«La evolución de los Pokemon»

«La evolución de los Pokemon»
Me han llamado Pokemon.

Acompañar todas las mañanas al alumnado más pequeño a sus clases te coloca en el punto de mira de todos ellos. Debes estar dispuesto y preparado a la mayor de las espontanidades y comentarios curiosos. 

—¡Buenos días Pokemón! —me saluda la niña que entra pizpireta todas las mañanas. Yo la miro con estracheza, para nada esperaba un saludo así, pero antes de preguntarle a qué viene el apelativo, levanta el brazo, abre su mano y muestra la aplastada campanilla violeta que lleva en su interior.  

—¿Te gusta esta flor? Pues no es para tí. ¡Es para mi maestra! —se ríe con picardía, pues sabe que le voy a poner morritos, y sigue su camino. La madre levanta los hombros, en señal de asombro, me sonríe algo azorada y me dice que después me cuenta.

Comenzamos a caminar. En cuanto me incorporo a la fila, escucho ¡pitas, pitas, pitas! Me río. Es la broma que tengo con ellos, como si fueran pollitos, para que caminen. Se lo han aprendido y me están vacilando. Así, ¿cómo mantengo el orden?

La pequeña vuelve. Se pega a mi y me mira atenta. 

—Director, menos mal que no te pareces a Pikachu —espero de esta poder enterarme de la fijación por los Pokemon.

—Pues no lo sabía, ¿eso es bueno o es malo? 

—Yo creo que es bueno. Ese es el Pokemon más bobo del mundo.

Sale corriendo. Logro que me escuche antes de que la pierda de vista. Me contesta a trompicones.

—Porque Pikachu siempre dice pika pika y nunca se rasca.

Me quedo como estaba. Sin duda me hace gracia. Deduzco que mezcló mis pitas, pitas, con el pika, pika. 

A la salida, la madre es una de las primeras. La niña se acerca, en cuanto su maestra le da permiso. Besa a su madre y me mira. La madre se dirige a mi.

—Que sepas que lo de Pokemon es un piropo. Ella dice que en este mundo solo hay dos de esos bichos que todo lo pueden, su abuelo y el director de su cole, que es una evolución superpoderosa.

—¡Sí! —interviene la niña, mientras tira del brazo de su madre para marcharse, algo avergonzada porque la madre ha desvelado su secreto—, pero las flores son para mi maestra.

Ambos adultos reímos. Ellas se marchan y yo me quedo con mis poderes plantado en la puerta. 

Gracias por leerme. 

«Un llanto de dolor»

El llanto es una vía de escape
El llanto es una vía de escape

El fuerte sonido de un llanto aterrador me provoca un escalofriante sobresalto. Un niño llora desconsolada y sonoramente. Dejo lo que estoy haciendo y salgo, todo lo rápido que puedo, del despacho a la caza del origen del mismo. 

Un maestro y una maestra acompañan a uno de los alumnos —8 o 9 años—. Imagino que algo grave pasó. Están en la puerta del cuarto de baño. No tienen forma de calmarlo. Le hablan, le piden calma, que respire, que les mire a los ojos… No hay manera. Intentan averiguar qué ha pasado. Les pregunto. Ninguno de los dos sabe, pero las lágrimas brotan de sus ojos a borbotones.

Busco sangre —suele ser la primera opción de tal lastimera situación—, no veo; quizás alguna trilladura de un dedo en una puerta —también posible, aunque menos probable—. Nada, sus manos están intactas. Él sigue llorando.

Los maestros que le atienden insisten, le preguntan qué pasa. Como respuesta un grito de dolor.

Veo cómo abren el grifo del agua. Lavarles la cara ayuda a intentar recuperar la calma. Nada. él sigue llorando. Se percata de mi presencia y me mira. Vuelve a lanzar un desgarro. Aparentemente está bien. No veo que se toque en ningún lado, no parece que se haya dado un golpe o que se hubiera caído, o doblado una pierna, o…

—¡Bueno!, ¡ya está bien! —alzo la voz— ¡Respira! ¡Deja de llorar! —ordeno.

El hace un gran esfuerzo. Aspira sus mocos. Respira profundamente. Parece que vuelve en sí y empieza a recuperar la calma.

