«Aquellos pasos de baile»

«Aquellos pasos de baile»

La tarde es agradable. Tu compañía, como siempre, es un placer. El centro comercial anda alborotado. La cercanía de las fechas navideñas hace que la gente tenga ganas de salir, comprar, entretenerse y pasar ratos fuera de casa. Nosotros no somos menos. 

En medio del bullicio que tenemos alrededor la música suena. Destaca el ritmo del bajo y el juego de las trompetas. Esto no lo esperábamos. En la plaza central han instalado un escenario y una banda empieza a dar los primeros acordes. La gente, ya acumulada a su alrededor, disfruta del momento. 

Las claves entran en juego, con su característico sonido retumbante y repetitivo, para marcar el son típico de la salsa. Me miras. Te miro. Noto un pequeño brillo en tus ojos y cómo tus labios se mueven en una simple mueca. Esa mirada, ese gesto, me basta para poder comprender qué es lo que quieres. Siempre se nos ha dado bien bailar juntos y ambos lo sabemos. Me gusta que me lo pidas así, insinuándote tímida, como lo haces casi siempre que quieres algo, pues expresar tus sentimientos te cuesta. Pocas veces he conseguido que lo hagas. No pasa nada, te endiendo.

Nuestros pies empiezan a moverse acompasadamente. El paso es el mismo. No nos cuesta sincronizarnos. Tu mano roza la mía, en un gesto casi instintivo, a la búsqueda del contacto firme y seguro. No la desprecio. Me gusta que lo hagas. La agarro con decisión para atraer tu cuerpo contra el mío. Un giro. A tu regreso me aferro a tu cintura. Disfruto hasta del contacto de tus manos frías, aunque el resto de tu cuerpo… 

Comenzamos a dar los primeros pasos cuando alguien nos interrumpe. Hay mucha gente. Nos saludan. Cesamos nuestro baile, que había empezado a convertirse en sensual, para poder atender la demanda, la tan intempestiva demanda. 

Ambos estábamos deseando continuar con aquel ritmo, con aquel roce de cintura, con nuestros pasos de baile, donde las manos hacen su propio juego, pero…, mejor nos marchamos y ya en la intimidad… 

Gracias por leerme.

«Cuando ser feliz es fácil»

«Cuando ser feliz es fácil»

Como es normal Carla desea ser feliz, quiere que llegue la hora de la salida de su trabajo. Su cabeza está a punto de explotar con tanta información. Lleva levantada desde las siete de la mañana, son cerca de las ocho de la noche y ya no puede más. Además, para terminar el día, tiene esa reunión, de cerca de tres horas de duración, que la agota. Menos mal que el pacto inicial había sido no hacer descanso para poder terminar antes. El cansancio le puede. Ya termina. los asistentes se despiden y ella recoge su bolso y papeles con parsimonia, aunque por dentro desea salir corriendo. 

Baja las escaleras despacio, haciendo un breve repaso mental de las cosas que ha dicho para asegurarse de que cumplió con el objetivo propuesto. Todo en orden. 

Por fin llega a la calle. El paseo hasta el coche le vendrá bien, pues el aire en la cara, las luces, el bullicio de la ciudad le ayudará a desviar su mente del estrés, las tareas pendientes, la compra pendiente, la cena que hay que preparar, la tarea de los niños, lavarse el pelo, la ropa de mañana… Todo agotador.

Por un momento enciende el móvil, quiere descubrir si hay alguna novedad en casa. El estómago se le encoge, no tiene ganas de problemas, ni de más complicaciones, necesita algo de tranquilidad. La luz de su teléfono, por un momento, le ciega la vista y no lo ve llegar.

Aquella voz le sorprende. Escucharla la hace feliz. ¿No puede ser? Levanta la vista y el corazón se le acelera. Se pone nerviosa. Es él: «¿Qué haces aquí?» «Vine a verte».

Olvida las tareas anotadas en su cabeza, la gente que pasa por su lado, el cansancio y todos los problemas. De forma espontánea y acompañada de una gran sonrisa de felicidad le da un abrazo. Un beso en el cachete, aunque quisiera que fuera en la boca. Lo agarra por la cintura. Ríe nerviosa.  Caminan con calma, sorprendidos, felices

Ella pensaba que aquella era una tarde más de cansancio y la vida le ha dado una sorpresa. La completan con una copa de vino y… Todavía hay otra sorpresa. 

