«Un estrella con sabor a bolero»

«Un estrella con sabor a bolero»

Desde hace un par de días, entre los pliegues perdidos del universo, brilla una nueva estrella, una muy especial. Esta estrella no parpadea como las demás; su luz está acompasada al ritmo de bolero, moviéndose con gracia y melancolía por el vasto cielo nocturno. Es como un faro celestial que guía un alma hacia su próximo destino.

Se fue tal y como vivió. Nos dejó como ella quiso hacerlo, con calma, con sabiduría, con alegría y al son de la música que más le gustaba, la que solía contar. Ahora su alma asciende hacia el firmamento y se funde con la luz de esa estrella única, impregnándola del swing que su voz emitía al cantar. A partir de ahora esa estrella comenzará su danza, un baile etéreo que anuncia la llegada de un nuevo espíritu al reino de las estrellas.

Su partida dejó un vacío en el corazón de quienes la conocimos y queremos, pues su compañía no pasaba indiferente. Era maestra, de escuela y de vida, de canto y de sonrisa, de amistades y de familia. Al llegar a su nuevo destino, tal y como hizo entre nosotros, donde siempre la recordaremos, también desatará un murmullo de asombro en el cielo, lleno de alegría y música, con sabor a bolero. 

Siendo yo niño la recuerdo ayudándome con tareas, enseñándome a mover las piezas del ajedrez, cantando en uno de mis cumpleaños, a poner acordes en esa guitarra que tan grande me quedaba. Siendo maestro, me enseñó a enseñar a leer y escribir, me acompañó en mis primeros meses de profesión, en las presentaciones de mis libros…La estrella ya comenzó a brillar con mucha intensidad. Su luz titilante acaba de adquirir un matiz azulado al ritmo del bolero más nostálgico.

Y así, entre boleros y destellos, esta nueva estrella del cielo continúa su danza en el vasto lienzo del universo, recordándonos que, aunque los seres queridos se vayan, su luz nunca se apaga realmente, simplemente se transforma en parte del eterno baile cósmico.

Gracias por leerme.

«Una vela para amar y cuidarse»

«Una vela para amar y cuidarse»

Parece que las noches frías y oscuras de invierno están llegando a su fin. María se encontraba sola en su acogedor apartamento. El viento aullaba afuera, y la lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas. Se sentía abrumada por la soledad y la tristeza, anhelando la compañía de alguien especial que ya no estaba a su lado.

En un intento por reconfortarse, María encendió una vela, esa que él le había regalado, y se sentó frente a ella, para compartir, con sus propios fantasmas, una copa de vino. 

La centelleante luz llenó la habitación, disipando en parte la oscuridad que envolvía el corazón de María. Mientras observaba las llamas titilantes, sus pensamientos vagaron hacia los momentos felices que había compartido tiempo atrás.

Recordó las largas conversaciones en las noches de verano, las risas compartidas bajo el cálido sol y los abrazos reconfortantes en los momentos difíciles. La vela parecía iluminar esos recuerdos, haciéndolos brillar con una intensidad reconfortante.

Sin embargo, junto con los recuerdos felices, también vinieron los momentos de dolor y nostalgia. María recordaba la sensación de vacío que había experimentado. Echaba terriblemente de menos su abrazo y anhelaba sentir su presencia a su lado una vez más. La vela parecía capturar esos sentimientos de añoranza y transformarlos en una luz de esperanza.

A medida que las llamas bailaban, María se dio cuenta de que aunque ya no estuviera físicamente presente, el amor que compartían seguía ardiendo. Era un fuego que nunca se extinguiría, una llama eterna que iluminaba su camino incluso en los momentos más oscuros. 

Decidió que, en lugar de dejarse consumir por la tristeza y la soledad, honraría el amor que compartían buscando los buenos momentos y llevando consigo la luz viva en su corazón. 

