«Las cosas de Tháloc»

Cuentan que un día Tháloc, el Dios de la lluvia, se asomó al borde de la alta montaña en la que vive y, con voz dura y penetrante, mandó a llamar a sus pequeños, deformes, pero poderosos thaloques ─sus ayudantes─, que se acercaron desde los cuatro puntos cardinales como fieles perros llamados por su amo.
─Mirad los pueblos ─dijo─, mirad las tierras ─insistió─ mirad el abandono. Los humanos aún no han aprendido a cuidar a la madre naturaleza. Aún no han aprendido a cuidar de los barrancos, de los bosques de las laderas de las montañas. ¡Recordémoselos!
Los cuatro secuaces, vasija de barro y palo en mano ─que es como los representa la mitología mexicana─ se acercaron a su enojado Dios y obedecieron sus mandamientos.
Con su espectral mano indicó los lugares donde debían romper sus vasijas.
El agua, guardada en el vientre de los cántaros al recibir el golpe certero de los palos, cayó con fuerza y furia. El ruido producido por el choque del palo contra la cerámica se tradujo, en la tierra, en imponentes truenos. Los pedazos de loza, al caer en el suelo, se convirtieron en potentes rayos destructores.
Tháloc, desde lo alto rió.
Nosotros desde nuestra destrozada tierra lloramos.

(Foto del temporal acaecido en Tenerife el 1 de febrero de 2010)

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