La felicidad les besa en la frente. 

Gracias por leerme.

«La vieja del visillo»

No es tarde, así que tras compartir unas palabras con ella decido sentarme a su lado y aceptar la invitación de tomarnos un cortado. Casi de manera inmediata, tras las primeras risas, el visillo del primero B, de la acera de enfrente, se mueve. 

Lo veo de refilón, por el rabillo del ojo, pero no me llama excesivamente la atención, al ver que la ventana está abierta, así que, en un primer momento, imagino que la brisa es la culpable del movimiento. 

Casi sin querer pasan más de tres horas. Lo que era un cortado con risas y buena compañía, pasó a ser un vermut y más risas, para convertirse, al cabo del rato, en una botella de vino y una maravillosa cena. 

Con tanto alcohol, las risas fueron subiendo de volumen y los comentarios cargados de buen humor y picardía, también. Historias personales se entremezclaron.

Al levantarnos de la mesa, nos fuimos en la misma dirección, pues ambos teníamos el mismo camino. Nos agarramos del brazo y caminamos con paso lento. Cualquiera que nos veía podía pensar que éramos pareja. Tras doblar la esquina y abandonar la concurrida calle nos despedimos con un abrazo y: calabaza, calabaza, cada uno pá su casa. 

Nada más llegar al trabajo recibo un mensaje: «No te puedes imaginar lo que mis compis de curro me acaban de preguntar». Evidentemente no tengo ni idea, así que, en esa línea respondo. La respuesta no tardó en llegar: «¿Quién es el chicarrón con el que cenaste, y te marchaste anoche, tan acarameladita?»

La pregunta me sorprendió. No solo por el piropo hacia mi persona, sino cómo a la gente le gusta liarla de manera facilona y buscar el enredo.

Pasados los días me enteré de toda la historia. En el primero B, frente a aquel bar, vive una compañera de su gimnasio y, como parece que suele hacer, la susodicha estuvo un buen rato, tras el visillo, intentando ver qué se cocía, y de ahí, del ver el buen momento, la complicidad, la cercanía y el bienestar, sacó sus propias conclusiones, publicándolo a diestro y siniestro por doquier, con tal de tener una novedad que contar. ¡Ole por ella!

Gracias por leerme.

«In memoriam. Javier Marías»

«In memoriam. Javier Marías»
«In memoriam. Javier Marías»

Se encontraban cruzando «Los dominios del lobo (Edhasa, 1971)», tal y como les habían indicado, a través de la denominada «Travesía del horizonte (La Gaya Ciencia, 1973)».

Ellos no lo sabían, pero «El monarca del tiempo (Alfaguara, 1978)» hacía tiempo que les seguía, algunos hablaban de que lo hacía hace casi «El siglo (Seix Barral, 1983)», pues en el fondo, aquel vil tirano, se consideraba «El hombre sentimental (Anagrama, 1986)». No engañaba a nadie.

A «Todas las almas (Anagrama, 1989)» que los veían pasar, se les quedaba el «Corazón tan blanco (Anagrama, 1992)», como si del mismo hielo polar se tratara, pues tenían la sensación de que aquellos dos no lograrían llegar a su destino de manera segura. 

Algunos, los más valientes, les bisbiseaban una extraña frase: «Mañana en la batalla piensa en mí (Anagrama, 1994)», para intentar hacerlos conscientes de lo que ocurría. Como era evidente, los dos no sabían qué significaban aquellas palabras.

El camino hizo que la «Negra espalda del tiempo (Alfaguara, 1998)» se mostrara pesada y lúgubre deseando que «Tu rostro mañana (Alfaguara, 2009)» cambiara de color y les diera la oportunidad de llegar al destino. Ambos sucumbieron por aquella senda. 

«Los enamoramientos (Alfaguara, 2011)» a los que se vieron sujetos fueron los culpables. Ninguno de los dos pudo darse cuenta de que «Así empieza lo malo (Alfaguara, 2014)», por lo que, tanto «Berta Isla (Alfaguara, 2017)», como «Tomás Nevinson (Alfaguara, 2021)» se perdieron en el mundo del olvido.

