«Otra historia para “El flautista de Hamelín”»

Sacada desde mi móvil en la Calle Castillo.

¿Recuerdas la historia de «El flautista de Hamelín»?: “Cuentan que hace mucho tiempo, había un hermoso pueblo llamado Hamelín, en el que sus habitantes vivían muy felices. Un día sucedió algo muy extraño, todas las calles fueron invadidas por miles de ratones que iban arrasando con toda la comida. Ante la gravedad de la situación, los gobernantes de la ciudad, convocaron al Consejo y ofrecieron cien monedas de oro a quien nos libre de aquella plaga de ratones.

El joven se ofreció a ayudarles. Armado con su flauta mágica empezó a pasear por las calles haciendo sonar una hermosa melodía que parecía encantar a los ratones. Los ratones empezaron a salir de sus escondrijos para seguirle. El flautista se alejó de la ciudad hasta llegar a un río, donde todos los ratones perecieron ahogados...”.

El otro día paseaba por Santa Cruz cuando el sonido de una flauta me atrajo hacia ella cual ratón. El resto de los ratones, ahora convertidos en caminantes atareados en sus gestiones, sus móviles, sus prisas y sus agobios, parecían no escuchar aquella música. Todos seguían de largo. Yo, en cambio, tenía tiempo para parar cinco minutos y observar.

El personaje realmente tocaba mal aquel instrumento, pero el esfuerzo que estaba haciendo para intentar sacar unos euros, era realmente poderoso. Sus ropas, su pelo y la suciedad que lo rodeaba tampoco le ayudaba demasiado en su recolecta. Hasta que un grupo de niños, atraídos por la música, pararon para deleitarse.

El grupo de padres y madres que los acompañaba, quince o veinte metros más atrás, distraídos con sus charlas y bromas, al llegar a la altura del flautista, les alentaron para continuar la marcha. Los niños y niñas solicitaron monedas para lanzar sobre la pequeña manta que presidía el suelo, a modo de alfombrilla de entrada al hogar. Los adultos aportaron el canon. Los niños dicharacheros depositaron las más que probables pequeñas cantidades en el lugar indicado. El hombre agradeció el gesto.

El grupo continuó su camino y yo quedé con la foto para mi INSTAGRAM y la entrada para este blog, mientras pensaba que la historia de Hamelín fue otra, aunque le podemos encontrar cierto parecido y distinto final.

Gracias por leerme.

«El hombre de las nieves»

Entre los misterios y leyendas que se oyen en las montañas, es sabida la que narra la existencia de un bípedo gigante conocido, entre otros nombres, por el de «El hombre de las nieves».

Según viajes a un sitio u a otro, el misterioso ser recibe diferentes denominaciones: Yeti, Bigfoot, abominable hombre de las nieves…

Como bien sabes —y si no lo haces ahora— estos pasados carnavales los pasé, como suelo hacer en los últimos diecitantos años, en la nieve.

El otro día, perdido por esas montañas penínsulares, estaba esperando en el punto de reunión, a que llegara la monitora de la pequeña de la casa cuando mi hija me hace fijarme en el ser que se aproximaba hacia nosotros. Me llamó mucho la atención. Su presencia me hizo asemejarlo a ese extraño personaje.

El que yo he encontrado por esos lares, no tiene mucho que ver con los otros bípedos que he comentado, salvo por la cantidad de nieve que, a modo de experiencia, tiene acumuladas entre los pliegues de las arrugas, este, sin duda, es humano.

Por lo que me pude imaginar era un señor que debía acosar los ochenta inviernos. Con pelos y arrugas del mismo color del manto que tenemos bajo nuestros pies.
Iba todo vestido de negro, con botas impermeables de alta gama, abrigo, gorro de montañero, mochila a la espalda y dos bastones sobre los que sostenerse.

Su paso lento, muy lento. Parece que luchaba contra una ventisca inexistente, más que en su propio cuerpo, que no le deja avanzar más rápido. Pero ahí va, paso a paso sobre la nieve, seguro.

Lo vemos acercarse poco a poco, casi en cámara lenta, pero de una manera decidida y sin levantar los ojos del suelo. Sin duda disfruta del paseo, de ver a la juventud, de la nieve, del momento… Mi hija aprieta mi mano.

Los esquiadores pasan por su lado a toda velocidad, lo rodean, él no les hace caso y sigue en su avance sin importarle nada.

Al llegar a nuestro lado Sara dice que le da pena verlo así. Él, como si la hubiera oído, gira la cabeza para sonreírle. No se para, sigue caminando. Pero yo, lo tengo decidido, cuando sea mayor quiero ser como él. Quiero convertirme en un hombre de las nieves.

Gracias por leerme

«El hombre pájaro»

Pasear entre las sombras de los árboles en otoño, entre los largos caminos de un parque, cubierto de una alfombra de hojarasca reseca, es siempre uno de los grandes placeres de mi vida y de los que disfruto, sin prisa, en cada viaje que hago.
No hace mucho iba tirando de mi agotada sombra por uno de esos senderos, en los que la gran ciudad que lo rodea no logra fagocitarlo, absorto en mis pensamientos y en el disfrute del paisaje, con los ojos bien abiertos y los sentidos en pleno uso, cuando aquella alargada y triste figura llamó poderosamente mi atención.
El hombre pájaro estaba inmóvil en mitad de la senda, con un brazo estirado y su cuerpo embutido en su típica chaqueta de tweed. Una bandada de periquitos y otros pájaros revoloteaban a su alrededor posándose por todo su cuerpo. El hombre apenas hacía algún movimiento, parecía momificado en aquella incómoda posición, mientras miraba y disfrutaba de cada una de aquellas aves. Parecía que les susurraba. Solo en los breves instantes en los que movía su mano para recargarla de la comida que guardaba en uno de los bolsillos, los más asustadizos revolotean unos metros, para después, raudos, volver a posarse.
El individuo al descubrir mi inmóvil presencia tras su espalda aprovechó uno de esos instantes para girarse y dirigirme apenas tres palabras: I´m dreaming. Sin decir nada más volvió a su tarea y me ignoró.
No supe qué decir. Me aseguré de no hacer ruido, para no ahuyentar su compañía y, con cuidado, le robé la foto que acompaña este texto. Al momento continué mi camino para no molestarlo. Nada más recorrer cien metros, sentí la necesidad de girarme para volver a contemplarlo una última vez. Ya no estaba. Había volado como sus pájaros y con él, mi sueño de disfrutar de cada momento, se hizo más patente.
Gracias por leerme.