«Los docentes y sus tareas de verano»

Lista de tareas veraniegas para docentes.

Ahora que los docentes han —ahora mismo no puedo incluirme entre ellos— terminado el curso escolar 2016/2017, quiero en estas líneas reivindicar la gran labor que hacen mis compañeras y compañeros de profesión.

Son muchos los que dedican gran esfuerzo en dar lo mejor de sí, son muchas las que pierden horas de sueño para preparar clases innovadoras y atrayentes para su alumnado, son muchos los que se desviven por solucionar los conflictos que surgen en las aulas, son muchas las que colaboran con las familias para que los niños y niñas, que habitan sus aulas, sean felices… Todos estos docentes se merecen una buena lista de tareas para este verano, rememorando aquellas que envío un profesor italiano a su alumnado, hace ya algún tiempo, y que deberían ser de obligado cumplimiento:

1. Levántate sonriéndole a la vida, toma algo y sal a dar una caminata (en mi caso del despacho al bar, a la cafetería, a los grandes almacenes…). El aire fresco y el ejercicio reactiva las neuronas. Te ayudará a ser feliz.

2. Estudia algo. Esta profesión es vocacional y está cambiando rápidamente, no podemos seguir siendo profesionales manteniendo estilos propios del SXIX. Tenemos que actualizarnos, renovar nuestra manera de dar clase. Utiliza para ello todas las opciones que las redes sociales (estoy enganchado al Twitter, Facebook, Instagram, Flipboard…) nos facilita. ¡Verás qué cosas tan increíbles hacen en otras escuelas, institutos…, e incluso en nuestro propio centro!

3.- Sal de tu casa. Organiza todas las excursiones, visitas y viajes que puedas (jejeje en esto sí que tengo un grado). A nuestro alrededor, no hace falta irnos muy lejos, hay lugares mágicos que merecen ser conocidos.

4. Lee tanto como puedas. El verano tiene mucho tiempo y da para todo. Dedícale un rato a vivir aventuras y sueños entre las letras escritas por otros (la pila en mi mesita de noche se tambalea de libros en cola), para que tu mente y alma se llene de nuevas vivencias.

5.- Sal con tus amigos y amigas. Con los nuevos, con los de siempre y con los de antes. Dedícale un poco de tu tiempo a ponerte y ponerlos al día y así vivirás momentos felices rodeado de la gente interesante, no interesada, que te quiere por lo que eres.

6.- Ríe, baila, canta y disfruta. No tengas vergüenza (¿Cuidado que te escucho, ¿sinvergüenza yo? ¡que va!). El verano puede ser muy divertido y está lleno de oportunidades para pasarlo bien.

7.- Haz una locura (o dos). Por pequeña que sea. Una de esas cosas que siempre has pensado que no podrías hacer (cambiar el color del pelo, raparte, tirarte en parapente, una fiesta loca, escalada…). ¡Llegó el momento!

8.- Evita las cosas, situaciones y personas que no te gusten, y, por el contrario, busca cosas agradables (las rebajas es buen momento), situaciones estimulantes (quizás una aventura) y la compañía de otras personas (o solo, que a veces es mejor que estar mal acompañado)

9.- Escribe. Quizás es buen momento para empezar a plasmar por escrito, aunque sea como terapia (ya te he comentado lo que me ahorro en psicoterapia con este blog), todos esos sentimientos maravillosos, nuevas ideas y preguntas sin respuestas que agitan tu corazón y tu mente.

10.- Sueña con un nuevo curso. Tenemos una gran profesión que nos llena y nos hace felices, plantéate y programa nuevos retos, nuevos proyectos, nuevas locuras que hacer (¿me dejas que te cuente un secreto? Ya estoy pensando en regresar a mi aula). Crea una actitud positiva y mantén vivo el entusiasmo por nuestra vocación.

¿Qué te parecen estas tareas? ¿Las harías? ¿Propondrías alguna otra? ¿Te atreverías a compartir conmigo alguna de ellas?

Gracias por leerme

«El vestido ideal para una ocasión especial»

El día era especial y se había despertado como mandan los cánones, lloviendo. Se miró al espejo impaciente y noto como algo le revoloteaba dentro de su estómago. Estaba muy nerviosa.

Se acercó al vestidor y dejó hacer. Por fin tenía compañía y se les veía muy dispuestos a ayudarla para enfundarse en aquella vestimenta.

El traje era auténtico, seguro que de los más caros del mercado. Ideal para la ocasión. Lo miró de reojo admirando lo blanco y radiante que aparentaba. Por su posición no puedo contemplarlo bien, pero parecía tener adornos que colgaban por los lados y en la parte posterior. Al parecer, por los comentarios que oía del personal, le quedaba perfecto.

