«ADIOS MAESTRA CATI»

«ADIOS MAESTRA CATI»

Hoy me vas a permitir que esta esquina se vea de otro color. Hoy nos ha dejado mi querida amiga, compañera y MAESTRA CATI. 

Ya sabía que este momento iba a llegar. La valiente batalla que ella libraba contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), por el momento, solo tiene este desenlace. CATI lo sabía desde el principio, todos los que estábamos a su lado lo sabíamos, pero aún así, enfrentarme al ahora, a este adios, es duro.

Con CATI me unen muchas cosas. La quiero un montón. Le gustaba leer y comentar mis escritos, por lo que hoy no encuentro en mi corazón, en mi interior, más palabras que dedicar este breve momento a recordarla y rendirle un sencillo homenaje por ser una persona extraordinaria, un ser querido por todos, valiente y excepcional, que nos ha dejado un ejemplo y determinación que yo no hubiera tenido.  

CATI, con su coraje, dedicación y simpatía, decidió que la enfermedad la iba a conocer de cerca. La encaró desde el primer momento y nos organizó para fundar TeidELA. Su objetivo: que los afectados, presentes y futuros, no sufrieran la desazón y el desconcierto que tuvo ella cuando le diagnosticaron la enfermedad. Para mí ha sido todo un privilegio ver como ella y su familia, superaban cada piedra del camino, hasta ver cumplir su sueño. 

CATI es más que un ejemplo de fuerza, es una luz brillante que ilumina nuestras vidas con su amor, bondad y positividad inquebrantable. 

A pesar de los desafíos implacables que la ELA le presentó, CATI nunca perdió su sonrisa radiante, ni su deseo de vivir plenamente cada día. Su espíritu indomable y su capacidad para encontrar la alegría en las pequeñas cosas, nos enseñaron lecciones invaluables sobre la resiliencia y el poder de la gratitud. 

En los momentos difíciles, CATI nunca se rindió. Su valentía nos recordaba e inspiraba para valorar la importancia de apreciar cada momento, de abrazar la vida con gratitud y amor incondicional. Nos enseñó a mirar más allá de las limitaciones físicas y a valorar las conexiones humanas, demostrando que el verdadero significado de la vida reside en las relaciones y las huellas que dejamos en el corazón de los demás. Así lo hizo hace apenas unos días, acudiendo a nuestro llamamiento por el DÍA DE SAN ANDRÉS, en el que hicimos ruido con nuestros cacharros, para hacer sonar la voz de las personas que, como CATI, sufren el castigo de la ELA. 

Aunque me duele mucho y muy profundamente su partida, me quedo con el regalo de su legado, de su ejemplo, de su lucha diaria y de su amor incondicional por todo lo que hacía.

Te doy las gracias CATI por tu ejemplo, por ser MAESTRA, por ser inspiradora y por enseñarnos a enfrentar la adversidad con gracia y dignidad. Que tu memoria perdure en nuestras mentes y corazones, sirviendo como un faro de esperanza y fortaleza.

Gracias por leerme. DEP.

«Llega la hora de cerrar y salir del laberinto»

«Llega la hora de cerrar y salir del laberinto»
Hora de salir del laberinto

En el interior del laberinto del fauno poco ruido se escucha. Como es evidente y ya te imaginarás, eso ocurre hasta que él mismo, amo y señor lugar, así lo decide. Los que se envalentonan y se adentran en su interior buscan, de manera casi inmediata, la salida más próxima. Todos lo hacen sin suerte, pues la bestia interviene. Nosotros llevamos ventaja.

Un colegio vacío tiene mucho que ver con esa sensación. Las aulas desiertas se convierten en espacios lúgubres. Los pasillos, como los del Laberinto, parecen cambiar de forma y proyectan sombras anónimas y misteriosas que poco o nada tienen que ver con las normales, con las de un día normal. Las escaleras reproducen ecos de pasos inexistentes y voces que ahora ya no habitan entre aquellas paredes. Solo falta que aparezca la bestia.

¿Todos creen que ella no existe? Pero está. Vive y se muestra.

