«El recrujir de la madera»

El recrujir de la madera.
Uno de los mejores sitios para vivir y contar historias.

Soy consciente de la primera vez que me senté en este banco. En aquella ocasión me restrepé sobre las duras bandas de madera que lo conforman a la espera de que, según decían las lenguas, alguien llegara. Parece mentira, treinta años después he vuelto y te recuerdo al crujir la madera.

Por aquellos entonces, los chicos y chicas de nuestra edad, contaban que sentarse en un banco de La Rambla, dejando libre el de enfrente, era buena manera de ligar. Supuestamente era una señal. Si alguien pasaba y le gustabas se sentaba en él y ahí podía empezar todo.

Aquel día decidí probar suerte. Yo estaba solo, entretenido con un paquete de pipas. Tu y tus tres amigas, enfilaron el paso de peatones, atravesaron el asfalto a la carrera y fueron directas, por el centro de la amplia acera que caracteriza esta vía, hacia donde yo estaba. Mis sentidos se pusieron en alerta. Apenas tuve tiempo de mirarlas a las cuatro. Tus ojos me apresaron.

Una de tus amigas se sentó fugaz, entre risas y bromas. Tú, con la excusa de que llegaban tarde, le ordenaste levantarse y, de soslayo, giraste la cara para sonreírme. Supe que serías mía.

Han pasado muchos años. Estuvimos juntos una temporada hasta que el destino giró nuestras vidas. La magia del banco hizo su efecto y hoy, como digo, he vuelto a sentarme en él.

Al percibir cierto revuelo, mis anhelos me abandonan y la mirada supera nuestro banco, atraviesa la calle y te veo salir. El banco cruje al levantarme.

En esta ocasión otras maderas rodean tu cuerpo y a mi solo me queda el recuerdo de esa primera vez que te vi. Hoy será última. Te vas abrazada por tu caja de pino. Tu sonrisa quedará conmigo.

«Distancia social o de cómo separarnos en el espacio»

«Distancia social o de cómo separarnos en el espacio»
Parece aquel bolero: Debemos separarnos, no me preguntes más…

Desde pequeño siempre escuché el concepto de distancia. Del primero que tengo recuerdos, aunque muy probablemente no lo entendí, es que la distancia entre dos puntos equivale a la longitud del segmento de recta que los une, expresado numéricamente. Distancia entre dos puntos. Dados dos puntos cualesquiera A(x1,y1), B(x2,y2), definimos la distancia entre ellos, d(A,B), como la longitud del segmento que los separa.

Ya pasados los dieciocho años, aprendí el significado de la distancia de seguridad entre vehículos en el sentido de considerarla como una separación protectora vital para evitar una colisión por alcance. ¿Te acuerdas? En esas clases nos indicaban que para evitar un accidente por alcance son necesarios, al menos, dos segundos de diferencia entre vehículos. Para calcular esa distancia necesaria de separación nos bastaba con aplicar una fórmula que consistía en ir pronunciando ‘1101, 1102…’ respecto a un punto fijo en la vía. Pero había que tener mucho cuidado pues dos segundos pueden ser insuficientes ante frenadas muy fuertes, con mal tiempo o con el asfalto mojado. Otra distancia que es difícil de calcular.

En estos días, nos toca volver a aprender de distancias. En este caso de distancia social, entendiendo por esta la que nos separa físicamente, a fin de evitar, en la medida de lo posible, el contagio por COVID´19. 

¡Vaya!, por lo que entiendo, en esta ocasión, en realidad no se habla de una medida física, una distancia entre dos puntos, se hace más hincapié en un alejamiento corpóreo de unos con otros.

Aunque nos dicen de dos metros de separación, lo que en realidad, nos están pidiendo, al menos en esta fase, que no nos toquemos, que evitemos abrazarnos, que no nos besemos…,, con lo que nos gusta. 

Pues en esa estamos, respetando la distancia social a la espera de poder darte ese achuchón que tanto te he prometido y del que tantas ganas tengo. ¿En qué fase podemos?

Gracias por leerme. 

«En boca cerrada…»

«En boca cerrada...»
Contar una historia puede no ser fácil.

Jose lanzó un guante. Lo hizo en forma de esquema, dibujado en una pizarra, disparado en un mensaje de Twiter, para ver si alguna de las habladoras pillaban el concepto.

El tumulto se hacía cada vez mayor. Las presentes hablaban y hablaban. Emitían juicios, manifestaban opiniones —estaban en su derecho, decían—, adelantaban acontecimientos. Conocían lo que había pasado porque alguien les había contado alguna pequeña parte de la historia, pero no porque lo hubieran vivido en primera persona o porque fueran expertas en alguno de los temas que ahora estaban de moda.