Con esa determinación en mente, María apagó la vela, pero la luz de su amor seguía brillando en su interior. Sabía que aunque la noche fuera oscura, siempre habría una luz que la guiaría hacia adelante: la luz de aquel precioso amor verdadero.

Gracias por leerme.

«La procesión va por dentro»

«La procesión va por dentro»

Son días de recogimiento. Cada año, durante la Semana Santa, el pueblo se sumerge en la solemnidad y la devoción. Las procesiones llenan las calles con el sonido de los tambores y cantos religiosos, mientras que las figuras de los pasos de Semana Santa siguen su lento y solemne camino. Para muchos, es un momento de reflexión y de comunión con la fe. Para Victor, es un recordatorio de su propio vía crucis personal, un peso que carga en silencio.

En su mente, Victor compara cada estación del vía crucis con los desafíos que enfrenta en su vida, pues imagina que cada estación de ese camino sagrado parece reflejar momentos cruciales de sus propias luchas y tribulaciones.

Victor, como si en una primera estación estuviese, recuerda los momentos en los que siente que la vida le condena con desafíos insuperables. Expectante no puede evitar relacionar la carga de la cruz con el peso de sus propios problemas. 

Para él, la primera caída, es sinónimo de esos momentos en los que tropezó y se  encuentra en el suelo, agotado y desanimado, preguntándose si podrá volver a levantarse.

También se da cuenta de que tiene la fortuna de contar con amigos, familiares y seres queridos que le brindan apoyo incondicional en los momentos más difíciles, que le  ayudan, a veces sin saberlo, que comparten su carga y le recuerdan que no está solo.

Pero hay algo diferente en esta Semana Santa. Al final la esperanza y la creencia en la resurrección es lo que prima. En este sentido Victor recuerda aquella mirada cálida, esa preciosa y gentil sonrisa, ese abrazo que echa en falta, esa paz que se consigue tras un minuto de estar juntos, esa paz que Victor anhela, no se encuentra al son de bandas de cornetas y tambores.

Esa calma, esa paz que muchos intentan demostrar en las calles, falseando y actuando frente a los demás en cada procesión o en las estaciones del via crucis, esa es la que Victor lleva por dentro, la que no enseña más que a ella, pues no es sino en el amor, la confianza y la comprensión, personal primero y de aquellos que lo rodean después, donde Victor, y cada uno de nosotros, puede liberarse o sustentar la carga que llevamos dentro.

Gracias por leerme.

«Sueños compartidos»

«Sueños compartidos»

La penumbra de la madrugada llega de repente. Sobresaltado, con el corazón latiendo en una especie de estampida, Mario se despierta abruptamente. Son las 4:00 de la mañana. Aunque la más profunda oscuridad abraza su habitación, su mente está iluminada por un único pensamiento: Raquel. 

Mario se sienta en la cama. Permanece un rato con la mirada perdida en la oscuridad. Está alterado. Inhala oxígeno durante cuatro segundos, retiene el aire siete y lo exhala contando hasta ocho. Logra calmar la cabalgada de los latidos de su corazón a base de esa  respiración controlada. 

Los recuerdos de los momentos compartidos con Raquel inundan su mente, lo han despertado de esta manera, y ahora se ve envuelto en una profunda añoranza.

Mientras observa sus sentimientos, se da cuenta de que cada rincón de su corazón clama por la presencia de ella. La soledad de la noche parece magnificar la distancia que los separa.

El reloj avanzaba implacable. Aunque vuelve a recostarse, Mario no puede conciliar el sueño. Entonces decide levantarse y pasear por la casa en silencio. 

Sin saber cómo, en cada rincón, encuentra pequeños recordatorios de Raquel: una fotografía en la mesa de noche, una nota dejada con cariño en el escritorio, un mensaje en el móvil, un paquete de caramelos que le compró al ir al supermercado… todos pequeños detalles con grandes significados. Cada objeto parece susurrar su nombre.

