«Un día de pesca muy especial»

¿Has ido alguna vez de pesca?

Con los pies a remojo, mientras pescaban, continuaban hablando de sus cosas, a la vez que intercalaban miradas, sonrisas y saludos con los transeúntes que se paraban para observarles con curiosidad. 

Los tímidos peces se acercaban para olisquear el engodo y, poco a poco, irlo mordisqueando. Ellos movían con suavidad sus anzuelos.

—¿Tú estás seguro de que esto se hace así?

—Pero por supuesto, llevo años pescando en río y no puede haber mucha diferencia.

—¿Y porqué la gente nos mira y se ríe?

—Imagino que la envidia debe corroerlos. ¡Ya verás!, ¡no les hagas caso!, debemos mantener la calma para no asustar a los peces. Tu sonríe y que sigan su camino. ¡Pedazo guiso haremos con éstos pequeñines una vez los cojamos a todos!

—Buenos días caballeros —dijo una voz femenina que se les acercó—, soy la encargada del negocio, ¿saben ustedes que esto es un establecimiento de pedicura? 

Gracias por leerme.

«Con la yema de sus dedos»

Sentir tus manos en mi nuca.

Sin decir ni una sola palabra, solo con el impulso ejercido con la yema de sus dedos, me pidió que echara mi cabeza hacia detrás y me recostara. Sin oponer resistencia cerré los ojos y permití que me guiara en el recorrido. En sus manos dejé mis pensamientos y mis deseos más íntimos.

Con cierta presión, y con calculada pasión, empezó a acariciar mi cuero cabelludo, permitiéndole a mis neuronas dejar por unos instantes su imparable actividad, hasta conseguir una ficticia desconexión.

Aquella chica sabía lo que necesitaba. Sus yemas se movían en círculo, abarcando toda mi cabeza, mientras su perfume, suave y embriagador, iba calando en mi, acompasando el abandono al que estaba siendo sometido.

Los deseos de que sus manos siguieran bajando por mi cuerpo se vieron satisfechos cuando rozó mis sienes, pero la llegada de un barbudo solicitando un retoque rompió aquel momento íntimo con mi peluquera.

Gracias por leerme