—¿Podemos saber qué te pasa? —le pregunto mientras me agacho para estar a su altura y mirarlo.

Entre sollozos, se lleva las manos al pecho, con una voz muy suave y dolorida, me contesta:

—Es que tengo una especie de flechazo acá —indica con claridad su corazón—. M. me dejó y no puedo olvidarla.

Las cosas del amor no correspondido. ¡FELIZ SAN VALENTÍN!

Gracias por leerme.

«El lagarto de don Evaristo»

A veces es fácil reconocer a un maestro.
A veces es fácil reconocer a un maestro

Don Evaristo me lanzó el borrador a la cabeza. Gracias a mis reflejos puede esquivarlo. Sin duda consiguió lo que quería, captar mi atención.

Sentado en mi pupitre de madera, de aquellos que se levanta la tapa para guardar el material, aprovecho la más mínima oportunidad para abstraerme y contemplar el movimiento de las ramas del jardín, el revoloteo de las moscas…, el balanceo de la falda de Ana al pasar por el pasillo… Don Evaristo se dio cuenta de ello. Me había pillado.

—¡Sal a la pizarra!

No había opción. Aquella orden no es discutible. Las cabezas de los otros cuarenta y cinco compañeros de clase, giraron a la vez hacía mi. Sabíamos lo que venía a continuación. No nos defraudó. Don Evaristo tiene unos duros nudillos que, al impactar contra el craneo, garantizan un chichón latente durante varias días.

En el fondo todos sabemos que don Evaristo es así y lo que hace, es por nuestro bien, o eso nos repite hasta la saciedad.

De pie junto al encerado, y sobando mi cabeza para intentar apaciguar la quemazón, don Evaristo vuelve a sorprendernos. Pretende que nos pongamos en fila y que yo vaya delante, guiando la marcha, para que así no tenga más tentaciones que las que nos ofrecen los peldaños de la escalera.

Salimos al descampado que está detrás del colegio. Una vez allí nos hace formar en circulo y, aparentemente al azar, enumerándonos del 1 al 15, nos hace formar grupos de tres.

De la gran bolsa de plástico que porta saca el material que necesitaremos: Medio tomate maduro, un pedazo de tela y una bolsa de plástico, para cada grupo. Nuestro objetivo es cazar un lagarto, “¡vivo!, y sin que sufra”, ordena con su potente voz.

En menos de treinta minutos, todos los equipos habíamos cumplido el objetivo.

La vuelta a clase la hacemos entre cánticos, risas, preguntas sobre qué haremos con el animal… La intriga, la ilusión, la magia se contagia y se palpa entre todos nosotros. No hay respuestas, más que un “Ya lo verán. Mantengan la calma

Vamos directos al laboratorio. Las mesas alargadas están preparadas con todo lo necesario: tablilla, alfileres, cloroformo, bisturí, pinzas y el microscopio. Toca clase de biología.

El latir del corazón, el análisis de la piel al ojo del aparato, los distintos órganos…

Las bocas abiertas. Los ojos se nos salen de las órbitas. La saliva pende de las comisuras de los labios. Este hombre, este maestro, es capaz de poseer las almas de todos nosotros solo con levantar la mano, o los nudillos.

Aquella clase me hizo descubrir que no quería ser cirujano, ni biólogo…, pero sí la recuerdo como la historia de un hombre que daba lo que fuera para que sus alumnos descubriéramos y experimentáramos, por nosotros mismos, los contenidos de un libro que no nos decía nada, pero que con aquella experiencia aprendimos a entender.

Quizás don Evaristo, con esas actividades, aportó su granito de arena y, ahora yo, también soy maestro.

Gracias por leerme.

PD. El lagarto de mi grupo despertó en la siguiente hora. A doña María Luisa (profe de lengua) no le hizo ninguna gracia. A nosotros mucha. Recibió cristiana sepultura en el jardín del cole durante el recreo el comedor. DEP.

