«Aquella canción de Tuna»

«Aquella canción»

Mi madre llamó ilusionada hace dos noches. Quería contarme que me había visto en un video, mostrado por una amiga suya. Su llamada se alarga, pues aprovecha la ocasión para contarme toda la historia de la persona que lo grabó.

Carmita pasea como una tarde cualquiera por La Laguna. Salir a almorzar y dar un largo paseo por sus calles peatonales siempre es un buen entretenimiento para alguien jubilada, como ella y su esposo que, caballeroso como siempre, le da todos los placeres que puede permitirse para mantenerla contenta y feliz. 

Caminan tranquilos, por el lado del sol, con ritmo sosegado y apenas prestando atención a los escaparates. Ella va colgada de su brazo, con calma, como cantaba la maravillosa María dolores Pradera: «Vamos amarraditos los dos/espumas y terciopelo/yo con un recrujir de almidón/y tú, serio y altanero/la gente nos mira, con envidia por la calle/murmuran los vecinos (…)» El silencio los une. Pero hasta el más anodino de los paseos, se rompe al son de la música. 

El ritmo alegre y desenfadado, en este caso de la tuna, de mi Tuna, hace que su cara cambie, que su cuerpo se vea invadido por una pletórica ilusión. 

Se pone al paso, nos saluda, nos alaba y nos graba. Nos acompaña un rato y nos pide con constancia una canción. Nada más terminar el pasacalles, sin conocerla a ella, ni su historia, le concedemos su deseo y le cantamos nuestra versión de FAROLA DE SANTA CRUZ.

Pasados los días, cuando mi madre me llama, que así comenzábamos este relato, me habla de Carmita, de su historia, de la amiga en común, de su enfermedad, de sus dolores…, pero sobre todo me cuenta de lo feliz que la hicimos aquella cercana tarde de primavera, dedicándole esa canción que tanto le gusta.   

Gracias por leerme.

«Una tarde de gimnasio»

Hay historias de gimnasio.

Al gimnasio se va a sudar, pero hay tardes en las que, además del ejercicio esperado, se descubren otros que se guardan en el más absoluto de los secretos. 

Las chicas siempre acuden con sus mallas apretadas y sus escotes. Esto hace que siempre haya una mirada que cruza el camino del deseo, y un comentario que anima a que el ambiente se caldee un poco más. Esto se hace más entre ellas, los chicos solo miran y callan, pero ellas, a viva voz: comparan la forma de sus nalgas, o el tamaño de sus pechos, o la marca que deja sus pequeñas bragas en los apretados pantalones de entreno. 

El calor, tras la realización de los distintos ejercicios, hace que sus cuerpos sudorosos comiencen a relajarse permitiendo posturas y situaciones que el entrenador disfruta desde todas las posiciones. Desde mi ubicación asisto como espectador de lo que allí ocurre. Veo como hay manos que agarran cinturas, para corregir una posición incorrecta, mejorar un movimiento… Ellas se dejan hacer, él sonríe. Yo sufro la actividad. 

Tras los tiempos estipulados entre ejercicio y ejercicio se puede observar cómo los deseos van en aumento. Los pezones toman forma, fruto del aumento de la temperatura. Las palabras del grupo giran en torno a retorcidos deseos de encontrar cuerpos como aquellos que den calor y vigor a sus miembros. Las alusiones a los culos duros también son una constante, como las marcadas abdominales o la falta de ellas en cuerpos que, aún así, son apetecibles.

Llega el momento en que las miradas se cruzan y una pequeña señal, imperceptible para quien no mira, es emitida. Giro rápidamente mi mirada y disimulo. Sé que el no llevar mis gafas puestas me da garantías, todas saben que sin ellas no veo. Pero la señal está hecha y, si no me equivoco, la aceptación de la misma también. 

Cuando la clase termina hay quién se queda un rato más, quién sale a correr, quién comienza empata otra clase y quien, intentando escabullirse sin que nadie más se de cuenta, se escapa a los vestuarios. A esa hora pocos, o casi nadie, los utiliza. 

Sospechando lo que ocurre, sobre todo tras ver cómo una de las chicas desaparece, sin tener en cuenta que las ventanas devuelven el detalle de su reflejo quién lo observa, entro con sigilo. El agua corre en una de las duchas y dos personas, ella es una, disfruta de un momento de ejercicio extra. 

Gracias por leerme.

