Gracias a tod@s

Con el corazón en la mano tengo que decirte que no tengo palabras para describir lo que sentí ayer al contar con tu presencia.
Para mí fue un momento mágico, lleno de ilusión, de miradas cómplices, de sonrisas nerviosas… que sentí reflejada en tu cara y que llenaron mi alma al sentir tu presencia tan cercana. Gracias por tu amistad.
Uno de los momentos más especiales fue revelar la pequeña sorpresita que había colocada bajo tu asiento (o en el suelo, en algunos casos, jajaja). Descubrimos una caja de fósforos con la imagen, de la portada, de «El tesoro del abuelo» por un lado, y un agradecimiento y la dirección de este blog por el otro. Su interior guardaba un pequeño tesoro y tu cara al descubrirlo reflejaba la ilusión que tenías cuando de niñ@ recibías un regalo. Tres objetos ocultaba ─una hoja, un clip y una cerilla (ya usada)─ y un reto te proponía ─escribir una historia, que publicaríamos en los comentarios de esta entrada, con los tres elementos─.
Ahora es tu momento. Entra en comentarios, deja tu historia, comenta y lea las demás. En la entrada anterior encontrarás la mía.
Gracias, de nuevo, por tu asistencia.

20 comentarios en “Gracias a tod@s

  1. Como ya has destapado el aroma de la imaginación, aquí tienes mi pequeño relato:

    El viejo profesor, a la vista de un pequeño clip encontrado en su escritorio, recordó toda su trayectoria: sus alegrías, sus desdichas, sus logros,… y de su tintero surgió una clara idea…. " Una hoja no hace un árbol pero una simple cerilla si puede quemar un bosque".

    Así sentía él la enseñanza ….y se alegró de ser una pequeña y simple hoja que había contribuído a hacer felices a muchos niños y niñas.

    Marisa Abréu

  2. He aquí mi pequeña aportación a tu blog:
    "Como una niña pequeña el día de Reyes me sentí cuando de repente dijo: – ¡Miren lo que hay debajo de sus asientos!. En ese momento un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y pensé ¿Qué se le habrá ocurrido esta vez?. Y a medida que descubría lo había dentro, me vino a la mente la esencia de toda una vida: -¡un fósforo quemado!, todo lo vivido, pero ya pasado; ¡una hoja verde!, el presente, el día a día de una vida loca que con el tiempo se vuelve pasado sin darte cuenta, pero que si la guardas en un libro perdura como los recuerdos más gratos; y ¡un clip! que cuanto más lo estiras, más crece como el futuro que le espera, dedicado a sus tres grandes pasiones: su familia, la enseñanza y, como no, las hojas que sustentarán el borrador de sus futuros libros.
    Tu secre

  3. Aquí va la mía…
    Esto eran tres amigos (un fósforo, un clip y una hoja) que se encuentran un día por la calle después de muchos años sin verse…
    – ¡Hola! ¿qué tal?, ¿cuánto tiempo sin vernos…? – dijo la hoja.
    – Pues, si. Es cierto – contestó el fósforo.
    – Y… ¿qué?, ¿cómo les ha tratado la vida?- pregunta el clip.
    En primer lugar responde el fósforo, que un tanto desgastado les dice:
    – Ya ves, no muy bien. De ser un objeto bastante útil he pasado a estar encerrado en una pequeña caja, pues con esto de que ahora todo funciona con electricidad, ya no enciendo ni una vela…
    Luego le preguntan al clip:
    – Y a ti Clip, ¿cómo te ha ido?
    – Bueno, no mucho mejor. De estar siempre “a mano” para sujetar cualquier papel importante he pasado a estar olvidado en un viejo cajón junto con un montón de cachivaches, pues ahora todo son las nuevas tecnologías y con tanto ordenador ya no sujeto ni una simple nota.
    Al final, llegó el momento de conocer qué había sido de la hoja a lo que ésta responde:
    – ¡Dichosos ustedes!- y mirándolos a los dos continúa:
    – Por lo menos tú sigues en tu caja y tú en una gaveta, pero… ¡pobre de mí!, que desde el DELTA y ahora con la CYNTHIA estoy… vuela “pa aquí,”… vuela “pa allá”…vuela “pa aquí”…vuela “allá”…

