«Persiguiendo un sueño»

«Persiguiendo un sueño»

Parece el comienzo del clásico sueño, quizás lo sea, pero como en ellos el cielo está despejado y la noche se presenta estrellada.

Marta se sumerge en un sueño profundo, llevada por el suave balanceo de los brazos de Morfeo, que creando ondas en el inconsciente la hace viajar al lugar fronterizo en el que la realidad y la fantasía se vuelven borrosas. Maravilloso lugar.

En su ensoñación, Marta se encuentra al volante de su viejo coche. Persigue a su amado, por estrechas carreteras de montaña, interminables curvas de asfalto, que la deslizan en la penumbra de un lado al otro.

Las luces de los faros iluminan la oscuridad, mientras Marta acelera para cerrar la brecha entre ella y el hombre que ocupaba sus pensamientos. Sin embargo, por más que pisa el acelerador, Pedro siempre permanece a una distancia inalcanzable. La carretera parece extenderse hasta el infinito, y el corazón de Marta late con fuerza en su pecho, lleno de ansias y esperanza. Quiere llegar a él y no puede.

El paisaje cambia a su alrededor, pero la sensación de no poder alcanzarlo persiste. El bosque cada vez se hace más frondoso. En su sueño van apareciendo otros personajes que le hablan, la entretienen, le impiden llegar. Los campos de flores se suceden como preciosos destellos brillantes que marcan su sueño, su frenético viaje onírico. 

A pesar de sus esfuerzos, Pedro continúa siendo una figura fugaz en el horizonte, un anhelo constante que se resiste a ser capturado.

Finalmente, exhausta pero determinada, Marta logra que su coche se acerque lo suficiente para que Pedro detenga su marcha. Los dos vehículos se emparejan en un rincón tranquilo de aquel sueño surrealista. Están en un mirador. Las estrellas forman una cúpula perfecta en lo alto. 

Marta baja de su coche, con el corazón latiendo con fuerza, y se acerca a Pedro, cuya figura se vuelve más nítida a medida que ella avanza.

En ese momento, Andrés sonríe y le tiende la mano. «No me escapo, Marta. Siempre he estado aquí contigo», dijo con una voz cálida y reconfortante. Marta se da cuenta de que la persecución no era necesaria, que su amor no se encontraba en algún lugar lejano, sino dentro de sí misma y junto a la realidad que comparten.

Despertó con una sensación de paz y entendimiento. La moraleja del sueño resonó en su corazón: a veces, lo que más deseamos y anhelamos no está fuera de nuestro alcance, sino que ya está presente en nuestras vidas. No es necesario perseguir nuestros sueños con desesperación, sino reconocer y valorar lo que realmente importa, apreciando el momento presente y construyendo el futuro con amor y confianza. 

Marta decidió llevar consigo esa lección, sabiendo que el amor verdadero no se escapa, sino que se cultiva y crece cada día, cuando ambos se cuidan.

Gracias por leerme.