«Como el Conejo Blanco de Alicia»

Me parece absolutamente formidable el Conejo Blanco de “Alicia en el País de las Maravillas”. Creo que es un personaje sorprendente y muy bien definido que durante toda la obra transmite una importante dosis de ansiedad, paranoia y desorden que desborda al lector haciéndome sentir muy nervioso.

Durante estos días, un par de semanas ya, que hace que no me paso por esta esquina, he estado así, como el conejo apresurado diciendo “¡Dios mío, Dios mío, voy a llegar tarde, que voy a llegar tarde!”… Y, claro, al final no he llegado. 

Muchas cosas son las que han desestabilizado este momento de locura pero sobre todo una me apartó una dosis importante de estrés extra que ahora me veo en la obligación –o quizás sea más bien necesidad– de compartir contigo, ya que, de una u otra manera, te puede afectar. 

Un elemento –ya que no se si es persona humana o troll– me ha jaqueado mi cuenta de Facebook. ¡Así estamos!, a la desbandada. Al parecer es un ser que, en principio, puesto esto no se sabe con exactitud, habita en algún lugar de Indonesia –que suerte que tiene el “jodio”– y pretende que le pague en criptomoneda la cantidad de cuatrocientos dólares para devolvérmela. ¡¡¡Pues si le gusta, que se la quede!!! Es solo una página de facebook, aunque es una ventana maravillosa para poder reunirnos. Por supuesto ya está denunciado y a la espera de solución, pero sin muchas esperanzas.

Le tenía mucho cariño a esa red social. Son muchos años ya de existencia, en la que he compartido muchos y buenos momentos con todos ustedes y con otras personas que, en algún momento, han formado parte de mi vida. Son también muchas historias, todas las que he ido colgando en esta esquina, en las que ibas dejando tus huellas, comentarios, agradecimientos, improperios… Ahora los he perdido para siempre.

Pero como de todo se aprende, y las piedras del camino también sirven para caminar, hoy me asomo de nuevo por aquí, como el Conejo Blanco, desorientado y correteando de un lado para otro, intentando encontrar el tiempo y reorganizando esta pequeña incidencia. 

Espero que sigamos viéndonos y que podamos compartir este y otros muchos escritos y novedades que pronto llegarán. 

Gracias por leerme.  

«¡Oscar al mejor…, para…!»

Sin duda se merece un Oscar. Después de tanto esfuerzo…

Mucho ha llovido desde que en el año 1999 Penélope Cruz gritó aquel famoso ¡Pedroooooo!, con el que anunciaba el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, para Pedro Almodovar, por su película «Todo sobre mi madre». 

Ganar un Oscar, o un Goya, o un premio en general, de la categoría o especialidad que sea, no es tarea fácil. Si nos centramos en el mundo del cine, por seguir con el ejemplo con el que he empezado, son muchos los factores que hay que tener en cuenta: los diálogos, la escenografía, el vestuario… Seguro que de todo esto sabes más que yo.

Lo que me llama la atención es el desarrollo del guión. Vale que escribo y, que algunas veces, logro dar un giro al texto que estoy trabajando para intentar sorprenderte. Bien es cierto que muchas veces, la mayoría, puedes considerar que no lo consigo, pero estarás conmigo que una buena película es como la vida real, mejor que la vida real. Así, al menos lo pensaba yo. 

Estamos viviendo unos momentos tan convulsos, tan fuera de toda lógica, con tanto desastre a nuestro alrededor,  que me cuesta imaginar que todo esto no es parte de una película de esas de Oscar. 

La pandemia nos tocó fuerte, luego vino el volcán, ahora la puñetera guerra de Putin. ya te aviso de que hay cálculos de que un asteroide podría impactar contra la tierra, nada más y nada menos que el 6 de mayo –¿No lo sabías? Siento ser yo el que te lo diga. Aquí tienes la noticia–. ¿Qué más nos espera? ¿Será verdad lo del ataque zombi o la amenaza alienígena? No sé, imagina que ya puestos…

Por todo lo anterior, y a modo de conclusión, creo que debemos entregar el ¡¡¡Oscar al mejor guión!!!…, para…, ¡el desarrollo de estos dos años!, por su gran esfuerzo creativo y remover nuestras vidas de una manera jamás imaginada. ¡Al Putin que le den!, por cierto.

Gracias por leerme.

P.D.: ¡¡¡NO A LA GUERRA!!!

