«Nada que objetar a las leyes de Mendel»

Extraída de San Google.

En una ocasión anterior les presenté a una de mis alumnas. Martita es una fuente diaria de sorpresas, pero la de hoy corrió a cargo de su señora madre. 
Cuando la ves de lejos te parece normal. En cuanto abre la boca comprendes la importancia que tiene la herencia genética, y comprendes lo que llevo a Mendel a guisar sus teorías con arvejas. 
—Perdón maestro, soy la madre de Martita —interesante forma de iniciar una conversación habida cuenta de que llevo todo el curso viéndola, entregándole a su hija a la hora de la salida, dándole las notas una vez al trimestre e intercambio alguna que otra frase de vez en cuando. Ahora que lo pienso, igual era ella la que dudaba de mis capacidades—. Estoy muy preocupada por la niña, parece que no entiende cuando le pongo tarea en casa —¿ahora está muy preocupada? ¿A final de curso? Para situarnos debemos tener en cuenta de que Martita es repetidora y acude al aula de educación especial desde el curso pasado.
—¿Qué tarea le ha puesto? —pregunto extrañado, ya que por norma general, al ser Martita una alma de educación especial, cuando le mando algo de tarea para casa, me aseguro de que sean actividades que previamente hemos realizado en clase y que pueda resolver ella sola—. Aproveché unas fotocopias que le sobraban al primo que tiene su misma edad.
—¡Ya!, pero ¿de qué eran las fotocopias? —indago.
—De números —contesta ella tan ancha.
—Sí, vale, pero de qué clases de números—insisto. 
Por un momento se queda en babia, pestañea, coloca los ojos en blanco —ahora entiendo lo que hace la niña cuando en clase le preguntó algo— y tras unos segundos en estado de ausencia parece reiniciarse.
—Creo que eran divisiones de esas. De las de repartir cosas —¡acabáramos!—, y la niña no supo cómo hacerlas y su primo las hace sólo —ummm, por el tono creo que me está queriendo decir algo.
—¿En qué curso está su sobrino?
—No es su sobrino, es su primo el que sabe hacerlas —uf, me temo que la cosa va para largo.
—Ya, el primo de la niña es su sobrino, de usted —aclaro por sí acaso. De nuevo pestañeo nervioso, ojos en blanco, estado de ausencia… Reiniciando.
—Ah, sí, claro —dice cuando procesa la información—, tiene la misma edad que Martita, creo que en tercero.
—Bien, la división se trabaja en tercero, pero Martita está en segundo y, además, va a clase de educación especial, ¿se acuerda? —le respondo de manera suave intentando hacerme entender— y ella trabaja otras cosas.
La buena señora parece que ha entendido. Por un momento se queda callada, y tras  unos segundos de silencio, contesta
—Ya me parecía a mi que la niña era muy tranquila. Claro, si es especial —dicho lo cual se marchó. 
Esta claro que Mendel tenía razón y a los guisantes que ocupan esta cabeza, les faltaron un hervor.
  

6 comentarios en “«Nada que objetar a las leyes de Mendel»

  1. Lo de la niña lo puedo entender, tiene su retrasillo madurativo y su nivel competencial bastante atrasado. Lo que no entiendo es como al maestro no se le ha hecho un ACUS, la niña del cuento ha cambiado, inexplicablemente, de nombre… En fin será deformación a lo largo de los años… ¡mardito roedó!

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