Gracias por leerme.

PD. Tal y como hice cuando falleció  Eduardo Punset, o Juan Goytisolo, o Carlos Ruiz Zafón, o Almudena Grandes, hoy he jugado con los títulos de las obras de Javier Marías, con el que tantas horas pasé leyendo. Ahora te toca a ti leer su obra. Espero que la disfrutes como yo lo he hecho. DEP.

«Un nuevo comienzo para Fantasía»

«Un nuevo comienzo para Fantasía»
«Un nuevo comienzo para Fantasía»

La Nada llegó para destruir Fantasía. Michael Ende lo sabía y por eso escribió La historia interminable, en un intento valiente y certero de animar a los lectores a lanzarse a por sus objetivos. La historia logró convertirse en un clásico de la literatura mundial. Además de un libro dentro de un libro es, en mi opinión, una fabulosa crítica hacia la falta de entusiasmo y sueños de los adultos.

Hoy empezamos el cole. Maestras y maestros, convertidos en una especie de Atreyu, cabalgamos por este mundo en busca de, como el protagonista de la obra, un remedio que haga recuperar los sueños rotos y las ilusiones perdidas. Por suerte, nuestros Bastían particulares, nuestro alumnado, está dispuesto a soñar con nosotros, a entusiasmarse con el camino que hay que recorrer, a gritar con fuerza cuando esto haga falta y a reir, sobre todo hay que reir y hacerlos reir. La risa es nuestra mejor arma, nuestra más potente herramienta para que esos niños y niñas respondan de igual manera.

Como en el libro, con este comienzo de curso, iniciamos una historia en el que las maestras y maestros debemos proteger, mimar y cuidar nuestra vocación, siempre con ilusión, creando un mundo en el que, superando todas las dificultades que se nos pongan por delante, demos vida y fuerza a nuestro dragón blanco (Fújur). Gracias a él podremos montar y desarrollar todos esos proyectos que nos caracterizan, los que hacen que nuestros coles y nuestras aulas sean un lugar de felicidad y entusiasmo para nosotros mismos y para nuestro alumnado. 

Si no crees en Fantasía, si piensas que esta historia interminable tiene fin y no es como la pinto, lo siento pero te has equivocado de libro. A los demás, ¡feliz vuelta al cole! Que Fantasía se haga realidad.

Gracias por leerme.

«Las llaves de Jose»

Las llaves de Jose

Hay llaveros que parecen pesados ramilletes metálicos difíciles de manejar. Otros, por el contrario, son portadores de pequeñas almas en pena que carecen de importancia, salvo por la importancia de las posesiones que protegen.

Las llaves, y las cerraduras que guardan, eran el gran placer de Jose. Siempre cargaba su manojo a todas partes. Cada vez que lo usa, se queda ensimismado con el tintineo que hacen las llaves al pasear con ellas colgando de la mano. Para él, el pequeño roce que produce el frío metal con en sus dedos, cuando las hace girar, es un placer solo superado por el de sus dedos sobre un pecho de mujer.

Así va por el mundo, disfrutando del tintineo, y cargando el peso de cada vez más llaves. 

Jose vive en un piso sencillo, por lo que, muy probablemente, con portar tres o cuatro llaves le bastaría para satisfacer sus necesidades de guarecer sus propiedades. No es así, para él nunca son suficientes.

Los del barrio le preguntan para qué quiere tantas. Lo miran y se ríen. Él calla. Otros se acercan y le regalan aquellas que ya no usan. Jose las acepta y las incorpora a su, cada vez, mayor anilla.

El día que conocí a Jose lo descubrí sentado en el suelo del portal de su casa. Había sacado todas las llaves del gran llavero y parecía que les hablaba mientras las reordenaba por tamaño, forma, número de dientes… 

Para mi, aquello no tenía ningún sentido pero, tras saludarme, y ver que le estaba mostrando cierto interés por lo que hacía, me miró y argumentó su vicio: «Hay llaves que abren vidas, ¿me dejas pasar?»

Gracias por leerme.