    Espero que te haya gustado.Myriam

  4. Bueno, bueno. Tendré que hacer también la ilustración?? jajaja. Ahí va:

    Me apresuré a apagar la cerilla antes de que su corta pero potente luz me delatara. En el aire sólo quedó un intenso olor a quemado. Se oyeron unos pasos acercándose. Yo me quedé quieto junto a la pared, camuflado en la oscuridad. Pasó cerca de mí pero no se percató de mi presencia. Llegó hasta un armario, abrió una de sus puertas, sacó una pequeña caja fuerte y con un rápido movimiento introdujo una clave. Sacó un tocho de papeles que por un instante reflejaron la luz de una luna menguante que entraba por el ventanal. Soltó el clip que lo sujetaba y uno por uno fue introduciendo los folios en la destructora de papel. Fue como sentir que cada hoja de cada árbol moría triturada en todos los bosques del mundo. Despacio me fui acercando por detrás. Apenas cinco metros se me antojaron kilómetros insalvables. Emitió un pequeño grito antes de caer al suelo, pero pude acallarlo rápidamente introduciendo en su boca el amasijo de papeles que caían descuartizados. No hubo más resistencia. Me fui dejando a mi editor con un pie en la otra vida. El manuscrito de mi libro seguía muriendo en la máquina. A veces, hay acciones que merecen una seria reprimenda.

  5. Quizás la sorpresa se apague (fósforo), pero la ilusión reverdece (hoja) para, contigo, (clip) cada vez que eliges abrir la cajita de tus sueños, (caja de fósforos)… soñar.

    Javier Rodríguez (primo de Jose y, desde ahora, tu fan).

  6. Me encantó el de Myriam, pero es imperdonable que después de la frase "eran tres amigos", no siguiera "un francés, un inglés y un español".

  7. yo mejor no escribo el cuento que se me ocurrio…y sabes al que me refiero!!! Intentare inventar alguno mejor o, por lo menos, acorde a los demas jeje un beso

  8. Lo siento, me quedó larguito, así que lo publico en capítulos (9,95 cada uno. Jajaja)

    Capítulo 1.

    Míster Clip volvió a notar el dolor punzante de la frustración recorriendo cada milímetro de su maltrecho cuerpo de alambre retorcido, mientras observaba impotente cómo era utilizado para agrupar las grasientas facturas de la churrería Macario. A pesar de estar acostumbrado a una azarosa existencia, nunca creyó que podía caer tan bajo. En otros tiempos había mostrado su rutilante brillo mientras sujetaba planos de edificios magníficos, bellos poemas de amor, o los dibujos llenos de imaginación de un concurso infantil. Recordaba haber sido acariciado por el tacto delicado del papel de seda, o seducido por la engañosa transparencia del papel celofán. Sin embargo ahora, en medio de espirales pringosas y olor a fritanga, daría lo que fuese por poder aferrarse al menos a un triste DIN-A4.
    Una tarde, tras la siesta, Míster Clip despertó en medio de la más profunda oscuridad. Sentía que el aire no acariciaba su piel metálica, y que un profundo olor a vegetación impregnaba sus sentidos. Notó el tacto desagradable de un cartón basto y rugoso en su espalda, y tuvo la sensación de hallarse encerrado, y de no estar solo.
    -¿Hay alguien ahí? – , preguntó, con un deje de temor en la voz.
    – Me temo que sí.- contestó una enjuta cerilla usada que yacía a su lado. Permítame que me presente. Me llamo Don Cerillo, y creo que nos han secuestrado.

    Tino (no te pierdas el capítulo 2.)
    Jajaja.

  9. Capítulo 2.

    Don Cerillo era la deshonra de su familia. De pequeño habían depositado muchas expectativas en él. Su madre siempre había esperado que se inmolara en los fogones de Ferrán Adrià, o que su sacrificio sirviera para encender la Antorcha Olímpica. La pobre señora, en su infinita ignorancia, desconocía que, de toda la vida, la antorcha olímpica nunca se ha encendido con fósforos. El caso es que Don Cerillo, contraviniendo los deseos de sus progenitores, y no precisamente por voluntad propia, fue a perder su chispa a manos de Jonay el porreta, mientras éste encendía su canuto de media tarde, lo que para Don Cerillo significó no poder librarse jamás de la mancha indeleble de la vergüenza.

    -¿Quién podría haber hecho algo así?-preguntó Míster Clip, mientras sus pupilas se iban acostumbrando a la poca luz del diminuto recinto en el que se hallaban. ¿Y ese olor?

    -Creo que han colocado algún vegetal cerca. Por el tacto, puede ser una hoja.- aventuró Don Cerillo.

    Míster Clip y Don Cerillo notaron voces en el exterior y decidieron prestar atención para poder encontrar una explicación a su repentino cautiverio. Haciendo un gran esfuerzo de concentración pudieron averiguar que habían sido colocados dentro de una caja de cerillas por un escritor novato al que se le había ocurrido un jueguecito absurdo para retar a su audiencia en la presentación de su primer libro. Tras tener un breve recuerdo, no precisamente cariñoso, hacia las ramas más próximas del árbol genealógico del emergente literato, decidieron agudizar su olfato para determinar la naturaleza de la hoja que habían colocado a su lado.