Entre todas hilvanaban una historia compuesta de creencias personales, ideas sacadas de contexto, habladurías y razonamientos espurios y poco fiables.

Jose las dejó continuar. Les dejaba con su verborréico discurso. De vez en cuando, cuando encontraba un pequeño espacio entre palabra y palabra, les lanzaba un órdago en forma de pregunta, que las pillaba descuidadas y hacía tambalear las bases de la historia que se estaban inventando. Pero ahí seguían. Bla, bla, bla. Argumentando. Bla, bla, bla. Con sus bocazas abiertas emitiendo sus juicios de valor.

Al rato Jose, les contó alguna verdad, vivida en primera persona y que, las de boca la abierta cargada de mentiras, desconocían, pues solo hablaban de oídas. La historia que se inventaban volvía a sacudirse. 

Eso no era bastante para detenerlas. Daban un nuevo giro, un nuevo quiebro, una nueva mentira o verdad inventada, porque se las había contado «nosequiencita» y volvían a levantar su castillo de naipes.

En realidad a ellas no les importaba la historia, no les interesaba, solo querían escuchar su bla, bla, bla. 

Jose volvió a su pizarra, a su esquema y les dibujó el camino. Así que mejor, si no saben de lo que están hablando, ¡cierren la boca!

Gracias por leerme.

«El barbero no es nada sin navajas»

«El barbero no es nada sin navajas»

La historia de Julio es la típica historia familiar. Su bisabuelo fue barbero, allá en Cuba, donde tuvo que emigrar. Su abuelo, fue barbero, y sirvió a las órdenes de los nacionales, salvándose de las trincheras y de las balas por este motivo. Su padre, barbero por convicción, heredó la barbería, que con tanto esfuerzo habían logrado fundar en su pequeña ciudad.

Él, no tuvo más remedió, pues decían que era un zoquete en los estudios, para los de verdad, y se hizo barbero. Pero no como sus familiares, él pudo estudiar el oficio; primero aquí, en su pueblo, en lo que llamaban un FP2 de peluquería, aunque él decía que era barbero. Después fue a Londres, adonde tuvo que emigrar en busca de otro idioma que le hiciera más competitivo. Allí sí que aprendió. La city es otra cosa y los pelos de los hombres, y los de las mujeres, se tratan de otra manera. 

El juego de navajas, ahora enmarcadas, eran parte de la herencia. Eso y la enfermedad mental que, según su esposa, padecía y que le hacía escuchar risas extrañas.

Aquel otoño, junto con la llegada de las primeras lluvias, empezaron a ocurrir los asesinatos.  Todos tenían el mismo modus operandi. La víctima una mujer; la causa de la muerte, un profundo tajo en el cuello, de lado a lado, como una gran sonrisa.

Julio, el barbero, se convirtió rápidamente en sospechoso, pues siempre andaba presumiendo de lo afiladas que estaban sus navajas y de lo hábil que era rasurando y…, bueno, presumía de todo eso que hace un buen barbero, incluso de las mujeres que se ligaba tras su trabajo.

La policía apareció una tarde en la barbería. Aunque ya estaba cerrada, a través de la puerta se veía con claridad que alguien estaba sentado en el sillín. Parecía dormido. Parecía Julio. Con una toalla que le tapaba la cara, como las que se ponen tras un buen afeitado. Todos esperaban lo peor. 

La mujer de julio gritaba desesperada desde la calle. Hicieron falta tres agentes para poder agarrarla. Quería derribar la puerta y comprobar si aquel cuerpo era su marido. Oía risas. Era imposible, pero era. Ella asegurada que él era el asesino. Que lo sabía por cómo había cambiado su mirada, por como reía, por cómo afilaba las viejas navajas que antes lucían como parte de un cuadro. En el revuelo la mujer metió la mano en el bolsillo y un chorro de líquido viscoso manó tras cortarse. Gritó desesperada al ver que, ahora todos, sabían la verdad y podían ver sus cuernos.  Por eso lo mató, aunque nadie supiera entender su respuesta.

Gracias por leerme. 

«Entre luces, sombras y el contoneo de tu cintura»

Entre luces y sombras disfruto del juego de mi imaginación. (Foto sacada con mi móvil)

El juego de luces y sombras que se conjugan en este pasillo poco iluminado, siempre produce un efecto alucinante en lo que estamos mirando; ese efecto es aún mayor si lo que vemos es fruto de nuestra imaginación. Al menos eso me pasa cada vez que te veo avanzar por el pasillo.

En muchas ocasiones, como la de hoy, tú no me ves. No sabes que te estoy mirando, pues tu paso está siguiendo esas luces y esas sombras que te llevan en dirección opuesta a la que yo estoy. Pero estoy, apoyado en mi esquina, acariciando la incipiente barba, imaginando que en el siguiente sonido de tu tacón te vas a dar la vuelta para buscarme. Estoy, esperando y disfrutando de ese breve momento de disfrute que me da observarte.