«La versión de Iván del cuento de Pedro y el lobo»

«La versión de Iván del cuento de Pedro y el lobo»
Siempre hay un lobo que nos acecha

A Iván siempre le han gustado los cuentos. Sus mejores recuerdos de niñez son aquellos en los que revive los momentos en los que su abuela lo sentaba sobre el regazo para narrarle las viejas historias. 

Su favorito era el cuento de Pedro y el lobo. Siempre había imaginado la cara de los vecinos de aquel pueblo, cuando el protagonista avisaba de la llegada del lobo, una y otra vez, y como siempre picaban. También le hacía una gracia especial el día que ya no le hicieron caso y ¡zas!, apareció el lobo.

Iván se imaginaba aquello y a solas en su cuarto, planeaba momentos y ocasiones para emular a Pedro. Tanto era así que en no pocas ocasiones, entraba en el edificio gritando y alterado. Subía las escaleras a toda prisa vociferando algún aviso y siempre generando alarma entre el vecindario.

Cuando lo hacía, su abuela gritaba su nombre y se enfadaba mucho con él. Pero no era suficiente. Aquellos pequeños avisos no le causaban temor e Iván, pasados unos días, ideaba otra manera de alterar al vecindario. Así ocurría semana tras semana. Su abuela lo rependía, lo acusaba, le mostraba el dedo acusador, pero el chico siempre hacía de las suyas.

Como era de esperar, tal y como había pasado con el lobo de Pedro, llegó el día en el que Iván entró al edificio necesitando asistencia. Todos reconocieron su voz y nadie le hizo caso. Al ver lo ocurrido, y comparándose con el cuento de Pedro y el lobo, Iván se enfadó de verdad. Llenó la papelera del descansillo de entrada con papeles y plásticos para luego  prenderles fuego. Nadie lo vio venir, aunque él había avisado.

Un humo negro y denso lo ocupó todo. Los vecinos, asustados por el ataque, tuvieron que abandonar sus casas. La llegada de los bomberos, alertados por la columna negruzca fue el detonante de aquel gran desastre. 

Su abuela, a partir de entonces, dejó de llamarlo por su nombre y, desde aquel día, lo bautizó como Hijo de Putin.

Así nos va. 

Gracias por leerme.

P.D.: No a la guerra.

«El viento que me atraviesa»

«El viento que me atraviesa»

Son muchas las veces que el viento ulala tras la ventana. Su sonido, en algunas ocasiones, se asemeja al llanto desconsolado de un niño o al maullar agónico de un gato. Otras veces, en cambio, siento que su rugido es fiero, como el de un dragón, que tantas veces hemos imaginado en las historias narradas. 

Hoy su bramar es diferente. Eso me perturba.

Arropado en una manta, y con una taza de chocolate caliente entre las manos, siento su batir contra el edificio. Golpea con energía mi ventana. Parece que quiere entrar, que quiere decirme algo, pero aún no entiendo sus palabras. 

Me levanto.

Despacio coloco las manos en el cristal e intento leer las vibraciones del ahora frío elemento. Contemplo el exterior a la espera de alguna señal, que acompañe aquel lamento que hora suena atróz. Los árboles se agitan, las luces de las farolas tiemblan. Es lo normal, nada ocurre fuera de lo medianamente normal con esta inclemencia meteorológica. Me convenzo. Vuelvo al sofá.

Según me acomodo un nuevo golpe, esta vez contra la puerta de entrada, me estremece. Recorro los pocos metros que me separan de ella. Lo hago despacio, con pies de hormiguita, para quién esté al otro lado no se percate de que me acerco. Miro por la mirilla y siento que el aire frío me atraviesa. Sin duda ahí afuera hay algo. No consigo ver qué es, pero lo siento. Me habla. Me atrae. Me separo rápido. No me atrevo a abrir la puerta. Intento volver a resguardarme bajo la manta que dejé en el sofá, pero las luces saltan. Todo se queda a oscuras, mientras el clamor del viento aumenta de intensidad. 

Ahora siento su presencia dentro de casa. Se que de alguna manera algo ha entrado. Aprovecha la fuerza del viento para colarse por las rendijas, para esquivar los protectores que tengo bajo las puertas, o los felpudos de las entradas de la casa…

La tormenta se siente cerca pero quizás es dentro de mi y lo que hay ahí fuera es solo viento.

Gracias por leerme.

«Poder hablar»

«Poder hablar»

Hay momentos en los que uno debe saber cuándo es buen momento para callarse. Hay otros en los que hay que responder. Luis lo sabía. Por eso, cuando Claudia lo había convocado para  tomar un café acudió extrañado a la cita, pues sabía que no era muy normal la insistencia de ella por quedar. Tenían una conversación pendiente y sospechaba que ella había decidido que ese era el momento para acometerla.