El animal, como si de una especie de alma en pena se tratara, hace su aparición de manera ingeniosa. Lo podemos sentir, a veces oler y otras escuchar, si prestamos atención en esas aulas y pasillos carentes de los seres vivos que normalmente las habitan. 

Pero no desesperes. En estas percepciones, en este laberinto triste en el que ahora se convierten los centros escolares, todas las sensaciones son buenas, pues en poco tiempo, sus puertas volverán a abrirse y a llenarse de nuevas y buenas vibraciones, de fragancias agradables, de momentos de calma y otros de estrés, sin maldad ninguno de ellos, que hacen que nos podamos sentir plenamente contentos, vivos e ilusionados por lo que hacemos.

Así que en esas estamos, cerrando capítulos, cerrando el colegio y, también, cerrando este blog, hasta el próximo septiembre, para poder escapar del laberinto y disfrutar, si el fauno nos deja de un merecido descanso. 

FELIZ VERANO.

Gracias por leerme.

«Una capitana diferente»

En el cole hemos decidido publicar un libro de cuentos, así que Sofía ha tenido que sentarse a pensar la historia que quería escribir. 

Estaba muy contenta, ya que podía inventarse el cuento que ella quisiera. Le apetecía mucho escribir de piratas, pero no sobre uno de esos que tiene un barco de vela y un loro posado en el hombro. Ella quería narrar la vida de otro tipo de pirata: quizás de una que fuera chica, y que en vez de navío se desplazara en moto de agua. No quería que tuviera una pata de palo, ni grandes aros en las orejas, aunque sí un piercing en la nariz…

Todas esas ideas le generaban muchas dudas. No estaba muy segura, aquellas ideas parecían muy alocadas, muy dispares para su  historia. Parecía que su relato iba a quedar un poco raro. Y es que, pensar en un cuento es una cosa, y ponerse a escribirlo es otra. Las ideas no fluían con la velocidad que ella necesitaba. 

Cuando escuchó las primeras propuestas de sus compañeros, también se quedó sorprendida. ¡Cada uno de ellos tenía un proyecto distinto! 

Escuchó que Antonio, el niño de pelo largo, iba a escribir sobre un astronauta que no quería ir al espacio; se quedó muy sorprendida cuando escuchó la historia de Ana, la niña que viene de un país extranjero, pues a mitad de la narración paró para pedir ayuda porque sus palabras se mezclaban con las de su idioma materno, y así no podía explicarse bien. Atendió al cuento que proponía Rafa, todos lo llamaban así, porque en realidad su nombre oriental resultaba muy difícil de repetir, pues no existía traducción al castellano… De esta manera vió que todos los niños y niñas de clase tenían cuentos que trataban temas e historias muy diversas entre sí. Eso la reconfortó.

Poco a poco comenzó a componer a su personaje, una fabulosa pirata que era capaz de salvar a los príncipes que se metían en apuros o asaltar barcos enemigos armada tan solo de una pequeña espada que más bien parecía un palillo de esos que se usan para ensartar aceitunas.

Tras muchas líneas escritas, tras muchas palabras enlazadas unas con otras, la joven pirata fue tomando forma. Su tripulación estaba compuesta por una gran variedad de atrevidos y dispares camaradas de viaje. Para ello, sin que nadie lo supiera, Sofía había usado a las personas de su alrededor y así idear al resto de los compañeros de su pirata. De esta forma tenía un pirata gordo, otro flaco, una con el pelo rosa y otro que lo llevaba de color azul; los había bajos, altos, de piel blanca, oscura y más oscura, con pendientes, sin ellos, con zarcillos o tatuajes, con patas de palo y hasta uno que iba en silla de ruedas, a las que le había atado unos flotadores por si se caía al agua. Todos los tripulantes de su pequeño navío, que tenía forma de bañera, erán distintos. Eso la hacía feliz ganándose el sobrenombre de Capitana Diversa.

Cuando le tocó el turno a Sofía de leer su relato, sus compañeras y compañeros, se emocionaron mucho, aquella tripulación diversa se parecía mucho a su clase. Sofía había logrado crear una historia en la que todos los niños y niñas, sin importar sus diferencias tenían cabida, pues habían sabido solventar los problemas trabajando en equipo y ayudándose unos a otros. Gracias a la Capitana Diversa, se habían convertido en una tripulación de lo más diferente, como las personas que nos rodean, y con las que convivimos, todos los días.