«Una maravillosa caja de lápices de colores»

«Una maravillosa caja de lápices de colores»

«Una maravillosa caja de lápices de colores»

Una de las mayores ilusiones que recuerdo de cuando era niño, a la hora de empezar el colegio, era el olor a nuevo que tenían los libros de texto. Otra era la posibilidad de estrenar la caja de lápices de colores. Francamente me fascinaba ver todas aquellas puntas perfectamente ordenadas por tonalidades y tan bien afiladas que habían dejado un puntito de su color grabado en el interior de la solapa de la caja.

Los claustros de los colegios, son como esas cajas de lápices de colores. Dentro de ellos hay personas que representan toda la gama de colores y, según sean, aportan. Siempre aportan. Ahí estriba, y se esconde, la gran fuerza de un centro y su verdadero potencial.

Visto así hay que descubrir qué color es cada uno y, en su medida, darles momentos para pintar y completar a todos los demás.

Las personas que representan el rojo, son intensas, captan fácilmente la atención, provocan fuertes sinergias, por lo que también hay que moderarlas.

Aquellas que se asemejan al naranja son las que marcan, en gran medida, la creatividad y el éxito, fijando un punto de equilibrio.

Las que se identifican con el amarillo provocan positivismo y sentimientos de felicidad. Combinan muy fácilmente con los anteriores y, al ser uno de los colores primarios, sirven de puente y conexión entre unas personas y otras.

El verde es generosidad y naturaleza, frescor y armonía. Sin duda darán aliento y energías positivas al grupo.

Los que se acercan al azul son aquellas que dan estabilidad, seguridad y armonía, aspectos todos ellos importantes cuando hay tantas personas en un mismo espacio, con necesidades e inquietudes que pueden ser diferentes, aunque busquen un mismo fin.

Todas las personas que se identifican con el violeta están marcadas por un aura de sabiduría, de espiritualidad, que les ayuda a ser escuchados por los demás dando sentido y estabilidad al grupo.

Necesitamos tener personas en el color blanco, pues con ellas marcaremos el fondo de todo lo que programemos, con bondad y limpieza; al igual que las que señalan el negro como preferido, que darán elegancia y seriedad, complementando así los trabajos.

¿Qué te parece? ¿Puedes identificar a tus compañeros y compañeras de Claustro? ¿Qué color eres tú? Recuerda siempre aportas. Hazlo en positivo.

Gracias por leerme. 

«El Arca de Noé y los dinosaurios escolares»

«El Arca de Noé y los dinosaurios escolares»
A Noé no solo le faltaron dinosaurios.

Quizás el Arca de Noé tiene cierto parecido a nuestras casas y escuelas durante este confinamiento. 

En estos días que tanto se habla de cómo debe evaluarse al alumnado, o de si es conveniente avanzar o no en el temario, o de si volverán las alegres carreras y el griterío de nuestro alumnado por los pasillos de los colegios, o de si el profesorado está adaptado a la docencia online… —hubo hasta quien se atrevió a nombrar a alguno de ellos como dinosaurio—, se demuestra que, como en el Arca animales, hay gente para todos los gustos y todos los colores. 

Aunque en dicho navío no había ningún dinosaurio, en esta profesión, como en todas, aún queda mucho animal de este tipo. Lo siento, igual no te gusta escucharlo, pero sabes que es cierto, Todos conocemos o hemos compartido curso con algún ejemplar.

Pues como iba diciendo, el foco alumbró ese calificativo, sobre todo por la persona que se atrevió a usarlo y que, aunque creo que tiene razón, parece políticamente incorrecto que le de uso, sobre todo por el puesto que ocupa, desviándose la mirada en otros casos que creo también es conveniente citar.

Estoy muy orgulloso de mi Claustro y de compañeros y compañeras de otros centros. Les dedico parte de mi aplauso de cada tarde a las 19:00 horas. Me consta que se están dejando la piel e invirtiendo mucha energía y horas en esto de intentar mantener a nuestro alumnado activo, pese a las grandes dificultades que nos encontramos, sobradamente conocidas por todos y que no entraré a detallar —la brecha digital, la falta de compromiso, la escasa formación implicación de unas pocas familias…—. Para nada dinosaurios que hacen todo lo que pueden y aún intentan más cosas.

