«Cuando nadie miraba»

Al principio, nadie habría apostado por él. No tenía la seguridad de quien llega primero, ni el brillo de las historias destinadas a durar. 

Entró en su vida en el momento equivocado: demasiado tarde para ser una ilusión nueva y demasiado pronto para convertirse en una certeza. Ella aún hablaba de otro amor con la voz rota, como quien acaricia una herida para comprobar si todavía duele. Él sabía todo aquello.

Sabía que había mensajes que no eran para él, silencios que no entendía y recuerdos en los que jamás podría participar. Aun así, se quedó. No por resignación ni por miedo a perderla, sino porque había aprendido algo que pocas personas entienden: querer a alguien también significa aceptar el momento en el que esa persona se encuentra, incluso si todavía no sabe mirar hacia tu lugar.

Nunca intentó competir.

Mientras otros habrían exigido respuestas, él ofrecía calma. Mientras otros habrían pedido un lugar privilegiado, él ocupó el rincón discreto desde el que podía sostenerla cuando todo volvía a derrumbarse. Era quien contestaba las llamadas o mensajes de madrugada. Quien aparecía sin hacer preguntas. Quien sabía distinguir cuándo necesitaba hablar y cuándo solo necesitaba compañía. Era quién siempre estaba.

Pasaron el tiempo y la vida hizo lo que siempre hace, colocar cada cosa en su sitio. El recuerdo del otro amor empezó a parecerse a una fotografía vieja, seguía existiendo, pero ya no tenía calor. Entonces ella comenzó a notar detalles que antes se le escapaban: la manera en que él siempre recordaba cómo le gustaba el café, cómo la escuchaba sin mirar el teléfono, cómo nunca desaparecía después de una discusión, cómo permanecía. 

Eso fue lo que terminó cambiándolo todo. Porque hay personas que llegan como incendios y personas que llegan como hogar.

Una noche cualquiera, mientras compartían el silencio cómodo de quienes ya no necesitan impresionar a nadie, ella entendió algo que le hizo temblar el pecho, nunca había sido él quien estaba esperando una oportunidad, había sido ella quien tardó demasiado en reconocer el amor verdadero.

Lo miró con los ojos llenos de una emoción tranquila y le preguntó:

—¿Por qué nunca te fuiste?

Él apenas sonrió, como si la respuesta hubiera sido siempre sencilla.

—Porque cuando alguien importa de verdad, quedarse nunca se siente como perder.

Aí, de esta forma, por primera vez en mucho tiempo, ella dejó de mirar atrás, porque comprendió que la persona correcta no siempre es la primera que llega, a veces es la que permanece.

Gracias por leerme.

«No lo digas»

No tengo claro si morderme la lengua. En muchas ocasiones, mis palabras se malinterpretan y después hay que entrar a explicarlas con más detalle. ¿Te ha pasado? Creo que, en una cultura que idolatra la autenticidad sin filtros, decir todo lo que uno piensa parece casi una obligación moral. “Si lo sientes, dilo”, “No te calles las cosas”, nos repiten. 

Pero en la vida, en la convivencia humana, creo que hay una habilidad mucho más sofisticada, menos vistosa y profundamente transformadora que hay que entrenar: saber cuándo uno debe morderse la lengua.

Con eso no afirmo de que se trata de reprimir palabras, ni de acumular silencios tóxicos. Consiste en elegir, qué decir o qué callar y, elegir, casi siempre, implica renunciar a algo. Porque detrás de ese simple gesto hay más consecuencias de las que te imaginas. Por ejemplo: 

1. Protege lo importante de lo impulsivo. No todo pensamiento merece convertirse en palabra. Hay ideas que nacen del cansancio, del enfado momentáneo o del ego herido. Darles voz es como firmar un contrato con una versión de ti que ni siquiera te representa del todo. Morderse la lengua permite que lo importante —la relación, el respeto, el vínculo— no quede a merced de lo pasajero.