Gracias por leerme.

PD: La presente historia está publicada en la ANTOLOGÍA ESCOLAR que cada curso escolar publicamos en mi cole dentro del PROYECTO: «TE FIRMO UN EJEMPLAR», del que María Jesús Bergaz López es la propulsora y coordinadora. El diseño de la portada es de otro de los pilares del centro, Jesús Rodríguez Bravo. Aprovecho para agradecer a todo el Claustro el esfuerzo, la dedicación y el trabajo realizado con esta actividad. Sin duda, una de las más potentes que realizamos.

«La evolución de los Pokemon»

«La evolución de los Pokemon»
Me han llamado Pokemon.

Acompañar todas las mañanas al alumnado más pequeño a sus clases te coloca en el punto de mira de todos ellos. Debes estar dispuesto y preparado a la mayor de las espontanidades y comentarios curiosos. 

—¡Buenos días Pokemón! —me saluda la niña que entra pizpireta todas las mañanas. Yo la miro con estracheza, para nada esperaba un saludo así, pero antes de preguntarle a qué viene el apelativo, levanta el brazo, abre su mano y muestra la aplastada campanilla violeta que lleva en su interior.  

—¿Te gusta esta flor? Pues no es para tí. ¡Es para mi maestra! —se ríe con picardía, pues sabe que le voy a poner morritos, y sigue su camino. La madre levanta los hombros, en señal de asombro, me sonríe algo azorada y me dice que después me cuenta.

Comenzamos a caminar. En cuanto me incorporo a la fila, escucho ¡pitas, pitas, pitas! Me río. Es la broma que tengo con ellos, como si fueran pollitos, para que caminen. Se lo han aprendido y me están vacilando. Así, ¿cómo mantengo el orden?

La pequeña vuelve. Se pega a mi y me mira atenta. 

—Director, menos mal que no te pareces a Pikachu —espero de esta poder enterarme de la fijación por los Pokemon.

—Pues no lo sabía, ¿eso es bueno o es malo? 

—Yo creo que es bueno. Ese es el Pokemon más bobo del mundo.

Sale corriendo. Logro que me escuche antes de que la pierda de vista. Me contesta a trompicones.

—Porque Pikachu siempre dice pika pika y nunca se rasca.

Me quedo como estaba. Sin duda me hace gracia. Deduzco que mezcló mis pitas, pitas, con el pika, pika. 

A la salida, la madre es una de las primeras. La niña se acerca, en cuanto su maestra le da permiso. Besa a su madre y me mira. La madre se dirige a mi.

—Que sepas que lo de Pokemon es un piropo. Ella dice que en este mundo solo hay dos de esos bichos que todo lo pueden, su abuelo y el director de su cole, que es una evolución superpoderosa.

—¡Sí! —interviene la niña, mientras tira del brazo de su madre para marcharse, algo avergonzada porque la madre ha desvelado su secreto—, pero las flores son para mi maestra.

Ambos adultos reímos. Ellas se marchan y yo me quedo con mis poderes plantado en la puerta. 

Gracias por leerme. 

«Un llanto de dolor»

El llanto es una vía de escape
El llanto es una vía de escape

El fuerte sonido de un llanto aterrador me provoca un escalofriante sobresalto. Un niño llora desconsolada y sonoramente. Dejo lo que estoy haciendo y salgo, todo lo rápido que puedo, del despacho a la caza del origen del mismo. 

Un maestro y una maestra acompañan a uno de los alumnos —8 o 9 años—. Imagino que algo grave pasó. Están en la puerta del cuarto de baño. No tienen forma de calmarlo. Le hablan, le piden calma, que respire, que les mire a los ojos… No hay manera. Intentan averiguar qué ha pasado. Les pregunto. Ninguno de los dos sabe, pero las lágrimas brotan de sus ojos a borbotones.