Con mi mirada, deseosa de encontrarse con la tuya, admiro el contoneo de tu cintura y solo puedo ponerme a silbar tus pasos, siempre al ritmo que acompasan tus caderas. Cuando ya te pierdo de vista —al final las sombras son más que las luces—, con la musiquilla que he creado en mi cabeza, sigo mi camino, como tú, entre mis propias luces y mis propias sombras.

Quién sabe, quizás, algún día, logremos caminar en el mismo sentido, apagando y encendiendo esas luces y esas sombras que hoy nos separan.

Gracias por leerme. 

«Un brindis por Los Finados»

NOCHE DE FINADOS, NOCHE DE HALLOWEEN. Foto sacada con mi móvil en casa de mis amigos Vanesa y Manu. 

Parece mentira que después de tanto tiempo sin hacerlo mi hermano Juan nos haya vuelto a reunir para retomar la celebración de Los Finados.

Cuando la abuela Juana vivía, como era muy amante de las tradiciones, esta cita era obligatoria. Cada año convocaba, a toda la familia, la tarde del 1 de noviembre, en el patio de su casa. Allí asábamos castañas y comíamos higos pasados, queso… Todo ello bañado con vino dulce y anís.

Juan ahora vivía en la casa de la abuela. No hacia más de un mes que se había mudado y en su mensaje, nos decía que estaba seguro de que a la vieja Juana le hubiera gustado que nos reuniéramos todos allí, justo aquel día.

No faltó nadie a la convocatoria. 

Cuando estábamos todos, los niños disfrazados por el Halloween y los mayores recordando historias de la casa, Juan hizo tintinear una copa y pidió que nos calláramos.

—¿Recuerdan cuando la abuela Juana nos reunía aquí para contarnos sus historias? —todos los hermanos asentimos a la vez que mirábamos el banco de obra en el que la vieja solía sentarse— Hoy estamos aquí por ella, por su recuerdo, y por todos los que ya no están. Ella me lo pidió.

En ese preciso momento todas la luces de la casa se apagaron. Nos sobresaltamos. Los niños gritaron y se agarraron a las faldas de sus madres. 

La única luz que quedó encendida era la que proporciona la vela que, a modo de tenebrosa decoración, Juan había colocado junto a una calavera, justo en el lugar en el  que se sentaba la vieja.

Todos vimos la sombra que proyectó. Sin duda aquella era la silueta de la abuela Juana, que, una vez más, se había acercado hasta el patio para asustar a los más pequeños. 

Lo más sorprendente fueron las palabras de mi hermano.

—Lo ves abuela. Todos aquí. Tu tradición seguirá viva mientras tú nos acompañes.—En ese momento, la luz de la casa volvió. Ninguno de los presentes supo que decir, salvo Juan, que parecía tenerlo todo preparado—. ¡Por los finados!, ¡por la abuela! Por mantener la costumbre de reunirnos este día —dijo levantando la copa, para sellar un juramento a modo de brindis. En ese instante supimos que habíamos vendido nuestra alma para siempre.

Gracias por leerme.

PD. La noche de Los Finados «Los Finaos» es una tradición muy antigua de las Islas Canarias que ahora se mezcla con el Halloween. A mi modo de ver, ni malo ni bueno, es fruto de la globalización y la hiperconectividad a la que estamos sujetos. 

Si quieres saber algo más busca en la agenda cultural hay un montón de actividades.Esta, del Museo  de Historia y Antropología, está muy bien.

Si te apetece recordar alguna de mis fiestas de Halloween, aquí te dejo un enlace, aunque si busca en esta esquina alguna más descubrirás.

«La elección del día»

Foto sacada con mi móvil.

Llevaba un buen rato con el grifo abierto, las manos posadas sobre los laterales del lavamanos y la mirada perdida en el interior de su propio ser, ahora reflejado en el espejo del cuarto de baño.
Cuando volvió en sí se percató de que su mente hacia rato que se hacía las mismas preguntas, sin encontrar las ansiadas respuestas.
Con calma y regocijo, utilizando las dos manos, se lavó la cara en un intento de despejar alma y mente. Con cautela, se secó la cara, recreándose en el detalle de cada arruga, con la misma delicadeza con la que se limpia un jarrón de quebradiza porcelana china.
Cuando por fin terminó la operación, cerró el grifo y con él el escape de remordimientos y negros pensamientos que manaba de su cabeza.
Su mirada volvió a chocar con la imagen que le reflejaba el espejo. Giró su cuerpo y del perchero eligió la cara con la que iba a pasar el día. Volvió a elegir la de hipócrita.
Y tú, ¿qué cara llevas hoy?
Gracias por leerme.