Algo, un sentimiento, quizás una premonición, le hace darse cuenta de que Raquel también debe de estar despierta, tal vez pensando en él. 

Una conexión especial parece unir sus despertares, como si el tiempo y la distancia no pudieran romper el lazo que comparten, ese hilo rojo del que habla la leyenda japonesa, por el que dos personas están unidas eternamente.

Al día siguiente, Mario, con el corazón latiendo en la esperanza de volver a verla, contacta con Raquel. Le basta una mirada para descubrir que ella también se había despertado a las 4:00 de la mañana, envuelta en pensamientos sobre él. La sincronicidad de sus vidas les causa una sonrisa melancólica, pero reconfortante.

Sin embargo, Mario se da cuenta de que lo peor de soñar con Raquel es el amargo despertar. Aunque sus sueños están llenos de su presencia y amor, al abrir los ojos, la realidad golpea con fuerza, recordándole que ella no despierta a su lado, por lo que le toca superar el desafío de vivir cada día anhelando el momento en que la realidad hiciera coincidir sus sueños compartidos.

Gracias por leerme.

«ADIOS MAESTRA CATI»

«ADIOS MAESTRA CATI»

Hoy me vas a permitir que esta esquina se vea de otro color. Hoy nos ha dejado mi querida amiga, compañera y MAESTRA CATI. 

Ya sabía que este momento iba a llegar. La valiente batalla que ella libraba contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), por el momento, solo tiene este desenlace. CATI lo sabía desde el principio, todos los que estábamos a su lado lo sabíamos, pero aún así, enfrentarme al ahora, a este adios, es duro.

Con CATI me unen muchas cosas. La quiero un montón. Le gustaba leer y comentar mis escritos, por lo que hoy no encuentro en mi corazón, en mi interior, más palabras que dedicar este breve momento a recordarla y rendirle un sencillo homenaje por ser una persona extraordinaria, un ser querido por todos, valiente y excepcional, que nos ha dejado un ejemplo y determinación que yo no hubiera tenido.  

CATI, con su coraje, dedicación y simpatía, decidió que la enfermedad la iba a conocer de cerca. La encaró desde el primer momento y nos organizó para fundar TeidELA. Su objetivo: que los afectados, presentes y futuros, no sufrieran la desazón y el desconcierto que tuvo ella cuando le diagnosticaron la enfermedad. Para mí ha sido todo un privilegio ver como ella y su familia, superaban cada piedra del camino, hasta ver cumplir su sueño. 

CATI es más que un ejemplo de fuerza, es una luz brillante que ilumina nuestras vidas con su amor, bondad y positividad inquebrantable. 

A pesar de los desafíos implacables que la ELA le presentó, CATI nunca perdió su sonrisa radiante, ni su deseo de vivir plenamente cada día. Su espíritu indomable y su capacidad para encontrar la alegría en las pequeñas cosas, nos enseñaron lecciones invaluables sobre la resiliencia y el poder de la gratitud. 

En los momentos difíciles, CATI nunca se rindió. Su valentía nos recordaba e inspiraba para valorar la importancia de apreciar cada momento, de abrazar la vida con gratitud y amor incondicional. Nos enseñó a mirar más allá de las limitaciones físicas y a valorar las conexiones humanas, demostrando que el verdadero significado de la vida reside en las relaciones y las huellas que dejamos en el corazón de los demás. Así lo hizo hace apenas unos días, acudiendo a nuestro llamamiento por el DÍA DE SAN ANDRÉS, en el que hicimos ruido con nuestros cacharros, para hacer sonar la voz de las personas que, como CATI, sufren el castigo de la ELA. 

Aunque me duele mucho y muy profundamente su partida, me quedo con el regalo de su legado, de su ejemplo, de su lucha diaria y de su amor incondicional por todo lo que hacía.

Te doy las gracias CATI por tu ejemplo, por ser MAESTRA, por ser inspiradora y por enseñarnos a enfrentar la adversidad con gracia y dignidad. Que tu memoria perdure en nuestras mentes y corazones, sirviendo como un faro de esperanza y fortaleza.