Busco sangre —suele ser la primera opción de tal lastimera situación—, no veo; quizás alguna trilladura de un dedo en una puerta —también posible, aunque menos probable—. Nada, sus manos están intactas. Él sigue llorando.

Los maestros que le atienden insisten, le preguntan qué pasa. Como respuesta un grito de dolor.

Veo cómo abren el grifo del agua. Lavarles la cara ayuda a intentar recuperar la calma. Nada. él sigue llorando. Se percata de mi presencia y me mira. Vuelve a lanzar un desgarro. Aparentemente está bien. No veo que se toque en ningún lado, no parece que se haya dado un golpe o que se hubiera caído, o doblado una pierna, o…

—¡Bueno!, ¡ya está bien! —alzo la voz— ¡Respira! ¡Deja de llorar! —ordeno.

El hace un gran esfuerzo. Aspira sus mocos. Respira profundamente. Parece que vuelve en sí y empieza a recuperar la calma.

—¿Podemos saber qué te pasa? —le pregunto mientras me agacho para estar a su altura y mirarlo.

Entre sollozos, se lleva las manos al pecho, con una voz muy suave y dolorida, me contesta:

—Es que tengo una especie de flechazo acá —indica con claridad su corazón—. M. me dejó y no puedo olvidarla.

Las cosas del amor no correspondido. ¡FELIZ SAN VALENTÍN!

Gracias por leerme.

«El lagarto de don Evaristo»

A veces es fácil reconocer a un maestro.
A veces es fácil reconocer a un maestro

Don Evaristo me lanzó el borrador a la cabeza. Gracias a mis reflejos puede esquivarlo. Sin duda consiguió lo que quería, captar mi atención.

Sentado en mi pupitre de madera, de aquellos que se levanta la tapa para guardar el material, aprovecho la más mínima oportunidad para abstraerme y contemplar el movimiento de las ramas del jardín, el revoloteo de las moscas…, el balanceo de la falda de Ana al pasar por el pasillo… Don Evaristo se dio cuenta de ello. Me había pillado.

—¡Sal a la pizarra!

No había opción. Aquella orden no es discutible. Las cabezas de los otros cuarenta y cinco compañeros de clase, giraron a la vez hacía mi. Sabíamos lo que venía a continuación. No nos defraudó. Don Evaristo tiene unos duros nudillos que, al impactar contra el craneo, garantizan un chichón latente durante varias días.

En el fondo todos sabemos que don Evaristo es así y lo que hace, es por nuestro bien, o eso nos repite hasta la saciedad.

De pie junto al encerado, y sobando mi cabeza para intentar apaciguar la quemazón, don Evaristo vuelve a sorprendernos. Pretende que nos pongamos en fila y que yo vaya delante, guiando la marcha, para que así no tenga más tentaciones que las que nos ofrecen los peldaños de la escalera.

Salimos al descampado que está detrás del colegio. Una vez allí nos hace formar en circulo y, aparentemente al azar, enumerándonos del 1 al 15, nos hace formar grupos de tres.

De la gran bolsa de plástico que porta saca el material que necesitaremos: Medio tomate maduro, un pedazo de tela y una bolsa de plástico, para cada grupo. Nuestro objetivo es cazar un lagarto, “¡vivo!, y sin que sufra”, ordena con su potente voz.

En menos de treinta minutos, todos los equipos habíamos cumplido el objetivo.

La vuelta a clase la hacemos entre cánticos, risas, preguntas sobre qué haremos con el animal… La intriga, la ilusión, la magia se contagia y se palpa entre todos nosotros. No hay respuestas, más que un “Ya lo verán. Mantengan la calma

Vamos directos al laboratorio. Las mesas alargadas están preparadas con todo lo necesario: tablilla, alfileres, cloroformo, bisturí, pinzas y el microscopio. Toca clase de biología.

El latir del corazón, el análisis de la piel al ojo del aparato, los distintos órganos…

Las bocas abiertas. Los ojos se nos salen de las órbitas. La saliva pende de las comisuras de los labios. Este hombre, este maestro, es capaz de poseer las almas de todos nosotros solo con levantar la mano, o los nudillos.

