«Sueños compartidos»

«Sueños compartidos»

La penumbra de la madrugada llega de repente. Sobresaltado, con el corazón latiendo en una especie de estampida, Mario se despierta abruptamente. Son las 4:00 de la mañana. Aunque la más profunda oscuridad abraza su habitación, su mente está iluminada por un único pensamiento: Raquel. 

Mario se sienta en la cama. Permanece un rato con la mirada perdida en la oscuridad. Está alterado. Inhala oxígeno durante cuatro segundos, retiene el aire siete y lo exhala contando hasta ocho. Logra calmar la cabalgada de los latidos de su corazón a base de esa  respiración controlada. 

Los recuerdos de los momentos compartidos con Raquel inundan su mente, lo han despertado de esta manera, y ahora se ve envuelto en una profunda añoranza.

Mientras observa sus sentimientos, se da cuenta de que cada rincón de su corazón clama por la presencia de ella. La soledad de la noche parece magnificar la distancia que los separa.

El reloj avanzaba implacable. Aunque vuelve a recostarse, Mario no puede conciliar el sueño. Entonces decide levantarse y pasear por la casa en silencio. 

Sin saber cómo, en cada rincón, encuentra pequeños recordatorios de Raquel: una fotografía en la mesa de noche, una nota dejada con cariño en el escritorio, un mensaje en el móvil, un paquete de caramelos que le compró al ir al supermercado… todos pequeños detalles con grandes significados. Cada objeto parece susurrar su nombre.

Algo, un sentimiento, quizás una premonición, le hace darse cuenta de que Raquel también debe de estar despierta, tal vez pensando en él. 

Una conexión especial parece unir sus despertares, como si el tiempo y la distancia no pudieran romper el lazo que comparten, ese hilo rojo del que habla la leyenda japonesa, por el que dos personas están unidas eternamente.

Al día siguiente, Mario, con el corazón latiendo en la esperanza de volver a verla, contacta con Raquel. Le basta una mirada para descubrir que ella también se había despertado a las 4:00 de la mañana, envuelta en pensamientos sobre él. La sincronicidad de sus vidas les causa una sonrisa melancólica, pero reconfortante.

Sin embargo, Mario se da cuenta de que lo peor de soñar con Raquel es el amargo despertar. Aunque sus sueños están llenos de su presencia y amor, al abrir los ojos, la realidad golpea con fuerza, recordándole que ella no despierta a su lado, por lo que le toca superar el desafío de vivir cada día anhelando el momento en que la realidad hiciera coincidir sus sueños compartidos.

Gracias por leerme.