«Aquella canción de Tuna»

«Aquella canción»

Mi madre llamó ilusionada hace dos noches. Quería contarme que me había visto en un video, mostrado por una amiga suya. Su llamada se alarga, pues aprovecha la ocasión para contarme toda la historia de la persona que lo grabó.

Carmita pasea como una tarde cualquiera por La Laguna. Salir a almorzar y dar un largo paseo por sus calles peatonales siempre es un buen entretenimiento para alguien jubilada, como ella y su esposo que, caballeroso como siempre, le da todos los placeres que puede permitirse para mantenerla contenta y feliz. 

Caminan tranquilos, por el lado del sol, con ritmo sosegado y apenas prestando atención a los escaparates. Ella va colgada de su brazo, con calma, como cantaba la maravillosa María dolores Pradera: «Vamos amarraditos los dos/espumas y terciopelo/yo con un recrujir de almidón/y tú, serio y altanero/la gente nos mira, con envidia por la calle/murmuran los vecinos (…)» El silencio los une. Pero hasta el más anodino de los paseos, se rompe al son de la música. 

El ritmo alegre y desenfadado, en este caso de la tuna, de mi Tuna, hace que su cara cambie, que su cuerpo se vea invadido por una pletórica ilusión. 

Se pone al paso, nos saluda, nos alaba y nos graba. Nos acompaña un rato y nos pide con constancia una canción. Nada más terminar el pasacalles, sin conocerla a ella, ni su historia, le concedemos su deseo y le cantamos nuestra versión de FAROLA DE SANTA CRUZ.

Pasados los días, cuando mi madre me llama, que así comenzábamos este relato, me habla de Carmita, de su historia, de la amiga en común, de su enfermedad, de sus dolores…, pero sobre todo me cuenta de lo feliz que la hicimos aquella cercana tarde de primavera, dedicándole esa canción que tanto le gusta.   

Gracias por leerme.

«Poder hablar»

«Poder hablar»

Hay momentos en los que uno debe saber cuándo es buen momento para callarse. Hay otros en los que hay que responder. Luis lo sabía. Por eso, cuando Claudia lo había convocado para  tomar un café acudió extrañado a la cita, pues sabía que no era muy normal la insistencia de ella por quedar. Tenían una conversación pendiente y sospechaba que ella había decidido que ese era el momento para acometerla.

Tras un rato de hablar sobre temas banales, Claudia atacó. Comenzó a echarle en cara sus más que plausibles intenciones de mantener relaciones con Clara, su amiga. 

Luis intentó hablar, exponer su postura, su forma de ver lo ocurrido. No pudo. Fue entonces cuando decidió callar. Aguantó los argumentos basados en frases sacadas de contexto, en suposiciones, en comparaciones…, pues sabía que de nada servía que él narrara el porqué de aquellas palabras o aquellos comentarios, pues ella ya había tomado partido y había acudido a aquella cita para desahogarse y contar lo que le estaba molestando. 

A Luis le dolió cuando Claudia le dijo que ahora dudaba de las cosas que tiempo atrás él le había dicho. Todas habían sido sinceras y, sin que ella lo supiera, aún tenían plena validez, pues sus sentimientos, pese al tiempo transcurrido, en nada habían cambiado. 

Se quedó con las ganas de decirle que el intento de relación con Clara no tenía los visos y la oscura intencionalidad que ella le estaba dando. Se quedó con las ganas de comentarle que la única pasión que tenía era ella y que, Clara, aunque sonara mal, era solo una excusa para poder acercarse más a ella.

Por esos derroteros fue el café que Luis se tomó conmigo. Descargó, me contó lo que no puedo contarle a Claudia y me soltó las cosas que no se atrevió a narrarle a ella. Quizás lo hizo para desahogarse pero creo que él quiso que yo lo contará. Espero que puedan volver a hablar. 

Gracias por leerme.

«In memoriam. Almudena Grandes»

Sin duda una de las más grandes.

Siempre pensé que en esto del amor la cronología no importa. Me equivoqué. Esa mujer que ahora miro se muestra variable, como si dentro de ella «Las edades de Lulú (1989)» tomarán distinta forma según el momento. Permíteme que te lo muestre.