Aquella clase me hizo descubrir que no quería ser cirujano, ni biólogo…, pero sí la recuerdo como la historia de un hombre que daba lo que fuera para que sus alumnos descubriéramos y experimentáramos, por nosotros mismos, los contenidos de un libro que no nos decía nada, pero que con aquella experiencia aprendimos a entender.

Quizás don Evaristo, con esas actividades, aportó su granito de arena y, ahora yo, también soy maestro.

Gracias por leerme.

PD. El lagarto de mi grupo despertó en la siguiente hora. A doña María Luisa (profe de lengua) no le hizo ninguna gracia. A nosotros mucha. Recibió cristiana sepultura en el jardín del cole durante el recreo el comedor. DEP.

«Una maravillosa caja de lápices de colores»

«Una maravillosa caja de lápices de colores»

«Una maravillosa caja de lápices de colores»

Una de las mayores ilusiones que recuerdo de cuando era niño, a la hora de empezar el colegio, era el olor a nuevo que tenían los libros de texto. Otra era la posibilidad de estrenar la caja de lápices de colores. Francamente me fascinaba ver todas aquellas puntas perfectamente ordenadas por tonalidades y tan bien afiladas que habían dejado un puntito de su color grabado en el interior de la solapa de la caja.

Los claustros de los colegios, son como esas cajas de lápices de colores. Dentro de ellos hay personas que representan toda la gama de colores y, según sean, aportan. Siempre aportan. Ahí estriba, y se esconde, la gran fuerza de un centro y su verdadero potencial.

Visto así hay que descubrir qué color es cada uno y, en su medida, darles momentos para pintar y completar a todos los demás.

Las personas que representan el rojo, son intensas, captan fácilmente la atención, provocan fuertes sinergias, por lo que también hay que moderarlas.

Aquellas que se asemejan al naranja son las que marcan, en gran medida, la creatividad y el éxito, fijando un punto de equilibrio.

Las que se identifican con el amarillo provocan positivismo y sentimientos de felicidad. Combinan muy fácilmente con los anteriores y, al ser uno de los colores primarios, sirven de puente y conexión entre unas personas y otras.

El verde es generosidad y naturaleza, frescor y armonía. Sin duda darán aliento y energías positivas al grupo.

Los que se acercan al azul son aquellas que dan estabilidad, seguridad y armonía, aspectos todos ellos importantes cuando hay tantas personas en un mismo espacio, con necesidades e inquietudes que pueden ser diferentes, aunque busquen un mismo fin.

Todas las personas que se identifican con el violeta están marcadas por un aura de sabiduría, de espiritualidad, que les ayuda a ser escuchados por los demás dando sentido y estabilidad al grupo.

Necesitamos tener personas en el color blanco, pues con ellas marcaremos el fondo de todo lo que programemos, con bondad y limpieza; al igual que las que señalan el negro como preferido, que darán elegancia y seriedad, complementando así los trabajos.

¿Qué te parece? ¿Puedes identificar a tus compañeros y compañeras de Claustro? ¿Qué color eres tú? Recuerda siempre aportas. Hazlo en positivo.

Gracias por leerme. 

«El Arca de Noé y los dinosaurios escolares»

«El Arca de Noé y los dinosaurios escolares»
A Noé no solo le faltaron dinosaurios.

Quizás el Arca de Noé tiene cierto parecido a nuestras casas y escuelas durante este confinamiento. 

En estos días que tanto se habla de cómo debe evaluarse al alumnado, o de si es conveniente avanzar o no en el temario, o de si volverán las alegres carreras y el griterío de nuestro alumnado por los pasillos de los colegios, o de si el profesorado está adaptado a la docencia online… —hubo hasta quien se atrevió a nombrar a alguno de ellos como dinosaurio—, se demuestra que, como en el Arca animales, hay gente para todos los gustos y todos los colores. 

Aunque en dicho navío no había ningún dinosaurio, en esta profesión, como en todas, aún queda mucho animal de este tipo. Lo siento, igual no te gusta escucharlo, pero sabes que es cierto, Todos conocemos o hemos compartido curso con algún ejemplar.