2. Reduce conflictos innecesarios. Muchas discusiones no nacen de grandes problemas, sino de pequeñas frases dichas en el peor momento. Ese comentario sarcástico, esa crítica sin filtro, esa comparación innecesaria. Evitar decirlo no es cobardía, es inteligencia emocional. 

3. Fomenta la reflexión interna. Cuando no hablas inmediatamente, te obligas a pensar: “¿Esto que quiero decir aporta o solo descarga?” Esa pausa construye madurez, te entrena para diferenciar entre expresar y reaccionar.

4. Genera espacios de calma. El silencio también comunica. A veces, no responder es la mejor forma de evitar incendiar una situación. Es un acto activo, no pasivo, eliges no añadir leña al fuego.

5. Puede generar acumulación emocional. Callar constantemente lo que molesta no lo hace desaparecer, lo almacena, y lo acumulado, tarde o temprano, explota, generalmente de forma desproporcionada.

6. Riesgo de perder autenticidad. Si te muerdes la lengua siempre, dejas de ser tú. La otra persona no te conoce de verdad, y tú empiezas a desconectarte de lo que sientes. 

7. Puede fomentar dinámicas desequilibradas. Si solo uno calla y el otro expresa todo sin filtro, la relación se inclina. 

8. Confunde al otro. No decir lo que pasa por dentro puede generar interpretaciones erróneas, ya que la otra persona no es adivina. A veces, el problema no es lo que se dice, sino lo que nunca se dice.

Como insinuaba antes, la verdadera habilidad no está en hablar o callar, sino en gestionar el cuándo, el cómo y el para qué, puesto que hay silencios que protegen y otros que destruyen lentamente, palabras que liberan y otras que dejan cicatrices.

Al final, no se trata de morderse la lengua, sino de no acabar mordiéndose el uno al otro. O sí, pero esa ya sería otra historia. 

Gracias por leerme.

«El arte de saber estar y saber elegir»

«El arte de saber estar y saber elegir»

Hay una escena que se repite más de lo que confesamos.

Una persona llega a casa después de un día intenso. Se quita los zapatos. Se sirve una copa de vino. Se sienta en el sofá. Silencio. No hay ruido de fondo, no hay exigencias, no hay nadie reclamando nada. Por un instante, siente algo que muchas veces cuesta nombrar, paz.

Pero esa misma persona, otra noche distinta, puede encontrarse en el mismo sofá, con la misma copa de vino… y sentir un vacío enorme que le aprieta el pecho.

La diferencia no está en el sofá, ni en el vino, ni siquiera en la ausencia de alguien. La diferencia radica en cómo se vive esa soledad. No es lo mismo la soledad buscada que la impuesta.

Nos han enseñado que estar solo, o sola, es sinónimo de fracaso. Que si no tienes pareja “algo falta”, o “algo te pasa”. Que el objetivo de toda persona es encontrar a alguien lo antes posible, como si la soltería fuera una incómoda sala de espera.

Nadie nos habla del poder que tiene aprender a estar solo sin sentir abandono. De lo magnético que resulta una persona que disfruta de su propia compañía, que no necesita llenar cada silencio con ruido, o que no busca a alguien para escapar de sí misma.

Saber estar solo es un superpoder. Es cenar contigo sin sentir prisa, viajar sin necesitar testigos, tomar decisiones sin depender de una validación constante, es conocer tus sombras, o tus fantasmas, sin que estos te asusten.

Cuando sabes estar sola, o solo, dejas de elegir desde la carencia; entonces todo cambia, porque la pareja ya no es una muleta, es un complemento, y aquí viene la parte importante. No se trata solo de “tener a alguien”, se trata de ser alguien y de estar estar con alguien con quien el silencio no sea incómodo, con alguien que sume, que no compita con tu brillo.

Se trata de estar con una persona que no llegue para rescatarte, sino a acompañarte, porque ya sabes que tú solo, o sola, puedes con todo y sabes hacerlo todo sola, o solo, pero esa persona está para apoyarte, para ayudar, para ser un equipo.

