«Me metí en una clase de estiramiento, ¡ay mi cabeza!»

Cuando
lo primero que hacen es ordenarte que te sientes en el suelo, que
juntes las plantas de los pies para hacer la mariposa, mientras que
con tus codos aprietes tus rodillas, con la intención de hacerlas
llegar a tocar el suelo, posición muy incómoda y antinatural del
todo, algo en tu interior debe encender una luz roja y gritarte:
―¡Cuidado chaval que vas a
sufrir! Si esa bombilla no se enciende, como fue mi caso, debes
resignarte y soportar el dolor con una sonrisa, de oreja a oreja,
¡por idiota!, que nadie me mandó a meterme en esa clase.
Con
los comentarios que hacían nuestras “amigas” la clase de
estiramiento ―¡perdón!
stretching,
como lo llaman ahora porque al parecer decirlo en inglés es más
chic,
o fashion,
o kool
o ¡la madre que las pario!― nos iba a sentar “superbien”―termino
pijo, o sea, chachi―
después de haber corrido y jugado tanto tras the ball,
o sea, la pelota. Pues para allá que vamos, los tres envalentonados
y muy machotes.
La
clase, un montón de mujeres, incluidas las nuestras ―que
mira que tienen aguante―,
mirándonos de arriba a abajo con cara de ¿y estos qué hacen aquí?;
la profe ¡qué bien chicos, ¿se han animado?!; y nosotros, con
sonrisita tipo “aquí estamos, ¡prepárense, que lo van a
flipar!”.
Como
es de suponer al vernos en tremenda situación nos pusimos al final,
que en el fondo uno es muy tímido, sentados en el suelo haciendo la
citada pose “cuasikamasutriana”, con el olorcillo de los
calcetines subiendo, y empezando a tragar ciertos nudos.
Comienza
el dolor, digo la clase: Que si la pierna derecha para detrás,
mientras la izquierda se queda en la posición de loto. Que si las
puntas de los pies para delante, mientras… ―¡agghh!
me acaba de dar un calambre en el gemelo derecho―.
Ahora cambiamos de pierna, con tu mano derecha te tocas la oreja
izquierda, a la vez que los ojos miran para el techo ―será
para que no le mire el culo a la parienta― a la vez que pones una
gran sonrisa, que al parecer es norma estar de buen humor y no
quejarse ―¡caray!, se me acaba de agarrotar la uña del dedo gordo
del pie.
Las
falanges de la mano derecha ―¿las falanges?, ¡contrá con la
pija!, ¿serán los ñames?― tienen que estar extendidos, para
poder cruzar las piernas por delante y así agacharnos. Ahora hay que
tocar, con la punta de la nariz, el callo del dedo gordo
―¡socorroooo, que me caigooooo!
―Tranquilo
es normal ―dice la todopoderosa monitora― en la próxima clase
trabajaremos el equilibrio…
―¿Próxima
clase?, ¿equilibrio?, pero si lo mio es pura novelería. De todas
formas ―aprovecho la ocasión para intervenir desde tan profesional
postura―, ¿sería tan amable de explicarme cómo me desenredo, que
me está dando otro calambre en dónde la espalda pierde su nombre?

5 comentarios en “«Me metí en una clase de estiramiento, ¡ay mi cabeza!»

  1. ANÓNIMO: cierto, allí fuí.

    ANÓNIMO:jajaja o sea tía, cuando quieras y adónde quieras, o sea, que pa ya voy…..

    JESÚS BRAVO: ummmmm esa no me la sé ¿¿?????

    CUÑI: ¿más?

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