«Un, dos, tres, ¡al agua patos!»

Foto sacada, sin filtros, con móvil.

Acabo de darme cuenta de que no te he narrado la última aventura en la que me he involucrado. He comenzado a nadar. Pero será mejor que empiece por el principio.

Antes de terminar el pasado verano tuve una lesión que me separó de la cancha de padel y del gimnasio. En cuando corría un poco, la cadera me molestaba y no me encontraba con fuerza, ni con ganas de hacer nada. Después del periodo lógico de descanso y recuperación, con fisioterapia, aullidos a la luna y vinoterapia incluidos, llegó el momento de intentar volver a estar en forma.

Aprovechando la reapertura de una piscina cubierta y que mis hijos van a nadar allí, que los horarios son fantásticos y que el Pisuerga pasa por Valladolid, me llené de valor y ¡hala!, ¡al agua patos! (Nota: Yo voy con entrenador pero, por si te animas, aquí te dejo este plan para empezar)

Los primeros días los pasé con más penas que gloria. Llegaba al borde del agua perfectamente pertrechado con mi gorro de flores, mi bañador ajustado, las gafas de nadador último modelo y mucha ilusión. El flotador con forma de pato, las zapatillas, el albornoz, los manguitos y la dignidad, los dejaba por fuera. Ya había hecho el ridículo en esta otra actividad.

Tras algo más de un mes de actividad me encuentro genial. He mejorado bastante y cada día que pasa noto que nado con más ritmo y mejor estilo. El ánimo también ha mejorado, sobre todo cuando mis hijos —nadadores de otro nivel— me premian con comentarios positivos y motivantes del tipo:

—¿Cuánto hiciste hoy?

—Pues creo que cuarenta piscinas —para tu información la susodicha bañera es de 25 m. por lo que nadé un total de mil metros.

—¡Bien papá, bien!, vas mejorando —el comentario viene acompañado por unas palmaditas de ánimo en la espalda y una sonrisita sarcástica en la comisura de los labios, que me hace sospechar—; yo hice cinco mil metros.

No digo lo que pensé porque está feo pero…, él se fue descojonado al coche.

Gracias por leerme.

«Recordando una vieja historia de una rama de orégano»

Si es del campo tiene un sabor exquisito

Dar clase en una escuela unitaria tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Con el tiempo las cosas positivas pesan más en nuestra memoria y se reviven con alegría los pequeños acontecimientos del día a día.

Hace unos días me tropecé con uno de esos recuerdos. En mi aula estaba Miguel (nombre ficticio). Tenía 14 años y, de manera excepcional, estaba matriculado en sexto curso de Educación Primaria. Cuento esto para que te hagas una composición de cómo era. A esas edad, Miguel debería estar cursando 2.º de la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria), pero tenía un desfase tan grande que, aún sin ser diagnosticado como alumno de Educación Especial, no habría logrado ni leer ni escribir con soltura. Y no es que tuviera un retraso, o fuera, con perdón, más bobo que los demás, es que su entorno no era facilitador de estos aprendizajes.

La primera vez que lo vi supe con lo que iba a lidiar.

Era 1 de septiembre y yo me incorporaba a mi nueva escuela. Aparqué mi coche en la puerta del aula y de entre los brezos de mi derecha, puro monte, oí unos fuertes gruñidos, como los que emiten los osos en el Pirineo. Un jóven, sucio, descuidado, con camiseta raída y con más pelo que el que sería su docente, salió como animal enfurecido para averiguar quién era yo, y qué hacía allí.

—Soy el nuevo maestro —contesté bastante intimidado.

Pos yo soy eh Miguel ¡eh! —dijo dedo índice en alto— ¿Cuándo pega la escuela?

Me costó entender la frase. Él quería saber qué día empezábamos las clases. Tras indicarle desapareció de la misma manera, sin previo aviso, chillando como un poseso, para volver a refugiarse en el monte, como animal en celo.

Lo volví a ver el mismo día de comienzo de clase. Su madre lo traía a empujones por la calle. Llevaba ropa limpia y medio bote de gomina en la cabeza. El olor a Nenuco llegó antes que él. El resto de los niños rieron al verlo.

—Ya verá maestro —dijo una de ellas—, es más bruto que un arado y no sabe nada de nada.