Se trata de alguien que entienda que una conversación profunda puede ser más íntima que cualquier contacto físico, o que la mejor relación sexual que pueden tener es que el tiempo se escape de las manos mientras pasan la tarde en ese sofá, con esa copa de vino, con esa paz, porque no hay nada más profundamente erótico —sí, erótico en el sentido más amplio de la palabra— que dos mentes que se encuentran, en una conversación que se alarga sin mirar el reloj, en la sensación de “me entiende” sin tener que explicarlo todo.

No necesitamos a cualquiera. Necesitamos a alguien que sume conversación, presencia, calma. Alguien que respete nuestra soledad porque también sabe habitar la suya. Porque el amor sano no llena vacíos, se construye entre dos personas completas.

Así que sí, aprende a estar sola, o solo. Haz las paces contigo, y, cuando aparezca alguien capaz de sentarse frente a ti y sostener una buena conversación —de esas que despiertan la mente y acarician el alma— sabrás que no la necesitas para sobrevivir, la eliges para compartir. Esa diferencia lo cambia todo.

Gracias por leerme.

«Escribo mejor que hablo»

«Escribo mejor que hablo»

No es una confesión nueva, pero cada día se vuelve más cierta. Lo digo sin vergüenza, admitiendo que creo que escribo mejor que hablo, aunque no creo que escriba del todo bien.

Cuando hablo, me rompo un poco, en muchas ocasiones me atropello. Las frases salen incompletas, se me quedan emociones en la garganta, y las ideas, tan claras en mi cabeza, se vuelven torpes al cruzar mis labios. Las ideas se me amontonan, los silencios pesan, y las palabras —torpes— no alcanzan a decir lo que realmente siento. En cambio, cuando escribo, todo encuentra su sitio. La emoción se ordena, el pensamiento respira, y lo que llevaba días o años escondido por fin se atreve a salir. Hablar me expone. Escribir es mi forma de desnudarme sin vergüenza, también sin miedo. 

Escribir  me revela. Aquí no tartamudeo, no retrocedo, no escondo el temblor de lo que siento. Escribo porque es una forma honesta de existir pues tengo un mundo dentro de mí que no cabe en una conversación normal. Un lugar donde las palabras arden, donde el deseo no se disfraza, donde el corazón late sin pedir permiso. Ese lugar solo se abre cuando escribo y, aún así, no se abre para cualquiera. 

Puedo confesar que guardo muchas ideas, que apunto en mi bloc de notas para, quizás, y solo quizás, darles luz en otra ocasión. No lo hago por cobardía, sino por respeto, porque no todas las personas están hechas para recibirlas. Hay pensamientos que solo pueden vivir en el espacio íntimo entre dos almas que se reconocen, incluso antes de tocarse. Entre esas personas apareces tú.

Nos consta que podemos hablar de lo que sea, por lo que contigo, mis palabras no se defienden, se entregan. Puedo decirte cosas que no sabría pronunciar mirándote a los ojos, porque sé que las sentirías antes de entenderlas. Puedo hablarte con la suavidad de una caricia, con la intensidad de un susurro, con la inteligencia de quien sabe que el deseo también piensa. Contigo no tengo que elegir entre la mente y la piel, puedo ser romántico sin pudor,  sensual sin máscara, tierno sin perder fuerza, ser fuego y calma en la misma frase.

Cuando escribo, cada palabra es una forma de acercarme, cada línea una manera de tocarte sin hacerlo, cada silencio una promesa que vibra entre nosotros.

Escribo mejor que hablo porque mi voz, cuando se queda corta, aprende a arder en las letras, porque contigo no quiero ser correcto, quiero ser verdadero, sobre todo con las emociones que no nacieron para ser dichas en voz alta, sino para ser leídas despacio, con el corazón entre las manos, o como dije antes, susurradas en un abrazo, en ese que deseo darte.

Quizá esta sea la verdad más profunda, no escribo porque no sepa hablar, escribo porque hay personas —como tú— que merecen ser sentidas en cada palabra.

Gracias por leerme.

