«La hora de la verdad»

«La
hora de la verdad»
(Historia
de dos. Cap. V)

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La suave fragancia que desprendía
su salón me penetró por todos los poros de mi piel. Se veía que
era un apartamento pequeño, donde todo estaba inmaculadamente
colocado. La decoración rezumaba una mezcla perfecta de buen gusto,
modernidad y delicadeza.
Me temblaba todo el cuerpo.
―¿Qué te pasa? ―dijo
mientras se quitaba su chaqueta y la colgaba en un perchero de pie
que tenía nada más entrar a la derecha.
―No
me lo vas a creer, pero me tiembla una pierna ―contesté muy
sincero.
―¡Pobre! ―se burlo mientras
me acariciaba la cara con una mano, a la vez que rozaba su cuerpo
contra mi antebrazo hasta colocarse justo delante mio―, puedes
estar seguro de que no voy ha hacerte nada, que no te dejes,
claro―continuó diciendo de manera socarrona hasta que se separó
del todo y abrió los brazos―. ¡Bienvenido a mi pequeño reíno!
―dijo mientras giraba sobre sí misma―. Aquí tienes el salón
comedor, ahí la cocina, tras aquella puerta el cuarto de baño y
allí el dormitorio.
Su coqueteo, o más bien
insinuación, me había dejado sin palabras.
―Bonito.
―¿Perdona?, muy bonito. ¿Una
cerveza?
No me lo podía creer. ¡Estaba
en su casa!
―Sí claro ―contesté
mientras la observaba de espaldas.
En lo que ella atravesaba la
barra americana, que separaba su pequeña cocina del salón,
aproveché para dirigirme a la esquina dónde, una gran pantalla de
un MAC reinaba sobre una mesa de cristal. Curioseé las fotos que
tenía colgadas en la pared: recuerdos de viajes, esquiando, con
amigas, noches de carnaval… Había un poco de todo, pedazos de una
vida, todos ellos, que seguro tendrían una razón especial para
estar allí y que yo deseaba compartir.
―¿Te gusta lo que ves? ―giré
sobresaltado. Apenas tenía su rostro a unos centímetros.
―Sí ―afirmé con mis ojos
clavados en los de ella.
Noté como, sin apartarse, una
sonrisa se dibujaba en la comisura de sus labios.
―Hablaba de las fotos.
―Yo no.
La besé. Fue un impulso, un instinto animal, una necesidad primaria que tuve que cumplir y que
no pensé para nada, si lo hubiera hecho seguro que no me habría
atrevido. 
Sus labios me recibieron cálidos, parecían que me
estuvieran esperando. Fue un beso largo, tierno, dado con cariño,
como si ambos, y no yo solo, lo hubiésemos estado deseado durante
largo tiempo.
Ahora, más que la pierna, me
temblaba todo el cuerpo. Mis manos buscaron su rostro para asirlo.
Necesitaba sentir el contacto de su piel bajo la yema de mis dedos,
necesitaba enrollar sus largos tirabuzones entre mis dedos. Deseaba
poseerla. Me había enamorado.

8 pensamientos en “«La hora de la verdad»

  1. ¡Mu bonico!, seguro que acaba en cama, y cuando ella le pide que la haga sentir, el se da la vuelta y… ¡zas!, se despierta en el suelo del gajo que se mete en la silla del bar… ¿o no, mardito roedó?

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