Como te cuento esta historia, he decidido que «Te llamaré Viernes (1991)», que eso de “lector” se me queda grande, pues ya sabes que «Malena es un nombre de tango (1994)» y ese conocimiento te da cierta categoría. 

Todo comenzó cuando ella, conocedora como ninguna del «Atlas de geografía humana (1998)», anduvo por los «Los aires difíciles (2002)» de aquella región lejana, alojada en diferentes «Castillos de cartón (2004)», que le dejarían «El corazón helado (2007)». Sufrió mucho hasta que hizo amistad con «Inés y la alegría (2010)», quien le presentó a aquel viejo hombre, conocido por el sobrenombre de «El lector de Julio Verne (2012)»

Con él tropezó varias veces, dándose la casualidad que siempre fue en «Las tres bodas de Manolita (2014)». En todas las ocasiones el encuentro terminaba con «Los besos en el pan (2015)». Esas circunstancias hicieron que su personalidad, tal y como te conté al principio, fuera tan variable. 

Hoy en día es una de «Los pacientes del doctor García (2017)». Ahí la conocí y ahí me sedujo. Lástima que no me diera cuenta antes de que, la susodicha, era «La madre de Frankenstein (2020)». El amor, a estas edades, juega a esas cosas. 

Gracias por leerme.

PD. Tal y como hice cuando falleció Delibes, o Eduardo Punset, o Juan Goytisolo, o Carlos Ruiz Zafón, hoy he jugado con los títulos de las obras de Almudena Grandes, con la que tantas horas pasé leyendo. Ahora te toca a ti leer su obra. Espero que la disfrutes como yo lo he hecho. DEP.

«Aquellos ojos verdes»

«Aquellos ojos verdes»
Quizás coja el cielo ese color por tus ojos.

El día se levantó gris, por lo menos en mi cabeza. Desconocía el motivo, pues nada más abrir las cortinas las primeras luces indicaban de que el sol iba a brillar con fuerza. Un par de horas después todo se descolocó, y el motivo de la turbulencia cogió forma.

Hay días así. Todos pasamos jornadas que deseamos que acaben pronto. Y lo normal es que lo hagan. En mi caso, en este caso, así llevamos varios días. Gris sobre gris.

En ocasiones como estas, para despejarme e intentar aclarar mis ideas, salgo a caminar, voy a nadar, cojo un libro, toco la guitarra. Por desgracia estos días no he podido hacer nada de eso, pero hoy quiero escribir y quiero cantar. ¡Vaya!, me viene a la cabeza un famoso bolero de Los Panchos: Aquellos ojos verdes, de mirada serena, dejaron en mi alma…

Es así. Hay miradas que llegan antes que la persona que las ordena. Hay ojos, en este caso verdes, que alumbran el camino, como un semáforo que permite el paso, y que, cuando te miran, transmiten la felicidad, las ganas de vivir, el entusiasmo por una profesión, el deseo de ayudar, la necesidad de compartir…, la razón de su ser.

Los tuyos daban los buenos días cada mañana. Tu sonrisa los acompañaba y se adelantaba a la lista de preguntas que cada día traías todas anotadas. Tus ganas por seguir, por aprender, por entregar lo mejor de ti, por enseñar, eran señal inequívoca de que no nos habíamos equivocado contigo. 

Hoy escribo estas letras a la vez que canto ese bolero. Te lo dedico, hoy y a partir de ahora, cada vez que lo escuche o lo toque en mi guitarra me vendrás al recuerdo. Sonríe cuando lo oigas, pero eso sí, tenemos que hacer un trato: allí donde estés tendrás que esperarnos. Algún día serás tú la que nos abras la puerta, la que nos acojas con un abrazo, con un juego, con el baile de Jeruzalema, con tus retos tontos con los que tanto nos reíamos, con tus sueños de ser feliz, con tu ukelele y tu timple, con tus perros o montada a caballo… Con todo lo que has aprendido seguro que nos sorprenderás. 

Ahora que ya no estas aquí, a nosotros nos toca mirar a lo alto, buscar en el infinito el reflejo de tus ojos verdes, esos de los que habla el bolero. Ese que ahora te canto.

Adiós maestra. ¡Hasta siempre mi niña! Un beso al cielo.

Gracias por leerme.