«Enamorada»

Aquella
era la última noche del curso de verano al que habíamos acudido y
estábamos celebrando la fiesta de despedida. Se había formado un
buen grupo. Chicos y chicas de distintos lugares que habíamos
congeniado. Lourdes era una de ellas.
Era
una chica de grandes ojos verdes y muy simpática. Habíamos
simpatizado y pasábamos largos ratos juntos. Hablábamos de nuestros
planes futuros, del trabajo de fin de carrera, de su novio…
Semiacostados
en aquel sofá, mientras los demás bailaban, cogidos de la mano,
comencé a bromear sobre cómo me excitaba ver el piercing que
llevaba en el ombligo. Ella, desafiante, se levantó la camisa para
dejármelo tocar.
―Ahora
mismo te comería a besos ―le dije mientras acariciaba el adorno
con la yema de mis dedos.
Ella
no pudo sostener mi mirada pícara. Bajó la cabeza y, colocándose
bien la camisa, se levantó. Mostrando una ligera sonrisa en los
labios, me tendió su mano.
―Acompáñame.
Nadie
nos vio salir. La puerta del salón daba a un pasillo de la
residencia. Llegamos a las escaleras. Sin mediar ni una sola palabra
subimos hasta el primer rellano. La atraje hacia mi y la besé. Ella
respondió ardiente.
Las
risas de los compañeros nos coartaba. En silencio subimos un piso a
la búsqueda de un lugar alejado del tumulto y de miradas
indiscretas. Ninguna de las aulas estaba abierta así que nos
arrinconamos en el espacio situado entre dos puertas de acceso.
Volvimos
a besarnos con desenfreno. Mis manos abarcaban su cara. Ella se
aferraba a mi cintura atrayéndome hacia su cuerpo. La humedad de
nuestras bocas se mezclaban con suaves jadeos.
Mis
manos viajaron por su cuerpo a la búsqueda de sus pequeños pechos.
Con destreza, desabroché, uno a uno, los botones de la camisa. El
muro que suponía su sujetador no fue obstáculo para liberar sus
pezones. Estaban tiesos. Mis labios se amoldaban a su forma mientras
mi lengua jugueteaba con ellos.
Lourdes
arqueaba la espalda. Gemía mientras manoseaba mi cuerpo. Estábamos
muy excitados.
Unas
voces rompieron el momento. Un grupo de personas caminaban hacia
nuestra dirección. Nos quedamos inmóviles pegados a la pared. Las
luces permanecían apagadas por lo que pudimos pasar desapercibidos.
―No
podemos seguir ―me
susurró al oído mientras se abrochaba― Sería un error que
siempre lamentaré.
Sus
manos cálidas y temblorosas me acariciaron las mejillas. Continuó
hablando:
―Me
has hecho sentir muy feliz, pero estoy enamorada de Carlos.
Aún
excitada sus labios me propiciaron un potente beso que lejos estaba
de ser el que se le da a un amigo. Fue su adiós, para siempre.

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