«De acampada en el paritorio»

Un
«whatsapp»,
que ahora es la forma más común de comunicarse, nos alertó y puso
en marcha. El mensaje rezaba: 4 cm de dilatación, cuello
borrado. Vamos al hospi.

Nos pusimos las pilas. Colocamos a los niños en casa de la abuela y
para allá que vamos.

Los hospitales son lugares lúgubres, fríos y por momentos
tenebrosos. A las 21:00 horas ya hay poca gente. Tras pasar por el
túnel elevado que comunica dos edificios, y que parece más un túnel
de viento por la corriente existente en su interior, llegamos a la
sala de espera del paritorio. Todo listo: la bolsa con los bocatas,
el agua, las chuches para endulzar la noche, el Ipad, tarea
del cole… Ahora a verlas venir.

Las dos primeras horas pasan fugaces. Las familias con las que
compartimos el lugar se van marchando alegres con la llegada de su
nuevo miembro ―o miembra, no
sé―. Otras van llegando, con los nervios, las esperanzas y las
bolsas parecidas a las nuestras. La tercera hora empieza a ser
aburrida. Nos vamos quedando solos.

Las noticias escasean. El anestesista ―o
anestesisto, no sé―está ocupado en quirófano y parece que
tarda. Dentro nuestra hermana sufre los dolores oportunos.
¡Paciencia! Cuando la vemos aparecer con su gorrito de colores y sus
suecos protegidos con una bolsa plástica verde ―duda:
Si se pasea con eso puesto por todo el hospital ¿Para qué sirve?
Respuesta: Para que no se le ensucien esos suecos tan monos de
colores. Comentario sarcástico: ¡Ah!, que susto, pensé que era por
un tema de asepsia de los quirófanos, paritorios…― sabemos
que será para ella, no hay otra.

Desesperados. Son las cuatro de la mañana y la «jodia»
de mi hermana está durmiendo, con ocho centímetros de dilatación,
la bolsa rota, abrigada en su cama, con música de fondo, drogada con
la epidural… y nosotros, por fuera, con el culo plano en los
fantásticos asientos de la sala de espera ―sarcasmo,
claro―. La cabeza nos da bandazos. A estas alturas de la
noche no le hacemos caso ni a las galletas rellenas de chocolate.
Buscamos parecidos razonables en los dibujos de las marcas que han
dejado las miles de cabezas apoyadas en la misma pared en la que
estamos nosotros ―alguien
debería pasarle una manita de pintura. Igual en el próximo parto
compro un bote y así me entretengo. Otro sarcasmo―. A las cinco y
media de la mañana decidimos irnos a la cafetería por aquello de
ayudar a superar el jet
lag
o como se llame.

A partir de las siete de la
mañana ya nada nos importa. La gente empieza a llegar. Hay cambio de
turno, vienen más preñadas para hacerse sus registros, unas se
quedan, otras se van… Nosotros seguimos aquí.
Nos informan de que entra en
paritorio. Los nervios se despiertan. A las 9:40 Jose Juan, nombre
normalito tirando a recio, ―JJ para la familia― ya está entre
nosotros. El padre, sufridor como el que más, empieza a mandar los
primeros «guasapos»
con las fotos. Todavía nos quedará una hora más para abrazarlos,
pero esa pasa rápida.
Mi hermana está radiante y
guapísima. Mi cuñado llora de emoción y JJ es un pequeño
muñeco,
con pelo negro, dispuesto a comerse el mundo. A eso te ayudaré, que para eso soy «ToGuille» ¡¡¡BIENVENIDO!!!

7 comentarios en “«De acampada en el paritorio»

  1. Déjalo crecer amigo, recuerda que a esas edade el bibe es, fundamentalmente, de leche, no de wiski, que te conozco, y las canciones son nanas, no seguidillas picantes que te veo venir… dale la enhorabuena a los protas, papá y mamá, y pa ti, no sé, no se me ocurre…

  2. Este niño vino con un relato bajo el brazo ¡buena señal! al igual tenemos un miembro más en el club de los locos letrados, solo el tiempo lo dirá.
    Ahora a disfrutar de él que el tiempo pasa volando.
    Besos de gofio

  3. ANÓNIMO: Muchas gracias.

    JOSÉ GERARDO: pa mí, el güiskey, pa celebrarlo, vamos.

    CARMEN: jajaja no sé a quién habrá salido jajaja

    GLORIA:Como bien dices, el tiempo lo dirá. Gracias por el gofio, que bien bien para los bines, jajajaja

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