La madre se presentó. El chico cabizbajo y totalmente dócil, no como la primera vez que nos encontramos, me tendió una bolsa plástica de supermercado, que en algún momento tuvo que haber sido de color blanco.

Tome maestro. Pá usté. E oriégano.

Mi cara tuvo que ser bastante clara ya que en seguida el muchacho aclaró.

Lo cojo ar lado de mi casa. ¡E naturá! Se cría solo con lluvia y meado de la perra.

Mi cara seguro que fué un poema. La madre cortó, con un cogotazo al chico, toda opción de réplica, obligándolo a entrar en el aula.

—No le haga caso maestro, ¡Es más bruto que un arado! ¡Este chico no sirve ni pa coger pinocha! Pá mi que es medio bobo…

Miguel terminó el curso con más pena que gloria. Fueron más los días que faltó a clase que los que acudió. Excusas para todos los gustos: recoger las papas, ir de cacería, recoger pinocha, ayudar en una obra… Ni que decir tiene que no tuve posibilidad de enseñarle a leer. No sé qué será de él. Solo espero que, tras este tiempo, siga criando productos ecológicos.

Seguro que tienes una historia parecida. O mejor. ¿Nos la cuentas? Si lo haces yo me animaré y me lanzaré con alguna otra.

Gracias por leerme.

«Por el color de la igualdad»

Un día para recordar que todas las personas somos iguales.

Parece mentira que tras toda una eternidad de existencia de esta humanidad, todavía hoy en día, y quizás este año con más fuerza que nunca, haya que dedicar ríos de tinta, esfuerzos y gritos a luchar por la igualdad de la mujer ante los hombres.

La vida de cada uno de nosotros, sin importar que seamos hombres o mujeres, siempre ha estado guiada y rodeada de mujeres. Aún así, nuestra casposa sociedad, es incapaz de establecer normas y leyes que, por otro lado no deberían ser necesarias, nos igualen como personas.

Nada más nacer necesité del abrazo, del pecho y del calor de mi madre para sobrevivir. Ella, junto a mi abuela, nos criaron a mi, a mi hermano y a mis hermanas. Somos quienes somos gracias a ellas. Eres quien eres gracias a las mujeres de tu vida y probablemente a otras muchas que quizás ni siquiera conoces, o no recuerdes, y que han hecho mucho por ti y por todos nosotros.

Hoy, día en el que las calles se visten de malva, visualizamos esa lucha por la igualdad. Por si no lo recuerdas se rememora el incendio de una fábrica textil en Nueva York, en el que murieron 129 mujeres que, encerradas en su interior, luchaban por sus derechos.

Según dicen esas empleadas estaban trabajando con telas de color violeta y de ahí el asociar este color con el de la lucha feminista.

Otra versión, del porqué de este color como símbolo, dice que se elige al ser el resultado de la mezcla del azul y el rosa, considerándose así como el color de la igualdad.

Ahora que lo pienso es un color que me encanta, sobre todo por lo que puede significar.

Significado de la palabra VIOLETA

Sea como fuere, hoy 8 de marzo celebramos el Día Internacional de la Mujer desde que en 1975 la ONU lo proclamara. Así que aquí les dejo este mi pequeño reconocimiento.

Gracias por leerme.

PD: Como en otras ocasiones te propongo que juegues conmigo y des tu propio significado a cada una de las letras de la palabra «VIOLETA». ¿Te atreves? ¿Qué significa para ti el violeta?

«Perfectos desconocidos, o de como perder la cabeza con el móvil»

Imagina que pierdes el móvil. Yo te aseguro que perdería la cabeza.

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de ver la película «Perfectos desconocidos» en este link podrás saber algo más de ella—. Básicamente, trata de que en una cena de amigos surge la idea de ver qué pasaría si todos dejaran sus móviles encima de la mesa, al alcance de los demás. Todas las llamadas, SMS, Whatsapps, notificaciones de Instagram o Facebook, debían ser compartidas al instante en voz alta. Según ellos, aceptan el juego porque ninguno tenía nada que ocultar.