Gracias por leerme. DEP.

«Con 150 monedas de oro»

«Con 150 monedas de oro»

Desde que Judas traicionó a Jesús, por treinta monedas de plata, la historia no ha cambiado mucho. El dinero, probablemente más que entonces, sigue emponzoñando los corazones de las personas, que, cuanto más tienen, más quieren. 

Alejandro vive a la sombra de una dama, de esas dueñas de vastas tierras y poseedora de una gran fortuna. Su mirada fría y su voz firme resuena en cada rincón del pueblo que administra, pues cada día ordena y solicita, a todos los que están a su alrededor y bajo su yugo, todo aquello que le apetece. 

Por el contrario, Alejandro, es un hombre tranquilo con ojos llenos de anhelos y espíritu inquebrantable, que sueña con ganar su espacio y mejorar su vida. 

Alejandro trabajaba incansablemente para la Señora. Un día logró escapar de aquel territorio, pero para poder conseguir sus propósitos necesitaba que le fuera concedida la libertad. 

A pesar de sus años de leal servicio, no lograba que lo dejaran ir. Él era como una posesión, un peón en su extenso tablero de ajedrez, que daba poder a la Señora. 

Un día, mientras caminaba por el mercado, Alejandro se encontró con un anciano que narraba la leyenda de unas monedas de la libertad. El muchacho paró y el viejo le contó la historia sobre aquellos dineros cuyo precio era alto: 150 monedas de oro, de las cuales él sólo tendría que poner la mitad, y su Señora, la otra parte. 

Alejandro, con ganas de romper las cadenas que lo ataban, decidió hablar con ella, y solicitar el otro cincuenta por ciento. La mitad le fue negada. 

Con determinación, Alejandro trabajó aún más duro, ahorrando cada moneda de oro que podía encontrar. Vendió sus pertenencias y ayudó a trabajos adicionales en el pueblo. Eventualmente, después de mucho esfuerzo, reunió las otras 75 monedas de oro que le faltaban y le entregó el total de las 150 monedas al anciano.

Alejandro regresó a la mansión de la Señora, le enseñó los documentos que le otorgaban la libertad. Con ese espíritu de ilusión que le caracterizaba, Alejandro le mantuvo la mirada y le dijo: “No se preocupe mi señora, por mi culpa usted no perderá ni una sola de sus riquezas, a esta ronda invito yo, pero ahí se queda.”

En ese momento, Alejandro sintió que las cadenas que lo habían atado durante tanto tiempo comenzaban a aflojarse.

A medida que caminaba hacia su ansiada libertad, sintió la dulce y preciosa brisa acariciar su rostro, como una mano suave que consuela y da calma y refugio en lo momentos que más se necesitan, agradecido por haber pagado el precio necesario para recuperar su vida, sin tener que suplicarla. Pero aún le quedaba camino por recorrer, y sabía que no lo haría solo, pues siempre estaría acompañado.

Gracias por leerme.

«La belleza de dos»

«La belleza de dos»

Antonio abre la boca denotando una clara cara de asombro. Entró en aquella exposición sin ningún entusiasmo, con el único fin de hacer algo, de pasar el tiempo, de matar la tarde. 

Nada más cruzar el umbral, y hacer un pequeño barrido con su mirada por la sala de  exposiciones, una pintura en particular capturó su atención. Era el retrato de una mujer, «Mariela», de una belleza extraordinaria. 

De su rostro emanaba una expresión tan preciosa que solo con ella parecía que repartía serenidad y confianza, tranquilidad y entusiasmo, inteligencia y pasión. Sus ojos reflejaban una profunda amabilidad y compasión.

Antonio quedó fascinado con aquella pintura. Se acercó a ella y comenzó a estudiar cada detalle. Cada trazo del pincel parecía capturar la esencia misma de la mujer retratada.

