«El regalo que no podía faltar»

«El regalo que no podía faltar»

Una vez más, un año más, para Luis, la mejor mañana del año es la del 6 de enero. Le hace muchísima ilusión levantarse con cara de sorpresa y dejarse atrapar por el griterío de los más pequeños al ver la pila de regalos que, apareciendo misteriosamente durante la noche, ocupan el suelo del salón de la casa. 

El, como todos los de su familia, se levanta de su cama con una gran expectación, manteniendo así viva la magia, por abrir los regalos llegados desde Oriente. 

Desde lejos, en medio de la algarabía, ve uno de los paquetes con su nombre. Sonríe. Sin llegar a tocarlo, sin decir nada a nadie, sin necesidad de acercarse a él, desde la distancia, con tan solo la eficacia de la primera mirada de alguien que ya ha visto mucho en su vida, sabe a la perfección de qué se trata; ayuda a esta deducción, el hecho de que todos los años le toca uno de esos paquetes.

Ya relajado el ambiente y calmados los nervios de los primeros momentos, todos sentados en corro, ocupando cada silla y cada cojín, aunque sea en el suelo, los más pequeños se ponen a repartir los paquetes. La consigna es que hay que hacerlo de uno en uno, con calma, esperando a que la persona seleccionada abra su paquete y muestre el contenido a toda la familia.

Cuando llega su turno, tal y como era de esperar, aquel paquete fue el primero en llegar a sus manos. 

Lo palpó, escuchó las bromas y los ánimos para que lo abriera y, como no, allí estaban, no podían faltar: tres pares de calcetines. Al menos este año eran con dibujitos. 

Gracias por leerme.

2 comentarios en “«El regalo que no podía faltar»

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