Estaba tan nerviosa que no podía ver la cola. Siempre había soñado con lucir una cola larga y llena de pedrerías. Sabía que allí estaba, y que aquellos que la rodeaban, con esos intensos tirones que le daban, se estaban encargando de ajustar y colocar todo en su sitio. Iba a estar radiante. Eso seguro. Deseaba que terminaran y poder mirarse en el espejo, pero debía esperar para estar perfecta.

Alguien dijo que el coche había llegado. Era el momento.

Quizás por culpa de los nervios o por lo apretada que se notaba no podía mover sus manos. Las sentía como ajustadas a su cuerpo. Ellos la empujaban. La llevaban casi en volandas.

Al pasar frente el espejo, la imagen devuelta no era la esperada. Gritó.

—¡Nooooooooooooooo!¡Yo no estoy locaaaaaaaaaaaaaaaa!

Gracias por leerme.

«Sueños y deseos por cumplir»

Editada desde mi móvil

Aunque parecía increíble, y llevaba tiempo trabajando en aquella biblioteca, Óscar veía por primera vez aquel libro. Había limpiado y ordenado varias veces la estantería «Libros extraordinarios» pero no recordaba haber visto jamás aquel ejemplar.

De duras y grandes tapas marrones se le notaba el tiempo de existencia, por lo ajado y sucio que lucía su cuerpo. Era imposible que él no lo hubiera visto antes. Oscar estaba convencido de que alguien lo había puesto allí, adrede, para que pudiera ser encontrado.

Lo asió con cuidado, pues era pesado y aparentaba delicado, llevándolo a su mesa de trabajo. Con un paño limpió de polvo la cubierta. Un magnífico grabado acabado en pintura de oro y azul imperial, adornaba las letras del título: «Sueños y deseos por cumplir».

No pudo evitar las ganas de abrirlo. El primer folio, marcado por la humedad del paso del tiempo, liberó un aroma hasta ahora nunca percibido en otro libro. Entonces se percató del extraño sonido que empezaba a llegar a sus oídos. Al pasar la segunda página una explosión de color inundó la sala. Se liberaron infinidad de sueños que, con cuerpo de mariposas de colores, significaban cada uno de los deseos que Óscar tenía atrapados en su ser. El libro estaba en blanco, pero él sabía que había encontrado permiso para escribir su propia historia.

Laura, observándolo escondida tras la sombra de una de las estanterías, sonrió y le mandó un beso volado que él nunca supo que había recibido.

Gracias por leerme

«Amor en el mar»

Extraída, sin permiso, de San Google.
A grandes zancadas sobre las olas viajó su imaginación. Con ella fue todo lo rápido que pudo. En su fantasía recorrió las miles de millas marinas que lo separaban de su amor, ahora en otro continente por una oferta de trabajo que no pudo rechazar.
La buscó entre las calles, por las esquinas, en el piso que tantas veces le había descrito, hasta que la encontró en el malecón. 
Se acercó a ella y con sus manos acarició su pelo. Con su boca besó sus labios.
Ella, al otro lado del mar, necesitó acercarse a la orilla de la playa. En el mar sintió su tacto.

«Un consejo sorprendente»

Mientras
suelto las pastillas en las hierbas altas miro a mi alrededor. Noto
como todo ha cambiado, hay algo distinto en el ambiente, pero aún no
sé qué es. Quizás sea el aire, que parece estar levantándose, o
las sombras que proyecta el sol, casi llegando a su ocaso. Sí, eso,
las sombras parecen ser más grandes de lo habitual.
Un
ruido ensordecedor a mi espalda llama mi atención. ¡¿Qué es eso?!
¡Cielos! ¡un grillo gigante! Por lo menos me triplica el tamaño y
parece tener hambre. Lo de las pastillas empequeñecedoras era cierto
pero, ¿qué hago ahora? ¡Oh no! Quiere cogerme. ¡Socorro! ―grito.
―¡Corre!
―Alguien contesta. ¿Una
hormiga?― ¡Corre!

«Difícil de explicar»