Tras un rato de hablar sobre temas banales, Claudia atacó. Comenzó a echarle en cara sus más que plausibles intenciones de mantener relaciones con Clara, su amiga. 

Luis intentó hablar, exponer su postura, su forma de ver lo ocurrido. No pudo. Fue entonces cuando decidió callar. Aguantó los argumentos basados en frases sacadas de contexto, en suposiciones, en comparaciones…, pues sabía que de nada servía que él narrara el porqué de aquellas palabras o aquellos comentarios, pues ella ya había tomado partido y había acudido a aquella cita para desahogarse y contar lo que le estaba molestando. 

A Luis le dolió cuando Claudia le dijo que ahora dudaba de las cosas que tiempo atrás él le había dicho. Todas habían sido sinceras y, sin que ella lo supiera, aún tenían plena validez, pues sus sentimientos, pese al tiempo transcurrido, en nada habían cambiado. 

Se quedó con las ganas de decirle que el intento de relación con Clara no tenía los visos y la oscura intencionalidad que ella le estaba dando. Se quedó con las ganas de comentarle que la única pasión que tenía era ella y que, Clara, aunque sonara mal, era solo una excusa para poder acercarse más a ella.

Por esos derroteros fue el café que Luis se tomó conmigo. Descargó, me contó lo que no puedo contarle a Claudia y me soltó las cosas que no se atrevió a narrarle a ella. Quizás lo hizo para desahogarse pero creo que él quiso que yo lo contará. Espero que puedan volver a hablar. 

Gracias por leerme.

«Con larga espera»

«Con larga espera»
El que espera, desespera. O al menos eso dicen.

La espera se hace más larga cuando no se sabe qué, o a quién, se espera. Quizás él sí conoce sus anhelos, quizás lo único que no ha hecho es verbalizarlos, y por eso, los que le rodeamos, estamos ansiosos de saber qué es aquello que espera, que lo tiene distraído y que está por llegar. 

Lleva tiempo parado en la pantalla de su ordenador. No hace nada, no teclea. Paso por detrás, con disimulo. De reojo y sin pararme, escruto la pantalla. Todos los presentes me han pedido que fuera yo. Intentamos averiguar cuál es el motivo de su desazón. Lo hago a paso lento.

En mi paseo detrás de su puesto, me retengo y entretengo todo lo que puedo, a fin de no despertar en él ningún malestar, ni desvelar mi insana intención. Parece tan absorto que no se da cuenta.

Ya en el grupo lo comento: «Tiene la pantalla dividida en varias ventanas. En una facebook, en otra la versión web de Whatsapp, en la tercera Instagram y en la cuarta… En esta última el bloc de notas, pero aparece en blanco.»

Parece que todos llegamos a la misma conclusión: está esperando un mensaje. 

Lleva así toda la mañana. Apenas ha comido y no muestra signos de cansancio. Sigue impertérrito. Solo de vez en cuando mueve el ratón o pulsa una tecla. Imaginamos que es f5, para poder refrescar la pantalla. 

Ninguno de los presentes nos hemos atrevido a preguntar qué le sucede. Estamos dejando el espacio que sabemos que necesita todo aquel que espera.   

Cuando escuchamos un contundente y vivaraz «¡sí!» nos damos cuenta de que por fin el momento ha llegado. Se levanta con una amplia sonrisa en la cara, de un solo empuje cierra la tapa de su ordenador portátil, levanta la vista y nos contempla. Todos nos unimos a la espera del comentario. Esperamos la explicación de qué estaba esperando.

La respuesta nos sorprende, a la vez que nos deja estupefactos. 

–No me miren así. Lo que ocurre no les importa. Me marcho.

Y así nos dejó, con tres palmos de narices.

Gracias por leerme.

«Una historia de barberos»

Esta historia ocurrió hace varios meses, puede que incluso ya haya pasado algo más de dos años –sabes que desde que comenzó esta pandemia sufrimos de un borrón en el tiempo, al menos a mi me pasa, por el que nos cuesta colocar las cosas en su sitio y calcular los momentos con exactitud–, justo cuando se levantó el confinamiento y podíamos recobrar nuestras vidas, o parte de ellas.