«Kilómetros hacia mí»

«Kilómetros hacia mí»

Quizás esto no lo hayas pensado de la manera en lo que ahora te propongo, pero creo que hay viajes que no se hacen con maletas, sino con cicatrices. Creo que hay trayectos que no se recorren con trenes, barcos o aviones, sino que se hacen entre recuerdos, suspiros y miradas detenidas tras una ventana empañada.

Hoy no hablaré de cuerpos entrelazados —al menos, no en el sentido físico— sino de ese otro tipo de relaciones, la que uno experimenta al mirarse de frente después de mucho tiempo huyendo.

Hace unos días cogí mi coche, carretera alante, sin destino, sólo sabía que necesitaba irme. Lo hago a veces, muchas de ellas, como esta, sin avisar, sin decirlo. En la mayoría de las ocasiones por carreteras secundarias, de esas que te permiten parar en un mirador o en un apartadero, en el que tengo la certeza de no encontrar a nadie. 

Cuando hago esto, voy despacio, en un recorrido lento, lo suficiente como para obligarme a pensar. 

Por el camino, a veces hago paradas. En ellas siento que, antes de huir, me acerco a algo que no era el lugar en el que quería estar, por lo que esta necesidad de poner kilómetros  responde a la necesidad de volver a una versión de mí que había olvidado. Por eso irme, para poder volver. A veces la felicidad no es una conquista, sino un regreso. 

Recordar no duele. Lo que duele es saber que hay momentos en los que soy más yo. Que en compañía de ciertas personas, de palabras concretas o incluso de silencios llenos encuentro una paz que nunca logré alcanzar en otros espacios de mi vida. Irme es volver a mi.

Encontrarse a uno mismo es un acto violento. Es arrancarse la máscara con la yema de los dedos. Es aceptar que tal vez no estamos hechos para la felicidad constante, pero sí para los instantes de plenitud, como aquel café sentados frente al balcón, o las tardes paseando junto al mar, las mañanas de compras en el centro comercial, las tardes tirados sobre la arena de la playa, o las noches con una copa de vino y la vela encendida. 

Viajar hacia uno mismo es una carretera sin mapa que en ocasiones se llena de niebla, lluvia o ruido, pero en la que siempre aparece una figura que tiende la mano, o manda un mensaje, para recordarte de que está ahí, para decir que nunca se irá, que…, a veces eso es suficiente para no perderse del todo. Otras no, pues a todos nos gusta escuchar el retumbar del eco de unas palabras bonitas, o un “te echaré de menos”. 

Mañana me marcho de viaje. Como en otras ocasiones, lejos, muchos días, en los que no podré verte y ya siento tu vacío. No te olvides de esta esquina, de la nuestra, de lo nuestro, de mi. Volveré cuando pueda, quizás no el jueves que viene; pero recuerda, nunca dejes de buscar(te). Incluso si, como yo,  a veces te pierdes a kilómetros, en el intento de volver a ser. 

Gracias por leerme.

«Una almohada llamada ausencia»

«Una almohada llamada ausencia»

¿De qué tamaño es tu cama? ¿De eso depende lo que sientes cuánto te metes en ella? Creo que no. Hay noches en las que la cama parece más grande. No porque haya crecido, sino porque falta algo. O alguien. La almohada no hace su trabajo. Es entonces cuando uno se da cuenta de que el silencio no siempre es paz, a veces es ausencia, vacío que se convierte en el eco tibio de una caricia que no llega, de un beso o un abrazo que no se da, o el recuerdo de un perfume leve de un cuerpo que ya no está, una sombra que se desliza por la memoria.

Dormir abrazado no es sólo compartir calor. Es dejar que el cuerpo diga lo que las palabras no alcanzan. Es controlar ese instante que está situado justo antes de cerrar los ojos en el que uno siente que todo está en su sitio, incluso si el mundo de afuera se derrumba.

Cuando se echa de menos a alguien, cuando esa ausencia se hace presente, el cuerpo lo recuerda antes que la mente. La forma en que encajaban dos espaldas, la respiración acompasada, el roce tibio de una pierna buscando compañía en la madrugada. Todo eso se convierte en una especie de huella invisible que arde más cuando falta.