Veo día a día como hay maestros y maestras que además son padres/madres, que nunca han necesitado tener más de un ordenador en su casa, pues se organizaban divinamente, haciendo grandes esfuerzos para atender a todo. Ahora se les pide que manden tareas, que realicen videoconferencias, que contacten con su alumnado, que se coordinen con los demás…, que ayuden a sus hijos e hijas en casa con sus tareas —¿con qué ordenador?—, que atiendan a sus mayores…, que se atiendan ellas…, ¿con qué fuerzas? ¿Cómo lo hacen? 

Otra compañera me decía que su teléfono móvil es de prepago. Tiene los minutos de llamadas que necesita para su día a día. En lo que llevamos de mes ya se los comió, creo que con papas, para contactar con las familias de su alumnado. ¿Qué tiene que hacer ahora?

Cuando un camarero tiene que llevar un uniforme a trabajar, la empresa se lo da. Si te conviertes en miembro del Congreso, este te da un artilugio digital —o dos—, para que puedas trabajar desde casa o jugar con tranquilidad al Candy Crush, en tu puesto y en horario de trabajo. Si un sanitario necesita una mascarilla, o guantes, o visera protectora… ¡Ups! mal ejemplo. Ellos también se buscan, y además arriesgan, la vida. Por eso la mayor parte de nuestros aplausos de la tarde.

Soy como soy y no me importa echarle horas a todo esto. Pongo mi ordenador, mi tablet, mi teléfono, mi wi-fi y lo poco que se informáticamente hablando, al servicio de mi centro, de mis compañeros, de mi alumnado y de sus familias, pero ¿porqué tengo que hacerlo? ¡Vale lo hago!, pero lo lógico es que si una empresa quiere que se haga un trabajo, pone los medios a sus profesionales para que puedan hacerlo.

En defensa de todos diré que reconozco que Noé tuvo tiempo para preparar su Arca, para avisar a todos los que debían subirse. Por el contrario, este confinamiento nos cogió con el pie cambiado, o los pantalones bajados, como prefieras, dejando a la luz muchos problemas, bien conocidos desde hace años, a los que no se les había dado respuesta.

En un esfuerzo titánico nos estamos poniendo las pilas, con o sin recursos, con o sin formación, dinosaurios y maestros de a pie…, lo que me lleva a pensar que saldremos de esta más fortalecidos y con la esperanza de que los que cobran, para dedicarse a eso de la gestión, aprendan algo y empiecen a darse cuenta de quién tiene la culpa de que existan dinosaurios. Para ello nada mas fácil que coger ejemplo de Noé, que no dejó subir a los dos «Icos», o al menos eso dice la canción

Gracias por leerme. 

«El «seguro» hogar de Iván»

Un hogar seguro es lo mejor que se puede tener.

El hogar de una persona, y más si es un niño, debe ser un sitio en el que nos sentamos seguros.

Iván tiene nueve años recién cumplidos. Como muchos de los niños de su clase ahora, tras un complicado divorcio de sus padres, tiene dos casas.

—La casa de mi madre es más pequeña —intervino—. En ella vivo con mi hermana, mi madre y, a veces, un amigo de ella que viene a pasar el rato.

En clase estaban trabajando los distintos conceptos y formatos de familia. El grupo iba alzando sus manos y exponiendo libremente con quién vivían, intentando identificar el tipo de hogar y de núcleo familiar que tenían (monoparental o monomarental, nuclear, extendida…).

—En cambió, en casa de mi padre, —continuó diciendo— vivimos mucha más gente.

—¿Cuántas personas?

—Depende del día. Cuando yo y mi hermana vamos, además de mi padre y su novia, está mi abuelo, mi tía, la que sufre de alucinaciones, y todas las personas que viven con él.

—¿Cómo que las personas que viven con él?

—Sí, mi padre, tiene una casa muy grande y deja que unos amigos suyos se queden allí a dormir.

—¿Caben todos? ¿Cada uno tiene una habitación?

—No. Muchas veces compartimos. El problema es que, como mi padre es chatarrero, las habitaciones están llenas de cosas que él vende y entonces tenemos que ir haciendo sitio. Anoche no podíamos utilizar mi cuarto. Se lo quedó un grupo que iban a «pasarlo bien».

—¿Dónde dormiste?

—Con mi hermana en el sofá del salón.