Como te podrás imaginar, al tratarse de una comedia, surgen un montón de situaciones que dejan al descubierto relaciones, sentimientos, secretos íntimos… Pero “tranqui” que si no lo has visto no te voy a revelar nada más, ni realizaré ninguna crítica a la misma. Sí te digo que me reí mucho. ¿La has visto? ¿Qué te pareció?

Esa película me llevó a reflexionar sobre el uso que le doy a mi móvil. ¿Te has planteado el que le haces tú? Desde entonces me fijo en lo que hacen otras personas y veo que muchas lo dejamos boca abajo, arpa que no se vea la pantalla. ¿No te da eso que pensar?

Mi smartphone guarda y lo uso para todo, imagino que como tú y como los protagonistas de la película. En él podrías descubrir:

  1. Fotos familiares y de amigos.

  2. Fotos comprometedoras. No mías, de otros.

  3. Videos de eventos increíbles.

  4. Vídeos de todo tipo. No míos, de otros.

  5. Conversaciones guardadas.

  6. Conversaciones comprometedoras. No mías, de otros.

  7. Borradores de textos pendientes de publicar.

  8. Textos sorprendentes. No míos, de otros.

Por si fuera poco, uso mi móvil, además de para llamar —cada vez somos menos los que usan esa posibilidad—, para: pagar, sacar dinero, comprar entradas, usarlas, redes sociales, escribir, leer… Sin él me vería manco. ¡Qué necesario se ha vuelto! Aquí ya hablé del “guasap”.

Como verás, y como dicen en un principio los protagonistas de la película, no tengo nada, o casi, que ocultar en mi móvil. Podría dejarlo encima de la mesa. Otra cosa es que lo haga desbloqueado.

¿Qué cosas guardas en tu móvil? ¿Te atreverías a enseñarlo abiertamente? ¿Que NO enseñarías?

Gracias por leerme.

«Preparando la adoración de Don Carnal»

¿Vas a salir algún día? ¿Tienes preparado tu disfraz?

Hace tanto que no salgo en los carnavales de Santa Cruzesta es la última vez que te lo conté—que no sé si estaré preparado para este fin de semana. Sí, amenazo con salir, y disfrazado, aunque primero necesito hacer un pequeño repaso a mis ideas.

Por lo que recuerdo de la tradición Don Carnal tenía fama de juerguista —esto ya me va sonando — y de gustarle la buena vida. Doña Cuaresma, por el contrario, era una mujer seria y muy religiosa, que odiaba los bailes y las celebraciones, por lo que el enfrentamiento entre ambos fue algo irremediable.

Según parece, Don Carnal resultó triunfador en la contienda y, tras la celebración de la victoria, Doña Cuaresma aprovechando un momento de debilidad, que imagino sería por culpa de la borrachera, para encerrarlo durante cuarenta días, hasta la llegada de la Semana Santa.

Durante el Carnaval, según parece, todo está permitido —esto no sé si lo recuerdo—, no existen los tabúes y hay libertad de acto y pensamiento. Así se celebra esta fiesta por todo el mundo, con disfraces y máscaras, alegría y desenfreno. Y en esas estoy, mentalizándome.

¿Me ayudas a revisar la lista de cosas que necesito?:

  • Disfraz (falda, camiseta, bolso, guantes y gorro). ✔️

  • Peluca.✔️

  • Maquillaje.

  • Colegas.✔️

  • Reserva para la cena.✔️

  • Bebidas.

Necesito tu ayuda que seguro que tienes mucha más experiencia que yo, o, al menos, la mantienes activada: ¿Me falta algo? ¿Algún imprescindible que notes que me falta? ¿Vas a salir? ¿Qué disfraz es el que crees que sería mi ideal? ¿y el tuyo?

Ya te contaré el resultado.

Gracias por leerme.

«Un aplauso a la superación»

Hay historias y sentimientos que hacen falta que alguien nos los enseñen.

(NOTA ACLARATORIA: El presente texto es presentado al Concurso historias de superación”, que con motivo de la celebración, del Día Mundial contra el Cáncer, el día 4 de febrero, es organizado por Iberdrola España, S.A.U. “@Iberdrola”, en colaboración con la página web www.zendalibros.com@zendalibros”. Por medio del presente, si el texto fuera elegido como ganador o finalista de dicho concurso, me comprometo a donar el importe económico del premio, a la “Asociación Niños con cáncer Pequeño Valiente” (@APUPeqValiente ‏). Creo que tus “Me gusta”, “Comentarios”, “tweets”,“retuits” y “…”, ayudarán. Puedes hacerlo usando el hashtag #historiasdesuperación).