    -¿Será una hojita de coca, o de marihuana?- se preguntó Míster Clip esperanzado. He oído que en el mundo literario hay mucho vicio. Yo, que he abrazado tantas hojas a lo largo de mi vida, siempre le he pedido a la Virgen de Regla que me diera la oportunidad de terminar mis días oxidándome lentamente al calor de una hojita de coca. Por lo que me han contado, su efecto conforta el alma y estimula los sentidos. Sí, decididamente me gustaría morir así.

    -Lamento decepcionarle.- le respondió Don Cerillo. No estoy muy seguro, pero creo más bien que se trata de una hoja de mocán o de laurel de Indias.

    -Pues qué lástima.- se quejó Míster Clip. La verdad es que a mí la laurisilva no me pone lo más mínimo.

    Justo en ese instante notaron un movimiento brusco. Parecía como si hubiesen arrancado su insignificante prisión del lugar estable en el que se hallaba. Ahora, la pequeña cajita había despegado, y daba bandazos por el aire movida por no se sabe qué fuerza. Inmediatamente, Míster Clip y Don Cerillo notaron que la oscuridad que les envolvía ya no era tan profunda, y que una brizna de aire fresco volvía a poner orden en sus sudorosas caras. Alguien había abierto la cajita de cerillas, y al mirar hacia arriba, contemplaron unos profundos ojos negros de mujer, que les observaban con curiosidad.

  10. Capítulo 3.

    Magdalena Guadalupe Reinoso no se hubiese perdido el acto por nada del mundo. Allí estaba, en la tercera fila y justo enfrente del estrado principal. Lucía su traje nuevo y su mejor sonrisa. No tenía el menor interés por la literatura infantil, y menos aún por las historias de abuelos y tesoros, pero debía recordarle a su amante que se cuidara mucho de tratarla como a un despojo, y que no le resultaría tan sencillo librarse de ella. Desde el momento en que quedó huérfana a los doce años, fue acogida por su abuela materna, que trató de inculcarle siempre su carácter luchador, y a fe que lo consiguió, pues Magdalena hacía gala de una tenacidad inquebrantable gracias a la cual, entre otras cosas, consiguió un puesto de trabajo para el que se exigía estatura y buena presencia, a pesar de ser estéticamente dudosa y no llegar apenas al metro cincuenta y seis. Su abuela tenía razón: hay ciertas habilidades que siempre han contado más que el físico.

    Conocía tan bien al hombre que tenía justo enfrente, y que ahora agradecía a su familia y amigos su apoyo y cariño en la gestación de su pseudonovela, que no le sorprendió en absoluto que propusiera aquel curioso juego: crear un cuento con un clip, una cerilla usada y una hoja. Miró sin un ápice de extrañeza las caras ilusionadas de los asistentes ante el nuevo reto. Sabía que su amante era un embaucador y un maestro en jugar con las palabras y las personas. Recordaba cómo la había engatusado a ella, prometiéndole que dejaría a su mujer en cuanto ésta diera a luz a su segundo hijo; al niño en cuestión, que al final resultó ser niña, ya le había dado tiempo de dominar cuatro idiomas (gracias a los genes de su madre y a las excelencias de la escuela pública), mientras su infame padre aún no había cumplido su promesa.

    Seguramente nadie entre los asistentes reparó en ella cuando se levantó con gesto airado, y lanzó una mirada furibunda hacía su cobarde compañero de juegos, justo en el momento en el que éste era agasajado por su amada esposa y sus dos hijos, que le regalaron una preciosa pluma con la que seguir inoculando el veneno de las palabras a su alrededor. A pesar de su fortaleza y de su determinación, Magdalena no pudo digerir esta hipócrita escena de familia feliz, así que lanzó la cajita de cerillas a medio cerrar en el interior de su bolso Louis Vuitton de imitación, y se encaminó, con paso firme y sin mirar atrás, hacia la puerta del edificio. Miró su reloj; aún disponía de casi dos horas para ahuyentar sus fantasmas, antes de acudir al trabajo.

    Probablemente todos habrían pensado que la única culpable de las lágrimas furtivas que en ese momento escaparon de los pequeños ojos del escritor, y que empañaron sus gafas, era la emoción, y no la amargura.

  11. Capítulo 4 (y último).

    El escritor se levantó temprano a pesar de sentirse agotado. Apenas había podido conciliar el sueño reviviendo las emociones de la noche anterior. Su propia editora había calificado la presentación como un éxito sin precedentes. Sentía, como nunca antes, que había escalado el primer peldaño hacia su sueño. Ahora estaba seguro de que el primogénito de Macario el churrero iba a poder librarse de las ataduras del negocio familiar para dedicarse al arte.