(…)

El hogar de Iván, como el de todos nosotros, debe ser un santuario. Un refugio seguro al que todos tenemos derecho, pero del que no todos disfrutamos. Puede que te parezca mentira, puede que mi imaginación esté haciendo de las suyas, pero también puede, que Iván exista y que su hogar no sea lo suficientemente seguro para él y su hermana. Mientras nosotros nos preocupamos de… Completa tú la frase.

Gracias por leerme.

«Un cuento de Navidad»

Navidad esa época en la que hacemos realidad tantos sueños.

Uno, dos, tres, cuatro… Cada vez que salimos de excursión me paso la mañana contándolos. Hoy no es un día diferente, sobre todo viendo la cantidad de gente que hay en las calles al estar tan cerca la Navidad.

Todo el mundo va como loco de aquí para allá. Cargan bolsas, paquetes y regalos. Nadie parece percatarse de nuestra presencia, aunque mantenemos una fila bien hecha, pero somos lo bastante ruidosos como para que se nos oiga. Vamos charloteando, encandilados por tantas luces, tanto adorno y…, tanta gente. La primera evaluación ya termina —aquí puedes recordar algo—, así que hoy toca disfrutar de otras experiencias, de ese aroma que siempre dejan los cuentos de Navidad. 

El camino hacía el portal es corto y fácil de recorrer, pero nada más salir del colegio, los niñas y niños que me acompañan, ya preguntan los consabidos: «¿falta mucho?», «¿cuándo llegamos?». Un clásico de cada salida fuera de las paredes y el orden del día a día.

El pesebre que visitamos es modesto. En verdad tampoco nos interesa mucho, lo que vamos es a entregar las cartas a los Pajes de los Reyes Magos, que allí se encuentran esperándolas como en cada Navidad. «Seguro que son de mentira» dice uno de los chicos mientras los señala, «Claro que sí, los de verdad están muy ocupados preparándolo todo», responde una de las niñas con su tierna inocencia.

En cuanto llegamos y los vemos de cerca, los ojos se les abren como dos grandes contraventanas que saludan a los rayos del sol cada mañana. La esperanza y la ilusión les embriaga.

Uno a uno, por orden de lista, van pasando por sus regazos. Los Pajes les saludan por su nombre. Ellos se asombran. 

Ahora las voces y los comentarios que hacen empiezan a cambiar el tono y el discurso: «¡Maestro, que son los de verdad!», dice el pequeño Juan mientras agita las dos manos nervioso. «¡Sí!, ¡nos conocen!» contesta la simpática Ana. «¡Saben quién soy!», sentencia Elisa… Los demás del grupo, los que esperan su turno, emiten un suspiro de asombro mientras abren sus bocas, para ya no cerrarlas hasta el regreso al colegio. Con ganas esperan su minuto en la intimidad con los Pajes. Ahora no hablan, tiemblan, babean, se agitan. Los nervios están a flor de piel, incluso cuando les toca dejar paso al siguiente compañero. 

A veces, para que la magia de la Navidad se haga realidad basta con mantener un pequeño orden y entregar, a las manos adecuadas, una lista de nombres. ¡FELIZ NAVIDAD!

Gracias por leerme.

«Entre gomas anda el juego»

Las gomas como fuente de inspiración, o de locura transitoria.

Muchas veces hago como tú. Paseo por las redes sociales en busca de inspiración para mi clase. En esta ocasión, lo que encontré fue la imagen de cabecera la que me llevó a una reflexión importante y que hoy me gustaría que compartamos, ya que fuera está lloviendo y, otra vez, has decidido pasarte por esta esquina.

¿Has pensado alguna vez qué tipos de gomas hay en tu clase? Sí, lo sé, a priori parece una gilipollez de las mías, pero, yo que llevo unos días estudiando el tema, creo encontrar varias relaciones entre los tipos de gomas, que usa nuestro alumnado y la gente que nos rodea.

Permíteme que te señale la pequeña clasificación de gomas que he hecho. Al final, como otras muchas veces, te propongo algo:

1.La manchada: Está pensada para un fin, pero está tan sucia y corrompida que cada vez que se usa la mancha es mayor.

2.La novata: Aún está sin usar. Guardada para momentos mejores, esperando a que alguien se atreva a desvirgarla.