Habían pasado muchas semanas desde que su padre no iba al colegio a recogerlo. Verlo aquella tarde allí, sin esperarlo, apoyado contra al muro, hablando con el resto de familiares, fue una grata sorpresa para él.

Salió corriendo para abrazarlo, sin mirar atrás, sin escuchar los comentarios de sus compañeros. Su madre, lo contuvo para que no se abalanzara a lo loco sobre él y lo quebrará. Acababan de darle el alta en el hospital y aún estaba muy débil.

A la mañana siguiente, más sonriente que nunca, Carlos entró por el patio del colegio. No entendía muy bien lo que pasaba, pero el resto de sus compañeros de clase, lo miraban y señalaban. Comenzaron a hacerle burlas.

—¡¿Qué pasa palillo?! —le dijo uno.

—¡Hola calvorotas! —saludó otro.

—Si viene un viento, seguro que tu padre sale volando —indicó un tercero.

Aquellas palabras eran cortantes. Se metían con él utilizando la profunda huella que la larga enfermedad había dejado en su padre. Cuando lo comprendió, salió corriendo hasta refugiarse en el cuarto de baño.

Uno de los profesores lo vio todo. Acudió en su ayuda y se sentó, para hablar con él, al otro lado de la cerrada puerta del servicio de chicos.

—¿Sabes que mi padre también pasó por la misma enfermedad que el tuyo? —le dijo para poder empezar a levantarle el ánimo—. Los niños son muy crueles. También lo fueron conmigo, Pero lo que en realidad pasa es que no saben lo que ocurre. Hablar de ello te ayudará y, lo que es más importante, ayudará a tu padre —aquellas palabras hizo que Carlos se sorprendiera— ¡Sal!, ya verás, te tengo una sorpresa.

El timbre que daba comienzo a las clases sonó en ese preciso instante y, sin saber muy bien porqué, Carlos hizo caso al docente que, ofreciéndole su mano, lo acompañó hasta el pequeño salón de actos del colegio.

Allí estaban reunidos todos sus compañeros y profesorado. No sabía qué estaba pasando, pues nadie se lo había dicho, pero su padre destacaba, con su reluciente y brillante calva —como a él le gustaba calificarla—, fruto de los efectos de la quimioterápia, presidiendo la mesa situada en lo alto del escenario.

La luz ya estaba apagada. Nadie lo vio entrar. Se sentó donde el profesor le dijo.

La charla duró cerca de una hora. Su padre narró cómo fue el proceso de su enfermedad desde que se le detectó, acompañando su exposición con infinidad de fotos.

El silencio reinante en la sala era abrumador. Carlos observaba las caras. Muchos lloraban, otros no podían ni pestañear, algunos mantenían la boca abierta sin poder tragar saliva.

Cuando terminó el salón parecía un erial. Todos los presentes mantenían el silencio. Ninguno se atrevía a moverse. El solitario aplauso de uno de los asistentes rompió el mutismo reinante en la sala. Pronto se le unió otro, y otro…, hasta que todos se pusieron en pie ofreciendo su reconocimiento con una gran ovación.

El maestro, que en todo momento había permanecido al lado de Carlos, lo empujó para que acudiera al lado de su padre. Sus compañeros, al verlo subir las escaleras al escenario, volvieron a estallar alentándolo entre vítores y piropos. Nunca más volvería a bajar la cabeza.

Gracias por leerme.

«A la búsqueda del trono de Añulatac»

Hay países , lugares, sitios…

(NOTA ACLARATORIA: El presente relato corresponde a la semana número 5 de los «52 retos de escritura para el 2018» planteado por LITERUP, que puedes seguir en las redes sociales con el #52RetosLiterup.
En este caso la condición a cumplir es: «Te toca escribir un relato de fantasía épica.» Podrás leer el resto de los relatos que he escrito, para este reto, si pinchas aquí).