Dormir sin esa presencia se vuelve entonces un pequeño duelo cada noche. Se acomoda a la ahora incómoda almohada, se extiende un brazo al otro lado del colchón, y nada. Solo aire, frío espacio que solía estar lleno.

Es en ese hueco de la cama, donde se comprende que lo esencial de dormir abrazado a alguien no es solo ternura, es certeza. Es saber que el día terminó y, pese a todo, no se terminó solo. Que los miedos, los pensamientos, las heridas del día pueden quedarse en la puerta porque hay un cuerpo que sostiene, que escucha sin hablar, que acompaña sin exigir, que llena la ausencia.

Gracias por leerme.

«Preparar el espacio»

«Preparar el espacio»

Parece mentira pero durante mucho tiempo el lugar donde se vivía había sido solo eso: un sitio funcional, una estructura donde dormir, cocinar, pasar las horas. Las paredes estaban en su sitio, los muebles eran prácticos, y no había nada especialmente fuera de lugar. Pero tampoco había belleza. Solo rutina.

Un día cualquiera, mientras colocaba la loza recién fregada en su sitio, se quedó mirando fijamente hacia las ventanas. En ese preciso instante, como formando una pequeña cascada, surgieron varias preguntas que hasta el momento no habían hecho aparición: ¿qué me falta?, ¿qué dice este espacio de mí?, ¿qué siento cuando estoy aquí?, ¿qué siente quien se sienta aquí conmigo? Esas dudas encendieron algo. No una urgencia, sí una conciencia.

La idea surgió sin preparar, de forma espontánea, como suelen surgir las buenas ocurrencias. Esta lo era. Así que centró esfuerzos en la mesa del salón. No era arreglarla para una ocasión especial. No había invitados. Pero algo pedía belleza, aunque fuera solo para acompañar la soledad y el propio silencio.

Sobre la mesa, de madera blanca y superficie limpia, se colocó un centro sencillo, elegido con cuidado, con el cariño de quién le apetece compartir momentos.

Una pequeña bandeja de mimbre, una jarrón con flores japonesas —pequeñas, humildes, con esa belleza que no exige atención—, una pequeña caja de cerámica artesanal, de forma irregular y color tierra, y un candil blanco repujado, en el que esconder e insinuar la luz de una vela baja, de cera natural, que al encenderla parecía calmar hasta el ritmo de los pensamientos, de esos pensamientos y deseos de que estés.

Una vez instalado todo alrededor cambió. El resto de pequeños detalles parecían contemplar la escena, como si el momento se compartiera con alguien invisible.

Era solo un centro de mesa. Pero hablaba: he pensado en este espacio. Quiero que sea amable. Quiero que sea hogar, tú hogar, nuestro hogar.

Y aunque nadie más lo viera ese día, el alma del lugar quedó suavemente encendida.

Con todo ello, el cuidado se volvió hábito, y el hábito, una forma de estar presente. Se comprendió entonces que decorar no era llenar de cosas. Era afinar la atmósfera. Crear un fondo donde otros pudieran relajarse, abrirse, respirar.

El hogar empezó a dejar de ser refugio solitario para convertirse en escenario de vínculos. Cada detalle sumaba: una taza bonita, una música suave, el silencio cuando hacía falta. No hacía falta perfección, sino intención.

Y así, el acto de cuidar el espacio se volvió una forma de cuidar a los demás. Y también, en el fondo, una forma de cuidar de uno mismo.

Gracias por leerme.

«Dunas»

«Dunas»

Las dunas del desierto son inmensas. Desde ellas la vida se ve de otra manera. La paz que transmiten es solo comparable con aquella que encuentran en esa persona que siempre te acompaña. Allí estaban. 

El sol caía como un peso sobre los hombros de ambos. Caminaban sin rumbo fijo, con la arena cubriéndoles los tobillos, filtrándose por cada agujero de su ropa, por cada poro de su piel, como si el desierto quisiera tragarlos lentamente. No hablaban mucho, apenas lo justo. Sus palabras se mezclaban con el viento cálido y seco, perdiéndose entre las dunas.