Una voz a su espalda le preguntó: 

–¿Qué ve en esa pintura? No puedo dejar de notar cómo la mira.

Antonio, ensimismado como estaba, no se giró, empezó a hablar sin parar y sin intercambiar mirada con la voz que le pedía opinión: «Es como si esta mujer fuera más que una simple imagen en un lienzo. Puedo sentir su alma y su mente a través de sus ojos. Me hace pensar en cuánta belleza y cuánta bondad puede existir en una sola persona».

–Me alegro que le guste –contestó aquella voz–, sin duda es mi autoretrato favorito. 

Mariela resultó ser real y tan cautivadora como Antonio había imaginado. Tenía una mente brillante y derrochaba pasión y energía en todo aquello que hacía. 

A medida que pasaban más tiempo juntos, Antonio descubrió que su belleza interior coincidía con su belleza exterior. Era compasiva, generosa, amable y cariñosa, además siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás.

Ambos se hicieron inseparables, se apoyaban constantemente, pues su fuerza y energía estaba en reconocer que la belleza de la otra persona no se limita a su apariencia, sino a la combinación de su mente y alma. Ambos hacían que esa combinación fuera perfecta. 

Gracias por leerme.

«Una triste soledad»

«Una triste soledad»

Aunque muchos no lo creen, Juan es un hombre con el alma solitaria. Apenas lo demuestra, pues casi todo el día está embutido en una bulliciosa actividad, en la que se coloca una especie de máscara y disimula su existencia. 

Vive en un pequeño apartamento, rodeado de otros pequeños apartamentos habitados por personas que no conoce, con las que a veces se tropieza en el ascensor y con las que no habla nada más allá de un simple saludo o una triste despedida. 

Aunque la ciudad en la que vive está llena de vida y muchos consideran que Juan tiene una gran actividad, lo que yo sé de él, es que Juan se siente aislado y solo.

Ese sentimiento comenzó años atrás. Sin un motivo aparente, sino fruto del día a día, que le encaminó a tener, fuera del ámbito laboral, una existencia monótona y vacía.

Pasa sus días trabajando en la oficina, y cuando por las noches regresa a su casa lo hace en solitario. Se abraza a esa soledad y deja que su cabeza viaje por el mundo de los sueños y los deseos, que, de alguna manera, le aportan ilusión. 

Recostado en su sofá recuerda como hace tiempo la había mirado con ternura deseando conocerla, y eso logró hacerlo. Con el paso de los años llegaron a hacerse amigos, de esos que nunca se abandonan, de los que basta una mirada para saber que algo pasa y que el otro necesita ayuda; entonces se juntaban.

Llegaron a enamorarse, a enamorarse mucho, si eso es posible grduarlo. Pasaban horas acurrucados, hablando, riendo, noches en vela y en una conversación constante. Juan pensó que todo aquello era un sueño. 

Ahora que no puede llegar a ella, sigue soñando con hacerlo, pero acompañado de su soledad, esa que nadie conoce, esa que cada mañana disfraza y esconde, esperando recuperar la conexión que siempre han tenido, que se mantiene oculta a la vuelta de la esquina, esperando, y que ambos saben que puede traerles luz, paz y calor a esos corazones que ahora se sienten solos, en una triste soledad.

Gracias por leerme.

«Me gusta que te fijes en mí»

«Me gusta que te fijes en mí»

Me he dado cuenta, me miras de reojo. Sabes que yo también lo hago, pues, en no pocas ocasiones, nuestras miradas se han tropezado y ambos hemos intentado huir del emocionante brillo que sentimos, sí, ese destello que se pone en nuestras pupilas cuando nos acercamos. Ese sentimiento hace que sea casi imposible separarnos, pero en tan solo un par de segundos, nos sonreímos, con cierta picardía, y apartamos la vista. Luego seguro que volverá a ocurrir. 

