encontró la lámpara maravillosa consiguió tres deseos. Con ellos quería mejorar su vida. En verdad esto no fue así. Los tres deseos le llevaban a intentar conseguir el amor de la bella hija del Sultán. «¡Qué fácil sería todo con una lámpara de esas!». pensó Alberto mientras se dirigía a los vestuarios de su gimnasio.

Nada más coger su bolso miró el teléfono. No había ningún mensaje. Recordó lo que había escrito. 

A ultima hora de la mañana había mandado un mensaje —un poco como lo hacía Aladino, pero en versión moderna—, en el que describía su deseo y ganas de volver a ver, a aquella chica que lo traía de cabeza. 

En muchas ocasiones se encontraban de casualidad, así que, en esta ocasión, y como hacía ya días que no se veían, intentó ayudar un poco al azar, contándole por dónde iba a estar, la hora a la que terminaba… No recibió un no cerrado, o quizás él no quiso entenderlo así. Toda la tarde la paso deseando que llegara el momento.

Lejos de pensar que la falta de mensaje era que se encontraría solo, en la ducha fantaseaba con que, seguramente, ella lo estaría esperando, para sorprenderlo, apoyada sobre su coche. Muchas eran las películas que había visto en las que esto sucedía así. ¿Porqué no iba a pasarle él?

Mientras caminaba hacía la salida, intentó quitarse aquella estúpida idea de la cabeza. 

Recordaba perfectamente el mensaje que había escrito. Le había dicho que pediría a las estrellas que aquel deseo de verla se le cumpliera esa misma noche.

Antes de atravesar la puerta de salida, volvió a consultar su teléfono móvil. Nada. En el fondo sabía que tras superar aquella puerta seguiría igual, solo, y tendría que marcharse a casa con las ganas de volver a verla. 

La noche despejada le ayudó a ver las estrellas. En su mente recuperó la idea que todo el día le había rondado la cabeza y pensó en la posibilidad de frotar alguna de ellas, tal y como lo haría Aladino, para conseguir su deseo.

Su coche estaba enfrente. Esperó unos minutos. «Igual se le había hecho algo tarde», pensó iluso. Nada. Volvió a mirar el móvil. Nada. Se marchó a casa. 

Desde entonces no sabe nada de ella. Nada. Quizás no deseó con la suficiente fuerza su propio deseo, o quizás eso solo funciones con una lámpara como la de Aladino.

Gracias por leerme.

«Breve tratado: Dame un beso, ¿cuál quieres?»

«Breve tratado: Dame un beso, ¿cuál quieres?»
Mil y un beso.

Son varias las ocasiones que he escrito sobre los besos. Cada una de ellas con un sentido distinto y usando un tipo de beso distinto («Por el sabor de un beso», «Cien besos en el recuerdo» o «¿Y si te como a besos?»). Estos recuerdos me llevan a tratar, con un poco más de detalle, este apasionante tema. Llámame besucón si quieres, pero a mi me gustan. A ti también.

Gracias a los besos conectamos con la otra persona, con su intimidad y con la nuestra. Hacen despertar sensaciones y sentimientos. Algunos de ellos son capaces de ponernos la piel de gallina, hacen que nuestras piernas se pongan a temblar, sentimos mariposas en el estómago, otros nos hacen perder el sentido, algunos nos llegan a lo más profundo y los hay que… ¡Uf!, esos son de película. ¡Qué ganas tengo de darte un beso!

Repasemos algunos tipos de besos:

  1. El beso en la mejilla. Sin duda el que más usamos para saludarnos. En Canarias solemos dar uno, en la península dos, en Holanda tres… Todo depende de lo que hayamos aprendido y nuestras propias costumbres.
  2. El beso en la mano. Ya muy en desuso. Se utiliza en ambientes muy formales, como de mucha educación o respeto, en actos oficiales… En el día a día ya es muy raro, aunque si vemos una película clásica, o queremos convertirnos en un gran galán…, siempre será una opción para sorprender.
  3. El beso en la frente. Creo que es la máxima expresión del respeto y admiración hacia la persona a la que se le da. Lo damos a nuestros mayores, en momentos y a personas muy especiales, de manera poco frecuente, para no hacerlos levantarse, como saludo o despedida, con mucho sentimiento.
  4. El beso al aire. Es de despedida, pero cuando esta ya se ha hecho o estamos distanciados en el espacio. Puede acompañarse de la mano, como si lo lanzases. La persona que lo recibe, además, puede simular cogerlo con su mano, y posarlo en dónde le apetezca.
  5. El pico. Es un beso en los labios, pero sin mucho contacto, sin mucha acción. Puede ser amistoso o antesala de algo más intenso. Entre amistades o familia, es señal de mucha confianza, de hermandad e incluso de atracción física.
  6. El beso esquimal. Un atractivo juego, de una acción divertida, sexual o no. Los labios no se tocan, la nariz de uno entra en contacto con la nariz de la otra persona.
  7. Con lengua. Sin duda uno de los más populares y conocidos. Centro de la pasión, de el atracción y del deseo sexual. También lo llaman beso francés. Las lenguas son las que toman el papel principal. El resto viene más tarde.
  8. El beso broche. Es apasionado, con la intención de generar deseo. Se consigue cuando uno de los dos sujeta con sus labios los de su amante, los aprisiona suavemente. Queda a la espera de provocar la verdadera explosión.
  9. En la oreja. Diseñado para estimular las zonas erógenas. Puede tratarse de un simple juego, de un preludio. Basta con pasear la punta de la lengua y…
  10. Beso en el cuello. Como pasa con el anterior, este es también considerado como afrodisíaco, preparatorio para las relaciones íntimas. Puede acabar en chupetón, y este en problema o risas entre familiares y amistades.

Me quedan muchos en el tintero, algunos más salvajes, más sensuales, más eróticos…, que otros. Como en algunas ocasiones te cedo el turno y espero tus comentarios, en esta esquina o en facebook, como prefieras. 

¿Qué beso es el que más te gusta? ¿Con cuál sueñas? ¿Dónde te gusta que te besen?…

Gracias por leerme.

P.D.: Me quedo, a la espera, con el beso que quiero darte.