La primera vez que se tocaron fue por error. Una mano que buscaba equilibrio tropezó con la piel del otro, y allí quedó, como si hubiese encontrado algo más firme que la arena. Luego vinieron las noches, frías y silenciosas, en las que el cuerpo del otro era refugio y el deseo se confundía con necesidad.

No sabían cuánto tiempo llevaban allí. En el desierto, los días eran espejos de sí mismos: una repetición de soles inmisericordes y lunas que espiaban desde lejos. Pero se sentían libres. Sin teléfonos. Sin ruido. Sin relojes. Se tenían solo el uno al otro, y eso bastaba.

En medio del vacío dorado, crearon algo. Una intimidad, una complicidad hecha de miradas y gestos mínimos. Se amaron sin apuro, como si el mundo hubiese desaparecido y solo quedaran ellos dos y la vasto del territorio.

Una tarde, cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el horizonte, él se detuvo a observarla. Había arena en su cabello, en sus labios, en su rostro y aun así le parecía la visión más limpia y preciosa que había tenido nunca. 

Ella lo miraba como siempre. Sonrió. Le habló, pero su voz le pareció lejana, como un eco. Intentó acariciarle el rostro, como tantas veces hacía, pero no logró llegar a ella. 

Parpadeó. Volvió en sí. Estaba solo.

Sentado en el sofá del departamento. La televisión encendida, las persianas cerradas. La copa de vino en la mano. Una vela encendida sobre la pequeña mesita de centro. Afuera, llovía. El aire era húmedo, espeso.

Ella estaba allí, pero no con él, solo en sus pensamientos. En el desierto con su mundo aparte. Un espejismo, una fantasía que su mente había creado para huir de lo real. No estaban perdidos en ninguna parte. Estaban donde siempre habían estado. Juntos sin estarlo. 

Gracias por leerme. 

«El regalo»

«El regalo»

Como no puede ser de otra manera, la noche empezó. Lo hizo con esa lentitud espesa de los días fríos. Toda la ciudad lo es. Tanto que hasta los cristales de las ventanas se empañan murmurando un pequeño lamento solicitando calor. Esta noche, ese calor, vendría con regalo. 

Al abrir la puerta, lo primero que notó fue la penumbra cálida. Velas encendidas. Un aroma a canela y madera flotando en el aire. Escuchó el silencio… ese silencio cargado de intenciones, un silencio que ya marcaba la paz que sentían cuando andaban juntos.  

—¡Qué a gusto se está aquí!  —comentó, dejando caer el abrigo sobre la silla.  

No hubo respuesta. Solo una sonrisa, una mirada. Esa mirada que siempre decía más de lo que las palabras alcanzaban. Y luego, la invitación: una mano extendida, un simple roce sobre la cadera para ayudarla a continuar el paso, como una suave guía hacia la sala.

Allí, sobre una alfombra suave, una bandeja y dos copas de vino. El ambiente olía a cuidados, a mimos, a cariño…, a presencia, a espera.  

—Te tengo algo —susurró él, apenas audible—. Lo más valioso que tengo.

Ella arqueó una ceja, curiosa, divertida, dejando que su cuerpo se rindiera al juego. Tomó asiento. Sabía que la iba a sorprender, siempre lo hacía.

Le brindó una pequeña caja de madera. Dentro, halló fragmentos de tiempo dedicado para conseguir todo aquello: Una playlist con canciones que él sabía que le hacían cerrar los ojos y morderse el labio; fotografías impresas de momentos fugaces que ella ni recordaba haber sido capturada; un pequeño adorno para llevarse; un cuaderno con letras cuidadas, donde él escribía y a veces le dejaba leer la primera… Y una nota: 

«Te regalo mi tiempo, mis horas lentas, mis pensamientos cuando no estás, mi deseo constante, mis ganas de sorprenderte, la dedicación de mis gestos más pequeños, la paciencia con la que aprendo a leer lo que necesitas y el placer con el que te descubro. Te regalo cada día que pasa, mis ganas de estar y de que estés, te entrego mi tiempo, ese que no nos sobra, en silencio, sin hacer ruido, con tacto, con intención, con todo cariño.»