3.La explotada: Su vida laboral está siendo intensa. Le gusta lo que hace y se nota en el esfuerzo que demuestra.

4.La arte moderno: Vista de lejos parece sucia y desgarbada, pero en las distancias cortas podemos contemplar que esconde algún dibujo, una forma sugerente…

5.La redondita: Ella no soporta estar quieta en un sitio. Siempre está rodando por todos lados. ¡No hay quién la pare!

6.La Barbi: Cuerpo perfecto, maquillada, líneas marcadas…, de formas diversas, pero atractiva y reluciente. Goma al fin y al cabo, que, en cuanto escarbas un poco…, se disuelve.

7.La mordida: Su aporte proteico es nulo, de eso estoy seguro, pero al parecer, está goma, entretiene el hambre. O eso parece.

8.La empalada: Esta pobre goma siempre sufre acoso. En muchas ocasiones parece vivir en la Edad Media, atravesada una y otra vez. Es la que más pena da.

9.La orgullosa: Siempre enarbola su bandera, exige sus derechos, no se esconde, sale del armario…, moviliza a otras gomas por el bien común. Como arma arrojados tiene poderes importantes.

10.La rosquete: Difícil de definir, difícil de entender. Es más el juego que brinda que la utilidad que tiene.

¿Qué te parece? Creo que la lista podría ser algo mejor, pero son las que hoy he conseguido en mi clase. ¿Has observado alguna vez las gomas de tu clase? Colocando las imágenes debajo, ¿sabrías identificar cada una de ellas? Seguro que se te ocurre alguna otra, ¿la compartes?

Gracias por leerme.

«Mis pelotas sufrieron un Wikileaks»

Hay una maestra en mi cole que afirma no conocer a otro maestro con más pelotas que yo.

Lo dice por mi clase. Lo mejor de todo es que, al parecer sí que los hay, los que se apoderan del trabajo de otros sin decirlo. Aunque para ser justos he de decir que el susodicho ya se ha disculpado y retirado la publicación de la página en la que me hizo un «Wikileaks» con mis fotos de mi clase y mis pelotas. Seguro que él, al menos, no lo volverá a hacer.

Yo he aceptado sus disculpas y eso me ha dado cancha para poner en juego esas pelotas y comentar lo sucedido. Ya había adelantado, en este post, que algún día hablaría de ellas. 

Todo se ha precipitado y hoy es el día.

El curso pasado, fue invitado al CEIP Miguel Pintor González, a fin de tener un encuentro con el alumnado, que había leído «Ancor»

Entre las cosas que me llevé en mi memoria, fue recuperar la imagen, que ya había visto en una revista de educación, de la clase de mi amiga Jessica llena de pelotas de tenis para amortiguar el ruido. Mi despedida fue: «Qué sepas que te copiaré la idea».

Así fue. Sabiendo de que me reincorporaba a mi cole, durante todo el verano estuve recopilando pelotas —muchas gracias a Jesús, Evaristo, Fran, Oscar, Manu y OTC. Cómplices necesarios—, hasta conseguir las doscientas bolas que me hacían falta para silenciar mesas y sillas.

¿Porqué haces eso? Era la ineludible pregunta que todos me hacían. Razones varias: 

1.-Tolero muy mal el ruido. Imagino que me estoy haciendo viejo y las manías empiezan a aflorar.

2.-Me gusta trabajar en el aula con distintos tipos de agrupamientos. Esto hace que estemos rodando y cambiando los sitios de aquí para allá. Las pelotas ayudan a cumplir el punto 1.

3.-Creo que hay objetos a los que les podemos dar una segunda vida. las sillas y mesas de las clases de los colegios sufren mucho por lo que, con esta pequeña ayuda, todos ganamos en salud. Las pelotas ayudan a cumplir el punto 1.

La cosa es que, en un periquete, el primer día de clase, hicimos una serie de dinámicas en las que el propio alumnado, sin querer, llegó a la conclusión, ellos solitos —jejeje bendita mano izquierda que tiene uno—, que no se podía trabajar con tanto ruido.