La decisión estaba tomada. Debía de hacer todo lo que estuviera en sus manos para volver a tomar el trono del reino de Añulatac.

Mientras sus seres afines organizaban una revuelta, a fin de tener distraídas a las hordas enemigas, él y su séquito, ahora en el destierro, terminaban los preparativos, para el asalto a la fortaleza. LA idea era hacerlo sin ser vistos, esquivando a los guardias y a los jueces, apoyados en la creencia del apoyo del pueblo.

Ataviado con «la armadura de la verdad» y armado con «la espada de la sabiduría», bebió el brebaje que los druidas le habían preparado. Según le habían contado quedaría inmerso en un profundo sueño mágico con el que viajaría, en volandas y guiado de una estrella blanca sobre fondo azul, hasta su destino. Pero ninguno de ellos contaba con los poderosos hechizos de su enemigo.

Sin saber cómo, el elegido, como a él le gustaba considerarse, tras la poderosa magia usada por los del otro bando, se vio abocado a quedar perdido en un limbo, en tanto en cuanto, los elfos, trolls, enanos y humanos, que creían en su palabra, preparaban el lecho, inventaban artimañas y nuevos conjuros, para que su líder despertara, por fin, y pudiera ocupar el ansiado trono.

Gracias por leerme.

P.D.: Menos mal que el reto era escribir una historia épica. Quizás, otro día, hable de los últimos acontecimientos del «Process». Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

«Breve tratado sobre los efectos de la Luna»

¿Te afecta la luna de alguna manera? ¿Cómo?

Desde siempre, imagino que por su carácter enigmático y misterioso, la Luna ha estado presente en todas las culturas. En la mayoría de los casos con la creencia aparejada de que afecta a nuestro ánimo, comportamientos… y estados de locura transitoria. Si buscamos la palabra “lunático-a”, en el diccionario de la RAE, nos la define como «que padece locura, no continua, sino por intervalos». ¡Que casualidad! ¿Serán esos intervalos los mismos que las fases por las que pasa la Luna? ¿En qué intervalo estaré hoy? ¿Has leído el resto de mis breve tratados (aquí los tienes)?

Como bien sabemos, por lo menos los que estudiamos en la antigua EGB, la Luna tiene un ciclo de 28 días, al igual que los ciclos menstruales de las mujeres. Quizás venga de ahí la creencia de ese influjo que ya he comentado.

Puede que se me escape alguna, pero creo que la Luna nos afecta en:

  1. La Luna es un potente agente del romanticismo, continuamente es fuente de inspiración. Su cuerpo o su reflejo aparece reflejado y presente en historias, cuentos, poemas y canciones. Recuerdo parte de un poema, parte de una vivencia personal, de D. Miguel de Unamuno, que decía:

    «(…)Toda cabellos tranquilos,

    la Luna, tranquila y sola,

    acariciaba a la Tierra

    con sus cabellos de rosa

    silvestre, blanca, escondida (…)»

  2. Según nos cuentan las matronas, y la tradición de nuestras madres, la Luna también ejerce su influjo sobre las parturientas. Seguro que has dicho o escuchado, muchas veces, la frase: «Hoy hay luna, hoy te pones de parto».

  3. Bien conocida, quizás por ser hijo de marino, es la influencia que tiene sobre Las mareas, por la fuerza de atracción que ejerce la Luna sobre la Tierra. Esto sí es un hecho probado científicamente. (Aquí se describe bien el proceso).

  4. Según las creencias populares, la Luna, también afecta al clima, aunque no sé si esto está probado. Dos refranes me se al respecto: «La luna roja barrunta viento; la blanca sereno y se tiene jaldía, vientón de infierno» «Niebla en Lunada, por la tarde y no por la mañana».

  5. Con la Luna Llena siempre me acuerdo de mi abuela. Según me contaba siendo yo niño, atraía la buena suerte y el dinero, así que nos asomábamos a la ventana y, alzando una moneda, con una mano y sosteniendo, en la otra, un monedero abierto, recitábamos tres veces, el siguiente verso: «Luna lunera, cáscabelera, que tan llena como tu estás, llena me vea». Al terminar dejábamos caer la moneda dentro del monedero y lo cerrábamos rápidamente.