Pues como iba diciendo, el foco alumbró ese calificativo, sobre todo por la persona que se atrevió a usarlo y que, aunque creo que tiene razón, parece políticamente incorrecto que le de uso, sobre todo por el puesto que ocupa, desviándose la mirada en otros casos que creo también es conveniente citar.

Estoy muy orgulloso de mi Claustro y de compañeros y compañeras de otros centros. Les dedico parte de mi aplauso de cada tarde a las 19:00 horas. Me consta que se están dejando la piel e invirtiendo mucha energía y horas en esto de intentar mantener a nuestro alumnado activo, pese a las grandes dificultades que nos encontramos, sobradamente conocidas por todos y que no entraré a detallar —la brecha digital, la falta de compromiso, la escasa formación implicación de unas pocas familias…—. Para nada dinosaurios que hacen todo lo que pueden y aún intentan más cosas.

Veo día a día como hay maestros y maestras que además son padres/madres, que nunca han necesitado tener más de un ordenador en su casa, pues se organizaban divinamente, haciendo grandes esfuerzos para atender a todo. Ahora se les pide que manden tareas, que realicen videoconferencias, que contacten con su alumnado, que se coordinen con los demás…, que ayuden a sus hijos e hijas en casa con sus tareas —¿con qué ordenador?—, que atiendan a sus mayores…, que se atiendan ellas…, ¿con qué fuerzas? ¿Cómo lo hacen? 

Otra compañera me decía que su teléfono móvil es de prepago. Tiene los minutos de llamadas que necesita para su día a día. En lo que llevamos de mes ya se los comió, creo que con papas, para contactar con las familias de su alumnado. ¿Qué tiene que hacer ahora?

Cuando un camarero tiene que llevar un uniforme a trabajar, la empresa se lo da. Si te conviertes en miembro del Congreso, este te da un artilugio digital —o dos—, para que puedas trabajar desde casa o jugar con tranquilidad al Candy Crush, en tu puesto y en horario de trabajo. Si un sanitario necesita una mascarilla, o guantes, o visera protectora… ¡Ups! mal ejemplo. Ellos también se buscan, y además arriesgan, la vida. Por eso la mayor parte de nuestros aplausos de la tarde.

Soy como soy y no me importa echarle horas a todo esto. Pongo mi ordenador, mi tablet, mi teléfono, mi wi-fi y lo poco que se informáticamente hablando, al servicio de mi centro, de mis compañeros, de mi alumnado y de sus familias, pero ¿porqué tengo que hacerlo? ¡Vale lo hago!, pero lo lógico es que si una empresa quiere que se haga un trabajo, pone los medios a sus profesionales para que puedan hacerlo.

En defensa de todos diré que reconozco que Noé tuvo tiempo para preparar su Arca, para avisar a todos los que debían subirse. Por el contrario, este confinamiento nos cogió con el pie cambiado, o los pantalones bajados, como prefieras, dejando a la luz muchos problemas, bien conocidos desde hace años, a los que no se les había dado respuesta.

En un esfuerzo titánico nos estamos poniendo las pilas, con o sin recursos, con o sin formación, dinosaurios y maestros de a pie…, lo que me lleva a pensar que saldremos de esta más fortalecidos y con la esperanza de que los que cobran, para dedicarse a eso de la gestión, aprendan algo y empiecen a darse cuenta de quién tiene la culpa de que existan dinosaurios. Para ello nada mas fácil que coger ejemplo de Noé, que no dejó subir a los dos «Icos», o al menos eso dice la canción

Gracias por leerme. 

«El «seguro» hogar de Iván»

Un hogar seguro es lo mejor que se puede tener.

El hogar de una persona, y más si es un niño, debe ser un sitio en el que nos sentamos seguros.

Iván tiene nueve años recién cumplidos. Como muchos de los niños de su clase ahora, tras un complicado divorcio de sus padres, tiene dos casas.

—La casa de mi madre es más pequeña —intervino—. En ella vivo con mi hermana, mi madre y, a veces, un amigo de ella que viene a pasar el rato.

En clase estaban trabajando los distintos conceptos y formatos de familia. El grupo iba alzando sus manos y exponiendo libremente con quién vivían, intentando identificar el tipo de hogar y de núcleo familiar que tenían (monoparental o monomarental, nuclear, extendida…).

