«Necesito ayuda»

Acabo
de despertar. Por el pequeño resplandor de luz que veo entre las
lamas de la persiana deduzco que, como siempre, serán las siete o
siete y media de la mañana. Siempre me despierto a esa hora, o al
menos eso creo.
Pronto
llegará la enfermera del nuevo turno. Si mis cálculos no me fallan
hoy le toca a la guapa María. Es la única que demuestra un poco de
simpatía. ¿Quizás ella pueda ayudarme?
¿Qué
te pasa? Le pregunto. No me contesta. No es normal. Algo le ocurre.
Lo sé porque cada vez que entra en mi habitación lo primero que
hace es ponerse a mi lado, atusar un poco la almohada, mientras me
cuenta alguna anécdota de sus hijos o de algo ocurrido durante su
turno, y luego me acaricia la cabeza dándome ánimos con su suave
gesto. Hoy, no ha hecho nada de eso. ¿Qué le ocurre? Se ha marchado
sin dirigirme ni una sola palabra. Lo volveré a intentar dentro de
un momento. Lo bueno de las rutinas es que estoy seguro de que
volverá en unos minutos, tiene que: tomarme la temperatura, la
tensión, cambiarme el suero, la sonda… En fin, una serie de tareas
que la mantendrán a mi lado durante un buen rato. Es el que
aprovechamos para hablar. Lo hacemos desde hace algo más de tres
años, si la memoria no me falla, que a estas alturas ya no me fío
ni de mi mismo. ¿Qué me pasó? Una estupidez. Pero la mía ha sido
la última que he cometido. Había bebido mucho y no se me ocurrió
otra cosa que coger la moto. No hay nada más que contar, lo demás
te lo podrás imaginar. Llevo postrado en esta cama desde entonces.
Mi cuerpo no responde a mis pensamientos. Necesito un suero para
alimentarme, una sonda para mis necesidades, alguien que me limpie
las babas que se me caen por la comisura de los labios… No puedo
mover ni un solo músculo, salvo las pestañas. Y así me comunico.
Un guiño es sí, y dos significan no. Ya no lo aguanto. Los amigos
se han marchado poco a poco. Al principio venían todos los días,
luego empezaron a turnarse y ahora, con suerte, viene alguno una vez
por semana.
La
que más sufre con todo esto es mi pobre madre. Toda las tardes viene
y se sienta a mi lado. Me besa, me acaricia. Siempre llora. Cuando es
capaz de articular palabra me cuenta las cosas de casa, después lee
el periódico en voz alta. Supongo que para matar el tiempo y tener
algo más que contarme. Yo, de costado y con mis ojos plantados entre
sus tristes y amargas arrugas, también lloro. No puedo seguir siendo
la causa de su dolor.
Esto
no es vida. Aunque los de ahí fuera no me oigan, sé que puedo
decidir por mi mismo. Quiero pedirle a María que me ayude a dormir
para siempre. No deseo seguir siendo esta carga, Quiero morir
dignamente.

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