    Su esposa estaba especialmente cariñosa esa mañana, y no dudó en prepararle su desayuno favorito, que obviamente no eran churros. Hablaron largamente de las anécdotas de la velada, y de los parabienes recibidos. Ella lo encontraba especialmente atractivo esa mañana, y le hubiese propuesto subir de nuevo a la habitación de no ser porque los niños estaban a punto de despertarse. Lo que no sabía su abnegada esposa es que con toda seguridad el escritor hubiese rechazado esa propuesta, incapaz de arrancar de su mente y de su corazón la mirada llena de ira de aquella mujer de la tercera fila. Se juró a sí mismo que a partir de ahora afrontaría con más valentía su destino; sólo era cuestión de encontrar el momento oportuno para decirle a la maravillosa persona que ahora le sonreía, que el amor es un enemigo poderoso contra el que no se puede ni se debe luchar.

    Quiso distraer su mente y encendió el televisor. Los informativos abrían su edición matinal con el accidente de un Boeing 747 de Air Europa, estrellado con cuatrocientos veintiocho pasajeros a bordo, en las afueras del municipio de Angelópolis, en la región de Antioquía, a unos cuarenta kilómetros de Medellín. Le impactó el horror que emanaba de la pantalla. El aparato había caído en campo abierto, en lo que parecía una plantación: su fuselaje se había fracturado en tres partes, provocando un gran incendio en su parte trasera. No había supervivientes.

    Permaneció sentado al borde del sofá mientras emitían escenas dantescas. Cadenas de todo el mundo habían enviado a sus reporteros, que mostraban sin miramientos los cuerpos inertes de los desafortunados viajeros. El escritor contemplaba las imágenes con la lejanía del que se siente a salvo. Ni por un momento sospechó que en aquella catástrofe aérea, él también había muerto; que toda posibilidad de alcanzar una vida plena y feliz había desaparecido sobre la húmeda tierra de aquel campo colombiano.

    Los planos se sucedían rápidamente en la pantalla del televisor; tanto, que era imposible reparar en los pequeños detalles. Por eso, ningún telespectador pudo apreciar, sobre el ala derecha semienterrada del aparato, como una enjuta cerilla usada, deshonra de su familia, se acordaba de su difunta madre mientras reclamaba ante las cámaras de medio mundo el instante de celebridad que siempre le había sido negado. Seguramente, tampoco nadie se pudo fijar en el brillo metálico del retorcido objeto que destacaba justo en el centro de un diminuto brote de hojas elipsoidales de pequeño tamaño y color verde intenso, de ésas que confortan el alma y estimulan los sentidos, y que crecían unos metros más allá, junto al pasaporte chamuscado de la azafata de cabina Magdalena Guadalupe Reinoso.

    El escritor apagó el televisor aturdido. Ante la magnitud de la desgracia, debió pensar sin duda que Dios se había tomado el día libre. Tal vez Dios sí, pero la Virgen de Regla, santa patrona y protectora del material de oficina, había escuchado al fin una plegaria.

    Tino.
    (Me debes 38,80. Jajajaj).

  12. Tino, yo quiero un capítulo más colega!!!!!!!!!!!!!!!! Te lo tenías guardadito colega. Desde cuándo escribes así ehhh??? Está genial, me encanta. Y el JEFE no se podrá quejar.
    Firmado: Bugs Bunny

  13. La triste hoja se desprendió por culpa de la brisa de la noche.
    La rama, ahora aterida de frio, buscó, auxiliada por el viento, el calor que la hoguera, encendida por una tímida cerilla.
    La vida se le iba. Sus raices, viejas, carcomidas…inútiles, andaban sujetas como por un débil e insignificante clip.
    Moría.

    Gracias por compartir tus tesoros.

    Carmen

  14. Me compré un clip en el chino.
    Me salió malo el jodío.
    No agarraba ni una hoja.
    Tenía la verga floja.

    Cogí un fosforito usado
    y lo apreté por un lado.
    Ahora, como un campeón
    Me sujeta hasta el cartón.

    De todo esto he aprendido
    que yo del chino me fío,
    pues si algo te sale malo
    tu lo arreglas con un palo.

    Antonio Machado.

  15. Guillermo me ha pedido
    con tres palabras un verso,
    y cual niño de primaria,
    te diría: |Qué difícil maestro¡

    En mi cerebro tengo, el fósforo agotado,
    mis conocimientos a un clip trabados
    y en hojas de papel arrugado.
    ¿Cómo quieres que haga lo que me has encomendado?

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