
La noche se le está haciendo larga. No podía dormir. Llevaba horas dando vueltas en la cama, sintiendo cómo el peso del silencio y la oscuridad se volvían cada vez más en su contra. El reloj en la pared parecía burlarse en cada clic, recordándole que el tiempo seguía avanzando, sin pausa, mientras sigue en el limbo del insomnio.
Las noches son los peores momentos. Durante el día, podía distraerse con el trabajo, con las conversaciones vacías de conocidos, con el ruido constante de la ciudad o las personas que lo rodean. Pero cuando el sol se esconde y se enfrenta a su cama vacía, el recuerdo de su piel contra otra piel se hacía insoportable.
Se acurrucó en su lado favorito de la cama, tirando de las sábanas, buscando el calor que ya no estaba. Deseaba encajar su cuerpo, como piezas de un rompecabezas, contra esa otra persona. Sabía que si esto ocurría, no necesitaban hablar, no necesitaban hacer nada más. Era simplemente la sensación de saber que al estirar el brazo, había un cuerpo cálido y vivo esperando. Esa parte de la noche se había transformado en un abismo de vacío.
Le daba vueltas en la mente el último abrazo que se habían dado. La forma en que sus dedos se enredaban suavemente en su cabello antes de caer en un sueño profundo. El aroma sutil de su piel, la respiración acompasada que, con cada exhalación, acunaba hacia el descanso. Pero esa persona no estaba. No quedaba ni rastro, ni una prenda de ropa olvidada, ni una marca en la almohada. Solo silencio, oscuridad… y soledad.
Cerró los ojos. El hueco a su lado parecía estirarse, volverse infinito. Sus manos, inquietas, buscaron ese cuerpo que, sin pensarlo, atrajo hacia su pecho para abrazarlo.
El frío imaginar no era lo mismo, pero era algo. Sus dedos recorrieron la superficie suave que comenzó moldear con lentitud, como si pudiera darle una forma más familiar.
Empujó los bordes, la apretó entre sus brazos hasta que, al menos en la penumbra, parecía tomar un contorno casi humano. Cerró los ojos con fuerza, susurrando un nombre.
Durante unos segundos, fue como si esa forma inerte cobrase vida en su abrazo. Su respiración se estabilizó, el ritmo caótico de su corazón comenzó a acompasarse con el silencio de la noche. En su mente, se permitió la fantasía de que esa figura blanda y frágil era la persona que tanto extrañaba.
Ahora le devolvía el abrazo. O al menos así lo sentía en su desvelo. Los minutos pasaron, y poco a poco, sus pensamientos se fueron apagando. No era lo mismo, no lo sería jamás, pero en esa noche de insomnio, en medio de esa soledad, logró cerrar los ojos y abandonarse al sueño en ese abrazo de ilusión.
No se engañaba: sabía que era solo una almohada. Pero por esa noche, era suficiente.
Gracias por leerme.