«Un tren hacia…»

«Un tren hacia…»
Siempre hay un tren hacia algún lado.

El vagón está abarrotado. Esta situación ya la había visto en alguna película, no recuerdo ahora el título, pero como se suele decir en estos casos, la realidad supera la ficción.

El pasillo lo encuentro atestado de personas, pero solo de mujeres, niñas y niños. Sus maletas, bolsas y mochilas infladas, hasta casi reventar, ocupaban todos los altillos, el suelo, cada bajo de asiento y cada esquina. En algunos casos están apiladas. En otras ocasiones sirven de improvisado asiento, de mesa de juego o lugar para apoyar la cabeza. 

El olor a humanidad también es una característica que se puede sentir con mucha facilidad. Un hedor ya seco, impregnado en las telas, que casi se podría masticar de la manera pegajosa y cansina con la que se masca un chicle ya repasado por el uso. 

Me senté en el que creía mi asiento, levantando del sitio a una señora que lo ocupaba y que no opuso ningún impedimento al ver mi billete con el número del asiento. Ella portaba un niño dormido en sus brazos, que lo cedió a la mujer situada su derecha. 

Tras pasar mis primeros agobios, pues no sabía si aquel era el vagón correcto, y sobre todo superado por el número de personas que se hacinaban en él, pude dedicar mi infausto tiempo de viaje para observar a los que me rodeaban, intentando encontrar una explicación razonable a todo aquello. 

En la esquina contraria a la mía, una mujer de grandes ojeras, y profusa cara de cansancio, clavó sus ojos en mí. Aferró su bolso contra su pecho e hizo un pequeño gesto de asentimiento. Enfrente de ella, otra mujer, a la que no le pude ver la cara por estar fuera de mi ángulo visual, mantenía su cabeza apoyada contra el cristal. Dormía tranquila.

La señora mayor, la que había asumido el abrazo del pequeño durmiente, comprobando que la miraba de reojo, atrajo al niño, aún más contra su cuerpo y aprovechó la cabeza del pequeño para dar soporte a la suya propia. En ese momento el brazo izquierdo del niño quedó al descubierto. Eso me dio la pista.

En un instante giré mi mirada al pasillo y comprobé, con el sigilo que mi posición de oteador experimentado me brinda, que todos ellos llevaban pintados en su piel, con rotulador permanente negro, números de telefóno. Y es que aquel tren les llevaba por el camino de huida, a una vida que ni ellos podían saber qué esperar. Solo abandonaban su tierra invadida y yo, desconocedor de todo aquello, hasta ese preciso instante, les había levantado de su asiento. Qué cosas tiene la vida. 

Gracias por leerme.

2 comentarios en “«Un tren hacia…»

  1. Triste, pero precioso relato de una dura realidad. Gracias por compartirlo. Ojalá no fuera verdad y pudiésemos cambiar a esos niños con un número de teléfono en sus brazos por purpurina dorada con su sueño escrito 💞🙏

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