Aquel día fui al peluquero. Hasta ese momento me parecía un buen profesional, simpático, dicharachero, cortés, que hacía bien su trabajo a la vez que daba un rato de conversación y una buena atención a sus clientes. Supongo que los momentos de cautiverio impuesto nos afectaron a todos. 

Cuando llegué había un señor cortándose el pelo y otros dos esperando. No me agobié, saludé, pedí mi turno y me senté en los bancos que tiene puestos en la terraza a leer, en lo que me tocaba. Con un ojo en las páginas del libro y otro en lo que ocurría a mi alrededor, pasé el rato. 

El barbero terminó en seguida con el hombre que estaba atendiendo. Le cobró y salió a la terraza. Le pidió a los dos hombres que esperaban –a mi no me dijo nada porque yo estaba a mi rollo, o eso creía él– permiso para echarse un cigarro. Eso me extrañó. Tanto tiempo cerrado, clientes en cola a la puerta del negocio…

Pasó el primero de los caballeros. Ojo avizor pude observar cómo, el barbero, no había desinfectado o al menos limpiado un poco el asiento, los útiles de trabajo… Tampoco sus manos. «Un despiste», pensé en seguida. El cigarro lo relajó y no se dio cuenta. El cliente tampoco le dijo nada, se sentó y dejó hacer.

Nada más terminar con el señor pasó al otro. Esta vez levanté la vista –y las orejas como buen coyote– para observar con claridad qué hacía. Lo mismo. Ni desinfectó, ni se lavó las manos…, nada. Esto ya no puede ser un despiste y el genio de la lámpara que llevo dentro, se revolvió. ¿Te soy sincero? Me dio asco. Cerré el libro y puse toda mi atención en el profesional.

Nada más terminar con el corte del tercer hombre, aplicarle gel con sus manos en el pelo, cobrarle, rascarse los…, salió de nuevo a la terraza. Ni que decir tiene que no se lavó, secó, desinfectó…, o lo que sea, las manos.

Yo era el único cliente que le quedaba.

–Me voy a echar un cigarrito y ahora te atiendo –comentó de la manera más natural posible, mientras se rascaba el interior de una de las fosas nasales con un dedo, mientras que con la otra mano sacaba el mechero para encender el pitillo que ya columpiaba en los labios.

Creo que pasé del blanco pálido al verde intenso en un santiamén.

–Por mi no se preocupe –le dije mientras me levantaba–, tranquilo, puede usted seguir haciendo lo que le plazca, que después de tanto tiempo sin trabajar entiendo que sus preferencias hayan cambiado. 

Dicho aquello me marché. Él dijo algo, pero no me volví para escucharlo.

Gracias por leerme.

P.D. Hoy en día voy a otro barbero. De allí vengo. Sus manos olían a tabaco, por eso me acordé de esta anécdota. Se lo dije, me pidió disculpas y se las lavó. Así sí. 

«El regalo que no podía faltar»

«El regalo que no podía faltar»

Una vez más, un año más, para Luis, la mejor mañana del año es la del 6 de enero. Le hace muchísima ilusión levantarse con cara de sorpresa y dejarse atrapar por el griterío de los más pequeños al ver la pila de regalos que, apareciendo misteriosamente durante la noche, ocupan el suelo del salón de la casa. 

El, como todos los de su familia, se levanta de su cama con una gran expectación, manteniendo así viva la magia, por abrir los regalos llegados desde Oriente. 

Desde lejos, en medio de la algarabía, ve uno de los paquetes con su nombre. Sonríe. Sin llegar a tocarlo, sin decir nada a nadie, sin necesidad de acercarse a él, desde la distancia, con tan solo la eficacia de la primera mirada de alguien que ya ha visto mucho en su vida, sabe a la perfección de qué se trata; ayuda a esta deducción, el hecho de que todos los años le toca uno de esos paquetes.

Ya relajado el ambiente y calmados los nervios de los primeros momentos, todos sentados en corro, ocupando cada silla y cada cojín, aunque sea en el suelo, los más pequeños se ponen a repartir los paquetes. La consigna es que hay que hacerlo de uno en uno, con calma, esperando a que la persona seleccionada abra su paquete y muestre el contenido a toda la familia.

Cuando llega su turno, tal y como era de esperar, aquel paquete fue el primero en llegar a sus manos. 

Lo palpó, escuchó las bromas y los ánimos para que lo abriera y, como no, allí estaban, no podían faltar: tres pares de calcetines. Al menos este año eran con dibujitos. 

Gracias por leerme.