—En cambió, en casa de mi padre, —continuó diciendo— vivimos mucha más gente.

—¿Cuántas personas?

—Depende del día. Cuando yo y mi hermana vamos, además de mi padre y su novia, está mi abuelo, mi tía, la que sufre de alucinaciones, y todas las personas que viven con él.

—¿Cómo que las personas que viven con él?

—Sí, mi padre, tiene una casa muy grande y deja que unos amigos suyos se queden allí a dormir.

—¿Caben todos? ¿Cada uno tiene una habitación?

—No. Muchas veces compartimos. El problema es que, como mi padre es chatarrero, las habitaciones están llenas de cosas que él vende y entonces tenemos que ir haciendo sitio. Anoche no podíamos utilizar mi cuarto. Se lo quedó un grupo que iban a «pasarlo bien».

—¿Dónde dormiste?

—Con mi hermana en el sofá del salón.

(…)

El hogar de Iván, como el de todos nosotros, debe ser un santuario. Un refugio seguro al que todos tenemos derecho, pero del que no todos disfrutamos. Puede que te parezca mentira, puede que mi imaginación esté haciendo de las suyas, pero también puede, que Iván exista y que su hogar no sea lo suficientemente seguro para él y su hermana. Mientras nosotros nos preocupamos de… Completa tú la frase.

Gracias por leerme.

«Un cuento de Navidad»

Navidad esa época en la que hacemos realidad tantos sueños.

Uno, dos, tres, cuatro… Cada vez que salimos de excursión me paso la mañana contándolos. Hoy no es un día diferente, sobre todo viendo la cantidad de gente que hay en las calles al estar tan cerca la Navidad.

Todo el mundo va como loco de aquí para allá. Cargan bolsas, paquetes y regalos. Nadie parece percatarse de nuestra presencia, aunque mantenemos una fila bien hecha, pero somos lo bastante ruidosos como para que se nos oiga. Vamos charloteando, encandilados por tantas luces, tanto adorno y…, tanta gente. La primera evaluación ya termina —aquí puedes recordar algo—, así que hoy toca disfrutar de otras experiencias, de ese aroma que siempre dejan los cuentos de Navidad. 

El camino hacía el portal es corto y fácil de recorrer, pero nada más salir del colegio, los niñas y niños que me acompañan, ya preguntan los consabidos: «¿falta mucho?», «¿cuándo llegamos?». Un clásico de cada salida fuera de las paredes y el orden del día a día.

El pesebre que visitamos es modesto. En verdad tampoco nos interesa mucho, lo que vamos es a entregar las cartas a los Pajes de los Reyes Magos, que allí se encuentran esperándolas como en cada Navidad. «Seguro que son de mentira» dice uno de los chicos mientras los señala, «Claro que sí, los de verdad están muy ocupados preparándolo todo», responde una de las niñas con su tierna inocencia.

En cuanto llegamos y los vemos de cerca, los ojos se les abren como dos grandes contraventanas que saludan a los rayos del sol cada mañana. La esperanza y la ilusión les embriaga.

Uno a uno, por orden de lista, van pasando por sus regazos. Los Pajes les saludan por su nombre. Ellos se asombran. 

Ahora las voces y los comentarios que hacen empiezan a cambiar el tono y el discurso: «¡Maestro, que son los de verdad!», dice el pequeño Juan mientras agita las dos manos nervioso. «¡Sí!, ¡nos conocen!» contesta la simpática Ana. «¡Saben quién soy!», sentencia Elisa… Los demás del grupo, los que esperan su turno, emiten un suspiro de asombro mientras abren sus bocas, para ya no cerrarlas hasta el regreso al colegio. Con ganas esperan su minuto en la intimidad con los Pajes. Ahora no hablan, tiemblan, babean, se agitan. Los nervios están a flor de piel, incluso cuando les toca dejar paso al siguiente compañero. 

A veces, para que la magia de la Navidad se haga realidad basta con mantener un pequeño orden y entregar, a las manos adecuadas, una lista de nombres. ¡FELIZ NAVIDAD!

Gracias por leerme.