  6. Por supuesto no me puedo olvidar de relacionar a la Luna con la celebración de aquelarres, misas satánicas o la aparición de bestias antropomorfas: el hombre lobo, el hombre del saco…

  7. Con respecto a esto último, se piensa que en función de la fase en la que esté la luna, nos crecerá más rápido el pelo, al igual que en otras fases se nos caerá más. De ahí el mito del hombre lobo.

Por último concluir que, la Luna llena provoca euforia y alegría, la Luna menguante es tiempo de depuración y limpieza, la Luna nueva momento de inestabilidad e incertidumbre y la Luna creciente da lugar al crecimiento y ascenso.

Así que, asómate a la ventana y dime: ¿Cómo está la Luna? ¿En qué fase estamos hoy? ¿Como te encuentras anímicamente? ¿Te afecta la luna de alguna manera? ¿Cómo? ¿Qué tal vas de pelo?

Gracias por leerme.

«Una historia sin adjetivos»

(NOTA ACLARATORIA: El presente relato corresponde a la semana número 4 de los «52 retos de escritura para el 2018» planteado por LITERUP, que puedes seguir en las redes sociales con el #52RetosLiterup. En este caso la condición que debe cumplir el texto es: «Crea un relato sin adjetivos.» Podrás leer el resto de los relatos que he escrito si pinchas aquí).

La palabras son como las personas, necesitan: nacer, crecer, nutrirse, relacionarse, reproducirse y morir. Se parecen tanto a nosotros que, de la misma manera, las hay de todo tipo: sustantivos, adjetivos, verbos, adverbios…

Hace tiempo me tropecé con una de ellas. Era un adjetivo, sin género ni número. Eso sí que la diferencia de la humanidad.

Yo iba a la compra y ella paseaba, como buscando algo. Me explicó que se había perdido, pues su función principal en esta vida era la de acompañar al sustantivo para denotar sus cualidades, propiedades y relaciones de diversa naturaleza,. No encontraba a ninguno con el que formar pareja. Esto también la asemeja a la humanidad.

Me compadecí de ella, así que la metí en mi mochila y la he traído a casa. No molesta. Apenas hace ruido y no ensucia. La tengo colocada sobre una estantería de mi despacho, apoyada contra el diccionario y un par de libros de escritura que consulto habitualmente.

Desde allí, mientras escribo, ella me mira y, aún sabiendo que no está cumpliendo con su verdadera función, sonríe, ya que sabe que me hace compañía. Yo, a ratos, le hablo y le recuerdo que abusar de su uso no es adecuado y que, tarde o temprano, encontraremos su sustantivo, a la que la uniré para siempre, hasta que, como la humanidad, pueda morir en paz.

Gracias por leerme.

«Hace un frío de mil pares de…»

¿Pelete? Pues no sé porqué lo dices.

Hoy, que acabo de llegar del dentista, y con el frío que hace, no estoy para muchas invenciones, así que, como sé que te gustan mis locuras y pequeños disparates te traigo un nuevo reto, en la línea del que hacíamos hace ya algún tiempo, a partir de una peluca o el que hicimos, mucho más atrás, con un pepino. ¿Los recuerdas? ¿Te atreves a jugar, de nuevo, conmigo?

Pues imagínate, tras estar un buen rato soportando todos esos artilugios, hurgando en mi dentadura, estoy con la boca hinchada y con bastantes molestias. Como todos sabemos, el frío es bueno para bajar las inflamaciones, así que decidí salir un rato a la terraza para ver si el aire fresco me ayudaba un poco y le aliviaba mis dolores.

Al ver cómo quedé, por culpa del «pelete» que hace, que hasta las lágrimas se congelan, se me ocurrió esta tontería.

El juego que hoy te propongo es sencillo. Cuelga una foto tuya aquí, o en Facebook, o en Twiter, en la que el hielo, junto a tu singular personalidad, sea el protagonista. No es difícil y según cómo te lo montes puede ser muy divertido, sobre todo si los demás hacemos comentarios y aportaciones, igual de estúpidas que este juego. ¿Te atreves? Estoy esperando.

PD: Ya que saqué la hielera del congelador, aprovecho y me sirvo un gin-tónic. Mejor dos. ¿Quieres?

Gracias por leerme, y jugar conmigo.