«Una Gioconda en la pared»

La había visto en varias ocasiones pero, hasta hoy, no me había llamado la atención. Me encontraba a una distancia prudente, algo más de cien metros. Me fijé en ella al pasar con el coche y parecía que me mirara, que me quería decir algo. Ahora, que ya estaba aparcado, caí en cuenta que me dirigía directamente hacia su retrato. 
En mi interior algo invoca su nombre. Me hace caminar y dirigir mis pasos hacia el lugar donde esa imagen aparece estampada en la pared. 
Como decía, observante desde la distancia que nos separa, me quede sorprendido cuando una chica, de media edad, que venía corriendo calzada con sus zapatillas de “runner” actuó de manera muy rápida. Sin percatarse de mi presencia y asumiendo que nadie la miraba, literalmente se abalanzó contra la pintura impresa en la pared. Pensé que, a esa velocidad y determinación, el impacto iba a ser tan potente que su cuerpo se entromparía, como lo hace un huevo al ser lanzado en idéntica situación, desparramando sus sesos, interiores y líquidos por todo el lugar, cual yema y clara. Nada de lo esperado ocurrió. La chica desapareció al instante. 
Mi cara reflejó el sobrecogimiento de mi cuerpo. Aquello no era posible. Nadie más lo había visto, la calle estaba desierta. 
Me dirigí hacia La Gioconda. Toque su impregnada tez para comprobar que la pared era real. Dura como el cemento. 
«¿Y porqué no?» pensé. Quizás es la entrada al mundo mágico e ideal que todos deseamos visitar. Me alejé ganando distancia y, con el mismo empuje y decisión que lució la chica, me lancé contra aquella mujer.

Las gafas, los dientes y mi moral saltaron por los aires o se estamparon en aquel muro. La próxima vez me aseguraré de tener pagada mi licencia de superhéroe. 
Gracias por leerme.

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