Estudiando las distintas opciones, llegaron a la conclusión —jejeje ellos solitos…— de que había que silenciar el lugar y «vualá» llegaron a la conclusión —jejeje…— de que podíamos poner pelotas bajo las patas.

Las risas, y por supuesto un gran ruido, lo inundó todo cuando descubrieron que habían pelotas para todos.

A partir de ese momento en mi clase se puede trabajar con un poco más de tranquilidad y pasé a convertirme en «el maestro con más pelotas del cole». Hoy mismo así me han presentado a un sustituto que empezó a trabajar con nosotros.

¿Qué pasó con el «wikileaks»? Como bien sabes, las filtraciones de información están a la orden del día. Este pasado lunes alguien vio, en un foro profesional, unas fotos de mi clase y, sin pedir permiso para usarlas, ni notificar la autoría de las mismas, decidió —entiendo que sin mala fe, sino porque la idea le había gustado—, publicarlas como propias. ¿La verdad? me molestó mucho. Llamé a la compañera que me las había pedido –gracias Sonia– y se lo notifiqué. Ella se encargó de mover cielo y tierra hasta que «el error» fue resuelto y la publicación borrada.

Yo me enteré de casualidad, y hasta un par de amigas le habían dado a «me gusta», unas acordándose de mi clase y otras sin saber que eran mías.

Como dije al principio, la publicación se retiró y recibí las disculpas oportunas. Ahora todo está, otra vez, en su sitio, incluidas mis pelotas.

Solo recuerdo que las buenas ideas están para ser copiadas, pero al menos pidamos permiso para usar lo que no es nuestro, demos las gracias, mimemos la autoría…

¿Qué te parece la idea? ¿Te han plagiado o copiado alguna vez? ¿Eres mujer u hombre de pelotas?

Gracias por leerme

«La vuelta al cole de un maestro ¿asustado?»

Los maestros… menos mal que tenemos humor.

Como maestro, ayer me reí mucho con el «meme» que he puesto de cabecera de este post. Para serte sincero, llevo a carcajada limpia desde el mismo día que empecé de nuevo el cole. ¿Cómo?, ¿que aún no te has enterado?, perdona pero no me lo creo. Ya te lo había adelantado en este post.

Como un niño bueno, decidí, allá por el mes de mayo, regresar a mi aula y terminar con ese «Kit-kat» que estaba haciendo. En resumen he de confesar que fueron cinco cursos —en principio me había ido por uno—, de mucho trabajo, esfuerzo, dedicación…, que se vieron recompensados con mucho aprendizaje —una consejería tan grande como la de Educación es una especie de cacharrería con un elefante dentro. Moverle una pata, o una oreja, no solo cuesta mucho, sino que se hace mucho ruido, por lo que aprender es inevitable—, buenas personas —hecho de menos a mis compis del curro, sobre todo a los del Café a las 7:30 y a los del VAO, con los que compartí mucho sufrimiento— y un buen sabor de boca al estar totalmente seguro que me marché con la certeza de haber hecho todo lo que estaba en mi mano por ayudar y aportar algo más que un granito de arena.

Como digo he vuelto al cole. Quizás ese maestro del que habla la imagen sea yo. Reconozco que llego despistado, pero con muchas ganas e ilusión por retomar una de mis grandes pasiones, mi aula.

Ahora que paro un rato por esta esquina, dejando descansar un poco las programaciones de aula, los carteles, las fichas, artículos, preparar clases…, veo que de nuevo, la vida me devuelve la posibilidad de seguir aprendiendo, un claustro lleno de buenas personas y un buen sabor de boca.

Estoy seguro que este curso escolar será memorable, pues llego con las pilas cargadas, en parte gracias a haber tenido el tiempo suficiente para hacer aquellas tareas de verano, que en su momento te recomendé y programar una serie de pequeñas locuras (ya te contaré lo de mi escenario de aula, la historia de las pelotas…) que me han ayudado a generar la fuerza necesaria para que esa carita asustada, cada día se note menos.

¿Y tú?, ¿cómo llevas la vuelta al cole? Que sepas que vale contar la tuya o la de los tuyos, de igual. Seguro que hay algo interesante que quieres compartir. Yo estoy deseoso de que comentes y me sorprendas con tus cosas.

Gracias por leerme.