Ella levantó la vista. El vino quedó olvidado. Se besaron con esa cadencia que solo conocen quienes se escuchan con la piel y el alma.  Esa noche no se habló más. No hizo falta. El frío cesó, la promesa del calor había llegado.

Gracias por leerme.

«Con los ojos de Soledad»

Como cada vez que entraba en aquel café, se sentó al final, en la esquina más oscura. Allí se sentía segura Nadie notaba su presencia, aunque estaba ahí desde el principio de los tiempos, convirtiéndo su mesa en un lugar fantástico para otear todo lo que ocurría. 

Desde su posición observaba las mesas llenas de risas, las conversaciones que se entrelazaban como hilos invisibles, las miradas cómplices entre los amantes, los reproches… Y, sin embargo, nadie le dirigía una palabra.

Llenando sus pulmones de aquel aire cargado, Soledad suspiró, aceptando su propio ser, validando sus sentimientos y hasta su propia existencia. Era curioso cómo todos la conocían, pero nadie quería admitirlo. La rechazaban, la temían, la cubrían con ruido, con pantallas, con falsas compañías. Pero tarde o temprano, todos terminaban en su regazo. No por venganza, sino porque era inevitable. 

Ella sabía y aceptaba la idea de que no siempre era bienvenida. Había quienes la buscaban, sí, quienes la invitaban y la abrazaban con aceptación, pero también estaban aquellos que la sufrían, que la llevaban a cuestas como un peso que no pidieron. Era la soledad impuesta, la que llegaba con despedidas que no se desearon, con ausencias que dolían como heridas abiertas. Esa soledad no era musa ni inspiración; era sombra, vacío, un eco constante de lo que ya no estaba.

A veces, se encontraba en habitaciones frías, donde la ausencia pesaba más que el aire. En hospitales donde las visitas no llegaban, en hogares donde el desamor se había vuelto costumbre y el silencio se instalaba entre las paredes. Se colaba en las vidas de aquellos que habían sido olvidados, de quienes esperaban llamadas que nunca sonaban, de quienes veían pasar los días sin un alma que les preguntara cómo estaban. En la soledad de una cama a medianoche.

Soledad conocía el sabor amargo del abandono, la sensación de gritar en un desierto donde nadie escuchaba, o en lo más profundo del monte, donde siempre había alguien que escapaba para ocultarse de los otros. Sabía que en esos casos no era bienvenida, que la querían expulsar como si fuera un mal del que se podía huir. Pero no siempre era posible. No siempre había alguien dispuesto a tender una mano.

Recordaba con ternura a los poetas que la abrazaban sin miedo, a los artistas que la invitaban a sentarse junto a ellos mientras creaban mundos con tinta y pinceles. Con ellos no tenía que esconderse. Con ellos no era una intrusa, sino una musa. Pero el resto de la humanidad la veía como una sombra no deseada.

Pero hasta a ella misma las dudas de su propia existencia también le asaltaban. A veces, Soledad se preguntaba cómo sería ser otra cosa, algo más cálida, más bienvenida. ¿Cómo sería ser Esperanza? ¿O quizás Amor? Nunca tendría esa respuesta. Su naturaleza era distinta. No traía promesas, ni susurros dulces, solo silencio. Y el silencio era demasiado incómodo para aquellos que temían encontrarse consigo mismos.

Se levantó de su asiento con calma. Era hora de seguir caminando por la ciudad, buscando nuevos rincones donde existir sin ser notada. Tal vez, en alguna ventana iluminada, encontraría a alguien dispuesto a compartir un poco de su espacio con ella. Después de todo, no pedía mucho. Solo que, de vez en cuando, alguien la mirara a los ojos y le dijera: «Te veo. Y hoy, está bien que estés aquí». No siempre es así. 

Gracias por leerme.