―¡Mamá!,
¡necesito un frasco de cristal! ¡¿Mamá?! ―Parece que no hay
nadie en casa. Tengo prisa así que a ver qué hay en la despensa.
Este mismo. ¿Alcachofas? Bueno, no sé para que se usan las
alcachofas, pero me lo llevo. Llego tarde―. ¡Mamá! ¡Me voy!
―Grito. A lo mejor está en el cuarto de baño y no me escucha. De
todas formas no puedo esperar.
Soy
estudiante de medicina. Acabo de enterarme de que puedo hacerme con
un par de testículos que hace días le biopsiaron a un pobre hombre.
Como me he hecho amigo del patólogo que lleva el caso, me los ha
regalado. Todo de estraperlo, en teoría deberían destruirse. Por
eso tengo que llevar mi propio bote de cristal. Los que usa él,
están fechados, numerados y llevan un riguroso registro.
Siempre
me sorprende el cuerpo humano. El otro día, sin ir más lejos,
mientras rotaba por medicina de familia, un paciente, que iba por una
fuerte inflación en sus testículos, se negaba a enseñárselos a
la doctora porque decía que eran muy grandes. Ella le dijo que si no
los veía no podía recetarle nada, a lo que el hombre le respondió:
«Hombre doctora, no
me toque los cojones»
.
La médico, acostumbrada a combatir en estas lides no dudó en su
respuesta y, agarrándole la bragueta al sujeto le contestó: «Eso
también Don José. Eso también tengo que hacerlo»
.
Sin pensárselo mucho, y con los ojos de asombro del susodicho, y los
míos, le desabrochó el pantalón y en un santiamén lo dejo con sus
partes al aire. ¡Eran enormes!, sobre todo el derecho.
Aquello
dejó huella en mí y me hizo pensar. Ya no haré caso a mi padre
cuando me grite: «¡Deja de tocarte los huevos y….!» Si él
supiera lo importante que es explorárselos.
Desde
entonces creo que me decanto por la urología. De ahí que, cuando
tuve la oportunidad de tener otros testículos en mis manos, aparte
de los míos, no la desaproveché. Quiero verlos por dentro,
estudiarlos, aprender todo lo que pueda sobre ellos.
Regreso
a casa. No puedo andar con unos «huevos» por la calle bañaditos en
formol, tengo que guardarlos en un buen sitio. ¡La nevera vieja del
garaje! Pero tendré que limpiarla. ¡Mamá! ―vuelvo a llamarla a
gritos― ¡Dejo una cosa en la nevera mientras voy al garaje! ¡Mamá!
¡Después te explico!
Las
horas han pasado. Al final me he liado y no terminé de limpiar la
nevera. Que si el teléfono, ir a buscar a mi hermana, comprar el
pan, recoger la ropa de la azotea… Menos mal que una buena comida
lo arregla todo.
―La
paella sabe un poco rara ―comenta mi padre.
―No
sé ―dice mi madre mientras se sienta tras servirse su plato―
Será que a ti te gusta con más alcachofas y sólo quedaban dos en
la nevera. Es extraño, creía que había comprado un bote ayer.
¡Ups!
¿Cómo explico esto?

«Al llegar a casa»

Se
entrenaban para estar muertos. Les gustaba pensar que eran una
fuerza de élite. Sus uniformes, sus cascos, sus armas…, su
actitud, así les señalaban. Cada tarde salían a correr.
En su
campo de adiestramiento se arrastraban por los pegajosos fangos,
saltaban vallas y muros, escalaban por cuerdas colgantes que no
llegaban a ningún sitio. Todo para estar en forma hasta la llegada
del día en el que les fuera encargada alguna misión especial.
Mientras
sufrían se les oía cantar. A escondidas lloraban. Solo una pena les
desilusionaba, seguían jugando a una guerra que nunca lucharían,
por lo que, al llegar a casa, un Cola-Cao caliente siempre les
reconfortaba.

«Cambio de dieta»

¡Y además nos hace daño! ―Fue la concisa conclusión con la que el gran maestre daba por sanjada la discusión.
Los asistentes, conociendo la fama de agresivo de su líder, no insistieron. En sus cabezas se repetían las frases y argumentaciones que se habían empleado durante toda la noche, pero era hora de irse a la cama. El sol se disponía a salir y ellos, seres de la oscuridad, debían desayunar antes de meterse en su ataúd.
El Conde miró a sus amigos y confesó:
―No me importa que me haga daño. Para desayunar, antes de seguir sorbiendo sangre, prefiero comer churros con chocolate.

«Botella, edredón y reloj»

La cama de la bella Aysha se había enfriado. El feísimo edredón rojo, con flores estampadas, no calentaba como lo había hecho apenas hacía unas horas. Me encontraba  solo.
            Tras estirar mi adormilado cuerpo  miré el reloj y comprendí que, la mujer que hacía unas horas me había amado, se había marchado para siempre. Una botella de Whisky ahogaría mi pena. 

«La huída»

─Y no intentes escabullirte, que no va a servirte de nada ─dijo mientras intentaba retenerla con todas sus fuerzas.
            Ella continuó su huida calle abajo. Mientras esquivaba los pequeños baches y las piedras que se encontraba, sentía como aquellas palabras le retumbaban en su ser tal y como lo hace el eco a lo largo de las montañas. Tenía la necesidad de salir de allí, no podía esperar más.
            A la vuelta del primer recodo encontró una pequeña rendija por la que podía escapar y dejar de oír aquella letanía. Fue fácil, apenas le costó. Es lo que tiene ser agua en acequia vieja.