Hoy has ido un poco más allá. Me has dejado descolocado, pero muy emocionado, me gusta que te fijes en mí. Me gusta que me lo hagas saber, como yo mismo suelo hacerlo contigo. 

Has levantado la vista y te has dado cuenta de que me corté el pelo. Te he gustado y eso se nota. Además, no te has avergonzado de lo que sientes y me has dicho lo guapo que estoy. Gracias. Tú también lo estás. 

Por si fuera poco, al cabo de un rato, tu mirada ha recorrido mi cuerpo y me has piropeado por cómo voy vestido. Sin duda esta forma de vestir, la que ahora le dicen casual, me favorece, y a tí te ha gustado. 

Me asombraste cuando te fijaste en mis nuevas gafas de color. No pensé que te darías cuenta del cambio que hice y, sin duda, estas que ahora llevo son las que más te gustan. 

Además de todo eso, y por si fuera poco, hoy me has felicitado por lo bien que lo he hecho en el trabajo, por lo fantástico que estoy siendo contigo, por lo agradable que ha sido nuestra conversación, por nuestra mensajería cómplice cargada de emoción y, a veces, de erotismo, por nuestras risas y la confianza que tenemos en nuestras confidencias. Me has agradecido el esfuerzo que estoy haciendo. Gracias a tí también. Te las mereces. 

Ahora entiendo el motivo por el que siempre estaremos juntos. Hoy estamos a la par, estamos en paz. Me encanta cuando me cuido, me trato bien y me digo cosas bonitas. 

Gracias por leerme.

«¡Sorpresa!»

«¡Sorpresa!»

Los lunes tienen un sabor especial, ¿qué te voy a contar yo que tú no sepas ya? Aquella mañana, de aquel lunes cualquiera, de aquel mes cualquiera, en una empresa cualquiera, Alejandra se acercaba con resignación a su puesto. 

Ella era una trabajadora incansable que siempre se esforzaba al máximo por sacar el trabajo adelante e intentaba llevarlo al día. Apenas se levantaba de su asiento. Cada lunes, comenzaba una nueva semana de duro trabajo en la oficina, organizaba los pedidos, ordenaba pagos, distribuía visitas, consultas, informes… 

Aunque amaba lo que hacía, a veces la rutina se volvía abrumadora. Pero hoy, nada más acercarse a su escritorio, notó que algo inusual estaba destinado a suceder. Sobre su mesa  había algo fuera de lo común: una pequeña caja envuelta con un papel de regalo azul brillante.

Confundida, miró alrededor. El resto de compañeros y compañeras estaban incorporándose a sus puestos. Nadie parecía haberse dado cuenta de aquella misteriosa caja. Con curiosidad, y de manera cuidadosa, comenzó a desatar el lazo. Al abrirla, se encontró con una nota que decía: «Para Alejandra, para que empieces la semana con una hermosa sonrisa».

Su corazón comenzó a latir de manera acelerada. ¿Quién podría haber dejado ese regalo en su escritorio? No tenía idea. 

Con cuidado, sacó el contenido de la caja y descubrió una sencilla bolsa de caramelos de todos los colores que, sin duda, la habían hecho sonreír de oreja a oreja. No sabía qué hacer, estaba asombrada. No podía creer que alguien se hubiera tomado el tiempo de hacerle ese hermoso y sencillo regalo sólo para verla sonreír. 

Durante el resto de la semana, no dejó de pensar en el misterioso regalo y en quién podría haberlo dejado en su escritorio. La sorpresa y la intriga se habían apoderado de ella, pero también se sintió profundamente agradecida y feliz.

En todas las ocasiones, dar una pequeña sorpresa y hacer sonreír a alguien, es la mejor arma para emocionar y agradecer a los que nos rodean, el gran favor que nos hacen por regalarnos su amistad, confianza y compañía, generando espacios para la felicidad y el bienestar de ambos.

Gracias por leerme.

P.D.: Ya no me quedan del sabor que me gusta.